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Las hogueras a josefina Ordiñaga


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Concha Alós

Las hogueras


A Josefina Ordiñaga

No somos ni demasiado fuertes ni bastante malos como para elegir. Todo esto forma parte de un experimento organizado por alguien.


Lawrence Durrell,

El cuarteto de Alejandría. Justine.

1
Aquella noche Sibila había soñado que volvía a ser modelo. En sueños cruzó de nuevo la pasarela elevada, en forma de puente, a ras de las caras que la contemplaban. Y la gente, sobre todo un señor desconocido que sostenía en la mano un monóculo y enseñaba un diente de oro, la aplaudía. Los salones habían encendido todas sus lámparas y las luces se reflejaban sobre las lentejuelas de su traje, en sus ojos, en los brillantes de unos pendientes largos que llevaba... Todo en conjunto le producía una sensación embriagadora.

Se despertó, y la alegría del sueño se fue desvaneciendo, dejándola sumergida en un disgusto pro fundo, como nos ocurre a todos cuando vivimos una infelicidad y la mañana nos enfrenta con su realidad olvidada.

Más allá del huerto, quizá en la playa o tal ver. en el bar de Mostaxet, cantaban unos borrachos. Las. olas, al perderse en la arena, la rozaban produciendo un sonido repetido y triste. Se tapó la cabeza con la sábana y trató de dormir de nuevo; pero, hiciera lo que hiciera para protegerse del ruido seco del mar —agigantado de una forma desusada en su cerebro— y también de aquellas canciones de borracho, farfulladas y repetidas una y otra vez más allá del huerto, no podía dormirse. Siempre ocurría lo mismo los sábados por la noche. Los forasteros acababan la semana bebiendo y no había manera de descansar.

Por fin las voces se alejaron. Un gallo cantó roncamente; desde muy lejos le contestaron dos gallos más. El ruido de las olas se fue haciendo rítmico como un balanceo acompasado. Sibila se quedó dormida.

Por la mañana, descalza, la corta cabellera revuelta, Sibila atravesó el salón y el pasillo para ir a la habitación de su marido. Deseaba cobijarse al lado de su cuerpo, tibio, adormecido. Esperar a que despertara para decirle: «Estoy cansada de esto. No puedo aguantarlo ni un día más. Vende la casa y vámonos de aquí». Pero Archibald no estaba. La sábana apartada marcaba un alargado triángulo blanco sobre la colcha. Encima de la cama había libros, mapas, un bloc, papeles. Todas aquellas cosas que podían haber estado amontonadas, dispersas, conservaban una armonía y un orden. La sábana permanecía blanca y planchada. Su marido, cuando dormía, no se movía apenas. Despierto disfrutaba arreglando, componiendo los objetos de su uso, sus libros, sus papeles. Sibila levantó la persiana. Un sol espeso y amarillento le hizo daño en los ojos.

Era domingo. El reloj de la mesita marcaba las once. El tictac, la luz, una nube alargada allá en el cielo, encima del montículo de la Punta de los Fenicios, el pueblo... Todo era triste, miserable y feo. Sibila se sentía como un perro al que un coche a toda velocidad ha abandonado en una carretera desconocida. Un perro que hubiera seguido locamente el olor de sus dueños —sentados, tranquilos y sonrientes, uno al lado del otro, junto al volante— y que ahora, agotado, con las almohadillas de las patas sangrantes, hubiera perdido el rastro y vagara vencido, lentamente, no sabía por dónde. Su mundo, el mundo que él amaba, estaba muy lejos y no podía alcanzarlo. Lo demás no tenía interés.

Se estaba quedando fría. El helor del suelo parecía haber calado dentro de su cuerpo y ahora tenía la piel erizada, las manos y los pies helados. Sobre la cama, al lado de los libros abiertos, informe, cálida, estaba la bata de su marido. Se la puso sobre el camisón. También se metió en los pies las grandes zapatillas de él. Archibald se habría ido a pescar. Le gustaba salir cuando la luna —blanca y grande aquellos días— estaba aún en el cielo. Se pasaba en el mar horas y horas. Los peces que traía, pequeños, brillantes, acababan casi siempre en la basura. Al llegar daban saltos en el cesto húmedo, saltos agónicos, cada vez más distanciados, que dejaban al descubierto sus rojas agallas y curvaban sus cuerpos, revestidos como por un tejado de mica de transparentes escamas. Al llegar daban saltos y Raimunda los metía en la nevera. Después, por pereza de limpiarlos, los tiraba o se los daba a los gatos.

Archibald se había ido a pescar. «Bueno, ¿qué tiene eso de extraordinario?», querría decirse Sibila para acabar de una vez con el descontento que, filtrándosele hasta adentro, le daba aquel sentimiento de frustración. El hecho no tenía la menor importancia. Hacía dos años que vivían en Son Bauló. Desde el principio su marido solía ausentarse durante días enteros con la motora, solo, porque a ella no le gustaba embarcarse. Sibila acogía sus salidas con una plácida y alegre indiferencia. No había, por tanto, ninguna razón para sentirse hoy así. Se encogió de hombros y creyó sentir dentro de ella un tirón doloroso, cerca de la espalda. Se escuchó atentamente. No era nada. Suspiró. Aspiró aire. Sobre la cama, junto a los libros y los mapas, un bloc abierto mostraba una hoja cuadriculada a medio escribir. Alargó la mano para cogerlo. La letra de Archibald, redonda, cuidadosa, decía: En abstracto, en la impersonal e infinita teosofía, puede intentar sostenerse por medio de la dialéctica una idea o concepto de Dios, sea como ente espiritual operante en el fwmbre por medio de la creación, destino y ley natural, sea como remoto e impasible principio de todo. La aceptación de tal supuesto y el que pase a fundirse con el complejo de creencias que anidan en el hombre y guían de un modo implícito o explícito su vida, requiere una serie de etapas de estudio —la causalidad—, de renuncia —negación de la mayor parte de la ideología contemporánea— y de creación personal —levantar una correspondencia entre el hombre y Dios, no comprendida en la dogmática de las religiones más habituales— en el individuo, que ahoga casi la posibilidad de que cobre, cuerpo y se extienda en la sociedad este Dios que es Motor Abstracto. El esfuerzo para llegar a Él cuesta demasiado, y, además, no posee la fuerza dramática, afectiva, de un Dios encarnado, que llega al hombre a través del ritual, imaginería, teología y apologética de cualquier rama de las religiones de la Tierra.

Por otra parte, los grandes principios de estas religiones no resisten un análisis histórico-crítico, y su sostenimiento se puede basar únicamente, a la postre, en lo abstracto, en una mística de Dios independiente de cualquier religión y teología oficial. La misma antropología ha estudiado...

—¡Bah! —dijo Sibila. No entendía nada. Lo leyó otra vez con atención, despacio, casi deletreando. Nada. Como casi siempre que pretendía apoderarse de una idea de los otros, en su cabeza se producía un cosquilleo incómodo. Lo mismo que cuando en el colegio intentaba solucionar los problemas de matemáticas. La cabeza parecía crecerle. Le crecía. Ella creía notarlo. Era una sensación desoladora.

Hojeó el bloc. Casi todas las hojas estaban escritas. Algunas sólo hasta la mitad. Lo dejó después, desalentada, sobre la colcha, donde lo encontró, cuidadosamente, como si hubiera podido romperse. Una ira sorda, interna, impotente, se iba extendiendo dentro de ella como una mancha grasa que avanza hasta impregnar un trozo de tela: aquello era lo que escribía su marido. Aquellas cosas eran las que pensaba. Pensamientos como el que la noche antes había escrito en el bloc. Pensamientos incomprensibles para ella.

Vivían en la misma casa y sin embargo habitaban dos mundos ignorados el uno del otro, a una distancia incomensurable. Invisibles, inaudibles, intocables... Como si hablaran otro idioma y sus cuerpos fueran de distinta materia.

Dormían en habitación aparte desde hacía un año. Su marido lo decidió así. Dijo que no quería molestarla si se le ocurría escribir hasta la madrugada, o leer, o pensar fumando, paseando de un lado para otro, en medio de las paredes. Alegó que no quería molestarla cuando madrugaba, cuando se levantaba al amanecer y con la motora se iba a pescar aquella porquería de peces.

Archibald regresaría dentro de una hora, de dos... Cuando volviera tomaría el desayuno y, si tenía sueño, dormiría toda la mañana. Y ella estaría sola, sin poder hablar con nadie, a no ser que bajara a la cocina para ver cómo preparaba la comida Raimunda, a escuchar lo que pudiera decir ésta de las brujas o de los gatos. Con los dientes apretados murmuró, pensando en su marido:

—¡ Imbécil!

La rabia, como una bola gorda e irresistible que se le hubiera encallado en la garganta, se adueñó de ella. Le pegó un puntapié a la alfombra pequeña que había al lado de la cama, que fue a parar, encogida, polvorienta, carmesí, al otro lado de la pared. La miró con la cara crispada, con ira. Hubiera pateado todos los muebles de la habitación. La zapatilla de paño, grande, deformada, se le había salido del pie y tuvo que ir a recogerla.

Se sentó en el borde de la cama con el pecho palpitante. Algo hervía allí dentro, algo que ella quería enfriar porque le resultaba incómodo, molesto. Sentóse con los brazos cruzados, apretados, hasta que le dolieron. Sin saber qué hacer. Con la vaga impresión de que alguien le había encerrado y de que tenía que buscar un resquicio, una abertura cualquiera para escapar. Pensó de nuevo en el sueño que había tenido. Volvía a ser modelo. Los ojos de la gente se fijaban de nuevo en ella con admiración y codicia. La aplaudían. La cara de Sibila se suavizó unos instantes. Sonrió.

Cuando a la casa de modas llegaban buenos clientes, Xam, el modisto, le decía señalando algún vestido difícil de vender:

—Anda, Sibila, póntelo. Si tú lo luces se venderá.

Ella, ligera, sonriente, como una graciosa maquinilla de lujo que se ponía en marcha a voluntad, se exhibía ante los ojos ávidos, interesados, y se adivinaba reflejada en ellos. A ninguno de los clientes lo hubiera reconocido por la calle. Miraba con indiferencia sus caras, que no eran para ella más que una mancha rosada sobre el traje, una mancha rosada con dos ojos que, en el salón de la casa de modas de Xam, no tenían otra finalidad que mirarla. Dos ojos que existían en función de ella.

Y las demás, las otras modelos: Chola, Arlette, Milión... todas las demás repetían:

—¡ Qué suerte tener esa cintura!

—¡ Qué suerte tener ese pelo!

—...Esos ojos...

—...Esas piernas...

Era una letanía larga que le caía encima como la lluvia fresca. Pétalos de rosa, hojas de mirto. Crema en el cuello, en las piernas, en el vientre... Crema y toallas mojadas con agua caliente. Cera virgen que le quitaba el vello. Líquidos ácidos que hacían lagrimear al peluquero y a ella, y que le teñían el pelo del último color de moda. El de la temporada.

La ventana daba a un paisaje lleno de sol. El aire estaba limpio, transparente. Allí mismo estaba la playa, la larga playa llena de alga. Cuando estallaba el temporal, toda la orilla quedaba cubierta de maderos, de pedazos de corcho, de restos de embarcaciones y algún animal muerto.

—¡Un desierto lleno de sol! —murmuró.

Arrastraba la bata de Archibald y, al atravesar la puerta de su cuarto, pisó el cordón con que se la sujetaba a la cintura y dio un traspié. Había recorrido todo el piso, sin saber exactamente lo que hacía ni lo que buscaba.

Reconoció de pronto aquella nerviosidad que la llevaba de una habitación a otra, a mirar por la ventana, por todas las ventanas de la casa. Era la de su niñez, cuando su madre había salido para muchas horas sin que ella supiera cuándo volvería.


2
—EOLA, BOA, BOLA.

La voz es indecisa, lenta, abrupta. El ceño sombrío, sosegado y fijo como la mirada de una serpiente.

—Boomay

—No, booma, no. Bota.



—Bota.

—Eso, bota. Sigue.

Daniel Sánchez, el Monegro. Podía ser un oso o uno de aquellos grandes monos que se exhiben en los zoos. Como aquel que tuvieron entre barrotes en el paseo de la Muralla, bajo la catedral, y que las beatas hicieron quitar. Firmaron entre todas una denuncia dirigida al Gobernador Civil, en la que decían que el mono se pasaba todo el día haciendo indecencias y que era un mal ejemplo para los niños.

—Bota, boa, be, ba, bi, bo, bu.

Se acerca el momento de acabar la clase. Hay una fatiga aburrida en la cabeza de Asunción Molino, la maestra, en sus ojos y en su espalda, un poco encorvada. Va señalando las letras con un lápiz grueso, azul por un lado, rojo por el otro.

—Bi, bo, ba... Toooma.

—No. Toooma, no. Bota.

—Bota.


—Eso, bota. Sigue.

La lámpara de carburo que hay sobre la mesa de la maestra refleja sobre la pared, detrás de ella, un círculo azulado que se encoge y se extiende crepitante. La cabeza de Asunción Molino es allí una sombra movible, poderosa, grande.

—Bola, boa, bola.

—Bien. Sigue.

La otra lámpara, también de carburo, está enganchada en un alambre prendido de una viga. Ilumina los pupitres, los pequeños pupitres donde se sientan los adultos. A ratos oscila y los días de mucho viento se apaga continuamente.

Los adultos. No son de la isla. Gente de la Meseta y del Sur que huye de su tierra de hambre. Se agarran a cualquier trabajo: trajinan alga, levantan paredes o echan alquitrán caliente en la carretera. Ahora en Son Bauló, desde que empezaron el camino que llevará hasta Cala Ratjada, han acudido como moscas. Los isleños les llaman forasteros.

—Ba,be, bi, bo.

Daniel Sánchez guarda vacas, derriba árboles, cava la tierra y, en ocasiones, guía un camión sin matrícula. Los domingos, desde que en la carretera de Son Real se descubrió la necrópolis de la Edad de bronce, y a la gente del pueblo le dio por decir que allí debía de haber onzas de oro enterradas, cava infatigable en la Punta de los Fenicios. Golpea lenta-, constante y duramente la tierra y las piedras, como si golpeara un dragón enterrado vivo o a un hombre odioso muerto por él.

—Bi, bo, ba, booma.

—No. Booma, no. Bota.

—Bota.

—Eso, bota.



—Ba, be, bi, bo, bu.

En los pupitres hay doce adultos. Doce analfabetos. Barba cerrada, piel oscura quemada por los aires y el sol. Alguno de ellos trabaja en las huertas de alrededor. Los demás pican piedra en la carretera de Son Real. Una carretera que llevará al morro más alejado de la bahía.

—Bi, bo, ba, be.

Doce analfabetos. Ninguno de la isla. Con su castellano apocopado y pobre, lleno de sonidos guturales. Los sábados beben vino hasta volverse tontos. Desde los eriales de la meseta, desde las tierras secas del sur, donde hay acequias árabes ignoradas, anegadas y malditas, vienen hasta la costa como una gran mancha que avanzara inanimada y ciega.

—Bola, boa, bola.

Daniel Sánchez empezó a aprender la cartilla el curso pasado. Apareció en Son Bauló, a fines del invierno, solitario y taciturno. Es el único de todos los forasteros que no ha traído nadie de su familia ni habla nunca de su pueblo.

—Be, bo, bi, be.

—Muy bien.

La expresión del hombre es inmóvil y sombría. Con maderos que todo el mundo habría juzgado inútiles se ha construido una cabaña junto al Torrente, en un lugar tranquilo y alejado, donde las aguas del invierno han formado un remanso quieta lleno de ranas, un lago, como dicen en el pueblo, un lago verdoso con un fondo de algas y una vegetación inmóvil y resbaladiza. Cada vez que la maestra, dando un paseo, ha cruzado la loma del Torrente, ha podido verlo a través de los pinos, en la puerta de su cabaña, leyendo con ferocidad infatigable, estudiando la lección, con la cara pegada a la cartilla sobada, abarquillada por los bordes. Ha podido verlo escribir en su cuaderno infantil de páginas rayadas.

—Ba, be, bi, bo, bu.

«Si un hombre de naturaleza superior se ocupara de nuestra educación, quién sabe lo que podríamos llegar a ser.» La cita le viene a la cabeza a Asunción Molino, y una mueca irónica, cruel, como un hilo de sonrisa, le cruza la boca, aunque su cara siga pareciendo severa y salpicada de todas las sombras que la lámpara de carburo, libre e inquieta, da a las superficies y a los rostros.

Asunción Molino hace diez años que es maestra. Ya no es aquella muchacha ingenua que creía que la educación lo podía todo. En cambio, ha empezado a tener una certeza absoluta y casi fatal de que los destinos de los hombres están ya marcados. Cree que los seres humanos se abocan a un fin o a otro según su cuna, su medio, su herencia biológica, sus glándulas... Suspira fatigada:

—¿Por qué no fuiste a la escuela de pequeño, Daniel?

Una profunda sorpresa en los ojos inmóviles. Los atraviesa una chispa y, después, miden a la maestra de pies a cabeza. Esta mujer que le enseña a leer lo ha llamado por su nombre y le ha hecho una pregunta. Le choca esto e inmediatamente, instintivamente, se pone en guardia contra el asalto, como si la luz de un relámpago le revelara algo inesperado, un hombre agazapado junto a un árbol o una bestia al acecho.

—Mi padre me necesitaba.

Cuando Asunción Molino llegó a Son Bauló de supernumeraria, pensó en las monjas que iban al Congo. Ella también haría apostolado. Hizo sacrificios por los niños y daba clase a los jornaleros sin cobrar nada. Se guisaba su propia comida y vivía en las ruinosas habitaciones que el Gobierno le había destinado al darle aquella plaza. En invierno pasaba frío, y un día de junio, al abrir una ventana, le cayó un lagarto vivo dentro de la blusa. Casi le dio un ataque de asco. Al curso siguiente, nombrada ya maestra en propiedad, se instaló en la Residencia.

La Residencia, exceptuando los meses de verano siempre estaba vacía y en invierno le cobraban un precio especial. Aun así seguía siendo cara para su sueldo. Pero era tentador y cómodo encontrar la comida hecha al acabar el trabajo con los niños y también lo era disponer en la habitación de agua caliente y poder proporcionarse una estufa de petróleo. Empezó a cobrar las clases de los adultos y a comerciar con artículos escolares.

—¿Y a qué ayudabas a tu padre?

—Acarreábamos.

La mira de frente, cortante.

—Ya.

A Daniel Sánchez no le gusta hablar. Cuando una persona le hace preguntas, siente algo molesto que le invade. Se diría que es vergüenza. Puede ser también timidez o miedo, aunque él no sabe si es alguno de estos sentimientos ni se lo ha preguntado nunca. Mira a la maestra descubriendo de pronto que es una mujer. Pero una mujer que a él no le gusta. Es pálida, cargada de espaldas. Debe de saberlo todo, todas las cosas que los demás ignoran. Es una mujer, pero no inspira nada. Ningún deseo. No es como las bañistas del verano, con los muslos al aire y riendo cuando el agua las toca.



—Mañana estudiarás esta lección: tapa, topa, tipa.

Asunción Molino señala con su lápiz la página, la marca con una pequeña cruz de color azul.

—Ahora ve a tu sitio, copia las sumas y las restas de la pizarra y las haces.

—Sí, señora.

Daniel Sánchez, musculoso, grande, con la chaqueta a punto de estallarle. Una chaqueta arrugada, corta de manga, que le oprime porque debajo de ella debe de ir abrigado con una camiseta de felpa gorda o dos jerseis viejos. Va hacia su pupitre. Se sienta, el asiento cruje. Saca de su bolsillo una libreta arrugada, arrollada sobre sí misma como un tubo. Chupa su lápiz corto, gastado, crispa violentamente los dedos sobre él y se pone a copiar con ferocidad las sumas y restas de la pizarra.

La maestra piensa que dentro de un rato estará en su cuarto. En la escuela hace frío y el carburo apesta. Añora el calor de la estufa en el cuarto del hotel, la cena y, después, en la cama, la confortable luz sobre la novela que tiene comenzada.

—A ver, Fulgencio. Aquí. Lee.

El mar, ahogadamente, brama fuera, Fulgencio Trujillo tiene el dedo pulgar de la mano derecha amputado. Pero puede mover lo que le queda de él para ayudarse en el trabajo. En realidad, se ha acostumbrado a tenerlo así, más corto, sin la falange de arriba, y dice que no le hace ninguna falta. La maestra procura no mirárselo. Le impresiona y le causa un poco de asco.

El olor del carburo durante estas dos horas de clase nocturna acaba dándole la impresión de que lleva una pomada impregnándole las fosas nasales, una pomada que le produce un picor efervescente y áspero.

—Ma, me, mi, mo, mu.

—Mi mamá me mima.

A la maestra le entra una somnolencia súbita y los párpados se le cierran sobre los ojos. Doce analfabetos, doce hombres barbudos, sin afeitar, sentados en unos bancos de niño, hechos para los niños. Se los imagina con una soga que los trenza a todos, cuello con cuello. Uno contra otro. Y ella dice a alguien que no reconoce:

—Ya pueden echarlos al mar. Ahora duermen y será fácil.

Y añade:


—De todas formas; para qué han de seguir viviendo. No tienen salvación.
3
Era feliz. Archibald Strokmeyer había llegado a un momento de su vida pleno de felicidad, de profunda compenetración consigo mismo. De paz. Quedaban lejos los días de su primera juventud, cuando andaba con el bolsillo vacío, ardiente el sexo, paseando, vagabundeando por los tenderetes de libros, por los barrios de fulanas. Ingresar en la sociedad de los adultos cuesta un precio: sangre, jirones de uno mismo. En las sociedades primitivas todo el simbolismo de la entrada en el mundo viril se hace con un sacrificio espectacular al que acuden las tribus enteras. Hay sangre, suplicio, y el muchacho debe dominar el dolor, aguantar la crueldad del rito. Después ya es un hombre y tiene todos los derechos de los hombres. Pero en nuestra sociedad no hay ningún hecho externo que señale esta entrada en el mundo de los adultos. La lucha es sorda y solitaria. Una desgarradora convicción de que el dinero lo puede casi todo, invade al individuo consciente cuando esta lucha ha terminado. Pero para Archibald Strokmeyer, aquello hacía años que había ocurrido y ahora el porvenir era suyo. El presente, su tiempo, le pertenecía.

El sol entraba por la ancha ventana dando un vivo color a las tostadas, a la porcelana de las tazas, a la tetera. El zumo de naranja, contenido en una jarra alargada de grueso vidrio, era espeso, sangriento. Junto a la jarra con el zumo habían dejado el paquete que él acaba de abrir. Cuatro tomos nuevos con las cubiertas de cartón plastificado, brillantes: Filosofía de las religiones politeístas de Asia. Los había traído el recadero desde Palma. Todas las semanas llegaban libros por correo. Los que él pedía.

Archibald bebió un sorbo de zumo de naranja. Estaba fresco y un poco ácido. Al pasar por la garganta producía una sensación agradable. La misma que una bocanada de aire cuando hemos estado mucho rato en una habitación cerrada, con las estufas encendidas a toda marcha y un fogón en el que hubiera, friéndose, una asadura de insoportable y fuerte olor a entraña de cordero. Se acabó el zumo del vaso. Después, hojeó las páginas de uno de los tomos. Buscó los grabados. Leyó los pies de imprenta de cada volumen. Al levantar los ojos para coger la jarra, se tropezó con la mirada de Sibila. Una mirada acusadora que le recordó extrañamente un cono de metal muy bruñido, cegador. Archibald tuvo un pequeño sobresalto:

—¿Qué te ocurre, querida? ¿No estás bien?

La voz de Sibila estaba llena de rencor. Era baja, firme, como la de alguien que anuncia algo pensado, meditando durante largo tiempo. Una idea madura e irrevocable.

—No quiero vivir aquí. Quiero ir a la ciudad.

La ciudad. Por la cabeza de Archibald pasaron imágenes confusas, rápidas: barbudos, haraposos y hambrientos habitantes de la ciudad. Gente con la cara angustiada corriendo hacia el autobús, haciendo cola en una panadería, aplastada por una manifestación sembrada de pancartas ininteligibles... Recordó la espesa nube flotando, años atrás, sobre la inmensidad de las casas, cuando él se trasladaba todos los días en bicicleta hasta el centro. Vivía con su familia en la montaña, en un suburbio de la ciudad, subido en una colina, e iba desde allí hasta sus estudios apresurados, y luego al oscuro taller donde estaba empleado, una habitación que olía espesamente a tinta, a papeles amontonados, a excrementos de gato. La espesa nube flotando, tapando el sol. Su padre —bajaban los dos juntos, cada uno hacia su trabajo— decía: «¿Ves? ¿Ves esa niebla? Eso es lo que han sudado, lo que han respirado los puercos ciudadanos esta noche. Esa nube son las enfermedades, el olor, lo podrido de cada uno de ellos. Nosotros vamos a envolvernos en esa niebla. No veremos el sol. No tendremos aire propio hasta que volvamos a casa».

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