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Libro V la revuelta jonia Intrigas de Aristágoras


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Libro V

La revuelta jonia

Intrigas de Aristágoras

[30.1] Y fue de este modo en el que los de Paros conciliaron la paz con los milesios. Pero en aquel entonces de estas ciudades empezaron a llegar males para Jonia. Algunos hombres ricos de Naxos habían sido desterrados por la ciudad, huyendo estos, llegaron a Mileto.

Ahora encontramos que hay un diputado gobernante en Mileto que es Aristágoras, hijo de Molpagoras, que era yerno y primo de Histieo, hijo de Liságoras, a quien Darío retuvo con él en Susa. Ciertamente, Histieo fue tirano de Mileto pero estaba en Susa cuando los naxios que habían sido desde tiempo atrás sus amigos, llegaron.

Cuando los naxios llegaron a Mileto pidieron Aristágoras: si les podía dar suficiente poder para volver a su propio país. Y creyendo de algún modo que al dejar volver a estos a su ciudad sería gobernador de Naxos; utilizando como pretexto la hospitalidad con Histieo, les vino con esta propuesta a ellos: “Yo mismo no tengo la autoridad de entregaros poder suficiente como para posibilitaros volver en contra de la voluntad de los naxios: pues soy conocedor de que los naxios tienen ocho mil hombres provistos de escudo y muchos y grandes navíos; yo en cambio haré todo lo posible con esfuerzo.

Esto es lo que pienso. Artafrenes me tiene por amigo: Artafrénes es gobernador y también hijo de Darío y hermano del rey, tiene bajo su poder la costa de Asia. Cuenta con un gran ejército y con muchas naves. De este modo, creo que este hombre os concederá aquello que necesitamos.

Los naxios, oyendo estas cosas, dejaron que Astiages luchase lo mejor que pudo, y enseguida le prometieron regalos y dinero para el ejército, asegurándole que ellos correrían con los gastos, ya que tenían la esperanza de que cuando se presentaran en Naxos, estos harían lo que se les ordenase, de igual modo esperaban esto con el resto de isleños desde que ninguna de las islas de las Cícladas se encontraba aún sometida a Darío.

[31.1]Al llegar Aristágoras a Sardes, le dijo a Artafrenes que Naxos no era una isla tan grande, pero que a pesar de esto era bella y fértil, además estaba cerca de Jonia y tenía poseía muchos bienes y esclavos. “Envía una expedición a este lugar” le dijo, “trae de vuelta a los hombres que se habían exiliado de esta tierra.”

Si así lo hace, tengo una gran suma de dinero a su disposición, sin contar los costos de la expedición, porque es justo que nosotros, los que le entregamos el dinero, los suministremos. Además, vas a anexionar nuevos dominios para el rey, sí Naxos y las islas que son sus dependientes, Paros, Andros, y el resto de las que son llamadas Cícladas.

Y desde aquí fácilmente podrás sitiar Eubea, una isla grande y próspera, no más pequeña que Chipre, y realmente fácil de tomar. Cien naves son suficientes para conquistarlas todas.

“Propones buenos planes para la casa del rey y este consejo es bueno para todos, excepto por el número de las naves; al contrario de cien naves tendrás a tu disposición doscientas naves listas en primavera. Además es necesario que el mismo rey apruebe estas cosas.”

[32.1]Ciertamente, cuando Aristágoras oyó esto, exultante fue a Mileto. Por su parte, Artafrenes había enviado un mensajero a Susa con las noticias que había comunicado Aristágoras, cuando la aprobación había llegado del propio Darío, preparó doscientos trirremes y una enorme compañía de persas y numerosos aliados. Se nombró general de estos a Megábatas, un hombre persa procedente del linaje de los Aqueménidas, primo de él mismo y de Darío, hombre con el que cuya hija, si es cierto lo que se dice, tiempo después se comprometió, el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, pues deseaba ser tirano de Grecia. Después de nombrar general a Megábatas, Artafrenes envió el ejército a Aristágoras.

[33.1] Entonces Megábates recogió a Aristágoras en Mileto, el ejército jonio y los naxios, parece ser que zarpó con rumbo hacia el Helesponto, pero al llegar a Quíos, colocó las naves en Cáucasa, para que de este modo pudiera ir a Naxos con el impulso del viento del norte.

Sin embargo, el destino no quiso que muriesen en la expedición, tuvieron lugar los siguientes sucesos: mientras Megábates hacía la ronda de los guardianes de las naves, se dio cuenta de que no había guardian para la nave mindia. Megábates, muy enfadado a causa de esto, ordenó a los guardianes ir en busca del capitán de aquella nave, cuyo nombre era Escílax, y le ataron parcialmente en el agujero por dónde salen los remos para que tuviese medio cuerpo dentro y la cabeza fuera de la nave.

Una vez atado Escílax, alguien comunicó esto a Aristágoras: que su amigo mindio estaba siendo maltratado por Megábates. Entonces Aristágoras fue a suplicar a Megábates por Escílax, pero no obtuvo nada de lo que solicitó, se fue el mismo a liberarlo. Cuando Megábates se enteró de esto le pareció terrible y se enfadó mucho con Aristágoras.

Pero Aristágoras le respondió: “¿Qué haces tú entrometiéndote en tales asuntos?¿No te ha enviado Artafrénes para obedecerme y navegar hacia dónde yo diga? ¿Por qué te metes en todo?” Esta respuesta por parte de Aristágoras enfureció a Megábates, quién al caer la noche, envió un hombre en un navío a Naxos para que informasen de todas las disputas que tenían lugar contra ellos.

[34.1] Ciertamente los naxios no sabían en absoluto que iban a ser atacados por esta fuerza. Sin embargo, cuando supieron la verdad de inmediato llevaron dentro de los muros todo aquello que tenían en sus campos, se aprovisionaron de víveres y bebida pensando en el posible asedio, y fortificaron los muros.

Mientras los naxios se preparaban para afrontar el inicio de la guerra, los expedicionarios, después de lanzarse con las naves desde Quíos a Naxos, se toparon con los enemigos con la ciudad fortificada a quienes sitiaron por espacio de cuatro meses.

Cuando a los persas se les había agotado todo el dinero que habían traído consigo, y el propio Aristágoras ya había gastado mucho dinero propio, faltaba más dinero del que necesitaban para el asedio y entonces construyeron una fortificación para los naxios exiliados y regresaron a su tierra sintiéndose fracasados.

[35.1] Aristágoras no podía cumplir la promesa a Artafrénes, y estaba presionado por los costes de la expedición. Además temía la enemistad de Megábates y se disgustaba con el fracaso del ejército. Lo más probable es que se le arrebataría el poder que tenía sobre Mileto.

Teniendo todos estos temores, decidió rebelarse, pues dio la casualidad de que en ese mismo momento, llegó el mensajero a Histieo en Susa, un hombre de cabeza tatuada, dijo que Aristágoras debía revelarse contra el rey.

Pues Histieo deseando que Aristágoras se rebelase, estando los caminos vigilados, solo encontró un modo de comunicar el encargo: afeitándole toda la cabeza al más leal de sus esclavos, marcarle en la cabeza un mensaje y esperar a que el pelo creciese de nuevo para enviarle a Mileto con ningún otro mensaje que pedir a Aristágoras que le afeitase y mirase la cabeza (con el mensaje tatuado). Como ya he dicho la marca significa la rebelión.

Histieo lo hizo porque se sentía muy contrariado por su detenimiento forzoso en Susa. Tenía la esperanza de que si tenía lugar la rebelión él pudiese ser enviado a la costa, mientras que si Mileto mantuviera la paz, él nunca podría regresar a la ciudad.

[36.1] Con esta intención Histeo envió el mensajero, en este mismo tiempo vino Aristágoras en su misma llegada. En consecuencia tomó consejo con los miembros de su facción, afirmando su propia opinión como así también el mensaje que había recibido de Histeo.

Todo el resto opinaba igual sobre el asunto, que urgía comenzar la revuelta: con la excepción del logógrafo Hecateo, nombrando todas las naciones sometidas a Dario y también todo su poder por ello desaconsejaba comenzar la guerra con el rey de Persia. Después de esto no consiguió persuadirles, por segunda vez aconsejó que también se haciesen dueños del mar.

Ahora esto, dijo, solo podrá llevarse a cabo de un modo: (pues sabía que el poder de Mileto no tenía puntos débiles), si cogían el tesoro que había en el templo de los Bránquidas, que el lidio Creo había consagrado. Con ello tenían la esperanza de que lograrían la hegemonía del mar. Entonces podrían utilizar el tesoro y así los enemigos no podrían saquearlo.

El tesoro era abundante, como he dicho anteriormente en mi relato. Ciertamente este plan prevaleció y se contó con que de igual modo tendría lugar la revuelta. Uno de ellos navegó hacia Miunte, al encuentro con el ejército que había dejado Naxos y allí estaban, con la intención de capturar a los estrategos de las naves.

[37.1] Enviado Yatrágoras por esto mismo, quien capturó ingeniosamente a Olíato de Milasa, hijo de Ibanolis, a Histeo de Termera, hijo de Timnes, a Coes; hijo de Erxandro, al que Darío le recompensó con Mitilene, a Aristágoras de Cime, hijo de Heraclides, y a muchos otros. Tras esto Aristágoras se rebeló abiertamente contra Darío, maquinando sobre el modo en el que podía hacerle daño.

Primero, fingió que renunciaba al cargo de tirano y que establecía la igualdad de gobierno para que los milesios se unieran más fácilmente a su revuelta. Luego hizo lo mismo en el resto de Jonia. A algunos de los tiranos que desterró y algunos de los que había apresado en las naves que navegaban junto a él hacia Naxos, les devolvió a cada cual su respectiva ciudad para agradarles.

[38.1] Los mitileneos, en cuanto tuvieron en su poder a Coes; lo sacaron fuera de la ciudad y le apedrearon, en cambio los de Cime y la gran mayoría desterraron a su propio tirano.

Entonces, de este modo llegó el fin para los tiranos de las ciudades. Tras acabar con los tiranos, Aristágoras de Mileto dijo a los ciudadanos que colocasen en cada ciudad un gobernante. Acto seguido con un trirreme se dirigió a Lacedemonia, pues necesitaba encontrar aliados poderosos.

[39.1] En Esparta, Anaxándridas, hijo de León, quien era el rey, ya no seguía vivo, pues había muerto y su hijo Cleómenes era el que reinaba. Al trono accedió no por mérito personal sino por derecho de nacimiento.

Aristágoras trata de convencer a Cleómenes para que ayude a los jonios

[49.1] Fue en el reinado de Cleómetes cuando Aristágoras el tirano de Mileto llegó a Esparta. Mantuvo audiencia con el rey y trajo consigo, como dicen los lacedemonios, una placa de bronce en la que estaba grabado el mapa de toda la tierra y el mar y los ríos.

En la audiencia Aristágoras le dijo lo siguiente: “No te extrañes, Cleómenes, de que haya estado ansioso de venir aquí, nuestra situación actual es la siguiente: los hijos de los jonios son esclavos en vez de ser hombres libres, lo que no es solo para nosotros doloroso y vergonzoso, sino que también para vosotros pues sois los líderes de la Hélade.”

Ahora rogamos a las divinidades de la Hélade para protegerlos de la esclavitud a vuestros propios parientes, esto vosotros lo podréis lograr fácilmente, pues para los bárbaros no son hombres valientes, pero para vosotros el valor en la guerra es preeminente. Por otra parte en la batalla llevan arcos, flecha y lanza cortas, y se van a la batalla con pantalones en sus piernas y turbantes en sus cabezas.

Por esto son fáciles de superar. Por otro lado, los habitantes de este continente tienen más cosas buenas que todos los hombres juntos, desde oro, plata, bronce, telas de colores, animales de carga y esclavos también. Todo esto que desea el corazón podréis obtenerlo.

Las tierras en las que habitan se encuentran unas al lado de otras, como demostraré: junto a los jonios están los lidios, que habitan en una tierra fértil y abundante en plata (esto lo dijo señalando el mapa que había traído grabado en la placa de bronce), “al lado de los lidios”, dijo Aristágoras, “están los frigios al este, y estos de aquí son de todos los pueblos los que más ganado y más productos agrícolas tienen, que yo sepa”

Cerca de ellos están los capadocios, a los que nosotros llamamos sirios. Sus vecinos son los cilicios cuyas tierras llegan hasta el mar que ves (este), en la que se encuentra la isla de Chipre, el tributo anual que pagan al rey es de quinientos talentos. Con los cilicios al lado están los armenios, otro pueblo rico en rebaños, después de los armenios están los matienos, que ocupan esta zona.

Junto a ellos está Cisia, la región que aquí ves, a orillas de este río de aquí, Coaspes, que se encuentra al lado de la famosa Susa, donde se encuentra el gran rey y sus tesoros. Toma esta ciudad y podrás rivalizar con Zeus en lo que respecta a riquezas.

Debéis aplazar la guerra contra una zona no muy grande y productiva por Mesenia, que se iguala a vuestras fuerzas, y los arcadios y argivos, que no poseen ni oro ni plata, bienes que pueden impulsar a cualquiera a luchar y a morir para conseguirlos. Sin embargo cuando se te presenta la oportunidad de apoderarte de Asia entera ¿acaso te negarás a intentarlo?

Así habló Aristágoras y Cleómenes respondió: “Milesio, aplazo la respuesta al tercer día”.

[50.1] Hasta aquí llegaron en ese momento. Cuando llegó el día de la respuesta fueron a lugar fijado, Cleómenes preguntó a Aristágoras cuántos días de camino había desde el mar jonio hasta el rey.

Hasta el momento, Aristágoras había sido astuto y había logrado engañar al espartano, pero ahora cometió un error; pues cuando no debía haber dicho la verdad si quería atraer a los espartanos a Asia, pero la dijo, y dijo que se tardaban tres meses en llegar.

Cleómenes dejó a Aristágoras con la palabra en la boca cuando este se disponía a seguir hablando del camino. Y entonces ordenó: “Milesio sal de Esparta antes de que el sol se ponga, pues el plan que propones es inadmisible para los lacedemonios si Aristágoras pretendes conducirlos durante tres meses de viaje por mar.”

[51.1] Dicho esto Cleómenes regresó a su casa, pero Aristágoras suplicante se dirigió a la casa de Cleómenes. Utiliza el derecho de suplicante para mendigar a Cleómenes que le escuchase. Primero preguntó si podía dejar marchar a su hija Gorgo, pero Cleómenes le dijo que dijese lo que tuviese que decir sin tenerla en cuenta. Era su única hija y tenía unos ocho o nueve años.

Aristágoras comenzó a prometerle diez talentos si accedía a su petición. Cuando Cleómenes se negó, Aristágoras le ofreció cada vez más y más. Cuando le ofreció ya cincuenta talentos la niña le dijo a su padre: “Padre, si no te alejas de aquí, el extranjero acabará por sobornarte.”

Cleómenes se rió con la respuesta de la niña y se fue a otra habitación, por lo que Aristágoras dejó definitivamente Esparta, sin poder saber más detalles del camino que lleva hacia la corte del rey.

[55.1] Por su parte, Aristágoras al verse expulsado de Esparta se dirigió a Atenas que se había librado de sus tiranos de la siguiente manera: después de que Aristogitón y Harmodio que por sus antepasados pertenecían a una familia gerifea, asesinaron a Hiparco hijo de Pisístrato y hermano del tirano Hipias, a pesar de una visión que, con una clarísima referencia, había tenido en sueños; después de dicho incidente los atenienses siguieron viviendo por espacio de cuatro años, bajo un régimen tiránico que no mitigó su anterior despotismo sino que lo acentuó todavía más.

[56.1] Por cierto que la visión que Hiparco había tenido en sueños consistió en los siguiente: en el transcurso de la noche anterior a las Panateneas, Hiparco creyó ver junto a él un hombre de elevado estatura y bien parecido que le dirigía estos enigmáticos versos: “Resígnate, león, a sufrir lo insufrible con sufrida entereza; todo hombre, si comete desafueros, ha de penar la pena”.

En cuanto despuntó el día, Hiparco confió abiertamente el caso a los intérpretes de sueños; pero poco después se desentendió de la visión y se fue a organizar la procesión durante la cual, precisamente, perdió la vida.



Caída de Hipias

[62.2] Mientras Hipias que estaba indignado por la muerte de Hiparco, seguía detentando la tiranía, los Alcmeónidas que constituían una familia de origen ateniense y que vivían en el exilio por huir de los Pisistrátidas, en vista de que no habían tenido éxito en la tentativa armada que con el concurso de los demás exiliados atenienses, habían llevado a cabo para regresar a su patria – al contrario después de haber fortificado Lipsidrio, lugar situado al norte de Peonia, sufriendo una severa derrota en su intento por volver a Atenas y liberar la ciudad – en esa tesitura, los Alcmeónidas, que recurrían a todo tipo de tretas para luchar contra los Pisistrátidas, consiguieron que los Anfictiones les adjudicaran la contrata para terminar las obras del templo que en la actualidad hay en Delfos, y que por aquel entonces todavía existía.

Y como andaban bien de fondos y pertenecían a una familia que, desde hacía ya tiempo, gozaba de gran prestigio, hicieron construir el templo con más lujo de lo que preveía el proyecto; concretamente aunque habían acordada hacer el templo de piedra toba, remataron su fachada con mármol pario.

[63.1] Resulta que al decir de los atenienses esos sujetos durante su estancia en Delfos, persuadieron a la Pitia a fuerza de dinero para que cada vez que acudiesen a consultar el oráculo ciudadanos del Esparta, ya fuese a título privado o misión oficial, les prescribiera liberar a Atenas.

[64.1] Poco después los lacedemonios organizaron una expedición más numerosa y la enviaron contra Atenas; como general del ejército designaron a su rey Cleómenes, hijo de Anaxandrias, y en esta ocasión no mandaron las tropas por mar, sino por tierra firme.

Al irrumpir los invasores en el Ática, la caballería tesalia inicialmente les presentó batalla, pero, no mucho después se dio a la fuga y, de sus efectivos, cayeron más de cuarenta hombres; por su parte, los supervivientes, tal y como estaban, regresaron a Tesalia sin perder un instante. Cleómenes se presentó entonces en la ciudad y con el apoyo de los atenienses que querían ser libres, sitió a los tiranos, que habían recluido la fortaleza pelárgica.

[65.1] Y a fe que los lacedemonios no pudieron reducir a los Pisistrátidas de ninguna de las maneras – pues no tenían pensado establecer un asedio en regla, y por otra parte, los Pisistrátidas se habían aprovisionado convenientemente de víveres y de agua - sino que, al cabo de unos cuantos días de sitio, habrían regresado a Esparta. Pero se produjo un incidente imprevisto que fue fatal para unos y decisivo, en cambio para el éxito de los otros; resulta que los hijos de los Pisistrátidas fueron capturados mientras trataban de sacarlos en secreto del país para ponerlos a salvo.

Ante esto, todos los planes de los tiranos se vieron trastonados y, para recuperar a los niños, se plegaron a las condiciones que los atenienses querían; es decir, a abandonar el Ática en el plazo de cinco días.

Sin más demiora partieron, entonces hacia Sigeo, a orillas del Escamandro, después de haber gobernado en Atenas durante 36 años. Por cierto que los Pisistrátidas también eran originarios de Pilos y descendientes de Neleo, dado que tenían los mismos antepasados que las familias de Codro y Melanto, quienes pese a su carácter de inmigrantes, habían sido tiempo atrás reyes de Atenas.

Reformas democráticas de Clístenes

[66.1] Atenas que ya antes era poderosa, vio por aquel entonces – al desentenderse de sus tiranos – acrecentado su poderío. En la ciudad descollaban dos hombres: Clístenes (precisamente el individo que, según dicen, sobornó a la Pitia) e Iságoras, hijo de Tisandro que pertenecía a una ilustres familia, si bien puedo precisar su origen – los miembros de su familia ofrecen sacrificios a Zeus Cario- .

Estos dos hombres se disputaron el poder y Clístenes, al veres en inferioridad de condiciones, se ganó al pueblo para su causa. Después se dividiío en diez tribus a los atenienses, que a la sazón estaban agrupados en cuatro tribus, y abolió para las mismas los nombres de los hijos de Ión – Geleonte, Egícoras, Árgades y Hoples – imponiéndoles unos nombres derivados de otros héroes, todos locales excepto Áyax; héroe al que pese a ser extranjero incluyó en su calidad de vecino y aliado de Atenas.

Contrarrevolución; Iságoras es ayudado por el rey Cleómenes

[70.1] Por su parte Iságoras al verse en inferioridad de condiciones, tomó para remediar el problema, la siguiente determinación: llamó en su ayuda al lacedemonio Cléomees que había contraído con el vínculo de hospitalidad a raíz del asedio a los Pisístratidas – por cierto que acusaban a Cléomenes de mantener relaciones con la mujer de Iságoras –.

Pues bien, de momento Cleómenes envió un heraldo a Atenas para exigir el destierro de Clístenes y, con él, el de otros muchos atenienses, a quienes llamaba con el término “sacrílegos”. Esta petición la formulaba por medio del heraldo que envió, aleccionado por Iságoras, ya que a los Almcmeónidas y a sus partidarios se les imputaba el asesinato a que entonces se aludía, mientras que ni Iságoras ni sus amigos estaban implicados en el asunto.

[71.1] La razón de que algunos atenienses recibieran el nombre de “sacrílegos” fue la siguiente. Hubo una vez en Atenas un tal Cilón, uno que se había alzado con la victoria de los juegos olímpicos. Este se encaprichó de la tiranía y se granjeó el apoyo de un puñado de gentes de su misma edad, tratando de apoderarse de la acrópolis; pero como no lo consiguió, se sentó al lado de la imagen acogiéndose a su protección.

Los prítanes de los naucraros, que a la sazón gobernaban Atenas, lograron que abandonaran dicho lugar para responder de su actitud con la promesa de respetar sus vidas; sin embargo, los asesinaron y se acusa de ello a los Alcmeónidas. Esto sucedió antes de la época de los Pisistrátidas.

[72.1] Cuando Cléomenes por medio del heraldo que envió, exigió el destierro de Clístenes y el de los sacrílegos, Clístenes decidió abandonar la ciudad sin ofrecer resistencia; pero no por ello dejó Cleómenes de presentarse en Atenas poco después, aunque no con muchas tropas. Y a su llegada expulsó acusándolas de sacrílegas, a setecientas familias atenienses – todas aquellas que Iságoras le fue indicando -. Hecho esto, intentó seguidamente disolver la boulé y poner las magistraturas en manos de 300 partidarios de Iságoras.

Pero en vista de que la boulé se resistía y se negaba a obedecer, Cléomenes, Iságoras y sus partidarios se apoderaron de la acrópolis. Entonces los demás atenienses se solidarizaron con la boulé y los sitiaron por espacio de dos días; no obstante, a los tres días, todos los lacedemonios que figuraban entre los sitiados salieron del país al amparo de una tregua con lo que se cumplía la premonitoria advertencia que recibiera Cléomenes.

Resulta que cuando subió a la acrópolis – naturalmente, con el propósito de ocuparla -, se dirigió al sagrario de la diosa, con ánimo de dirigirle una plegaria. Pero la sacerdotisa se levantó de su trono y antes de que Cléomenes hubiera franqueado las puertas dijo: “Extranjero lacedemonio, vuélvete atrás y no entres en el santuario, pues por voluntad divina, ningún dorio puede entrar en este lugar”. “Pero mujer, es que yo no soy dorio, sino aqueo”.

Pues bien sin prestar la menor atención a la profética frase, llevó a cabo la tentativa y de ahí que se viera expulsado de la acrópolis en compañía de los lacedemonios. Por lo que se refiere a los demás sitiados, los atenienses los encarcelaron para ejecutarlos; y por cierto, que entre ellos figuraba el delfio Timesíteo, de cuya fuerza y bravura podría contar grandiosas hazañas. Estos individuos murieron en prisión.

Intrígas de Hipias frente a Artafrenes. Atenas rompe abiertamente su relación con los persas

[96.1] Entretanto Hipias tras llegar a Asia procedente de Lacedemonia, removía cielo y tierra, calumniando a los atenienses ante Artáfernes y haciendo todo lo posible para que Atenas cayera en sus manos y en las de Darío.

Esa era la táctica que seguía Hipias, y por su parte, los atenienses al tener noticias de sus intrigas, enviaron emisarios a Sardes con el propósito de impedir que los persas prestaran oídos a los exiliados de Atenas. Pero Artáfernes los conminó a admitir el regreso de Hipias, si es que querían permanecer a salvo de riesgos. En esa tesitura, los atenienses como es natural, se negaron a aceptar el ultimátum que les prestaban; y su decisión de no aceptarlo significaba enmistarse abiertamente con los persas.

Atenas apoya a los jonios sublevados

[97.1] Pues bien, justamente en el preciso momento en que adoptaban dicha actitud, con lo que se habían ganado la enemistad de los persas. Aristágoras de Mileto, que había sido expulsado de Esparta por el lacedemonio Cléomenes, llegó a Atenas; pues esta ciudad era la más poderosa del resto de Grecia. Y en presencia del pueblo, Aristágorasrepitió lo mismo que manifestaria en Esparta a propósito de las riquezas de Asia y de la manera de combatir de los persas, haciendo hincapié en que no empleaban escudos ni lanzas y en que ersultarían una presa fácil.

Estos fueron los argumentos que dijo: a lo dicho, agregó que los milesios eran colonos de los atenienses, por lo que en buena lógica, cabría esperar que estos últimos que constituían una gran potencia, les brindaran protección. Y, dada la entidad de la demanda, no hubo promesa que no hiciera hasta que consiguió persuadirlos. Parece pues que es más fácil persuadir a muchas personas que a un solo individuo, si tenemos en cuenta que Aristágoras no pudo engañar a una sola persona – al lacedemonio Cléomenes -, pero logró hacerlo con 30000 atenienses.

Los atenienses se dejaron convencer y, en la votación que tuvo lugar, decidieron enviar veinte naves en auxilio de los jonios, designando como comandante de las mismas, a Melancio, un individuo que entre sus conciudadanos gozaba de un gran prestigio en todos los órdenes. Estas naves fueron un germen de calamidades tanto para bárbaros como para griegos.



Derrota de los griegos en Éfeso

[100.1] Con esos efectivos, los jonios se llegaron a Éfeso, y tras dejar sus naves en Coreso, en territorio efesio, los expedicionarios se dirigieron tierra adentro, con un numeroso contingente de tropas, acompañados de unos guías efesios que se procuraron. Marcharon entonces siguiendo el curso del río Caístrio y, finalmente, una vez rebasado el Tmolo, llegaron a su destino apoderándose de Sardes sin que nadie les ofreciera resistencia – se apoderaron de todala ciudad a excepción de la acrópolis, pues el propio Artáfernes defendía dicho lugar con un nutrido destacamento de soldados –.

Mientras la localidad era pasto de las llamas, los lidios, así como todos los persas que se encontraban en la ciudad baja, al verse rodeados por doquier – dado que el fuego estaba asolando los barrios periféricos, de manera que no podían escapar de la ciudad - , afluyeron en tropel hacia el ágora y en dirección a las orillas del río Pactolo, que baja del Tmolo proporcionando a los lidios pepitas de oro, atraviesa el centro del ágora y después desemboca en el río Hermo que a su vez lo hace en el mar. Pues bien, los lidios y los lidios que se dieron cita en las orillas del mencionado río y en el ágora se vieron obligados a defenderse.

Entonces los jonios al ver que una parte del enemigo se aprestaba a la defensa y que además se acercaban refuerzos integrados por numerosos efectivos, se atemorizaron y retrocedieron en dirección al monte que recibe el nombre de Tmolo, desde donde, al amparo de la noche, se dirigieron hacia sus naves.



Darío juro odio eterno a los atenienses

[105.1] Onésilo se hallaba asediando Amatunte. Entretanto cuando notificaron al rey Darío que Sardes había sido tomada e incendiada por los atenienses y jonios, y que el jefe de la coalición – hasta el punto de haber urdido toda la trama – había sido el milesio Aristágoras, cuentan que al tener conocimiento de lo ocurrido, el monarca inicialmente no hizo caso de los jonios, pues sabía bien que su rebelión no iba a quedar impune pero preguntó quiénes eran los atenienses. Una vez informado, pidió después su arco, lo empuñó y, tras colocar en él una flecha, apuntando al cielo la lanzó hacia lo alto: y al tiempo que disparaba al aire, Darío exclamó:



“¡Zeus, permíteme vengarme de los atenienses!”. Y tras pronunciar estas palabras, ordenó a uno de sus servidores que cada vez que la comida estuviera servida, le repitiera tres veces: “¡Señor, acuérdate de los atenienses!”.


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