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La Época de la Ilustración. I. El Estado y la cultura (1759-1808) Miguel Batllori, Luis Miguel Enciso, Teófanes Egido, Carlos Corona, Pedro Voltes, Antonio Morales,


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La Época de la Ilustración. I. El Estado y la cultura (1759-1808)

Miguel Batllori, Luis Miguel Enciso, Teófanes Egido, Carlos Corona, Pedro Voltes, Antonio Morales, Antonio Mestre, José Luis Peset, Antonio Lafuente, Francisco Aguilar, Fernando Chueca, José Miguel Caso, Federico Sopeña, Pedro Navascués, Francois López, José P. Marino, Albert Dérozier y Claudette Dérozier,

Historia de España fundada


por Ramón Menéndez Pidal y
dirigida por José María Jover
Zamora,

T. XXXI, Madrid, 1987. 1087 págs.



ESDE hace algún tiempo los volúmenes de la «Historia de España», fundada por Menéndez Pidal y ahora dirigida por José María Jover, aparecen con más corta periodicidad: hay que feli­citarse por ello porque, como es bien sabido, es, sin duda, un ins­trumento de conocimiento fun­damental de nuestra historia con las inevitables variaciones de un tomo a otro, dada la envergadu­ra de una obra como ésta. Con el transcurso del tiempo se ha ido haciendo cada vez más frecuente la redacción de cada tomo por un número elevado de especialis­tas, lo que resulta de todo punto inevitable dada la proliferación de estudios y sobre todo dado el hecho de que el grado de especia-lización de los estudios históricos es cada día mayor. A nadie pue­de ocultársele hasta qué punto resulta problemática la elabora­ción de tomos como éstos, en que por un lado resulta impres­cindible referirse a aspectos his-

tóricos tan diversos y, por otro, es preciso contar con un elenco equilibrado de autores muy di­versos. A estos problemas se une, en fin, la necesidad de publicar los originales en una fecha no muy lejana a su redacción para que estén al día, y la de combi­nar en la proporción adecuada la investigación y el estado de la bi­bliografía existente.

El tomo XXXI recientemente publicado y abierto por un pró­logo de Miguel Batllori puede ser considerado como un modelo de esa pluralidad de redactores que ha sido mencionada: verdadera­mente el historiador llega a la conclusión, con su lectura, que difícilmente se podría haber con­seguido un equipo más completo y equilibrado. Hay, desde luego, un problema en este tipo de tra­bajos de tan numerosos autores, y es que han sido redactados en momentos diferentes. Da la sen­sación también de que se podría haber concedido mayor espacio al conjunto del volumen, porque la investigación es sustituida por un simple estado de la cuestión. Pero, sin la menor duda, éste es un volumen excelente que resul­ta una delicia leer y que debe ser­lo además no sólo para el profe­sional de la historia sino para un público más amplio. Es lástima que a veces se piense que podría haberse mejorado, en este tomo dedicado a la Ilustración, la cali­dad y la cantidad de las ilustra­ciones.



Genoveva García Queipo de Llano

El sentido

del relato histórico

Jorge Lozano



L discurso histórico», de Jorge Lozano, es un libro im-

«El discurso histórico» Alianza Editorial. Madrid, 1987. 424 págs.

portante por lo que supone de oferta eficaz de datos y argumen­tos para llevar adelante un pro­yecto necesario de fundámenta-ción epistemológica de la ciencia histórica. Asistimos en la hora presente a un retorno del «narra-tivismo» tras los excesos imper­sonalizantes de los estructuralis-mos, en que el sujeto histórico aparecía ¿evaluado en una red de sistemas simbólicos y perdía un protagonismo tachado de ilu­sorio. Se ha perdido la tradición diltheyana, continuada por nues­tro Ortega con su propuesta de la razón histórica o narrativa como instrumento de captación de la realidad en su concreta especifi­cidad.



EL HOMBRE NO TIENE NATURALEZA

La tesis orteguina viene insu­perablemente expresada en este fragmento de una conferencia de nuestro pensador en Lisboa en 1944: «El hombre no tiene natu­raleza, lo que tiene es historia; porque historia es el modo de ser de un ente que es constitutiva­mente, radicalmente, movilidad y cambio. Y por eso no es la ra­zón pura, eleática, naturalista, la que jamás podrá entender al hombre. Por eso hasta ahora el hombre ha sido un desconocido. Pues la historia es el modo de ser de un ente radicalmente variable y sin identificar. Al hombre no se le puede identificar. Es un Ar-senio Lupín metafísico».

No creo que Jorge Lozano se identifique con estas propuestas orteguianas. Por lo que se dedu­ce de su libro, Lozano piensa el discurso histórico como estrate­gia discursiva, como estratagema para la producción de sentido, con una clara dimensión de retó­rica de la persuasión. Sin embar­go, su libro aporta materiales bien estructurados para los que sientan interés en la especifici­dad del discurso histórico, cual­quiera que sea su querencia doc­trinal.

Sostiene Lozano de entrada que «el estatuto histórico de un hecho lo decide su pertenencia a una narración». Narración en­tendida como principio de inteli­gibilidad que afecta tanto a la producción del texto histórico como a su recepción. Lozano se apresura a añadir: «Al intentar descubrir lo específico del dis­curso histórico, parece inevitable oponerlo al texto de ficción... Mas ni la oposición es tan nítida como quisieran los historiadores, ni la homología es tan próxima como quisieran primitivos análi­sis impresionistas. Lo que acaso los una es la operación de cons­trucción de discursos diferentes, sí, pero quizá sólo porque sus efectos de sentido pretenden ser diferentes». Pareciera como si Lozano quisiera minimizar la di­ferencia cualitativa y esencial en­tre los efectos de verdad y de ve­rosimilitud, entre lo real y lo imaginario, amparándose en la similitud estructural de la narra­ción histórica y de la de ficción. Quizá se deba a la inmersión profunda que el autor reconoce y reivindica en el análisis semió-tico. La relación entre historia y poética es cuestión debatidísima desde los tiempos de Aristóteles. Como recordarán los lectores de Estagirita consideró más filosófi­ca y elevada la poesía que la his­toria, puesto que «no correspon­de al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría su­ceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad». El superior rango que para Aristó­teles tenía la poesía lo funda­mentaba en que la poesía dice más bien lo general, y la historia lo particular.

LA HISTORIA COMO TESTIMONIO

La historia griega nace desde Tucídides como testimonio e in­dagación de primera mano. La historia emerge como conoci­miento inmediato que se articula desde la observación personal de «yo he visto» y ya secundaria­mente «yo he oído». Heródoto está todavía comprometido,

como viajero, entre lo oral y lo escrito, pero Tucídides apuesta y se compromete con la escritura conceptual, la que le permite «ver claro» «lo -adquirido para siempre». En Tucídides está inexpresa, pero eficientemente operativa, la razón histórica, el logos narrativo.

La Edad Media es el ámbito histórico de la fe. Ahora se pasa desde la percepción a la fe, ga­rantía del conocimiento del pa­sado. El giro cristiano lo expresa insuperablemente Lówith cuan­do, refiriéndose a San Agustín, escribe: «La theoría griega es lite­ralmente una contemplación de lo que es visible, y en consecuen­cia demostrable, o capaz de ser demostrado, al par que la fe cris­tiana o pistis es una confianza firme en lo que es invisible y, consecuentemente, indemostra­ble, aunque sí capaz de adhesión mediante un compromiso». El saber en el Medievo no es cues­tión de investigación, sino de co­municación.



HISTORIA CRITICA

El paso de la historia inmedia­ta a la historia crítica del pasado supone un cambio de inflexión esencial en el proceso del discur­so histórico. Hace ver Lozano con agudeza que una vez adqui­rida la idea de no coincidencia entre conocimiento y percep­ción, que deriva de la revolución científica de los siglos xvi y xvn, comienza a ser concebible la idea de un conocimiento media­to. Están echadas las bases de la historiografía moderna. Esto lo explica muy bien Lozano: «el conocimiento mediato puede ser considerado el resultado de un conjunto de procedimientos co­dificables que permitan acceder a ciertos elementos del dominio de lo invisible por la intermedia­ción de objetos incluidos en la esfera de la visibilidad». «Se tra­ta —prosigue Lozano— de bus­car una vía hacia los aconteci­mientos del pasado a partir de las trazas, las huellas y los indi­cios que dichos acontecimientos han dejado y que subsisten en el

presente bajo formas de docu­mentos y monumentos.» Con ese fin se comienzan a elaborar técnicas y métodos que permitan el acceso cierto a la realidad his­tórica, que consientan la com­prensión del pasado humano.

Así, desde la Edad Moderna, todo suceder histórico se nos manifiesta no inmediatamente, sino sólo por sus causas. El logos ha entrado ya en el discurso his­tórico, nos encontrarnos ante lo que Ortega ha llamado «razón histórica». La historia ya no es conocimiento inmediato, sino conocimiento inferencial. Y así Lozano pone como ejemplo la espléndida definición de Colling-wood: «Es una ciencia a la que compete estudiar acontecimien­tos inaccessibles a nuestra obser­vación y que el historiador llama "testimonio histórico" de los acontecimientos que le intere­san». Cambia entonces el senti­do de la observación histórica: al desplazarse el conocimiento in­mediato de los hechos al conoci­miento inferencial, la historia, como diría Ortega, «ya no es ver; es pensar lo visto». Para Ortega la ciencia histórica es construc­ción teórica, como lo es también la ciencia física.

En el prólogo a la «Introduc­ción de las Ciencias del Espíritu» de Wilhelm Dilthey, formula Or­tega su idea de la Ciencia Histó­rica en términos bien expresivos: «Las disciplinas instrumentales de la historia creadas en esas dos generaciones (de investigadores alemanes) son auténticas cien­cias. Pero la finalidad de ellas, su resultado científico, se reduce a obtener datos estrictos, fehacien­tes para la historia. En los datos aparecen los hechos históricos, pero los hechos históricos no son la ciencia histórica. Los hechos no son nunca ciencia, sino empi-ría. La ciencia es teoría y ésta consiste precisamente en una fa­mosa guerra contra los hechos, en un esfuerzo por lograr que los hechos dejen de ser simples he­chos, encerrados cada uno den­tro de sí mismo, aislado de los demás, abrupto. El hecho es lo irracional, lo ininteligible. La mente siente una extraña angus-

tia y como asfixia ante el mero hecho que la obliga a reaccionar movilizando sus funciones co­nectivas. Esta angustia mental ante el puro hecho es lo que se ha dado en llamar «principio de la razón suficiente», que es el au­téntico principio del conoci­miento y que no tiene carácter de norma, sino de efectivo im­pulso en que el conocer como ocupación humana principia. Del nudo hecho hay que dar la razón, buscarle su ratio o funda­mento...». «La ciencia —prosi­gue Ortega en el prólogo a la obra de Dilthey— es el descubri­miento de conexiones entre los hechos. En la conexión el hecho desaparece como puro hecho y se transforma en miembro de un «sentido». Entonces se le entien­de. El "sentido" es la materia in­teligible.»

He transcrito, con alguna am­plitud, esta cita orteguina porque recoge su concepción más madu­ra sobre el discurso histórico y porque me ha llamado la aten­ción que un tratadista tan escru­puloso como Jorge Lozano, que llena su libro de citas, no haya reparado en este texto funda­mental.

EL DOCUMENTO HISTÓRICO

Pero volvamos al libro de Lo­zano. De la multitud de cuestio­nes que aborda en su abigarrado libro quiero destacar su estudio del documento histórico. Hay un capítulo de más de cincuenta pá­ginas dedicado a «el documento histórico: de información sobre el pasado a texto de cultura». Para la escuela histórica positi­vista, el documento es el funda­mento del hecho histórico. Así Fustel de Coulanges escribía en el siglo xix: «La habilidad del historiador consiste en extraer de los documentos aquello que con­tienen, y en no añadir nada que no estuviera contenido. El histo­riador mejor es aquel que se mantiene próximo a los textos». Este ingenuismo fetichista del documento se sustituye en nues­tro siglo por un verdadero proce­so al documento, en el que ocu-



pa lugar relevante y significativo Michel Foucault.

Efectivamente, mucha infor­mación que nos llega del pasado contiene omisiones y distorsio­nes, algunas de difícil localiza-.ción. Ante esta situación el histo-riadqr ha de indagar «los indicios» reveladores de lo ver­daderamente acontecido traba­jando ,en los «márgenes» de la información disponible. Ahora bien, las tesis foucaultianas ha­cen del discurso histórico más bien exposición de las condicio­nes de su producción, que narra­ción efectiva de los aconteci­mientos pasados./Hay, y esto se advierte mucho en las comentes estructuralistas, una tendencia a privilegiar lo inteligible sobre lo real, muy al contrario de lo que acontece en la historiografía grie­ga. Pienso que son necesarias —y en esto coincido con Eze-quiel Gallo— buenas dosis de «individualismo metodológico» para corregir esta injustificada desviación. El individualismo metodológico es la doctrina que subraya la prioridad existencial de lo individual y concreto sobre las construcciones generalizado-ras de lo colectivo. La formula­ción más brillante y convincente del «individualismo metodológi­co» que conozco se encuentra en el libro de Ortega «El hombre y la gente», ensayo de sociología según la razón vital. Este indivi-

dualismo metodológico muestra su gran productividad en la fun-damentación del pensamiento neo-liberal de autores de la talla de un Friedrich Hayek. El indi­vidualismo metodológico es el dique más eficaz frente a las deli-qruescentes ideologías estructura-listas que sostienen que la lengua es como una «razón humana» que tiene sus propias razones que el hombre no conoce, insu­frible manifestación de ese nihi­lismo «nihgt» de que es portador el «pobre» y «débil» pensamien­to postmoderno que nos anega en los últimos años.



UN CIERTO GRADO DE PREDICTIBILIDAD

También coincido con Eze-quiel Gallo cuando, en su co­mentario sobre el libro de Loza­no («ABC», 5-3-88), reivindica para la ciencia histórica un cierto grado de predictibilidad: «Es muy difícil —escribe Gallo— evaluar críticamente una narra­ción histórica sin analizar de al­guna forma las generalizaciones sobre las que descansa. El trata­miento ya clásico de Tocqueville sobre "El antiguo régimen y la revolución" descansa significati­vamente sobre la conocida gene­ralización acerca de las caracte­rísticas de los momentos que preceden a los estallidos revolu­cionarios. El argumento perdería gran parte de su atractivo si des­cubriéramos que la generaliza­ción no resulta fértil para com­prender sucesos de la misma familia ocurridos antes o des­pués. No se está, ciertamente, en presencia de predicciones stricto sensu, sino de anticipaciones plausibles que tienen algún gra­do de refutabilidad por genérico que éste resulte».

Finalmente, hay que decir que en las densas e interesantes pági­nas del libro de Lozano, se detec­ta el proyecto de que la historia reasuma su vieja investidura de relato, pero sin descuidar lo que aquélla tiene de estrategia discur­siva, de estratagema para la pro­ducción de sentido. Es lo más novedoso y discutible de este li­bro, escrito desde una perspecti-

va semiótica que el propio autor justifica en estos términos: «...El campo privilegiado de los análi­sis semióticos ha sido lo "litera­rio", cuyos modelos se han ex­portado a lo mítico, religioso, político, científico, filosófico, etc., pudiendo detectarse, por el contrario, poca literatura por lo histórico. En un momento como el actual, en el que muchos se-miólogos se están ocupando, a su vez, en construir una historia de la semiótica, pensamos que es oportuno ocuparse de una se­miótica de la historia».



Pedro Fernaud

Política,

Nacionalidad

e Iglesia

en el País Vasco

F. García de Cortázar


y J. P. Fusi

Editorial Txertoa

San Sebastián, 1988. 114 págs.

FORMALMENTE conce­bida en dos partes diferenciadas, cada una de ellas redactada por un autor, esta obra hay que en­tenderla temáticamente como un conjunto. La tesis planteada es clara: la cuestión de la nacio­nalidad es el fenómeno más tras­cendental de la historia política vasca del siglo xx. Si tenemos en cuenta el componente religioso de dicho nacionalismo, ese con­junto del que hablamos adquiere pleno sentido. En tanto que, como sostiene J. P. Fusi, la apa­rición del nacionalismo vasco supone una ruptura histórica, al cuestionarse por primera vez la integración de los territorios vas­congados en el Estado español, es lícito plantearse el posiciona-miento de la Iglesia ante un he­cho de tal magnitud. Propósito interesante si tenemos en cuenta los antecedentes políticos de la Iglesia vasca a lo largo del siglo -xix y su capacidad legitimadora.

Visto así, el problema puede no parecer excesivamente com­plejo. Sin embargo, dadas las di­ferencias entre las provincias vascongadas y aun dentro de cada una de ellas, como conse­cuencia de desarrollos socioeco­nómicos desiguales, no es posi­ble hallar una línea política única. Es esto lo que Fusi define como pluralismo vasco, surgido aproximadamente en la segunda década de esta centuria y presen­te en la actualidad. Hasta la Guerra Civil no hallamos en el pluralismo una fuerza hegemó-nica, por más que el nacionalis­mo fuese la principal agrupación política; después de la muerte de Franco, la hegemonía naciona­lista es indiscutible, pero, como prueban los resultados electora­les durante la transición demo­crática y la actual composición del Parlamento vasco, dentro del nacionalismo persiste el pluralis­mo.

Si nacionalismo y pluralismo son las dos primeras piedras de toque para comprender plena­mente el proceso de socializa­ción de la política en el País Vas­co, el tercer elemento, íntimamente ligado a ellos, es la Iglesia. Como señala F. García de Cortázar, la Iglesia vasca no es apolítica ni neutral, sino que «rebosa» política por todos sus costados; se halla presente en el devenir político vasco del si­glo xx, ocupando un espacio pú­blico muy destacado: sus in­fluencias sobre las instituciones y la sociedad civil le hacen apare­cer en ocasiones como el puro poder. Pero tampoco en lo refe­rente a la Iglesia podemos caer en reduccionismos simplistas. La clerecía vasca se comporta como un todo homogéneo. Lejos de ello, su gran trauma serán las continuas fricciones entre las ba­ses, permeables a las reivindica­ciones y postulados nacionalis­tas, y la jerarquía eclesiástica, colocada, una vez superado el fastasma del carlismo, al lado del sistema liberal primario y del ré­gimen franquista después. La primera fractura de la Iglesia vasca se producirá al triunfar la sublevación militar de julio del

36 en Álava y Navarra; la segun­da, más profunda y duradera, al decidir los nacionalistas perma­necer fieles a la República. Ello explica que la religión sea la principal deslegitimadora del es­tado franquista en el País Vasco y que la teoría sabiniana de la ocupación de Euskadi por un país extranjero fuera retomada. En este sentido no parece extra­ño, pues, que la dictadura recela­se del clero vasco.

En resumen, esta obra preten­de profundizar en la compren­sión de los dos componentes esenciales de la política vasca del presente siglo: Iglesia y naciona­lidad. Formalmente distintas, como consecuencia de los cam­bios experimentados por nuestra sociedad, esas dos constantes continúan presentes. E insisti­mos, como insisten los autores, manifestándose con profundas diferencias interprovinciales y zonales, porque el pluralismo vasco pervive en 1988, aunque no sea ya el de 1914. La Iglesia vasca, por su parte, continúa ocupando un lugar destacado en nuestra comunidad, por más que ésta sea una sociedad ideológica­mente secular.



Gonzalo González Martínez

Historia

de Iberoamérica.

Tomo III. Historia

contemporánea

Manuel Lucena Salmoral (coordinador)

Ediciones Cátedra y Sociedad

Estatal para la Ejecución de

Programas del Quinto

Centenario.





E forma tradicional el americanismo español se ha cen­trado en el período colonial, en el estudio de los algo más de tres

Madrid, 1988, 699 págs.

siglos que van del descubrimien­to a la independencia, en una época en que los territorios de las' actuales repúblicas latinoameri­canas formaban parte del vasto imperio español. Las razones de esta tendencia son bastante ob­vias, y podían sintetizarse en los siguientes factores que, por su­puesto, no son los únicos ele­mentos explicativos ni figuran en un orden de prioridad: 1) la disponibilidad de fuentes, gracias a la existencia de riquísimos ar­chivos, como el Archivo General de Indias o el Archivo General de Simancas; 2) el interés por el estudio de un pasado que es par­te del propio pasado, del pasado «nacional», si se me permite la expresión y 3) la mística de la hispanidad y el hispanismo, que unido al espíritu de cruzada, fue notablemente incentivada a par­tir de la década de 1940.

Este hecho ha conferido a la historia contemporánea de Amé­rica Latina un papel de convida­do de piedra entre nuestros estu­diosos, salvo algunas, pocas y honrosas, excepciones, y que se advierte rápidamente por la es­casa producción propia en la materia. Respondiendo a lo di­cho más arriba, sólo el estudio de Cuba y Puerto Rico, pero sólo hasta 1898, ha llamado la aten­ción de nuestros historiadores, tanto americanistas como con-temporaneístas.

Todo esto se advierte rápida­mente en el libro objeto de rese­ña. La falta de especialistas espa­ñoles ha hecho necesario buscar­los fuera de nuestras fronteras. Y esto que podría llegar a ser pen­sado como algo peyorativo para la obra es, por el contrario, uno de los mayores atractivos del li­bro. De este modo, cinco exce­lentes profesionales europeos y uno latinoamericano colaboran directamente en un trabajo co­lectivo de este género, que se convierte en algo especial dentro de la producción de la industria editorial española.

Otras de las características del americanismo nacional es su marcada vocación introspectiva, su falta de apertura internacio­nal, más allá de un reducido cir-

cuito. Y precisamente la ruptura de este hecho es lo que permite introducir nuevas ideas y postu­ras frente a los sucesos del pasa­do americano. Ideas y posturas por lo general no coincidentes, sino más bien, muchas veces en­frentadas, lo que permite intro­ducirnos dentro de un rico deba­te historiográfíco. Es de lamentar que tanto el tomo I, ya publica­do, corno el II, en preparación, no tuvieran este grado de apertu­ra, este toque de audacia, por parte del coordinador de la obra. El volumen está dividido en dos partes y ocho capítulos. Cada una de las partes coincide con uno de los siglos objeto de estudio:1 el xix, caracterizado como el siglo de la utopía, el or­den y el progreso y el xx, el siglo que indica el tránsito de la uni­versalidad a la identidad iberoa­mericana. Cada uno de los capí­tulos ha sido escrito por un autor diferente (hay uno que repite), y a lo largo del texto se trata de mantener un esquema de divi­sión cronológica, aunque en el comienzo de la segunda parte se introduce un capítulo que rompe el esquema y está dedicado al análisis del intervencionismo norteamericano en Iberoaméri­ca, desde la crisis de la indepen­dencia de Cuba a nuestros días (la invasión de Granada y la cri­sis nicaragüense), realizado por Hans-Joachim Kónig.

Desde la perspectiva de las re­laciones internacionales, se trata de analizar el papel jugado por

Estados Unidos en la vida políti­ca, económica, social y cultural de América Latina, que es obser­vado como algo totalmente de­terminante y condicionante de la evolución continental. Más allá de la clara adscripción depen-dentista del capítulo, lo cierto es que en vastas áreas de América Latina, especialmente en la América del Sur, el papel de Es­tados Unidos sólo comienza a destacar a partir de 1930, ocu­pando previamente ese lugar las principales potencias europeas, Gran Bretaña y Francia, u otros países de segundo orden, como Alemania y Bélgica, con fuertes intereses en la región. Y enton­ces cabría preguntarse, por qué, desde la misma perspectiva de las relaciones internacionales, no se analizó el papel del «imperia­lismo» europeo, aunque se haga en cada uno de los distintos capí­tulos restantes.

Estos comienzan con el de Manuel Lucena, dedicado a la independencia y a la evolución de la historia americana en las décadas de 1810 y 1820, en una época claramente fundacional, donde se contrastan los puntos de ruptura con aquellos, mayori-tarios, de continuidad. John Lynch se ocupa de la formación de los nuevos estados nacionales, de ese período de ruralización y transición de la vida americana, que va de 1825 a 1850. Una épo­ca marcada por el peso del cau­dillaje y de las relaciones cliente-lísticas como la principal forma de hacer política. A continua­ción, Nelson Martínez Díaz estu­dia el período 1850-1875, que lleva el título de «El federalis­mo», marcado por los enfrenta-mientos intraoligárgicos y por los esfuerzos de erigir naciones basadas en un modelo centralista o unitario o en otro federal. Este conflicto era coetáneo de otro que enfrentaba a conservadores y liberales, aunque con impor­tantes entrecruzamientos y sola-pamientos de acuerdo con cada caso concreto. La primera parte concluye con el trabajo de Brian Hamnett, dedicado al último cuarto del siglo xix y denomina­do como el de «La regenera-

ción». Todavía se perpetúan los anteriores enfrentamientos y sur­gen otros nuevos más acordes con la coyuntura internacional que se está viviendo. Es evidente que los puntos de partida de cada uno de los autores son disí­miles y algo sumamente compli­cado es poner nombres a las co­sas, y más cuando éstos tienen que caracterizar a una época. Pero lo cierto es, que algunos de los mencionados y otros de los existentes en la segunda parte se­rán objeto de polémica.

En la segunda parte, luego del ya comentado capítulo de Kónig, sigue otro de Nelson Martínez Díaz, sobre los «radi­calismos», que corresponde al período que va desde el principio de siglo hasta el estallido de la gran crisis mundial, siendo una de sus principales características el ascenso de los sectores medios y urbanos, resultado del creci­miento económico logrado gra­cias a la expansión del sector ex­portador. Posteriormente, Adam Anderle estudia los años que van de 1929 a 1948, caracterizados bajo el signo del «populismo», años en los que entra en crisis el modelo oligárquico, el modelo de «crecimiento hacia afuera» y comienza a ponerse en práctica el de «industrialización por susti­tución de importaciones». Y por último, Marcello Carmagnani se ocupa de la época comprendida entre la inmediata postguerra (desde 1945) y la actualidad, y que estaría marcada por el pre­dominio de un ideal «nacionalis­ta». Un ideal que trasciende las fronteras ideológicas o políticas y que se ha convertido en patrimo­nio colectivo de los distintos paí­ses americanos. Se trata de un nacionalismo por oposición, de un nacionalismo antiimperialis­ta. De un nacionalismo, en sínte­sis, autocomplaciente y que como todos los nacionalismos está plagado de lugares comunes.

En tanto obra colectiva, son varios los puntos de vista con los que se abordan los principales y diversos problemas del pasado americano. Uno de ellos, ni el único ni el más importante, es el del imperialismo y el del peso de

su influencia sobre el desarrollo histórico latinoamericano. Este tema, objeto de vivas polémicas, como por ejemplo la sostenida entre D. C. M. Platt y el matri­monio de Stanley y Barbara Stein, también aparece aquí. Al principio de la obra, Lucena nos advierte que «la obsesión de las potencias ibéricas por mantener su régimen de monopolio con-cenció a los grupos criollos de la necesidad de plantear de inme­diato el tema de la independen­cia política como la única forma de lograr una independencia económica. Resultó así que el gran detonante de la indepen­dencia política fue la necesidad de romper urgentemente la de­pendencia económica, objetivo paradójico por cuanto el resulta­do obtenido fue precisamente el contrario» (págs. 27-28). ¿Se puede desprender de esa afirma­ción, como hacen muchos histo­riadores, que una metrópoli, Es­paña o Portugal, fue rápidamen­te y sin solución de continuidad reemplazada por otra, Gran Bre­taña?

Para Lynch las cosas no son tan sencillas. Para él, a lo largo del período que estudia, 1825-1850, si bien las nuevas naciones dependían de las manufacturas británicas, de los buques británi­cos y de los mercados británicos, por el contrario, no necesitaban, entre otras cosas porque no eran capaces de utilizarlos, ni el siste­ma bancario británico ni su tec­nología. Al mismo tiempo, las clases dominantes americanas tomaban sus propias decisiones y no eran en absoluto depen­dientes de la Gran Bretaña y los comerciantes de ese origen te­nían muy poco poder político y ninguna influncia sobre las polí­ticas comerciales o arancelarias de los respectivos países.

Claro está que las cosas co­menzarían a cambiar a partir de 1870, cuando se produzca una mayor integración de las econo­mías latinoamericanas en el mercado mundial y las oligar­quías de esos países decidan sa­car mayor partido de sus venta­jas comparativas. Pero, y esto vale también para el siglo xx, la

presencia de los británicos pri­mero y de los estadounidenses después, debe ser vista como algo condicionante o sólo como un dato más, muy importante, qué duda cabe, de la realidad. La respuesta a esta cuestión, que al­gún autor intentó sintetizar en torno a la dicotomía de autono­mía o dependencia, varía de acuerdo con el tratamiento que se le da en cada uno de los dife­rentes capítulos.

De todos modos, a lo largo de ellos se nota una clara preocupa­ción por la síntesis, por abordar sin complejos la mayor parte de los problemas históricos que afectaron al continente america­no en los dos últimos siglos, no limitando la exposición a los paí­ses de origen hispano, sino inclu­yendo al Brasil y a las naciones del Caribe. Las cuestiones globa­les y las generalizaciones se suce­den de forma permanente con el tratamiento de problemas espe­cíficos, con el análisis de casos nacionales. Unidad y diversidad se cruzan y se separan en una es­pecie de danza que termina arro­jando bastante luz sobre un pa­sado complejo.

Ahora bien, la diversidad de problemas, de situaciones, de co­yunturas, sitúa a la obra en el punto de mira de numerosas crí­ticas. Pero partiendo de la base que se trata de una síntesis glo­bal, destinada a convertirse en un libro de consulta destinado fundamentalmente a estudiantes universitarios, el resultado logra­do resulta satisfactorio.



Carlos D. Malamud

La expansión en el estado comercial. Comercio y conquista en el mundo moderno

Richard Rosecrance

Versión española de José Carlos

Gómez Borrero.

Alianza Editorial. Madrid, 1987.





ADA vez son más los esta­dos que, ante el auge del Japón, optan por el libre comercio y por el abandono de la política de en­sanchamiento o de manteni­miento militar de sus fronteras. El autor señala el cómo y el por­qué de este fenómeno de nuestro tiempo, sus ventajas y sus espe­ranzas, apuntando también sus antecedentes en el pasado y las causas que varias veces le hicie­ron fracasar. Pero no olvida el advertir que este camino de li­bertad se halla dificultado toda­vía por los residuos de la concep­ción territorial antañona, vigente aún en Rusia, en los Estados Unidos y en muchos de los nue­vos países del Tercer Mundo. Si la opción comercial llegase a fra­casar, los riesgos de la guerra vol^ verían —dice— a ser incalcula­bles. De ahí el interés que sus argumentaciones avivan en el que las lee.



L.H.L.

Manual

de bibliotecas

Manuel Carrión Gútiez



STE manual se define por su autor como un acto de fe en la

«Biblioteca del Libro». Fundación Germán Sánchez Rupérez y Ediciones Pirámide. Madrid, 1987.

pervivencia del libro y, por ende, en su colección, que es la biblio­teca. La biblioteca, sentida apa­sionadamente, como quehacer y pasión de unos hombres —los bibliotecarios— formadores, mantenedores, defensores y pro­pagadores de la colección; y como punto de confluencia de los lectores, necesitados de cono­cer y de utilizar los datos y sabe­res que la colección encierra. Manual de biblioteconomía, en cuanto que trata de cómo orga­nizar, mantener y difundir las colecciones; de cómo catalogar sus libros; de cómo formar, re-clutar, educar a los bibliotecarios que los catalogan; de cómo adaptar a los tiempos modernos los propios fondos bibliográficos; de las técnicas del noble oficio de catalogador; de las instalaciones y edificios de las bibliotecas pú­blicas. A éstas se ciñe esencial­mente, como que para todos los lectores se hallan constituidas. Y narra su historia, su actualidad, aboga por su necesaria readapta­ción informática, aun sabiendo y declarando que ésta no será fácil, que tardará, pero que en un fu­turo más o menos lejano será un hecho. Esta adecuación a los tiempos, inteligente, lúcida, no beata, no ciega; esta independen­cia de criterio, esta modernidad es, a mi parecer, lo mejor de este grueso manual, tan claro, tan gráfico, que está siendo ya tan útil para profesionales y lectores, y que debiera serlo también para gobernantes y para cuantos pue­dan tomar decisiones tránscen-dates al mundo de la cultura.



L.H.L.

Desde la ventana; enfoque femenino de la literatura española

Carmen Martín Gaite

Colección «Espasa-Mañana». Editorial Espasa Calpe, S. A Madrid, 1987.



IEMPRE ha habido entre nosotros —dice la autora, una mujer que, acodada en el alféi­zar, miraba por la ventana, con los ojos perdidos en el horizonte, ensimismada en sus soliloquios, tratando sólo de luchar así con­tra el tedio, el insufrible tedio en que la sumían costumbres ances­trales. De «ventaneras» las califi­caban —desdeñosos, despecti­vos, irritados—, los moralistas y predicadores. Pues de esa casta de mujeres ventaneras, nacen, para Carmen Martín Gaite, las escritoras españolas, que narran, primero, casi sin saber el qué, tratando sólo de desaguar su ma­rasmo interior; que, otras veces, lo hacen por obediencia —tal Santa Teresa— y entonces tie­nen que esforzarse por buscar su propio modo de expresión, y lo inventan, y lo encuentran y lo­gran así pasmosos frutos litera­rios. Las heroínas del teatro del Siglo de Oro, tan iguales todas, las protagonistas románticas, las escritoras del xix, en perpetua pugna con la soberbia viril, hasta las «chicas raras» de la postgue­rra civil —Carmen Laforet, la propia autora— son, han sido todas ellas —según resulta de su examen— mujeres asomadas a la ventana para ver desde ella y contar luego, a su modo, lo que veían del mundo exterior, que allá abajo, allá enfrente estaba, y al cual, poco a poco, se han ido incorporando hasta su clamoro­sa, irresistible irrupción que en estos años hemos presenciado. Carmen Martín Gaite expone muy bien, persuade de sus opi­niones y, para final, nos regala una íntima, personalísima co­municación ventanera, tenida por ella misma en Nueva York con su madre muerta, que es un modelo de literatura femenina y de buena literatura, una palpable demostración más de ese enfo­que que la mujer nos viene dan­do de sus sentimientos. Me pare­ce un excelente libro, muy encajado en la trayectoria litera­ria de su autora.



Luis Horno Liria


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