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Las industrias culturales en la economía de América Latina. Situación actual y perspectivas en el marco


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Carlos Juan Moneta

Las industrias culturales en la economía de América Latina. Situación actual y perspectivas en el marco

de la globalizacion

Nota preliminar: los alcances de este estudio
De acuerdo con lo requerido, este estudio presenta una visión general del impacto de las manifestaciones culturales en la economía nacional y regional en el marco hemisférico. Al respecto, deben señalarse desde el inicio las líneas de borde de este trabajo. Teniendo en cuenta la vastedad, riqueza y complejidad del tema y el interés claramente expresado por las autoridades de la Oficina de Asuntos Culturales de la OEA de centrar el esfuerzo en el ámbito de las industrias culturales, éstas constituyen el núcleo a partir del cual se organiza la presentación.
El conocimiento del importante papel que corresponde al patrimonio histórico cultural, tanto en el plano de la formación de identidades como en la dimensión económica –tal, el caso del turismo cultural- merece un tratamiento específico, que no resultaría factible realizar de manera adecuada en este escrito. Cuando instituciones financieras tan relevantes como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en las Américas y el Banco Mundial a escala planetaria, comienzan durante los últimos años a explorar de manera sistemática los vínculos entre cultura y desarrollo sostenible y las formas viables de liberar el potencial social, educativo y económico de la cultura, abordan, en primer término, el patrimonio histórico1. Este ha sido, en la mayor parte de los casos, el actor protagónico privilegiado2. No obstante, una aproximación integral al tema requiere tener en cuenta y precisar los vínculos existentes entre ambos términos de la ecuación cultural. Por ello, en este trabajo se procurará avanzar en esa dirección, ya que los datos existentes sobre producción, comercialización y consumo cultural indican claramente que la principal dinámica económica se concentra en las industrias culturales y no en los espacios de la cultura tradicional.
Por último, al referirnos a las Américas como espacio de indagación, abarcamos situaciones, capacidades, estructuras y políticas nacionales muy distintas entre sí, al vincular a la principal potencia mundial en el ámbito de las industrias culturales (particularmente, en cuanto se refiere a las denominadas “nuevas industrias” del sector audiovisual) con un grupo de países en desarrollo que si bien cuentan con el beneficio de un espacio multicultural de raíces compartidas, presentan, entre muchas otras, grandes diferencias en sus posibilidades de actuar como productores, exportadores e importadores de bienes culturales.
Si se considera, a modo de ejemplo, el caso de la producción cinematográfica –que, junto con la industria editorial, desempeñó en el siglo pasado un papel muy relevante en el conocimiento mutuo de los pueblos de América Latina y en la aproximación de sus identidades culturales- se observará un exitoso desarrollo inicial (décadas de los años 30’, 40’ y 50’) y su posterior declinación, ante su falta de adaptación a los nuevos patrones de organización empresaria y comercial. Contando con cierta capacidad para competir con la producción estadounidense en el mercado regional en el período citado, a diferencia de lo que sucedía en los EE.UU., ni el sector gubernamental, ni el privado, fueron capaces de vincular virtuosamente al cine con la nueva tecnología, la televisión, ni organizar sistemas de comercialización que permitieran sostener las inversiones realizadas3. El surgimiento del vídeo, la TV por cable, la recepción satelital, etc., dió el golpe de gracia a esa situación.
En los EE.UU., por el contrario, la televisión y luego los nuevos medios a ella vinculados contribuyeron a insertar el cine de Hollywood a escala planetaria, mediante un pujante proceso de concentración vertical y horizontal en un reducido grupo de empresas transnacionales que otorgó clara preeminencia a la comercialización4 y a consideraciones económicas en mucho mayor grado que su preocupación por el desarrollo cultural. Con una presencia hegemónica en los mercados mundiales de los cuales proviene cerca del 50% de sus ingresos globales (Ver Cuadros Nº 9 y 10) y una muy fuerte y coherente penetración en el sector de “merchandising” (juguetes, ropa alusiva, modelos para armar, publicaciones, etc.), la industria cinematográfica de los EE.UU. crece hoy en un período de apogeo.
El complejo entramado –en parte, ya establecido y en parte, en gestación, ante los constantes avances tecnológicos- que vincula los medios audiovisuales con las telecomunicaciones abre ciertamente interrogantes sobre la capacidad del cine estadounidense para adaptarse a los desafíos de la incorporación del audiovisual a las autopistas de la información, a la TV digital, etc. Sin embargo, hasta ahora lo ha sabido hacer con tal éxito en los sectores de la multimedia que ha puesto en serio jaque a la industria europea del ramo5, su principal competidor. En ese contexto, América Latina ha quedado, en lo esencial, reducida al papel de gran consumidor de los productos culturales estadounidenses.
Nuestra región, que posee el 9% de la población mundial no cubre más que el 0.8% del conjunto total de exportaciones mundiales de productos culturales6. Por ejemplo, en 1993, en el campo televisivo, sobre un total de 5688 horas de producción correspondientes a distintos temas (ej. entretenimiento, actividades, educación y cultura, etc. ) solo el 22% era de origen nacional frente al 42.6% de origen extranjero. Producciones de los EE.UU., cubrían el 62% del total de las emisiones; las europeas un 6%; Asia un 1.7% y las generadas en nuestra región, el 29.7%7. En el ámbito cinematográfico las películas estadounidense, ocupan el 85.8% de la recaudación de los siete principales mercados latinoamericanos, mientras que el cine de los países de la región cubren el 5.2% del total, obteniendo solo el 1% de la recaudación. (Ver Cuadros Nº 7 y 10)
El segundo gran factor que diferencia los EE.UU. de los países latinoamericanos radica en el modelo utilizado para la gestión de las industrias culturales. Mientras en EE.UU. no existe siquiera un órgano público para la gestión cultural –(solo una Secretaría de Estado a cargo de derechos de propiedad intelectual ya que se postula la libertad de creación en las bellas artes sin interferencias por parte del Estado, y el financiamiento y promoción a cargo del sector privado -en nuestra región primó la visión europea. Esta considera necesaria una fuerte presencia y participación del Estado ya que las industrias culturales forman parte de los “bienes públicos”, constituyendo un servicio a prestar a la sociedad.
Si bien mucha agua ha pasado bajo los puentes con los procesos de apertura y desregulación de las economías, que han impulsado privatizaciones en este sector y regímenes de alguna manera mixtos, tanto en América Latina como en la Unión Europea, que incluyen un papel relevante para el sector privado (ej. financiamiento vía publicidad, (mecenazgo), las diferencias de enfoque en el papel del Estado, las conductas, el grado y forma de participación del sector privado, las instituciones y mecanismos de monitoreo aún existen y continúan siendo muy importantes con respecto a los EE.UU.


CAPITULO I




A modo de introducción. Globalización, Estados-nación e industrias culturales

Las últimas décadas señalan claramente que la comunicación al interior y entre las sociedades, la determinación de qué conocemos sobre lo qué sucede en el mundo y consecuentemente, la conceptualización que realicemos sobre todo tipo de acontecimientos, depende ya, y lo hará en mayor medida en el futuro, de las industrias culturales.


Estas industrias –radiodifusión, televisión, cine, publicaciones, Internet, etc. -constituyen un sistema de servicios multimedia que incorpora a su campo de acción la totalidad de la vida cotidiana e influye sustancialmente en la conformación de valores, en la selección de temas considerados prioritarios, en la determinación de las características de los espacios públicos y no gubernamentales y en las reglas y actores que cuentan con legitimidad para su tratamiento. De esta forma desempeñan un papel clave en el ámbito sociopolítico y en las relaciones intra e interestatales y societales. No menor es su rol en y la construcción de un ámbito favorable o contrario a los procesos regionales de cooperación e integración.8
Esta forma de relacionarse, de pensar y de actuar al interior y entre distintas sociedades que permiten los satélites, la televisión por cable y el Internet, el exponencial incremento de la importancia de estas industrias y su creciente carácter sistémico y transnacional, demanda reformular el papel de los Estados en múltiples planos, particularmente en el de las telecomunicaciones, la cultura y las concepciones de lo nacional, adaptándolas a las nuevas situaciones. De igual manera, requiere diseñar estrategias y políticas públicas que impulsen y regulen la producción y la comercialización de la cultura en los ámbitos interno e internacional9.
En este marco, como muy bien se señala en el “Informe Mundial sobre la Cultura” de la UNESCO (1998)10 y se precisará en las próximas secciones, los valores culturales sobre los cuales se asienta la identidad de las comunidades locales, nacionales y regionales se sienten amenazados por la racionalidad reductora y aparentemente universalista de las concepciones y prácticas predominantes, basadas en la preeminencia del mercado y del individuo en su carácter de consumidor. Preservar y fortalecer las culturas locales y nacionales dando lugar adecuado a la incorporación de cambios emanados de la globalización cultural que, entre otros, incorporan la vertiente de los productos culturales y su consumo, requiere la reconfiguración de actores, instituciones, espacios y estrategias, constituyendo un desafío crucial.
En un contexto caracterizado por una nueva fase y forma de acumulación del capital, por el pasaje de las identidades culturales tradicionales y modernas a otras modernas y postmodernas de base transterritorial, las identidades culturales no tienden a estructurarse desde la lógica de los Estados-naciones sino desde la de los entes transnacionales y mercados; no se basan, en lo esencial, en comunicaciones orales y escritas, sino que operan mediante la producción industrial de la cultura, su transferencia tecnológica y el consumo diferido y segmentado de los bienes11.
Por ello, el enfoque tradicional, sustentado, entre otros elementos, en la visión patrimonial de la cultura y la afirmación convencional de las identidades aparece como condición necesaria pero no suficiente; se requiere también contar con una adecuada capacidad de acción propia en los ámbitos nacional y regional en los sectores correspondientes a las industrias culturales.
El impacto sobre cada uno de nosotros y sobre nuestras sociedades, es múltiple y complejo. En el caso de los países en desarrollo (y también en un segmento creciente de las sociedades de los países desarrollados), el individuo se ve obligado a enfrentar la profunda brecha que existe entre el amplio y rico menú que se le ofrece en el plano del consumo simbólico y el restringido acceso e incluso, la exclusión, al progreso material y a las oportunidades de progreso. Aumentan exponencialmente las expectativas vinculadas a una cultura que privilegia el consumo, al igual que las relativas a situaciones de frustración para quienes no pueden alcanzarlo12. En ciertos casos, este proceso deviene en una reafirmación de los núcleos culturales endógenos tradicionales y en una fuerte resistencia a la modernización de corte neoliberal. En otros, impulsa la búsqueda de modelos que procuran incorporar y compatibilizar, de manera más equilibrada, las limitaciones de los recursos económicos con que se cuenta para la aplicación de políticas culturales, el impacto de las industrias culturales transnacionales y los desafíos al sistema social y político que estos generan, la afirmación del patrimonio histórico, las experiencias de la competitividad y las expectativas del desarrollo13.
En suma, cuando se examinan los distintos factores a tener en cuenta para la formulación de políticas relativas a las industrias culturales en las cuales tomen parte los Estados, no puede ignorarse la dimensión política que conlleva su acción. Es necesario tener en cuenta que todos los actores que participan en la determinación de las estrategias, instituciones y normas responden a distintas posiciones de poder y de legitimidad. Tal es el caso, a modo de ejemplo, de interacciones en este ámbito entre grandes potencias y países en desarrollo; entre gobiernos, empresas transnacionales y entes financieros y comerciales multilaterales.
Las industrias culturales nacionales no solo interactúan con el Estado y con otros actores sociales, políticos y económicos en el marco interno, sino que necesariamente deben procurar insertarse en los mercados regional y mundial, donde podrán desempeñar distintos roles. Naturalmente, las estrategias y políticas que se pongan en marcha serán distintas a partir de situaciones y rasgos específicos nacionales y regionales, pero otras diferencias podrán también observarse en la determinación de los parámetros sociales y políticos a partir de los cuales se fundamentan y estructuran las políticas culturales. Influirán en ese caso múltiples elementos personales y sociales de quienes adopten las decisiones, sus concepciones sobre cultura, historia nacional y globalización, las alianzas políticas con que cuentan y los intereses económicos a los cuales responden, entre otros factores.

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