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La rebelión contra la realidad josé de Espronceda


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Pedro Salinas
“LA REBELIÓN CONTRA LA REALIDAD

José de Espronceda”



Góngora es el último poeta de la edad clásica. Después de su desaparición casi por espacio de dos siglos, puede decirse que no hay gran poesía en España. Se necesita la revolución romántica para que surja otra gran personalidad de poeta. Pero ya entonces el mundo ha dado uno de esos pasos que le llevan frente la horizontes nuevos. Ya el mundo que nos encontramos ahora no se parecerá nada a ese que hemos visto. ¿Y por qué? Porque nuestro instrumento de percibir el mundo, de sentirlo e interpretarlo, el hombre, ha cambiado por completo. A principios del siglo XIX, un nuevo tipo de hombre pisa la tierra. Siguen en sus sitios las montañas, corren a su ritmo de siempre los ríos, ruedan las estaciones tras las estaciones. Pero los ojos que las miran, la conciencia que las interroga, el espíritu que intenta dar sentido a esas apariencias son nuevos, y el objeto de la visión, lo que los ojos miran, varía y se transforma, sólo con que varíen una mirada y el alma que las contemplan. La realidad será otra, porque el hombre es otro, Y en esta época romántica es cuando el conflicto constante entre mundo real y mundo poético llega a su clímax, es cuando ese combate entre realidad exterior y realidad interior toma los tonos más violentos y termina más trágicamente. Voy a hablarles a ustedes de¡ poeta que en España representa con más exactitud ese hombre nuevo, esa nueva actitud frente al mundo.
Se llamaba José de Espronceda y su vida es un perfecto compendio de las vidas románticas. Como si ya desde nacer le esperara lo incierto, vino al mundo durante un viaje de su madre y nació, no en un hogar bajo techo familiar, sino en medio del campo. La nota tónica de su vida, como la de todo romántico, fue la disconformidad. Recibió una educación clásica, con un maestro que era el último representante de la vieja escuela literaria. Pero de esa educación clásica sacó precisamente el sentimiento de rebelión contra lo clásico, el anhelo de derrocarlo. A los quince años empiezan sus aventuras. España estaba agitada entonces por las luchas políticas entre partidarios de la monarquía absoluta y de la constitucional, o sea, absolutistas y liberales. Espronceda era un ardiente liberal, y durante el periodo de la tiranía absolutista formó con otros muchachos una sociedad secreta, dedicada a conspirar contra el poder. Se reunían en el sótano de una botica, vestidos de ropones negros y con antifaces, alumbrados por faroles de color rojo. ¿Juego? ¿Verdad? No es posible tomar en serio, claro, a aquel grupo de jovenzuelos; pero en el modo de jugar, en la elección de ese juego, se transparenta ya esa inquietud de Espronceda, ese temblor de rebeldía, eje de su alma. Los descubrieron y, por ser casi unos niños, fueron castigados muy levemente.
Espronceda sigue unos años en sus estudios, pero su inquietud le espolea hacia la aventura, y cuando tenía dieciocho años se lanza al mundo por su cuenta, se embarca en Gibraltar y va a dar en Lisboa. He aquí un rasgo muy divertido: al entrar en Lisboa, al admirar la grandiosidad de la desembocadura del Tajo y de la ciudad, Espronceda hace una especie de recuento de sus bienes. Tiene dos pesetas. Y las arroja al mar, según dice, para no entrar en tan gran ciudad con tan poco dinero. Símbolo M hombre que se lanza a la vida, solo y desnudo, sin más que con su propia fuerza vital, que le empuja. En Lisboa conoce a una mujer que va a ser el centro de su vida sentimental. Se llama Teresa y es hija de un emigrado político. Se enamora violentamente, claro está, porque un romántico no puede enamorarse de otro modo, de la muchacha. De allí se traslada a Londres, adonde han ido a parar también Teresa y su padre. Pero la enamorada del poeta hace, como tantas enamoradas de poeta, un matrimonio de interés y se casa con un rico comerciante. Eso, claro, no es obstáculo para un amor romántico y tiene una solución muy fácil: el rapto. Espronceda rapta a Teresa, poco más tarde, en París. Había luchado en la revolución de julio, y tomado parte además en una intentona de un atrevido grupo de liberales para entrar en España.
Los amores de Espronceda y Teresa son agitados y turbulentos. Viven juntos en Madrid, pero los disgustos entre ellos arrecian y Teresa le abandona. Él la busca, se reúnen de nuevo, pero al poco tiempo ella vuelve a huir definitivamente. Y ya no se verán más en vida. Se desconoce cómo fueron los últimos años de la vida de Teresa, pero se sabe que Espronceda aún pudo verla muerta, por la ventana del cuarto donde estaba su cadáver de cuerpo presente. Esta aventura sentimental pone en la vida de Espronceda el sello indeleble que necesita toda vida de poeta romántico: un amor desgraciado, una pasión terminada trágicamente.
Espronceda continúa su carrera, como escritor y político, con ideas políticas cada día más exaltadas. Empieza a publicar sus poesías, toma parte en todas las revoluciones que se presentan, y al triunfar los libera­les ocupa un cargo diplomático en La Haya y es elegido diputado. Pa­rece que la vida va a abrirle un camino más fácil. Piensa en casarse. Pe­ro en ese momento le sorprende la muerte a los treinta y cuatro años Y así recibe la segunda consagración de romántico: la muerte prematu­ra. ¿Qué sacamos del rápido repaso de esos hechos? Tres notas esencia­les. Su amor, apasionado, turbulento, contrariado y vencido por la vi­da. Su existencia de constante lucha y abierta rebeldía contra casi todo lo que le rodeaba. Y el fin antes de tiempo, la llegada brutal de la muerte, de esa muerte romántica que se complació en tronchar tantos destinos de grandes poetas, de Byron, de Shelley, de Keats, de Leopar­di, de Espronceda. Esa muerte romántica que quizás en el fondo era un acierto del destino, y que aunque nos parezca biológicamente pre­matura era la mejor y más oportuna solución para aquellas existencias arrebatadas, que se consumían como llamas y que debían acaso vivir menos años, porque habían vivido mucha más vida, porque entregaban todo lo que en ellas habla con una generosidad vital que los agotaba.
¿Qué es la realidad, qué es el mundo para este hombre romántico? En primer término, misterio. Misterio cuya clave posee un ser superior, Dios, hacia el cual el hombre se vuelve en actitud de interrogación y desafío. Esa concepción del mundo como misterio es uno de los impulsos más fuertes del alma romántica. En Espronceda la inquietud ante el secreto se manifiesta en varias de sus obras, pero deseo mostrársela a ustedes en una que adapta la forma legendaria, y que tiene como personaje un ser legendario también. El romanticismo español es predomi­nantemente historicista y desentierra muchos temas épicos del pasado, creando una nueva poesía legendaria. Espronceda, aunque mucho menos contagiado que otros románticos, especialmente por esta predisposición a un romanticismo exterior e histórico, sufrió su influencia. Y trató en su leyenda El estudiante de Salamanca un asunto tradicional; no sólo es tradicional el asunto, sino que el personaje que el poeta resucita es nada menos que el gran caballero español, don Juan, inventado por Tirso de Molina al principio del siglo XVII, y que tantas for­mas iba a tomar en los siglos sucesivos en todas las literaturas. Nos en­contramos, pues, con que Espronceda toma, el argumento de su poema y el protagonista, del pasado. Y sin embargo, los modela y anima con un espíritu donde se refleja toda la concepción romántica del mundo. Don Félix de Montemar, héroe del poema, es un joven de alma fiera e insolente, irreligioso, que no tiene miedo a nada y confía en su espada y en su valor. Pasa la vida en amores y en juego, sin recordar ni prever, desafiando a los hombres y cortejando a las mujeres. Una de sus víctimas es la tierna Elvira. Don Félix la seduce y la abandona y ella muere de amor; Pero el caballero ni siquiera se acuerda de ella. Espronceda nos presenta al seductor en una escena de juego, cínico y desengañado, poniéndolo todo a las cartas. En este momento se presenta el hermano de la seducida y abandonada Elvira, a pedir reparación de su infamia a don Félix. El libertino don Juan le mata también.
Hasta ahora la leyenda se ha desarrollado en un plano tradicional, nada de esto es en realidad nuevo. Pero a partir de este momento la visión romántica va apoderándose más y más del poema. Don Félix, con la espada en la mano, recién muerto el hermano de la engañada Elvira, avanza por la callejuela donde ha tenido lugar el duelo. Pero en esto oye a su lado un suspiro misterioso. Es una extraña forma blanca, una forma de mujer en traje blanco que se arrodilla al pie de una imagen colocada en una hornacina, en la calle, y luego se alza y echa a andar. Tan extraña en su apariencia que don Félix siente terror, en el primer momento. Pero luego su alma de don Juan seductor se yergue: es una mujer, una mujer misteriosa, encontrada en una calle solitaria una noche oscura. Ningún don Juan puede vacilar: la sangre, su destino de enamorador le manda seguirla, descubrirla, conquistarla. Y empieza entonces una de las persecuciones más alucinantes que se pueden concebir. La mujer sombra se desliza sin ruido por las calles, tan misteriosa que a veces se la confundiría con un rayo de luna o la espuma del mar. El caballero le habla, le pregunta ansiosamente quién es, una y otra vez, sin obtener respuesta. Pero no por eso ceja en su empeño. En altaneras palabras dice a la muda señora que necesita saber quién es, dónde va y que la seguirá a pesar de todo. Aunque sea al infierno, aunque lo estorbe el ciclo, dice don Félix, mi anhelo de saber quién sois se cumplirá.
He aquí ya un, nuevo plano de la leyenda. Don Juan, el don Juan de la tradición, era un libertino, seductor de mujeres, poseído de un inagotable amor sensual. ¿Pero qué es lo que mueve a este descendiente suyo del poema de Espronceda? En efecto, se ha encontrado a una forma de mujer, una noche, la persigue; pero, conforme avanza la persecución, vamos viendo que esa mujer deja de ser simplemente un atractivo sensual para el seductor, que se va convirtiendo poco a poco en algo mucho más inquietante y extraño: en un misterio. Don Félix ya no persigue a una dama, sino a un misterio, a un ser problemático y secreto. Y las palabras que trascribimos antes están llenas de significación. Quiere saber quién es, dónde va. Contra el cielo y contra el infierno la seguirá, movido por su anhelo. ¿Su anhelo? Esta palabra, la palabra básica del romanticismo, ¿qué sentido tiene aquí? ¿Es el anhelo de don Juan, el anhelo sensual? No. Es el romántico anhelo del alma ante el mundo y ante su misterio, el anhelo por descifrar el secreto de la realidad. Y continúa por las callejuelas estrechas y tortuosas de la ciudad vieja esa aventura amorosa, tan cargada de valor simbólico.
Por fin la dama habla. Dice al caballero que no se obstine en seguirla, que en ello hay un gran riesgo, y que acaso sin saberlo está cerca de su última hora. Pero el seductor contesta diciendo que por nada abandonará su empeño. Si le cuesta la vida, no le importa. Y sigue en pos de ella. En esto una extraña comitiva con luces, entonando cantos funerales, aparece por la calle. Es un entierro. Don Félix pregunta quién es el muerto, y uno de los acompañantes te dice que es él mismo. Don Félix siente un estremecimiento de terror, pero pronto se sobrepone, y lanza una carcajada. Habla de nuevo la mujer. Advierte a su perseguidor que cada paso que da le acerca más a la muerte. Y don Félix tampoco se arredra esta vez. «La vida no tiene más que un término, el alma no tiene más que un paradero –responde–. ¡Adelante!» La dama se para ante una puerta, y por ella penetran en unas fantásticas galerías desiertas y silenciosas, por las cuales se entrevén raras figuras espectrales. Toda la descripción tiende a dar la impresión de extrañeza, de terror, de misterio y alucinación. Y, sin embargo, en este momento es cuando aparece más gigantesca y grandiosa la figura de don Félix. Ahora nos damos cuenta de su total transformación, ¿Qué es este hombre, el burlador de mujeres, el enamorado profesional?. Mucho más. Veamos cómo el mismo poeta nos lo dice. Es, dice Espronceda, un alma rebelde, a quien el temor no detendrá nunca. Es una fábrica frágil de materia impura, sí, pero dentro le alienta un espíritu ambicioso que no acepta la cárcel de la vida y se alza ante Dios queriendo igualarse con él, pidiéndole que le entregue el secreto de su inmensidad.
En este momento nos damos cuenta de que el personaje tradicional , don Juan, ha perdido ya sus atributos geográficos e históricos, que le hacían un héroe español del siglo XVII, y es, sencillamente el nuevo hombre, el hombre romántico, que se alza frente al misterio de la vida y de la realidad, y se encara con Dios en actitud de rebeldía satánica. Es el hombre que no quiere resignarse a sus límites, al no saber y por eso este caballero sigue a la dama misteriosa hasta el fin. Y el fin de la leyenda de Espronceda es la muerte. Esa mujer no era sino la muerte, y en la escena final don Félix celebra sus macabros desposorios con la muerte misma. ¿Qué interpretación se puede dar a esto? Que al final de la persecución ansiosa, el hombre, rebelde y atormentado no tiene más solución al enigma que otro nuevo enigma: la muerte La realidad, el mundo, la vida, no entregan su misterio, por mucho que se le persiga. 0 la clave de ese misterio es sencillamente la muerte. Pero la muerte final, como término absoluto de la vida y no como tránsito a, otra vida superior y eterna. Es la muerte del romántico en plena rebeldía, en desesperación, la terrible muerte sin futuro.
De la misma manera que hemos visto en Espronceda esta actitud en su poesía legendaria, podemos verla en la lírica con mayor claridad. Si estudiamos sus poesías, muy especialmente el Canto a Teresa, que es la elegía que escribió a la mujer que fue el gran amor de su vida, podre­mos rastrear aún con mayor exactitud la actitud del poeta ante la reali­dad. ¿Cómo mira el poeta al mundo real? En Espronceda pasa por tres estados. El primero consiste en el amor entusiasta por la realidad. El poeta se siente atraído por todo, todo le gusta, y la vida se le ofrece co­mo un repertorio interminable de tentaciones y hermosuras. Es el esta­do que yo llamaría de salida al mundo, de iniciación de la vida. Es­pronceda lo expresa con dos clases de metáforas. Una es la nave: «Mi vida –dice– se lanzó a mar del mundo, llena de ansia ardiente, como una nave, que lleva las velas desplegadas y vuela dividiendo las aguas».Otra metáfora es la del cometa: «Yo me lancé –dice– como un rápi­do cometa en atrevido vuelo, en alas de mi fantasía, creyendo encon­trar felicidad y victorias por todas partes». Las dos imágenes sugieren la misma impresión de ímpetu, de impulso hacia adelante, de magnífica arrancada. Ése es el estado primero del sentimiento romántico ante la vida. «Yo amaba todo», dice Espronceda. Un amor ardiente a todo, un ansia de estrechar en los brazos todas las bellezas del mundo. De la misma manera, en El estudiante de Salamanca, el protagonista es un enamorado y se lanza furioso a perseguir a la forma detrás de la cual entrevé el misterio de la vida. En suma, en su actitud inicial frente a la realidad, el romántico es un ardiente enamorado que se arroja en el mar o el ciclo del mundo loco de ansia y de anhelo. Su mundo interior, su mundo poético, cree que en el mundo real que se le ofrece ante los ojos dorados por la luz matinal de la juventud, va a encontrar lo que su ansia infinita desea. Por un momento el poeta ama al mundo y tiene en él esperanzas sin cuento. Pero viene el contacto. El hombre se acerca a la realidad, le pide que le dé aquello que él ambiciona, y que le pareció imposible encontrar en ella: amor, hermosura, gloria, virtud. Y conforme va comparando los sueños de su alma, esto es, los componentes de su mundo interior, de su mundo poético, con las formas del mundo real, sus entusiasmos y su fe decrecen vertiginosamente.
¿Qué encuentra el poeta en ese cielo al que se lanzó? Espronceda nos dice que no halla sino duda, que esa hermosura celeste se ha trocado en ilusión de aire. ¿Y en la tierra? Ansioso, delirante, ha buscado, dice, la gloria, la bondad. Y se encuentra con polvo hediondo, con escoria miserable. En cuanto al amor, había soñado él en mujeres de pieza virginal, envueltas en blancas nubes. Pero, en cuanto se aproxima a ellas, su pureza se cambia en lodo y podredumbre. Es el segundo grado de la actitud romántica ante el mundo y la realidad: desilusión desengaño amargo y sin remedio. Se va dejando el romántico, conforme avanza por la vida real, iluminado y encendido por su mundo interior, pedazos de esperanza, de ilusión y vida, en cada una de las etapas de su camino. La realidad no puede dar nada de lo que el mundo interior ha forjado. El deseo es, dice Espronceda, eterno e insaciable. Aquí está la diferencia con la actitud moralista el modo de Manrique, que tratamos en la segunda conferencia. Allí también se declaraba el vacío y la insatisfacción ante la vida real. Pero era comparándolas con la vida perdurable y futura. Aquí, en el romántico, no. Se ha perdido ese término de comparación con algo superior y que se puede siempre alcanzar poniendo la vista en el más allá. El romántico todo lo compara su deseo, con su anhelo nada más. De suerte que, si la vida no puede satisfacer ese deseo, ya no le queda más esperanza. No se resigna, como el poeta cristiano, no se decide a vivir valerosamente el sueño del mundo, si no es otra cosa. Rebelde siempre, se alza satánicamente ante la vida insatisfactoria y la maldice. He aquí el verso definitivo de Espronceda: «Palpé la realidad y odié la vida». Es decir, su mundo poético ha probado, ha tocado el mundo real, y de ese contacto lo que saca es odio, maldición.
¿Qué solución le quedará? ¿La resignación? No. Este hombre moderno no cree, tiene rotos sus resortes morales. ¿La evasión? Tampoco. Es un rebelde que no abandona la lucha por nada, como el caballero don Félix no abandonó la persecución de la mujer. No hay otra salida que la muerte. Después del verso que cité de Espronceda, escribe el poeta este otro: «Sólo en la paz de los sepulcros creo». He aquí el tercer grado, el final de la actitud romántica: la desesperación, el odio, la muerte en rebeldía. Y el hombre o puede morir en verdad materialmente o puede seguir viviendo, sí, pero sólo exteriormente. Puede seguir viviendo como un cadáver en pie, según nos dice Espronceda al final Canto a Teresa, con el corazón hecho pedazos, fingiendo vivir en actos externos, pero destrozado en su alma. Esa irreductible, invencible oposición entre el mundo poético y el mundo real se expresa en la estrofa final de la poesía de un modo terriblemente sarcástico y cruel. Todo el mundo externo es hermoso, brilla la esfera cristalina bañada en luz, la primavera pinta los campos. La realidad cruel desdeña el dolor del hombre. Y escribe su famoso verso: «Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?». Aquí vemos la queja desesperada ante la indiferencia, la dureza de la realidad. Aquí vemos que el hombre se siente irrevocablemente separado de ella. No pueden entenderse. El mundo gira alegre, y él, mientras, siente su corazón destrozado. Es la solución sin solución. En Garcilaso, en Manrique, en Góngora, de un modo u otro, esta indiferencia entre mundo real y mundo Poético era patente Pero se revolvía. O aceptando, o idealizando, o huyendo. En el romántico, no.
Por eso, este acto del drama que he querido exponer en estas conferencias, de los contactos entre el mundo real y el poético, es el más trágico y desolado de todos. No hay arreglo, no hay concordia posible. La realidad es odiosa, en cuanto se la ve de cerca. Y los dos mundos se quedan así, frente a frente, como dos enemigos. Al final de la primera conferencia hablábamos de la época paradisíaca del hombre: la unidad. La unidad entre la realidad y el mundo interior. Y ahora tenemos que pronunciar la palabra contraria. La división. El hombre moderno, este hombre nuevo es el hombre dividido por excelencia. Y seguirá viviendo en un mundo desesperado, que es el suyo, Porque en él ha nacido, pero que no es el suyo, porque no se adapta al que él lleva dentro. Los dos mundos no sólo son diferentes, sino algo más, son enemigos. El mundo real destroza al mundo poético, le niega toda posibilidad de realización. Y la única grandeza que quedará a esta poesía y a esta eta­pa del espíritu humano es la grandeza de la queja, del grito desesperado. La grandeza de la rebelión de] mundo poético, de la ilusión humana, contra el mundo real.


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