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La quimera del oro


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XVII

LA QUIMERA DEL ORO

Pues del uno al otro Polo

dirá Murcia agradecida

¡ ESTA GRANDEZA ES DEBIDA A GALVEZ, A GALVEZ SOLO!

L. LUnares


En los anales de la ciudad, 1881 es año de cifra inmar­cesible. Un torbellino de recuerdos, de ansiedades y de ilusiones; de dudas y contra dudas, de chascos y perplejidades, que corren en alocado tropel de una punta a otra del calendario. Entre enero y diciembre Murcia veías e en los espejos de los días convertida en una Nueva California: incluso los signos externos así lo preanunciaban: llegada de los "forasteros", cafés abiertos hasta las tantas, creación de sociedades mercantiles, instalación multiplicada de cri­soles, y hasta ese fino aire mundano y un poco golfo que la gran aventura lleva consigo: actuaciones de señoritas como la gran bailarina Emilia Pinchiara, experta en "levantar honesta. y graciosamente la pierna hasta la altura de las circunstancias". (Se acaba de citar, una vez más, al perio­dista Martinez Tornel).
¿Qué acontecía? Miravete, siempre la sierra de Miravete, sus alturas y fragosidades borraron de un golpe prestigios bélicos para hacerse lugar de nervioso y febril peregrinaje en busca de oro, así como suena. De sus treinta y cinco kilómetros de longitud por casi cinco de ancho, toda esta considerable superficie quedó apresuradamente acotada, previa la bendición administrativa de la jefatura de minas de la provincia. Y causante de toda esta increíble trepida­ción, del fenomenal alboroto, Antonete Gálvez. El utópico por oficio, el hipnotizador de convecinos, la excelsa sibila huertana, fue el exclusivo y exaltado provocador de un tan impensable como entusiasta movimiento minero, en tierra donde hasta entonces crecía, pacífica y graciosa, la lechuga romana, el tomate que llaman de pera, la dulce y cándida berenjena. Don Francisco Pato Quintana, que fue republi­cano zorrillista, director del periódico La Campana, y ex­perto en asuntos de mineralogía, escribió, veinte años des­pués de aquel desquiciamiento colectivo, el origen de tan descomunal trastorno:
"Al regresar el señor Gálvez de su destierro y una vez convencido de la falta de ambiente para nue­vos intentos revolucionarios, dedicóse a la caza y a la minería. Recogió muestras de minerales de la sierra de Beniaján, muestras cuyos análisis desvelaron la existencia del codiciado tesoro. Por otras y otras pruebas se adquirió la certeza del valiosísimo hallazgo; y la noticia propagada ve­lozmente produjo hondísima emoción en los ha­bitantes de Murcia".
Una vez más, el inquietísimo Antonete poniendo en vilo el ánima de sus paisanos: Gálvez arrojándose a la con­quista del oro con los mismos ímpetus que años antes movilizara para la conquista de la universal fraternidad federalista. Porque a la utopía can ton al sucedió la utopía minera. Y lo curioso del caso es que todo el insólito mo­vimiento estuvo emocionalmente impregnado de la nostal­gia federal. Era, en cierto modo, lógico y hasta de cajón: si Antonete daba un paso al frente, los leales de siempre no le dejarían solo en la aventura. En este arrebato de re­sonancias geológicas vuelven a sonar los nombres de Juan de la Cierva Soto, Enrique Gálvez, José María Callejas, Saturnino Tortosa...; el federalismo inabatible llega a más, y bautiza las minas con nombres que son toda una empe­cinada ratificación de creencias: "Garibaldi", "La Republi­cana", "Los miserables", "Federal intransigente", y así por el estilo. (Gálvez y Tortosa, escarmentados, contuvieron la efusión partidaria; Antonete nombró a su mina "La Es­trella", y el lapidario bautizó la suya con el descomprome­tido rótulo de "Relámpago". En esto de los nombres, hubie­ron denominaciones para todos los gustos; desde nombrar una pertenencia por "La maravilla de Miravete" o "La alegría de la casa", hasta bautizar otra con el dibutativo "Probaremos").
Aparte del dato de don Francisco Pato, sobre la dedica­ción minera de Antonete, presentada como una réplica a su inactividad revolucionaria, lo cierto es que Gálvez tenía metido entre ceja y ceja, desde mucho tiempo atrás, el asunto minero, aunque referido, ¡cómo no!, al próximo y casi doméstico Miravete: en abril del ya lejano 1863, había registrado dos pertenencias de mineral de plomo y hierro, con el nombre de "Buena Esperanza", en el Cabezo de la Cruz de Miravete, según se lee en el Boletín Oficial de la Provincia de aquel año. Sin duda que la forzada inactividad política y un razonable desaliento moral, en los años que siguieron a la Restauración, motorizaron la imparable ac­tividad de Antonete a la nueva locura, en donde enterró, claro está, las cuatro perras que tenía. Y no es lo malo que su hacienda quedara seriamente comprometida en el asun­to, sino que a los huertanos.. de las pedanías -y, todo hay que decirlo, a los señoritos aprovechones de la capital- los metió en el lío. No sólo la sierra de Miravete quedó prácti­camente acotada: se denunciaron pertenencias en Benia­ján, por supuesto; y tirando hacia el Levante, el furor llegó a Orihuela. Pero lo insólito es que también se pretendía encontrar oro en Espinardo y en Guadalupe; en Molina y hasta en Ulea; en Monteagudo, en Baños y Mendigo, en Corvera, en La Matanza, en El Esparragal; en suma, allí donde los pueblos y lugares de la provincia contaban con un altozano, con un pequeño cabezo, con unas inofensivas co­linas, de geología nada prometedora. Estímulo y garantía de tanto furor fue, hay que recalcarlo, Antonete Gálvez. Su honradez era tan indiscutible, escribía don Francisco Pato, que al saberse que él había hecho los ensayos y garantizaba la presencia del oro, desapareció toda duda, y estalló el regocijo "que sienten los pueblos en los solemnes días de los grandes y felices acontecimientos", concluía, en su evo­cación del gran suceso, don Francisco Pato.

Realmente debió ser contagioso, en grado sumo, el des­varío de los murcianos ante la extraordinaria promesa de la redención por lo grande. El Diario de Murcia, cuyo director Martínez Tornel apoyó desde el principio y resueltamente la nueva precipitación de Antonete, daba la noticia, en enero del 81, de un hecho que pronto se haría habitual: la demarcación de una mina. El redactor, sin duda contagiado por el ambiente, escribía así:


"Ayer se demarcó la primera mina de las última­mente denunciadas en la sierra de Miravete. El número de personas que de aquellos parajes con­currieron a presenciar la operación fue grande, reinando la mayor alegría y la más viva expan­sión en el clásico arroz y pollo y comida campestre con que se solemnizó la terminación de los actos".
El rito de la paella era consustancial de los promete­dores ceremoniales. Y aquellos huertanos que, por arte de birlibirloque habían dejado de regar sus bancales, de rozar la hierba, y de mimar las hortalizas, se amoldaron pronto al nuevo oficio, asimilando ritos, técnicas y hasta vocabu­lario: las palabras criadero, filón, crisol o pertenencia, entre tantas otras, suplantaron en las conversaciones, a las ancestrales de tablacho, legón, escurridor, serón y estiércol. Las mujeres no atinaban en las faenas de la casa y hasta los crios quedaron penetrados de enloquecimiento. Nada pues tiene de extraño que las plumas mejor cortadas ensa­yaran paisajes literarios al pairo de "La Nueva Esperanza":
"...allá veo una torre, es la de Beniaján; don Juan Ruiz Ramírez, Galdo, Antonete, Miravete, el Cantón, el oro; j cuánto recuerdo! cuánto hecho memorable para la historia contemporánea. j Pa­so el huerto de San Blas! Ya se ve una alta chi­menea arrojando nuevos vellones de humo, la bandera de la industria empieza a tremolar entre nuestros perezosos huertanos; ¿si será verdad que dentro de poco se agruparán alrededor de estas banderas numerosas legiones de trabajado­res, convirtiendo esto en una nueva California? La fe no falta, es condición indispensable para las grandes empresas, veremos si se asocian los ca­pi tales, que es otra condición esencial..."

El autor del "Viaje fantástico", que así rotulara su artículo, siguió echando literatura hasta llegar a Cartagena. Firmó púdicamente con seudónimo -"un infantillo"­pero, en el tórrido día de agosto, el entusiasta fumaba en pipa.


Que Gálvez, él sólo, fue el fabricante del gran chasco, es cuestión fuera de duda. Tuvo -otra característica en la vida del gran lanzado- a su familia con él, en este trance: su hijo Enrique, su hermano Simón, su cuñado José Arce Tomás, y hasta su propia esposa, figuran en la lista de interesados denunciantes que inundan las páginas del Bo­letín Oficial de la Provincia. La prensa contribuyó podero­samente a despertar entusiasmos: en marzo publicaba El Noticiero un escrito de Antonete donde el líder pontificaba sobre el porvenir minero de la provincia, y José Martínez Tornel, antiguo federal y amigo por encima de todo, soltaba las amarras de la prudencia, hacia junio, escribiendo en El Diario: "Ahora que ya no oímos exageraciones, ahora que se repiten las declaraciones científicas y los análisis favorables de personas competentes, hemos de seguir el asunto con el mayor interés". Y a fe Que lo merecía el gran trajín, porque los signos eran seguros y fiables. Antonete había instalado en el Huerto de San BIas laboratorio y has­ta fundición, donde realizóse en julio la concluyente prue­ba: diez barras de plomo, resultado de la primera cocida. obteniéndose plata y oro en la misma fundición. Entre "el numeroso gentío de la capital" que acudió a presenciar el ensayo se encontraba el respetable profesor del Instituto, amén de republicano ilustre, don Olayo Díaz, oráculo de la ciencia local, quien al parecer se prestó a ensayar en su laboratorio varios experimentos.
Que el asunto no ofrecía, por aquellos días, carácter quimérico, lo acredita entre otros, el hecho de que L'Unión Francaise de Mines, apareciese por aquí, poniendo el ojo en las sierras próximas. Y como quiera que en la de Mirave­te no quedaba el más pequeño rodal, los ingenieros galos aconsejaron arrendar pertenencias en la vecina sierra de Orihuela. A la francesa, siguieron otras firmas extranjeras interesadas en el negocio minero. Y aquello alarmó a los nativos quienes para establecer un mínimo de coherencia industrial, resolvieron la creación de un Círculo minero -"nos dicen los mineros que cada día se siente más la ne­cesidad de un centro de reunión donde se aquilate la verdad de todo", escribía Tornel. Y el Círculo, en efecto, nació, instalando sus locales en el murcianísimo Arenal, exacta­mente frente a la Glorieta, en el piso primero del edificio que albergaba el no menos arraigado Café del Sol. El 19 de junio se constituía la junta directiva que, como es de cajón, presidió Gálvez, ya definitivamente convertido en Don An­ tonio, con los notables don Juan de la Cierva Soto y don Mariano Girada como vicepresidentes, y un buen manojo de murcianos descollantes: "Nos gusta la Junta elegida, la creemos competente", decía el inevitable Tornel, dando así sus bendiciones al cenáculo minero.
Sin dudar un ápice de la existencia del oro -a las pruebas practicadas se remitían todos- algunos se sorpren­dieron, eso sí, de que nadie, con anterioridad al gran Anto­nete, hubiese reparado en la existencia del mineral: ¿cómo era posible que a través de los tiempos tamaña riqueza hubiese pasado desapercibida? Las respuestas eran varias; fundamentalmente, la remisión al talento indiscutible de Gálvez, quien en pacientes observaciones y durante sus correrías guerrilleras por la sierra, supo sacar tiempo para barruntar el asunto. Otra, y singularmente curiosa, la for­ma, por así decir, de manifestarse el rico metal, pues dado su aspecto, el geólogo y el mineralogista más experto, decía­se, pasan por encima y lo arrojan a un lado con el pie: "una modesta y humilde arcilla es la que oculta el precioso metal, y el químico, al verla, la saluda con una despreciativa sonrisa". Porque, y esto era lo singular, el oro no aparecía ni en pepitas, ni en pajillas, ni en arenas, ni en láminas; ¡se mostraba en disimulantes tormos murcianos! De ahí el máximo mérito de Antonete, para quien Martínez Tornel soltaba .todos los laudes y sahumerios que su pluma acumuló por aquellos días:
"Estas minas han estado abandonadas, y aún lo estarían, quizá siglos, si un hombre lleno de cons­tancia, de fe, de amor al estudio, al trabajo y a sus semejantes no hubiera apadrinado las pulidas arcillas, y tras largos años en su compañía haber descubierto el oro que contienen".
Y era lo sorprendente que el oro hacía acto de presencia como un duendecillo inquieto y aficionado a la inesperada jugarreta; a los crisoles del propio Gálvez siguieron las experiencias positivas del sabio local, el profesor de Quimi­ca don Olayo Diaz, hombre de cuya reputación y ciencia, escribia El Eco, esperaban los murcianos ver firmando los resultados de sus investigaciones. Con don Olayo, los exper­tos peritos de la sierra minera de Cartagena también com­probaron, en felices ensayos, la riqueza de Miravete. Ya disparado el optimismo, el entusiasmo de todos alcanzó cotas superferoliticas cuando comenzaron a aparecer inge­nieros y químicos extranjeros.
El potentado don Pedro Manzano, resuelto a invertir sus duros en el asunto minero, y aunque confiado en Gálvez, cogió el petate, yéndose un buen día a Paris con arcillas de su mina "La Maravilla de Miravete", para regresar entu­siasmado de las positivas pruebas practicadas allá, tanto que se trajo una "comisión" de ingenieros de minas Que se patearon a modo la comarca; toda la sierra, desde Miravete a Monteagudo, pasando por Orihuela, fue meticulosamente estudiada, en tanto la expectación murciana contenía la respiración. La prensa, a la vez que alentaba los esfuerzos financieros del señor Manzano, suministraba información de las andanzas de los franceses: la comisión verifica sus operaciones con gran escrupulosidad, y "sin intervención ajena", apuntaban los periódicos, para alejar suspicacias. Tales fueron los excelentes resultados de la pesquisa, que pronto nació en Murcia una industria auxiliar: la construc­ción de hornillos de fundición: don Enrique Bernabeu casi los fabricaba en serie, llegándose, en un rapto de entusias­mo, a instalar uno en los pisos altos del Café del Sol, centro de reunión de mineros y edificio donde tenían instalado su Circulo. Incluso se anunciaba, realzando la importancia de los yacimientos murcianos, el empleo de nuevos proce­dimientos: La Gaceta Industrial informaba que los exper­tos, renunciando al Molloy y Warren, ensayado con éxito en Lambesh, se disponían a aplicar un nuevo sistema, "es­pecialisimo", según aseguraban. ¿Qué más decir? Seria el cuento de nunca acabar; los forasteros atestaban el Hotel Europa, repleto de hombres de negocios catalanes, de químicos belgas, de ingenieros franceses. Gálvez se multipli­caba en desaforada actividad; dirigía su propia explotación, organizaba empresas buscando respaldo económico a la aventura, estimulaba a los remisos, dirigía el Círculo, acu­día a la estación a recibir a visitantes de importancia y despedir a reputados expertos. Porque la ciudad, por Gálvez era, toda ella, trepidación aurífera. En los periódicos se anunciaban los técnicos:
"Don Vicente Ros, vecino de esta ciudad, morador calle San Andrés 21, ofrece casa y laboratorio para ensayar, a precios convencionales. Cuenta con 40 años de minero siendo 30 ensayador imparciall de minerales de toda España, y poseído de la riqueza de este distrito minero, compra en comisión toda clase de minerales que contengan plata, a precios de tarifa que se dará al que la solicite" .
La fiebre alcanzó tan altas temperaturas, que hasta en el escaparate de la acreditada "Cervecería Alemana", del señor Clauser, aparecieron botellas con la etiqueta siguien­te: "Oro de Miravete, licor minero, a 10 reales botella", precio éste realmente indicador de una riqueza que ya estaba al alcance de la mano.
Algo, empero, comenzó a fallar. Acaso la impaciencia de las gentes puso en circulación un ápice de duda, que fue prontamente abatido por la mística energía de Gálvez y sus incondicionales: Madrid, Barcelona, Cartagena, incluso la propia Murcia, fueron tornavoces de la murmuración que, en ocasiones, rayaba con lo pintoresco, pues llegó a decirse que, dado que las experiencias eran presenciadas por mul­titud de personas, los mixtificadores llevaban el oro oculto en las uñas, en el pelo y hasta en los párpados. La indigna­ción de Antonete fue de epopeya: llamó a los murmuradores sandios, malvados, calumniadores, ignorantes y bastante más, y en carta que firmaba con su hijo Enrique, Saturnino Tortosa y otros mineros, protestó "solemnemente" de las falacias esparcidas. La prensa, una vez más, salió en de­fensa del murciano: tienen razón los firmantes, aseguraba El Diario de Murcia; "las personas sensatas han hecho siempre justicia a la buena fe del señor Gálvez". Se ve que era tal la devoción ciega despertada por Antonete, que la menor duda en el orden científico, se tomaba como ofensa inferida al gran personaje. Martínez Tornel, en un alarde muy de la tierra, llegó a escribir en su campaña pro-infali­bilidad del amigo: "La ciencia podrá opinar lo que quiera, pero la convicción que imponen los hechos no la podrá discutir nadie".
Y es que, en el rarísimo asunto, el azar jugaba con unos y con otros. Ingenieros incrédulos, acababan certificando la existencia del oro. En la batalla, Gálvez se empleó con el mismo coraje que desplegara para defender a la Federal, y sus energías galvanizaban a miles de personas. Cuando las pruebas recibieron las bendiciones oficiosas, la sublimación de Antonete, el omnímodo, estalló.
Con la llegada del verano, la batalla aparecía ganada. Ya el 13 de junio, día de San Antonio, la prensa se hizo eco de una serenata que amenizó la cena onomástica de Gálvez: la renombrada banda de música del maestro Raya, se llegó hasta Torreagüera, para ejecutar diversas piezas de su repertorio hasta la madrugada. El Eco hacía observar, habi­lidoso, que el obsequio musical "no parte de sus correli­gionarios". ¿De quién, pues? Días más tarde La Paz de Mur­cia noticiaba otro jolgorio para celebrar los ensayos de Gálvez en su horno de fundición: música, vivas a Antonete, y el cielo del verano surcado por docenas de voladores luminosos.
Y, al fin, el momento de máximo fervor, en aquel inol­vidable estío. Antonete cosechaba ya en su horno instalado cerca de la mina "La Estrella", éxitos "en gran escala"; el homenaje multitudinario se imponía, y el Círculo minero -Llinares, Cierva, Tortosa, Poveda, etc.- organizó para la noche del 14 de julio, el gran banquete.
La ofrenda cívica fue inusitadamente brillante. Más de cien comensales reunidos en torno a Gálvez. Centenares de luces en la sala, y cohetería en el cielo, en tanto que las bandas de música del maestro Raya y de la Misericordia llevaban a las calles de la ciudad su estrépito de metales y bombos a todo batir. La confirmación oficial del triunfo corrió a cargo del Alcalde de Murcia, señor Revenga, al compartir con Antonete la presidencia del ágape. La cró­nica del inolvidable acto es una pequeña joya periodística tan sugestiva que se me hace irresistible su reproducción, al menos en algunos de sus más plásticos y brillantes pá­rrafos. Estaba claro, en cualquier caso, que el homenaje a Antonete llevaba, como música de fondo -aparte la cons­tantemente segregada por las bandas antes referidas- una descomunal carga de emotivo y profundísimo afecto al héroe. El periodista dejó constancia de ello al escribir que la reunión, "si bien en el fondo era minera, era más bien entusiasta de este hombre especial que con ciega fe y a costa de tantos sacrificios y de tantas sangrientas luchas persigue un ideal cuya realización toca ya..."; ergo, en el pretexto aurífero, subyacía un homenaje de multicolor polí­tica, largo tiempo debido, al murciano irrepetible.

La cena debió ser de campeonato: en menú, en jubilosas explosiones de pirotecnia, en prolongada cadena de home­najes. Antes de descorchar el champán -que lo hubo y pródigo- se le había reservado a Gálvez una tan inespera­da como emotiva sorpresa. Dejaré que la narre el perio­dista:


"Se nos presentó un espectáculo tierno. Una niña como de ocho años, preciosa como un querubín, llena de pudor, que es el más hermoso de los temores, después del temor de Dios, se aproximó a Gálvez, y bajando los ojos (...) ofreció al señor Gálvez una corona preciosa, obra de sus mal) en cuyas cintas se indicaba que era modesto t buto a la virtud y constancia del incansable minero" .

Cuando la trémula nena hubo salido del blando corazón de Antonete, y de los demás comensales, comenzaron brindis: La Cierva, Palao, Valdés, Faisa, Tornel y no cuántos más, se despacharon a gusto: el Alcalde Rever­hizo un brindis "discreto y delicado": Antonete, por ¡puesto, destapó su incontinencia oratoria. Y hasta un pc ta, el señor Llinares, leyó un larguísimo canto "A D Antonio Gálvez Arce con motivo del buen resultado ob' nido en la primera fundición de mineral verificada por mismo". El etopéyico poema saltaba torrencial, desde "empeños locos", "calentura de unos pocos", a la hermosa realidad conmemorada:




I
... y allá tú, nuevo Colón

fuiste como él mendigando,

por todas partes mostrando

la fe de tu corazón.
Los obstáculos, dificultades e incomprensiones, desfilan en carne viva por el salón, cabalgando sonoros versos. Luego, la realidad:
¡ Fuera ya el controvertir

ni hacer probabilidades!

los hechos, las realidades,

no se pueden discutir.
¿Para qué continuar transcribiendo sonoras estrofas? ] noche, la hermosa noche de julio quedó, a lo último, aureolada por el rojizo resplandor de una Murcia iluminada con los hornos de fundición; de una Murcia ideal- que, gracias a Antonete sería, toda ella, un próximo ardiente crisol de áurea riqueza .
En relación con el fantástico asunto, escribía años más tarde don Francisco Pato, tras recordar melancólicamente el famoso homenaje al minero: "pero como el error no puede subsistir cuando se trata de problemas científicos e industriales donde la soberanía de lo artificioso se derroca con armas invencibles, la triste realidad se impuso, sepul­tando muy hondas ilusiones". Ciertamente. Había transcu­rrido el loco verano, y con los calmos días del otoño, vino, como el sol tibio, la reflexión. Otra vez se alzaba la duda alrededor de la enérgica tozudez de Antonete. A primeros de octubre, don José Bueno, que había estado yendo y vinien­do, en viajes a París por causa del dichoso asunto del oro, publica una carta en La Voz de Orihuela cuya sospechosa vehemencia en favor del tan debatido tema, es todo un síntoma: invoca Bueno a las "eminencias químicas de París" que han visto oro en Miravete, incluso en piedras halladas al acaso, a la salida de la mina "La Estrella". Su insistencia es, ya digo, sospechosamente machacona: "el oro existe y el oro está en las minas de Murcia y Orihuela".
¿Qué estaba aconteciendo? Pato y Quintana, facultativo de minas, que vivió la apasionante aventura, dejó escrito: "Ni entonces ni después pudo comprobarse el origen del engaño que causó una emoción tan extraordinaria". ¡Pobre Antonete, capitán de causas perdidas, siempre, siempre! En aquel melancólico otoño, el periódico La Democracia publi­ca un artículo que firma "El incógnito", y en él se lanza una estocada más a la obstinación de Gálvez: "El incógni­to" anuncia que un hombre de ciencia va a demostrar que en Miravete no existe oro. Antonete, ya un león acorralado, se revuelve y salta, una vez más. Busca a su amigo Martínez Tornel, y le pide publique en su Diario una contestación de urgencia, que firma, desde luego, Antonio Gálvez Arce:
"Lo que ese señor díga, no ha de faltar quien le conteste. Yo estoy aquí, con los modestos cono­cimientos que he adquirido en la práctica y con la aplicación que me ha sido posible, para demostrar lo contrario, con seguridad de hacerlo, e invito desde luego al incógnito químico a que se quite el antifaz, y ante el Tribunal científico que él crea competente, probaremos cada una de sus afirmaciones, con pruebas indubitables: él que no lo hay; y yo que SI HAY oro en Miravete..."

Se ve, en esta dialéctica a la desesperada, al Coman­dante Antonete en los días postreros del Cantón. Entre La Democracia y El Diario de Murcia, se cruzan las cartas de Gálvez y El incógnito. Penosas cartas. Resulta que el di­choso Incógnito no es un experto sino "un creyente que al negar buscaba se le probara lo contrario"; rara salida, un poco absurda, e incluso sospechosa, si no se tratara de Gálvez. Reconoce éste, por su parte, la responsabilidad contraída, y añade, tan noble como paladinamente, que nunca quiso vender acciones "para no comprometer a na­die", cosa ciertísima, hay que añadir. Pero sus razones, a lo último, se debilitan:


".. .mientras yo, con mis crisoles saque un botón de metal, el cual lo vean los artífices fieles del oro, plateros, químicos e ingenieros, y me digan que es oro, diré que el oro existe".
¡Testarudo Antonete - niño - Gálvez - minero - Arce ­petardista! El gran engaño, sostenido por los "distintos modos que la astucia intenta para abusar de la buena fe", se cebó más de la cuenta con el imponderable candor de Antonete. Ni oro, ni plata, ni grandes y humeantes hornos de fundición, ni nada de nada. Pato Quintana, insustituible lazarillo para el autor de estas páginas, en el asunto, escri­bió sobre el tema un noble e ingenuo colofón:
"Lo que resultó comprobado plenamente, fue la excepcional honradez del señor Gálvez. Se le ofre­cieron cantidades de gran importancia por la propiedad de varias minas que llegó a poseer, y no accedió ni aun cuando convencióse que no existía el oro que tantas veces encontrara en los crisoles. Pudo realizar una inmensa fortuna y murió po­bre, porque ni sabía ni quería engañar a nadie, y porque las pasiones ruines avergüenzan y llenan de temor a las almas nobles y generosas..."
Las Navidades de 1881 tuvieron, en las pedanías que Miravete ampara, un como nuevo y áspero sabor. Las mu­jeres, volcadas sobre los hogares, se afanaban por conseguir el punto exacto a las blancas coliflores, por ahí nombradas repollos, y que hacen buen cocimiento para las noches invernizas. Los críos, alrededor de la lumbre, dibujaban palotes. Los maridos, cabizbajos, con los cigarros a medio fumar pegados a la oreja, seguían, como siempre, menean­do lentamente la cabeza:
-No, si cuando los ingenieros se meten por medio, ya se sabe...
Y un finísimo y ancestral desvío hacia los progresos del siglo, obstinaba las mentes claras, sencillas, despejadas y crédulas de los amigos del tío Antonete.


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