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¿Leer sólo los evangelios de nuestra Biblia para conocer a Jesús? ¿Por qué no los evangelios de Judas, María Magdalena, Santiago…?


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¿Leer sólo los evangelios de nuestra Biblia para conocer a Jesús? ¿Por qué no los evangelios de Judas, María Magdalena, Santiago…?

1. Introducción


Pocos se atreverían a negar que con Jesús nos encontramos ante un personaje fascinante desde diferentes perspectivas:

1.1  el mundo literario.


Resulta imposible descender a detalles en este campo. La literatura generada desde las confesiones cristianas resulta inabarcable, tanto en el campo de la teología como de la espiritualidad y de la pastoral. Los intentos que se suman al elenco desde la literatura de ficción (se presente o no como novela histórica), desde la investigación periodística, o incluso desde obras de corte sociológico, político o revolucionario convertirían la exhaustividad en una tarea de titanes. Baste referirnos a algunas obras directamente centradas sobre su persona y de carácter no confesional: El Evangelio según Jesucristo (José Saramago); la saga conocida como El Caballo de Troya (de J.J. Benítez); El verdadero rostro de Jesucristo (de Juan Arias); el reciente libro de Mauro Peshe, Inchiesta su Gesù (2006)… O algunas otras que afrontan de modo más o menos directo su persona, su mensaje o su significación: El Código da Vinci (Dan Brown); o la ingente literatura vinculada a temáticas que giran en torno a La Sábana de Turín, el Santo Grial, las órdenes de Caballería, o, incluso, La Masonería.

1.2  el mundo religioso.


También en el mundo religioso, su persona escapa a la confesionalidad cristiana. Recordemos que la persona de Jesús asume un protagonismo heterogéneo pero real en tres de las religiones monoteístas de nuestro mundo: el cristianismo en sus diferentes confesiones; el mundo del Judaísmo; el Islam. Aunque la significación del mismo varía de una a otra, lo cierto es que no resulta un personaje anónimo o insignificante. Piénsese como incluso en la actualidad, un teólogo judío de la altura de Jacob Neusner, publicó en 1993 un libro con el título Un rabino habla con Jesús.

1.3  el mundo cinematográfico.


El Evangelio según S. Mateo (Pier Paolo Pasolini: 1964), Gólgota (Julián Duvivier: 1935); Jesús de Nazaret (Franco Zefirelli: 1977); El Mesías (Roberto Rosellini: 1967); Rey de Reyes (Cecil B. DeMille: 1927); La última tentación de Cristo (Martin Scorsese: 1988, sobre una obra de Kazantzaki); Marie de Nazareth (Jean Delannoy: 1994); La lista podría engrosarse con otros títulos, amén de aquellos que colocan en el trasfondo la significación de su persona para otros: La túnica Sagrada; Francesco; Natividad, incluso nuestro clásico Marcelino pan y vino.

1.4  el mundo musical


Tampoco este mundo ha sido ajeno a la persona y la significación de Jesús. El Mesías de Händel, o La Pasión según S. Mateo de Johann Sebastián Bach que, probablemente, se hacen presentes a nuestra conciencia con mayor rapidez solo son el ápice de una producción musical clásica que ha visto en la persona o en algunos de los momentos de la vida de Jesús un motivo de inspiración. Sin embargo, la actualidad también es testigo de ese interés musical por el personaje: Jesucristo Superestar, probablemente es la obra con una popularidad mayor, pero en su cortejo podría encontrarse desde el tema JC de Mecano (disco Aidalai 1991), hasta el más bien reciente éxito de ventas de Juan Luis Guerra, Para ti (2004−ganador de dos Grammy Latinos).

2. Historia de una búsqueda


La pretensión de búsqueda histórica de Jesús, tiene una evolución. La investigación y el interés histórico por su persona se puede decir que nace de modo crítico en torno al 1700. Hasta mediados del siglo XVIII la cuestión sobre la autenticidad histórica de los evangelios no presentaba mayores problemas. Se imponían las interpretaciones escolásticas, según las cuales los cuatro evangelios se consideraban relatos históricos inspirados por Dios, que conservaban fiel y, casi literalmente, las palabras y hechos históricos de Jesús. Las diferencias entre los cuatro evangelios, se decía, se deben a que fueron escritos desde diversos puntos de vista, pero sustancialmente contienen lo mismo.

2.1  la first quest (old quest)


El problema comienza a finales del siglo XVIII cuando la Iglesia Reformada alemana se ve obligada a dar razón de su fe ante las presiones del racionalismo liberal. Ubicarse en ese diálogo llevó consigo la aplicación del método de la crítica histórica a los textos bíblicos. El primero en encarnar esta tendencia racionalista del liberalismo fue Hermann Samuel Reimarus (1694-1768), quien sostuvo que todo lo que en los evangelios se saliera de una comprensión racional debía ser desechado. Según conocemos por un manuscrito publicado por su discípulo Lessing (1729-1781), Reimarus, hacía una distinción entre el proyecto de Jesús y la intención de la comunidad. El centro de la predicación de Jesús fue la inminencia del reino de los cielos y la llamada a la conversión que él implica. Jesús fue un Mesías político que mediante su reinado quería liberar a los judíos del yugo romano, pero fracasó. Los discípulos decepcionados hicieron un fraude inventando la resurrección. De este modo, la fiabilidad de los escritos evangélicos era liquidada de un plumazo.

A la obra de Reimarus sigue un período que se ha denominado racionalismo romántico y en el que podrían colocarse autores como Hess, Bahrdt, Venturini. A esta etapa le sucede el llamado racionalismo clásico, cuyo mayor exponente es Heinrisch Eberhard Gottlob Paulus (4). (1789-1851). Para él, Jesús es, fundamentalmente, un altísimo maestro de moral. Todo lo que en los evangelios tiene carácter sobrenatural ha de encontrar una explicación racional y lógica. El último período de este racionalismo es el “tardío” en donde sobresale F. D. E. Schleiermacher (1768-1834), quien también escribió una vida de Jesús. Todo aquello que no pueda ser explicado racionalmente, debe ser negado como inventado por la profesión de fe en Jesús. Esta etapa culmina con la publicación de la primera vida extensa de Jesús, de David Friedrich Strauss. Para él, los evangelios son relatos míticos. Estos elementos no históricos no son fruto del engaño, como pensaba Reimarus, sino de la imaginación mítica, que crea narraciones espontáneamente para transmitir una idea. Para este autor, mito no significa algo fantástico o una historia falsa, sino que el mito es más bien un método precientífico y prefilosófico para expresar ideas científicas y filosóficas en forma de narración. El revestimiento mítico no afecta al núcleo de la fe cristiana, que según Strauss era la idea de la humanidad de Dios, realizada históricamente en Jesús. Los evangelios si bien tienen un trasfondo histórico son obras dirigidas fundamentalmente a la fe y no poseen ninguna fiabilidad histórica.

La línea iniciada por Reimarus dio lugar a un caldo de cultivo en el que se fue imponiendo la idea de desvestirse del dogma para llegar al verdadero Jesús. Es la línea que adopta la denominada escuela liberal, que se desarrolla contemporáneamente al racionalismo, y entre los que sobresalen B. Weiss, A. Harnack y E. Renan (1823-1892). Al contrario que los racionalistas, ellos están convencidos de la posibilidad de hacer una vida de Jesús y seguir el desarrollo de su personalidad. Sin embargo, esta escuela comparte con el racionalismo sus dudas frente a todo lo sobrenatural narrado en los evangelios.

El golpe decisivo a esta escuela liberal se lo dará en 1901 Wilhelm Wrede (1859-1906) con su tesis sobre el secreto mesiánico. La tesis de Wrede, junto a las investigaciones de Karl Ludwig Schmidt (1891-1956), hicieron finalmente colapsar la investigación de la escuela liberal. La distinción formulada por Martín Kähler (1835-1912) entre “El llamado Jesús histórico y el Cristo de la Biblia” será el mazazo definitivo que concluirá en un escepticismo histórico, radicalizado en la obra de Rudolf Bultmann (1884-1976), y en su célebre proyecto de desmitologización.



2.2  la second quest o new quest (1953-1980)


La posición asumida por Bultmann crea una reacción entre sus mismos discípulos, a la vez que ocasiona el estudio del problema por parte de los teólogos católicos. La «nueva pregunta por el Jesús histórico» es originada por Ernst Käsemann. Según él la vida del Jesús terreno es de suma importancia para la fe y por ello hay que realizar una investigación a partir de los evangelios. En este mismo sentido se inscribe la importante obra de G. Bornkamm, Jesús de Nazaret, publicada en 1956 y los trabajos de H. Conzelmann, W. Marxen. También de los representantes de la llamada «Nueva hermenéutica»: E. Fuchs, G. Ebeling, J. M. Robinson y H. Braun y del propio J. Jeremias para quienes la persona de Jesús es la legitimación y el fundamento del kerygma y no es posible afirmar nada de Jesús en una perspectiva cristológica que no se base en el propio Jesús histórico. El comienzo de la fe no está en el kerygma, sino en el hecho histórico de la vida de Jesús. A partir de ese momento las reacciones se siguen en cadena y todas tendentes a mostrar que la tradición y los evangelistas sí se interesan y poseen en su interior elementos históricos que fueron celosa y fielmente consignados en los evangelios (H. Riesenfeld; B. Gerhardsson; Heinz Schürmann). Para ello se exige el recurso a la utilización de los criterios de historicidad en el que cobra especial interés el de discontinuidad. A la vez que se aplica la visión de lo implícito para expresar que lo que se hace explícito en los evangelios está ya implícito en la vida y acción de Jesús. Con todo se terminó por divorciar excesivamente a Jesús del ambiente judío y el recurso a lo implícito terminó por estancar la investigación.

De todas maneras la New Quest alcanzó unas ciertas claridades en el proceso investigativo que ya se consideran logros y adquisiciones comunes para todos los que de ahora en adelante quieran buscar la historia original de Jesús: Es imposible, y además innecesario, hacer una biografía de Jesús en el sentido moderno de la palabra, el Jesús histórico no es separable del Cristo de la fe y es imposible separar acontecimiento e interpretación. Por esta razón la búsqueda del Jesús histórico se hace siempre en y a través del kerygma. No hay cristología sin un conocimiento de la persona y obra de Jesús y este conocimiento es posible y realizable.


2.3  la third quest (1980−…)


Aunque no es fácil identificar los orígenes de lo que se viene conociendo hoy con el nombre de Third Quest (45), se podría decir que entre1965 y 1975 se comienzan a enunciar los temas de discusión que con mayor claridad aparecerán a partir de 1980, fecha en que se considera que propiamente empieza este tipo de investigación. Tampoco es fácil encontrar unas características comunes y compartidas de manera absoluta por todos los autores que se inscriben dentro de este horizonte investigativo ni tampoco se puede decir que todos los que hoy investigan sobre Jesús puedan clasificarse dentro de él.

Varios elementos significativos es posible resaltar en esta línea de investigación: 1. El desplazamiento del mundo alemán al mundo anglosajón; 2. El trabajo investigativo no se realiza ya en instituciones teológicas sino profanas y con un carácter netamente interdisciplinario en el que participan no solo exegetas y teólogos, sino también historiadores, sociólogos, arqueólogos y antropólogos; además de interdisciplinar, la nueva búsqueda se ha vuelto interconfesional, interreligiosa, e internacional; 3. Es tal la producción actual de obras sobre Jesús que bien se puede afirmar que en ninguna otra época se han escrito tantas y tan importantes obras sobre él como en este tiempo.

Se presentan algunas características marcadamente nuevas: (1) El reconocimiento de que los cuatro evangelios canónicos –sobre todo los sinópticos– son las principales fuentes históricas que poseemos sobre Jesús. A ellos se les concede un cierto grado de credibilidad histórica y se consideran una plataforma válida para acceder al Jesús de la historia; (2) La importancia decisiva que se le concede a la fuente Q; (3) La valoración sin restricciones de la literatura apócrifa, tanto judía como cristiana, los targumes y los documentos de Qumran y Nag Hammadi (Alto Egipto).

Eso lleva aparejado la plena colocación de Jesús en el ambiente y el contexto sociohistórico judío. En este contexto se revalúa la criteriología de autenticidad histórica, sobre todo, el criterio de discontinuidad con el ambiente judío al que tanta importancia le daba la New Quest. Se considera que Jesús no es un “extraño” a su ambiente, sino que más bien, está completamente inserto en él. Lo que interesa propiamente es rescatar la imagen de Jesús de y para la historia.



De la lectura global de las principales obras que se publican en torno a Jesús dentro de la Third Quest es posible sacar a la luz algunas cuestiones que son las que ocupan el centro de interés de estos investigadores y que todavía no han encontrado una clarificación precisa: (1) En lo que respecta a la metodología dos temas son relevantes para la Third Quest: por una parte, el de la importancia que se debe conceder a la literatura apócrifa y, por otra, el de los criterios de autenticidad histórica y su uso. (2) La situación real de Galilea, en lo que implica para la comprensión de la acción de Jesús; (3) La relación de Jesús con el judaísmo; (4) Una última cuestión es la relación recíproca entre la comprensión del Reino de Dios y la idea que se tiene del Jesús histórico. Con acentos diversos dos grupos destacan:

2.3.1  El «Jesus Seminar».


Es un colectivo no confesional de estudiosos norteamericanos, constituido en 1985 por algo más de 70 exégetas e historiadores, dedicados a determinar la autenticidad histórica de los dichos y hechos de Jesús y hacer conocer a la opinión pública el resultado de sus investigaciones. Su sede es en Sonoma (California) y sus directores son: Robert W. Funk y John Dominic Crossan. Su conclusión es que solo el 18 por ciento de las palabras que los evangelios ponen en boca de Jesús pudieron haber sido pronunciadas por él. Al evangelio de Juan le conceden muy poco valor histórico y, aunque aceptan la teoría de las dos fuentes, al evangelio de Marcos lo consideran tardío y de poco valor. La importancia decisiva se la conceden a la fuente Q y al evangelio de Tomás. La figura de Jesús que resulta de sus consideraciones es la de un sabio marginal, contracultural al estilo de los filósofos cínicos, que predica un Reino ya presente sin ninguna connotación escatológica o apocalíptica y que critica fuertemente la organización de su entorno, promoviendo una auténtica revolución social. En general, las cuestiones discutidas en este ámbito sería el papel y significación de los evangelios apócrifos, especialmente Tomás (volveremos sobre el tema), y cuáles son los criterios de autenticidad histórica. Los estudiosos vinculados a la Third Quest han intentando la reformulación del criterio de discontinuidad y se ha hecho ver la necesidad de usar con prudencia y de una manera nueva los criterios que desde la New Quest se habían establecido.

2.3.2  El carácter “biográfico” de los evangelios .


Ha sido a partir de la crítica literaria llevada a cabo, sobre todo, por estudiosos ingleses y norteamericanos (Peter Georgi, David Laurence Barr, Judith L. Wentling; Gilbert G. Bilezikian, entre otros) que se ha ido superando la posición de la FG de considerar los evangelios como relatos legendarios y desinteresados por la historia. En este sentido es de especial importancia la aportación de Graham N. Stanton en 1974 quien, analizando el evangelio de Lucas, asegura que este evangelista presenta una abundante información sobre la vida y el carácter de Jesús de Nazaret. A partir del análisis de las biografías antiguas que él mismo realiza, llama la atención sobre el hecho de que en muchas de ellas faltan algunos elementos que hoy se consideran importantes, como son la cronología y el desarrollo del carácter psicológico del héroe y concluye que los evangelios son escritos de carácter biográfico en el sentido que ellos son verdaderas y propias vidas de Jesús, a la manera de los relatos biográficos antiguos del mundo grecorromano (en esta misma línea, Charles H. Talbert Philip Schuler y, sobre todo, Klaus Berger y Richard A. Burridge −los evangelios bien pueden considerarse dentro del género literario Bíoi (vidas)−). Se concluye, entonces, que el género biográfico bien se puede aplicar a los evangelios en correspondencia con la concepción literaria del tiempo. Así, los evangelios no son solo historia de la experiencia cristiana de las primeras comunidades, sino que ellos tienen un verdadero interés en la historia de Jesús y, al estilo de la época, ellos se ocupan en sus relatos de narrarla.
Pero dentro de su variedad, la third quest ha añadido, un carácter interconfesional e interdisciplinar a la investigación, una valoración crítica de las fuentes bíblicas como nunca antes, una atención a los testimonios extrabíblicos. Hoy, además, es una ganancia de la Third Quest el tomar en serio, en toda su complejidad y riqueza, el judaísmo palestinense del siglo I y la pertenencia y ubicación de Jesús en él. El recurso a las ciencias sociales ha ayudado a ubicar mucho mejor históricamente hablando a Jesús.

3. Los materiales de la construcción del edificio


En la historia de la búsqueda del Jesús histórico, sobre todo en la descripción de la Third Quest ya hemos adelantado los materiales que sirven de base a la construcción de esa investigación. Los detallamos ahora para realizar una valoración puntual de su significación y alcance:

3.1  los textos canónicos «redimensionados por la fe»


Aunque en el estado actual de la investigación no nos encontremos con el escepticismo que convirtió a los evangelios en documentos exclusivos de fe sin significación histórica, no es menos cierto que la investigación sobre el Jesús histórico se ha acercado de un modo crítico a estos textos canónicos. Este dato ahora resulta irrenunciable. Los textos evangélicos canónicos que poseemos, así como los otros documentos bíblicos, han sufrido un proceso de redimensión desde la fe al que no podemos ser ajenos. No olvidemos que las palabras y obras de Jesús se sacaron de su contexto original (el que ocupaban en la trayectoria personal de Jesús) y se metieron en otro contexto, la predicación y la enseñanza de los discípulos. Eso exige acercarnos a ellos con prudencia a la hora de determinar los datos históricos que pueden ofrecernos.

La discusión sobre los criterios de historicidad es una prueba de esto que venimos diciendo. El propio proceso de formación que sufrieron afecta, en mayor o menor medida, a su fiabilidad histórica, sea concebida ésta en el modo que sea. Por su importancia, este aspecto será objeto de una presentación más detallada en la charla marco de hoy y por eso no me extiendo en ella.



3.2  La literatura no cristiana


Las fuentes primarias del conocimiento sobre Jesús son los evangelios canónicos del Nuevo Testamento. Sin embargo, noticias sobre él parecen llegarnos en algunos otros ejemplos de literatura no cristiana que tiene que ver con la vida de Jesús.

Jesús ha llegado a ser un hombre tan importante en la historia universal que a veces resulta difícil creer lo poco importante que fue durante su vida, especialmente fuera de Palestina. La mayor parte de la literatura del siglo I que ha llegado hasta nosotros fue escrita por miembros de la minúscula élite del imperio romano. Para ellos, si es que oyeron hablar de él, fue meramente un agitador problemático y un mago que vivió en una región pequeña y atrasada del mundo. Todas las fuentes romanas que lo mencionaron probablemente dependen de informaciones cristianas. El juicio de Jesús no fue noticia en Roma, ningún archivo lo registró. O, si lo hizo, la destrucción de Jerusalén nos privó de él. Cuando Jesús fue ejecutado, para el mundo exterior no era más importante que los dos bandidos o insurgentes ejecutados con él.

Las fuentes de mención del imperio romano fueron muy fragmentarias. Suetonio, en su Vida de los doce césares nos da noticia de que alguien llamado Chrestus estaba causando alboroto entre los judíos de Roma. Es decir, en la comunidad judía de Roma había conflictos acerca de si Jesús había sido enviado por Dios o no, y sobre si era el Mesías. Es posible, sin embargo, que si los partidarios de Jesús no hubieran iniciado un movimiento que se extendió hasta Roma, Jesús en absoluto se habría introducido en las historias romanas. De tal manera que no contamos con eso que tanto nos hubiera gustado, un comentario de Tácito o de otro escritor gentil que ofreciera una prueba independiente acerca de Jesús, su vida y su muerte.

Otra mención fragmentaria y breve la encontramos en el libro de las Antigüedades Judías de Flavio Josefa. Éste nació en el 37 d.C. tan sólo unos años después de la muerte de Jesús y escribió esta obra en torno al año 90. Ciertamente, el historiador judío conocía algo de Jesús y hay un párrafo sobre él en las Antigüedades. Pero hay una cierta sospecha, porque las obras de Josefo fueron conservadas por escribas cristianos que no pudieron resistirse a la tentación de revisar el texto, y así hacen proclamar a Josefo que Jesús fue el Mesías. A menos que se produzca un descubrimiento afortunado, es posible que nunca sepamos con exactitud cuánto dijo Josefo. Sin embargo, los escribas cristianos probablemente sólo rehicieron el texto. Es sumamente verosímil que Josefo incluyera a Jesús en su relato sobre ese período, lo mismo que hizo con Teudas y el Egipcio.

Como la historiografía de los autores romanos trata de la historia de Roma, y no de las provincias periféricas, cabría pensar que tal historia podría mencionar al único romano nombrado en los evangelios, Pilatos. Ciertamente, Tácito lo menciona, pero incidentalmente y sólo en relación con la persecución desatada por Nerón contra los cristianos: Nerón proporcionó iluminación a una fiesta quemando a seguidores de Cristos, un hombre a quien Pilatos había ejecutado (Tácito, Anales, 15,44).

3.3  las fuentes arqueológicas


Si pretendemos por fuentes arqueológicas hallazgos directos sobre Jesús, sobre su familia o sobre los apóstoles, es posible que quedemos decepcionados. Por mucho que se haya especulado recientemente sobre el sepulcro de Jesús (desde una línea) o por frecuentes que sean las alusiones a la vida y acontecimientos de Jesús en gran parte de nuestra piedad o el ritmo de nuestras peregrinaciones (por otro), lo cierto es que no hay una prueba material arqueológica de su vida.

Sin embargo, eso no agota el valor de la arqueología. Globalmente, ésta nos demuestra que los textos evangélicos no son invenciones desencarnadas de una historia. Ofrecen datos geográficos, e incluso históricos que son comprobables arqueológicamente. En ese sentido, la arqueología nos ofrecería una confianza básica en los textos.

Pero quizás la ayuda fundamental sea la de ayudar a comprender cada vez con mayor precisión el modo de vida, las costumbres, el universo simbólico en el que se movió Jesús. Ello supone una contribución evidente para comprender la fuerza y el significado de su palabra. Quizás sean los trabajos arqueológicos sobre Galilea los que ahora se estén presentando como más prometedores. Sin embargo, en cuanto que este aspecto desborda en parte la temática de esta comunicación, no me detengo en él.

3.4  Los textos religiosos no canónicos (apócrifos) y otros textos de la literatura cristiana primitiva


Todos estaríamos de acuerdo en afirmar que la Iglesia primitiva recogió en el «canon», conservó y copió para nosotros aquellos textos que consideró significativos como expresión de su regla de fe. Pero, ¿qué pasó con los libros que no fueron recogidos en la Biblia Cristiana y que genéricamente denominamos apócrifos?

El mundo de los escritos apócrifos es amplio y su suerte variada. Simplificando excesivamente, en orden a la comprensión, podemos decir que su suerte podría ser esquemáticamente presentada de la siguiente manera:


3.4.1  Se conservaron con predicamento en la iglesia


En efecto, hubo textos que a pesar de no ser canónicos gozaron de predicamento en la Iglesia. Estos textos fueron conservados y copiados a lo largo de los siglos, empleados en la predicación, en la redacción de «vidas de Jesús», y sus leyendas plasmadas en las obras de arte y en las devociones. Estos libros nos han llegado en forma de multitud de copias monásticas y, más tarde, de ediciones impresas.

Estos textos suelen clasificarse según la materia que tratan: Evangelio de la Natividad, de la Infancia, de la Pasión y Resurrección, Evangelios asuncionistas. Como regla general, se trata de escritos más bien tardíos −algunos incluso de época medieval, aunque alguno como el Proevangelio de Santiago, puede remontarse al siglo III o incluso al II, cuyas preocupaciones principales son otorgar un papel central a María, la madre de Jesús y demostrar la divinidad de Jesús desde los momentos iniciales de su concepción y de sus primeros años.

Estos evangelios se llenan de narraciones con fuerte contenido legendario. Según el evangelio del PseudoMateo María recibe no una anunciación, sino dos: una en la fuente y una segunda en casa.

Otros detalles, como la presencia del buey y el asno (o mula) en el nacimiento, o el episodio de la palmera, que, en el camino de Egipto, se inclina para ofrecer sus frutos a la sagrada Familia, tan frecuentes en las representaciones artísticas, provienen de estos evangelios apócrifos.

Algunos, es cierto, contienen creencias cercanas al gnosticismo y a otros movimientos considerados heréticos, en las que el niño Jesús se comporta de un modo no natural, como en el Evangelio del PseudoTomás, cuyas narraciones más antiguas pueden provenir de la primera mitad del siglo II. En este evangelio, el niño Jesús devuelve la vida a un albañil accidentado, hace volar en sábado a unos pajaritos que previamente había moldeado con barro, alarga unas maderas que su padre carpintero ha cortado equivocadamente, pero también deja sin vida a un niño que le deshace una pequeña presa, o castiga con furia a quienes se le oponen.

3.4.2  Textos perdidos


Otros textos, no sabemos cuántos, por su escasa difusión o por otras razones históricas, se perdieron. Corrieron así el destino de gran parte de la literatura antigua que, probablemente nos permanecerá escondida para siempre.

Puede sorprender a alguien que podamos hablar de los evangelios que se perdieron y de los que no tenemos fragmento alguno. La razón es muy sencilla: aunque no se nos han conservado, sí hallamos referencias a ellos en autores cristianos contemporáneos de los mismos; incluso en ocasiones se nos transcribe, no sabemos con cuánta fidelidad, algún pasaje de aquellos textos.

Dentro de estos evangelios perdidos hay un grupo algo más específico: aquellos que llamamos «judeocristianos» por haber nacido y estar relacionados con comunidades cristianas compuestas mayoritariamente por judíos, con una teología y un modo propios de ver el cristianismo. Noticia de estos evangelios nos dan San Jerónimo, Eusebio de Cesarea, Clemente de Alejandría y otros. Hoy se cree que existieron al menos tres evangelios de este tipo: el Evangelio de los Nazarenos, El Evangelio de los Ebionitas y el Evangelio de los Hebreos.

Estos evangelios es posible que se inspiraran en el evangelio de S. Mateo, del cual destacaban los rasgos más claramente judíos o judaizantes. Una muestra la encontramos en un fragmento trascrito del Evangelio de los Nazarenos que parece ampliar a Mt 19,16−24:

«El rico empezó a rascarse la cabeza, y no le agradó el consejo. Díjole el Señor: ¿Cómo te atreves a decir “he observado la ley y los profetas”? puesto que está escrito en la ley: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y he aquí que muchos hermanos tuyos, hijos de Abrahán, están vestidos de basura y muriéndose de hambre, mientras que tu casa está llena de bienes abundantes, sin que salga nada de ella».

Lo cierto es que estos evangelios no terminaron por constituirse en textos significativos de las comunidades y la desaparición de las iglesias judeocristianas, terminó por hacer desaparecer esos escritos vinculados a ellas.


3.4.3  Textos rechazados


Otros fueron abiertamente rechazados. Algunos nos resultaban conocidos por las citas de los autores cristianos antiguos. Hoy hemos recuperado una parte de aquella literatura gracias a descubrimientos arqueológicos.

Para acercarnos a este grupo, probablemente, la mejor ubicación geográfica tenga que ser Egipto. Allí se han encontrado una gran cantidad de aquellos evangelios apócrifos más condenados por los Padres de la Iglesia, y que en su mayoría se creían perdidos para siempre. A lo largo de los años ya habían sido hallados diversos fragmentos de papiro con contenidos evangélicos, como los pequeños fragmentos de Oxirrinco, en Egipto, donde se hallaban dichos atribuidos a Jesús tan bellos como «levanta la piedra y allí me encontrarás; hiende el leño y yo estoy allí», o el Papiro Oxirrinco 654: «Las aves del cielo, las bestias y todo lo que puede haber bajo la tierra, o sobre ella, y los peces del mar, son los que os arrastran hasta Dios. Y el reino de los cielos dentro de vosotros está. Quien, pues, conozca a Dios, lo encontrará, porque, conociéndolo a él, os conoceréis a vosotros mismos y entenderéis que sois hijos del Padre, el perfecto, y a la vez os daréis cuenta de que sois ciudadanos del cielo. Vosotros sois la ciudad de Dios».

Sin embargo, el descubrimiento más sensacional se dio en Nag Hammadi, en el Alto Egipto. Trece códices en papiro, escritos en copto, la mayoría de ellos, seguramente, traducciones de originales griegos que, tras muchas peripecias se conservan en el Museo Copto del El Cairo. Treinta de los libros contenidos en estos códices eran desconocidos, o sólo se conocían por referencias o por pequeños fragmentos. Los papiros son todos de los siglos IV al VI d. C.; los originales griegos, de los siglos III y IV, aunque alguno de ellos, como el Evangelio de Tomás o El Apócrifo de Juan, pueden datar del siglo II o incluso, según algunos autores, del siglo I. Esta biblioteca pertenecía posiblemente a una comunidad de monjes cristianos, de carácter más bien minoritario. Y, en su mayoría con tendencia gnóstica.

En general, este movimiento, muy extendido en Egipto, especialmente en grupos cristianos a partir del siglo II, cree en un dualismo entre el Dios bueno, que ha creado el alma y todo lo espiritual, y un dios malvado, del cual ha surgido la materia, que aprisiona las almas en cuerpos físicos. La salvación consistirá en la liberación de la misma. La mayor parte de la humanidad, que no participa de estos conocimientos (gnosis) está condenada a la destrucción.

Merecen mención especial el Evangelio de Tomás y el Evangelio de Judas

El Evangelio de Tomás. Su auténtico título es Palabras secretas que Jesús el vivo dijo y que ha escrito Dídimo Judas Tomás. En realidad se trata más que de un evangelio como tal, de un conjunto de dichos o parábolas normalmente introducidas por la frase «Jesús ha dicho». Esta colección tiene su importancia por su similitud con las tradiciones evangélicas. Se trata de un escrito muy discutido y los autores han dividido sus opiniones respecto a este evangelio: unos son completamente optimistas y otros escépticos frente a la aportación que este evangelio ofrece para el conocimiento de Jesús. H. Koester, J. M. Robinson, J. D. Crossan y S. J. Patterson, sostienen que este evangelio contiene tradiciones sobre Jesús que son independientes de los evangelios sinópticos, las cuales se remontarían a un período anterior al año 70 d.C. Particularmente, Crossan, considera que el evangelio de Tomás, junto con otros documentos, como el Evangelio de Pedro, el Evangelio secreto de Marcos y el Papiro Egerton 2, constituyen cuatro testigos excepcionales sobre el Jesús histórico, ya que, según él, ellos conservan tradiciones paralelas y/o anteriores a los evangelios sinópticos y por eso los llama los “otros cuatro evangelios”, que él considera como cuatro evangelios “alternativos, hasta el punto de considerar los evangelios canónicos como representantes del cristianismo oficial, eclesiástico y tradicional, mientras que los cuatro evangelios alternos serían como los cuatro evangelios “canónicos” consagrados por la crítica histórica. G. Theissen piensa que la antigüedad de las tradiciones contenidas en Tomás sólo se remonta a un período anterior al año 145 d.C. Otros autores como W. Schrage, R. E. Brown y R. M. Grant sitúan a Tomás en el siglo II d.C. y J. P. Meier y el mismo G. Theissen, consideran que el evangelio de Tomás utilizó a Mateo y Lucas, lo que hace de él una fuente totalmente secundaria en la búsqueda del Jesús histórico. En todo caso la cuestión en torno al evangelio de Tomás y su importancia para el mayor conocimiento del Jesús histórico es una cuestión que todavía sigue abierta. Dentro de ella se tienen que resolver cuestiones como la fecha de composición que hasta el estado actual de la investigación no va más atrás de la destrucción de Jerusalén. También hay que aclarar el proceso de tradición y composición de Tomás y estudiar el significado de los logia que contiene y su relación con Q y con la tradición sinóptica.
El Evangelio de Judas

Constituye una buena ilustración del pensamiento gnóstico. Este evangelio no proviene, según parece, de Nag Hammadi: se dice ­-aunque no es seguro− que el códice que lo contiene fue hallado en la tumba de un monje egipcio en los años 70, aunque por desacuerdos económicos no ha visto la luz hasta el año 2006. Su descubrimiento nos ha confirmado lo que sobre este evangelio había escrito san Ireneo de Lyon hacia el 180 d.C., sobre su carácter gnóstico:

«sostienen que Judas conocía con precisión estas cosas, siendo el único entre los apóstoles en poseer esta gnosis. Por eso obró el misterio de la traición , por el cual fueron disueltas todas la realidades terrenas y celestiales» (Ad. Haereses 1,31,1).

La copia copta es del siglo IV, aunque la referencia de Ireneo, sin duda, lo coloca antes. Judas, se convierte en aquel que ayudará a Jesús a liberar su alma de su cuerpo mortal, y por ello se convertirá en su discípulo más cercano, aunque incomprendido. Jesús le dice a Judas:

«pero tú los superarás a todos ellos, porque tú sacrificarás el cuerpo en el que vivo. Tu trompeta ya se ha alzado, tú cólera se ha encendido, tu estrella ha mostrado su fulgor… levanta tus ojos y mira la nube y la luz que hay en ella y las estrellas que la rodean. La estrella que marca el camino es tu estrella. Judas alzó sus ojos y vio la nube luminosa, y entró en ella».


4. El valor constructivo de los apócrifos


La presentación somera y, por tanto, injusta de los escritos apócrifos como material de construcción de la imagen histórica de Jesús nos deja a las puertas de realizar una valoración serena de su valor.

En mi opinión, el primer servicio que se está pidiendo a teólogos, historiadores, arqueólogos, sociólogos y todo aquel que se acerque a la problemática es la de desgajarse de un cierto grado de sensacionalismo que está permeando toda esta discusión. Y que, en algunos casos, supone las afirmaciones apresuradas con las que nos encontramos con facilidad: «fraude», «Jesús humano en los apócrifos»; «Jesús no humano en textos canónicos», o, por otra parte, las reacciones que pudieran ser desmedidas por parte de los creyentes a los que la palabra apócrifo no le sugiere su significado inmediato de «escondido», sino de dañino, falso,…

Con ese presupuesto, es necesario tener en cuenta que la validez histórica de estos escritos es plural. Resulta evidente que, en muchos casos, se trata de documentos tardíos, seriamente dependiente de la tradición presente en los escritos canónicos y narrados con alguna pretensión ideológica o religiosa que no es generadora de nuevos datos históricos. En otros, como sucede con el Evangelio de Tomás, la validez histórica es mucho más compleja y, probablemente, estamos todavía iniciando el camino que necesitamos hacer para que su fecha, su modo de composición y su relación con la tradición sinóptica pueda determinar la fiabilidad histórica que nos ofrece.

Con todo, el estudio de las fuentes canónicas nos coloca ante algunas realidades que no podemos silenciar:



  • la comunidad cristiana primitiva se movió en unos márgenes de pluralidad que a nosotros, todavía hijos en parte de la cultura de cristiandad y de mayoría (al menos mentalmente) pueden sorprendernos. El nacimiento de otra literatura paralela, incluso siglos posteriores, da a entender que la comunidad cristiana como tal fue asumiendo históricamente su identidad, sin que los textos resultaran evidentes y resolutivos en las nuevas cuestiones que la historia iba planteando.

  • Con mayor o menor proximidad al personaje de Jesús, lo que es cierto es que los textos apócrifos constituyen un potencial irrenunciable para la reconstrucción del universo religioso y social en el que nacieron. Son testigos de su época y, como tal nos dan noticias de la misma (de la evolución de corrientes diversas,…)

  • Esa importancia histórica no es siempre aplicable a la posibilidad de que nos den datos históricos de primera mano sobre Jesús. En ocasiones porque se limitan a hacerse eco de informaciones colegibles desde fuentes anteriores. En otros, porque el ropaje y la intencionalidad religiosa puede desfigurarlos.

  • No es de descartar que, en ocasiones, recojan tradiciones de una cierta antigüedad que es preciso valorar puntualmente en cada caso.

  • Tampoco se puede renunciar a que algunos de estos textos, una vez fijada su datación puedan ofrecer datos de sumo interés para el conocimiento de Jesús o de su contexto vital en aras a comprender el significado y alcance de su vida, de sus acciones y de su mensaje.

  • Otra cosa será la obligación que a veces parece imponerse a la comunidad cristiana de haberlos tenido que adoptar como significativos a nivel teológico a la hora de expresar su fe en Jesús. Pero esta cuestión deberá ser abordada el día de mañana.

¿Leer sólo los evangelios de nuestra Biblia para conocer a Jesús? ¿Por qué no los evangelios de Judas, María Magdalena, Santiago…? 1

1.  Introducción 1

1.1   el mundo literario. 1

1.2   el mundo religioso. 1

1.3   el mundo cinematográfico. 1

1.4   el mundo musical 1

2.  Historia de una búsqueda 2

2.1   la first quest (old quest) 2

2.2   la second quest o new quest (1953-1980) 3

2.3   la third quest (1980−…) 3

2.3.1   El «Jesus Seminar». 4

2.3.2   El carácter “biográfico” de los evangelios . 4

3.  Los materiales de la construcción del edificio 5

3.1   los textos canónicos «redimensionados por la fe» 5

3.2   La literatura no cristiana 5

3.3   las fuentes arqueológicas 6

3.4   Los textos religiosos no canónicos (apócrifos) y otros textos de la literatura cristiana primitiva 6

3.4.1   Se conservaron con predicamento en la iglesia 6

3.4.2   Textos perdidos 7

3.4.3   Textos rechazados 7



4.  El valor constructivo de los apócrifos 9




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