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La situación mundial y la democracia: los problemas del nuevo orden mundial. Carlos fuentes


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LA SITUACIÓN MUNDIAL Y LA DEMOCRACIA: LOS PROBLEMAS DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL. CARLOS FUENTES.

LOS ORGANIZADORES de este Coloquio —la Universidad Nacional Autónoma de México, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la revista Nexos— han queri­do invitar a tres novelistas —Fernando del Paso, Gabriel García Márquez y yo mismo— para inaugurar cada uno de los tres grandes rubros del diálogo: México, América Latina, la situación internacional.

Seguramente, los ha guiado la idea de que el novelista puede ofrecer una visión del mundo, puesto que la novela, por definición, postula la identidad de conocimiento e imaginación.

Pero esta mañana, yo quisiera anteponer, a la visión, la preocupación.

Preocupación de un ciudadano ante una historia que, lejos de acabarse, se multiplica y desborda, proteica, co­rriendo velozmente entre las orillas de la esperanza y la desesperanza, y cruzando apenas bajo el puente de la cer­tidumbre, despeñándose en la catarata de la perplejidad.

Al menos, igual que la literatura, hoy vemos que la his­toria nunca dice su última palabra: novela abierta, histo­ria inconclusa.

Sobra decir que al dirigirme a ustedes, no pretendo agotar una temática, ni siquiera indicar una agenda, sino invitarnos a reflexionar y sobre todo a cuestionar.

Trato de encontrar, de todos modos, un asidero para mis palabras, y lo hallo en la tierra firme de esta Uni­versidad nuestra, donde tantos de los presentes nos for­mamos y trabamos, para siempre, las más duraderas fi­delidades de la amistad y las ideas.

El Coloquio de Invierno, pluralista y abierto, se di­rige sobre todo a los estudiantes y profesores que, ins­tantáneamente, serán sus copartícipes en más de 60 uni­versidades e instituciones culturales de México.

A ellos me gustaría recordarles, en primer término, cuál fue la experiencia de mi propia generación univer­sitaria, a fin de compararla con la suya, y sobre todo, de comparar el mundo que fue nuestro y el que será de ellos.

Mi generación, producto de la educación universitaria mexicana, llegó al medio siglo que le dio nombre, a los 40 años críticos de la Revolución Mexicana, al cuarto año de la posguerra mundial y a los 400 de la fundación de esta Universidad de México donde hoy nos reunimos, cuando el "nuevo orden" imaginado por Hitler fue ven­cido y, en cambio, el mundo trató de establecer un orden basado en la ley: la Carta de las Naciones Unidas.

Pero aunque el orden legal de la posguerra fue admira­ble, el orden real resultó deplorable: dos ideologías, dos sistemas, dos superpotencias de la era atómica, se en­frentaron de uno y otro lado de lo que, en su famoso dis­curso pronunciado en Fulton hace 46 años, Winston Churchill llamó "la cortina de hierro".

Movimientos hacia la reforma y el cambio de uno u otro lado de la cortina se frustraban porque, si sucedían en la esfera norteamericana, eran descalificados como comunistas; y si ocurrían en la esfera soviética, eran des­calificados como capitalistas.

No obstante, muchos de estos movimientos simplemente reflejaban realidades culturales que no respondían a las tipificaciones soviéticas o norteamericanas, Marxistas o capitalistas, sino que, de México a Chile, del Báltico al Mediterráneo, y del Sahara al Mekong, eran portadores de sus propios valores, pacientemente hilados en el telar de los siglos.

Aprendimos, por ello, a rechazar por igual la interven­ción norteamericana contra los regímenes democrática­mente electos de Guatemala y Chile, y la intervención soviética contra los movimientos democráticos en Hungría y Checoslovaquia. Por igual, la guerra norteamericana contra Vietnam y la guerra soviética contra Afganistán. A los latinoamericanos nuestra civilización nos decía clara­mente que la guerra fría sacrificaba demasiadas posibili­dades políticas y culturales de nuestra humanidad.

Deseamos, desde entonces, enriquecer la vida interna­cional con la contribución de nuestra propia experiencia histórica, dentro de un orden multipolar —Japón y China, la India y el Islam, el África negra, América Lati­na, la casa común de Europa y los pueblos de la Unión Soviética y Estados Unidos— en el que todas las culturas, y sus manifestaciones políticas, tuviesen vigencia.

Pues, junto con José Ortega y Gasset, pensamos siem­pre que la cultura es una respuesta a los desafíos de la vi­da, que las respuestas son tan variadas como las culturas y que no existe una solución, una panacea universal, sepa­rada de la cultura de una comunidad.

Hoy, mi pregunta es la siguiente: ¿hemos dejado atrás el universo bipolar de la guerra fría y nos acercamos al universo multipolar de nuestras esperanzas, en el que va­lores políticos como la democracia pueden encontrar el cauce histórico de la cultura a la que pertenecen sus ciu­dadanos?

Hace dos años apenas, la respuesta hubiese sido gozo­samente afirmativa.

¿Quién, en Iberoamérica y el mundo, no celebró la asombrosa secuela, el retablo de las maravillas, que siguió a la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989?

El fin de las escleróticas tiranías comunistas de la Europa central.

La unificación de Alemania.

Los cambios internos en la Unión Soviética.

La transición hacia la democracia en América Latina.

Las esperanzas de liberalizar el comercio y de estable­cer una relación de cooperación compartida entre el Norte y el Sur, justificando efectivamente el carácter global de las relaciones económicas internacionales.

El fin de la guerra fría y, acaso, de la política armamen­tista que durante 40 años tanto pan le robó al hambriento, tanta medicina al enfermo, tanto techo al desamparado, y tanto alfabeto al iletrado.

Y sobre todo, el paso de una estructura bipolar a otra, multipolar: muchos centros, no sólo dos; muchos rostros, muchas culturas, muchas soluciones, no sólo dos.

Veintisiete meses después de la caída del muro de Ber­lín, la cara de la euforia no puede ocultar la mueca de la incertidumbre.

La Unión Soviética dejó de serlo y las repúblicas sucesoras confrontan, igual que Gorbachov, las tensiones inevita­bles en un vasto territorio —la sexta parte de la superficie del globo— que por primera vez en su historia intenta pasar del imperativo puramente territorial, a los impera­tivos de la productividad y la democracia. El derrumbe soviético, además, amenaza crear un vacío que arrastre en su vértigo a la anhelada casa común de Europa.

Las congeladas burocracias comunistas de la Europa central, al derretirse, revelaron que las deformaciones más añosas de esas comunidades no habían sido extir­padas, en tanto que nuevos problemas de desempleo, inflación, vivienda y medio ambiente, proponían un difícil y largo periodo de ajuste entre la economía de mercado y normas mínimas de seguridad social.

Pero si la Unión Soviética y los países del antiguo Pacto de Varsovia fueron las dos zonas de cambio más evidente y dramático, hay otras que acaso proponen e ilustran, me­jor, los problemas a largo plazo para llegar a un orden de cooperación multipolar.

Acostumbrados a llevar puesta la estrecha pero habitual camisa de la guerra fría, muchos sienten que, al perderla, la camisa, como la del mitológico Neso, nos arranca la piel.

Debimos prever que el paso de la bipolaridad a la multipolaridad no sería ni fácil ni gratuito: no estábamos real­mente preparados para él ni económica, ni política, ni ju­rídicamente. Las pruebas están a la vista al reunimos hoy en este Coloquio.

Ello no disminuye el valor de los fines propuestos; tam­poco exime del deber de analizar los obstáculos que en­contrará un mundo suspendido entre el hielo y el fuego.

Entre la globalización económica y la balcanización po­lítica, y entre aquélla y el surgimiento de bloques de comer­cio rivales.

Entre el modelo de desarrollo capitalista y la persistencia de problemas sociales que no pueden resolverse sin la acción política de la izquierda, o sin la intervención del Estado.

Entre la integración de un club de ricos en el Norte y la dispersión de una barriada pobre y anónima en el Sur.

Entre la dinámica mundial hacia la multipolaridad y la monopolaridad aparente asumida por los Estados Unidos de América.

Me referiré a cada una de estas situaciones.

La primera paradoja de la relación internacional emer­gente es que la integración económica global coexiste con lo que la niega: la extrema balcanización política, sobre todo en la antigua Unión Soviética, en la Europa central y en Yugoslavia.

Al nivel veloz de la integración económica, no hay ya compañías nacionales ni, estrictamente, economías na­cionales. Lo que hay es una rápida transición de la econo­mía de volumen a la economía de valor.

Esta se organiza con cerebros capaces de identificar y resolver problemas, de inventar nuevos productos a par­tir de ideas y dineros rápidamente transmisibles mediante blips electrónicos y de hacerlos tangibles como suma de esfuerzos localizados en una universidad alemana, un la­boratorio francés, una firma de diseño italiana, una agen­cia de publicidad norteamericana, una fábrica automati­zada coreana, un banco japonés y un barco de la marina mercante de Taiwan.

Los reclamos de armenios y ucranianos, de croatas y eslovacos, de catalanes y franco-canadienses, parecerían absurdos en este horizonte, si no escondiesen una gran verdad: el apego a la identidad cultural para contrarres­tar la velocísima integración mundial que podría dejarnos a todos sin rostro, o con una sola máscara sonriente: la del robot feliz.

La aldea local se enfrenta, de este modo, a la aldea global.

Al caer las máscaras rígidas de la guerra fría, dos ideo­logías complementarias por la necesidad de contar, cada una, con un enemigo visible, dejaron al descubierto, desamparadas, contradictorias, pero vivientes, las pro­pias realidades ocultadas por la oposición Este-Oeste.

Las culturas han impuesto su carácter infraestructural, asiduamente negado por las dos ideologías del progreso, capitalista y comunista. En consecuencia, resurgen hoy con toda la fuerza de un surtidor largamente cegado, abundante pero cargado de aguas tanto nutritivas como venenosas. ¿Sabremos separar unas de otras?

Por el momento, nos asombra constatar que 50 años de guerra fría, más 200 de pensamiento lineal progresista, no lograron dejar atrás los tiempos múltiples, circulares, y al cabo simultáneos, de las culturas. Una cara del siglo XVIII, la de Condorcet y su optimismo ilimitado en el progreso lineal de la historia, había eclipsado la otra, la de Vico y su concepción espiral de una historia hecha por todos, portada por todos, en la que no hay presente vivo con un pasado muerto. Hoy, reaparece el pasado en el presente.

Todo lo que se creía muerto estaba vivo: han regresado las tribus con sus ídolos, los nacionalismos y las religiones, a llenar los grandes vacíos dejados por las ideologías en pugna durante la guerra fría.

Pero aunque una de ellas, el comunismo, celebra resig­nada sus propias exequias, la otra, el capitalismo, con­memora su triunfo y se propone a sí misma como solución universal, identificada con la razón misma del desarrollo económico global y, aun, con la inevitable dimensión po­lítica de la democracia.

De tal manera que mientras asistimos a la paradoja de una globalización de la economía enfrentada a una resu­rrección de los localismos culturales y políticos, el capitalismo se asigna a sí mismo una ideología universal que, nuevamente, comprime y aplaza no sólo las reali­dades culturales sino, lo que es más grave, retrasa las so­luciones económicas y sociales concretas necesarias para que la cultura, sin perder su perfil, deje de estar en con­flicto con la economía, y ésta con la justicia.

Corremos el riesgo, en otras palabras, de pasar de una teología comunista a una teología capitalista, de los dog­mas de Carlos Marx sepultado, a los dogmas de Adam Smith resurrecto, olvidando que las realidades políticas y económicas actuales son el resultado de una simbiosis crítica y pragmática que antecede a la guerra fría, en la cual los éxitos del capitalismo son inexplicables sin la críti­ca socialista —de la misma manera que la esclerosis del comunismo burocrático puede explicarse por la ausencia de la crítica liberal y democrática.

El socialismo soviético se petrificó porque suprimió esa crítica. En cambio, la crítica socialista del capitalismo le permitió a éste socializarse. Ambos procesos, es cierto, se sobredeterminaron a sí mismos, ofreciendo al cabo cari­caturas públicas que portan las máscaras de cartón de un Leonid Brezhnev o de un Ronald Reagan.

Pues cuando hablamos de capitalismo en el mundo ac­tual, ¿a cuál de ellos nos referimos?

El capitalismo norteamericano, en su etapa actual, pro­fesa una religión de la iniciativa privada desregulada y de la abstención del Estado como factor de la economía, que no sólo es negado por obvias necesidades (los gigantescos subsidios estatales a la agricultura, por ejemplo) sino por obvios fracasos.

El modelo reaganista se basó en una ilusión envuelta en la mentira. La ilusión era que se podían reducir impuestos y aumentar los gastos de defensa, incrementando la pro­ducción, la inversión y el ahorro. La verdad es que los tres factores descendieron abruptamente, desembocando en el doble déficit federal, y comercial, y en la más colosal deuda exterior del mundo.

La mentira que envolvió a la ilusión es que la riqueza acumulada en la cima, tarde o temprano, se desparrama­ría hacia abajo, distribuyéndose con justicia. Esto no su­cedió. Esto jamás ha sucedido. A menos que la institución estatal intervenga activamente para asegurar el cumpli­miento de normas de equidad social.

Esta última ha sido, en términos generales, la política de lo que podríamos llamar el capitalismo renano, el mo­delo alemán como el más exitoso del conjunto europeo. El laissez faire preconizado por el capitalismo norteamericano no priva en el capitalismo continental europeo, en la medida en que éste solicita el consenso social del trabaja­dor, promueve su participación en la empresa, y le ex­tiende una amplia protección social.

Pero el capitalismo más exitoso es el que con más ener­gía niega los dogmas de la libre empresa sin trabas. El au­ge económico de Japón es inexplicable sin una élite buro­crática que lo ha gobernado desde el fin de la segunda Guerra Mundial. No habría milagro capitalista japonés sin el capitalismo de Estado japonés.

Quisiera derivar, como latinoamericano, dos conse­cuencias inmediatas de esta diferenciación de las eco­nomías de mercado, de esta ausencia de un solo modelo de capitalismo, como opción única para nuestros propios países.

La primera es que los defectos y el declive evidentes de la economía norteamericana no sólo la despojan de su pre­tensión de modelo para Latinoamérica.

Hay algo más y tiene que ver con una pretensión aún más seria, que es la de proclamar a Estados Unidos como única gran potencia, después del derrumbe de la otra gran potencia y de la guerra del Golfo.

Pero si la guerra del Golfo constituyó un triunfo de la fuerza militar norteamericana, no restauró, de manera al­guna, el poder político y económico detentado por Estados Unidos entre Hiroshima y Vietnam, entre 1945 y 1965.

La primera guerra caliente de la posguerra fría se ganó con armas fotogénicas, aunque quizás no tan eficaces como lo retrataron los medios de información, pero se ganó sólo para pedirles a Alemania y a Japón que sufragaran, en la medida de 14000 millones de dólares, el triunfo de una operación en la que. ni Bonn ni Tokio, por razones constitucionales, podían participar físicamente, pero en la cual, además, no tenían por qué ser sujetos de respon­sabilidad financiera sin la responsabilidad política corres­pondiente.

¿Se encamina Estados Unidos, como la España de Feli­pe II, a ser un imperio pobre de sostenida decadencia? Evitarlo depende de la capacidad de, la democracia norte­americana para acentuar, por encima de todo, la reservas de su mayor riqueza, que es su capital humano, dándole objetivos comparables a los del Nuevo Trato en los años treinta.

Para ello, Estados Unidos cuenta con un establecimien­to científico y humanista de primer orden, y con un siste­ma federal, flexible e inteligente, que es una de las gran­des creaciones del animal político.

Sin embargo, la necesidad de un enemigo externo es casi atávica en el ánimo norteamericano.

¿Contra quién saldrá hoy a luchar el capitán Ahab? ¿Dónde está ahora la ballena blanca? ¿Quién es el enemigo?

La nación norteamericana se ha quedado sin villanos. No debe buscarlos afuera. Los enemigos están adentro y se llaman problemas del medio ambiente, derechos de la mujer y de la tercera edad, los cientos de miles de nor­teamericanos que viven sin techo, un sistema educativo en plena decadencia, la desintegración y vejez de las infra­estructuras, las ciudades devastadas por el crimen y la droga, la creciente animosidad racial.

El pueblo de Estados Unidos sabe que el monopoder es una ilusión y el triunfalismo militar una euforia pasajera. A las procesiones de ayer, han seguido las recesiones de hoy. El verdadero desafío es el de una sociedad interna sana. Y es un desafío que coloca el tema social en el centro |de la relación de un país consigo mismo. De su resolución ¡dependerá, en seguida, el papel que ese país pueda desempeñar en la escena internacional.

Es decir: lejos de disiparse en una autocongratulación capitalista por la muerte del socialismo, el problema social redefine las posiciones políticas con mayor vigor que nunca.

Los problemas de la sociedad no han desaparecido con los festines de los últimos tres años. Cuanto en ellos deba ser celebrado apenas disimula lo mucho que debería ser advertido críticamente y resuelto mediante la socialización de la vida política. En otras palabras: el fin del estalinismo al este del Elba no significa el fin de la injusticia social ni al oeste del Elba ni al norte, ni al sur, del río Bravo.

El ciudadano norteamericano que favorece la lega­lización del aborto es de izquierda; quien quisiera prohi­birlo, es de derecha. Y sumarse a las campañas homofóbicas y contra la libertad de expresión artística del senador Jesse Helms es, simplemente, una posición fascista. Ejem­plifico.

Si esto es cierto en Estados Unidos lo es también en la Europa próspera y comunitaria, donde la xenofobia, el fanatismo religioso, el antisemitismo, el antislamismo, cobran cada día más fuerza y se organizan en formaciones tan ominosas como el Frente Nacional de Le Pen en Fran­cia, la Liga Lombarda en Italia o las huestes de Jorg Haider en Austria.

¿La supuesta muerte del socialismo, autoriza la resu­rrección del fascismo?

¿Veremos un traslado de las prácticas del Gulag y la (¡represión en nombre del comunismo a las prácticas del , las matanzas y las expulsiones en nombre de la libertad capitalista?

No olvidemos que siempre ha existido una libertad que Orlando Patterson llama "la libertad de la fuerza" y que define a la libertad como libertad para dominar a los demás.

Pues de la misma manera que los antiguos griegos se sintieron justificados en dominar a los bárbaros, igual que Ginés de Sepúlveda celebró la explotación y exterminio del indígena americano por la autoproclamada superiori­dad cristiana, de idéntico modo que Kipung alabó la carga colonial del hombre blanco para empujar a africanos e hindúes hacia el progreso, de forma parecida a como el antiguo politburó soviético sintió que arrastraba a Afga­nistán del feudalismo a la modernidad, hoy podemos conocer una versión sublimada y pervertida de esta mi­sión que es la de crear un club de ricos, con sedes en Ja­pón, Europa y Estados Unidos, que excluya a la mayoría humana de los pobres, aunque prometiéndoles una vaga recompensa de prosperidad en un futuro lejano, si mien­tras tanto se portan bien, ya no organizan revoluciones y se contentan, como Tántalo, en ver de lejos los frutos de la abundancia en sus pantallas de televisión, sin poder nunca tocarlos.

En la actualidad, el 20% de la humanidad acapara el 80% de la riqueza mundial. La acelerada concentración de la riqueza en el Norte está excluyendo al Sur de los be­neficios de la integración económica, el avance tecnológico y la comunicación eficaz. En vez de la cortina de hierro, podremos ver la erección de una cortina de tortilla entre el norte y el sur del hemisferio occidental; un velo de are­na separando, al Islam del Occidente; y una barda de bam­bú excluyendo a buena parte del mundo asiático.

Podemos ser testigos próximos de una distancia inalcanzable entre lo que Heidi y Alvin Toffler llaman el mundo veloz y el mundo lento.

El nomadismo rico descrito por Jacques Attali, nó­madas en jet, acompañados de una cultura portátil, de­berá coexistir con un nomadismo pobre, de burro y de huarache, de camello y de sandalia, rechazado y finalmente nugatorio de las virtudes de la aldea global abierta e integrada.

Si los nacionalismos y las religiones resurrectas se avienen mal con la economía supranacional, su comple­mento fatal sería la erección de verdaderas barricadas alrededor de los centros de poder económico: las perife­rias vivirán, nos advierte Attali, hacinadas, asfixiadas y olvidadas: "Los horrores del siglo XX palidecerán en com­paración".

Osear Wilde decía que el pesimista es aquel que, obliga­do a escoger entre un mal menor y un mal mayor, se que­da con ambos. ¿Corremos el peligro de un apartheid a escala mundial, en el que las alambradas de hecho y de derecho separarán para siempre a los capaces de los inca­paces, a los claros de los oscuros, a los sanos de los enfer­mos y a los ricos de los pobres?

Como en la profética película de Fritz Lang, Metrópolis, ¿un submundo invisible coexistirá con un supramundo luminoso: el sótano o el penthouse?

¿La predestinación anulará a la creación y a la justicia?

Admitirlo, sería renunciar a nuestra humanidad.

Prefiero creer que el pesimismo es sólo un optimismo bien informado. Pues la imagen que estoy empleando no se detiene en una división Norte-Sur entre primer y ter­cer mundos, ya que dentro de cada país del llamado primer mundo se ha instalado ya un tercer mundo de despo­seídos sin techo, enfermos, ancianos, drogados y desem­pleados que es el tercer mundo del primer mundo, en tanto que cada país del tercer mundo tiene su propio pri­mer mundo de privilegio y acceso a la cultura portátil y al universo veloz de la modernidad.

Este simple hecho bastaría para perforar las barreras artificiales, pues el Sur exportará su pauperización al Norte que ya genera la suya propia. Sin el desarrollo efec­tivo del Sur, en otras palabras, el Norte carecerá de hori­zontes despejados para su propio desarrollo.

La cooperación económica internacional no es, por ello, un acto de filantropía, sino de interés mutuo, sobre todo si se toman en cuenta datos que nos avasallan a todos, y que en un discurso reciente evoca Pierre Schori: 1000 millones de seres humanos —una quinta parte de la humanidad— viven en la miseria absoluta; cada día que pasa, 40000 niños mueren muertes innecesarias; y en esta década, na­cerá la generación más numerosa en la historia del plane­ta: 1 500 millones de nuevos seres.

Con razón nos pregunta el político sueco: ¿cuánta po­breza soporta la democracia, cuánto subdesarrollo tolera la seguridad global?

Volvemos, pues, a la cuestión social que disipa todas las utopías pasajeras: tanto el Norte como el Sur, el primero como el tercer mundo, las metrópolis como las periferias, confrontan un primer deber, que es el de poner en orden sus propias casas, unir la democracia al desarrollo, y éste a la justicia social.

No nos exige menos la supervivencia misma del género humano, viva en la aldea global o sobreviva en la aldea local. Puede haber desarrollo sin justicia ni democracia; puede haber democracia y desarrollo sin justicia, puede haber justicia sin democracia ni desarrollo: abundan los ejemplos.

Todos ellos nos demuestran que sin los tres factores unidos —desarrollo, democracia y justicia— la vida en el planeta resulta más pobre, más amenazada, incompleta y cruel, peligrosa y ciega, pues uno o dos de estos factores, sin el tercero, representa sólo un espejismo, pronto des­vanecido por la realidad de base, objeto de nuestro deseo, de nuestra perplejidad y de nuestra interrogación, ayer y hoy: el carácter protagónico de las culturas, creadas por todos nosotros, reprimidas ayer, vitales y contradictorias hoy, en un mundo de inmensos peligros económicos y ecológicos.

¿Cómo encauzar, finalmente, el vasto y tumultuoso río de las culturas a cauces que superen los escollos y alimen­ten las cosechas de la posguerra fría?

Me parece que hay tres respuestas a esta pregunta.

Una es política. La segunda es jurídica. Y la tercera es humana, cultural y social.

Políticamente, las ilusiones de una era de democracia irreversible basada en el funcionamiento irrestricto de las fuerzas de mercado no eximen a nadie de crear, dentro de su propia comunidad, una sociedad mejor, más justa y más libre. Corresponde localmente a los ciudadanos nor­teamericanos, rusos, franceses, argelinos o iraníes, mexi­canos o argentinos, poner sus casas en orden, liberándose de la exigencia anterior de sacrificar la riqueza de sus culturas a la esterilidad ideológica de la guerra fría.

Jean Daniel nos advirtió hace ya 20 años: las naciones pequeñas no le temen a la guerra. Le temen a la guerra fría. Pues internamente, la guerra fría conduce al endu­recimiento y a la represión. E internacionalmente, en la guerra fría "los aliados se convierten en clientes, cóm­plices o colonias".

Que esto no ocurra cuando pasamos de la guerra fría al mercado caliente.

Ello depende de otro factor político, que es la memoria.

Conocemos de sobra el altísimo costo de la tiranía y de la intervención soviéticas en la Europa central. El drama de Hungría, Polonia y Checoslovaquia está vivo en todos los recuerdos. Los resultados de 40 años de desgobierno saltan a la vista del Elba al Vístula.

Menos atención se ha puesto al precio que América Latina debió pagar en aras del anticomunismo militante de Estados Unidos en el hemisferio occidental. El sacrificio de iniciativas propias; el aplazamiento de proble­mas que no fueron creados por el comunismo, sino por la conquista y la colonia, por la independencia sin igualdad y por la intervención extranjera, es decir: por la historia.

Una y otra vez, en tiempos distintos, de maneras dife­rentes, en Guatemala y en Chile, en Cuba y en Nicaragua, en Brasil, Uruguay y Argentina, América Latina debió pagar el precio de la guerra fría, prolongando dos trágicas divergencias en nuestros países:

Una, entre la óptica histórica del continente y la miopía del prisma Este-Oeste.

Otra, entre la realidad sociocultural de Indo-Afro-Iberoamérica y las estructuras políticas, demasiado débiles, estrechas o anacrónicas para dar cabida a la potencia y a la diversidad de la sociedad y la cultura.

Hoy, Estados Unidos ya no puede invocar la cruzada anticomunista o la amenaza soviética como pretexto para intervenir en América Latina. Acaso invoque otros pretex­tos: la invasión de Panamá, violando toda una panoplia de tratados internacionales, lo demuestra. Y es más fácil, con el pretexto del tráfico de droga, militarizar a Bolivia, donde está la oferta, que militarizar al Bronx, donde está la demanda.

Pero la pelota, de todos modos, está en nuestro lado de la cancha.

La democracia moderna de América Latina tiene ante sí la obligación de promover y defender la justicia social en un continente donde el número absoluto de los pobres crece continuamente mientras la distribución del ingreso empeora continuamente, donde los salarios se contraen, los empleos desaparecen, la alimentación se vuelve escasa, los servicios públicos declinan, la malnutrición y la mor­talidad infantil aumentan...

En respuesta a estas negaciones, una afirmación inédi­ta empieza a aparecer en América Latina. La sociedad civil se organiza y se manifiesta de abajo arriba y de la periferia al centro. Esto es una novedad considerable en países tradicionalmente ordenados de arriba abajo y del centro a la periferia.

Mas si esta nueva dinámica ha de mantenerse, requiere el apoyo de una izquierda democrática, liberada al cabo de la enajenación a la política soviética o a la dogmática marxista, fuera de los poderes del Estado y de la empresa privada, limitando a ambos, que a ambos les imponga, o les extraiga, o les ayude a elaborar, políticas de justicia social que acompañen cada paso del desarrollo económico y sujeten al Estado a vigilancia y debate democráticos.

Un proyecto de democracia latinoamericana en la ac­tual situación internacional no es, en consecuencia, ajeno al debate que hoy preocupa a muchísimas sociedades.

¿El llamado socialismo real fue sólo una perversión?

¿Puede reanudarse el proyecto socialista a partir de sus bases originales, prístinas, humanistas?

¿O será la misión del socialismo no tanto dar las res­puestas, sino hacer las preguntas?

¿Atravesará el socialismo su desierto político desde una oposición en la que es más eficaz fuera del poder que en él, contribuyendo a un diálogo esclarecedor con la parte ci­vilizada de la derecha, vigilando el centro moderador del listado, y oponiéndose vigorosamente a la derecha neonazi?

¿Será el socialismo, matriz del indispensable debate sobre la naturaleza de sociedades que no pueden con­tentarse con la gratificación instantánea?

El poeta y Premio Nobel de Literatura, Joseph Brods­ky, teme que el futuro no sea ni de una fe ni de una idea: el dinero es el pecado original pero también el pecado del futuro. "Hacedme caso —dice Brodsky—: llegará el día en que los pueblos se distinguirán tan sólo por los diversos tipos de cambio de sus monedas."

No es ésta la manera de superar, por un lado, a las tribus y a los ídolos ni, por el otro, al robot feliz.

Necesitamos elaborar las dimensiones de lo que el poeta ruso Andra Voznesensky llama, desde ahora, el "poscapi­talismo", una economía de mercado con responsabilidad cívica, seguridad social y dimensión espiritual.

Lo, que el crítico peruano Julio Ortega llama la "demo­cracia radical", el fortalecimiento de la "condición civil, humanizadora, solidaria... del ejercicio democrático", y el escritor mexicano Carlos Monsiváis la movilización so­cial permanente a efecto de alcanzar un movimiento cons­tante de socialización de la vida pública.

El novelista húngaro Jorge Konrad, escribiendo desde el corazón de las tinieblas de la Europa central, explicó mejor que nadie, en uno de los libros capitales de nuestro tiempo, llamado Antipolítica, la fuerza matriz, a la postre invencible, de la democracia y la cultura aunadas, más allá del comunismo y del capitalismo dogmáticos: esa fuer­za es la sociedad civil, su raíz de civilización, su voluntad de no sacrificar la vida al dogma y de sorprender por igual a los sacerdotes del capitalismo y del comunismo.

¿Y en América Latina?

De cuanto he dicho se desprende que vamos a vivir en un mundo peligroso, violento, desafiante, pero abierto a una imaginación creativa y mediadora entre los extremos que he evocado: economía global y nacionalismos resurrectos, separatismos y balcanizaciones políticas; ideolo­gía capitalista y problemas del trabajador y de la socie­dad; multipolaridad y unipolaridad; división Norte-Sur.

¿Podrá América Latina desempeñar, precisamente, un papel mediador, ejemplar, entre estos extremos? En pri­mer término, y para nuestra gran fortuna, en América Latina no se dan separatismos porque hemos logrado, en estos 500 años, que la nación y la cultura coincidan.

Nos hace falta, es cierto, que coincidan la nación y la justicia. Y que la democracia —nuestra todavía frágil democracia latinoamericana—avale la identidad de justi­cia, nación y cultura.

Los tres términos pueden coincidir si entendemos que el separatismo es enemigo de la diversidad y que ésta, la diversidad, es el valor real de la convivencia entre las culturas.

En América Latina —segundo argumento— esto signifi­ca respetar la diversidad de una cultura de tradiciones y orígenes múltiples mediante el respeto a la actividad críti­ca de la sociedad civil, creadora y portadora de los valores culturales.

Nuestras sociedades civiles proponen una mediación ejemplar que rechaza por igual al capitalismo salvaje y a la burocracia populista. La diversidad crítica de nuestros países no excluye a las fuerzas del mercado, pero les impone límites; no arroja por la borda al Estado nacional que tantos esfuerzos nos costó crear, pero le exige ponerse a dieta a fin de cumplir mejor funciones indispensables para el desarrollo y la justicia.

Nuestras sociedades civiles desean participar en proyectos de integración acordes con la dinámica global de las relaciones internacionales, pero reservando claramente los espacios, por ello mismo más importantes, de las soberanías nacionales.

Queremos un mundo de cooperación, no de explotación; de interdependencia, pero sin herir la independen­cia; de legalidad, no de impunidad internacional.

Y queremos todo esto a partir de, pero también en de­fensa de, la base misma de nuestra participación en la his­toria: la continuidad cultural de Iberoamérica.

Dicha continuidad abarca otra, la tercera contribución fundamental de América Latina al mundo multipolar de la posguerra fría: la jurídica.

La historia moderna de las Américas es la de una brutal asimetría de poder entre Estados Unidos y América Lati­na. Los latinoamericanos hemos dado respuesta a esta situación con el derecho: desde hace 150 años, intentamos limitar el poder excesivo de Estados Unidos mediante leyes y tratados acordados por ambas partes.

Cuando hemos respetado este orden legal, todos hemos ganado.

Cuando lo hemos violado, todos hemos perdido.

Sin embargo, a pesar de los hechos de poder desnudo que, una y otra vez, nos han hecho desesperar del dere­cho, no tenemos otro escudo. Sin el derecho, dijo una vez el presidente Raúl Alfonsín, vivimos la ley de la selva; y en la selva, los latinoamericanos no somos los leones.

Pero hemos sido, al menos, buenos domadores en una jaula inhóspita, como lo demuestran, finalmente, la gue­rra y la paz en Centroamérica. De la Declaración Franco-Mexicana de 1981, que reconoce al FMLN como fuerza política representativa en el conflicto salvadoreño, pasan­do por los procesos de Contadora y Esquipulas, que pusieron la iniciativa en manos de los propios centroame­ricanos, el acto culminante del pasado 16 de enero en el Castillo de Chapultepec —la firma de los acuerdos de paz en El Salvador— no hubiese sido posible

Mucho dolor, mucha sangre, se hubiesen evitado si, desde un principio, las voces de la razón, que eran las de la diplomacia y el derecho, se hubiesen impuesto a las de la sinrazón.

La administración Reagan saboteó conscientemente todos los esfuerzos diplomáticos de América Latina. Es de esperar que, hoy y mañana, Estados Unidos se sume al derecho, y gane con ello, como lo hizo Franklin Roosevelt, una plataforma de cooperación y amistad en este he­misferio.

Mientras tanto, en la estela de la guerra del Golfo, el derecho ha sido proclamado piedra angular del nuevo orden internacional y las Naciones Unidas dotadas de un poder y una flexibilidad de acción de las que siempre habían carecido.

Falta saber si la ONU se fortalecerá admitiendo, tamb­ién, las realidades políticas surgidas de la nueva cons­telación representada por Japón, la Comunidad Europea y sobre todo la Alemania unida.

Falta saber si el imperio del derecho sólo se ejercerá sobre los débiles y no sobre los fuertes.

Y falta saber si el concepto de seguridad, radicalmente disminuido en el terreno militar, abarcará a tiempo temas como el desfase en el desarrollo, la amenaza ecológica o la proliferación de armas y conocimientos nucleares entre países, en todos los demás sentidos, débiles.

Pero aunque la ley en muchos casos no se aplica, en oíros sí tiene indispensable vigor. Y lo que a todos nos co­rresponde, como ciudadanos en nuestras comunidades, y romo Estados en la comunidad internacional, es procurar que el espacio de la ley se expanda.

Todos somos, en este sentido, holandeses tratando de ganarle terreno al mar.

Muy particularmente, el derecho se convierte en una necesidad tanto interna como internacional, para darle proporción de justicia al tema más importante, al lado de la preservación de la paz y la salvación del medio ambien­te, del siglo por venir.

Me refiero, a la luz de cuanto aquí he dicho esta mañana, a las inevitables y masivas migraciones planetarias que ya se anuncian del Este hacia el Oeste y del Sur hacia el Norte.

Durante 500 años, el Occidente se desplazó sin pedirle permiso a nadie hacia el Oriente y hacia el Sur, imponien­do y diseminando sus valores.

Ahora el movimiento se invierte: el Sur y el Oriente se mueven hacia el Norte y el Occidente, preguntándonos a todos: ¿pueden coexistir la integración económica con la diversidad cultural y con la equidad jurídica y social?

La migración masiva es un acontecimiento internacional que, más y más, exigirá solidaridad interna y legalidad internacionales para proteger los derechos del trabajador.

De esta manera, en el mundo que estamos construyendo todos después de la guerra fría, los problemas pospuestos marchan con urgencia hacia adelante; cuanto ocurre en una parte del planeta acaba por repercutir en otra parte; nada puede ser aislado y ello exige apego al derecho para no confundirse con el caos.

El componente cultural hace nuevos y sorprendentes llamados a nuestra imaginación y la historia está muy lejos de haber concluido.

Uno de sus protagonistas es el Otro, ruso y croata, norafricano y turco, colombiano y salvadoreño, mexicano y vietnamita, coreano y japonés, pakistano y senegalés. Ahora, el Otro está con nosotros, el Otro ha llegado a com­partir nuestro tiempo y nuestro espacio, y sin él o ella, no habrá un nuevo orden internacional digno de ese nombre.

La ciudad multiétnica y multicultural es el producto inevitable, de las comunicaciones instantáneas, la inte­gración económica y la integración paralela de la cultura, la sociedad y la política locales.

Todo ello encarna en el desafío del Otro, el desafío a nuestros prejuicios, al sentido de nuestros propios límites, a nuestra capacidad de dar y de recibir, a nuestra in­teligencia para entender lo extraño —la cultura del otro— y de ser entendidos por ella.

En resumen, como parte de la mayoría, los latinoameri­canos debemos potenciar nuestra particular capacidad de inclusión y de transformación para crear culturas que en la pureza y el aislamiento, perecen, y sólo en la comunicación, el mestizaje y el contagio, viven y prosperan.

En 1992, podemos recordar que los latinoamericanos —mejor dicho, los indo-afro-iberoamericanos— hemos hecho una cultura heredera del mundo indígena preco­lombino, pero también del mundo africano y de un mundo europeo que no es sólo ibérico, sino mediterráneo: levanti­no, griego y romano, pero también judío y árabe.

No le tengamos miedo al inmigrante: cuando excluyen, las culturas pierden; cuando incorporan, las culturas ganan.

Cuanto aquí he dicho está templado, en las palabras de Fernando Henrique Cardoso, por el riesgo real del fraca­so. El mundo cambia y se ordena porque el mundo teme acabarse; en el suicidio nuclear o ecológico.

Las palabras de Pascal adquirieron su resonancia plena en nuestro siglo: "Todo lo que se perfecciona por el progreso, también perece por el progreso".

Esta advertencia no fue escuchada, porque la moder­nidad había expulsado la conciencia trágica.

En la ausencia de la tragedia, se instaló el crimen: Auschwitz y el Gulag, Pol Pot y Pinochet.

La tragedia de la humanidad fue la ausencia de tragedia.

¿Seremos capaces de restaurar, en los años por venir, un mínimo sentimiento trágico, para parafrasear a Miguel de Unamuno, más acorde con las derrotas inevitables que, sin embargo, ponen a prueba nuestra capacidad de con­vertir la experiencia en conocimiento?

¿Sabremos, en otras palabras, darle tiempo a la historia a fin de que los valores opuestos, en vez de aniquilarse mutuamente, se resuelvan el uno en el otro?

Entre tanto, un orden internacional basado en el dere­cho y en la cooperación es una meta difícil de alcanzar —quizás, imposible. Pero en la medida de las posibili­dades, exige capacidad diplomática, apego al derecho, imaginación política y coraje humano, incluyendo el cora­je de aceptar derrotas inevitables.

Estamos en el mundo.

En él actuamos y por eso somos libres.

Pero en él morimos y por lo tanto no lo somos.

Y sin embargo, a pesar de la muerte, queremos asegu­rar la continuidad de la vida.

¿Cómo?

Mediante la política, la cultura, el amor y el arte, que recibimos, enriquecemos y heredamos, sin concluir jamás la tarea.

Hay un Sísifo útil cuya piedra, en vez de rodar al abis­mo cuando alcanza la cumbre, es tomada por nuevos bra­zos y llevada a la cumbre siguiente, cuando los nuestros se fatigan.

Al concluir el siglo XX, el horizonte de un nuevo mundo multipolar revela la variedad de la condición y la expe­riencia humanas: es decir, la continuidad de la vida.

Para asegurarla, debemos todos cooperar en un nuevo proyecto de modernidad que no excluya a nada y a nadie, y que pueda ser compartido por tantos como sea posible, sin violentar la tradición cultural de cada cual.

Nuestra meta sólo puede ser una sola potencia: la superpotencia mundo.
ACTIVIDAD DE APRENDIZAJE
1.¿CUÁL ES LA VISIÓN DE LA GUERRA FRÍA DE CARLOS FUENTES?

2. ¿CUÁL ES EL DIAGNÓSTICO DE FUENTES ACERCA DEL FUTURO DEL MUNDO DESPUÉS DE LA CAIDA DEL SOCIALISMO?

3. EXPLICA LA CRITICA DE FUENTES A LA GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA Y A LA BALCANIZACIÓN MUNDIAL.

4. ¿CUÁL ES LA CRÍTICA A LA VISIÓN REAGANISTA Y LAS CAUSAS DE SU DECADENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS?

5. ¿CUÁLES SON LAS GRANDES CONTRADICCIONES MUNDIALES QUE SE REFLEJAN EN LAS CONDICIONES ECONÓMICAS, LA TECNOLOGÍA, LA POLÍTICA, LA IDEOLOGÍA DE LAS ZONAS POBRES Y RICAS ¿

6. ¿QUÉ ALTERNATIVAS TIENE LA HUMANIDAD EN EL FUTURO SEGÚN CARLOS FUENTES PARA CONTRUIR UNA SUPERPOTENCIA?
CON BASE EN LA LECTURA DE PERRE SCHORI, RESPONDE LAS PREGUNTAS SIGUIENTES:
1,¿CUÁL ES EL DOCUMENTO MÁS IMPORTANTE DEL GÉNERO HUMANO Y POR QUÉ?

2. ¿CUÁL ES LA IMPORTANCIA DE LA CULTURA DEMOCRÁTICA PARA EL DESARROLLO DEL GÉNERO HUMANO.?

3. ¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE LA DECLARACIÓN DE PARÍS DE NOVIEMBRE DE 1990?

4 ¿CUÁL ES LA IMPORTANCIA DE LOS DERECHOS HUMANOS EN LAS SOCIEDADES DEMOCRÁTICAS?

5. ¿CUÁL ES LA CRITICA DE SANGUINETTI A LOS GOBIERNOS DEL NORTE ACERCA DE LA DEMOCRACIA DEL SUR?

6. ¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE PARA SCHORI LA CONFERENCIA DE NACIONES UNIDAS PARA EL MEDIO AMBIENTE Y EL DESARROLLO DE RIO DE JANEIRO?

7. ¿CUÁLES DEBE SER LAS CARACTERÍSTICAS PARA FORJAR UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL?

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