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La victoria pírrica del Comandante


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Foreign Affairs En Español

Abril-Junio 2007


La victoria pírrica del Comandante
Marifeli Pérez-Stable
Fidel Castro ha sobrevivido a 10 presidentes de Estados Unidos. A lo largo de décadas, el mayor logro de la política estadounidense ha sido reforzar su baluarte principal: la defensa de la soberanía de Cuba. Al final, la salud postró a Fidel, y su era se está apagando. El 31 de julio pasado, Raúl Castro y otros siete dirigentes asumieron interinamente los cargos que desempeñaba Castro. Desde entonces, la vida en Cuba ha seguido su curso normal y es improbable que el régimen se venga abajo luego de la despedida final al Comandante en Jefe. La sucesión ya está en marcha.
Desde el traspaso de poderes, en dos ocasiones Raúl Castro ha planteado la posibilidad de un diálogo con Estados Unidos. La administración Bush simplemente reiteró su política actual; es decir, la abstención hasta que La Habana se comprometa con una transición a la democracia. Desde el siglo XIX, la estabilidad de Cuba ha estado en la mirilla estadounidense y es evidente que, hoy, una sucesión ordenada sería su mejor garante. Además, la sucesión puede ser la antesala de una Cuba democrática. Si bien seguirán vigentes las consideraciones electorales, es hora de que las razones de Estado también dicten la política de Estados Unidos hacia Cuba.
Con todo, Cuba no es una mera víctima de la prepotencia estadounidense. En especial después del fin de la Guerra Fría, el Comandante pudo haber facilitado una distensión con Estados Unidos mediante la plena aplicación de las reformas propuestas desde la propia élite cubana. Después de todo, Vietnam emprendió sus reformas a mediados de los ochenta cuando aún padecía el ostracismo internacional por la invasión de Camboya. Hacia principios de los noventa, Europa, Canadá e, incluso, Estados Unidos ya habían normalizado relaciones con Vietnam. El mejoramiento de las relaciones entre Washington y La Habana depende no sólo de que Estados Unidos modere sus pretensiones, sino también de que Cuba le tuerza un poco la mano a Washington.
CUBA POR DENTRO DESPUÉS DE LA GUERRA FRÍA
¿Qué duda cabe de que Fidel Castro ganó la batalla a Estados Unidos? No sólo ningún mandatario estadounidense logró derrocarlo, sino que se irá a sabiendas de que su legado será, por largo rato, el faro del antiimperialismo latinoamericano. Sin embargo, es casi seguro que el Comandante perderá la batalla por el futuro de Cuba.
La historia de los regímenes comunistas arroja dos modelos: uno movilizador ejercido por Stalin, Mao y Fidel y otro institucional que primó en la ex Unión Soviética y la antigua Europa del Este después de 1956 y, sobre todo, en China y Vietnam a partir de finales de los setenta y mediados de los ochenta, respectivamente. El segundo modelo entraña una apertura económica -- radical en los casos asiáticos -- y una institucionalidad atenta a las necesidades materiales de los ciudadanos. El primero -- proclive a las batallas ideológicas y los horizontes utópicos -- fue enterrado con Stalin y Mao. La versión cubana (tampoco debe caber duda) correrá la misma suerte.
Los presupuestos políticos de los partidos comunistas en uno y otro modelo son muy distintos. Siempre y cuando la ciudadanía no entre en política, el segundo -- por la prioridad concedida a la economía -- tiende a una represión menos aguda. El primero valora la historia por encima de los seres humanos y produce horrores, ampliamente conocidos en los casos de Stalin y Mao, no así en el caso de Fidel Castro, aunque los de Cuba no registren la misma magnitud que los de la ex Unión Soviética con Stalin y la China maoísta.
En Cuba, el primer modelo predominó en los sesenta y el segundo entre 1976-1986. A mediados de los ochenta, cuando Gorbachov lanzaba la Perestroika y la Glassnot en la Unión Soviética, el Comandante cerró el ciclo reformista, aunque no retrocedió del todo al modelo movilizador de los sesenta. Sólo el desplome económico de los noventa lo llevó a poner en marcha un modesto programa de reformas que, así y todo, se quedó corto dado el conjunto de propuestas que entonces se discutieron. A saber: la legalización de las pequeñas y medianas empresas (Pymes) nacionales, la separación de funciones -- no de poderes, por cierto -- con el nombramiento de diferentes funcionarios en la Presidencia y la Secretaría General del Partido Comunista, así como la creación del cargo de primer ministro, la integración de algunos opositores a la Asamblea Nacional del Poder Popular y el cambio de nombre del partido al de Partido de la Nación Cubana.
La aplicación de reformas más amplias probablemente hubiera propiciado un ambiente internacional menos tenso y de mayor beneficio para Cuba. Eso fue lo que plantearon sectores del propio gobierno, así como la España de Felipe González y las primeras Cumbres Iberoamericanas. Una Cuba que hubiera dado indicios de apertura real habría dificultado -- quizás no impedido -- a Estados Unidos el reforzamiento empecinado del embargo de las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996). Las Pymes y la inclusión de opositores en la Asamblea Nacional, por ejemplo, podrían haber posibilitado la política de "pasos calibrados" -- una suerte de engagement -- que nunca cobró vida en el primer mandato de Bill Clinton.
No se trata de desestimar las reformas que se aplicaron. El uso del dólar estadounidense, el trabajo por cuenta propia, las cooperativas agrícolas y los mercados campesinos y artesanales representaron cambios reales. En 1995, sin embargo, el Comandante los detuvo: "Toda apertura nos ha traído riesgos. Si hay que hacer más aperturas y reformas, las haremos. Por el momento, no son necesarias". Luego de 2000, la marcha atrás se aceleró. La batalla de ideas, un nuevo frenesí movilizador, la Mesa Redonda todas las noches y las brigadas de vigilancia revolucionaria sentaron nuevas pautas políticas. Decretos fiscales, regulaciones estrictas y métodos policiacos acotaron las reformas de los noventa. En 2004, por ejemplo, unos 40 oficios -- entre ellos, los de payasos, magos, masajistas y vendedores de jabón, fabricación de ratoneras y coronas fúnebres -- se eliminaron de la lista de trabajos autorizados por cuenta propia, dando a entender que el Estado estaba en condiciones de proveer al público mejores payasos y ratoneras.
Desde 1997, el Partido Comunista no celebra ningún congreso. Si bien sus estatutos no fijan un plazo, lo normal hubiera sido convocarlo en 2002 o 2003. La razón principal de su tardanza ha sido la renuencia de Fidel Castro a discutir los serios problemas económicos que enfrenta Cuba y, en consecuencia, retomar las reformas de los noventa. Al mismo tiempo, su círculo político más íntimo, encabezado por su hermano, tampoco supo controlarlo, como sí lo hizo la dirigencia china con Mao a principios de la década de los setenta. Asimismo, la alianza entre Fidel y Hugo Chávez, su alma gemela, le ha tendido una tabla de salvación económica que, desde su perspectiva, resta urgencia a las reformas. De la misma manera, la nueva oleada populista en América Latina ha reivindicado la idea de un continente unido contra Estados Unidos. La vida del Comandante se apaga, no así su sueño.
CUBA SIN EL COMANDANTE
La proclama del 31 de julio de 2006 debe entenderse en el contexto de lo que venía sucediendo desde noviembre de 2005. Fue entonces cuando Fidel pronunció un larguísimo discurso en la Universidad de La Habana que quedaría como su herencia política. La batalla de ideas, la ética revolucionaria y un socialismo construido con instrumentos propios -- es decir, sin recurrir al mercado -- son los móviles de su legado. A lo largo del primer semestre del año pasado se dieron movimientos inusuales tras los telones del poder. En particular, llamaron la atención la restauración del Secretariado del Partido Comunista, las repetidas afirmaciones sobre el Partido como el "verdadero sucesor" y el despliegue mediático, sin precedentes, que honraban a Raúl por sus 75 años.

El gobierno pasó con nota sobresaliente la prueba de los primeros seis meses sin el Comandante. Se ha asentado una dirección verdaderamente colectiva. En septiembre, La Habana auspició la Cumbre del Movimiento de los No Alineados sin percance alguno. La Central de Trabajadores de Cuba y la Federación de Estudiantes Universitarios celebraron sus congresos. Se ha emprendido una nueva lucha contra la corrupción -- recurrente desde los sesenta -- que es vista con buenos ojos por la población. Off the record: fuentes oficiales señalan la convocatoria del congreso partidista para finales de 2007.


El discurso oficial, por otra parte, ha bajado un tanto de tono. Raúl termina sus discursos con ¡Viva Cuba Libre! y no ¡Patria o Muerte, Venceremos! Con frecuencia la telenovela de turno se trasmite en punto a las 8:30 pm en lugar de la agobiante Mesa Redonda. Resultados, vigor y transparencia parecen ser las palabras favoritas de Raúl. Afortunadamente, ni Raúl ni ningún otro sucesor es carismático y no les queda otro remedio que gobernar con miras a aliviar la penosa cotidianidad de los cubanos. Por otra parte, mantener el statu quo ante el vacío psicológico que dejará Fidel podría abocarlos al escenario nada atractivo de una explosión social.
No obstante, los sucesores aún no han pasado la prueba de fuego. Después del entierro, ¿podrán consensuar las dificilísimas decisiones que les esperan? ¿Cómo ampararían la apertura económica sin enfrentar el legado fidelista? ¿Qué harían si la población dejara de resignarse y se tornara exigente? ¿Seguirían sobre ruedas las relaciones con Venezuela? Raúl y Hugo, ciertamente, no son almas gemelas. ¿Un nuevo pragmatismo en La Habana causaría cambios en sus relaciones con el eje populista en América Latina? Si los sucesores dieran prioridad a la economía, ¿no sería lógico que la diplomacia cubana prestara más atención a las relaciones comerciales que a los encuentros antiimperialistas?
CUBA DESPUÉS DE FIDEL
La clave de la distensión con Estados Unidos está en La Habana. Si Raúl Castro abriera la economía, aunque sólo fuera rescindiendo las múltiples trabas que han mermado el trabajo por cuenta propia, puede que Washington responda. Los demócratas controlan el Congreso y es probable que fuercen el debate sobre la política hacia Cuba que la mayoría republicana impedía. Por otra parte, la desgracia de Irak podría despejar el horizonte para Cuba en Washington. John Negroponte -- subsecretario de Estado y ex embajador en Bagdad -- conoce de cerca lo sucedido en Irak y, por tanto, podría interesarse por insuflar razones de Estado a la atrincherada política hacia Cuba. Los "pasos calibrados" -- el engagement que nunca caminó con Fidel Castro -- podrían cobrar vida sin él.
La transición en Miami ya comenzó, si bien no es del todo evidente porque los primeros exiliados aún constituyen el grueso del registro electoral. Los que salieron a partir de 1980, sin embargo, hoy representan una mayoría de futuros electores que favorecerían un cambio gradual de la política estadounidense. Cincuenta y cinco por ciento, por ejemplo, rechaza las restricciones de 2004 a los viajes y las remesas, mientras 63% de los que llegaron antes de los ochenta las aprueban. La diferencia radica, en buena medida, en que unos dejaron familiares en Cuba y otros no. El envío de remesas cobraría aun más relevancia de darse una apertura económica en la Isla. La sinergia de ésta con los pequeños capitales del Miami cubano arrojaría rápidamente una mejoría del consumo cotidiano en Cuba.
Según una encuesta realizada recientemente por la firma Gallup, tres de cuatro residentes de La Habana y Santiago dijeron no estar satisfechos con su libertad para decidir qué hacer con sus vidas. A la pregunta sobre el desempeño del liderazgo, 40% respondió que no lo aprobaba. Sólo 42% opinó que saldrían adelante trabajando duro. Raúl Castro y los demás sucesores deben tomar en cuenta éstos y otros resultados de la encuesta. El fidelismo -- con o sin Fidel -- no da pie para atender siquiera las aspiraciones económicas de los cubanos de hoy. Una apertura económica exitosa recompensaría a los que trabajaran duro, daría mayores opciones a la ciudadanía y mejoraría la valoración del liderazgo. Si así fuera, el Comandante habría perdido su batalla principal, la de Cuba, incluso antes del momento prácticamente ineludible de la apertura política. Una Cuba como Vietnam -- por no decir, una en la que los cubanos convivamos en democracia -- jamás dejaría a Fidel Castro descansar en paz.


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