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La sociedad justa de John Rawls Flavio Álvarez Eduardo Álvarez Mosquera (*) Introducción


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La sociedad justa de John Rawls
Flavio Álvarez

Eduardo Álvarez Mosquera (*)


1. Introducción
No hay manera de exagerar la importancia que ha tenido la publicación de la “Teoría de la justicia” (de ahora en adelante: TJ) de John Rawls en 1971. Testimonio de esto es el gran revuelo que se originó alrededor de ella. Ha sido editada cientos de veces, se la tradujo hasta al chino y al coreano, y por si fuera poco, nada menos que algo así como cinco mil libros fueron publicados con el fin de explicar o criticar lo que allí se decía. Y aún más, ningún campo del saber -llámese moral, política, derecho, economía, filosofía, etc.- se sintió ajeno a ella. Al contrario, a cada cual le sirvió como nutriente para cuestionar y replantear desde otro lado los viejos problemas de la justicia, la libertad y el bien.

Esto, aunque parezca mentira, le ocasionó bastantes problemas a Rawls. En efecto, el que se generara un debate apasionado y abierto, en el cual terminó interviniendo todo el mundo, obligó a Rawls a precisar y hasta a corregir algunos de sus puntos de vista. Primero a través de conferencias a lo largo de los 70 y de los 80, y luego por medio de la presentación de obras ‘satélites’, entre las cuales quizá la más importante sea el “Liberalismo político” (de ahora en adelante: LP) de 1993.

Pero ¿por qué todo ese alboroto en el mundo intelectual?. ¿En dónde reside el valor de ese texto del cual todos hablan?. A modo de avance, aventuremos al menos tres de las virtudes que se le asignan al planteo de Rawls. La primera consiste en que TJ es novedosa. Hace su aparición en un escenario monocromático en donde reinaba el utilitarismo. Con ella, se abre una nueva opción. Ya no se trata de buscar la mayor felicidad para el mayor número de personas posible; su horizonte será determinar cómo tiene que ser una sociedad para ser una sociedad justa. Otra virtud es la de constituir un intento de superación del viejo liberalismo y su tradicional dicotomía entre libertad e igualdad. En verdad, con TJ, Rawls intenta lograr lo que el liberalismo no pudo hacer. Para él, la libertad y la igualdad pueden y deben coexistir. Y la tercera, que es de índole práctica. Rawls está convencido de que puede construirse una sociedad justa. O lo que es lo mismo, que se puede convencer a personas libres e iguales a que cooperen entre sí (Cárcova, 2003).
2. Teoría de la justicia de Rawls
Sentado esto, va de suyo que tantas virtudes no han salido de la nada. Por el contrario, reposan, como dice Zambrano (2000), en dos niveles de análisis diferentes pero complementarios que hace Rawls. El primero tiene que ver con los fundamentos que debería reunir cualquier concepción de justicia; el otro, con los argumentos que probarían que la justicia entendida como equidad es la mejor concepción política y liberal de que se puede disponer. Comencemos con el primer punto.
2.a. Principios de justicia
Rawls parte de un hecho: las democracias liberales modernas son pluralistas. Esto quiere decir que están constituidas por individuos que tienen intereses diferentes, ideas bien distintas de lo que es bueno y malo, y que por eso mismo es natural que entren en conflicto. En suma, lo que Rawls está reconociendo es que en las democracias liberales modernas necesariamente hay injusticias. Y ¿qué hacer entonces?. Cambiar la sociedad, y para ello es vital poder establecer principios que posibiliten que las sociedades liberales modernas sean sociedades justas. Ese es el programa inicial de Rawls.

Pero ¿cuáles serán esos principios?. Rawls menciona dos: el principio de libertad y el principio de diferencia.

El primer principio lo define en los siguientes términos: “Cada persona ha de tener un derecho igual al esquema más extenso de libertades básicas que sea compatible con un esquema semejante de libertades para los demás” (TJ: 67). El segundo lo expresa así: “Las desigualdades sociales y económicas habrán de disponerse de modo tal que sean tanto (a) para el mayor beneficio de los menos aventajados, como (b) ligadas con cargos y posiciones asequibles a todos en condiciones de justa igualdad de oportunidades” (TJ: 88). Y ¿qué quiere decir todo esto?

Vayamos al principio de libertad. Como puede observarse, se trata de una cuestión de derecho individual. Con él se establecen varias cosas. La primera, que hay un mínimo de libertades para cada cual. En segundo lugar, que ese mínimo es compatible con la libertad de los demás. Tercero, que ese mínimo debe ser lo más extenso posible. Y cuarto, que es innegociable, por lo cual alcanza a todas las personas sin excepción.

No obstante, después de esto a Rawls le queda por resolver un problema, el de determinar cuáles son esas libertades mínimas individuales. A esto se refiere en LP cuando dice que:

(i) hay que definir derechos, libertades y oportunidades,

(ii) hay que jerarquizar esos derechos, esas libertades y esas oportunidades, teniendo en cuenta el bien general y los valores de perfeccionamiento, y

(iii) hay que generar medidas para que todo eso pueda ser usufructuado por todas las personas.

En otras palabras, lo que propone Rawls es confeccionar una lista de derechos, libertades y oportunidades para todos los miembros de las democracias liberales modernas, y hacerlas operativas. Pero ¿es lo mismo esta o aquella lista?. No, no toda lista de libertades sería capaz de garantizar la libertad de todas las personas. Entonces, ¿cuál es la mejor para Rawls? La mejor es la que pueda justificarse ante toda la sociedad. Y ¿de dónde podrá venir esa justificación?. De la opinión pública, que será la razón de los hombres libres e iguales.

Pasemos ahora al principio de diferencia, que sin duda ha sido el más discutido. Con él, lo que hace Rawls es reconocer y aceptar que en las sociedades democráticas liberales modernas hay desigualdades entre los individuos, y que esas desigualdades no son solamente económicas, sino también sociales.

Esto le trajo muchos problemas a Rawls, ya que sirvió para que sus oponentes vieran en este principio un principio legitimante del antiigualitarismo. No obstante, es claro que no debe interpretarse de este modo. ¿Por qué?. Porque no solamente se intenta con él administrar lo mejor posible las desigualdades, sino también, imponerle un límite. Dicho límite es señalado en dos puntos. En el (a) se entiende que el mayor beneficio sea para los menos aventajados, y con ello quiere decir que para que una sociedad sea justa debe ‘achicar’ lo más que pueda la brecha entre los ricos y los pobres. Esta es la parte económica.

Con el punto (b), que es más que nada de corte social, Rawls intenta igualar oportunidades. Entiende que para que haya justicia, todos los hombres deberían empezar desde el mismo lugar, sin importar su cuna. Toda la cuestión de la justicia está en el arranque. Después, si es Juan o Pedro quien llega a determinado cargo o posición, es cosa de cada cual.

Llegados hasta aquí con el principio de diferencia, uno bien puede preguntarse ¿por qué alguien que es rico pudiera interesarse en achicar la brecha que hay entre él y los pobres?, ¿por qué debería aceptar el rico partir del mismo lugar que un pobre? Y Rawls responde a esto con una hipótesis: poner a los hombres en el estado original.
2.b. Situación fundante de una sociedad justa
Respuesta curiosa la de Rawls. ¿Por qué?. Primero que nada, porque es una situación hipotética. En verdad, volver al estado original implica colocar a los hombres en una situación radicalmente diferente a la actual, y esto se puede hacer únicamente por un esfuerzo de la imaginación. Él dirá: “Así pues hemos de imaginarnos...” (TJ: 24).

Por otro lado, la sociedad justa a la que aspira está asentada en ese estado original, con lo cual, el futuro social depende de que tiremos por la borda lo que ya tenemos. En efecto, con la postulación de una vuelta al estado original, lo que Rawls está diciendo es, empecemos de nuevo con todo.

Y finalmente está lo que conlleva esa vuelta al estado original. Me estoy refiriendo al necesario acercamiento de Rawls a la posición contractualista.

Pero dejemos esto y vayamos al estado original. ¿Qué cosa es ese estado original?. Sin duda es un estado primigenio, un estado en el que no hay sociedad humana aunque sí humanos, un estado en el que ningún hombre tiene derechos y obligaciones y en el cual la identidad de grupo, o sea el ‘nosotros’, no está construido.

Más, ¿qué exige ese estado original? Lo primero, que los hombres en estado original sean racionales. Eso quiere decir en Rawls que deben ser capaces de interactuar entre ellos cooperativamente. Quedarían excluidos todos aquellos que apuestan a ganar y no toman en cuenta a los otros. En segundo lugar, los hombres en estado original deben ser libres, de modo que puedan elegir lo que más le conviene. Y ¿qué les conviene? Asegurarse un mínimo de derechos y obligaciones. O sea que deben ser libres para elegir el mejor modo de proteger sus intereses.

Una vez reunidos esos dos requisitos: hombres racionales y hombres libres, a ellos no les queda otra cosa que decidir de antemano la sociedad que quieren. Y ¿qué clase de sociedad podrían desear tener esos hombres racionales y libres? Por cierto que una sociedad justa.

Pero ¿cómo llegar a esa sociedad justa?. Obligándolos a ser justos a través de una especie de contrato al que todos se someterían, un contrato en el que figuraría esa lista derechos, libertades y oportunidades de la que ya se habló, así como definiciones sobre lo justo y lo injusto. De este modo se asegura y se legitima una sociedad justa, dirá Rawls.

No obstante, aquí puede notarse al menos tres problemas. El primero tiene que ver con la duración de ese contrato. Según Rawls, la decisión de esos hombres racionales y libres debe regir para siempre, no puede concebirse que haya modificaciones. Esto, que se le reprocha asiduamente a Rawls, se desprende de las partes que intervienen en el contrato. Son hombres racionales y libres, y eso quiere decir, que estamos delante de una serie de decisiones que no pueden ser superadas por ninguna decisión ulterior ni ningún otro contrato. En el mejor de los casos, un contrato futuro que fuera justo, no sería distinto a este que se maneja en el estado original.

El segundo problema está relacionado con una identificación que hace Rawls entre lo útil y lo justo. Él dice algo así como: elijan los hombres libre y racionalmente teniendo en cuenta su bien, y el resultado final será una sociedad justa. Por cierto que aciertan aquellos que sostienen que Rawls no ha podido desembarazarse del todo del utilitarismo en este punto y que se le ha colado por la ventana luego de que lo despidió por la puerta. Sin embargo hay que tener en cuenta que un tal utilitarismo es necesario para poder sostener la teoría de la justicia de Rawls, aún cuando se deba agregar que solo es una parte de esta última y por cierto, no la más interesante.

Ahora pasemos al tercero de los problemas, el de la exigencia postulada por Rawls para dar a luz una sociedad justa. Por cierto que es una exigencia enorme. Rawls pide que esos hombres racionales y libres elijan sus derechos, sus libertades y sus oportunidades con el “velo de la ignorancia”.

Esto, que recuerda el estado de Adán y Eva antes del pecado original, significa que esos hombres, para ser justos, requieren de una ignorancia radical de lo que son y de lo que pueden. En efecto, todas sus decisiones, dirá Rawls, las harán en base al desconocimiento de “su lugar en la sociedad, su posición, clase o status social”, de “las ventajas y capacidades naturales, su inteligencia o su fortaleza”, y también de “sus concepciones acerca del bien, ni sus tendencias psicológicas especiales” (TJ: 88). Menudo lío el de Rawls, ya que tiene que convencer a sus oponentes de que es posible este tipo de hombre si es que se quiere tener una sociedad justa.
2.c. La sociedad justa
Pero dejemos esto y concentrémonos en el segundo nivel de que hablábamos en 2, o sea, el nivel de análisis que lleva a Rawls a sostener que la justicia entendida como equidad es la mejor de las concepciones. Preguntemos entonces, ¿cuáles son las razones de Rawls para afirmar esto?. Para ser breves, examinemos tres.

Veamos la primera de esas razones. Ella tiene que ver con el estado original y el velo de la ignorancia. En efecto, si la construcción de una sociedad justa depende de que haya un estado original en el cual los hombres ignoren todo de sí y de los otros, esto ha de significar que la concepción de la justicia de la cual nacerá esa sociedad justa, será totalmente independiente de cualquier tipo de contenido religioso o filosófico. Para decirlo de otro modo, esa sociedad no tendrá cimientos ideológicos.

Otra razón es que, a pesar de que puedo ser hombre o mujer, religioso o ateo, etc., con una concepción de la justicia como esta es posible encontrar consensos. Con esto se quiere decir que (i) los acuerdos a los que puede llegarse, aunque sean superficiales, son acuerdos que se dan entre diferentes, (ii) de ninguna manera afectan ni desactivan posiciones religiosas o filosóficas que cada quien pueda tener, y (iii) esta es la mejor manera de atar a la idea de justicia, la idea de tolerancia.

La tercera razón involucra a Rawls con una intención política. En realidad, lo que él quiere hacer con su teoría de la justicia es de algún modo legitimar y justificar a las sociedades democráticas modernas, y esto es problemático. Y se dice que es problemático por cuanto Rawls pretende alinearse a una posición optimista en relación a las sociedades del capitalismo ‘maduro’, pretendiendo que en ellas, como dice Cohen, el conflicto, la represión, el poder y la violencia desaparezcan. Más aún, esto mismo es lo que lo lleva directamente a limitar la esfera de validez de su propia teoría. En efecto, con ella Rawls no aspira ni a legitimar ni a justificar cualquier tipo de sociedad, al contrario, es algo así como una teoría que solo busca mejorar lo que ya se tiene, bajo el supuesto de que lo único que se tiene es capitalismo ‘maduro’.

Pero ahora viene una pregunta clave: cuando Rawls habla de las democracias modernas del capitalismo maduro legitimadas y justificadas por su teoría, ¿de qué está hablando realmente?. Eso lo aclara Rawls en TJ: 21, de la siguiente manera: “Quedaré satisfecho si es posible formular una concepción razonable de la justicia para la estructura básica de sociedad, concebida, por el momento, como sistema cerrado, aislado de otras sociedades”.

Y ¿qué es una sociedad que funcione como un sistema cerrado?. Sería una sociedad autosuficiente, sin lazos con el exterior, en la cual, todo vínculo es interno. En una sociedad de ese tipo, la justicia sería algo así como una cuestión doméstica, ya que tendría como objetivo garantizar los derechos, la libertad y la igualdad de oportunidades para todos sus miembros.

Llegados hasta aquí, uno puede preguntarse: ¿debemos contentarnos con que haya una sola sociedad justa?, ¿acaso no sería bueno que la justicia de que goza esa sociedad fuera disfrutada también por el resto de las sociedades existentes? Sí, dirá Rawls, pero eso no cambiaría la teoría. A lo sumo la volvería más compleja.
3. Conclusiones
Una vez puestas sobre la mesa estas ideas, a Rawls no se le podía escapar que las críticas le iban a llover de todos lados. Es que en verdad, su teoría de la justicia no tenía nada de inofensivo. Y a tal punto era así, que fue combatido tanto por la derecha como por la izquierda política. Discutió con Habermas, recibió las críticas de Chantal Mouffe, Judith Butler, Jeremy Waldron, etc., etc., y terminamos acá porque la lista es casi interminable.

Lo interesante de esas críticas está en que los oponentes de Rawls hincaron el diente en casi todo y poca cosa quedó por fuera de la sospecha. Esta es una buena razón para no referirse a ellas, pues llevaría más espacio del que mereció el propio Rawls.

No obstante, vamos a señalar dos consecuencias perturbadoras de la teoría de Rawls, que hasta donde nosotros sabemos, no han sido mencionadas.

La primera es que la cuestión de la existencia de una sociedad justa, Rawls la hace depender de un estado original en el que un determinado número de personas piensan sobre la sociedad futura más perfecta posible. Rawls, cree entonces que la sociedad justa llegaría de la mano de las ideas, de unas ideas que valdrían lo mismo en ese momento que en el futuro; serían ideas valiosas eternamente. Bastaría con que los hombres fueran racionales, y toda la cuestión de la justicia se solucionaría. Todo parece demasiado fácil; más, ¿será tan fácil?

La otra tiene relación con el tipo de ideas que Rawls se ve obligado a manejar en su teoría de la justicia. Esto puede verse con la idea de hombre existente en el hipotético estado original y con la idea de la justa sociedad cerrada. Ambas son ideas abstractas, lejanas a la realidad. Expliquemos esto.
El hombre del estado original de Rawls es un hombre sin hogar, no está en ninguna posición social, tiene idea de lo que es bueno y malo pero no sabe cuál es esa idea, tiene ventajas (o desventajas) en relación a los demás y sin embargo, tampoco sabe esto, etc. Ahora, ¿es esto un hombre? Como mínimo, no queda claro.

Algo similar ocurre con la futura sociedad justa de Rawls. Se la concibe como un sistema cerrado, y con ello Rawls quiere decir que puede existir una sociedad sin vínculos hacia fuera y refractaria a toda acción exterior. Pero, ¿es posible una sociedad así? No parece, y sobre todo en la actualidad.

Sin embargo y a pesar de todo, ninguna duda cabe que el planteo de la noción de justicia de Rawls es relevante. Quizá no tanto por sus logros, pero sí por su osadía. Es que intentó lo que tal vez es imposible, hacer del capitalismo maduro una sociedad justa.

Posiblemente sea esto el mayor legado que nos dejó Rawls.



Bibliografía

Rawls, John “Teoría de la justicia”, Ed. F.C.E., México, 1997

“Liberalismo político”, Ed. F.C.E., México, 1995
Cárcova, Carlos M. “Justicia como equidad o sociedad como conflicto”, Buenos Aires,

2003 – Material de la U.B.A. en www.bioetica.org


da Silveira, Pablo “John Rawls y la “Teoría de la justicia””, Rev. Relaciones172

Montevideo, setiembre de 1998


“El Rawls de los años ochenta y noventa”, Rev. Relaciones N° 174

Montevideo, noviembre de 1998


Zambrano, Pilar “La razón pública en Rawls”, Argentina, 2000

Material de Universidad Austral en www.mundojuridico.adv.br

(*) Flavia Álvarez, estudiante de Magisterio.

Eduardo Álvarez, profesor de Filosofía, egresado del Instituto de Profesores “Artigas”, Montevideo, Uruguay.





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