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Literatura hispanica juan Cruz Mendizábal


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4.1. La salvación, al alcance de todos

«Frunció las cejas y volvió la espalda,

porque el ciego vino a él.

¿Quién sabe? Quizá quería purificarse,

o dejarse amonestar y que la amonestación le aprovechara.

A quien es rico

le dispensas una buena acogida

y te tiene sin cuidado que no quiera purificarse,

En cambio de quien viene a ti, lleno de celo,

con miedo

te despreocupas» (C 80, 1-10).

Según la tradición islámica, estas aleyas hacen referencia


a un suceso real de la vida de Mahoma. Estando en La Meca
con algunos notables infieles, se le acercó un ciego llamado

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Ibn Umm Maktum, que deseaba recibir las enseñanzas del
profeta. Pero Mahoma no le hizo caso.

Las aleyas que siguen van dirigidas por Dios contra Ma-


homa por su desconsideración hacia el ciego.

En otro pasaje se lee: «El ciego, el cojo, el enfermo, vos-


otros mismos, no tengáis escrúpulos en comer en vuestras
casas, o en casa de vuestros padres o vuestras madres (...)
No tengáis escrúpulos en comer juntos.»

Esto obedece al prejuicio hondamente arraigado sobre la


impureza de los defectos y anomalías corporales (cuyo con-
tacto debe evitarse), prejuicio que este pasaje coránico (C 24,
61) combate en la misma línea del referido directamente a
Mahoma. Nótese que amonesta a unos y otros, no sólo a
quienes están libres de la enfermedad.

Hay otro grupo de aleyas relativo al deber de combatir


por el Islam con las armas en la mano:

«Los creyentes que se quedan en casa, sin estar im-
pedidos, no son iguales que los que combaten por Dios
con su hacienda y sus personas»
(C 4, 95).

«No hay inconveniente en que dejéis a un lado las
armas, si la lluvia os molesta o estáis enfermos, pero
¡tened cuidado! Dios ha preparado un castigo humi-
llante para los infieles» (C 4, 102).

«Si son sinceros para con Dios y Su Enviado, no ha-
brá nada que reprochar a los débiles, a los enfermos, a
los que no tengan medios»
(si no van al combate) (C 9,
91).

«No hay por qué reprochar al ciego, al cojo o al en-
fermo» (si se abstienen de combatir) (C 38, 17).

El combate es un deber religioso de los varones y, en ese


sentido, quienes cumplen con él son superiores a los ojos de
Dios. Ahora bien, el ciego, el cojo, el enfermo, el débil, inclu-
so el que carece de medios para procurarse armamento, que-
dan liberados de esta carga. «No hay inconveniente»; «No
hay nada que reprochar», dice el libro. Siempre que sean
sinceros para con Dios y Su Enviado, que no se escondan o
simulen cualquier impedimento, pues en tal caso les espera
un «castigo humillante».

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En la misma línea, hay un pasaje relativo al deber religio-
so de la peregrinación:

«Llevad a cabo la peregrinación mayor y la menor.
Pero, si os veis impedidos, ofreced una víctima confor-
me a vuestros medios (...) Si uno de vosotros está enfer-
mo o tiene una dolencia en la cabeza, puede redimirse
ayunando, dando limosna u ofreciendo un sacrificio»
(C 2, 196).

Nótese que la flexibilidad alcanza a la peregrinación, que,


en todo caso, debe ser sustituida, pero no al ayuno, que se
configura como un deber universal.

Igualmente, en lo tocante al deber de la azalá u oración,


hay que purificarse con agua (o polvo) antes de orar si se está
enfermo:

«Recurrid a arena limpia y pasadla por el rostro y
las manos» (C 4, 43 y 5, 6).

En otro pasaje posterior se dice: «rezad lo que podáis si


estáis enfermos» (C 73, 20). Es decir, también se observa,
además del deber de purificarse antes de orar, una clara fle-
xibilidad sobre las posibilidades de orar de cada cual, en la
línea de moderación que recorre el Corán.

4.2. Imágenes, metáforas y comparaciones

En el Corán hay otro grupo de pasajes en los que las alu-
siones a situaciones de ceguera y sordera tienen un sentido
estrictamente literario, como imágenes, metáforas y compa-
raciones con el fin de ilustrar sobre la diferencia entre cre-
yentes y no creyentes. Así, por ejemplo:

«No son iguales el ciego y el vidente» (C 35, 19 y
40, 58).

«Ciegos y sordos [son] los hijos de Israel» (C 5, 71).

«Quien ve claro, ve en beneficio propio. Quien está
ciego, lo está en detrimento propio» (C 6, 104).

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«¿Puedes tú dirigir a los ciegos, aun cuando no
vean?» (C 10, 43).

«Aquel a quien Dios dirige, está bien dirigido. Pero
no encontrarás amigos fuera de El para aquellos a
quienes El extravía. Les congregaremos el día de la
Resurrección, boca abajo, ciegos, mudos, sordos»
(C 17, 97).

«Pero quien no sigue mi amonestación llevará una
existencia miserable y le resucitaremos, ciego, el día de
la Resurrección.»


«¡No son, no, sus ojos los que son ciegos, sino los
corazones que sus pechos encierran!» (C 22, 46).

«Quienes, en cambio, no creen son duros de oído y,
ante él, padecen ceguera»
(C 41, 44).

«A éstos es a quienes Dios maldice, volviéndolos
sordos y ciegos» (C 47, 23).

Pasajes todos ellos semejantes a otros que podemos en-


contrar en la Biblia.

4.3. Algunas reflexiones

Del texto coránico podemos inferir varios rasgos que afec-
taban a la situación de las personas con deformidades o ano-
malías: pobreza, por cuanto les era más difícil ganarse el sus-
tento; marginación, visible en la sura «Frunció las cejas» y en
la recomendación de comer juntos; necesidad de purificación
para participar en el culto; flexibilidad en materia de deberes
religiosos como el combate, la peregrinación y la azalá; ce-
guera y sordera aparecen también como castigo en el día de
la Resurrección para quienes se apartan de los designios de
Dios, si bien la teología islámica contemporánea hace de esto
último una lectura metafórica.

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5. LA INDIA

5.1. Mahabharata y Ramayana

Uno de los temas mitológicos primordiales de los Vedas y


el Mahabharata es el de la lucha entre la luz y las tinieblas.
La primera gran representación de este mito es la lucha entre
Indra y Vritra. Indra representa la luz, es el dios de la tor-
menta. Vritra es uno de los grandes demonios, un ser sin ma-
nos ni pies, que representa las tinieblas y la sequía. Indra
vence a Vritra.

El tema reaparece en el Mahabharata, personificado en


Dhritarastra y Pandu y sus descendientes. El rey Dhritarastra
representa las tinieblas, y su hermano Pandu, la luz.

Dhritarastra había nacido ciego, pues su madre, que lo


había engendrado de Vyasa, había cerrado los ojos en el mo-
mento de la concepción, por el asco que le producía aquél.
Fue padre de los Kauravas. En cambio, Pandu era pálido, por
el terror que había inspirado Vyasa a su madre al concebirlo.
Fue padre de los Pandevas, símbolos de los cinco sentidos.

Primeramente luchó Pandu contra Dhritarastra porque, al


ser ciego este último, no podía ser rey. Después lo hicieron
los descendientes de ambos, Kauravas y Pandevas.

La religiosidad popular hindú contiene cantidad de sacri-


ficios, rituales y peregrinaciones que tienen que ver con la
curación de enfermedades. Lo mismo sucede con el panteón
hindú, en el que aparecen, mencionados en las Puranas, di-
versos personajes de interés para nuestro propósito, sobre
todo enanos.

Así se lee que el rey Vena era un malvado y fue por ello


asesinado. Pues bien, su cadáver sólo quedó purificado cuan-
do del muslo salió un enano negro. También Hari nació ena-
no. Y el propio dios Visnú vivió una de sus encarnaciones
como un brahmán enano, según el Mahabharata y el Rama-
yana. En esa encarnación se presentó ante el rey de los de-
monios y le pidió un deseo: que le concediera cuanto pudiera
cruzar con tres pasos. El rey de los demonios accedió y Vis-
nú, tras convertirse en gigante al instante, se apoderó del cie-
lo, el aire y la tierra.

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Enanos eran también los Balakhilyas, linaje de sabios hi-
jos de Kratu y Sannati (personificación esta última de la hu-
mildad).

Otros personajes divinizados son los médicos Asvines. En


un principio, la profesión de médico era considerada impura,
por lo que no podían ser sacerdotes ni ofrecer sacrificios. Sin
embargo, al ser necesarios, los médicos fueron purificados.
Estos Asvines eran unos médicos divinizados que curaban
cojos, ciegos y toda clase de enfermos. Al guerrero Vispala le
implantaron una pierna de hierro para sustituir a la que le
había sido amputada en el campo de batalla. A petición de un
lobo devolvieron la vista a un hombre que había sido cegado
por su padre por matar a las ovejas.

Una curación curiosa de los Asvines es la de Chyavana.


Este era una persona deforme y, a causa de ello, fue lapidado.
Pero, a raíz de este suceso, los familiares de los agresores qui-
sieron reparar aquella mala acción y le ofrecieron como espo-
sa a la hermosa Sukanya, hermana de los que le habían ape-
dreado. El la aceptó. Intentaron seducirla los Asvines, y ella,
como condición previa, les exigió que sanaran a Chyavana.

Otros personajes deformes eran Vivasvat, octavo hijo de


Aditi, a quien por su estado ella no presentó ante los demás
dioses; era una de las representaciones del sol; Kubja, una jo-
ven a quien Krishna otorgó una extraordinaria belleza por
haber sido amable con él; algunos sirvientes de Shiva, como
el devoto que se arrancó un ojo al ver que manaba sangre de
un ojo de la diosa.

Por cierto, los sanyasi, seguidores itinerantes de Shiva, se


infligían severas mortificaciones corporales que acababan en
muchos casos en lesiones permanentes, sobre todo parálisis
de las extremidades. Una de las formas de Shiva es Pancha-
nana, que provoca epilepsia por posesión del espíritu divino.
Shitala era la divinidad de la viruela; y el sol, bajo la forma
de Ravi, era considerado un astro negativo, causante de todo
tipo de enfermedades. Sukra, a quien se adscribía el día equi-
valente a nuestro viernes, era tuerto, como consecuencia de
haberse opuesto a que Visnú (que fue quien le castigó) obtu-
viera la bendición de Bali.

También hay menciones de la práctica de abandonar a


los recién nacidos a los que no se consideraba viables. Se les

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metía en una cesta colgada de la rama de un árbol y se es-
peraba a que muriesen. Lo mismo que se puede detectar la
creencia en que los seres habitantes allende las fronteras co-
nocidas eran criaturas monstruosas.

Un rasgo distintivo de la literatura mitológica hindú es


que suelen ser los demonios, no los dioses, los que castigan a
los seres humanos con enfermedades. De todos modos, son
también visibles las huellas de la noción de impureza de las
personas con alguna anomalía y las bárbaras costumbres
rituales a las que quedaban sometidas, como en otras cul-
turas.

5.2. El budismo

Un último aspecto, que dejamos sólo apuntado, es la doc-
trina budista contenida en el Dhammapada. Una de las tenta-
tivas más ambiciosas para desentrañar el problema del duk-
kha, el sufrimiento humano. Por lo que toca al propósito de
este libro, baste con mencionar que la vejez, la enfermedad y
la muerte son los signos del sufrimiento inherente a toda for-
ma de vida, pues donde hay nacimiento, hay vejez, enferme-
dad y muerte. Ahora bien, los orientales difieren de los occi-
dentales en la consideración del individuo. La doctrina budis-
ta considera que los seres sufrientes y afligidos no son en
realidad seres (nadie lo es), pues se desvanecen.

Pero, sobre todo, queremos llamar la atención sobre el


hecho de que el dolor y la enfermedad se consideran inhe-
rentes a toda forma de vida. Por lo tanto, hay que aprender a
vivir con ellos, no excluirlos.

El método para escapar del dolor, a diferencia de la expe-


riencia religiosa que propone, por ejemplo, la Biblia, es el
despertar del hombre natural a la verdad superando la igno-
rancia.

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6. CHINA

6.1. La mitología

No se ha transmitido a la posteridad un sistema mitológi-


co de la antigua China, del que sólo se conocen algunas le-
yendas y relatos fragmentarios. Dos de ellas se refieren al
origen de las enfermedades.

En la primera, Pan Gu, el dios creador, formó los prime-


ros seres humanos haciendo estatuillas de barro que dejó
fuera de la cueva sin advertir que empezaba a llover. Las fi-
gurillas comenzaron a mojarse y Pan Gu se apresuró a intro-
ducirlas en la cueva, pero no pudo evitar que algunas se dete-
rioraran a causa del agua, que deshizo rasgos, órganos y ex-
tremidades. Ese es el origen de que haya personas con
anomalías o deformidades.

La otra leyenda refiere que la Reina Madre del Oeste esta-


ba encargada de la custodia de tres cuevas en las que esta-
ban encerrados el elixir de la inmortalidad y los reptiles y
bestias que transmitían plagas y enfermedades. El guardián
de las cuevas era un pájaro al que las bestias convencieron
de que aprovechara el sueño de la reina y le robara las llaves.
Le dijeron al pájaro que no se escaparían, pues sólo querían
que entreabriera la puerta un poco para poder respirar. En
cuanto el pájaro abrió la puerta de la cueva, plagas y enfer-
medades escaparon y se extendieron por todo el mundo.

De los tiempos mitológicos son también las representacio-


nes de He Bo, el dios de la lluvia, que era tuerto, y Li Tie
Kuai, el protector de los mendigos, con una pierna más corta
que otra y una muleta. Lo mismo que la creencia en seres fa-
bulosos fuera de los confines de China: enanos al sur, en Jiao
Jiao; con un solo brazo en Qi Gong; con un solo ojo, como los
Cíclopes, al sur, en Yi Mu.

Uno de los personajes más relevantes es Yü. Este fue un


héroe constructor, que enseñó a los chinos la agricultura y el
comercio y resolvió el grave problema de las inundaciones de
los ríos mediante la construcción de canales.

Yü trabajaba incansablemente y «contrajo una enferme-


dad que le marchitó la mitad del cuerpo, por lo que al andar

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llevaba una pierna arrastrando. Y la gente llamaba a esa
forma de andar el paso de Yü».

No hay una sola palabra en las leyendas chinas sobre la


cojera de las mujeres, a las que, hasta nuestro siglo, se les
vendaban los pies de modo que quedaban atrofiados.

6.2. Confucio

No aparece en la antigua literatura china el pesimismo
cosmogónico y antropológico de la India, sino una acusada
orientación de reforma social. Así, en una de las obras de
Confucio, el Li Ki, en el capítulo Li Yun, se dice expresamente
que el ideal es que a los ancianos, los débiles y los niños los
debe sustentar la sociedad:

«Cuando venza la gran verdad, entonces la tierra
será propiedad de todos. Se escogerá a los más sabios
y a los más competentes para que mantengan la paz y
la concordia. Entonces los hombres no amarán sólo a
los suyos, no procurarán sólo por sus propios hijos,
sino que todos los ancianos tendrán sus últimos días
tranquilos, todos los fuertes tendrán un trabajo útil, to-
dos los niños serán estimulados en su crecimiento, los
viudos y las viudas, los huérfanos y los solitarios, los
débiles y los enfermos encontrarán amparo, los hom-
bres tendrán su empleo y las mujeres su hogar... A esto
se llama la gran comunidad.»

7. AFRICA



7.1. Un tiempo distinto

El concepto de la vida humana en las culturas tradiciona-


les africanas se apoya en una idea del tiempo distinta de la
occidental. Para resumir, el tiempo se explica conforme a dos
categorías: Sasa y Zamani. Sasa abarca desde el nacimiento
físico hasta cuatro o cinco generaciones después de la muerte
física. El nacimiento no es completo hasta la pubertad (en al-

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gunos lugares hasta el matrimonio) y la muerte no se produ-
ce definitivamente hasta que muera físicamente la última
persona que pudiera recordar al difunto, quien «vive» en la
memoria del grupo. Después pasa al Zamani, el mundo de los
antepasados, los que murieron hace mucho tiempo y ya no
son recordados por su nombre.

Otra característica de esta noción de la vida humana es


que, por una parte, cualquier nacimiento físico anormal (in-
cluso los gemelos) se considera de mal augurio y, por otra
parte, no todos los muertos que aún están dentro del Sasa
pueden volver en forma de espíritus positivos en ayuda de los
que aún están vivos.

Lo mismo que la vida humana se prolonga en la memoria


del grupo, la enfermedad es concebida en una doble vertiente
física y psicológica, como una inadaptación del individuo a la
naturaleza y la sociedad en que vive. Se vive, por tanto, como
una experiencia que, utilizando palabras aproximadas, po-
dría llamarse religiosa.

7.2. Los agentes del mal

En general, se considera que la enfermedad es causada
por algún espíritu maléfico o alguna persona enemiga que se
vale de recursos sobrenaturales, aunque tanto en la tradición
oral como en la vida cotidiana no se excluyen ni la acción de
la divinidad ni la torpeza del ser humano, que causa su pro-
pia desgracia.

Los tiv, que viven en el centro de Nigeria, atribuían la


aparición de la enfermedad a la acción de fuerzas malévolas,
los akombo (y su correlato femenino, los mbatsav), a los que
el enfermo ha ofendido. Cuando el tratamiento de la enferme-
dad no es eficaz, ya no se duda de la acción del akombo. Es-
tos son de varias clases. Por ejemplo, el Twer causa la cojera,
y Dam e Iwa, las enfermedades oculares.

En todas las culturas aparecen brujas y espíritus (que


suelen habitar en lugares solitarios y apartados, con una apa-
riencia que no es enteramente humana: una sola mano, una
sola pierna, una sola oreja, mitad carne y mitad piedra o
cera, enanos como los que se suponía vivían en el Kilimanja-

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ro o animales que adoptan la figura humana, monstruos y
muertos que no han sido enterrados adecuadamente) como
causantes de todo tipo de enfermedades.

También los dioses y héroes divinizados influyen en la


aparición de las enfermedades.

Una leyenda ndambi cuenta que una vez hubo un hombre


que quería ver a Dios con sus propios ojos. Para ello miró a
través del sol y quedó ciego, porque Dios ha creado todo, in-
cluso el sol, y el hombre no lo puede ver.

En otra leyenda, el dios Massa Dambali, tras provocar el


diluvio e incendio universales, se apiadó de los supervivientes:

«Los que tomaron la dirección del sol, emigraron de
este a oeste, pero ladeándose hacia el sur. El sol les
quemó. Se pusieron negros. Las cargas que llevaban
noche y día aplastaron sus cabezas. Las grandes cami-
natas ensancharon los dedos de sus pies. A fuerza de
chupar frutos jugosos, sus labios se abultaron. Esta
desgracia física les entristeció mucho y se quejaron por
ello a Massa Dambali. Para compensar su pena, éste
les dijo: "Os daré cuatro cualidades morales para con-
trarrestar vuestra desgracia física y serán la hermosu-
ra perpetua de vuestra raza: la fidelidad a la palabra
dada, la valentía ante la muerte, la paciencia en la ad-
versidad y el buen humor." Dotados de una desgracia
física exterior y de una hermosura moral interior, los
negros llegaron a las regiones lacustres del sur y des-
pués a las regiones bañadas por el Níger.»

En el mito de la creación de los fulani de Mali se dice que


Doondari creó al hombre, pero el hombre era orgulloso. En-
tonces Doondari creó la ceguera y la ceguera derrotó al hom-
bre. Cuando la ceguera se hinchó de orgullo, Doondari creó el
sueño y el sueño derrotó a la ceguera.

Entre los bosquimanos de Lesotho hay varias leyendas re-


lativas a Heise, un héroe civilizador semidivino.

En una de ellas, Heise se encontró con uno de los hom-


bres, que entonces tenían los ojos en los pies y no en la cabe-
za (para poder detectar los peligros que acechaban a ras de
suelo), llamado Ikamaega. Se pusieron ambos a cenar junto

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al fuego, donde se asaban unos tubérculos. Ikamaega movió
disimuladamente el pie hacia las cenizas para quedarse con
más comida de la que le correspondía. Entonces Heise le
arrojó unas brasas ardiendo al pie, diciéndole que así entra-
ría en calor, si es que tenía frío. Ikamaega, con el ojo y el pie
quemados, se lanzó a una charca para refrescarlos y se aho-
gó, puesto que no podía ver.

En otra leyenda, Heise pidió a Mamba, el rey de las ser-


pientes, que le diera algunas vacas para dar de comer a su
ganado. Mamba accedió a cambio de que Heise le ayudase a
construir una empalizada. Heise lo hizo, pero Mamba daba
largas al cumplimiento de su palabra. Así que Heise le retó a
saltar encima de la hoguera. Después de ver saltar a Heise,
Mamba quiso imitarle y pereció entre las llamas. «Así es
cómo el hombre heredó el ganado de la tierra. No hay que in-
tentar saltar si no se tienen piernas», son las palabras fina-
les de esta leyenda.

Además de multitud de leyendas y tradiciones orales, en


las culturas africanas también se observan mutilaciones ri-
tuales (los batoka se hacían extraer los dientes delanteros
para parecer bueyes y no cabras), sacrificios para curar en-
fermedades o ciertas impurezas y la creencia en el aspecto
monstruoso de los habitantes de regiones alejadas. Por ejem-
plo, en la tradición zulú se habla de una antigua tribu de se-
res semihumanos que encontraron a una joven zulú en una
cueva y, tras contemplarla detenidamente, exclamaron de-
cepcionados: «¡Es hermosa, pero tiene dos piernas!», porque
ellos sólo tenían una.

Un testimonio fascinante de las culturas tradicionales


africanas es el del anciano ciego Ogotemmeli, narrador de la
compleja cosmogonía de los Dogon (en Burkina Fasso) y sa-
nador de las multitudes de enfermos que se daban cita en los
días de mercado de la región.

8. ESCITAS, GERMANOS, CELTAS

Herodoto es una fuente insustituible para el conocimiento
de antiguos mitos escitas que aún perviven en el pueblo ose-
ta. Tres de ellos vienen al caso de nuestro estudio.

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El equivalente al Ares latino es el escita Batraz, nacido de
una mujer enana perteneciente al clan de los Yesp o los
Ac'an. En este tipo de mitos la mujer acepta contraer matri-
monio con la cláusula de que el esposo no se mofará de ella
jamás por su corta estatura, pues en ese caso le abandonará
y regresará a su pueblo.

Otro mito refiere que Soslan despreció a una de las hijas


del sol. Esta lanzó contra él la rueda celeste y le segó las pier-
nas por las rodillas, que era su único punto vulnerable, pues
por allí le había sostenido el herrero al nacer. Fue enterrado
vivo y pugna cada primavera por salir de su morada subte-
rránea.

Un tercer mito cuenta cómo los guerreros, que habían ce-


gado a sus esclavos, marcharon a la guerra y no regresaron.
Las mujeres acabaron por relacionarse con los esclavos y en-
gendraron nuevos hijos. Cuando volvieron al cabo del tiempo
los guerreros, los hijos les hicieron frente y a punto estuvie-
ron de vencer por las armas. Pero los guerreros sacaron el
látigo y los hijos se rindieron, pues tal es la naturaleza del es-
clavo.

En los antiguos relatos mitológicos germanos, recogidos


en los Eddas, figuran varios personajes que merecen ser co-
mentados.

El primero de ellos es Odin, el dios principal del panteón


germánico. Estaba tuerto por una automutilación. Había sali-
do por el mundo para conocer la sabiduría y la adquirió por
mediación del sabio Mimir:

«Sé que el ojo de Odin está escondido
en la célebre fuente de Mimir» (Völuspá).

No sabiendo con qué pagarle sus enseñanzas, le entregó


uno de sus ojos, quedándose tuerto, como símbolo de su cua-
lidad de vidente.

Entre otras facultades, este dios podía paralizar, cegar y


ensordecer al enemigo en la batalla.

Otro dios significativo es Tyr, que había quedado manco.


Los dioses sabían que el lobo Fenrir acabaría con ellos y,
cuando nació, le pusieron una atadura mágica para ver si po-
día romperla. El lobo pidió una prenda y Tyr accedió a poner

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su mano entre los dientes de aquél. Fenrir no pudo partir la
atadura mágica y se quedó con la mano de Tyr.

«Los dioses rieron, menos Tyr, que perdió la mano.»

La desgracia de Tyr se asocia a la conquista del fuego en


otras mitologías (como el caso ya citado de Hefesto o el de
Hunahpú e Ixbalanqué, que se recoge en el Popol Vuh).

Parejas de tuerto y manco aparecen también en las mito-


logías hindú (Bhaga y Savitr), romana e irlandesa. Tyr se
convirtió en patrono de los ardides, expresando implícita-
mente el pragmatismo militar de la antigua sociedad germá-
nica y su empobrecimiento moral.

El tercero es Hod, un dios ciego:



«Los dioses bien quisieran que no hubiera de ser
nombrado, pues el acto de sus manos será por largo
tiempo guardado en la memoria de los dioses y los
hombres.»

El «acto de sus manos» fue arrojar a Balder la rama de


muérdago que le ocasionó la muerte en el mito conocido im-
propiamente como el «crepúsculo de los dioses».

Hay, además, otros dioses como Herblinde, ciego y muer-


to, o Vidar, mudo.

Los enanos ocupan un lugar destacado en los relatos mi-


tológicos de los antiguos germanos. Forjaron las joyas de
Odin, Thor y Frigga, dieron muerte al sabio Kvasir, etc. Su
papel se prolonga hasta tiempos muy posteriores, como los
enanos que custodian el tesoro de los Nibelungos y los innu-
merables casos del folclore popular que han pasado a la lite-
ratura infantil y fantástica.

En la literatura celta también es visible la huella de sím-


bolos y relatos mitológicos afines. Destacamos el motivo de
los pozos sagrados a los que se atribuían curaciones milagro-
sas. Así, por ejemplo, recoge lady Wilde la leyenda de un
hombre cojo que cayó accidentalmente a un pozo sagrado y
quedó curado. Al conocer la noticia, la gente se arremolinó,
pero la marea ya se había tragado el lugar sagrado y nadie lo
pudo encontrar.

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Leyendas similares hay en las islas de Aran, donde hay
un pozo cuyas aguas curan la ceguera, la epilepsia y otras en-
fermedades. Basándose en esta leyenda escribió J. M. Synge
El pozo de los santos: dos ciegos acuden al pozo y recuperan
la vista. Al mirarse uno a otro se ven horribles y, aunque
ahora trabajan en vez de pedir limosna, disputan y dejan de
ser amigos. Posteriormente vuelven a quedar ciegos y se re-
concilian.

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