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La trayectoria poética de eloy sánchez rosillo


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LA TRAYECTORIA POÉTICA DE ELOY SÁNCHEZ ROSILLO


POR ANGEL MANUEL GÓMEZ ESPADA
1. ELOY SÁNCHEZ ROSILLO Y LA GENERACIÓN DE LOS SETENTA.
La década de los años 70 se inicia en España todavía con el resonar estrepitoso y el eco que el 68 francés produjo en una nación golpeada por una dictadura militar, que pretendía dar una imagen de fortaleza infranqueable, pero a la que se le presumía una pronta extinción, por la salud de su máximo exponente y la búsqueda en la Monarquía de un posible sucesor.

Dentro de la poesía, confluyen cinco generaciones poéticas, que crean y publican al mismo tiempo: poetas del 27, de la generación de posguerra, de la generación del 50, y dos nuevas generaciones que se entremezclarán en el tiempo, que surgen durante los mismos años, pero cuyos principios serán desiguales por completo.

En 1970, aparece en el ámbito literario una antología de poesía, que rompe los moldes que habían sido establecidos por las generaciones poéticas precedentes, sobre todo las que habían surgido tras la posguerra. Jose María Castellet publicaría Nueve novísimos poetas españoles1, con autores como Manuel Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, José María Álvarez o Leopoldo María Panero.

Esta poesía joven se decanta por una huída de la realidad nacional. Frente a la poesía social, que se enfrentaba abiertamente contra la situación política, los denominados novísimos optan por una vuelta a las vanguardias que habían ido apareciendo a principios de siglo. Existe, pues, un renacimiento del surrealismo, concentrado en las figuras de Ezra Pound y Eliot. Su objetivo primordial era marcar una postura que se decantara por el rechazo a la poesía que en España se había venido haciendo hasta 1966, año en el que se publica Arde el mar, de Gimferrer, poemario primordial para los novísimos. De ahí que Castellet dejara bien claro, en el prólogo de su antología, que se había guiado por los poetas que manifestaban en su quehacer poético esa ruptura, descartando a los que no la representaban.

Estos jóvenes, empapados por las circunstancias que rodean a la nueva Europa, optan por ese tipo de lenguaje decadentista. Y emprenden la búsqueda, en ocasiones demasiado afanada, de un nuevo esteticismo a la manera del maestro Pound, resguardándose en un lujo verbal modernista.

Este movimiento, dejó pronto de ser noticia. Su fulgurante éxito tras la aparición de la antología de Castellet devino en una serie casi infinita de epígonos, que se dedicaban a reproducir las mismas innovaciones que los Álvarez, Carnero y compañía habían introducido recientemente. Y éstos, hastiados de las dimensiones que habían tomado, a partir de 1975 decidieron quedarse al margen de sus extravagantes postulados, iniciando nuevos rumbos personales en su poética.

Sin embargo, el movimiento neovanguardista aún pervive, gracias al auxilio que le ofrecen una serie de epígonos que se dan a conocer en los primeros años de los setenta. Antonio Colinas, Jaime Siles, Luis Alberto de Cuenca o Luis Antonio de Villena son los más laureados. Tales poetas continúan la revolución metalingüística y mantienen sus postulados en un preciosismo verbal, un irracionalismo poético, un culturalismo hermético y experimental, una metapoética reflexiva.

Pero a partir de 1975, alternativamente a la propuesta novísima, comienzan a ver la luz poemarios que poco o nada tienen que ver con esta actitud, y sí más con la generación poética anterior. Van apareciendo una serie de poetas jóvenes, de modo individualizado, y no colectivo, como sucediera con los novísimos. Han nacido en la misma época que los novísimos y publican a finales de la dictadura franquista, pero que se quedan al margen de los postulados novísimos, y por tanto, son ignorados: Juan Luis Panero, Jorge Justo Padrón, Aníbal Nuñez, Clara Janés, Álvaro Salvador, César Antonio Molina o Maria Victoria Atencia.

A este segundo grupo se le unirá una serie de autores que comienzan a publicar en plena transición, confirmando que el reinado de los novísimos ha llegado a su fin, que ya no hay epígonos y que el surrealismo y el resto de las vanguardias han sido devueltos al cajón, para dar paso a la reivindicación de ciertos poetas del 27 y del 50. Esta nueva promoción se verá catapultada por la aparición de la antología Las voces y los ecos 2. En ella, se reúnen una serie de poetas que podrían haber abrigado la estética novísima por su fecha de nacimiento, pero que por su rechazo a éstos y su tardía publicación no han podido hacerse un hueco. Se decantan por un cerrar la página, olvidándose de esa estética ostentosa, y dando un vuelco, regresando a las tradiciones. Así lo indica Miguel d'Ors en el cuestionario que se les pedía a los poetas en dicha antología: "No tengo casi nada en común con los poetas que se suelen considerar más representativos de mi generación, dado que lo que yo entiendo por primacía del lenguaje no se parece en nada a lo que entienden ellos" 3.

Además de la extensa nómina que se inicia en Las voces y los ecos - poetas que han nacido entre 1939 y 1953 -, a medida que avanza la década van publicando otros poetas, que nacen en la franja 1953-1963. ¿Cómo englobarlos a todos en un mismo movimiento generacional? ¿Qué rasgos podríamos distinguir en ellos para hacer posible esa globalización?

Las tendencias en las que suelen coincidir la mayoría de los críticos que se han atrevido a realizar distinciones y semejanzas son: a) una poesía neopurista, conceptualista, también llamada poesía del silencio o minimalismo; b) una poesía de corte surrealista; c) y la tendencia que tuvo más vigencia en este período, aquella poesía que se ha venido a llamar poesía de la experiencia, o poesía figurativa.

De la poesía de la experiencia española de la década de los ochenta se dice que es aquella que se basa en un lenguaje conversacional, que se ve inmersa dentro de un ámbito urbano, que su horario favorito será el nocturno y, por último, que subsiste para contar simples anécdotas biográficas.

Esta tendencia poética se caracterizará por una búsqueda interior. Búsqueda que se refleja en un intimismo que condensa un profundo manifiesto de contenido anímico. El poeta se preocupa por vincularnos a su experiencia personal. Para ello, busca la fórmula más adecuada con la que poder contarnos todo aquello que acontece a su alrededor: recurre a las reflexiones, o bien, a las confidencias autobiográficas. Muchas de estas anécdotas de su propia biografía traen consigo un distanciamiento, cuya manifestación puede darse a través de la ironía y el humor, o mediante la sustitución del yo poético por una segunda o una tercera persona verbal.

Con ello, se logra en el poema un culturalismo implícito, que contrasta con el realizado por la estética novísima debido a que éste se halla plenamente vinculado con la materia o el tema poético. Dicho culturalismo interno choca con la utilización de un lenguaje normal y preciso, limpio lo máximo posible de rebuscadas metáforas imposibles o excéntricos artificios que conducen el poema a un callejón sin salida. Ello devendrá en un narrativismo claro, con el objeto firme de establecer una comunicación nítida con el lector.

Un ejemplo explícito de lo dicho anteriormente, lo hallamos en una rápida hojeada a los títulos de los poemarios de Sánchez Rosillo: Páginas de un diario, La vida, Las cosas como fueron o Autorretratos.

Si, como hemos dicho, esta tendencia estética va consolidándose en la década de los ochenta es por la preferencia de los poetas más jóvenes, que van adentrándose en esta opción poética. Nombres como los de Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Juan Lamillar, o los más jóvenes, Carlos Marzal y Vicente Gallego, se dejarán engatusar y continúan esta tendencia.


2. MANERAS DE ESTAR SOLO O LA JUVENTUD DE LA ELEGÍA.
Maneras de estar solo es un poemario que asombra desde el primer momento. Una de las bazas más importantes para que el lector se asombre es la madurez que el joven poeta ha vertido en cada uno de los versos. Se divide el libro en tres partes. La primera llevará por título “Acerca de la palabra”, donde se incluyen dos poemas que ya son todo un catálogo de intenciones: “El poeta” y “El poema”.

En "El poeta" ya configura esa imagen del hacedor de versos que ha sido designado por manos divinas:


Te han señalado a ti porque adivinan

que eres la rama verde, el tiempo nuevo

en el que su decir se continúa:

[...] Tu destino es buscar lo que se esconde

tras la espesa corteza de los días, (...) 4
El poeta se transforma así en un dios minúsculo, alguien a quien le ha sido otorgado el poder suficiente para igualar con sus palabras la magnificencia del mundo, de la vida en sí. Mas ese don conlleva una búsqueda angustiosa, un ofrecerse a la poesía en cuerpo y alma.

Esta visión del poeta como buscador inagotable de la palabra se refuerza con la lectura de "El poema". En él se describe el encuentro entre el poema y el poeta. Será un tropiezo fortuito que se escucha en la incertidumbre del sueño. El poema se forma poco a poco, y es dado a la vida en el momento exacto en el que el poeta, poseedor fortuito del don de la palabra, lo nombra. Una vez las cosas son designadas, se crea el poema, la recompensa que justifica la vida.


La segunda parte, “El mar y las sombras”, el poeta nos describe un diálogo interior, en el que coexiste esa incertidumbre de la palabra con ese deseo de viaje, de peregrinaje hasta encontrarla. El mar se convierte así en el símbolo del final del viaje, de la búsqueda. Y ese final de viaje también provoca la soledad irremediable del poeta, que, una vez que es consciente de que ha sido elegido, entiende que el camino de la poesía conlleva la más absoluta de las soledades: la soledad del creador.


Por último, en “Cuerpo recordado” es donde el poeta ahonda más a la hora de explicarnos el porqué de esa soledad en la que se halla inmerso. El juego de los poemas amorosos que se incluyen al final del poemario es la recreación que hace el poeta para admitir esa soledad permanente que el deseo de ser poeta le ha impuesto. Esa soledad es una elección, una manera de ser, una razón de ser. Y, dentro de esa soledad, hay una vía escapatoria, una salida que es la palabra y su fuerza de hacer revivir en cualquier momento los momentos que fueron felices, aunque ya estén perdidos para siempre.

Gusta el murciano de dar comienzo a sus libros con un poema que verse sobre el oficio de poeta. También ocurrirá esto en sus libros posteriores. El poema se convierte en esa búsqueda, aunque se haya pasado de esa ansiedad dentro del laberinto a una espera paciente; también el poema es un alto don del cielo. Nos presenta con este tipo de poemas, pues, algunos apuntes sobre su manera de ver y entender la poesía: un regalo celeste que se le brinda para cantar a la vida. Cantarla y revivirla desde las palabras surgidas de su pluma. La poesía como reconstrucción de la vida y el mundo perdidos, como razón de ser:

El oficio de poeta es el tema que ha acompañado a toda su producción poética. Junto al tema del paso del tiempo es el verdadero leit-motiv que puebla sus poemarios. Ambos motivos deben recorrer al unísono caminos iguales, porque el poeta envejece y su poema se va transformando a medida que la visión del mundo del poeta cambia con el discurrir del tiempo. No es sentida la poesía de igual manera por el primer Rosillo que por el último. Hay una evolución depuradora que implica una maduración paralela.

En los tres primeros libros no sólo hay una apertura dentro del tema metapoético, sino también hay un cierre, con el que se busca una circularidad patente dentro del libro. En estos tres poemarios aparece esta construcción circular, de apertura y cierre, con los pares: "El poeta" y "Camino del silencio" (Maneras de estar solo); "Otra vez el poema" y "The rest is silence" (Páginas de un diario); "Todo tendrá sentido" y "Final" (Elegías).

Este poema-epílogo sirve como guiño a ese lector que supone detrás de sus versos. Calla para dejar paso al silencio, al lector. Ello repercute en el reconocimiento de que su obra ya le es ajena, que nada de lo que ya dicho en esas páginas le pertenece. La labor del poeta ha terminado. Una vez que se desprende de sus versos, dejan de ser suyos. En "Final" lo explicita de la siguiente manera:
Pasará mucho tiempo, y acaso cuando leas

alguna vez los viejos poemas de este libro,

dirás que son de otro, que quien los escribiera

es alguien que muy poco se parece a ti mismo. 5


El tiempo, viene a decirnos Sánchez Rosillo, te lo ha de quitar todo. Mas es consciente de que su palabra y su poesía perdurarán. Será lo único que perdure cuando ese Tiempo venza al autor.

Otro de los rasgos que la crítica ha señalado en la poesía de la experiencia ha sido el distanciamiento poético con el que juega el poeta fingidor a la hora de mostrarse en sus versos. Esta característica va hermanada a la poesía de Sánchez Rosillo desde su primer libro, aunque cabe distinguir una clara evolución en su tratamiento de la ficcionalización del yo poético. El sujeto poético no coincide, no se puede llegar a identificar al cien por cien con el que escribe. Se busca una identidad fabulada, un personaje al que se le imponen una serie de experiencias, ora vividas, ora imaginadas.

El desdoblamiento del poeta se toma desde varias ópticas:

Una de ellas es el poema del yo desplazado, bien utilizando la segunda o la tercera persona. En Maneras de estar solo, Rosillo tiende a ayudarse tanto de la una como de la otra. Que nos sirvan de ejemplo, los dos últimos poemas del libro. Si “La canción” está escrito en tercera persona, “Camino del silencio”, estará en segunda.

En el caso del empleo de la segunda persona, lo que Bousoño había llamado el tú-testaferro, el poeta sólo quiere hacer un trasvase gramatical del yo, lo que le vale de excusa para introducirse en un diálogo interior, donde él mismo se aconseja, se advierte, se reprocha o se conmina. Con ellos, el poeta se desdobla como ante un espejo. Así, en “Diciembre”:
Se acaba el año y casi nada hiciste

de lo que en este tiempo, vagamente,

te proponías hacer. Pero has escrito

unos cuantos poemas.

(Sé sincero

y di que lo demás no te importaba.) 6

Cuando acude a la tercera persona será para que entendamos mejor ese desligamiento que el poeta tiene claro entre el Eloy-hombre y el Eloy-poeta. Aunque sea consciente de que el uno sin el otro no pueden darse, existe en su poesía una clara diferencia entre ellos. Así, en “Acaso es tarde”:
Al releer un día los versos que había escrito

cuando era adolescente, y los que luego

le deparó su juventud primera,

sintió rubor y angustia. Y dio a las llamas

los cuadernos de entonces.

(...) Ahora querría

decir lo que allí viera, lo que vivió y no supo

expresar en sus versos.

Pero ha olvidado mucho. Acaso es tarde. 7
Distanciamiento evidente entre el primer Eloy, joven poeta inexperto, y el Rosillo que se describe en el poema, que es incapaz de recuperar o sentir lo vivido por el joven aprendiz. Si se trasladara a la primera persona, el sentimiento elegíaco de pérdida que penetraría en el poema impediría al lector entender la enseñanza que quiere hacernos comprender el murciano: los dos Sánchez Rosillo que aparecen tampoco ya tienen mucho que ver con el autor de estos versos, ya que ambos, de alguna manera, ya han sido, han pasado.

Este procedimiento de desplazamiento del yo poético se asimila en la poesía de Sánchez Rosillo con el poema histórico-analógico. En dichos poemas, el sujeto poemático suele ser un personaje histórico generalmente alejado del tiempo del autor, y al que se le enfrenta con un determinado momento importante de su vida.

Como veremos, no ha sido normal a lo largo de su trayectoria este tipo de poemas. Sólo se han visto incluidos en Páginas de un diario y en La vida. Dirá el propio autor en varias ocasiones que a causa de la frecuencia con la que el resto de sus compañeros abusó de ellos. Sin embargo, encuentra la crítica una maestría por parte del murciano a la hora de afrontar este tipo de poemas, bien sea tratándose del monólogo dramático, donde es el propio personaje quien habla [Melville, Meleagro de Gándara, Leopardi, César Frank, Paris], de un tratamiento en tercera persona [Ramón Gaya, Donizetti], o de una estructura similar a la del yo-desplazado, donde Rosillo se dirige a una segunda persona, que es el personaje [Goya]. En estos poemas, Rosillo se refleja en personajes que son afines a él, que le han acompañado siempre. A través de ellos, en determinados momentos puntuales de su vida, el autor nos refleja sus miedos: la derrota del artista ante el tiempo y la única posibilidad de su obra como manifiesto y triunfo.
3. LAS PÁGINAS DE LO VIVIDO. LA MEMORIA COMO SALVADORA DEL MUNDO PERDIDO.

Sánchez Rosillo ha construido dentro de la infancia y la juventud un mundo edénico, al que recurre habitualmente en su poesía, siempre que el presente le abotarga con sus pesadas insignificancias. Una forma de evasión de esa cotidianidad que le inunda, le pesa, le traspasa por su alto contenido apático.

En Rosillo el ambiente urbano es secundario. Forma parte del trasfondo en el que se borda el poema, pero nunca se erige como protagonista. La ciudad representa para el poeta murciano el hastío, el trabajo - en alguna ocasión ha declarado que no es un profesor vocacional -, la monotonía, la responsabilidad, el invierno, el acortamiento de los días, la negación de luz.

La infancia de Sánchez Rosillo son recuerdos de una acacia, y de la casa en la que ésta se encontraba. Como nos recuerda García Montalvo, esa casa de campo en la que el poeta solía pasar las temporadas estivales, está presente en todos sus libros. El poeta no tiene otro refugio para evadirse de la realidad que el pasado. Opta por el único consuelo que le queda: viajar mediante la memoria al paraíso recuperado de la infancia o la adolescencia, donde se hallan los lugares que él más ha amado en el pasado, su particular locus amoenus.

Esta incursión en uno de los grandes espacios poéticos de Eloy Sánchez Rosillo creo que es conveniente, puesto que ese espacio real, concreto se convertirá en un espacio idealizado dentro de la poesía del murciano. Un espacio que ha pasado de ser concreto a estar idealizado con la ayuda incuestionable del tiempo y la memoria. El tiempo, como hacedor de una erosión permeable, que deviene en pérdida tangible de esos veranos; la memoria como medio de transporte para alcanzar ese espacio idílico. Esa casa, residencia veraniega del poeta, es la protagonista de poemas dispersos por toda su obra: "La casa", "La acacia", "Retrato del poeta adolescente", "De las cosas del campo", "Casta Diva", "Infancia", "Las nogueras", "La siesta", etcétera. Es la referencia espacial del autor cuando su memoria le lleva al recuerdo de veranos pretéritos, inmersos en su infancia o adolescencia.

Cualquier momento es válido para viajar a ese tiempo pasado. En "Las Nogueras", poema perteneciente a Elegías, un simple paseo con un amigo es la excusa de la que se sirve para ese otro paseo. El aburrimiento y el hastío de los hechos más simples e intrascendentes sirven como invitación a ese traslado temporal de la memoria. Sánchez Rosillo ve con nitidez, revive sensaciones y escenas. Tal es la intensidad de estos hechos que de igual manera se mudan al papel. El paso al papel de esos recuerdos es otro momento de júbilo para el poeta.

recursos muy peculiares, conforman el estilo poético del autor.

4. EL PASO DEL TIEMPO.

Como ya hemos dicho en anteriores ocasiones, éste será el tema que, conforme ha ido avanzando en su trayectoria poética, Sánchez Rosillo más ha tenido en cuenta. La cercanía de la juventud provoca el irracionalismo en ese aspecto, pero la consecución de los años provoca que la presencia de este tema tradicional se haya multiplicado en los libros últimos - Autorretratos y La vida. En ellos, la poesía se vuelca aún más, si cabe, hacia un intimismo renovado, con más ansias por exteriorizarse, por decirnos lo que siente, por mínimo que esto sea.

A cierta edad todo comienza a revalorizarse. En Rosillo cualquier detalle temporal, por menudo que pueda parecer en una simple hojeada, se vuelve principal. Por ello, la entrada en la franja vital de la cuarentena, supone para el poeta nuevas incertidumbres, nuevos miedos. ¿Qué ocurrirá con los viejos? Se agigantarán, terminarán por hacerse compañeros de fatigas y tardes.

La presencia del poeta Horacio es importantísima en la poesía elegíaca de Sánchez Rosillo. Hay en el murciano una recuperación del fugit irreparabile tempus, al que dota de una renovación del significado, ya que lo practica desde diversas ópticas y puntos de vista. Uno de los más recurrentes es la melancolía confusa por la dicha que provoca el recordar los paraísos que se han dejado en la infancia o la adolescencia. Momentos que con el paso del tiempo se han ido recubriendo por una serie de motivaciones especiales, que hacen de su revivir un goce nostálgico, una auténtica elegía. Momentos simples como la lectura de un libro, la visión de un rayo de luz reflejándose en una vieja pared cuando la tarde ya agoniza, la oportunidad de disfrutar de nuevo con ese disco de música predilecto o una vieja canción no oída desde hace años, la hermosa contemplación de esa acacia que resuena en cada uno de sus poemas infantiles y que en las mañanas estivales contemplaba desde su habitación:

En la poesía que iniciará a partir de su poema "Nel mezzo del cammin", aparece la problemática de dos temas que acompañan siempre al paso del tiempo: la vejez y la muerte. Temas que se dan en Elegías de manera superficial, pero que se van agudizando con el pasar de los años en sus siguientes libros. Reaparecen así con más fuerza y vigor temas tradicionales: el carpe diem, el ubi sunt?, el collige virgo rosas... En Eloy Sánchez Rosillo la tradición horaciana y, por ende, greco-latina, clásica, pesa lo suficiente como para que el tratamiento sea de corte netamente tradicionalista. El uso del carpe diem en el poeta murciano aparece como sustrato poético con frecuencia en Autorretratos.

La óptica particular que el poeta nos ofrece es un tanto llamativa: no hay mejor fórmula para el goce de la vida que la de capturar y perpetuar los instantes dichosos en la retina, codificándolos para siempre en la memoria. Porque nada será igual, no habrá futuras repeticiones. El momento o se apura o se pierde irremediablemente en el olvido.

Por el contrario, lo cotidiano para el poeta es una sutil condena que suele aturdirle. El vulgar acontecer de los días se convierte en un símbolo negativo, de un pesimismo rebosante, una suerte de muerte en vida. No debe sorprendernos, por lo tanto, que Rosillo asocie en "Septiembre" esa vulgaridad de vivir con la vuelta a la ciudad, representación de un entorno que le aleja de los ambientes como el campo o la playa, vivificadores en cuanto hacen más tangible un posible retorno al paraíso perdido de la infancia. La vuelta a la ciudad significa la caída del otoño y el devenir del invierno, símbolo de la negación de luz y, por tanto, del reino de la no-vida. Pues el poeta comprende, con la venida del reino de la noche, de las sombras (tal es la significación del invierno para esta apasionado amante de la luz mediterránea) que el cambio brusco de estación, que el giro esquivo del otro tiempo, el meteorológico, lleva implícita una nueva victoria del Tiempo, dentro de esa lucha particular con el ser humano.

"Envejecer" describe a la perfección cuál será el proceso que provoca la vejez, esa agria sensación de pérdida, esa negación reiterativa que el júbilo del verano provoca en él, incapaz de emocionarse como antaño, de preservar esos momentos irrepetibles. Como él dice, se inicia un lento y agotador desposeimiento. Pero ese desposeimiento impuesto por la vida no es aquel que le ha acompañado siempre, ese que le arrebataba las imágenes, los instantes felices y le obligaba a refugiarse en el círculo de la memoria, que le empujaba hacia el folio en blanco. Este desposeimiento es el más terrible, es el que inclina la balanza finalmente a favor del lento, pero inexorable, correr del tiempo. Por ello, los versos finales abandonan toda esperanza, el tono elegíaco se pierde por completo, pues ya no hay nada que se pueda cantar con el mismo entusiasmo:

El tiempo no

quiere soltar su presa, y va ganando

terreno el deterioro en la indigencia

de un hombre al que se acerca, ineludible,

el momento fatal de la derrota. 8
El tema de la muerte es la consecuencia lógica de un hombre apesadumbrado por la idea del paso del tiempo. Junto a ella, todo se pudre, se marchita, cae en el olvido. Hasta Autorretratos, Sánchez Rosillo a través del monólogo dramático extrapola sus angustias biográficas, trasvasa esos temores suyos a otros, pues su óptica de la muerte aún se halla un tanto velada por su juventud.

En Elegías la muerte está igualmente presente, pues en ningún momento le abandona, a pesar de su ausencia física, de que no se la mencione. El paso del tiempo y sus efectos son los peldaños que vamos ascendiendo hasta llegar a ella. La muerte se halla, por ejemplo, en "Epitafio", palabras que, como su título indica, han sido escritas con la función exclusiva de enseñarnos que él ha comenzado ya a reflexionar y preocuparse por su propia muerte. En "Palabras para entonces" la ficcionalización del momento descrito se adivina por los tiempos verbales de los primeros versos, ya que están en futuro. El momento en el que alguien, una vez desaparecido él, tenga la oportunidad de hacer resucitar su espíritu a través de la palabra y la lectura. Así habrá vencido al tiempo y a la muerte.

Pero quizás por esa alegría que invade a los versos elegíacos de este poemario, la fatídica señora no resalta tanto como en Autorretratos o La vida. En el primero de estos dos libros mencionados, la muerte ya no es un concepto abstracto, una metáfora. Ni tan siquiera ese hecho fatal que le ocurría a otros. Tampoco la consecuencia lógica del paso del tiempo. En Autorretratos es una compañera de viaje incómoda, que provoca cierto malestar y angustia. Se ha personificado, convirtiéndose en "La intrusa".

Como algo inmanente al ser humano, Sánchez Rosillo no puede dejar de hacerla partícipe de su poesía si quiere lograr unos autorretratos fiables. Si en "Nel mezzo del cammin" hablaba de haber consumido probablemente la mitad de sus días, resulta evidente pensar que, a partir de Autorretratos, el poeta murciano es consciente de que ya se ha iniciado ese declive hacia el último momento. Por lo tanto, es lógico que el tema de la muerte se haga más particular, más propio y algo cotidiano en sus versos.

En "El tiempo" reitera su cansancio. La muerte está presente en ese cuarto al igual que en "Este abril". Aquí, sin embargo, no es una alucinación, sino una recreación de su pensamiento reflejándose en la escritura. La idea de que el paso del tiempo concluya, además de con las cosas perecederas, con las que, en apariencia, acreditamos como desafiantes al tiempo, es el basamento de este poema.

También en La Vida, pese al título contundente, la muerte se encuentra en cada esquina. No sólo eso, sino que además se acrecienta, se le añaden nuevos símbolos. Poema capital sobre este tema parece "En mitad de la noche", donde por primera vez aborda directamente el momento de la muerte de un ser querido. En este caso, su padre. La muerte ha pasado de ser una intrusa a ser algo con lo que el autor cuenta, pues ha alcanzado la edad de la persona que le enseñó los dramáticos efectos que ella produce. La muerte ahora ya no es una compañera, sino que se ha convertido en una parte de él.

Paradójicamente, La Vida lleva el tema de la muerte en sí misma. Pues tal como nos recuerda Sánchez Rosillo en "Melancolía", "... en la semilla / de cuanto llega a ser / la muerte está escondida." 9

Y es cuando el poeta se plantea qué nos queda en la senectud, ese lento deambular dentro del laberinto, en cuya salida lo único que nos aguarda son los brazos de la muerte La respuesta de Rosillo parece sencilla: la vida en sí. Así de sencillo, pero el murciano consigue, con esos chispazos de luz intensamente transportados al papel en blanco, que la vida sea más llevadera y, por supuesto, engrandece la poesía española realizada en este fin de siglo, con esa visión tan mediterránea y universal del poeta de la luz como dadora de vida, la luz como manantial y fuente de inspiración. La luz. Siempre la luz.




NOTAS
(1) Jose María Castellet, Nueve novísimos poetas españoles, Barral Editores, Barcelona, 1970.

(2) Jose Luis García Martín, Las voces y los ecos, Madrid, Júcar, 1980. La nómina es la siguiente: Justo Jorge Padrón (Las Palmas de Gran Canaria, 1943); Pedro J. de la Peña (Valencia, 1944); Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951); Miguel D'ors (Santiago de Compostela, 1946); Carlos Clemetson (Córdoba, 1944); Jose A. Ramírez Lozano (Nogales - Badajoz -, 1950); Andrés Sánchez Robayna (Santa Brígida - Las Palmas -, 1952); José Gutierrez ( Nigüelas - Granada -, 1955); Francisco Bejarano (Jerez de la Frontera, 1945); Fernando Ortiz (Sevilla, 1947); Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948); Manuel Neila (Hervás - Cáceres -, 1960); Victor Botas (Oviedo, 1945); Abelardo Linares (Sevilla, 1952); Julio Alonso Llamazares (Vegamián - León -, 1955).

(3) Idem, pp. 130.

(4) Eloy Sánchez Rosillo, Las cosas como fueron, La Veleta, Granada, 1995, segunda edición revisada por el autor. De esta edición sacaremos todas las referencias a la hora de hablar de la producción poética del murciano hasta 1996, p. 17 .

(5) Idem, p. 172.

(6) Idem, p. 168.

(7) Idem, p. 143.

(8) Eloy Sánchez Rosillo, La Vida, Tusquets, Barcelona, 1996, pp. 75-7.



(9). idem, pp. 49-50. [1996]


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