Página principal

Libros recientes de Ensayo y Ciencias Sociales


Descargar 76 Kb.
Fecha de conversión23.09.2016
Tamaño76 Kb.



Libros recientes de Ensayo y

Ciencias Sociales

El inicio de curso, inminente cuando aparezca este número de nuestra revista, proporciona la

ocasión para hacer referencia a algunas de las publicaciones recientes de especial interés bien

porque se refieren a la actualidad española o a otra más amplia pero siempre relevante en el mundo

en que vivimos. Empezaremos por aquellas que evocan la inminente conmemoración de la apertura

del proceso de transición hacia la democracia tras la muerte de Franco para referirnos, a continuación, a otros libros interesantes pero más alejados de nuestra realidad más inmediata.
JAVIER TUSELL


Ante un vigésimo aniversario
El cumplimiento del aniversario va a producir en España una eclosión de publicaciones desde la biografía al ensayo y desde el libro académico al simple reportaje. Será, por tanto, pre­ciso saber distinguir calidades y así lo vamos a hacer aquí con la pretensión de que la conmemo­ración no desdibuje la valía per­manente de unos textos ante la inanidad de otros.

En Josep Sánchez Cervelló, "La revolución portuguesa y su influencia en la transición espa­ñola (1961-1976)". Madrid, Nerea, 1995, encontramos un cumplido ejemplo de libro aca­démico hasta el extremo de que fue en un momento anterior tesis doctoral. Se trata, pues, de una publicación valiosa y desti­nada a perdurar aunque, como veremos, no exenta por com­pleto de inconvenientes.


Como muy bien recuerda el autor de este libro, con la revolución portuguesa de los claveles ha acontecido en España todo un inesperado cambio de imagen. En un principio, en plena vorágine de los aconteci­mientos, Portugal pareció un acicate o un freno para cada uno de los sectores en los que se dividía España respecto de una posible transición a la democracia. Luego, en cambio, se ha convertido en una riguro­sa excepción el caso de quienes hacen referencia al vecino país al tratar de la transición espa­ñola a la democracia.
Tal evolución se explica en parte debido a las diferencias existentes entre los dos países. Portugal, que había tenido siempre una dictadura más fle­xible que la española y no había pasado por la tentación totalita­ria, en vida de Salazar mantuvo también una situación política que podría ser definida como de petrificación de modo que el dominio tecnocrático fue poste­rior, ya en los tiempos de Mar-cello Caetano. Sin embargo la gran diferencia con respecto al caso español fue la génesis colonial del derrumbamiento del régimen. Este caso deja bien claro hasta qué punto una dictadura tiene muy a menudo un margen de maniobra infini­tamente inferior al de una democracia. Portugal libraba una batalla imposible de ganar por el ambiente internacional y por la falta de recursos (la mitad del presupuesto era empleado en Defensa) pero que parecía inevitable porque cualquier intento de renunciar a ella parecía peor que perma­necer a la pura y simple espera del desastre.
P

ero quizá lo que ha hecho olvidar como término de com­paración posible el caso portu­gués es el contenido mismo de la revolución. La verdad es que es muy poco lo calificable de heroico en sus orígenes. La pro­testa de la oficialidad no tuvo como detonante un ansia de libertad o el convencimiento de que los independentistas de las colonias tuvieran razón, sino disputas de intereses profesio­nales en la oficialidad que no sirvieron sino para ratificar la impotencia del Gobierno. Los generales que protagonizaron la sublevación y luego la vida política al comienzo del perío­do revolucionario, como Costa Gomes y Spínola, se caracteri­zaron por su ambigüedad hasta tal punto que Caetano, antes de ser derrocado, les había ofreci­do el poder sin necesidad de acto alguno de fuerza.


Lo peor, sin embargo, vino des­pués. Todo el año 1975 presen­ció una reducción del poder civil a la condición de subalter­no mientras que la fragmenta­ción de unos militares, que en su mayoría ignoraban qué rumbo querían dar a su socialis­mo puramente verbal, dejó en las mejores condiciones un par­tido comunista que tenía toda­vía significación estalinista para intentar un monopolio del poder. Leyendo a Sánchez Cer-velló el lector tiene la sensación de que fueron mucho más las circunstancias exteriores que la resistencia interna —al menos en el sector militar— las que enderezaron el rumbo de la revolución portuguesa hacia la democracia. Los vencedores, sin embargo, debieron soportar una tutela militar —el Consejo de la Revolución— hasta 1982 y un Presidente perteneciente al Ejército hasta 1986, lo que parece probar que si los milita­res entran con facilidad en la política les resulta mucho más difícil salir de ella.
El impacto que la revolución de los claveles tuvo sobre la políti­ca española queda bien retrata­do en el libro de Sánchez Cervelló. La revolución en el vecino país tuvo en principio una significación positiva para la apertura, pero, en cambio, provocó una retracción cuando pareció que la dictadura de derechas podía ser sustituida por un régimen semejante a la izquierda. La UMD siguió un rumbo paralelo a los sucesos portugueses y no parece posible dudar que de haber triunfado podría haber empantanado a la política española en una situa­ción parecida. Pero tanto en este caso como en la situación de descolonización, en la que se encontró España en el Sahara, o la eventualidad de una unidad sindical impuesta desde arriba, el caso portugués actuó como un positivo contramodelo. Po­cos fueron capaces de denun­ciarlo en su momento y si me­nos lo dicen ahora hay que pensar que quizá eso se deba a la mala conciencia de haber apoyado entonces un proceso que fue en comparación con el español infinitamente peor lle­vado. Aunque no aborda la evolución económica durante el período, que acentuaría esa impresión, el libro de Sánchez Cervelló, a veces farragoso y de lenguaje incorrecto, tiene el mérito de recordar al lector esta evidente conclusión cuan­do nos aproximamos al vigési­mo aniversario del comienzo de la muerte de Franco. Conven­dría que la recordaran quienes ahora achacan una especie de pecado originario a nuestra transición.

D


e muy diferente factura es, sin duda, el libro de Luis Herrero, "El ocaso del régimen. Del asesinato de Carrero a la muerte de Franco", Madrid, Temas de Hoy, 1995, que puede y debe ser encuadrado en lo que po­dríamos denominar como re­portaje histórico o periodismo retrospectivo. Un género de li­bros bastante frecuente en la España de hoy es, en efecto, aquel en que un periodista de primera fila pretende abordar una cuestión que no es de estricta actualidad para la que acaba por remontarse al pasado más inmediato. Es habitual que de esta manera se aborden acontecimientos que tienen influencia perdurable sobre la vida pública o sucesos que han tenido una repercusión mas duradera que la de una peque­ña incidencia ocasional. Tam­bién pertenece a este género de libros la biografía de una figura política o intelectual. El género, tan exitoso en Gran Bretaña, de la biografía —autorizada o no— de no ser nada frecuente en España nutre en la actuali­dad las listas de éxitos. Pero el nivel de calidad que en ese país suele exigirse está muy por encima de lo que es habitual en nuestras latitudes.
Puede decirse que esta última afirmación es válida también para el libro de actualidad en España. Este género de libro suele tener éxito entre el gran público, pero para quien se quiera tomar verdaderamente en serio el contenido de lo que allí aparece escrito surgen serias dudas respecto del funda­mento de cualquier afirmación por modesta que sea. Es habi­tual que en este tipo de libros no se citen las fuentes; muy a menudo estas son puramente verbales o no han sido contras­tadas de manera suficiente. En el caso de las biografías sucede que o bien están escritas en rea­lidad por el propio protagonista, que parece que no se toma así la molestia o no corre el pe­ligro de que nada le pueda ser reprochado, o bien están escri­tas contra él. En el futuro este género de libro es muy posible que tenga interés, pero siempre será parcial, y también es pro­bable que creen confusión por esa dificultad existente en el discernir qué tienen de verdad y de mentira. Lo lógico sería que este género de libros de actualidad citaran el origen de sus afirmaciones y distinguieran lo que es mera opinión de aque­llo que es información. Todo esto viene a cuento de que el número de libros de este géne­ro que se publican a lo largo del año es muy amplio pero eso no quiere decir que la calidad les acompañe. Sólo merece la pena tomar en consideración aque­llos que sobrepasan la media por alguna razón especial.

Este es el caso del que ha escri­to Luis Herrero, el conocido periodista, sobre los años fina­les del franquismo. En realidad se trata de una especie de rees­critura de otro texto que el autor redactó en compañía de un compañero de profesión y que ahora se enriquece, en la perspectiva del vigésimo ani­versario de la muerte de Fran­co, con alguna fuente nueva. Esos años, en efecto, han sido objeto ya de un elevado núme­ro de libros de memorias que el autor utiliza de forma adecuada pero, además, suma a ellas los testimonios, documentales y orales, de otras como Fernando Herrero, su padre y uno de los últimos secretarios generales del Movimiento, el Marqués de Villaverde, Miguel Primo de Rivera, el doctor Pozuelo y otros. Todo esto contribuye a dar interés a este libro que pre­senta un fresco apasionante de lo que fue la descomposición de un régimen político. No se suele tener en cuenta hasta qué pun­to este hecho resultó un factor de importancia esencial para llegar a realizar la posterior transición. Los hechos resultan sobradamente conocidos pero sin duda este libro proporciona matices muy interesantes, algu­no de ellos bastante nuevo. Merece la pena, por ejemplo, tener muy en cuenta la versión que en sus páginas se ofrece acerca del paso de Adolfo Suá-rez por la vicesecretaría general del Movimiento en los tiempos en que su superior jerárquico fue Herrero.


De todos los modos el autor que, en definitiva, no es un historiador comete errores que hacen dudar con fundamento que su interpretación sea la más correcta. Existe todavía la im­presión de que hay secretos por desvelar en el asesinato de Carrero, pero lo que no es co­rrecto es sembrar la duda al res­pecto aduciendo el testimonio de un desequilibrado falangista que pretendió que los norteamericanos le mataron con una mina "olfativa" (7). La tesis de que en el momento final de la vida de Franco todavía D. Alfonso tenía esperanzas de convertirse en su sucesor no tiene justificación probada alguna, como tampoco parece tenerla el propósito de coronar a D. Juan Carlos el 1 de octubre de 1975. Frente a lo que dice el autor los contactos indirectos del Rey con los comunistas no jugaron ningún papel en las relaciones del futuro Rey con Franco porque los desconoció. Todo cuanto antecede testimo­nia hasta qué punto hay cues­tiones de la Historia reciente de España que resultan parcial o totalmente desconocidas. Es muy discutible que los periodis­tas sean capaces por sí solos de reconstruirlos pero a menudo los historiadores consideran demasiado frivola esa tarea co­mo para llevarla a cabo. Y, sin embargo, si no se hace se está perdiendo una oportunidad que otras generaciones posteriores quizá ya no tengan.
E

n otras latitudes.


Tras esta excursión sobre temá­tica española bueno será que la hagamos compatible con dos libros recientes que han tenido un reconocimiento apreciable por parte del público lector. Se trata, en realidad, de textos muy distintos pero que tienen como coincidencia el versar sobre cuestiones de actualidad. En el primero un militar espa­ñol diagnostica la tragedia de los desaparecidos argentinos durante la dictadura padecida por este país, mientras que el segundo es una visión muy ori­ginal acerca de la vida de uno de los grandes dictadores del siglo XX.
En Prudencio García, "El dra­ma de la autonomía militar. Ar­gentina bajo las Juntas milita­res", Madrid, Alianza Editorial, 1995, encontramos una singular incursión en una cuestión que sigue estando, por desgracia, en la sección de internacional en los diarios de todo el mundo. Es habitual quejarse del desin­terés de las ciencias humanas en España por fenómenos de la realidad hispanoamericana; paradójicamente sólo ha empeza­do a desaparecer en el mo­mento en que lo ha hecho tam­bién una voluntad de recalcar a ultranza la peculiaridad común o una especie de complejo de superioridad que muy a menu­do carece de justificación. Eso bastaría para saludar con inte­rés la aparición de un libro como éste si no fuera porque además la cuestión sobre la que versa trasciende por completo un área cultural y constituye un interrogante universal. El he­cho de que sea un militar espa­ñol el que se pregunte acerca de lo sucedido en Argentina no es casual porque los ecos de la argumentación que resultó tan grata a los oídos del Ejército argentino han resonado en los nuestros hasta no hace tanto tiempo.
Prudencio García reconstruye con escrupulosidad el proceso que llevó a la que, en su opi­nión, resulta causa principal de la bárbara persecución contra el real o sobre todo supuesto terrorismo en la Argentina de los años setenta. Sobre una tra­dición de intervencionismo po­lítico del Ejército actuó el desli­zamiento del mundo militar hacia la consideración como peligro inmediato del "enemigo interior" subversivo. Una sólida tradición, política y religiosa, de reaccionarismo a la que se sumaron las doctrinas de la seguridad nacional o el ideario antisubversivo de procedencia francesa y norteamericana tuvo como resultado la consideración como guerra de lo que hubiera debido tener un trata­miento estrictamente policial. En 1975 la guerrilla revolucio­naria, que había causado casi 700 muertos, estaba práctica­mente vencida. El golpe de Estado militar de marzo de 1976 no fue más que la instala­ción en el poder de quienes pensaban en la bondad del pro­cedimiento de combatir la gue­rrilla revolucionaria al margen de cualquier legalidad y de cualquier humanidad. Antes de que los militares llegaran al poder los grupos de extrema derecha habían exterminado a 900 personas. La instalación en el poder de este género de bar­barie ha producido la desapari­ción entre 15 y 20.000 personas, cifra que equivale a veinte o treinta por cada una de las vícti­mas de los de la guerra revolu­cionaria. Lo peor del caso no ha sido, sin embargo, el volumen de la barbarie sino su carencia de sentido, porque afectó a miles de personas que nada tuvieron que ver con la subver­sión revolucionaria, su método sistemático, la crueldad que supone esa triste originalidad de ese sector del Ejército ar­gentino de haber inventado el "desaparecido" y, en última ins­tancia, la perversión duradera del papel que le corresponde al Ejército en una sociedad actual. Fueron quienes estuvieron en la primera fila de esta guerra interior los que luego resulta­ron más desastrosos en las Mal­vinas y la "autonomía militar" consistente en que el Ejército se otorgaba el derecho y la obli­gación de combatir con medios carentes de cualquier ética una subversión ya vencida la que explica la duración del proble­ma militar durante una quince­na de años. Ahora, cuando este problema parece ser menor, vuelven los ecos de la Historia para recordar que si la genero­sidad puede parecer una solu­ción pacificadora la impunidad acaba por ahondar las heridas e impedir que cicatricen.

El libro de Prudencio García tiene un exceso de erudición teórica y le sobran páginas relacionadas con ella de las que hubiera sido posible prescindir con provecho. Es un libro, sin embargo, que causa una profunda impresión al lector. Ese género de actitudes descritas para la Argentina no fueron tan habituales en el Ejército espa­ñol, ni siquiera al comienzo de la transición, pero sin duda en el GAL hubo un comienzo de lo que ya había acontecido en Argentina. Siempre fue estúpi­do decir que el terrorismo en todas las latitudes ha sido liqui­dado por idénticos procedi­mientos pero, además, la lectu­ra de este libro testimonia hasta dónde se puede llegar por la simple tolerancia inicial de la barbarie.


También sigue presente en la prensa diaria la situación actual de China y para quien quiera conocerla en sus antecedentes históricos inmediatos no vendrá mal la lectura de Li Zhisui, "La vida privada del Presidente Mao", Barcelona, Planeta, 1995, que tiene como mérito especialísimo romper con la visión que se suele tener de ese personaje crucial en la Historia del Mundo Actual.
Abramos un libro de Historia de esos que se utilizan de forma habitual en nuestras aulas docentes. Evitemos que se trate de la secundaria cuyos textos, por la limitación de espacio, pueden incurrir en simplifica­ciones. En la educación univer­sitaria, como resulta lógico y esperable, uno de los protago­nistas obligados es Mao Tse Tung que siempre aparece retratado como un héroe cuya biografía ejemplar sólo en casos excepcionales estuvo entreve­rada de algunos leves inconve­nientes o errores que no obstan para un balance general muy positivo.
M

ao, en efecto, suele ser descri­to como un insurrecto contra la corrupción y la autocracia. Bondadoso líder campesino de infinitas virtudes pedagógicas, habría sido capaz de crear un cuerpo doctrinal que tuvo el mérito de no tener la dureza inflexible de la ortodoxia sovié­tica y del que habría derivado una permanente lucha para evi­tar el conformismo de una re­volución consigo misma. Mao, por ejemplo, habría sido una persona capaz de proponer una especie de socialismo humanis-ta o, por lo menos, humanizado cuando en 1956 propuso la atracción de los intelectuales y la floración de un pluralismo doctrinal del que carecía la URSS. Además, luego, al co­mienzo de lo sesenta resultó el impulso inicial de un "gran sal­to" destinado a convertir a su país en una potencia industrial mundial; en él se pudieron cometer errores pero el hecho es que China despegó en ese mo­mento. Por si fuera poco Mao habría mantenido en la etapa final de su vida una actitud de "distanciamiento idealista" con respecto a los tecnócratas que ya en los años setenta domina­ban su país. Aunque eso le hizo caer en un cierto fundamen-talismo, éste resultaría discul­pable porque, a fin de cuentas, su aliento profundamente ético constituiría un mensaje válido para todos y para siempre. Pa­triarca del siglo XX, Mao pare­cería un componente de ese elenco reducido de profetas de la contemporaneidad en los que habría que inspirarse para en­contrar el rumbo del futuro.


Pues bien, nada de esa visión se sostiene para quien haya leído el libro de Li Zhisui que se ha traducido hace unos cuantos meses al castellano. Se suele decir que nada resulta más peli­groso para un personaje históri­co que la versión que de él da su ayuda de cámara, pero en adelante se deberá tener en cuenta también a los médicos privados como desmitificadores de supuestos héroes históricos. Li Zhisui vivió junto a Mao un período esencial de la Historia de China y proporciona una imagen absolutamente hetero­doxa de lo que era el personaje y el efecto de su acción política sobre millones de sus compa­triotas.
Sólo en algún aspecto se puede decir que la personalidad de Mao corresponda con la ima­gen de un bondadoso campe­sino revolucionario. Su pro­cedencia rural, anclada en el pasado, parece evidente en quien tenía unas ideas muy peregrinas acerca de medicina, higiene personal e interpreta­ción de la Historia. El lector puede quedarse en la anécdota de creer tan sólo chocante a un individuo que aborrecía la sola posibilidad de cepillarse los dientes, no quería ningún trata­miento para el cáncer (en espe­cial cuando éste afectaba a sus colaboradores) o practicaba un curioso taoísmo sexual consis­tente en pensar que en la ancia­nidad su fuerza vital podía ser reconstruida a base de gozar el mayor número de aventuras sexuales con el mayor número de jóvenes posible. Pero su con­dición de campesino había que­dado reducida a esas cuantas ideas peregrinas. En realidad vivía como un emperador y no tanto por su riqueza —merced a sus derechos de autor— como por sus modos de comporta­miento. No sujeto a ninguna norma horaria pasaba la mayor parte del día en la cama. Cuan­do se desplazaba su tren dete­nía la circulación ferroviaria de provincias enteras y cuando decidía dormir se detenía en el punto en que le apetecía. Sus lecturas nada tenían que ver con el marxismo sino con la Historia de la China tradicional cuyos emperadores de otro tiempo le servían de inspiración para su acción política. Como los monarcas del antiguo régi­men solía estar rodeado del res­peto por lo sagrado. A quien le daba la mano solía no lavársela durante meses y los frutos de mango que regalaba se conver­tían en objetos de adoración.

Todo eso desvela una persona­lidad que hubiera sido inocua de no tratarse del supremo res­ponsable político de millones de seres humanos. Desde el observatorio de la convivencia prolongada durante décadas el doctor privado de Mao pudo darse cuenta de en qué se fun­damentaba su acción. En realidad podía reducirse a tan sólo dos cosas: el poder por el poder y el socialismo por el socialis­mo. Toda la vida política de Mao se explica por el deseo de conservar en sus manos la su­prema decisión de su país me­diante la división de sus posi­bles adversarios y los giros estratégicos destinados al solo objeto de descolocarlos. En cuanto al socialismo consistía sencillamente en la aplicación de un pedestre modelo que no sólo no tenía nada que ver con la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos sino que era su exacta antítesis. A eso tan sólo se reduce toda esa evo­lución suya que ha sido magni­ficada hasta convertirla en poco menos que la vida de un santo.


Mao siempre intentó ponerse al frente de las sucesivas etapas de la revolución y, al mismo tiem­po, rectificarlas después con el solo objeto de mantenerse en el ápice del poder machacando a sus compañeros de la hora anterior. El "gran salto adelan­te" con el que quiso industria­lizar China consistió en una grotesca operación por la que se desorganizó la agricultura mientras que el campo se poblaba de hornos artesanos que fundían los utensilios domésticos tan sólo para justificar unas cifras de producción. La "revolución cultural" llevada a cabo por una frustrada paranoi­ca —su mujer— y un exdroga-dicto —Lin Piao— consistió en excitar a las masas en contra de cualquier tipo de jerarquía con el resultado de convertir un inmenso país en puro caos. To­do ello hubiera sido tan sólo ri­dículo de no haber afectado tan duramente a la vida de decenas de millones de seres humanos, que la perdieron por la insensa­ta voluntad de uno solo.
¿Qué hace perdurar a Mao co­mo ese glorioso patriarca de la Historia más reciente? En el fondo este ser mezquino, ególa­tra y cruel sólo ha podido con­seguir esa imagen merced a una benevolencia hacia los supues­tos revolucionarios sublevados contra situaciones de injusticia. Si, además, ejercen el poder en lugares remotos, tanto mejor para ellos. Pero peor para quie­nes experimentan el resultado de su dictadura.
Un singular estudio sociológico-político.
N

uestra selección en el presen­te número de "Cuenta y Ra­zón" va a concluir con otro li­bro académico, como aquel otro que la abría y de tema rela­tivamente parecido aunque desde una perspectiva socioló­gica y política más que históri­ca. Nos referimos a José María Maravall, "Los resultados de la democracia. Un estudio del sur y del este de Europa ", Madrid, Alianza Editorial, 1995.


En un estudio que lleva todas las trazas de convertirse en un clásico, el sociólogo norteame­ricano Samuel Huntington ha hablado de lo que él mismo denomina como la "tercera ola" de la difusión de los regí­menes democráticos en el mun­do. Gracias a ella países que no se habían caracterizado por te­nerla en el Sur o Este de Euro­pa y en Hispanoamérica han acabado por poder gozar de ella en los años setenta y ochen­ta del siglo XX. José María Maravall, uno de los más distin­guidos intelectuales del área socialista, aborda en este libro un examen comparativo, erudi­to y muy cosmopolita acerca de este proceso en dos de las áreas geográficas en que ha tenido lugar. Por desgracia se trata de un tipo de trabajo en que resul­ta demasiado perceptible que es el producto de la simple adi­ción de artículos publicados en revistas especializadas; carece, por tanto, de unidad suficiente y, sobre todo, de conclusiones válidas con carácter general. Pero las cuestiones que aborda son de tanto interés que merece una lectura detenida incluso por parte de un público más amplio que el formado por pro­fesores universitarios.
Los tres primeros capítulos es­tán dedicados a la relación en­tre economía y política en los procesos de transición a la democracia. Frente a la presunción de que los regímenes auto­ritarios facilitan el desarrollo, Maravall señala los aspectos externos que influyeron en él y advierte cómo, a partir de un determinado momento, el pro­pio marco legal contribuye a hacer inviable el crecimiento. Las democracias, en cambio, tienen a su favor un mayor grado de autoridad para aplicar programas impopulares y no sufren crisis institucionales cuando se dan las económicas. La gran diferencia entre las transiciones en el Este y en el Sur habría sido según Maravall —y esta es una opinión muy discutible— que el cambio polí­tico se produjo en el Este por­que era imprescindible para que el económico pudiera tener lugar, mientras que en el caso del Sur este último precedió al primero. Las diferencias son mayores en lo que respecta a las políticas económicas a se­guir a partir de iniciada la tran­sición a la democracia. En reali­dad el único país que tuvo la tentación de experimentar lo que podríamos denominar co­mo una "tercera vía" fue duran­te algún tiempo Portugal. Gre­cia y España se caracterizaron por una inestabilidad inicial en un principio hasta la década de los ochenta. El problema más grave ha sido el de los países del Este de Europa en los que la propiedad pública se situaba entre el 65 y el 97 por ciento del total. Una brusca reducción del nivel de vida ha sido el primer efecto de la introducción del mercado pero en 1993 se ha empezado a producir un creci­miento económico sin que eso haya supuesto un acortamiento de las diferencias con la Europa Occidental. En general puede decirse que los principios de la economía de mercado no han sido contestados por nadie y forman parte incluso de los programas de los antiguos partidos comunistas.

El libro de Maravall hace, en su cuarto capítulo, un quiebro un tema en que reaparece el políti­co y no sólo el científico al tratar de cuestiones que se refieren a la dinámica de la socialdemo-cracia en el mundo actual, cues­tión que ya había abordado en otros libros anteriores. En este apartado, aunque su explica­ción es convincente con respec­to al pasado (el PSOE en España habría contribuido al de­sarrollo de políticas sociales y al igualitarismo a través de la polí­tica fiscal) deja planeando el interrogante de cuál pudiera ser su programa en un futuro en un momento en que el gasto públi­co no puede expandirse ya y el Estado de Bienestar padece de una crisis que no puede ser defi­nitiva pero que de seguro va a testimoniar que ha llegado a un límite.


El último capítulo del libro se refiere a una cuestión cuya importancia radica no en el modo en que se llega a la democracia o cómo esta puede consolidar­se, sino al futuro de la misma. La legitimidad de la democra­cia no es discutida ahora ni en el Sur ni en el Este de Europa. Sin embargo en esta segunda región mundial ha podido exis­tir una profunda desafección respecto de las políticas concre­tas a llevar a cabo que derivaba de la misma dificultad del cam­bio. Pero, al mismo tiempo, el problema consiste en que existe una profunda conciencia de la incapacidad del ciudadano res­pecto de poder influir en los profesionales de la política, en especial en el Este, y ésta resul­ta detestable para un porcenta­je muy elevado de la población también en el Sur. Maravall lo atribuye a la falta de experien­cia vivida de la democracia pero en realidad se trata de un problema más global que quizá afecte a la totalidad de las democracias en todas las latitudes en el momento presente.




La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje