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La vida de oración y la contemplación Prof. Manuel Belda Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma)


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La vida de oración y la contemplación

Prof. Manuel Belda

Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma).

Parte II: Visión sistemática

III. Las formas y el itinerario de la oración cristiana
4. La contemplación en medio del mundo

5. El itinerario de la oración cristiana

4. La contemplación en medio del mundo1

Durante muchos siglos de la historia de la espiritualidad, ha sido opinión muy difundida que la contemplación es un fenómeno reservado exclusivamente al estado de vida religioso, hasta el punto de que la locución «vida contemplativa» se utilizaba como equivalente a «vida religiosa». Esto se debe a un dar por supuesta la incompatibilidad entre acción o vida activa, y contemplación o vida contemplativa. En consecuencia, una vida plenamente inmersa en el mundo era considerada como un obstáculo insuperable para el cristiano que quisiera llegar a ser contemplativo: para ello, éste tendría que abandonar necesariamente las actividades seculares2.

A. San Josemaría Escrivá de Balaguer, pionero de la contemplación en medio del mundo

Uno de los rasgos esenciales del mensaje que Dios confió a San Josemaría Escrivá de Balaguer es precisamente la plena y abierta proclamación de la contemplación en medio del mundo: «La contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas con conocimiento elementales de religión piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas, con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales»3.

Desde los comienzos del Opus Dei, San Josemaría enseñaba que los fieles laicos debían aspirar a conducir una existencia contemplativa, en y a través de su vida ordinaria, lo cual representaba una indiscutible novedad en el ambiente teológico-espiritual de la primera mitad del siglo XX. Pocas semanas antes de ser elegido como sucesor de San Pedro, el cardenal Albino Luciani ponía de relieve dicha realidad: «En 1941, al español Víctor García Hoz le dijo el sacerdote después de confesarse: “Dios le llama por los caminos de la contemplación”. Se quedó desconcertado. Siempre había oído que la “contemplación” era asunto de los santos destinados a la vida mística, y que solamente la lograban unos pocos elegidos, gente que, por lo demás, se apartaba del mundo. “En cambio yo –escribe García Hoz–, en aquellos años ya estaba casado, tenía dos o tres hijos y la esperanza –confirmada después– de tener más, y trabajaba para sacar adelante a mi familia” ¿Quién era aquel confesor revolucionario que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los setenta y tres años»4.

Vamos a tratar de delinear ahora los rasgos característicos de la contemplación en medio del mundo según las enseñanzas de San Josemaría. En primer lugar señalaremos cómo en ellas aparece claramente indicado que la oración contemplativa no se ha de limitar a unos momentos concretos durante el día: ratos dedicados expresamente a la oración personal y litúrgica, participación en la Santa Misa, etc., sino que ha de abarcar toda la jornada, hasta llegar a ser una oración continua. En 1940 escribía: «Donde quiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos –en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar–, nos encontraremos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo –personas, cosas, tareas– nos ofrece la ocasión y el tema para una continua conversación con el Señor»5.

B. Contemplación en medio del mundo y santificación del trabajo

En las enseñanzas de San Josemaría, la posibilidad de alcanzar esta oración contemplativa continua depende estrechamente de una realidad, que constituye el núcleo más profundo del espíritu del Opus Dei: la santificación en medio del mundo a través del trabajo profesional. En efecto, cuando describía el espíritu que Dios le había confiado, señalaba que éste «se apoya como en su quicio, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestro iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios»6.

El Fundador del Opus Dei solía sintetizar sus enseñanzas sobre la santificación del trabajo con una fórmula ternaria, muy frecuente en sus escritos: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo7, o bien, con la frase equivalente: santificar la profesión, santificarse en la profesión y santificar a los demás con la profesión8. Al formular esta trilogía, seguía habitualmente el orden citado, lo cual expresa su profunda convicción de que la santidad personal (santificarse en el trabajo) y el apostolado (santificar con el trabajo) no son realidades que se alcanzan sólo con ocasión del trabajo, como si éste fuera algo marginal a la santidad, sino precisamente a través del trabajo, que ha de ser santificado en sí mismo (santificar el trabajo). Con la frase central del tríptico: santificarse en el trabajo, quería dejar claro que el cristiano que por voluntad divina se halla plenamente inmerso en las realidades temporales, debe santificarse no sólo mientras trabaja, sino también precisamente por medio de su trabajo, que de este modo se convierte en medio de santificación: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como una realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora»9.

San Josemaría Escrivá de Balaguer enseña con nitidez que el cristiano corriente ha de santificarse en todos los momentos de su vida ordinaria y no sólo cuando trabaja, ya que el trabajo por él presentado como medio de santificación no es el trabajo en un sentido genérico e impreciso, sino en el sentido concreto y específico de trabajo profesional10, es decir, aquél que «connota la vida ordinaria en su totalidad, vista a partir de uno de los factores o elementos que más honda y radicalmente contribuyen a estructurarla y dotarla de osamenta. Más aún, de un factor o elemento que, incidiendo fuertemente en la persona –el hombre crece y madura en el trabajo–, redunda a la vez en el configurarse y crecer de las sociedades. Santificar la vida ordinaria y santificar el trabajo –el trabajo profesional– son realidades solidarias entre sí, de manera que se reclaman la una a la otra. No cabe hablar de santificación del trabajo, sino en el interior de un proyecto de orientación de toda la vida vivida cara a Dios. Y no cabe pensar en una santificación de la vida ordinaria sin una real y efectiva santificación del trabajo profesional»11.

Cuando San Josemaría propone el trabajo profesional como medio de santificación para el cristiano corriente no está enseñando que el trabajo, considerado como mera actividad humana, santifique por sí mismo, por decirlo de algún modo, ex opere operato, como santifican los sacramentos, porque en sus enseñanzas, la expresión santificarse en el trabajo es inseparable de santificar el trabajo, es decir, el trabajo «que santifica» es al mismo tiempo un trabajo «santificado», o sea, el que reúne las siguientes características: estar bien hecho humanamente, elevado al plano de la gracia –y por tanto realizado en estado de gracia–, llevado a cabo con rectitud de intención –para dar gloria a Dios–, por amor a Dios y con amor a Dios12. En definitiva, el trabajo que constituye un medio de santificación es el que, con la gracia divina, se realiza de tal manera que ha llegado a convertirse en oración. Así lo afirma explícitamente San Josemaría en el texto siguiente: «No entenderían nuestra vocación los que (...) pensaran que nuestra vida sobrenatural se edifica de espaldas al trabajo: porque el trabajo es para nosotros, medio específico de santidad. Lo que quiero deciros es que hemos de convertir el trabajo en oración y tener alma contemplativa»13. Y, repitiendo con otras palabras esta misma enseñanza, insistía: «No olvidéis una cosa todos, que el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa»14. En definitiva, para el Fundador del Opus Dei el trabajo santificado y santificante no es otro medio de santificación, yuxtapuesto a la oración y distinto de ella, sino el trabajo que ha llegado a identificarse con la oración. En estas palabras suyas vemos plenamente realizada dicha identificación: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración»15.

Ya hemos señalado anteriormente que, en las enseñanzas de San Josemaría, el trabajo es la actividad emblemática o representiva de toda la vida ordinaria de un cristiano inmerso en las realidades seculares. Por eso no nos extraña encontrar textos suyos donde afirma que es precisamente esa vida la que ha de llegar a ser oración: «Lo extraordinario nuestro es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por alto –también con elegancia humana– las cosas que molestan, que fastidian: ser generosos sin tasa. En una palabra, hacer de nuestra vida corriente una continua oración»16.



C. La posibilidad de transformar el trabajo en oración

Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer al frente del Opus Dei, reflexionando sobre las enseñanzas de éste, explica el fundamento teológico de la posibilidad de transformar el trabajo en oración: «Pero, ¿es verdaderamente posible transformar la entera existencia, con sus conflictos y turbulencias, en una auténtica oración? Debemos responder decididamente que sí. De lo contrario, sería como admitir de hecho que la solemne proclamación de la llamada universal a la santidad realizada por el Concilio Vaticano II, no es más que una declaración de principios, un ideal teórico, una aspiración incapaz de traducirse en realidad vivida para la inmensa mayoría de los cristianos (...). El fundamento teológico de la posibilidad de transformar en oración cualquier actividad humana y, por tanto, también el trabajo, es ilustrado por el Santo Padre Juan Pablo II en la Encíclica Laborem exercens (n. 24), donde, al describir algunos elementos para una espiritualidad del trabajo, afirma: “Puesto que el trabajo en su dimensión subjetiva es siempre una acción personal, actus personæ, se sigue que en él participa el hombre entero, el cuerpo y el espíritu (...). Al hombre entero ha sido dirigida la Palabra del Dios vivo, el mensaje evangélico de la Salvación”. Y el hombre debe responder a Dios que lo interpela con todo su ser, con su cuerpo y con su espíritu, con su actividad. Esta respuesta es precisamente la oración. Puede parecer difícil poner en práctica un programa tan elevado. Sin la ayuda divina es ciertamente imposible. Pero la gracia nos eleva muy por encima de nuestras limitaciones. El Apóstol dicta una condición precisa: hacer todo para la gloria a Dios, con absoluta pureza de intención, con el anhelo de agradar a Dios en todo (cfr. 1 Co 10, 13)»17. Como se puede observar en este texto, Mons. Álvaro del Portillo, tomando pie de la antropología teológica de Juan Pablo II aplicada concretamente a la realidad del trabajo, sostiene una concepción globalizante de la oración, podríamos decir «personalista», donde el sujeto de la misma es la persona entera, con su cuerpo y con su alma. Por ello, cuando un cristiano realiza su trabajo profesional con perfección humana, con rectitud de intención, con y por amor de Dios, está ya haciendo oración: todo su actuar –no sólo su pensar, sino también su obrar corporal– expresa externamente la comunión de amor con Dios que existe en su corazón, y esto constituye una verdadera oración, que se podría llamar «oración de las obras», ya que en ella se ora con y a través de las obras18. A fin de cuentas, es la virtud de la caridad la que dignifica el trabajo, que sin dejar de ser trabajo en un plano humano, resulta elevado por el amor de Dios a una dimensión teologal, donde es al mismo tiempo verdadera oración. Así lo afirmaba explícitamente San Josemaría: «El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Co 10, 31)»19.

Volviendo a la trilogía antes mencionada, entendemos mejor ahora que el contenido de la expresión santificarse en el trabajo no es una mera compaginación, más o menos conseguida, entre ocupaciones temporales y vida teologal, entre el trabajo y la oración. A decir verdad, lo que allí se propone no es una yuxtaposición entre las dos realidades, sino más bien la plena unión de ambas, de tal forma que los dos conceptos llegan a identificarse. Así lo enseñaba San Josemaría: «Nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y trabajar. Porque llega un momento en que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia»20.

D. El trabajo santificado y santificante se convierte en verdadera oración contemplativa

En el texto recién citado, se apunta una nueva idea del Fundador del Opus Dei, que constituye un paso hacia delante decisivo para su proclamación de la contemplación en medio del mundo. Esta idea consiste en la afirmación de que el trabajo santificado y santificante no sólo es oración, sino también es oración contemplativa. Citaremos a continuación un texto de 1945 donde se encuentra esta afirmación: «Cuando respondemos generosamente a este espíritu, adquirimos una segunda naturaleza: sin darnos cuenta, estamos todo el día pendientes del Señor y nos sentimos impulsados a meter a Dios en todas las cosas, que, sin Él, nos resultan insípidas. Llega un momento, en el que nos es imposible distinguir dónde acaba la oración y dónde comienza el trabajo, porque nuestro trabajo es también oración, contemplación, vida mística verdadera de unión con Dios –sin rarezas–: endiosamiento»21.

Las actividades humanas nobles no constituyen para San Josemaría un obstáculo para la contemplación, por lo que no es necesario alejarse del mundo para alcanzarla. Es más, ya que el trabajo proporciona la materia para la misma, cuando más inmerso está un cristiano en las realidades temporales, más espíritu contemplativo puede y debe poseer. En 1935 escribía que la vocación al Opus Dei «nos ha de llevar a tener una vida contemplativa en medio de todas las actividades humanas (...), haciendo realidad este gran deseo: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios»22.

Vemos, pues, que lo que el Fundador del Opus Dei propone como contemplación en medio del mundo es verdadera oración contemplativa, y no una contemplación rebajada o de segunda categoría. En este sentido, escribía en Forja: «Nunca compartiré la opinión –aunque la respeto– de los que separan la oración de la vida activa, como si fueran incompatibles. Los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura»23. Y este mirar a Dios se realiza precisamente a través de los acontecimientos y circunstancias que entretejen la vida ordinaria, como escribe en el mismo libro: «Contempla al Señor detrás de cada acontecimiento, de cada circunstancia, y así sabrás sacar de todos los sucesos más amor de Dios, y más deseos de correspondencia, porque Él nos espera siempre, y nos ofrece la posibilidad de cumplir continuamente ese propósito que hemos hecho: “serviam!”, te serviré»24.

En una homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra, el Fundador del Opus Dei señalaba que es posible mirar a Dios a través de las realidades seculares: «Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (...). Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid –insisto– ese algo divino que en los detalles se encierra»25. En este mismo lugar, San Josemaría hace hincapié en que la vida ordinaria es el lugar donde se ha de encontrar a Dios: «Hijos míos, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»26. En un estudio teológico sobre esta homilía, P. Rodríguez propone como una de las enseñanzas centrales de la misma, la tesis siguiente: «Las situaciones que parecen más vulgares, arrancando desde la materia misma, son metafísica y teológicamente valiosas: son el medio y la ocasión de nuestro encuentro continuo con el Señor», y después de realizar un análisis teológico de la expresión «materialismo cristiano» empleada por San Josemaría, escribe: «La unidad entre la vida de relación con Dios y la vida cotidiana –trabajo, profesión, familia– no viene desde fuera sino que se da en el seno mismo de esta última, porque aquí, en la vida común, se da una inefable “epifanía” de Dios, particular y personal para cada cristiano: ese algo santo, que cada uno debe descubrir»27.

«“Contemplativos en medio del mundo”, unidos a Dios y reconociendo su realidad en y a través de las variadas ocupaciones y situaciones del mundo, éste es, en suma, el ideal que Mons. Escrivá propone como meta de la vida de oración»28. Se puede, por tanto, afirmar que la contemplación en medio del mundo es una modalidad peculiar de la oración contemplativa, ligada al carisma fundacional que San Josemaría recibió en 1928. En efecto, al otorgarle este carisma, el Espíritu Santo le impulsó a abrir un camino de santidad en medio del mundo, cuyo quicio o núcleo más profundo es la santificación del trabajo profesional, mediante la cual es posible ser contemplativos en medio del mundo.

5. El itinerario de la oración cristiana

Como hemos dicho anteriormente, a lo largo de la historia de la espiritualidad, algunos autores han tratado de tipificar el desarrollo de la vida espiritual en base al desarrollo de la vida de oración, y con este fin han establecido diversos grados de oración. Según ellos, la vida de oración avanzaría gradualmente, desde el grado más bajo, es decir la oración vocal, hasta el más elevado, la contemplación, de modo que la transición de un grado al sucesivo comportaría el abandono del precedente. En algunos casos, los diversos grados de oración son considerados como unos compartimientos estancos, sin contacto alguno entre ellos.

En cambio, como ya sabemos, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta una visión más dinámica de la vida de oración, al hablarnos no de grados, sino de «tres expresiones principales de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración de contemplación. Tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón»29, señalando de este modo que no hay barreras entre los diversos modos de orar.

En efecto, la experiencia de los santos muestra que no hay barreras infranqueables entre los diversos modos de orar, en el sentido de que en cualquier momento dedicado a la oración pueden coexistir las mencionadas tres «expresiones mayores» de ella.

Por ejemplo, según Santa Teresa de Jesús, la oración vocal y la mental no se pueden disociar, porque no es verdadera oración la de quien no está atento: «Porque a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios»30. La santa enseña que cuando se ora vocalmente es preciso saber lo que decimos: «Lo que yo querría hiciésemos nosotras, hijas, es que no nos contentemos con sólo eso [pronunciar las palabras]; porque cuando digo “Credo”, razón me parece será que entienda y sepa lo que creo; y cuando digo “Padre nuestro”, amor será entender quién es este Padre nuestro y quién es el maestro que nos enseñó esta oración»31.

Además, la santa de Ávila enseña que la oración vocal y la contemplación pueden combinarse bastante bien. En esa línea escribe: «Si no dijeran que trato de contemplación, venía aquí bien en esta petición [del Padre Nuestro] hablar un poco de principios de pura contemplación, que los que la tienen llaman oración de quietud; mas como he dicho que trato de oración vocal, parece no viene lo uno con lo otro a quien no lo supiere, y yo sé que sí viene. Perdonadme que lo quiero decir aquí, porque sé que muchas personas rezando vocalmente las levanta Dios a subida contemplación, sin procurar ellas nada ni entenderlo. Por esto pongo tanto, hijas, en que recéis bien las oraciones vocales. Conozco una monja que nunca pudo tener sino oración vocal, y asida a ésta lo tenía todo; y si no, ívasele el entendimiento tan perdido que no lo podía sufrir. Mas ¡tal tengan todas la mental! En ciertos Paternóster que rezava a las veces que el Señor derramó sangre se estaba –y en poco más– dos o tres horas, y vino a mí muy congojada, que no sabía tener oración ni podía contemplar, sino rezar vocalmente. Era ya vieja y havía gastado su vida harto bien y religiosamente, Preguntándole yo qué rezava, en lo que me contó vi que, asida al Paternóster, la levantava el Señor a tener unión. Ansí, alabé al Señor y huve envidia su oración vocal»32. Y, también a propósito del Padre Nuestro, afirma la santa de Ávila: «Espántame ver que en tan pocas palabras está toda la contemplación y perfección encerrada, que parece no hemos menester otro libro sino estudiar en éste»33.

También el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la oración vocal puede constituir un inicio de oración contemplativa:

«La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquel “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26). Por ello, la oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa»34.

Encontramos la misma enseñanza en los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer: «Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... ¿No es esto –de alguna manera– un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? ¿Qué se cuentan los que se quieren, cuando se encuentran? ¿Cómo se comportan? Sacrifican cuanto son y cuanto poseen por la persona que aman»35.

Por su parte, Juan Pablo II enseña que la oración vocal del Santo Rosario puede ser un camino hacia la contemplación: «El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: “Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma, y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas (…). Por su naturaleza, el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza” (Exhortación apostólica Marialis cultus, 2-II-1974, n. 47)»36.

Sobre esta oración vocal, escribe San Josemaría Escrivá de Balaguer: «¿Quieres amar a la Virgen? Pues, ¡trátala! ¿Cómo? Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! -¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios? Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar. Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?»37.

Esto es posible porque la contemplación, además de ser la expresión superior de la oración, es también una realidad dinámica, en el sentido de que constituye una dimensión de toda la vida de oración y, por consiguiente, se extiende a todas las expresiones de la oración.

La dimensión contemplativa de la vida de oración está ya presente desde el inicio de ésta, pero de manera aún muy débil, por lo que el cristiano que comienza a orar vocalmente y a meditar no es aún consciente de la contemplación incipiente, pero en la medida en que progresa en su vida de oración, comienza a prevalecer la oración contemplativa sobre las otras formas de oración, y acaba por imponerse, sin que por ello sea abandonada la oración vocal y la meditación. Cuando la dimensión contemplativa prevalece en la vida de oración, tanto la oración vocal como la discursiva o meditativa, asumen tonalidades de mayor sencillez, interioridad y recogimiento, de manera que la oración contemplativa no descarta las otras formas de oración, sino las modela y tonifica. De este modo, el estado de oración contemplativa, no es más que el predominio de la dimensión contemplativa de la vida de oración sobre otras expresiones de ésta.

En definitiva, más que de grados de vida de oración se debe hablar de tres formas o expresiones mayores de ella, teniendo en cuenta que en cada momento o situación de la vida espiritual prevalece una forma concreta de oración sobre las demás, hasta llegar a la cumbre de la vida de oración en que ésta se manifiesta principalmente como oración contemplativa.



Reflexiones pedagógicas
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