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La verdad (La veracidad del Dios verdadero)


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LA VERDAD

(La veracidad del Dios verdadero)

El espíritu de verdad” José Orlandis. Pag. 79 Edic. Rialp

“Creemos – dice el Concilio Vaticano I – por la autoridad de Dios revelante, que no puede engañarse ni engañarnos”. La verdad de fe es, por tanto, una verdad revelada, y su aceptación por el hombre, la adhesión que le presta con inspiración y ayuda de la gracia, descansa sobre la firme confianza que le merece el testimonio de Dios, en el que aquella verdad se asienta. La veracidad de Dios es la garantía de la verdad de su revelación.

Cosas futuras que aguardamos, realidades no evidentes, tal es el objeto de la fe, que san Pablo definió como: “Una convicción de las cosas que se esperan, argumento de las que no se ven”. Creer es prestar nuestro asentimiento, nuestra adhesión intelectual a la verdad de tales realidades. La razón por la cual creemos las verdades de fe, el motivo de nuestro asentimiento, es el testimonio de Dios que nos las ha manifestado.

Que la verdad de fe sea inevidente no significa, que la actitud del hombre que se adhiere a ella sea una actitud absurda o irracional. El hombre no cree “ciegamente”, si por eso se entiende creer con necia credulidad, por cortedad mental o sin razón suficiente. El culto que Dios espera del hombre, criatura inteligente, y singularmente el que debe rendirle a través de la más noble de sus potencias, del entendimiento, es un culto racional y razonable. Y razonable es, ciertamente, el asentimiento de la fe, por ser muy sólidos y fundados los motivos que determinan al hombre a prestarlo.

La palabra que Dios dirige a los hombres es un reflejo de la propia verdad divina. El Dios verdadero es, necesariamente, el Dios veraz, y por eso no puede engañarse ni engañarnos. La veracidad divina es, en consecuencia, el fundamento de la adhesión que prestamos a su testimonio.

Pero la veracidad de Cristo, la verdad de la revelación que transmite a los hombres, está, además, respaldada por unos signos visibles – la profecía y el milagro -, que son las credenciales del Señor ante el mundo, la garantía tangible de la doctrina que enseña, la señal divina de la autenticidad de su misión, que hace razonable la confianza en su testimonio y justifica plenamente la fe que el hombre debe otorgar a su palabra.

Hemos dicho que la confianza que merece el testimonio de Cristo es el fundamento razonable de nuestra fe. Pero al decir Cristo queremos significar también al Cristo místico viviente en el mundo hasta el fin de los tiempos, esto es, la Iglesia. A ella confió el Señor, el tesoro de las verdades religiosas que el Padre quiso comunicarnos por su mediación. Para que este depósito, destinado a todos los hombres de todos los tiempos, se conservara siempre pleno e incontaminado. Cristo creó expresamente el magisterio eclesiástico, “encargado de guardar toda su integridad las automanifestaciones divinas”.

Fe en Cristo implica, por tanto, fe en la Iglesia, que garantiza, precisamente, la genuina recepción de la verdad divina.

¿Por qué no crees – escribe san Teófilo de Antioquía -. ¿Ignoras, acaso, que en todas las cosas la fe tiene que ir por delante?, ¿qué labrador puede recoger la cosecha, si no confió antes la simiente a la tierra? ¿O qué viajero puede cruzar el mar si antes no cree en el piloto o el capitán? ¿Qué enfermo puede curarse si no se confiara al médico? Pues si el labrador cree en la tierra, el viajero en el piloto, el enfermo en el médico, ¿por qué no quieres creer y confiar en Dios, de quien has recibido tantas y tan insignes pruebas de que merece tu crédito?



“¿Quién será tan insensato o, más aún, tan demente – escribe Teodoreto – que dude de las enseñanzas del Dios del universo y no dé crédito a sus palabras?


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