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La rueda del tiempo


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ROBERT JORDAN

LA RUEDA DEL TIEMPO


Contraportada de "El ojo del mundo"

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El mundo gira, y gira y una vez tras otra vuelven, al cabo de los años, de los milenios, los días prometidos en las leyendas. Desde el horrible momento en que Lews Therin, que fue Señor de la Luz, impulsado por las fuerzas de la Oscuridad, dio muerte a todos los suyos, no ha cesado la lucha entre la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, el bien y el mal.

En una pequeña aldea solitaria de la región de Dos Ríos vive Rand, un joven granjero, en compañía de su padre. Una noche son asaltados por los trollocs, bestias semihumanas, que hieren al padre. Rand lo traslada al pueblo más cercano para que lo curen y ve cómo, allí, los trollocs también han ocasionado graves destrozos. Una poderosa maga, Moraine, afirma que Rand y otros dos muchachos deben huir de la aldea porque son el objetivo de la persecución de los trollocs, quienes obedecen a las fuerzas del mal.

El Ojo del Mundo es el primer volumen de la saga La Rueda del Tiempo, sin duda una de las obras cumbre de la moderna literatura fantástica.


Robert Jordan

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Robert Jordan nació en octubre de 1948. Pasó su juventud en el sur de Estados Unidos y se graduó en la Escuela Militar de Carolina del Sur, licenciándose en Física. Tomó parte en la guerra del Vietnam, donde fue condecorado varias veces. Después de la guerra, trabajó como ingeniero nuclear, pero abandonó su trabajo para dedicarse por completo a la literatura. Sus primeras obras fueron novelas históricas, un western y obras de fantasía en la línea de las populares novelas sobre Conan el Bárbaro. El dinero que ganó con estos libros le permitió dedicarse durante varios años a crear su gran ciclo de fantasía: La Rueda del Tiempo. En la actualidad, vive con su esposa en una mansión del siglo XVIII en Charleston, Carolina del Sur. Sus aficiones favoritas son: cazar, pescar, jugar al póquer y al ajedrez, y coleccionar obras de arte oriental y africano.




LA RUEDA DEL TIEMPO

Volumen 1

EL OJO DEL MUNDO

Robert Jordan
ÍNDICE



LA RUEDA DEL TIEMPO 1

PRÓLOGO


El Monte del Dragón 8

CAPÍTULO 1

Un camino solitario 14

CAPÍTULO 2

Forasteros 26

CAPÍTULO 3

El Buhonero 35

CAPÍTULO 4

El juglar 45

CAPÍTULO 5

La Noche de Invierno 55

CAPÍTULO 6

El Bosque del Oeste 67

CAPÍTULO 7

A la salida del bosque 73

CAPÍTULO 8

Un cobijo acogedor 83

CAPÍTULO 9

Revelaciones de la Rueda 94

CAPÍTULO 10

La partida 106

CAPÍTULO 11

La ruta hacia el Embarcadero de Taren 113

CAPÍTULO 12

La travesía del Taren 120

CAPÍTULO 13

Elecciones 129

CAPÍTULO 14

El Ciervo y el León 142

CAPÍTULO 15

Extraños y amigos 152

CAPÍTULO 16

La Zahorí 167

CAPÍTULO 17

Vigilantes y perseguidores 175

CAPÍTULO 18

El camino de Caemlyn 187

CAPÍTULO 19

Sombras en ciernes 197

CAPÍTULO 20

Diseminados por el viento 210

CAPÍTULO 21

La voz del viento 223

CAPÍTULO 22

La senda elegida 232

CAPÍTULO 23

Hermano Lobo 236

CAPÍTULO 24

El descenso por el Arinelle 246

CAPÍTULO 25

El Pueblo Errante 255

CAPÍTULO 26

Puente Blanco 266

CAPÍTULO 27

Al abrigo de la tormenta 282

CAPÍTULO 28

Huellas en el aire 291

CAPÍTULO 29

Ojos implacables 297

CAPÍTULO 30

Hijos de las Sombras 308

CAPÍTULO 31

En la necesidad de ganarse el sustento 319

CAPÍTULO 32

Cuatro Reyes en tinieblas 327

CAPÍTULO 33

La oscuridad acecha 340

CAPÍTULO 34

El último pueblo 357

CAPÍTULO 35

Caemlyn 367

CAPÍTULO 36

Los hilos del Entramado 376

CAPÍTULO 37

La larga búsqueda 386

CAPÍTULO 38

El rescate 392

CAPÍTULO 39

El telar de los sucesos 402

CAPÍTULO 40

El tejido estrecha su cerco 410

CAPÍTULO 41

Viejos amigos y nuevas amenazas 426

CAPÍTULO 42

Remembranza de sueños 436

CAPÍTULO 43

Decisiones y apariciones 444

CAPÍTULO 44

La oscuridad reina en los Atajos 453

CAPÍTULO 45

El acecho tras las sombras 463

CAPÍTULO 46

Fal Dara 473

CAPÍTULO 47

Otras historias de la Rueda del Tiempo 485

CAPÍTULO 48

La Llaga 494

CAPÍTULO 49

El Oscuro cobra poder 502

CAPÍTULO 50

Encuentros en el Ojo 508

CAPÍTULO 51

Lucha con la Sombra 516

CAPÍTULO 52

Sin principio ni final 523

CAPÍTULO 53

La Rueda gira 530

GLOSARIO 536





Para Harriet,

corazón de mi corazón

luz de mi vida.

PRÓLOGO

El Monte del Dragón


El palacio todavía se agitaba en ocasiones mientras la tierra retumbaba en la memoria; crujía como si quisiera negar lo acontecido. Haces de luz, filtrados a través de las hendiduras de la pared, hacían resplandecer las motas de polvo suspendidas en el aire. Las paredes, el suelo y los techos conservaban las marcas del paso del fuego. Amplias manchas negras cruzaban las pinturas y oropeles arrasados de lo que en otro tiempo eran abigarrados murales; el hollín cubría frisos desmenuzados de hombres y animales que parecían haber tratado de escapar antes de que la locura cesara. Los cadáveres yacían por doquier; hombres, mujeres y niños alcanzados en la huida por los rayos que se habían abatido sobre cada corredor, abrasados por el fuego que les había seguido los pasos o atrapados en las piedras del palacio que se habían abalanzado sobre ellos como organismos vivos antes del retorno de la calma. Como curioso contrapunto, brillantes tapices y pinturas, todos obras maestras, pendían incólumes excepto en los puntos en que las paredes los habían empujado al pandearse. Los lujosos muebles labrados con incrustaciones de oro y marfil, salvo los que fueron derribados por la protuberancia del suelo, permanecían intactos. El gran descarriador de la mente había golpeado en la esencia sin importarle los objetos que la rodeaban.

Lews Therin Telamon vagaba por el palacio, manteniendo hábilmente el equilibrio cuando la tierra se levantaba.

—¡Ilyena! Amor mío, ¿dónde estás?

El borde de su capa gris claro se arrastraba por la sangre mientras caminaba por encima del cuerpo de una mujer de cabellos rubios cuya belleza estaba desfigurada por el horror de sus últimos momentos; la incredulidad había quedado plasmada en sus ojos, todavía abiertos.

—¿Dónde estás, esposa mía? —seguía implorante—. ¿Dónde se han escondido todos?

Sus ojos toparon con su propia imagen reflejada en un espejo que colgaba torcido sobre el mármol cuarteado. Su atuendo, de color gris, escarlata y dorado, antaño majestuoso, cuya tela primorosamente bordada había sido traída por los mercaderes de allende el Mar del Mundo, se hallaba ahora ajada y sucia, cargada con la misma capa de polvo que le cubría los cabellos y la piel. Por un instante tocó el símbolo que lucía su capa, un círculo mitad blanco y mitad negro, con los colores separados por una línea irregular. Aquel símbolo tenía algún significado. Sin embargo, el emblema bordado no logró retener largo tiempo su atención. Contemplaba su propio reflejo con igual asombro. Un hombre alto, de mediana edad, apuesto en otro tiempo, pero que tenía más cabellos blancos que castaños y un rostro marcado por el esfuerzo y la preocupación; sus ojos oscuros habían visto ya demasiado. Lews Therin comenzó a reír entre dientes, después echó la cabeza hacia atrás; su risa resonó por las salas deshabitadas.

—¡Ilyena, amor mío! Ven a mí, esposa mía. Debes ver esto.

Tras él, el aire se ondulaba, relucía, se solidificaba para conformar el contorno de un hombre que miró en torno a sí con la boca contraída en un rictus de disgusto. De menor estatura que Lews Therin, vestía por completo de negro con excepción de un lazo blanco que rodeaba su garganta y el adorno plateado en la solapa de sus botas. Avanzó con cautela, recogiendo su capa con fastidio para evitar que rozara a los muertos. El suelo experimentó un leve temblor, pero su atención estaba concentrada en el hombre que reía de cara al espejo.

—Señor de la Mañana —dijo—, he venido a buscarte.

La risa paró en seco, como si nunca hubiera existido, y Lews Therin se volvió sin mostrar asombro alguno.

—Ah, un huésped. ¿Tenéis buena voz, forastero? Pronto llegará el momento de cantar y aquí sois todos bien acogidos para tomar parte en ello. Ilyena, amor mío, tenemos una visita. Ilyena, ¿dónde estás?

Los ojos del hombre de negro se abrieron con desmesura para posarse sobre el cadáver de la mujer de pelo dorado y volver a fijarse de nuevo en Lews Therin.

—Que Shai'tan os tome para sí; ¿acaso la corrupción os atenaza hasta tal punto el entendimiento?

—Ese nombre. Shai... —Lews Therin se estremeció y alzó una mano como para protegerse de algo—. No debéis pronunciar ese nombre. Es peligroso.

—Veo que al menos recordáis esto. Es peligroso para vos, imbécil, no para mí. ¿Qué más os viene a la memoria? ¡Recordad, idiota cegado por la Luz! ¡No permitiré que esto acabe sin que vos recobréis la conciencia! ¡Recordad!

Durante un instante Lews Therin contempló su mano levantada, fascinado por las manchas de suciedad. Entonces se restregó la mano en su capa, aún más mugrienta, y volvió a dedicar su atención al otro hombre.

—¿Quién sois? ¿Qué queréis?

El individuo ataviado de negro se irguió con arrogancia.

—Antes me llamaban Elan Morin Tedronai, pero ahora...

—Traidor de la Esperanza. —Fue un susurro salido de boca de Lews Therin. El recuerdo despuntaba en él, pero giró la cabeza, negándose a abrazarlo.

—De modo que recordáis algunas cosas. Sí, Traidor de la Esperanza. Así me bautizaron los hombres, como a vos os pusieron el nombre de Dragón, con la diferencia de que yo he adoptado el apelativo. Me lo otorgaron como un insulto y, sin embargo, yo los obligaré a arrodillarse y rendirle adoración. ¿Qué vais a hacer vos con vuestro nombre? A partir de hoy, os llamarán Verdugo de la Humanidad. ¿Qué postura vais a adoptar?

Lews Therin arrugó la frente y abarcó con la mirada la sala en ruinas.

—Ilyena debería estar aquí para dar la bienvenida a un huésped —murmuró distraído antes de levantar la voz—. Ilyena, ¿dónde estás?

El suelo se estremeció y agitó el cuerpo de la mujer de cabello rubio como si formulara una respuesta a su llamada. Sus ojos no la percibieron.

—Reparad en vos —dijo despreciativo Elan Morin con una mueca—. En otro tiempo fuisteis el primero entre los Siervos. Hubo una época en que invocasteis los Nueve Cetros del Dominio. ¡Miraos ahora! Un desgraciado que mueve a compasión. Pero eso no me basta. Vos me vencisteis en las Puertas de Paaran Disen; sin embargo, ahora soy yo el más grande. No os dejaré morir sin que os deis cuenta. Cuando fallezcáis, vuestro último pensamiento será la plena conciencia de vuestra derrota, de vuestro total aniquilamiento. Suponiendo que os conceda la suerte de morir.

—No entiendo por qué tarda tanto Ilyena. Me reñirá cuando vea que no le he presentado a nuestro invitado. Espero que os guste conversar porque a ella le encanta. Os prevengo, Ilyena os hará tantas preguntas que lo más probable es que terminaréis por contarle todo cuanto sabéis.

Elan Morin arrojó hacia atrás su capa negra y dobló las manos.

—Es una lástima para vos que no esté presente ninguna de vuestras hermanas —musitó—. Nunca he sido muy diestro con las curaciones, y ahora me sirvo de un poder distinto. Pero ni siquiera una de ellas podría proporcionaros unos minutos de lucidez, en caso de que vos mismo no la destruyerais antes. Lo que yo soy capaz de hacer será igualmente válido para mis propósitos. —Su súbita sonrisa era cruel—. Aun así, me temo que los remedios de Shai'tan son distintos de cuantos conocéis. ¡Que la salud retorne a ti, Lews Therin!

Extendió una mano y la luz se convirtió en penumbra, como si una sombra hubiera ocultado el sol.

El dolor se adueñó de Lews Therin y no logró contener los gritos que parecían salidos de sus entrañas. El fuego invadió su médula mientras el ácido recorría sus venas. Cayó de espaldas, aplastado sobre el suelo de mármol; su cabeza golpeó la piedra y rebotó. El corazón le latía de forma vertiginosa, como si fuera a salírsele del pecho, y cada pulsación traía consigo una nueva oleada de ardor. Presa de convulsiones, se revolvía indefenso con el cráneo convertido en una esfera de puro sufrimiento que parecía que fuera a estallar en cualquier momento. Sus roncos gemidos resonaban por todo el palacio.

Poco a poco, con una lentitud extrema, el dolor disminuyó. Tras su retirada, que pareció durar mil años, él se agitó espasmódicamente e inhaló con avidez el aire a través de una garganta seca. Se le antojó que podía haber transcurrido otro milenio antes de recobrar la capacidad de incorporarse, con los músculos doloridos, ayudado de manos y pies. Sus ojos se posaron sobre la mujer de cabellera dorada, y el grito que brotó de su interior restó intensidad a los sonidos exhalados antes. Tambaleante, a punto de caer, gateó hasta ella. Hubo de hacer uso de todas sus fuerzas para tomarla en brazos. Las manos le temblaban al apartarle los cabellos del rostro, que todavía miraba con sus ojos muertos.

—¡Ilyena! ¡Que la Luz me proteja, Ilyena! —Su cuerpo se doblegó en actitud protectora sobre la mujer, al tiempo que sus sollozos sonaban como los gritos desatados del hombre a quien no le queda ningún motivo para seguir viviendo—. ¡Ilyena, no! ¡No!

—Podéis recobrarla, Verdugo de la Humanidad. El Gran Señor de la Oscuridad puede devolverle la vida si estáis dispuesto a servirlo. Si estáis dispuesto a servirme a mí.

Lews Therin alzó la cabeza y el sombrío personaje retrocedió involuntariamente un paso bajo el peso de su mirada.

—Diez años, Traidor —dijo en voz baja Lews Therin, mostrando la misma suavidad del acero al ser desenfundado—. Hace diez años que vuestro enloquecido amo viene destruyendo el mundo. Y ahora esto. Voy a...

—¡Diez años! ¡Estúpido sin remedio! Esta guerra no se desarrolla desde hace diez años, sino desde el inicio del tiempo. ¡Vos y yo hemos librado miles de batallas al compás de los giros de la Rueda, un millón de veces, y lucharemos hasta que el tiempo se detenga y suene el triunfo de la Sombra!

Terminó su explicación con un grito y el puño levantado y en esta ocasión fue Lews Therin quien dio un paso atrás, con la respiración contenida ante el destello de los ojos del Traidor.

Lews Therin depositó amorosamente a Ilyena en el suelo y le acarició con ternura los cabellos. Las lágrimas le nublaban la visión al levantarse, pero su voz sonó con la frialdad del metal.

—Por todo cuanto habéis hecho, no puede existir el perdón para vos, Traidor, pero por la muerte de Ilyena os destruiré de tal modo que ni vuestro amo podrá ayudaros. Preparaos para...

—¡Recordad, imbécil! ¡Acordaos de vuestro fútil ataque al Gran Señor de la Oscuridad! ¡Acordaos de su contraataque! ¡Acordaos! En estos precisos momentos los Cien Compañeros están desgarrando el mundo y con cada día que pasa se une a ellos un ciento más. ¿Qué mano ha asesinado a Ilyena, la de cabellos dorados? No ha sido la mía. No ha sido la mía. ¿Qué mano ha acabado con la vida de quienes llevaban una gota de vuestra misma sangre, de todos aquellos a quienes vos amabais? No la mía, Verdugo de la Humanidad. No la mía. ¡Rememorad y sabréis así cuál es el precio que se paga por enfrentarse a Shai'tan!

Un sudor repentino surcó la cara de Lews Therin, cubierta de polvo y mugre. Recordó, a través de una imagen nebulosa parecida a un sueño forjado en otro sueño; no obstante, sabía que aquello era cierto.

Su aullido resonó en las paredes; era el grito de un hombre que había descubierto su alma condenada por su propia mano, y se arañó el rostro como si quisiera arrancar la imagen de lo que había hecho. Dondequiera que mirase sus ojos se topaban con cadáveres. Estaban despedazados, quebrados, quemados o engullidos a medias por las piedras. Por todas partes yacían inertes seres que conocía, seres a quienes amaba. Viejos sirvientes y amigos de infancia, fieles compañeros que lucharon con él durante los largos años de combate. Sus propios hijos e hijas, desparramados como muñecos rotos, jugaban inmóviles para siempre jamás. Todos abatidos por su mano. Los rostros de sus hijos lo acusaban, con los ojos en blanco preguntando por qué, y sus lágrimas no podían explicar la razón. Las risas del Traidor machacaban sus oídos, amortiguando sus alaridos. No podía contemplar las caras, el horror. No podía soportar permanecer allí por más tiempo. Con desesperación invocó la Fuente Verdadera, el corrupto Saidin, y emprendió el Viaje.

La tierra en torno a sí estaba desolada y vacía. Un río discurría en las cercanías, ancho y recto, pero podía adivinar que no había ningún ser humano en quinientos kilómetros a la redonda. Estaba solo, solo como únicamente podía hallarse un hombre aún con vida y, sin embargo, no podía huir del recuerdo. Los ojos lo perseguían a través de los infinitos recovecos de su mente. No podía ocultarse delante de ellos. Los ojos de sus hijos. Los ojos de Ilyena. Las lágrimas fluían por sus mejillas cuando alzó el rostro hacia el cielo.

—¡Luz, perdóname! —No creía que pudiera alcanzarle el perdón. Éste no existía para lo que había perpetrado. No obstante gritaba en dirección a la bóveda celeste; imploraba aquello que sabía no era digno de recibir—: ¡Luz, perdóname!

Todavía estaba en contacto con Saidin, la porción masculina del poder que dirigía el universo, que hacía girar la Rueda del Tiempo, y percibía la aceitosa mancha que maculaba su superficie, la infección del contraataque de la Sombra, la corrupción que había sumido el mundo en la destrucción. Y todo por su culpa, porque, henchido de orgullo, había creído que los hombres podían igualar al Creador, podían reparar la obra del Creador que ellos mismos habían destrozado. Su orgullo lo había inducido a creerlo.

Aspiró con avidez el contenido de la Fuente Verdadera, con más intensidad a cada segundo, como un hombre que desfalleciera de sed. A poco había absorbido más sustancia del Poder Único de la que podía canalizar por sí mismo; la piel le ardía como si estuviera en llamas. Con gran esfuerzo, se obligó a ingerir más, tratando de engullirla en su totalidad.

—¡Luz, perdóname! ¡Ilyena!

El aire se convirtió en fuego, el fuego en luz líquida. El rayo surgido del cielo habría abrasado y cegado cualquier ojo que lo hubiera avistado, incluso por espacio de un instante. Brotado del firmamento, atravesó a Lews Therin Telamon y penetró en las entrañas de la tierra. Las piedras se convirtieron en vapor al entrar en contacto con él. La tierra se agitó, tembló como un ser vivo atenazado por el dolor. La reluciente estela sólo existió durante un segundo, uniendo cielo y tierra, pero una vez transcurrido éste el suelo se estremeció como un mar azotado por la tormenta. La roca fundida surcaba el aire, alcanzando una altura de cientos de metros, y el rugiente terreno se levantaba, elevando el abrasador surtidor cada vez más arriba. De norte a sur, de este a oeste, el viento aullaba, arrancaba árboles como si fueran meras ramitas, como si su atronador soplido acudiera para impulsar a la creciente montaña en dirección al cielo, a una altura más y más imponderable.

Por fin el viento amainó y la tierra apaciguó sus trémulos murmullos. De Lews Therin no quedó señal. En el lugar donde había estado se alzaba ahora una alta montaña que horadaba el cielo y escupía aún lava líquida por su pico quebrado. El ancho río de cauce recto había sido desviado y formaba una curva alejada de la montaña; había quedado dividido en dos ramales, en medio de los cuales había una isla alargada. La sombra de la montaña casi se proyectaba sobre la isla, descargando su oscuridad sobre los campos como la ominosa mano de una profecía. Durante un tiempo, los amortiguados rumores de protesta de la tierra fueron el único sonido emitido allí.

En la isla, el aire vibraba y entrechocaba. El hombre vestido de negro contemplaba la impresionante montaña que se elevaba en la llanura. Su rostro se hallaba desfigurado por la rabia y el rencor.

—No podéis escapar tan fácilmente, Dragón. Aún no ha terminado nuestra contienda y ésta no terminará hasta el fin de los tiempos.

Después desapareció, y la montaña y la isla permanecieron solas, esperando.

Y la Sombra se abatió sobre la tierra y el mundo se

hendió piedra por piedra. Los océanos se desvanecieron y las

montañas fueron engullidas, y las naciones fueron dispersadas

hacia los ocho ángulos del mundo. La luna era igual que la

sangre y el sol como la ceniza. Los mares hervían, y los vivos

envidiaban a los muertos. Todo quedó destrozado y todo se

perdió excepto el recuerdo, y una memoria prevaleció sobre

las demás, la de aquel que atrajo la Sombra y el

Desmembramiento del Mundo. Y a aquél lo llamaron el

Dragón.


De Aleth nin Taerin alta Camora,

El Desmembramiento del Mundo.

Autor anónimo, cuarta era

Y sucedió que en aquellos días, como había acontecido

antes y volvería a acontecer, la oscuridad cernía su peso sobre

la tierra y oprimía el corazón de los hombres, y el verdor de

las plantas palidecía y la esperanza desfallecía. Y los hombres

invocaron al Creador, diciendo: Oh Luz de los Cielos, Luz

del Mundo, haced que el Redentor Prometido nazca del seno

de la montaña, tal como afirman las profecías, tal como

acaeció en las eras pasadas y sucederá en las venideras. Haced

que el Príncipe de la Mañana cante en honor de la tierra

para que crezcan las verdes cosechas y los valles produzcan

corderos. Permitid que el brazo del Señor del Alba nos

proteja de la Oscuridad y que la gran espada de la justicia

nos defienda. Haced que el Dragón cabalgue de nuevo a

lomos de los vendavales del tiempo.

De Charal drianaan te Calamon,

El Ciclo del Dragón.

Autor anónimo, cuarta era


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