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Las voces de marrakesh impresiones de viaje


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Elias Canetti

LAS VOCES DE MARRAKESH

IMPRESIONES DE VIAJE

Presentación y traducción:

JOSÉ-FRANCISCO YVARS


PRE-TEXTOS

NARRATIVA

Diseño gráfico: Pre-Textos (S.G.E.) y *

Ilustración de la cubierta: Paisaje y casa árabe.

de Mariano Fortuny Marsal (Biblioteca Nacional, Madrid).

Título de la edición original: Die Stímmen van Marrakesch

Presentación y traducción: José-Francisco Yvars

6ª edición: febrero de 1996

© Elias Canetti, London. 1967.

© Cari Hanser Verlag, MUnchen. 1970.

© de ía presente edición:



pre-textos, 1996

Luis Santángel, 10

46005 Valencia
IMPRESO EN ESPAÑA/PRINTED 1N SPAIN

ISBN: 84-85081-42-0

DEPOSITO LEGAL: V. 648-1996

T.G RIPOLL. S.A. - POL. IND FUENTE DEL JARRO

46988 PATERNA (VALENCIA)



APOLOGÍA DEL CUENTERO


Los buenos viajeros son despiadados.



Canetti

1. Es curioso, parece como si la trayectoria imaginati­va del escritor Elias Canetti apenas fuese otra cosa que una obstinada y a menudo doloroso tentativa de contar bien; detallada, precisamente, sin des­cuidar ninguno de los elementos significativos nece­sarios ni encubrir en ellos la responsabilidad, el compromiso personal, del narrador.

Hermann Broch, en una presentación que se ha hecho memorable, caracterizó, allá por 1933, la per­sonalidad pública de Canetti como la de «un spaniol educado entre Suiza y Austria». En efecto, Canetti hereda de su madre, auténtico fin-de-race, el claroscuro, el matiz diferenciador de su lejana ascendencia hispánica, la voluntad de razón occi­dental; sin embargo, la fascinación que en su primera infancia recibe de su entorno rural originario, la al­dea de Rustschuk, en la Bulgaria bajo danubiana una comunidad hebrea intacta en el tiempo donde todavía se habla ladino—, se traducirá años después en su más preciado distintivo de identidad. Inmerso en una sociedad campesina orientalizada fuertemente y predispuesta siempre a marcar distancias con el Occidente «moderno», su lengua civil será el búl­garo, en convivencia estrecha con ese castellano arcaico, ya anacrónico incluso entonces, legado fa­miliar ancestral transferido en calidad de lengua materna y que inspira las páginas quizás más vivas de su autobiografía.

Transterrado a Inglaterra, en pos de una quimé­rica y forzosa tradición comercial, convierte el ale­mán también por ambición maternaen su len­gua culta, o mejor todavía, en su instrumento comunicativo fundamental: la escritura. A Viena le conduce, asimismo, la arrogante resolución de su parentela, que aspira a convertirlo en alguien útil: nada de ambientes privilegiados y pocas fantasías electivas; en el panteón vienés de postguerra no hay espacio para Narciso: Wedekind, Strindberg, Broch, Alban Berg, «la poesía de absurdo paisaje es­piritual de Kafka»... En suma, un lenguaje crispado para un tiempo ilegítimo, de exhibicionismo calcula­do de máscara acústica del yo califica Karl Kraus los titubeos expresivos de la nueva generación impli­cada en la derrota bélica.

Es ésta una generación que tiene en Musil y Doblin sus hermanos mayores, y que se alarga monstruosa­mente hasta la quiebra de Weimar. Canetti toma de su tiempo el afán por la precisión, la obsesión por la verdad científica que salva del absurdo la vida humana. Pero, de espaldas a su época, desconfía de la capacidad experimental del diálogo y prefiere anu­dar a conciencia los cabos que sostienen el interés de la narración. Su tema es también el conflicto pe­renne entre individuo y colectividad, en un mundo en progresiva disolución del yo personal; en la fantasía creadora de Canetti se sobreponen figuras y situaciones cuyo absurdo alcanza a ser, las más de las veces, su condición de humanidad: el espejo nos devuelve la imagen de un ser grotesco condenado a errar sin sentido y aquí la referencia a Cincuenta caracteres es obligada—. El humanismo seco y cor­tante de su estilo ya hecho constituye paradójica­mente una forma saludable y desenfadada de apro­piarse de aquella imagen terrible: lo monstruoso, nos alerta Canetti, sería fantasear elusivamente sobre ella bajo el pretexto de que nos es ajena. Reflexión de moralista, en definitiva.

Esa actitud, sin embargo, preserva a Canetti de los rigores expresionistas, de la sugestión manierista por lo grotesco; exagera la realidad, la disloca expresivamente en alguno de sus mejores cuentos, pero sin perder de vista cierto objetivismo picassiano que nunca trasgrede los límites impuestos para caer en la ebriedad formal. Su fuerza narrativa en­cuentra en el detalle el vehículo perfecto de expre­sión. Multiplica en el relato las escenas superfluas; sobrepone caracteres y gestos en una aparente amal­gama jamás caótica, desde luego; con ello acierta siempre, si la razón última del narrador es presentar la complejidad de las cosas. En sus primeras obras —Die Blendung (1935), éxito de amigos, pero sin apenas lectores, piezas dramáticas tempranas o en su retardado éxito de público Masse und Macht— es posible detectar, sin duda, algún apasionamiento por la experimentación y el efectismo tendente a irrealizar acción y personajes, tenuemente surrealis­tas incluso. La fascinación por los ciegos, transposi­ción emblemática de los sonámbulos de Broch, por ejemplo, hará decir a Fischer, mediada la década de los treinta, «Canetti era un diable boileux..., de mi­rada maligna para todo lo maligno, que halla placer en lo deforme, en lo horripilante...». En la Come­dia de la vanidad fantasea acerca de una aterradora ciudad utópica donde el hombre, privado de su pro­pia imagen —sin espejos, fotografías ni retratos—, se precipita en la demencia más oscura. En Masa y sobrevivencia, el poder conduce indefectiblemente a la locura y a la soledad: el demente que identifica su propio cuerpo con el «cuerpo del mundo» y sólo aspira a la beatitud suprema de la fusión anímica en una masa que le ofrezca, cruel paradoja, la singu­laridad.

Pero Canetti es sobre todo un narrador de historias. Testigo de excepción de un mundo cuya memoria se mantiene por tradición oral, sus relatos pretenden la audiencia y la atención que despertaba el cuentero en los mercados de antaño, o que despierta todavía hoy en el mundo cercano oriental. Su estilo es entre­cortado, directo y expresivo hasta la distorsión de personajes y ambientes, como antes hice notar, y por ello difícil; no descuida mirada ni sacrifica jamás un adjetivo que pueda incidir en la riqueza total de la representación. Hay mucho en él de ese placer de la palabra que define las culturas latinas, acostumbradas a grabar en relatos con moraleja las experiencias de la vida y su concepción peculiar de la historia. Los hechos nunca son datos que per­miten estructurar una historia; son sucesos, si­tuaciones, episodios que ayudan a imaginar la pano­rámica de conjunto. El ojo del narrador es siempre activo; selecciona y transforma, crea constantemen­te la realidad, al tiempo que la relata. No deja de sorprender que entre nosotros, país de campesinos por definición, pese a veleidades de coyuntura y co­lonialismos ya estructurales, haya desaparecido tan raudamente el testimonio de la palabra; y más todavía cuando el círculo ideal de lectores a duras penas excede las cinco cifras. Quizás la aparente tosquedad formal de Baroja, inventor de historias si los hay, se explique desde esta perspectiva narrati­va; o la ética del adjetivo del catalán Josep Pla, por dar otro ejemplo, más próximo en su estupenda y fluida verbosidad al mejor Canetti. La eficacia de la palabra se prueba a sí misma en cualquiera de las páginas de su autobiografía, La lengua absuelta, que abramos al azar. El cuentero jamás di­seca, escribe Steiner comentando El territorio del hombre, recrea su mundo en cada palabra del relato.

La hojeada superficial de Las voces de Marrakesh nos depara, de entrada, un primer efecto sorpresa: ni rastro de la elaborada construcción de Auto de fe; ni la menor huella de la elipsis discursiva de Ma­sa y poder. Canetti sintetiza aquí, en los catorce re­latos que componen el libro, sus impresiones de una detenida incursión por la ciudad en 1954. Se trata, repito, de impresiones imaginativas, visuales casi, puesto que la penetración del autor enraiza en una decidida voluntad de comprensión del universo des­conocido. Los rápidos apuntes, las estrictas notas de viaje aparecen disueltas en la fantasía del escri­tor, para convertirse en el soporte de esa nueva reconstrucción que son los cuentos de viajes. En todos ellos domina la impronta de lo inmediato, de una experiencia vivida directamente que se intenta transmitir al lector sin artificios y con el menor número posible de mediaciones de taller. Y en esta ocasión, Canetti nos demuestra magistralmente que todavía es posible contar algo con sencillez, dando prioridad a los hechos, forzándolos si es preciso para que expresen sus cadencias más variadas. La elaboración literaria vendrá después, siempre con carácter adjetivo. El resultado es un lenguaje libre de presiones de género como señala acertada­mente Rudolf Hartung—, muy rico léxicamente y saturado de significaciones hasta la contraposición.

Para Canetti, la sagacidad del viajero, llegado el momento de captar y comprender en sus entresijos el guiño cómplice de una realidad diferente, diversa, pero que necesita entender de alguna manera para integrarla en su experiencia vital, constituye el ele­mento definitivo a la hora de hacernos partícipes de sus vivencias. El esfuerzo del viajero es arduo, por­que se basa en el ejercicio de una comprensión sin­copada, parcial: el turista, escribe, es la caricatura moderna del viajero. Canetti, por el contrario, en­tiende el viaje como la ocasión última para apro­piarse de un mundo extraño, en el que entrevé aún posibilidades autónomas de ser distinto. Y ésa es la razón de que sus cuentos de viaje aspiren sobre todo a la veracidad de las imágenes: dramática o cómi­ca, tanto da; humanizando en la mejor tradición oriental animales y cosas portadores de sentido.

La voz del cuentero de mercado adecúa tonos y modulación, gesto y palabras a su auditorio. Cuan­do Canetti transforma esa voz en escritura, parte del compromiso, vehementemente asumido, de implicar en su relato a los lectores más plurales. Abandona entonces su confortabilidad europea, la in­tolerable tolerancia del viejo escéptico, el paternalismo siempre ofensivo del hermano sabio, y vuelve a los orígenes, a su diminuta aldea búlgara, al círculo de allegados a quienes relata, al caer la tarde, su experiencia viajera. El resultado, lector, es esta pe­queña obra maestra.
JOSÉ-FRANCISCO YVARS

Septiembre de 1981.
A Veza Canetti
MIS ENCUENTROS CON CAMELLOS

Por tres veces entré en contacto con camellos y aquello concluyó en circunstancias trágicas.

«Tengo que enseñarte el mercado de camellos», decía mi amigo, justo tras mi llegada a Marrakesh. «Tiene lugar todos los jueves por la mañana ante la mu­ralla en Bab-el-Khemis. Se encuentra realmente aparta­do, al otro lado de los muros de la ciudad; es mejor que te lleve.» Llegó el jueves y nos dirigimos hacia allí. Era algo tarde cuando llegamos a la inmensa plaza frente a la muralla de la ciudad ya casi al mediodía. La plaza estaba medio vacía. Al otro extremo, unos doscientos metros más allá de nosotros, había un grupo de personas; pero no vimos ningún camello. Los animales pequeños, con los que la gente se entretenía eran burros por lo general; la ciudad se encontraba repleta de ellos; portaban todo género de cargas y solían ser tan mal tratados que no de­seaba ver más. «Llegamos demasiado tarde», dijo mi amigo. «El mercado de camellos ha terminado.» Me con­dujo hasta el centro de la plaza para convencerme de que verdaderamente no había nada más que ver.

Pero antes de que se detuviese vimos cómo se disper­saba un grupo de gente. En medio de ella apareció un camello erguido sobre tres patas, la cuarta le había sido atada al cuerpo. Tenía puesto un bozal rojo, una cuerda le atravesaba el ollar, y un hombre que se mantenía a cierta distancia trataba de hacerle avanzar de este modo. El camello corría un trecho hacia adelante, se paraba y saltaba entonces curiosamente sobre sus tres patas hacia arriba. Sus movimientos eran tan inesperados como in­quietantes. El hombre que debía guiarlo, cejaba siempre en su empeño; temía acercarse demasiado al animal y no parecía nada seguro cómo se comportaría éste a conti­nuación. Pero tras cada sobresalto tiraba de nuevo y es­to le permitió arrastrar al animal muy lentamente en una determinada dirección.

Permanecimos parados y bajamos la ventanilla del coche; nos rodearon niños pedigüeños, por encima de sus voces mendicantes oíamos los gritos del camello. Una de las veces saltó con tal fuerza hacia un lado que el hombre que lo guiaba perdió la cuerda. Las personas que se encontraban a cierta distancia se alejaron. La at­mósfera que rodeaba al camello estaba cargada de miedo, pero más miedo sentía aún el camello. El guía corrió un trecho junto a él y con la velocidad de un rayo agarró la cuerda que serpeaba por el suelo. El came­llo saltó lateralmente hacia arriba en un movimiento on­dulante, pero no logró soltarse, siendo arrastrado de nuevo.

Un hombre, en el que no habíamos reparado hasta entonces, apareció tras los niños que rodeaban nuestro automóvil, se apartó a un lado y nos explicó en un fran­cés entrecortado: «El camello tiene rabia. Es peligroso. Lo conducen al matadero. Hay que tener mucho cuida­do.» Adoptó un gesto grave. Entre frase y frase oíamos los gritos del animal.

Le dimos las gracias por su información y nos fuimos entristecidos de allí. Durante los días siguientes hablamos con frecuencia del camello rabioso; sus desesperados movimientos nos habían dejado una huella profunda. Habíamos ido al mercado con la esperanza de ver centenares de esos apacibles y curvilíneos anima­les. Pero en la gigantesca plaza sólo encontramos uno, sobre tres patas, atado, en su última hora; mientras toda­vía luchaba por su vida nos fuimos de allí.

Días después pasamos frente a otro sector de las mu­rallas de la ciudad. Anochecía, el resplandor rojo se extinguía sobre el muro. Retuve en mis ojos tanto como me fue posible la imagen del muro y me regocijé ante su progresiva mutación cromática. Divisé en su sombra una gran caravana de camellos. La mayoría se había dejado caer sobre sus rodillas, otros permanecían todavía en pie. Unos hombres con turbante en la cabeza se movían laboriosos, pero tranquilos, entre ellos; era la imagen del sosiego y el crepúsculo. El color de los ca­mellos se convirtió en el del muro. Nos apeamos y nos mezclamos entre los animales. Cada docena cumplida de ellos se arrodillaba en círculo alrededor de un montón de forraje dejado caer por los camelleros. Estiraban el cuello, tomaban el alimento con la boca, echaban la ca­beza hacia atrás y rumiaban plácidamente. Los observa­mos atentamente y vimos que tenían rostro. Se parecían entre sí y al mismo tiempo eran muy diferentes. Recor­daban a viejas damas inglesas que, dignas y visiblemente aburridas, compartían el té, incapaces de ocultar la ma­licia con que escrutaban cuanto les rodeaba. «Éste es mi tía, de verdad», dijo mi amigo inglés, al que advertí su­tilmente del parecido con sus compatriotas, y pronto descubrimos algún que otro conocido. Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado. Contamos ciento siete camellos.

Un muchacho se acercó y nos pidió alguna moneda.

Su cara era de un color azul oscuro, al igual que sus ro­pas; era arriero y su apariencia similar a la de los «hombres azules» que viven al sur del Atlas. El color de sus vestidos, así se nos había dicho, comparte el de la piel, y, de este modo, todos, hombres y mujeres, son azules, la única raza azul. Procuramos alguna informa­ción sobre la caravana de nuestro joven arriero, agrade­cido por la moneda recibida. Pero tan sólo dominaba unas pocas palabras en francés: Venían de Gulimin, tras veinticinco días de camino. Esto fue todo cuanto pudi­mos entender. Gulimin se encontraba lejos al sur, en el desierto; y nos preguntábamos si la caravana de ca­mellos habría cruzado el Atlas. También nos hubiese gustado saber cuál sería su próxima meta, ya que no podría ser éste, al pie de los muros de la ciudad, un buen final de trayecto y los animales parecían fortalecer­se para esforzados trabajos futuros. El muchacho azul oscuro, incapaz de decirnos nada más, se esmeró en atenciones hacia nosotros y nos condujo hasta un delga­do y todavía esbelto anciano con turbante blanco que se mostró respetuoso. Hablaba un buen francés y respon­día locuazmente a nuestras preguntas. La caravana venía desde Gulimin y era cierto que llevaba ya veinti­cinco días de camino.

«¿Y hacia dónde continúa?»

«No muy lejos», confesó. «Se venden aquí mismo para la matanza.»

«¿Para la matanza?»

Ambos nos sentimos consternados; incluso mi amigo que en su país es un furibundo cazador. Pensábamos en el largo peregrinaje de los animales, en su belleza en el ocaso, en su ensimismamiento, en su apacible banquete; y acaso también en aquellas personas que nos habían permitido recordar.

«Para la matanza, sí», repitió el anciano. Había algo de abrupto en su voz, como de cuchillo mellado.

«¿Se come aquí mucha carne de camello?», pregun­té. Buscaba ocultar mi turbación mediante preguntas de circunstancias.

«¡Muchísima!»

«¿Sabe bien?, nunca la he comido.»

«¿Jamás ha comido carne de camello?» Rompió en una burlona pero contenida risotada y repitió: «¿Nunca ha comido carne de camello?» Quedaba bien claro que él sabía que aquí no se nos servía otra cosa que carne de camello, y se lo debió pensar mucho antes de instarnos a que la comiésemos.

«Es muy buena», sugirió.

«¿Cuánto cuesta un camello?»

«Varía. De 30.000 a 70.000 francos. Se lo puedo mostrar, aunque hay que entenderlo.» Nos condujo has­ta un hermosísimo animal de color claro y lo hizo mo­verse con un bastoncillo, que hasta entonces me había pasado desapercibido. «Este es un buen animal. Tiene un valor de 70.000 francos. El propietario incluso lo ha montado. Podría utilizarlo aún durante muchos años. Pero ha preferido venderlo. Con el dinero puede comprar dos animales jóvenes, ¿comprenden ahora?» Lo comprendíamos todo. «¿Ha venido usted con la ca­ravana desde Gulimin?», inquirí.

Rechazó esta insinuación algo molesto. «Yo soy de Marrakesh», afirmó orgulloso. «Compro animales y los vendo a los matarifes.» Sólo sentía desdén hacia los hombres que habían atravesado tan largo camino, y de nuestro joven y azul arriero dijo: «Ése no sabe nada.»

Pero él quería saber de dónde éramos y ambos le di­jimos escuetamente: «de Londres». Sonrió y pareció un poco inquieto: «Estuve durante la guerra en Francia», confesó. Su edad daba claramente a entender que habla­ba de la primera guerra mundial. «Estuve junto a los ingleses. No me llevé bien con ellos», añadió rápida­mente y un tanto quedo. «Pero hoy la guerra ya no es guerra. Ya no es el hombre quien cuenta, la máquina lo es todo.» Dijo algo más sobre la guerra, que sonó más bien resignado. «Eso ya no es guerra.» Asentimos al respecto y pareció olvidar que veníamos de Inglaterra.

«¿Están vendidos todos los animales?», pregunté to­davía.

«No. No se pueden vender todos. Los que quedan continúan hacia Settat. ¿Conocen ustedes Settat? Está camino de Casablanca, a ciento setenta kilómetros de aquí. Allí se encuentra el último mercado de camellos. Los demás se venden allí.»

Le dimos las gracias, y se despidió sin más reveren­cia. No volvimos a caminar entre los camellos; habíamos perdido la ilusión necesaria para ello. Casi había oscurecido cuando abandonamos la caravana.

La imagen de los animales no me abandonaba. Pen­saba con recelo en ellos, pero también como si desde siempre hubiesen depositado su confianza en mí. El re­cuerdo de su último banquete se unía al de la conversa­ción sobre la guerra. La idea de visitar el mercado de ca­mellos el jueves próximo permanecía aun así viva en nosotros. Decidimos partir por la mañana temprano; y, quizás, esperábamos obtener esta vez una impresión me­nos sombría de su existencia.

Volvimos frente a la puerta de El-Khemis. El núme­ro de animales que encontramos no era demasiado gran­de: se perdían en la amplitud de la plaza que resultaba difícil de llenar. A un lado se alineaban de nuevo los burros. No nos acercamos a ellos y permanecimos con los camellos. Reunidos en grupos de tan sólo tres o cuatro, e incluso a veces uno sólo junto a su madre. En principio nos parecieron todos tranquilos. Lo único ruidoso eran grupos pequeños de hombres que rega­teaban enérgicamente. Pero nos pareció como si los hombres, algunos de ellos entre los animales, descon­fiasen; no se acercaban demasiado a ellos o tan sólo lo hacían cuando era verdaderamente necesario.

No transcurrió mucho tiempo cuando nos llamó la atención un camello que parecía resistirse contra algo; gruñía, rezongaba y giraba la cabeza enérgicamente hacia todas partes. Un hombre intentaba ponerlo de rodillas, y como no le obedeciese, le ayudó a bastona­zos. De entre las otras dos o tres personas que se en­contraban a la cabeza del animal y se ocupaban de él, destacaba uno en particular: Era un hombre fuerte, re­cio, de faz oscura y tremenda. Permanecía firme, sus piernas como enraizadas al suelo. Con enérgicos movi­mientos de los brazos pasó una cuerda por el tabique nasal del animal que previamente había perforado. Ho­cico y cuerda se tintaron de rojo por la sangre. El ca­mello se contorsionaba y chillaba, y pronto comenzó a bramar frenéticamente; por último, tras haberse arro­dillado, saltó de nuevo e intentó zafarse, mientras el hombre tiraba de la cuerda con mayor ahínco. La gente ponía todo su empeño en sujetarle, y aún estaba ocupa­da en ello, cuando alguien nos abordó y dijo en un fran­cés entrecortado:

«Lo huele. Huele al matarife. Fue vendido para la matanza; ahora va al matadero.»

«Pero, ¿cómo puede olerlo?», preguntó mi amigo, incrédulo.

«El que está ante él es el matarife», y señalaba al hombre hosco y macizo que nos había llamado la aten­ción. «El matarife viene del matadero y huele a sangre de camello, y eso no le gusta al camello. Un camello puede ser muy peligroso. Cuando tiene la rabia, llega por la noche y mata a la gente que duerme.»

«¿Cómo puede matar a la gente?», le pregunté.

«Mientras las personas duermen viene el camello, se arrodilla sobre ellas y las ahoga. Hay que ser muy preca­vido. Las personas perecen antes de que despierten. Sí, el camello tiene muy buen olfato. Cuando reposa de noche junto a su amo, ventea ladrones y despierta al amo. Su carne es buena. Debe comerse. Ca donne du courage. Al camello no le gusta estar solo. Solo no va a ninguna parte. Cuando un hombre trata de llevar su ca­mello a la ciudad, tiene que encontrar otro que le acom­pañe. Tiene que pedir uno prestado, de lo contrario no lleva su camello a la ciudad. No quiere estar solo. Yo es­tuve en la guerra. Tengo una herida, miren, aquí», y se señaló el pecho.

El camello se había calmado un poco y volví la mira­da por primera vez hacia el orador. El pecho parecía hundido y el brazo izquierdo estaba rígido. El hombre me resultaba conocido. Era pequeño, flaco y muy serio. Me preguntaba dónde lo había visto antes.

«¿Cómo se mata a los camellos?»

«Se les corta la yugular. Tienen que desangrarse. Si no no se les debe comer. Un musulmán no debe comerlos si antes no han sido desangrados. No puedo trabajar por culpa de esta lesión. Por eso hago aquí un poco de guía. Hablé con ustedes el pasado jueves, ¿re­cuerdan al camello rabioso? Yo estaba en Safí cuando llegaron los americanos. Luchamos contra los america­nos, pero no mucho; entonces fui reclutado por el ejér­cito americano. Allí habia muchos marroquíes. Estuve con los americanos en Córcega y en Italia. Estuve en to­das partes. El alemán es un buen soldado. Lo peor fue el Casino. Aquello sí que fue grave. De allí me viene la lesión. ¿Conocen ustedes el Casino?»

Comprendí poco a poco que se refería a Monte Casi­no. Me hizo una descripción de la amarga batalla, y es­tuvo, él, de ordinario tranquilo e impasible, tan vivaz en ello como si se tratase de los criminales antojos de ca­mellos rabiosos. Era un hombre sincero; creía lo que decía. Pero había divisado un grupo de americanos entre los animales y rápidamente se encaminó hacia ellos. Se esfumó tan aprisa como había aparecido, y lo encontré bien; yo había perdido de vista y de oído al camello que ya no bramaba, y deseaba volverlo a ver.

Pronto lo encontré. El matarife lo había puesto en pie. Se arrodillaba de nuevo. Dio un respingo que otro con la cabeza. La sangre del ollar se había extendido aún más. Sentí cierto alivio por los escasos y engañosos momentos en los que se le dejaba solo. Pero no pude mirar mucho tiempo y salí de allí a hurtadillas, pues ya conocía su destino.

Mi amigo se había retirado durante el relato del guía; iba tras el rastro de cualquier inglés. Le busqué, y cuando lo hube encontrado, al otro extremo de la plaza, había ido a parar junto a los burros. Quizás se encontra­ba aquí menos incómodo.

Durante el resto de nuestra estancia en la roja ciudad no volvimos a hablar de camellos.



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