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La raza cósmica


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La raza cósmica
En su ensayo “New Ethnicities”, incluido en el texto compilatorio de estudios post-coloniales de Bill Ashcroft, Stuart Hall señala la existencia de un cambio en las políticas culturales con las que se ha venido construyendo la categoría de ‘raza’ en el marco del análisis cultural. Para Hall este cambio ha tenido dos fases claramente diferenciadas: en un primer momento, el término ‘raza’ fue acuñado para aludir a una experiencia común de segregación y resistencia, de donde surgía un esfuerzo por obtener representabilidad y un ataque a la imagen estereotipada del objeto de segregación; en la segunda fase, y como consecuencia de la anterior, la experiencia racial se convierte en un sistema hegemónico, en el que su carácter marginal deriva en la construcción de una imagen política. En 1925 el pensador mexicano José Vasconcelos anticipaba los presupuestos del intelectual jamaiquino, al proponer la constitución de una quinta raza en la cual, tras haberse superado la experiencia negativa de la conquista de América, se sintetizara el genio y la sangre de todos los pueblos y se alcanzara la universalidad y la fraternidad. Vasconcelos, al ubicar al latino en el centro de esta misión, buscaba obtener autoridad política y diluir las estructuras hegemónicas, desarticulando el eurocentrismo y, al mismo tiempo, modificando la concepción esencialita de la inferioridad mestiza.

La propuesta de Vasconcelos, consignada en su ensayo La raza cósmica (misión de la raza iberoamericana), parece, en una primera lectura, una burla, un intento por confundir al lector a través de ese retoricismo peligroso del que ya había hablado Antonio Pedreria en Insularismo. No es posible determinar qué es más desconcertante: si su uso cuestionable de un modelo tripartita donde la revisión histórica, geográfica y espiritual, concuerda con la ley de los tres estados sociales, “definidos no a la manera comtiana, sino con una compresión más vasta”, y donde lo material, lo intelectual y lo espiritual “nos va liberando del imperio y, poco a poco, va sometiendo la vida entera a las normas superiores del sentimiento y de la fantasía” (46); o si las normas de dicha fantasía son las que le permiten, cerca de la conclusión, usar la gnosis pitagórica para señalar la asombrosa coincidencia de que sumando la quinta raza a estos tres estados, se obtenga el numero ocho, que representa, justamente, el ideal de igualdad de todos los hombres. Tampoco es posible no asombrarse ante su propuesta de una eugenesia estética que, en conjunto con el amor anunciado por Jesucristo, serán los dogmas de la nueva raza, cuya misión será adueñarse del mundo futuro, un lugar donde “aviones y ejércitos irán por todo el planeta educando a las gentes para su ingreso a la sabiduría” (42); y, sin embargo, los postulados de este ensayo no dejan de ser consistentes.



En una segunda lectura, la construcción retórica permite entender cómo, pese a la informalidad en la base científica de la que parten algunos de sus postulados y a la excentricidad de otros de sus argumentos (quizá tan chabacanos como los del darwinismo speceriano que el autor desprecia), el ensayo establece un programa fundado en una moral socialista, que en oposición a la moral positivista, hace un llamado a las naciones americanas a superar el nacionalismo y buscar la universalidad a través de la unión. En este sentido, la unión de las razas en una raza futura opera como una metáfora para la unión del continente, un proyecto que debe partir de lo geográfico, pasar por lo intelectual y, finalmente, alcanzar lo espiritual, para, desde ese estadio, poder enfrentar la falsa idea de la superioridad blanca en una batalla que necesariamente vuelve a la oposición de lo sajón frente a lo latino. Por eso es importante para el autor buscar autoridad en el pasado latino, condenar a Napoleón por disgregar la amalgama españo-portuguesa con la que se conquistó todo un continente y se mantuvo a raya a los ingleses, y afirmar que la raza mestiza es producto del inmenso amor de los españoles que, a diferencia de los ocurrido en Norteamérica, fusionaron las diferentes razas en vez de destruirlas. La articulación del proyecto de la raza cósmica obliga a recuperar el espíritu científico y, en forma similar a los argumentos de Rodó, “acepta[r] los ideales superiores del blanco pero no su arrogancia” (41), potencializando, por un lado, su carácter de puente entre las razas y, por el otro, desautorizando su construcción filosófica humillante que ha llevado a “creer en la inferioridad del mestizo, en la irredención del indio, en la condenación del negro y en la decadencia irreparable del oriental” (55).

Entender el ensayo de Vasconcelos en este marco, permite conectar sus “Notas de viaje” a la argumentación general de La raza cósmica. La descripción de los espacios físicos del Brasil y de sus gentes, (en un estilo que recuerda las narraciones de Colón en los diarios de abordo o las cartas de relación de Cortés durante la conquista de México), está cargada de tal exuberancia y belleza que el autor afirma: “Ni duda cabe: el porvenir es del Brasil” (99). Con la conquista del trópico ya adelantada, el primero de los tres estados propuestos, el estado material o geográfico, queda establecido. Al pasar a la Argentina, las descripciones del diario de viaje cambian de enfoque, para ahora, sin descuidar lo estético, centrarse en lo político, y destacar el grado de civilización al que puede llegar un país de habla hispana. Argentina se presenta como el porvenir intelectual de la raza americana, el logro del segundo estado. No es casualidad que la última parte de los relatos de viaje del diplomático mexicano se centren en el Iguazú, con la descripción del espacio de sublime y espiritual belleza que surge justo en la unión de los dos países, porque es allí donde la conjunción de los dos estados (material e intelectual) es posible, y donde la futura unión racial del continente encuentra su espacio simbólico. Si para Stuart Hall la articulación de la cultura en términos de raza apunta a la construcción de una imagen política, en Vasconcelos esta imagen es la de una América donde convergen todas las potencialidades de la característica que hermana a todos sus países: la raza.


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