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La Revista Literaria


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Los Gauchos

José Pedro Varela


Artículo aparecido en “La Revista Literaria”, abril de 1865.

Indudablemente la espléndida naturaleza de la América, sus gigantescas montañas, sus dilatadas campiñas, sus ríos y sus bosques influyen poderosamente en el ánimo de sus habitantes.


Las ideas de libertad y de poder nacen fácilmente en el hombre al contemplar esas inmensas soledades en la que es dueño y señor su voluntad, y donde nada hay que ponga una traba a su albedrío.
La libertad salvaje, si podemos llamarla así, la libertad que no refrena ni las malas costumbres ni los vicios, y que hace que el hombre se aproxime más y más hacia la esfera del animal, a medida que sus malas inclinaciones se desarrollan, sin que haya nada que las contenga, crece y se robustece en el corazón de los habitantes de la campaña americana.
Y es ese anhelo por la libertad, aunque reúna libertad mal entendida, el que presta a nuestros gauchos esa apariencia de magnanimidad y de bravura, en la que muy generalmente se pretende encontrar una grandeza de alma que no existe.
Los gauchos, cuya raza, si es que como tal podemos clasificarla, es una mezcla de la raza india y de la de los conquistadores, han tomado de la primera su haraganería, sus hábitos salvajes, su crasa ignorancia; y de la segunda, el orgullo infatuado, el servilismo bajo las apariencias de la independencia, y el horror al trabajo, que ennoblece la criatura y fortifica en el hombre tas sanas ideas.
Aun hoy, después de 50 años de civilización y de progreso (nosotros contamos la época de nuestra civilización, desde la de nuestra emancipación de la madre España, pues creemos que nuestro progreso estriba principalmente, en irnos desprendiendo de las ideas y de los hábitos de los españoles); aun hoy, millares de gauchos pasan su vida en la ociosidad, que, como se ha dicho siempre, es la fuente de todos los vicios y de todos los males.
Como una prueba de la buena índole y de los buenos sentimientos de los gauchos, se hace observar siempre, por sus admiradores, que es infinitamente menor, el número de crímenes cometidos en nuestras poblaciones, que el cometido en las poblaciones europeas; pero, al establecer este parangón, olvidamos la necesidad y la miseria, que acosan continuamente a los proletarios europeos, que jamás llegan a hacerse sentir de los habitantes de nuestra campaña.
El gaucho es rico, es poderoso, si se comparan sus necesidades con los medios que tiene de llenarlas.
Así pues, en los crímenes que se cometen en nuestra campaña, no influye la necesidad, influyen sólo los malos sentimientos que están prodigiosamente desarrollados, y que, o decimos con pesar, no sólo los gauchos, que no tienen ni las más leves nociones de moral y de justicia, sino aun, la parte cultura, los directores del pueblo, se cuidan poco de mejorar y de reformar en el corazón de las poblaciones de nuestra campaña.
Políticamente considerados, los gauchos son elementos disolventes.
Debido a ellos, elemento bárbaro siempre pronto para todo lo que sea violar los derechos y la justicia y a la merced del primero que quiere agitarlo, es que se han sucedido continuamente entre nosotros, esos motines, entre los que se cuentan algunas verdaderas revoluciones, pero que en su mayor parte han sido una imitación de las saturnales políticas de la República Romana.
Y si hacemos una excepción en favor de algunas de nuestras convulsiones que han sido verdaderas revoluciones, es porque, para nosotros, las revoluciones son las que han hecho progresar al mundo.
Cada revolución es una palabra que se ha agregado al código libertador de cada nación.
Considerados económicamente, los gauchos son masas simplemente consumidoras.
Aunque con distintos trajes, en ese sentido, ocupan en la formación de las poblaciones el mismo lugar que ocupan los frailes.

Son los parásitos de los romanos.


La civilización amalgamando las sociedades y dando a cada hombre su parte de trabajo, hace que todos compensemos la parte de trabajo ajeno que consumimos con la parte de trabajo que producimos por nuestra parte, y que el obrero y el abogado, el filósofo y el banquero, todos concurran a la formación de una riqueza de la que todos gozan también.
El gaucho, viviendo en la ociosidad, sin traer nada a la producción general, consume sin embargo, sino una parte del trabajo de los otros hombres, una parte de los elementos que hacen más fácil y más productivo ese trabajo.
Así también el fraile, más funesto moralmente que el gaucho, es también más oneroso en el sentido económico, porque, invocando lo que se llama la consagración al Señor, consume una parte del trabajo ajeno sin producir nada absolutamente.
Pero ¿a qué debemos atribuir esa perpetuación, digámoslo así, de nuestros gauchos, y esa carencia de ideas, de moral y de justicia que hay en nuestra campaña?
¿Será, acaso, que el germen de ideas funestas, que nos legaron los conquistadores, fortificado por las supersticiones religiosas, y que se ha inoculado en el corazón de los gauchos, no ha podido ser destruido por nuestros progresos, y necesitará para perderse completamente, el trabajo de generaciones enteras?
¿O será que la civilización y el progreso que han llegado a las ciudades americanas, se han detenido en ellas, sin extenderse hasta sus campiñas?
Creemos que es esta la razón.
Pero, ¿por qué la civilización no ha llegado a la campaña, ni aun en la relación en que está la civilización de las ciudades europeas con sus respectivos campos?
Es que la educación de nuestros gauchos se ha descuidado completamente.
Es que siempre que se ha necesitado brazos e inteligencia en nuestra campaña, se han ido a buscar al extranjero, en vez de tratar de civilizar los gauchos, y de inculcarles con las sanas ideas, el amor al trabajo y el hábito de las buenas costumbres.
Por una aberración incomprensible, la mayoría de la parte ilustrada de nuestra sociedad, que tiene siempre admiración por la hidalguía y el desprendimiento de los gauchos, los considera nulos, o a lo menos deficientes para el trabajo.
Hemos visto agitarse siempre, contando con una protección, directa unas veces, indirecta las otras, de los gobiernos, las ideas de las colonizaciones europeas; pero, poco, muy poco, hemos visto hacer, para tratar de civilizar, digámoslo así, a nuestros gauchos.
No somos enemigos de los extranjeros, por el contrario, creemos que es a ellos que les debemos nuestros progresos, y nuestras buenas ideas, pero creemos también que sólo deben irse a buscar elementos extraños cuando falten los elementos naturales, y que en vez de protegerse la colonización de los extranjeros debía protegerse mucho, muchísimo, la civilización de nuestras gentes, transformándolos, corrigiendo las causas que tuvieran de inútiles para el trabajo, en obreros robustos e inteligentes.
No hace muchos años que todas las inmigraciones que nos llegaban eran canarias.
¿Y podrá creerse, buenamente, que esas poblaciones canarias estuvieron, no diremos más arriba, pero aun a la altura de nuestros gauchos, ya como trabajadores materiales o como obreros del pensamiento?
Entre los colonos que nos llegan ahora mismo, ¿no hay muchos que están colocados por su inteligencia y sus aptitudes en una esfera más baja que nuestros gauchos?
Pero, es que, volvemos a repetirlo, se descuida extraordinariamente su educación y bajo la apariencia de una profunda admiración hay un completo desprecio por ellos; parece, que así como son parias para la vida política, se quisiera que continuaran siendo siempre para la vida social.
Se dice generalmente para justificar el abandono en que se tiene a nuestros gauchos, y el no emplearlos en los trabajos del país, con la preferencia con que debiera serlo, que son haraganes por naturaleza.
Pero veamos la causa por que lo son.
Como hemos dicho ya viven sin trabajar, sin llenar sus necesidades, y en el hombre hay fatalmente una tendencia a la ociosidad; además, tienen la idea, que la tiene aun mucha parte de nuestro pueblo, de que el trabajo es desdoroso.

Esta idea, que nos legaron los conquistadores, y que entre ellos tenía su razón de ser en su religión, que santifica la ociosidad, para dignificar al sacerdote, es bastante por sí sola, para alejar al hombre del trabajo.


Pero, si por medio de escuelas esparcidas profusamente en nuestra campaña, se diera alguna ilustración a nuestros gauchos, sus necesidades acrecerían y con ellas la necesidad de trabajar; y si por medio de premios otorgados a la laboriosidad y a la honradez, se dignificara el trabajo, las absurdas ideas que hoy abrigan desaparecerían de su mente, y con ellas, quizá su funesta ociosidad.
No necesitamos poblaciones excesivas; lo que necesitamos es poblaciones ilustradas.
El día en que nuestros gauchos supieran leer y escribir, supieran pensar, nuestras convulsiones políticas desaparecerían quizá.
Es por medio de la educación del pueblo, que hemos de llegar a la paz, al progreso, y a la extinción de los gauchos.
Entonces, el habitante de la campaña, a quien hoy embrutece la ociosidad, dignificado por el trabajo, convertiría su caballo, hoy elemento de salvajismo, en elemento de progreso, y trazaría con él, el surco que ha de hacer productiva la tierra que permanece hasta hoy estéril.
Y las inmensas riquezas nacionales, movidas por el brazo del pueblo, trabajador e ilustrado, formarían la inmensa pirámide del progreso material.
La ilustración del pueblo, es la verdadera locomotora del progreso.


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