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Las relaciones familiares y artísticas entre los habsburgos españoles y austriacos


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LAS RELACIONES FAMILIARES Y ARTÍSTICAS ENTRE LOS HABSBURGOS ESPAÑOLES Y AUSTRIACOS

La casa de Habsburgo es una de las familias más ilustres y antiguas de Europa. Su origen se remonta al siglo X, procediendo de la Suabia Meridional, se establecieron luego en Suiza, de cuyo castillo construido en Argovia, parece ser que tomaron el nombre de la familia.
Durante la época que va desde 1516 en que Carlos de Habsburgo llegó a España tras la muerte de su abuelo Fernando el Católico, hasta el año 1700 en que falleció el último de sus descendientes masculinos por línea directa, el rey Carlos II (tras lo cual estalló la Guerra de Sucesión al trono español), dos ramas de la familia dominaron dos de los imperios más poderosos que existieron en la Europa de su tiempo: el español y el austríaco, además de numerosos territorios de menor importancia en Europa y todos los continentes conocidos hasta entonces.
De esas relaciones que duraron casi dos siglos, se desprendió una historia común en muchas facetas. En este caso analizaremos dos de ellas: la estrictamente familiar y la artística. Como veremos a continuación, la importancia de una y otra no fue la misma, pues mientras las relaciones familiares fueron muy intensas y en muchos casos decisivas para la historia de los dos imperios y de Europa, las artísticas no llegaron a tal grado.

Las relaciones familiares

La entronización de la familia Habsburgo en la historia de España se originó como consecuencia del matrimonio entre Juana de Castilla (apodada históricamente como “la loca”) hija de los soberanos españoles Isabel y Fernando, conocidos como los Reyes Católicos y Felipe de Borgoña, hijo del emperador Maximiliano, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de Felipe “el hermoso”.


Este matrimonio se inscribe dentro de los proyectos de política matrimonial llevados a cabo por los Reyes Católicos para emparentar a sus descendientes con las casas reales más importantes que había en Europa.
De los hijos habidos en este matrimonio, uno de ellos, Carlos, llegó a reunir en su persona una de las mayores herencias que han existido en la historia, siendo soberano de varios reinos europeos y conocido tanto como Carlos V, emperador de Alemania, como Carlos I, rey de España. Con él da comienzo la dinastía de los Austria en nuestro país.
Desde un primer momento las relaciones entre las ramas española y austríaca de la familia fueron muy intensas, ya que por la extensión y complejidad del imperio heredado, los miembros de la misma se vieron en la obligación de representar al soberano en los numerosos casos en los que, ante la ausencia de este, fue preciso que algún allegado familiar ostentase la representación del soberano, por ejemplo, los sobrinos del emperador, los archiduques Ernesto, Alberto, Matías o Rodolfo
Como hecho quizás más significativo de esta época, queda para la historia la reunión de 1551 en la ciudad de Ausburgo, donde las diferentes ramas de la familia se entrevistaron para decidir sobre la sucesión del enorme imperio ante la proximidad de la abdicación o muerte del hasta entonces soberano. En dicha reunión se acordó que el imperio alemán fuese heredado por su hermano Fernando (I), en caso de fallecimiento de este por su hijo Felipe (II), y en tercer lugar por Maximiliano, hijo de Fernando de Habsburgo.
En una segunda reunión familiar celebrada en Bruselas en 1555, Carlos abdicó de su imperio español en la figura de su hijo Felipe II, con lo que en 1556 se completó la separación de los territorios de los Habsburgo que hasta entonces habían estado bajo el único control de la figura del emperador.
Pero aunque la unión de estos territorios bajo el gobierno de una sola persona ya no llegó a repetirse de nuevo, las relaciones entre las dos ramas de la familia continuaron siendo intensas y cordiales. Así, Carlos había casado a su hija María con su primo Maximiliano II de Austria, y a su vez, la hija habida de este matrimonio, Ana, contrajo matrimonio con el primogénito de Carlos V y príncipe heredero de los dominios españoles, Felipe II.
El monarca español se casó con su joven prima en cuartas nupcias, y pese a la gran diferencia de edad entre uno y otro de los contrayentes, fue sin duda, su matrimonio más feliz y afortunado, de esta unión nació el príncipe Felipe, que heredaría el trono muy joven, a la muerte de su padre, con el titulo de Felipe III.
Felipe III continuó con la política endogámica iniciada por la familia y que tan graves consecuencias iba a traer, pues contrajo nupcias con otra prima suya: Margarita de Austria. De esta unión nació un nuevo príncipe, el futuro rey Felipe IV.
También Felipe IV, continuó con la misma línea matrimonial de sus antecesores contrayendo matrimonio con su prima Mariana de Austria. La falta de aporte de sangre nueva a la familia trajo consigo la evidente decadencia física y mental de los escasos vástagos que sobrevivían. El caso más evidente fue el del hijo de Felipe IV y Mariana de Austria al que se le impuso por nombre Carlos (II) y a quien sus numerosas taras físicas y psíquicas le impidieron llevar mínimamente las más básicas tareas de gobierno, lo que propició la decadencia del Estado español que se había iniciado bastante tiempo antes, pero que ahora llegó a su punto culminante.
A pesar de todo, Carlos II volvió a repetir la historia de sus antepasados y contrajo de nuevo matrimonio con una mujer de su entorno familiar. Mariana de Neoburgo (a su vez, la hermana del rey contraía matrimonio con Fernando de Baviera). A la muerte del rey sin herederos, en el 1700, se produce el estallido de la Guerra de Sucesión al trono español entre los dos pretendientes al mismo: Felipe de Anjou y el archiduque Carlos de Habsburgo.
Como conclusión podemos decir que las relaciones familiares entre los Habsburgos fueron muy intensas durante los casi dos siglos que reinaron en España, si bien es cierto que, las relaciones políticas aunque siempre continuaron siendo buenas, comenzaron a experimentar un cierto distanciamiento desde la subida al trono de Felipe II.

Las relaciones artísticas

Por el contrario no fueron tan fecundas como las familiares. Los motivos pueden ser varios, pero básicamente estriban en que el arte español se nutrió de influencias artísticas de los dos focos principales que existían por aquel entonces en Europa y en los que, los españoles, por motivos políticos, mantenían también unos fuertes lazos, nos referimos a Flandes y sobre todo a Italia.


Pese a lo expuesto anteriormente, tampoco se puede decir que estas relaciones no existiesen o fueran pobres, al menos esto no fue así en uno de los campos más conocidos en el mundo del arte: la pintura.
La prueba de dichas relaciones está en los numerosos cuadros de pintores españoles expuestos en los diferentes museos austriacos, en especial en el museo de Viena, pero también en el Kunsthistöriches Museum, la Albertina de Viena, la Academia de Bellas Artes de la misma ciudad o la colección Czernin. También existen obras, aunque en menor cantidad e importancia en la Galería Imperial, el Museo Imperial o la Galería Harrads.
Los pintores más ampliamente representados son principalmente: Velázquez, el pintor de la corte, sin duda el más conocido y con más obras en el país austríaco. Le siguen en importancia Carreño de Miranda y el también sevillano Bartolomé Esteban Murillo.
Otros pintores importantes cuyas obras han quedado en museos y colecciones austríacas son. Herrera el Mozo, Francisco de Herrera, Claudio Coello, Juan Bautista Martínez, Antonio de Rueda o Matías de Torres.
Los cuadros más frecuentes son los de retratos de la familia real realizados por Velázquez, como los de la infanta Margarita, el príncipe Baltasar Carlos, el de Mariana de Austria, la infanta María Teresa o el del propio Felipe IV.
En otros campos del arte, las relaciones fueron mucho menos fructíferas, solo parece interesante reseñar que uno de los escultores del Renacimiento inicial llegado a España a comienzos del siglo XVI, Torrigiano, trabajó en el sur de Austria antes de recalar en Sevilla donde dejó excelentes representaciones de imaginería, como el San Jerónimo penitente del Museo de Bellas Artes hispalense.
En lo referido a influencias en el campo de la arquitectura, estas parecen haber sido bastante escasas, lo mismo puede decirse de las obras de artistas austríacos que dejaron su impronta en España.

EL CEREMONIAL EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS

Si José Antonio Maravall vinculaba el ceremonial barroco con la intención política y social de dirigir y orientar las opiniones, parece probable que en el marco de una monarquía absoluta este tipo de actos pudiera tener otra función. Pierre Bourdieu habla de ritos de institución y denomina así a aquellas ceremonias públicas que servían para producir separaciones y agregaciones del cuerpo social. Por tanto estos actos contenían unos significados de carácter simbólico. Deleito y Piñuela habla de la rígida etiqueta austríaca que penetraba en todas las manifestaciones reales, cotidianas o extraordinarias, triviales o excepcionales. esta etiqueta impregnaba ese ceremonial simbólico al que tan aficionado eran las clases dirigentes del antiguo Régimen.
Como resultaría imposible sintetizar todo este impresionante entramado, hemos seleccionado dos momentos diferentes en la vida de los Austrias españoles.
1.- Un emperador se casa en Sevilla: recibimiento y entrada
Las bodas del emperador Carlos V con doña Isabel de Portugal se celebraron en los Alcázares de Sevilla el 10 de marzo de 1526. La elección de esta infanta portuguesa, prima carnal del emperador, fue el resultado de una política matrimonial de Estado encaminada a doblegar a Francia. Candidatas fueron Claudia de Francia, hija de Luis XII, que posteriormente casó con Francisco I; María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, que posteriormente casó con Felipe II; y la infanta doña Isabel de Portugal, hija del rey don Manuel y de doña María, hija de los Reyes Católicos. Las Cortes de Toledo de 1525 expresaron el deseo de que la elección matrimonial cayesen del lado portugués.
Los desposorios se realizaron en la ciudad portuguesa de Almeirim por dos veces, debido a la dispensa papal dada su condición de primos hermanos. La primera el uno de noviembre de 1525 y la segunda el veinte de enero de 1526. Las celebraciones portuguesas fueron similares a las que se realizaron con ocasión de otras bodas reales y se prolongaron hasta la partida de la emperatriz hacia Castilla. La entrega de la infanta en la frontera se hizo el 7 de febrero de 1526 en una ceremonia donde los dos cortejos rivalizaban en ostentación. El portugués estaba presidido por los hermanos de la infanta, don Luis y don Fernando; el español con el duque de Calabria al frente, acompañado por el arzobispo de Toledo y el duque de Béjar.

El emperador mandó que el cortejo se adentrase desde Badajoz hasta Sevilla en cortas estancias para darle tiempo a terminar las negociaciones que llevaba a cabo con el rey de Francia en Illescas. Desde Badajoz siguió por Talavera la Real, Almendralejo, Llerena, Guadalcanal, Cazalla y Cantillana, llegando desde el monasterio de San Jerónimo de Buenavista a Sevilla, el 3 de marzo. La esperaban en la puerta de la Macarena, y a través de la calle Real alcanzó la catedral desde donde, después de rezar, se trasladó al Alcázar. Hasta el 10 de marzo no llegó el emperador Carlos, que en la puerta de la Macarena tuvo que jurar guardar sus privilegios, entregándosele a continuación las llaves de la ciudad. Este juramento lo tuvo que repetir a la entrada de la Catedral, ante el cabildo eclesiástico. Cuando entró en el Alcázar ya era tarde, celebrándose los esponsales a medianoche.


En el ceremonial que la ciudad de Sevilla preparó para recibir a sus reyes destacaron los siete arcos del recorrido. Si la reina entró en una hacanea blanca, el emperador lo hizo en un caballo del mismo color con una rama de olivo en sus manos. Los arcos estaban situados en lugares estratégicos. Por su orden: la puerta de la Macarena, iglesia de Santa Marina, iglesia de San Marcos, iglesia de Santa Catalina, iglesia de San Isidoro, plaza del Salvador y en las Gradas de la Catedral.. El primer arco, el más espectacular, estaba formado por tres vanos frontales y dos laterales, siendo más elevado el central; el segundo, tercero, quinto, sexto y séptimo tenían tres frontales y el cuarto, sólo un vano.
La figura del emperador aparecía en seis y a sus pies se encontraba la virtud que lo encarnaba, teniendo a su derecha las virtudes que la favorecían y a su izquierda los vicios que las frenan. Las armas imperiales y reales solían pintarse sobre el mundo. Una abundante epigrafía en latín y castellano ensalzaba las virtudes alegóricas. En todas se glosa el Plus ultra con la virtud a la que se dedicaba el arco.
En el primer arco, el emperador estaba retratado con un vestido de azul, con el mundo delante; la virtud encarnada era la Prudencia, vestida de azul con un espejo en sus manos, y a su derecha Vigilancia, Consejo, Razón y Verdad, distinguiéndose a su izquierda los vicios contrario como Descuido, Vanidad, Error y Falsedad. En los laterales, otras virtudes y vicios eran representados en escenas: un ángel, el Entendimiento; una mujer con la cabeza torcida, la Memoria; una mujer mirando hacia la tierra, la Malicia; dentro del arco central un caballero con penacho representaba la disciplina militar o una matrona, la Constancia. Una octava real, en latín y castellano, ensalzaba la situación política del César para terminar con el Plus ultra glosado y el escudo con las armas del imperio y de España, con las quinas de Portugal.
En el segundo el emperador se representaba armado con la espada desnuda; la virtud que lo acompañaba era la Fortaleza armada y el vicio enfrentado era la Soberbia, estando ambas acompañadas de textos alusivos al imperio romano y a Hispalis. A su derecha, virtudes coronadas y con palmas como Celo, Vigor, Vergüenza y Constancia; a su izquierda, Presunción, Menosprecio, Desacatamiento y Desobediencia..
El tercer arco estaba dedicado a la Clemencia, representando al emperador con la espada ceñida y el yelmo a los pies. Las virtudes que la favorecen estaban Generosidad, Mansedumbre, Perdón y Arrepentimiento mientras que los vicios asociados son Furor, Turbación, Pertinacia y Venganza. En uno de los arcos laterales aparece un león mientras que el auxilio que prestaba un hombre a otro que se despeñaba es la representación del Socorro en el otro. Compasión, Crueldad o Destrucción también se acompañan con escenas. En la epigrafía se compara al César clemente con Dios.
El emperador togado, con las manos juntas y los dedos entrelazados aparece en el cuarto arco, el más simple; a sus pies, la Paz y debajo la Discordia. En otros sitios, Libertad y Concordia. Un olivo pleno de aceitunas, una espiga de trigo, una ciudad ardiendo, un lobo entre las ovejas mientras duerme el pastor eran símbolos adyacentes.
Con una espada en una mano y el cetro en la otra, el emperador tiene la Justicia a sus pies en el quinto arco. Igualdad, Concierto, Premio o Castigo con varas en las manos la favorecen, pero Tiranía, Violencia, Robo y Crueldad descabezados y maniatados la perjudican. En los laterales, Religión, Verdad, Superstición o Mentira eran virtudes y vicios asociados a la justicia.
El sexto arco no ofrecía imagen alguna del emperador y eran tres las virtudes representadas: Fe, Esperanza y Caridad, que labraban sendas coronas de hierro, plata y oro respectivamente, a las que se añadían en otros espacios la Alabanza, y la Eternidad. Quizá lo más curioso fuera la glosa del Plus Ultra pues en ella se afirma que ya sólo falta un escalón para llegar a la gloria, que quizá pone de manifiesto el uso del siete como número cabalístico.
El séptimo y último era la exaltación de la Gloria que coronaba con la mano derecha al emperador y con la izquierda a la emperatriz. Y sobre el mundo, en la cumbre, la Fama alada con una trompeta y en su mano blandía una bandera en la que se divinizaba a los esposos imperiales. Como colofón aparecían un español, un romano, un alemán, un morisco y un indio, vestidos a su manera, acompañados de otros muchos habitantes de tierras extrañas. En arcos laterales se representan la Contemplación, Pulcritud, Trabajo o Descanso, que encarnaría la propia ciudad de Sevilla.
De esta manera el emperador era recibido y aceptado en el seno de la sociedad civil, a la que se había comprometido a respetar y ésta a cambio le había dado las llaves. Pero el emperador era también defensor de la fe. Por ello debía ser recibido en el domicilio divino.
Cuando el emperador, y antes la emperatriz, llegaron a las puertas de la catedral, el cabildo catedralicio con el arzobispo al frente, vestidos de pontifical y rodeados de todas las cruces de las iglesias de la ciudad, eran recibidos como reyes cristianísimos.
Previamente habían pasado bajo un arco, con un cielo. En cavidades de la portada se encontraban situados niños vestido de ángeles. Un coro de niños, que representaban a las virtudes, acompañaron a los reyes hasta el altar. Todo ello acompañado de luminarias, repique de campanas y fuegos artificiales daban un aspecto singular a la noche primaveral sevillana.
Una vez en el Alcázar, se desarrollaron casi de forma sorpresiva, por ser de madrugada, los actos nupciales, que fueron seguidos de baile, justas, torneos, toros, escaramuzas y juegos de cañas, que se prolongaron en todas las ciudades que recorrieron hasta llegar a Granada.
2.- Funerales reales en Sevilla
Si consideramos que las ceremonias públicas en el Antiguo Régimen podrían jugar el papel de los medios de comunicación en una sociedad informada, dando a conocer un acontecimiento, sin duda las ceremonias funerarias cumplían fielmente este papel. Pero en el caso de la Sevilla, dada la importancia que tenía la Semana Santa, estas ceremonias alcanzaban un alto valor significativo.
La organización corría a cargo de los dos cabildos. Conocido oficialmente el fallecimiento, se nombraban las comisiones municipales que se encargaban de organizar los actos y la que buscaba los recursos económicos así como se nombraba la comisión que podía desplazarse a la Corte para presentar los respetos a la familia real.. Éstos eran muy variados: desde la solicitud de fondos de prerrogativa regia hasta disponer de impuestos sobre algunas mercancías, pasando por préstamos. De todas formas, los recursos en el siglo XVII eran escasos debido a las dificultades financieras por las que atravesaba España en general y la ciudad de Sevilla en particular. Altares y objetos de culto de la catedral se cubrían de negro, así como en determinados paramentos se desplegaban grandes velos morados, al igual que en el Viernes Santo. Lo mismo ocurría con el cabildo, que debía de vestir de luto. Y, una vez conocida la noticia, se rezaba en la catedral un primer responso.
Las honras fúnebres se desarrollaban a lo largo de dos días. En el primero, conventos, parroquias y cofradías celebraban misas en las capillas asignadas; en el segundo, se celebraba la misa de difuntos, seguido del sermón para terminar con el responso en torno al túmulo. Mientras tanto las campanas de la Giralda y de la ciudad estaban doblando.
La misa de difuntos estaba presidida por las tres instituciones más representativas de la ciudad, que se sentaban en torno al túmulo: el Cabildo municipal, en el crucero sur, la Audiencia, en el contrario, y la Inquisición, que ocupaba el lado de la capilla mayor. El Cabildo municipal se desplazaba desde las Casas Consistoriales en procesión bajo mazas, acompañado por escribanos, corredores de lonja, alguaciles y otros, entrando por la puerta de San Miguel; la Audiencia y la Inquisición venían en carruaje. A pesar de este orden protocolario se conocen graves disfunciones que ponían de manifiesto las luchas por el poder en la ciudad.
El centro de toda la celebración funeraria era el túmulo. Su importancia era tal que solía ser encargado a los más grandes arquitectos de la ciudad y especialmente a los maestros mayores del Ayuntamiento. En Sevilla adquirieron una gran importancia en el siglo XVI cuando la ciudad vivía el máximo esplendor del monopolio americano pero, si exceptuamos los de la reina Margarita de Austria, en 1611, o el de Felipe IV, en 1621, que aportaron elementos de interés, el resto vivieron de pasados esplendores e, incluso, tomaron elementos prestados de otros túmulos. La fecha de la celebración de las honras respecto a la fecha del fallecimiento tenía que ver con la complejidad del túmulo pero también con el coste económico, que hacía más o menos difícil el acopio de recursos económicos. Generalmente eran de planta cuadrada y con un importante desarrollo vertical, gracias a la construcción de cuerpos superpuestos. Muy importante era la calle fúnebre que le daba un valor simbólico al monumento al convertirlo en el camino de gloria del difunto que termina en el túmulo de tal manera que, cuando faltaba, era necesario sustituirla con objetos litúrgicos.
Los programas iconográficos eran sumamente cuidados puesto que tenían no sólo el valor simbólico sino que pretendían servir de camino de redención y exaltación al fallecido. Por ello se recurría a tratados de arquitectura renacentista, particularmente vitruvianos o serlianos. A las formas acompañaban los colores. En todos estos túmulos cuatro colores se combinaba de acuerdo con su significado: el morado, de penitencia; el negro, de dolor; amarillo, color divino; rojo, de fuerza y dolor martirial. Las representaciones gráficas, jeroglíficas o epigramáticas abundaban, acompañando a pinturas y esculturas. Asimismo se programaba simbología heráldica en función de la calidad del difunto. El túmulo remataba con la representación del poder real, como remate arriba de lo que había debajo, donde estaría el difunto: dos almohadones para el rey y uno para la reina. En los del rey descansaba la corona y un cetro o un estoque; en el de la reina, sólo la corona.
Durante el siglo XVII la decadencia que vivía España y, más particularmente, Sevilla empobreció los fastos funerarios en relación con el siglo XVI de tal forma que sólo se celebraron exequias por once miembros reales: reina Margarita de Austria (1611), Felipe III (1621), Infante Carlos de Austria (1632), Infanta Isabel Clara Eugenia (1633), Cardenal-Infante Fernando de Austria (1641), reina Isabel de Borbón (1644), príncipe Baltasar Carlos (1646), Felipe IV (1666), reina María Luisa de Orleans (1689), reina Mariana de Austria (1696) y Carlos II (1700).

EL COMERCIO DE INDIAS (I). El comercio americano en los siglos XVI y XVII



La economía castellana de la dinastía de los Austrias españoles no puede comprenderse sin la obligada referencia al Comercio de Indias. Desde comienzos del siglo XVI España se plantea el reto de adaptar su organización y estructura social y económica a la nueva realidad histórica surgida a consecuencia del descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo y el nacimiento de un imperio ultramarino.
Desde el mismo momento del descubrimiento se es consciente de que América puede ser una fuente considerable de riqueza para Castilla. El castellanocentrismo que arrebata el espíritu de los primeros años del descubrimiento se plasma en una legislación muy concreta. Se considera el Nuevo Mundo propiedad exclusiva de Castilla. Toda actividad con las Indias queda monopolizada por Castilla: En 1501 se prohíbe la emigración de extranjeros, en 1503 se crea la Casa de Contratación, responsable de la administración del comercio y navegación a los establecimientos trasatlánticos, que ejercía, por ende, el control absoluto sobre el comercio americano. En los años 20 se produce una fase de legislación liberal permitiendo la migración de extranjeros y a comerciantes extranjeros comercializar con Indias. Puede afirmarse, sin embargo, que a partir de 1530 el monopolio de Castilla y, principalmente, del puerto de Sevilla se había convertido en una realidad. Desde esta época hasta 1680, en que tomo el relevo Cádiz, Sevilla fue el centro monopolístico del mercado indiano español y señora, por tanto, del Atlántico español. Tanto las exportaciones a América como las importaciones del Nuevo Mundo debían pasar por Sevilla. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, Castilla cada vez podía menos hacer frente a las necesidades de las colonias americanas, por lo que hubo que ceder parte del comercio americano a potencias extranjeras (Francia y Holanda, especialmente). A pesar de todo, seguía siendo Sevilla el centro que regía este comercio.
Las importaciones más cotizadas de Indias fueron los metales preciosos, el oro y la plata. El deseo de encontrar estos metales, escasos en Europa en este tiempo, había orientado el impulso descubridor y aventurero. A mediados del siglo XVI se descubre un gran filón de plata en Potosí; su explotación aumenta mediante el descubrimiento del método de refinado de plata por la amalgama de mercurio. Por todo ello, la producción, e importación a Europa, de plata aumenta considerablemente superando con creces a la del oro. Entre 1503 y 1660 se registran en Sevilla 181 toneladas de oro, la quinta parte de las reservas europeas, y 16.886 toneladas de plata, el triple de las existentes en Europa. No obstante, debe tenerse en cuenta que, además de este metal registrado, entró de manera clandestina entre un 50 o un 60 % más. La base principal de las importaciones se centraban en el sector privado. La corona se quedaba con cerca del 40% del total de los cargamentos que llegaban a Sevilla procedentes de la renuncia a sus derechos y arriendos de explotación por parte del estado a la empresa privada. Obsérvese el siguiente cuadro, basado en el realizado por Hamilton en 1934, relativo a las importaciones de metales preciosos:


IMPORTACIONES TOTALES DE METALES PRECIOSOS EN DUCADOS (375 maravedíes) POR DECENIOS


Años

Imp. reales

Imp. privadas

TOTAL

1503-1510

373.285

1.051.466

1.424.750

1511-1520

688.143

1.938.357

2.626.500

1521-1530

368.668

1.038.461

1.407.129

1531-1540

2.139.895

4.565.853

6.705.748

1541-1550

2.820.552

9.734.707

12.555.259

1551-1560

6.236.403

15.201.033

21.437.436

1561-1570

6.725.132

23.693.370

30.418.502

1571-1580

11.938.007

23.052.253

35.631.377

1581-1590

18.712.610

45.136.112

63.848.722

1591-1600

25.197.200

58.338.836

83.536.036

1601-1610

18.083.478

48.886.765

66.970.243

1611-1620

13.872.852

51.695.845

65.568.697

1621-1630

11.411.948

50.946.298

62.358.246

1631-1640

11.310.153

28.800.394

40.110.547

1641-1650

7.721.529

23.070.690

30.792.219

1651-1660

3.414.483

9.371.377

12.785.860

Total: 1503-1660

140.863.304

396.521.815

537.385.119
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