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Lectores, autores y propietarios. Las bibliotecas románticas en Argentina Lectores y bibliotecas refinadas


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Graciela Batticuore (Universidad de Buenos Aires/CONICET)
Lectores, autores y propietarios. Las bibliotecas románticas en Argentina

Lectores y bibliotecas refinadas.
Dentro del profuso archivo epistolar de Juan María Gutiérrez – editado a fines de 1970 por la Biblioteca del Congreso de la Nación – las cartas escritas por Florencio Varela desde su temprano exilio en Montevideo o en Río de Janeiro durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, ofrecen múltiples indicios de los hábitos, los usos y costumbres de los lectores cultos de la época. Por ellas conocemos no sólo las preferencias estéticas del corresponsal, su gusto por los autores clásicos y el neoclásico, su incondicional y excepcional admiración por un romántico: el “poeta” Esteban Echeverría, sino también su apego por las ediciones lujosas y arregladas, que dejan constancia de un esmero y una dedicación notables, puestas al servicio del abastecimiento y el cuidado de la biblioteca personal. Porque Varela es minucioso no sólo con los títulos de libros y autores que consume, sino con los detalles de encuadernación de las obras adquiridas, que hace preparar especialmente y a su gusto, siguiendo una tradición artesanal que nos recuerda usanzas propias de lectores antiguos.

Así por ejemplo, en abril de 1833 escribe a su amigo: “La Biblioteca [Selecta] y el Juvenal tenga U. la bondad de hacerlos encuadernar como el Víctor Hugo; si es posible que la piel en que se forre el lomo sea más clara, imitando la pasta y que tenga en el mismo lomo unos filetillos sobresalientes, como usan los ingleses; poco oro y algunas labores a fuego; que el cartón sea bueno y el papel de las tapas más bonito que el de Hugo. Según esto le dirá a U. el precio y U. me lo avisará, sin excusa”.1 O un poco más tarde, en agosto de 1833, este y otros encargos y reclamos : “Remito a U. en este paquete los tantas veces pedidos Diarios de Cortes y la obra de Butterweck sobre la literatura castellana y portuguesa para que me los haga encuadernar. (...) La encuadernación será como la de la Biblioteca aunque es preciso que ese perro infiel apriete mucho más la costura y bata más el papel. Los lomos quisiera que se asemejen lo más posible al del volumen en pasta que remito para modelo. El papel del forro quisiera que fuese como el de la Biblioteca. La encuadernación del Butterweck, lo mejor que se pueda, en media pasta. Si los cartones del forro fuesen más gruesos que los de la Biblioteca, me alegraría”.2

Sin dudas son éstos los reclamos de un lector escrupuloso y exigente, decidido a prestigiar su biblioteca con toques de un gusto personal que se hace patente no sólo en las marcas de apropiación del objeto (las iniciales del nombre sobre el lomo de las obras compradas) sino a través de los detalles múltiples que singularizan el ejemplar (las letras inglesas, el color y el tenor del papel y el empaste elegidos, la encuadernación en general). Exigencias todas de un lector culto o erudito que no ha renunciado a las finezas ni siquiera en el destierro, donde las necesidades económicas apremian y las ofertas de las librerías resultan mucho más restringidas o escasas.

Pero junto con el rasgo artesanal de los libros leídos por Varela, un dato llama la atención en estas y otras referencias presentes en los epistolarios de la época, logrando dar cuenta del proceso de formación de una cultura literaria rioplatense a comienzos y mediados del siglo XIX. Se trata de la persistencia del manuscrito, como una modalidad habitual de circulación de obras éditas o inéditas, a las que aparentemente habría sido difícil acceder por otra vía durante el exilio. Así como Varela hace copiar noticias de los periódicos que no se consiguen en Montevideo o pasajes de libros y manuscritos originales que Gutiérrez consulta para él en la biblioteca pública, otros corresponsales reproducen también a puño y letra sus obras literarias recientemente compuestas, para darlas a leer a un grupo selecto de amigos o lectores entendidos en la materia: antes o incluso, en lugar de, la publicación impresa. En este marco, no es de extrañar que la figura del copista adquiera una presencia relevante y nítida en las cartas, ya sea a través de la persona de los mismos corresponsales que se quejan del tiempo que deberían o debieron dedicar a la copia de obras o fragmentos propios o ajenos. O bien de las alusiones a copistas profesionales que cobran por un trabajo realizado a pedido. De hecho, en más de una ocasión Echeverría se disculpa con Gutiérrez por el retraso en el envío de sus últimas producciones todavía inéditas, que no ha podido dar a leer a los amigos (: “ Quisiera mandarle algunas poesías pero sería preciso copiarlas y estoy enfermo y la salida del buque no da espera”3). O el propio Varela promete a Gutiérrez enviarle los últimos poemas de su hermano, siempre que el copista apalabrado cumpla con lo pactado: “Es justísimo su deseo de que yo le mande algo de Juan Cruz y tengo interés en satisfacerle. Pero necesito quien copie porque yo no tengo tiempo ni para estar enfermo. Panchito Madero se ha comprometido a copiar y voy ya a empezar a darle trabajo”4, anota en marzo de 1846.

Estas y otras referencias análogas dispersas en los epistolarios del exilio atestiguan la sobrevivencia de la cultura del manuscrito en plena época del impreso, cuando Buenos Aires ya había probado el auge de las primeras imprentas de prestigio. Pero es preciso advertir que lejos de proyectar una elite cultural anticuada o anacrónica para la época, la atención dispensada por Varela y sus interlocutores románticos al cuidado artesanal de los libros (y manuscritos) de la biblioteca particular no es sino el resultado de una modernización cultural que había sido bien probada y experimentada pocos años antes del exilio por este y otros lectores formados también en los gabinetes de lectura, las librerías y la sociabilidad estudiantil reunida en los cafés porteños y sus alrededores durante la década de 1820. Es entonces, es decir en el contexto de la “feliz experiencia” impulsada por el gobierno de Bernardino Rivadavia, cuando se forma en Argentina esta comunidad de lectores cultos y refinados que valora el objeto libro tanto como su contenido. Lectores que a menudo se desbordan en su afán de mostrarse a sí mismos como finos propietarios de bibliotecas prestigiosas.

Libros robados


A lo largo del siglo XIX, las memorias, crónicas y autobiografías registran varios casos célebres, como por ejemplo el de Santiago Viola, que compra libros no tanto para leerlos personalmente sino para lucirse y ser admirado como el joven propietario de una de las más reputadas y modernas bibliotecas de la época. López lo describe de la siguiente manera en su Autobiografía: “Viola gustaba de que lo rodearan. Era bastante tarambana y petulante; nos prestaba sus libros, haciendo gala de generoso, y él mismo aprendía más con lo que nos oía que leyendo, cosa que nunca hacía, pero tenía talento fácil, superficial, frase espontánea y buena exhibición”5.

Puede decirse que, así concebida, esta biblioteca viste a su dueño socialmente: le da un lugar de privilegio y reconocimiento entre los pares, designándolo, no obstante, como un singular, sino raro, especímen de lector, al que bien podríamos calificar como un lector posado y de oídas. Porque él se ostenta y se exhibe como tal pero en verdad no aprende directamente de los libros sino de lo que escucha a otros que juzgan o comentan lo que sí han leído con sus propios ojos6. Lo cierto es que Viola se procura una biblioteca aggiornada y moderna, que lo coloque socialmente como un buen interlocutor entre su círculo.

Claro que él no es el único ni el más peligrosos amante de los libros y las bibliotecas propias o ajenas. Casi por esos años, otro miembro conspicuo de la denominada generación del 37 en Argentina, José Rivera Indarte, siendo todavía un adolescente es acusado y penado legalemente por haberse hurtado varios ejemplares de la biblioteca pública. Descubierto el robo, Indarte es llevado preso por unos días, protagonizando así un episodio que queda asentado en fojas judiciales y que más tarde sus adversarios se ocuparían de recordar, registrando el hecho en la prensa de la época:
“A fojas 20 de un legajo existente en la escribanía de Silva, y cuyo título es “Causa criminal contra José Rivera Indarte por haber supuesto unas cartas, fingiendo la letra”, se halla orginalmente el siguiente documento:

Ministerio de Gobierno.

Buenos Aires, Setiembre 13 de 1831.

En la causa seguida al joven D. José Rivera sobre la substracción de unos libros de la Biblioteca, el Gobierno ha decretado en esta lo que sigue.

Sobreséase en esta causa, y dando por suficientemente compurgado el delito cometido por el alumno de la Universidad, D. José Rivera, en la sustración de libros que hizo en la Biblioteca, con la prisión que ha sufrido hasta el día, ofíciese al Juez de primera instancia en lo criminal, Dr. D. Manuel Insiarte, comunicándole esta resolución; y que el Gobierno ha dispuesto se ponga en libertad a Indarte, mandándolo expulsar para siempre de las aulas de la Universidad, y apercibiéndole de que, en caso de reincidir, será castigado con toda la severidad de la ley.

Comuníquese esta resolución al Rector de la Universidad, perscribíendole haga poner la correspondiente nota en los libros de ella, en que conste la expulsión de sus aulas.

Lo que se transcribe al Juez de primera instancia en lo criminal. Dr. D. Manuel Insiarte, para los efectos consiguientes. Tomás Manuel de Anchorena”.7
Ahora bien, la memoria de este hecho delictivo está vinculada a su vez a otro nombre clave para la historia de las bibliotecas argentinas del siglo XIX. Se trata de Pedro De Angelis – el intelectual más prominente del rosismo - quien incluye el párrafo de la denuncia en el número 20 del Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo (1843-51), para contratacar así, con esta y otras imputaciones todavía más severas, las acusaciones previamente proferidas por Indarte y Florencio Balcarce a mediados de 1843, cuando éstos denunciaban públicamente un supuesto saqueo de De Angelis al Archivo General de Buenos Aires, precisamente. Desde entonces, el director del Archivo reduplica sus injurias contra Indarte, imputándole “vicios” varios, “desfachatez” sin medida y una “reputación de malvado” que habría sido adquirida poco a poco y tempranamente, en el pasaje por las aulas escolares y a través del trato con los otros jóvenes de su generación:
“Con los años se multiplicaron sus vicios – asegura De Angelis -, y creció su atrevimiento. Ya no se limitó a regristrar bolsillos, sino que estendió la mano a todo cuanto se le paraba por delante. En una sastrería francesa robó un corte de chaleco; en una joyería, una sortija; en la Biblioteca Pública varias obras, y en la Universidad, lo que podía sustraer a sus compañeros... Tan insignificante era la persona de Rivera Indarte, que no es extraño si al volver de su expatriación lograse hacer de vista sus extravíos. Proscripto de la Universidad, echado de la Biblioteca y del Colegio, y despreciado por sus antiguos condiscípulos... Lo que ahora dice contra los Federales, lo escribía entonces contra los salvajes Unitarios”8
En este otro pasaje incluido en el Archivo, Indarte ya no es sólo un culto ladrón de bibliotecas sino prácticamente un carterista que hace escuela en las aulas públicas. Pero lo cierto es que estas acusaciones injuriosas dispensadas por De Angelis no responden sino a las recurrentes denuncias que habían comenzado a recaer en su contra y que seguirán multiplicándose públicamente en la prensa o bajo la confidencialidad de los epistolarios de exiliados. En este sentido, la mala fama de De Angelis irá in crecendo entre los románticos. A tal punto que llegarán a designarlo como el máximo responsable de la sigilosa y paulatina expropiación de la biblioteca pública, en favor de la suya personal.

Vale la pena hacer un breve recuento de la historia de esa biblioteca particular que fue, sin lugar a dudas, una de las más apreciadas y mejor cotizadas de la época. Contaba en sus estantes no sólo con libros de historia americana y argentina, libros de viaje, obras de derecho, filosofía, arte o publicaciones periódicas sino también con ricos manuscritos sobre geografía y una colección valiosísima de planos y mapas del país. Debido a lo cual, De Angelis ha sido catalogado como un verdadero bibliófilo de su tiempo. Y como tal, su biblioteca albergaba también algunas obras excepcionales y únicas: por ejemplo, el primer libro publicado en el Río de la Plata: De la Diferencia entre lo temporal y lo eterno, del P. Nieremberg. O algunos incunables limeños, obras del período colonial e impresos guaraníes y otras lenguas indígenas9. Hacia 1849, cuando el gobierno de Rosas comienza a peligrar ante la conspiración de los adversarios políticos, De Angelis ofrece vendérsela nada menos que al Gral. Urquiza (quien sería el responsable militar de la derrota del rosismo), que aunque interesado no llega finalmente a comprarla. En 1853, cuando De Angelis ha perdido ya todo poder tras la caída de Rosas en Caseros, manda a publicar un catálogo de su biblioteca al que titula: Colección de Obras Impresas y Manuscritas, que tratan principalmente del Río de la Plata, formada por Pedro de Angelis (Buenos Aires, 1853). Lo hace con la expresa intención de deshacerse de los libros y archivos a cambio de dinero. Es entonces cuando la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro oferta 8000 pesos, es decir bastante menos de lo que esperaba conseguir su dueño (cuyas expectativas rondaban los 12000). El trato se realiza de todos modos, no obstante lo cual De Angelis negocia aparte, con otros interesados, la venta de algunos manuscritos importantes que le permite acercarse a la suma de dinero que tenía prevista.

Hasta hoy, la valiosa y polémica biblioteca de De Angelis forma parte del patrimonio cultural del Brasil. Desde el momento mismo en que su dueño comenzó las tratativas para venderla, los dichos y denuncias en contra suyo se propagaron, primero a través de los encolerizados comentarios que intercambiaban los corresponsales exiliados, más tarde por medio de los registros que fue albergando la historiografía argentina decimonónica. “Me revuelve la máquina lo que U me dice de las rapiñas de ese de Angelis. Esos documentos que vende son propiedad nacional de nuestra desventurada patria”10, escribe Varela alrededor de 1840, desde Río. Y algo más tarde: “Supongo que no me dejará U. ignorar el resultado de la negociación sobre los manuscritos ofrecidos por ese brivón de Angelis a nuestro amigo Vilardebó. Muchísimo me interesa”.11 O en noviembre del mismo año: “Llegó aquí Zucchi y con él el monetario de de Angelis sobre cuya adquisición en ésa había yo dado algún paso como a usted dije. Quiso entrarle por contrabando – a fuer de buen italiano – pasó las medallas pero le confiscaron el mueblecillo en que venían; reo que le rescató pagando los derechos que le pusieron en concepto de que debía venir lleno de medallas”.12

En estas y otras cartas de la época, las miradas de los contemporáneos sobre el editor de la famosa Colección de Manuscritos... son impiadosas. Y se acrecientan hacia el fin de siglo en las denuncias de otros historiadores no menos implacables, que intentan también probar el latrocinio. Así lo hacen Ramos Mejía en Rosas y su tiempo y también Vicente G. Quesada, en un artículo sobre los manuscritos de Segurola donados a la Biblioteca Pública donde incluye una carta de Mármol en la que aquél le cuenta cómo había logrado recuperar para la Biblioteca Nacional, algunos materiales valiosos relativos a la historia argentina, que en su momento De Angelis había vendido al Brasil:


“En 1865 me encontré en los manuscritos de la biblioteca de Río de Janeiro la Memoria administrativa de Bucareli, que faltaba en nuestro archivo público, y una instrucción a los Jesuitas de Misiones, pieza bastante interesante y que también pertenecía a nuestro arvhivo. Solicité oficialmente una explicación al respecto, y se me informó que esos manuscritos habían sido vendidos por don Pedro de Angelis entre la colección de las obras y papeles que vendió al gobierno imperial. Pedí entonces que se me diese una copia de esos manuscritos, y el gobierno imperial tuvo la galantería de volver a Buenos Aires los originales mismos en vez de una copia como yo pedía. Los manuscritos vinieron al ministro de relaciones exteriorres, y en vano solicité muchas veces que fuesen remitidos al archivo. Se fue pasando el tiempo y allí estaban los dichos manuscritos hasta que vino el incendio y acabó con ellos, según se me informó más tarde”.13
Mármol traza así el triste derrotero de estos papeles cuyo destino final se habría evaporado entre las llamas para siempre. Quedan indemnes, sin embargo, los relatos que acusan a De Angelis como el responsable de pérdidas cuantiosas e irrecuperables para el patrimonio cultural de la nación.

La biblioteca en el hogar. Libros y lecturas ejemplares


Sin dudas, el caso de De Angelis sobresale entre los de Viola o Indarte, no sólo por el tenor o las dimensiones de la denuncia sino por el lugar protagónico que ocupara junto a Rosas como intelectual (lo cual agigantó el desprecio de los letrados románticos). No obstante, las figuras de Viola, Indarte o De Angelis, cada uno en su medida, nos pemiten visualizar el afán de algunos protagonistas de la vida cultural de la época por ser reputados como dueños o propietarios de libros y bibliotecas bien munidas. Claro que las personalidades aludidas no son las únicas ni las más prominentes de su tiempo en lo que respecta a la posesión de bibliotecas famosas. La historia del libro y las bibliotecas argentinas – en auge durante los últimos años - se ha ocupado de rescatar del olvido otros muchos nombres de coleccionistas o bibliófilos particulares (dueños de nutridas bibliotecas) que acumularon en sus estantes ya sea manuscritos, libros varios o cartografías, con igual entusiasmo. También ellos fueron reconocidos y bien reputados por sus contemporáneos. De hecho, ante el descuido al que se ven sometidas las bibliotecas oficiales durante el período de Rosas, se incrementaron y fortificaron las privadas.

Entre los más destacados bibliófilos encontramos a Saturnino Segurola, Manuel Moreno, Estanislao S. Zeballos, Julián Leyva y José Joaquín de Araujo, dueños, estos dos últimos, de bibliotecas que se habían formado durante la época colonial pero que sobrevivieron por muchas décadas. También existieron otras bien conocidas, como las de Eduardo Lahitte, Manuel Insiarte, la de Manuel Mansilla (coleccionista de periódicos), Antonio Zinny (muy completa en períodicos americanos, donada a la Biblioteca Pública de La plata), Mariano Vega, Angel Aurelio Navarro (bibliotecario del emperador Pedro II). También los hubo propietarios de otras bibliotecas jurídicas y médicas como la de Dalmacio Vélez Sarsfield (donada a su muerte a la Universidad de Córdoba, que actualmente guarda sus libros en la Biblioteca Mayor). Puede decirse que todos ellos se hicieron eco de un afán de época mancomunado, que consistió en colaborar desde el ámbito privado en el fortalecimiento de la biblioteca nacional y pública, fundada en 1811 al calor de los ideales revolucionarios y consolidada durante el período rivadaviano.

Ahora bien, cabe señalar que el rasgo “propio” que le imprimen los lectores románticos a las bibliotecas privadas o públicas no está dado solamente por la serie de títulos y autores elegidos para colmar sus estantes, sino más bien por la relevancia y el sentido que adquieren todos esos libros en la autoconfiguración individual de sus propietarios. A tal punto que, como hemos visto anteriormente, esto se proyecta a veces en una suerte de exhibicionismo libresco, síntoma del ideal ilustrado o romántico de quienes lo detentan. Reflexionando sobre el género autobiográfico en Latinoamérica, precisamente, Silvia Molloy hace hincapié en una escena que se reitera en los libros de memoria del siglo XIX: “la pose del lector con el libro en la mano”. Esa imagen cifra una escena de origen que le permite al autobiógrafo interpretar los inicios de su formación intelectual como un momento trascendente de su vida. Puede decirse que en el contexto del romanticismo argentino de comienzos y mediados del siglo XIX esa imagen se exacerba: ya sea por presencia o ausencia de libros en el hogar familiar (y es este último el caso de Sarmiento, tal como lo expone en Recuerdos de provincia, por ejemplo), la biblioteca simboliza el punto de anclaje de una subjetividad que se precia de ser intelectual.

Dicho de otro modo, la biblioteca constituye el punto de referencia ineludible en la narrativa romántica, porque proyecta la cima de la espiritualidad y el buen gusto “civilizados”. Así la vemos aparecer, por ejemplo, en una de las más célebres ficciones de la época rosista. Me refiero a Amalia, la novela de José Mármol, cuya protagonista aparece connotada como una lectora sensible y comprometida con la causa de los opositores al régimen de Rosas. Su casa es un bastión de resistencia contra el despotismo; entre sus paredes se refugian los opositores y también se guardan los libros prohibidos que alimentan la fe revolucionaria de los “jóvenes”: Lamartine, Byron, Voltaire o Rousseau figuran entre los preferidos. Su invocación motiva escenas conocidas por todos e inspiradas en el repertorio romántico europeo: amantes que leen a cuatro ojos como los héroes del Werther o conversaciones librescas que consagran momentos de una suprema felicidad en el seno de una familia ilustrada y romántica. En definitiva, en esta u otras historias del período, la biblioteca anima escenas y proyecta el alma del hogar romántico, albergando entre sus estantes el ideario y la espiritualidad de sus dueños, su pasión por los libros y las aventuras que ellos están dispuestos a vivir, aún a expensas de todos los riesgos y castigos.14



Libros para la biblioteca americana


En el orden de la vida real, las cartas de los exiliados del rosismo traducen permanentemente el fervor de los corresponsales por los libros. Expresan su necesidad de recuperar y volver a montar la biblioteca perdida, allí donde se asienta la casa del proscripto. Leer, tener libros y también ostentarlos, vale decir: ser y parecer, resulta una necesidad compartida por los intelectuales de la época, ya sea que se encuentren a favor o en contra de Rosas. El exilio tampoco destruye ese propósito sino que más bien lo fortifica. Y Varela es un buen ejemplo de esto: en las cartas que escribe a Gutiérrez permanentemente subraya su afán de buscar ejemplares o manuscritos imposibles de hallar en Montevideo. En verdad, se queja permanentemente de la precariedad de materiales disponibles en la ciudad pero también de la falta de tiempo para producir sus propios libros. Esos que deberían engrosar la biblioteca personal y americana: (“Yo envidio a Udes. que tienen tiempo de leer, de estudiar, de componer, yo no le tengo para nada, se me acaba mi salud atado al yugo y con la imaginación más atada que el cuerpo”)15. Pero la estancia en Río de Janeiro modifica bastante la situación. Allí encontrará tiempo para leer y escribir: Humboldt, Vespucci, Fitz Roy, Gaboto, entre otros viajeros y cartógrafos, forman parte de sus primeras indagaciones sobre la geografía y los problemas de límites en el Plata.

En todos los casos, las cartas que envía a su amigo desde allí muestran a un Varela enfrascado en la investigación historiográfica, entusiasmado y reflexivo con los descubrimientos que le ofrece la consulta de archivos, manuscritos, mapas y planos del período previo o relativo a la revolución, que es el que indaga Varela: “He devorado los seis volúmenes de Memorias de Agrelo (...). A medida, amigo querido, que avanzo en el estudio de los monumentos de nuestra Revolución ([me]) se hace más espeso el círculo de dudas que me ciñe; dudas, Juan María, que no es posible satisfacer/ estudiando ([en]) los documentos públicos y que sería preciso aclarar escudriñando correspondencias íntimas u oyendo relaciones sinceras de los hombres de aquélla época, porque realmente son de inmensa trascendencia, si ha de escribirse con propiedad y con deseo de ser útil. ¿Creerá U que la más grave y más oscura de esas dudas es acerca de las verdaderas intenciones de la Primera Junta revolucionaria?”.16

Pero las dudas acerca del patriotismo genuino de los hombres de Mayo no son las únicas que desvelan por esos días a este lector compenetrado con la historia nacional: “Yo adelanto todo lo que me es posible el examen, ([y]) extractos y copias de documentos que hallo en esta Biblioteca. Impensadamente me ([hallo]) encuentro hoy con un volumen de 200 páginas, todo de mi letra, que contiene los estractos y copias de los documentos sobre la Colonia (...) Hallándome con tantos materiales me he determinado a escribir un libro especial sobre la materia. Creo que podré hacer algo nuevo, completo y que /ofrezca interés (...) Creo que este libro será una parte esencial de la introducción a la Historia de nuestra patria”.17 Varela piensa ahora en los libros de su autoría que pueden contribuir a la formación de la tan mentada biblioteca argentina y americana, la cual debe registrar en su catálogo títulos y nombres nuevos de los jóvenes escritores, poetas e historiadores del continente. Dicho afán constituye una de sus mayores expectativas y anhelos personales, muy especialmente compartido con Juan María Gutiérrez, quien por esos años concibe, a su vez, el proyecto de publicación de otra gran empresa literaria: la América Poética, obra que reunirá en sus páginas “lo mejor de la poesía latinoamericana existente hasta entonces”. Se trata de un proyecto muy festejado por colegas y amigos de todas partes, un proyecto – nada menos - que le permite armar una red de conexiones panamericanas que se realizan gracias a las posibilidades que habilita la profusa sociabilidad epistolar desatada en torno a la preparación del libro imaginado.

Pedidos y encargos, recomendaciones de nombres, propuestas e ideas para mejorar la edición, pequeñas biografías con las que los autores deberían ser presentados oportunamente en la antología: son éstas las referencias que van y vienen en las cartas dirigidas o enviadas por Gutiérrez. Puede decirse que el libro – publicado por partes a partir de 1846 – centraliza los anhelos de consolidación de un repertorio de autores y una biblioteca americanos. Componer un libro de estas características, es decir un libro que pueda mostrarse al mundo – y más concretamente a Europa - como el patrimonio de una cultura en pleno desarrollo, es sin dudas un deseo largamente acariciado por muchos, que Gutiérrez logra concretar. Por ende, nadie podrá sustraerse a la aspiración de estar en esa primera antología de poetas americanos.

Ninguno mejor que Sarmiento para expresarlo con elocuencia, en este párrafo de una carta fechada en Valparaíso justo antes de partir a Europa, en octubre del 45, donde le cuenta a Gutiérrez una conversación con Montt: “Me dijo con una seriedad imperturbable que un poeta (Chacón) había ido ex profeso a Valparaíso a solicitar de U. que lo admitiese en el aereópago de los poetas americanos. / Yo le insinué que el amor propio de cada tonto que haya desbastado palabras para hacer cosas de versos, sería el más activo colaborador que U tendría en su obra; que a la primera entrega que hiciese circular por América, no quedaría poetastro ramplón que no exclamase: “¡Y yo! ¿ Cómo mis versos no están aquí?, sobre todo mi composición a la Petrona o a la Pepa, mi despedida, mi... Ya, no habrá llegado a noticia del colector” y un fardo de malos versos vendrá d[e c]ada sección americana”.18

Con más o menos gracia o entusiasmo que el de Sarmiento, muchos pasajes de las cartas de los exiliados reflejan la misma ansiedad creciente, la misma ambición de muchos por formar parte de la América Poética: a mediados de la década del 40, todo poeta que se precie necesitará “estar allí” para sentirse reconocido como tal. Porque formar parte de ese libro comienza a resultar casi imprescindible para existir como escritor americano.

Está claro que en estos casos la biblioteca y sus lectores no están asociados al delito sino al panteón o el museo. Poco a poco, los libros y las bibliotecas emergen entonces como un faro y una promesa que afianza el porvenir de las jóvenes repúblicas: un espacio donde se guardan y se consolidan sus bienes materiales, simbólicos y espirituales de la nación.

Comprar, vender. El dinero de los libros y la profesión del escritor


Me interesa ahora retomar y detenerme, concretamente, en la noción de “propiedad”, para indagar la relevancia que todos estos lectores y bibliófilos prestan al valor económico y no sólo simbólico de los libros. En este sentido, llama la atención en la correspondencia de los exiliados, la recurrente aparición del verbo “adquirir” y, con él, la constante alusión a los libros como mercancías: “Poco he adquirido aquí y eso poco, incompleto”19; “Compré, tirados, en un remate, cuatro u seis volúmenes que interesaban a la Colección. Entre ([otros) ellos la Vida de Colón que escribió en italiano Bossi y que fue puesta luego en francés, en cuyo idioma la tengo”20; “Sigo trabajando con Rivadavia y adquiriendo papeles útiles”21; “varias adquisiciones que he hecho respecto de nuestros/ trabajos históricos”22.

Como en estos pocos ejemplos, a lo largo de su correspondencia con Gutiérrez, Varela manifiesta su entusiasmo por las “adquisiciones” y su preocupación por dar con buenas ofertas u ocasiones que sólo pueden encontrarse en las librerías e imprentas que están al otro lado del río. Preocupación, también, por pagarle al amigo lo que le cuestan los libros que él le manda a comprar o las obras que le pide que encuaderne. Tanta es su insistencia respecto de los gastos, el dinero y de los buenos negocios que pueden acarrear o redituar los libros y las publicaciones en general, que piensa incluso en la posibilidad de montar una imprenta y fundar un periódico en Montevideo – donde la prensa es escasa – para aumentar así los “medios de subsistencia y de ocupación de todos los miembros de (la) familia” y de tal modo “formar(se) un capital”.

El negocio se pospone y finalmente no llega a concretarse pero entretanto Varela no ha ahorrado detalles en los pedidos ni ha trepidado en poner a su amigo en movimiento para que le averigüe precios de imprentas buenas y usadas que en Buenos Aires pueden conseguirse en saldos y liquidaciones, porque quedaron de las épocas culturalmente más prósperas, cuando aumentaba notablemente la producción periodística y se importaban máquinarias: “Pienso, pues, que habrá cómo comprar ahí alguna de esas imprentas que servían bajo Balcarce y hoy no trabajan. Aquí me han dicho que debe existir en ésa una que fue de Olazábal, en la que se publicó ([después]) el Telégrafo y que después sirvió para el Constitucional y el Amigo del país, la que estuvo un tiempo a venta en casa de Arriola, después del sauve- qui- peut del mes de Octubre. Deseo, pues, que me haga U. el gusto de tomarse el trabajo de buscarme por ahí esa imprenta u otra bajo el concepto de que no sea poco abundante; sino que pueda servir para uso diario y otros trabajos a la vez; que no sea muy usada o si posible es, que sea nueva; que tenga prensa, o prensas, y todos, todos los útiles necesarios (incluso los burros, mesas de imposición, etc., etc.)”.23

Pero Varela no es el único en saber apreciar el valor comercial de los libros y las publicaciones periodísticas o literarias. En más de una ocasión el propio Gutiérrez se refiere, por ejemplo, a las ganancias que se espera proporcionen los libros de Echeverría, tanto como a las dificultades para venderlos a buen precio (: “Habrá Ud. recibido cartas de nuestro Gervacio, instruyéndole del estado del negocio de sus libros; parte de ellos está aquí y se venderán lo mejor posible tan luego reciba los que estaban en casa”)24. Más aún, también el poeta se suma a las quejas cuando se convence de que ni siquiera la Biblioteca Pública o el Instituto Histórico serán capaces de “pagar debidamente” lo que valen sus manuscritos.25

Definitivamente, el negocio de los libros constituye en estos tiempos una expectativa compartida y también una expresión común entre los jóvenes, utilizada no sólo por los escritores más afamados sino por toda la trouve de autores y poetas que tienen la doble ambición de ser “aplaudidos” y vender sus obras a buen precio (“estamos con un negocio literario entre manos”, comunica Dominguez a Gutiérrez en mayo del 44). Porque todas éstas no son sino las preocupaciones de uno o varios autores (que se precian de tales), para quienes el valor de las obras literarias ciertamente no es sólo simbólico sino también económico, cuestión más que relevante si tomamos en cuenta que en la Argentina del siglo XIX la dupla dinero-literatura ha sido estudiada, casi exclusivamente, en relación con los procesos de autonomización de las letras respecto de la política y la emergencia de la figura del escritor profesional, desde fines de 1870 en adelante. Sin embargo, en un contexto muy diverso y todavía embrionario para la literatura nacional, estos y otros epistolarios de la época rosista ofrecen múltiples ejemplos de la preocupación de los intelectuales por reclamar el valor material y comercial de los libros. Así como de su disposición a concebir las obras literarias como “propiedad” absoluta y privativa de un autor.

En sus intervenciones sobre la autoría en la época moderna, Roger Chartier coincide con otros críticos al señalar que, junto con el nuevo valor adjudicado a la “originalidad” y el genio individual del artista, la noción de propiedad de las obras literarias constituye un rasgo diferenciador respecto de épocas pasadas, cuando las producciones de carácter científico se firmaban y las literarios no26. En este sentido, a partir de la edad moderna – propone Chartier - se habría producido una suerte de “quiasmo” o inversión, mediante la cual estas últimas comienzan a ser reconocidas y respetadas sólo si llevan al pie del impreso el nombre del autor, mientras que los artículos científicos circulan entonces habitualmente sin firma, por considerarse que ellos traducen ideas o verdades que pertenecen no a un individuo particular (su descubridor o difusor) sino a la comunidad o institución académica de la que han surgido y a la cual va dirigido el escrito. Desde luego, estos rasgos que han comenzado a afianzarse hacia fines del siglo XVIII, progresivamente se acentuan y encuentran quizá su máxima expresión durante el romanticismo, cuyos adeptos reivindican la remuneración de las composiciones literarias, por considerarlas el fruto del trabajo intelectual de un genio creador.

En el contexto argentino encontramos referencias a la noción de propiedad literaria incluso en el interior de una obra marcadamente política y programática como lo es el Dogma Socialista (1846). Promediando una extensa carta a pie de página dirigida al vice-presidente de la Asociación de la joven generación argentina, en la que E. Echeverría ofrece a sus pares una serie de pautas que deberían guiar las actividades del grupo (: hacer la “propaganda” de las nuevas ideas, utilizar la prensa para influir sobre la opinión pública, escribir la biografía de los grandes hombres, etc.), surge la referencia a la noción de autoría en los siguientes términos: “ cuando llegue el tiempo oportuno se publicará un periódico y servirán para formarlo los materiales que se vayan archivando. Los socios harán uso entonces de su derecho de autores y entrarán en el goce exclusivo de la propiedad de sus obras”.27

El momento oportuno no llega pronto pero a partir de esta formulación resulta evidente la conciencia moderna de Echeverría, que en 1846 reclama ya para los “autores” derechos inalienables, los cuales suponen “el goce” económico de sus obras y composiciones. Aún de aquellas que, como en este caso, tienen por objeto cumplir una función útil para el porvenir de la nación. Digamos que Echeverría no se conforma con hacer la apología de la vocación del escritor, reclama también el reconocimiento de su nombre de autor y pide que se le pague por el trabajo realizado28.

La propuesta no es inédita en Argentina. Pocos años antes, los amigos e interlocutores que habían fundado y redactado en Buenos Aires el semanario La Moda (1838) se ocupaban también del asunto, al referirse a las dificultades que enfrentaban los “nuevos escritores” frente a un público a menudo renuente a sus prédicas. En varias de las crónicas y ensayos de Alberdi o Cané, también en los escritos que Sarmiento lanza desde la prensa chilena en los años 40 (a través de El Progreso, El Mercurio o El Nacional), está presente la preocupación por crear un mercado de consumo editorial más prolífico, que acorte las distancias (a veces abismales) entre escritores y lectores, y que permita abrir poco a poco el camino a la profesionalización. Si bien las urgencias y dificultades de una coyuntura marcadamente facciosa y belicista como es la de la primera mitad de siglo en el Río de la Plata no ayudaron a concretar en lo inmediato estos anhelos, puede decirse no obstante que en la Argentina de comienzos y mediados del siglo XIX la autoría se presenta como una noción apreciada y en alza. Hacerse autor abriga, sin dudas, el anhelo de adquirir un nombre y, en lo posible, una profesión más o menos redituable. Y todavía más, es esa expectativa precisamente la que marca un punto de inflexión entre las solidaridades y las competencias que también afloran con nitidez en las cartas o en ocasión de los certámenes literarios realizados en Montevideo, con motivo del aniversario de la revolución.

¿Quién es el mejor autor o el que tiene mejor llegada al pueblo? ¿Quién el poeta más original y quiénes los adversarios que atentan contra un reconocimento presuntamente merecido por alguno más que por otros? Estos interrogantes desatan enconos difícilmente refrenados, constituyen núcleos candentes en la correspondencia de los exiliados del período rosista. De hecho, encontamos múltiples ejemplos entre los archivos de la época: quejas de E. Echeverría respecto de los presuntos intentos de Rivera Indarte por opacar su protagonismo frente al pueblo cuando la celebración del 25 de mayo de 1844 en Montevideo (“devorado de envidia porque fue el más descartado de todos, en una noticia de las fiestas mayas no hizo mención especial de mi composición”, se queja el autor de La Cautiva en carta confidencial a Gutiérrez en junio de 1844). O en la misma ocasión, cartas de Luis Domínguez reclamando el reconocimiento a sus propios méritos, que cree se han visto perjudicados también por el afán mancomunado de distinguir a quien se considera el máximo poeta romántico que ha dado su generación: se trata de Echeverría, precisamente29. Bajo otras circunstancias pero en esta misma tónica, podemos recordar también la carta pública de Sarmiento a Alsina (que hoy prologa las ediciones del Facundo) donde proclama su anhelo de ocupar “el lugar vacante del escritor americano”, mientras agradece pero desdeña las correcciones que el historiador hiciera a su estilo hiperbólico y excesivamente “poético”, para una obra que se quiere histórica y testimonial.



Otro buen ejemplo lo ofrecen, a su vez, las respuestas de Vicente Fidel López a Gutiérrez, cuando este lo invita a colaborar en la publicación que prepara en Santiago. Es el momento en que los jóvenes se intercambian recomendaciones y saludos con motivo de la aparición de la América Poética. Entonces el nombre de Gutiérrez crece entre los jóvenes de Santiago y Montevideo, como uno de los más reconocidos a la hora de pensar en una personalidad que hace todos sus intentos por consolidar y unificar al grupo. En ese marco, López acepta gustoso la oferta, aunque impone una sola condición: que no sea sino el propio Gutiérrez quien le haga sugerencias, recomendaciones o posibles reparos y correcciones a sus futuros escritos. La carta es jugosa y elocuente al respecto, muestra a las claras los enfrentamientos, más o menos explícitos, en torno a los cuales se desatan las autoridades en competencia entre los jóvenes. Vale la pena citarla in extenso:
“He recibido muy tarde su carta y no tengo tiempo para contestársela con toda la extensión que quisiera. Desde luego debe Ud. contar que me echaré en cuerpo y alma en su empresa porque me gusta mucho, mucho, mucho. Tejedor ha debido hablarle a Ud. De algunas dificultades que yo tuve al principio, cuando recién había comunicado Ud. su idea a Félix Frías; este me habló de unidad en la Redacción y de obligar a los RR. a que no escribieran sino cosas de un interés positivo; y le digo a Ud. con franqueza que esto ya no me gustó. No por Ud., con quien sé bien que convengo en todo o que convendría, pero sí por él y por otro cualquiera. Ya Ud. ve que la tal unidad y el interés positivo son condiciones muy latas. Más tarde le escribiré más detenidamente sobre esto, no para proponerle cosas que Ud. sabe arreglar mejor que yo, sino para hablarle de mi cooperación, es decir de lo que yo deseo que Ud. me permita escribir y de la manera y espíritu de mis artículos. De todos modos lo que Ud. me dice es lo que yo quiero y con tal que el espíritu de mis artículos me lo dejen a mi prudencia entro por todo, y verá Ud. cómo soy uno de sus más asiduos servidores. (...) Mis razones, amigo, son muy claras. Malo o bueno, yo soy yo. Frías es Frías y ni yo quiero imponer mis ideas a uno, ni que ése me las imponga a mí, so pena de volverme cerrado y censurado un artículo. Ud. sabe que entre finísimos y sanos amigos se puede disentir mucho en materias ([sobre]) sociales o literarias”.30(: 4, to. II, 18/VII/sin año).
Claramente, López no está dispuesto a admitir otro criterio que el suyo. Porque él mismo se reconoce y reclama ser reconocido como autor: es decir, como la autoridad original y única que anima y da vida al texto. Y que no acepta ser tutelada o reprimida por Frías ni por otros, a excepción del director de la publicación que, en todo caso, es el único unánimemente reconocido como un espíritu conciliador y renuente a las controversias o conflictos. “Yo soy yo, Frías es Frías” refuerza López sobre el final de la cita, dejando bien sentada su posición con un gesto y en un tono que evoca al de Sarmiento en otras muchas misivas escritas por esos días a Gutiérrez y otros amigos comunes, en las cuales ensalza sus propios valores y destrezas como autor. E incluso no duda en enviar el “curriculum” con el que gusta ser presentado ante el público a la hora en que se hable de él y del Facundo.
Ejemplos como estos abundan en la correspondencia de la época, sacan a la luz las diferencias y el afán de liderazgo que también está presente entre estos aliados. Porque formar la biblioteca nacional y americana (que es uno de los grandes propósitos de la joven generación) implica entonces decidir cuáles son los escritores que deben ir llenando de a poco sus estantes. Sin dudas es ésta una de las preocupaciones más relevantes para los intelecutales románticos, antes y después del exilio. Profundizar en ellas nos permite indagar las alianzas o los distanciamientos insolubles entre algunos de los miembros de la denominada generación del 37 en Argentina y de los interlocutores como Varela.

Claro que estos debates a menudo intentaron ser soslayados o silenciados públicamente por muchos de sus protagonistas más cautos. Pero esas quejas y reclamos, pronunciados solamente bajo la confidencialidad de las cartas entre amigos, van a hacer eclosión después de la caída del gobierno de Rosas en Caseros, cuando la lucha facciosa se aquiete y el panorama cultural se reorganice bajo la nueva coyuntura. No es casual que sea entonces cuando aflora una de las polémicas político culturales más importantes de la centuria: la que protagonizan Sarmiento y Juan Bautista Alberdi a partir de la publicación de Campaña en el ejército grande (el libro de Sarmiento que relata su intervención en la campaña militar que define la derrota del rosismo, y su ulterior ruptura con el Gral. Urquiza). En ese nuevo marco de discusiones y acusaciones sobre la nueva inscripción política de uno y otro (a favor o en contra del nuevo gobierno) resurge el debate acerca de las modalidades y los recursos que habilitan y legitiman, o no, la autoría. Para ser autor, dirá Sarmiento, es preciso escribir mucho, haberse entrenado en las páginas de la prensa periódica y haberse fogueado aquí o allá como escritor público. Es preciso, entonces, haber trabajado a favor de la formación y la expansión – in stricto sensu – de un público americano, lo cual se presenta como uno de los desafíos o los retos más difíciles que deben encarar los letrados. Para Alberdi, en cambio, la experiencia de escritor público que detenta Sarmiento es sinónimo de una realidad inadmisible: el dinero recibido como paga de manos del Estado. Según él, ese dinero – que está en el centro de la polémica, porque Alberdi cataloga el escritor público de “mercenario” – se cobra el precio de la libertad intelectual y la independencia de ideas, respecto de la política oficial o partidaria. En la disyuntiva que marcan una y otra postura, precisamente, se juega uno de los debates centrales para la emergencia del escritor público en la Argentina del siglo XIX.



1 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Montevideo, 1 de abril de 1833, en Archivo del Doctor Juan María Gutiérrez, Epistolario, tomo I, Buenos Aires, Biblioteca del Congreso de la Nación, p. 160.

2 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Buenos Aires, 2 de agosto de 1833, en Arvhivo..., op. cit., p. 164.

3 Esteban Echeverría a Juan María Gutiérrez, Montevideo, 25 de noviembre de 1845, en Archivo..., T.II, p, 34.

4 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Montevideo, 31 de marzo de 1846, en Archivo..., T.II, p. 54.

5Vicente Fidel López, Autobiografía, en Evocaciones históricas, Buenos Aires, Secretaría de cultura de la nación en coproducción con Fundación universitaria de estudios avanzados, 1994, p. 30.

6 Trabajo sobre este y otros tipos de lectores y prácticas de lectura en el romanticismo argentino en “Sueños y dilemas de la generación romántica. Lecturas, lectores y lectoras en la Argentina de 1830”, en La mujer romántica. Lectoras, escritores y autoras en Argentina, Buenos Aires, Edhasa, agosto de 2005.

7 Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, 31 de julio de 1845, T. 4. Citado por Sabor Riera, María Angeles, Contribución al estudio histórico del desarrollo de los servicios bibliotecarios de la Argentina en el siglo XIX. Parte 1- 1850-1852, Universidad Nacional del Nordeste, Resistencia-Chaco, 1974.

8 Archivo Americano..., 4, n. 14, 31 de agosto de 1844.

9 Sabor Riera, María Angeles, Contribución al estudio...”, op. cit.

10 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 22 de setiembre, sin año, Archivo...op. cit. T. I, p. 250, el subrayado es mío.

11 Forencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 27 de setiembre de 1842, Archivo..., op.cit., T. I, p. 251.

12 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 1 de noviembre de 1842, Archivo..., op.cit. T. I, p. 253.

13 José Mármol a Vicente G. Quesada, en V.G. Quesada, “Los manuscritos del canónigo Segurola donados a la Biblioteca Pública de Buenos Aires”, La Revista de Buenos Aires, v. 23, 1870, p. 433.

14 Profundizo el análisis de Amalia de José Mármol en “Sueños y dilemas de la generación romántica. Lecturas, lectores y lectoras entre 1830 y 1840”, incluido en Graciela Batticuore, La mujer romántica. Lectoras, escritores y autoras en la Argentina. 1830-1870, Edhasa, Buenos Aires, 2005.

15 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Buenos Aires, 17 de octubre de 1837, Archivo..., op. cit., T. I, p. 204.

16 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 24 de agosto de 1841, Archivo..., op.cit., T.I, p. 226.

17 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 27 de setiembre de 1842, Archivo..., op.cit., T.I, p. 251.

18 Domingo F. Sarmiento a Juan María Gutiérrez, Valparaíso, 9 de setiembre de 1845, Archivo..., op. cit., T. II, p. 19.

19 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 29 de enero de 1842, Archivo..., op. cit., T. I, p. 239.

20 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 24 de mayo de 1842, Archivo..., op. cit., T.I, p. 246.

21 Ibid.

22 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 27 de setiembre de 1842, Archivo..., op.cit.,T. I, p. 252.

23 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Buenos Aires, 21 de agosto de 1835, Archivo..., op. cit, T. I, p. 187.

24 Juan María Gutiérrez a Esteban Echeverría, Colonia, 7 de abril de 1841, Archivo..., op. cit., T. I, p. 217.

25 Florencio Varela a Juan María Gutiérrez, Río de Janeiro, 29 de enero de 1842, Archivo..., op. cit., T. I, p. 239.

26 Roger Chartier, “¿Qué es un autor?”, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, traducción de Mauro Armiño, Madrid, Alianza, 1994.

27 Esteban Echeverría, “Dogma socialista precedido de una ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata”, en Obras escogidas, Caracas, Ayacucho, 1991, selección, prólogo, notas, cronología y bibliografía de Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano.

28 Desarrollo esta cuestión en “La formación del autor. Apuestas, retos y competencias”, en Martin Kohan y Alejandra Laera, Echeverría. Una lectura integral, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, abril de 2006.

29 Desarrollo esta cuestión en “La lectura, los escritores y el público. 1830-1850”, en Graciela Batticuore, Klaus Gallo, Jorge Myers (comp.), Resonancias románticas. Ensayos sobre historia cultural. 1820-1880, Buenos Aires, Eudeba, 2005.

30 Vicente Fidel López a Juan María Gutiérrez, Valparaíso, 18 de julio s/año, Archivo..., op.cit., T. II, p. 4.


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