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Las preferencias ciudadanas sobre los modos de representación de los parlamentarios en España


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Las preferencias ciudadanas sobre los modos de representación de los parlamentarios en España


Mikel Barreda (Universitat Oberta de Catalunya)

Cristina Rivas (Universidad de Salamanca)

Leticia M. Ruiz (Universidad Complutense de Madrid)
Paper para ser presentado en el XII Congreso de AECPA,

San Sebastián, 13-15 julio de 2015



1.- INTRODUCCIÓN1

Las percepciones de los ciudadanos sobre el ejercicio de la representación política constituyen un aspecto desatendido en la literatura especializada. Como señalan Bengtsson y Walls (2010), los trabajos que abordan el ejercicio de ésta han sido eminentemente teóricos y aquéllos que han realizado una aportación empírica lo han hecho, casi siempre, desde el punto de vista de las élites. En el caso español las contribuciones de Méndez Lago y Martínez (2002) y de Méndez Lago (2006) constituyen dos de las contadas aproximaciones a este objeto de estudio.

El objetivo de este trabajo es construir un diagnóstico sobre la representación política en España a partir de las preferencias de los ciudadanos respecto al modo en que los parlamentarios y los partidos llevan a cabo la tarea de representación. Sin una aproximación empírica al estado de la representación no se pueden comprender algunos de los procesos políticos que se han experimentado recientemente en España, tales como la pérdida progresiva de apoyo a los dos partidos más votados tradicionalmente (PP y PSOE), el surgimiento de nuevas siglas (Cs, Podemos y UPyD), el movimiento del 15M durante el año 2011, las reacciones ante la gestión de la crisis económica y ante la corrupción, unidos al descrédito que desde hace años registran partidos y políticos. Todos estos procesos tienen vinculaciones -como causa o como efecto- con la tarea de representación política2.

De las posibles dimensiones de la representación política, aquí se analizan las preferencias y valoraciones de los ciudadanos en torno a dos aspectos: el “foco” y el “estilo” de la representación. Esta distinción, propuesta por Eulau y sus colaboradores (1959), considera el “foco” de la representación como el tipo de intereses que deben priorizar los parlamentarios en su actividad; mientras que “estilo” de la representación se ocupa de los criterios que influyen en la tarea de representación y del grado de autonomía con respecto a las diferentes instancias implicadas, tales como los electores, la circunscripción, los partidos o los propios intereses del diputado. De manera que el “foco” hace referencia a la cuestión de a quién o qué se representa, mientras que el “estilo” se refiere al cómo se representa. Estas dos dimensiones de la representación serán analizadas desde el punto de vista de las preferencias: ¿cómo le gustaría a los ciudadanos que fuera el foco y el estilo de la representación política por parte de los diputados y de los partidos en España?

La hipótesis general del trabajo es que existen diferencias en las preferencias en materia de representación que permiten construir perfiles de ciudadanos que comparten, a su vez, algunos rasgos que condicionan dichas preferencias. Estos rasgos están relacionados con cuestiones de integración política más que con aspectos sociodemográficos y de sofisticación política.

1.1. Metodología: técnicas y datos

El análisis de las percepciones sobre el modo en que los diputados y los partidos articulan la representación política en España se basará en datos de encuestas de opinión pública realizadas por el CIS. La mayor parte de esta evidencia proviene del estudio “Congruencia ideológica entre electores y representantes políticos” (estudio nº 2930 del CIS), que es la encuesta más reciente sobre el tema y la que contiene un mayor número de preguntas relativas a la representación política. Una parte de las preguntas expresa preferencias sobre el “foco” de la representación y otra parte sobre el “estilo” de la representación.

Con estos datos se han aplicado tres técnicas. En primer lugar, para realizar el diagnóstico sobre las percepciones en torno al ejercicio de representación en España se construirá una tipología de ciudadanos con perfiles diferentes en lo que a su percepción de la tarea de representación se refiere mediante un análisis multivariante de homogeneidad (homals3). Con este análisis se representarán gráficamente los sujetos agrupados por actitudes parecidas entre sí en sus preferencias de representación y diferentes de las de otros grupos.

En segundo lugar, de forma complementaria, para conocer la distribución de los individuos en los grupos observados a partir del análisis de homogeneidad se realizará un análisis de conglomerados k-medias aplicado a las puntuaciones factoriales obtenidas en el análisis de homogeneidad. La principal ventaja del análisis cluster es que permite establecer grupos homogéneos de forma que los ciudadanos pertenecientes a un mismo grupo serán similares, es decir, los valores que toman en cada una de las variables utilizadas en el análisis serán análogos.

En tercer lugar, se perfilarán las características que tienen los grupos de ciudadanos obtenidos. Para ello se han considerado como variables explicativas las variables sociodemográficas, de sofisticación política y de integración en el sistema político que la literatura ha señalado como relevantes.

1.2. Estructura del trabajo

El trabajo está organizado en cinco apartados que incluyen esta introducción. En el segundo apartado, se revisa brevemente la literatura sobre modos de representación. Se examinarán con particular atención las categorías conceptuales que resultan más útiles para el estudio empírico de esta temática, tales como la distinción de Eulau y sus colaboradores (1959) entre “foco” y “estilo” de la representación, así como la diferenciación entre representación “desde arriba” y “desde debajo” que plantean autores como Andeweg y Thomassen (2005). Además, se hará una revisión de las principales variables explicativas de las percepciones y preferencias con respecto a la forma de ejercer la representación política.

El tercer apartado proporciona un diagnóstico de las percepciones en materia de representación política. Para ello se analizan las preferencias sobre la representación mediante una clasificación de los ciudadanos en grupos que prefieren que la representación sea “desde arriba” (dirigida por las elites políticas: partidos y representantes) y los que la prefieren una representación “desde abajo” (subordinada a las demandas e instrucciones de los electores).

El cuarto apartado explora la influencia de las variables individuales relacionadas con la trayectoria de los entrevistados y sus actitudes políticas sobre las preferencias con respecto a los modos de representación. En concreto, se analizará la incidencia de las características sociodemográficas, de sofisticación política y de integración en el sistema político sobre los grupos de ciudadanos agrupados por preferencias hacia la forma de ejercer la representación política. Finalmente, hay un apartado de conclusiones.



2.- Los modos de representación política: revisión de la literatura

Uno de los temas clásicos de debate en la ciencia política concierne al modo en que los parlamentarios deben ejercer la labor de representación y relacionarse con los electores. Ya en los inicios del sistema de gobierno representativo se pusieron de manifiesto dos concepciones contrapuestas de representación, que aún siguen vigentes: la controversia mandato versus independencia (Pitkin 1967). De acuerdo con la primera concepción, el representante debe hacer lo que los electores quieren y, por tanto, debe ajustarse a sus instrucciones o mandatos. De acuerdo con la segunda concepción, el representante debe sentirse libre para seguir su propio criterio en la consecución del bienestar de sus votantes.

Las cuestiones que han orientado la discusión académica sobre los modos de representación política son diversas, si bien hay tres que sobresalen (Weβels 2007; Bengtsson y Wass 2010). La primera cuestión se refiere al “foco” de la representación, es decir, a quién representa el parlamentario en su actividad. En la literatura se han destacado tres tipos de intereses que pueden defender los representantes: intereses territoriales, por ejemplo, de todo el país o de un distrito electoral; funcionales, vinculados a intereses de ciertos grupos y sectores sociales; y los intereses de los partidos de los representantes (Eulau et al. 1959; Brack et al. 2012). La segunda cuestión hace referencia al “estilo” de representación, esto es, a la forma en que los parlamentarios representan a sus respectivos principales -en el sentido atribuido en la teoría de la agencia- y al nivel de autonomía de que disfrutan con respecto a ellos.4 Dos casos muy ilustrativos son los estilos de representación mencionados de mandato e independencia (Eulau et al. 1959). La tercera cuestión atañe a la congruencia entre las preferencias de los parlamentarios y de los votantes. Algunos autores han sostenido que la representación basada en el modelo de “gobierno de partido responsable” es la que más asegura dicha congruencia. Según este modelo, los partidos presentan en las elecciones diferentes políticas que pretenden impulsar desde el gobierno, a partir de las cuales los ciudadanos orientan su voto (Adams 2001). Otros autores, en cambio, señalan que este modelo plantea una visión idealizada, irreal del gobierno representativo, sobre todo, en lo relativo al cumplimiento de las promesas electorales (Brack et al. 2012).

2.1. Modelos de representación política

En la literatura sobre representación política podemos apreciar aproximaciones muy variadas a la conceptualización y clasificación de los modos de representación. A pesar de la diversidad de estas aproximaciones, podemos distribuirlas en dos grandes grupos: aquellas que parten de un enfoque normativo, y aquellas que cuentan con una orientación más analítica y una mayor vocación empírica.

Dentro de las aproximaciones normativas cabe resaltar particularmente tres tipologías de modelos de representación. En primer lugar, la distinción entre modelos republicanos y liberales (o pluralistas) de representación (Offe y Preuss 1990; Rehfeld 2009). Para los republicanos la finalidad de la representación es la consecución del “interés general” de la comunidad, mientras que para los liberales o pluralistas el propósito de la representación es la garantía de los “intereses particulares” existentes en la comunidad. Otra clasificación es la de Pitkin (1967), que diferencia dos tipos de estilos de representación: la representación descriptiva, por la cual se concibe al representante no tanto como alguien que actúa por otros, sino que los “sustituye”; y la representación sustantiva, que implica que el representante puede actuar libremente, de acuerdo con lo que él considera que es lo mejor para el interés de los votantes.5 Por último, Mansbridge (2003; 2011) ha revisado la dicotomía clásica de mandato versus independencia y, a partir de cuatro ejes (foco, dirección del poder, criterio normativo y accountability), ha formulado cuatro modelos de representación: basada en promesas (realizadas en las campañas electorales); anticipativa (vinculada a la idea del voto retrospectivo); giroscópica (basada en principios y objetivos que guían la acción del representante) y subrogada (cuando un parlamentario representa a votantes de distritos diferentes al suyo).

En cuanto las aproximaciones más analíticas y empíricas cabe destacar la tipología de modos de representación elaborada por Eulau y sus colaboradores (1959), que es la más referenciada en la literatura. Esta tipología diferencia tres estilos de representación: el de los trustees, el de los delegados y el de los políticos. La figura del trustee está inspirada en el ideal de representante según Burke (1774): un parlamentario que representa un único interés, el de la “totalidad” del país, y que, por lo tanto, no puede seguir instrucciones de nadie; únicamente está guiado por “su opinión imparcial, su juicio maduro y su conciencia ilustrada”. El delegado corresponde a un representante que actúa por mandato, siguiendo las instrucciones de un principal, que tiene una “autoridad superior” (por ejemplo, los votantes). Y el político se ajusta a aquel representante que, en función de las circunstancias, se comporta como delegado o como trustee.6

La tipología de Eulau et al. (1959) ha sido, últimamente, objeto de crítica. Entre otras cuestiones, se ha señalado la ambigüedad de esta tipología en el momento de aplicarse empíricamente, así como su limitación al omitir la influencia que ejercen los partidos sobre los representantes (Andeweg y Thomassen 2005). Ante estas insuficiencias, Andeweg y Thomassen (2005) han construido una nueva clasificación basada en dos criterios: la dirección de la representación (“desde abajo” –ciudadanos- y “desde arriba” –representantes) y el tipo de control político (“ex ante” o “ex post” en relación con el acto de representación). A partir de aquí, diferencian cuatro formas de ejercer la representación: autorización, delegación, accountability y responsivenes.

2.2. Estudios empíricos sobre modos de representación

Como se acaba de ver, la cuestión de los modos de representación política ha suscitado un amplio interés teórico. Sin embargo, no puede decirse lo mismo respecto a su investigación empírica. Desde el trabajo pionero de Eulau y sus colaboradores (1959), el número de trabajos empíricos que se han ocupado de esta temática ha sido relativamente reducido y, además, se han focalizado en algunos temas. En especial, los estudios se han interesado por analizar las visiones de los parlamentarios sobre sus propios roles de representación (por ejemplo, Andeweg y Thomassen 2005; Esaiasson 2000; Brack et al. 2012) y por examinar la congruencia entre los representantes y los electores (por ejemplo, Miller y Stokes 1963; Erikson 1978; Herrera et al. 1992). Pocas investigaciones han dirigido la atención hacia el otro actor que interviene en una relación de representación política: los electores. Hay, pues, un déficit de datos y conocimiento sobre las percepciones y preferencias de los ciudadanos con respecto al ejercicio de representación de sus parlamentarios. Los estudios disponibles se han centrado sobre todo en EE.UU. (por ejemplo, Davidson 1970; Carman 2007; Barker y Carman 2010), si bien últimamente se están realizando en otros países, como España (Méndez-Lago y Martínez 2002), Gran Bretaña (Carman 2006) y Finlandia (Bengtsson y Wass 2010).

Hay distintas razones que pueden explicar esta escasez de estudios sobre las orientaciones ciudadanas con respecto a los modos de representación, pero conviene subrayar particularmente tres (Bengtsson y Wass 2010). En primer lugar, dado que la concepción de representación como mandato está extendida entre académicos y ciudadanos, la investigación sobre las preferencias de los votantes podría parecer innecesaria y redundante. En segundo lugar, la propia complejidad del concepto de representación plantea serias dificultades a los ciudadanos para formular opiniones al respecto. Por último, el análisis de las preferencias de los votantes respecto al ejercicio de la representación es visto por algunos como un ejercicio académico abstracto, alejado de una realidad dominada por los partidos políticos. Si estos últimos son percibidos como los auténticos protagonistas de la representación política, hay pocos incentivos para estudiar las preferencias de los electores.

Los estudios sobre percepciones ciudadanas de los modos de representación parlamentaria han canalizado fundamentalmente su trabajo en dos direcciones. La primera ha sido la de diagnosticar cuáles son esas percepciones. En general, la atención se ha centrado en examinar las preferencias de los ciudadanos con respecto a los estilos de representación de los parlamentarios. Los resultados ofrecen una notable variedad de unos países a otros. El estudio de Bengtsson y Wass (2010) muestra que un 90% de los votantes finlandeses son partidarios de un estilo independiente de representación. El trabajo de Méndez-Lago y Martínez (2002) sobre el caso español también evidencia la preferencia por este modelo trustee de representación, si bien no es tan acusado (48,3%). En cambio, en otros estudios se constata una preferencia por el estilo de delegado. Por ejemplo, en el de Davidson (1979) un 67% de ciudadanos norteamericanos considera que el rol de los representantes debería ser el de “tribuno”, es decir, un legislador que expresa y defiende los intereses de los ciudadanos. Más allá de las diferencias que se pueden observar entre unos países y otros, conviene tener presente la diversidad de marcos conceptuales y metodologías utilizados en todos esos estudios (por ejemplo, el tipo de preguntas de las encuestas), lo que hace difícil la comparación.

La segunda dirección de los estudios sobre las percepciones ciudadanas de los modos de representación es el análisis de los determinantes de dichas percepciones. La literatura ha remarcado la influencia de un conjunto diverso de variables individuales, relativas a características sociodemográficas y políticas. Por lo que se refiere a las variables sociodemográficas, los trabajos de Carman (2006; 2007) han evidenciado que las personas con mayor nivel de estudios y status social tienden a preferir un estilo más independiente (o trustee) de representación, mientras que las mujeres y los jóvenes se inclinan más por mantener vínculos estrechos y directos con los representantes. Asimismo, se ha destacado la influencia de diversas características políticas de los ciudadanos, que se pueden distribuir en dos grupos (Bengtsson y Wass 2010). El primer grupo corresponde a lo que estos autores denominan “nivel de sofisticación política” de los votantes, que comprende el interés y el conocimiento políticos. Barajan la hipótesis de que el conocimiento político tiene un efecto similar al de la educación: a mayor nivel de conocimiento mayor preferencia por un estilo independiente de representación. Sin embargo, esta hipótesis no se confirma en su estudio sobre el caso finlandés.

El segundo grupo de variables políticas expresa la “integración individual en el sistema político”. El planteamiento más extendido en la literatura es que la satisfacción con el funcionamiento del sistema político tiende a favorecer la preferencia por un modo independiente de representación. Sin embargo, la evidencia empírica no es coincidente. Hay estudios como los de Carman (2006; 2007) que avalan esta hipótesis, al constatar la contribución positiva de las variables de eficacia política (interna y externa), confianza en el gobierno y apoyo partidista en la preferencia por un estilo trustee de representación. En cambio, los hallazgos de Bengtsson y Wass (2010) van en una dirección opuesta: los votantes con una visión positiva de la responsiveness de su sistema político y con una identificación partidista tienden a inclinarse por un modelo de representación vinculada a las demandas de los votantes. Bengtsson y Wass han incluido otra variable dentro de este grupo de integración política: la ubicación en el eje izquierda-derecha. Tal como esperaban, los que se sitúan en el espacio de derecha tienden a preferir un modelo independiente de representación, mientras que los que se ubican en la izquierda se inclina más por el modelo de delegado. Barker y Carman (2010) obtienen resultados similares, al constatar que los votantes del Partido Demócrata se inclinan en mayor medida por un presidente que sea sensible a los deseos de los norteamericanos, mientras que los votantes del Partido Republicano son más propensos a preferir un presidente que siga los dictados de su propia conciencia.

Las investigaciones que han analizado los modos de representación política mediante encuestas a parlamentarios han mostrado la incidencia de un número más amplio y variado de factores. Así, además de la influencia de las variables relativas al parlamentario –como el nivel de experiencia política o las responsabilidades en el partido– se ha constatado la influencia de variables referentes al partido político –por ejemplo, el nivel de centralización o de profesionalización– y al sistema institucional –como las reglas electorales (Brack et al. 2012).

Algunos trabajos recientes han dado un paso más allá al analizar las preferencias sobre los modos de representación, al examinar los efectos políticos de dichas preferencias. En concreto, Barker y Carman (2010) han constatado la influencia de estas preferencias en la decisión de voto de los norteamericanos. Así, los ciudadanos que prefieren un modelo de representación “basado en la conciencia” (el de trustee) tienden a votar tanto en las elecciones primarias como en las presidenciales por los candidatos del Partido Republicano, mientras que los que prefieren un modelo de representación “basado en el electorado” (el de delegado) tiendan a votar, en ambas elecciones, a candidatos demócratas. En este sentido, la preferencia por los modelos de representación aparece como un nuevo predictor de la decisión del voto.



3. Los ciudadanos ante la representación política: hacia una tipología de las preferencias ciudadanas sobre los modos de representación

La revisión de literatura se ha hecho eco de la diversidad de tipologías de modos de representación política. Algunas de éstas han surgido con la pretensión de clasificar distintos modelos normativos de representación mientras que otras han sido elaboradas con una vocación más aplicada. Este trabajo comparte también el interés por generar una tipología que sirva para comprender mejor el ejercicio de la representación y presenta dos diferencias con respecto al saber generado hasta ahora para el caso español. La primera novedad se refiere al foco de atención: en lugar de dirigir la atención hacia las percepciones de los representantes, aquí se dirigirá la atención hacia las percepciones de los ciudadanos. La segunda diferencia es de orden metodológico: no se elabora la tipología a partir de un marco teórico-conceptual, sino mediante una lógica inductiva basada en un análisis multivariente de homogeneidad (HOMALS) con los datos sobre representación de la encuesta 2930 del CIS. De esta encuesta se examinan las percepciones relativas a tres variables: intereses partidistas versus territoriales, fidelidad a planteamientos ideológicos o de partido, y estilo de representación con respecto a electores. El propósito es identificar un espacio de pocas dimensiones que resuma y represente la estructura de asociaciones entre las tres variables nominales objeto de análisis, así como las similitudes entre los sujetos pertenecientes a estas categorías.

Los resultados del análisis de homogeneidad muestran que el porcentaje de ajuste del modelo es muy alto (90%), con autovalores de 0,47 para el eje 1 y 0,43 para el eje 2. Las tres variables contribuyen a discriminar las categorías de respuesta en los ejes del gráfico, pero de una forma diferente (Tabla 1). Las variables estilo de representación con respecto a electores y actitud sobre fidelidad a planteamientos ideológicos o de partido definen en mayor medida la posición en el eje 1, mientras que la variable priorización de intereses partidistas versus territoriales define algo más la posición en el eje 2.

Tabla 1. Medidas de discriminación del análisis de homogeneidad.

Variables



Dimensión

1

2

Estilo de representación con respecto a electores

- Los representantes deben seguir su propio criterio

- Los representantes deben tener en cuenta la opinión de los electores

- Depende de la cuestión




0,755

0,402


Intereses partidistas versus territoriales

En caso de contradicción entre los intereses del partido y de la provincia o Comunidad los diputados deberían:

- Dar prioridad a la provincia o comunidad autónoma

- Seguir las directrices del partido

- Intentar moderar la posición del partido

0,041



0,471

Fidelidad a planteamientos ideológicos o de partido

- Lo importante es que los políticos lleguen a acuerdos

- Lo importante es que los políticos no renuncien a sus planteamientos ideológicos o de su partido

- Depende del tema



0,606

0,421

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