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La mision cristiana como santidad eclesial


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LA MISION CRISTIANA COMO SANTIDAD ECLESIAL
Bryan Stone

Yo postulo que la misiología cristiana es fundamentalmente la eclesiología, y que la cosa más misional que pueda hacer la iglesia hoy día es: Ser la iglesia. Vivir juntos en una comunidad que da testimonio visible, personificado, corporativo, y público del Reino de Dios. Vivir adorando, reconciliándose, perdonándose, pacífica, compasiva, justa, e inclusiva. Es así la misma forma y el carácter de la comunidad de la fe como la nueva creación de Dios que es la fuente y el blanco de la misión cristiana. Comprendiendo esto, el missio dei no es ni la salvación personal, privada, o interior de los individuos, ni tampoco es una cristianización más o menos minuciosa del orden social. Es, más bien, la creación de un pueblo que es tanto “púlpito como paradigma” de una nueva humanidad. (1) Y, hasta el punto que el evangelio sea el corazón de la misión, (como creo yo que lo es,) es este mismo “pueblo” lo que constituye, tanto la invitación pública, como aquello a lo que señala la invitación. Es por eso que la iglesia no necesita, en verdad, una estrategia de misión. La estrategia de misión es la iglesia.


Puesto que la formación de un “pueblo” con carácter distintivo es tan central en este entendimiento del missio dei yo creo que deberíamos de hablar de la misión cristiana como santidad eclesial. (2) Es sintomático del siglo veinte que los cristianos que profesaban la santidad ponían énfasis o en la santidad personal o en la social, y el énfasis en una , frecuentemente, excluía la otra. Los creyentes en la santidad dentro de la tradición wesleyana han tratado de mantener, a menudo, o un equilibrio, o una síntesis de las dos. Raramente, sin embargo, ha ocurrido esto, de manera de escapar el solipsismo inherente en las nociones modernas de lo personal, por un lado, o las suposiciones de la cristiandad acerca de lo social por el otro. El menguar de la modernidad y el desmoronarse de la cristiandad, sin embargo, nos otorgan una oportunidad de repensar la santidad de maneras frescas y nuevas; maneras que toman en serio el papel fundamental que hace la comunidad de la fe como el sitio personificado de la santidad y de la realidad previa (teológicamente) de donde la santidad, tanto personal como social, tiene sentido correcto. (3)
Pero, ¿qué apariencia podría tener una comprensión de la misión cimentada en la eclesiología? ¿Qué querría decir hablar de misión cristiana como santidad eclesial? Mientras que nada menos que una teología de misión completamente desarrollada sería requerida para justificar respuestas adecuadas a estas preguntas, yo sugiriría que, a lo mínimo, querría decir, primero, que la misión surge de un llamamiento de Dios a ser un pueblo distintivo en el mundo y, segundo, que el objetivo de este “poblar” es el de dar testimonio personificado, en el mundo, de lo que Jesús llama “el Reino de Dios.” En otras palabras, es fundamentalmente el llamamiento a ser un pueblo de donde surge la misión. (Aquí la memoria haría un papel central.) Y es fundamentalmente hacia el Reino de Dios que va dirigida la misión. (Aquí, la esperanza haría un papel central.) De hecho, es la misma existencia de este pueblo, la que motivada, constituye la oferta al mundo, y un anticipo dentro del mundo, del propósito de Dios para el mundo.
Una iglesia verdaderamente misional, entonces, es una que es testigo visible y comunal de una realidad alternativa (pero fundamentalmente más real); el Reino de Dios, en el cual las preeminencias sociales del presente se vuelven de cabeza y al revés. Aquí los primeros resultan los últimos, mientras los últimos llegan a ser primeros (Mateo 20: 16). Los gobernantes son traídos abajo mientras son exaltados los humildes (Lucas 1:52-53). Los pobres y los hambrientos se satisfacen mientras que los ricos y los hartos son echados fuera, hambrientos y con las manos vacías (Lucas 6:20-25). Los que ahora sufren encuentran consuelo y sanidad. Aquellos que viven en el ostracismo ahora están incluidos (Mateo 21: 31; Lucas 4: 25-27).
La compasión y la justicia, ambas, por lo tanto, están en el corazón de la misión como santidad eclesial. Es imposible ser el pueblo de Dios aparte de la solidaridad corporativa con aquellos que sufren, ni tampoco, sin la protesta, la crítica, la resistencia corporativa contra los poderes que causan el sufrimiento. Como dice Hannah Arendt, “La pobresa misma es un fenómeno político y no natural; el resultado de la violencia y la violación y no de la escasez.”(4) En el caso de la compasión y la justicia, ambos, la clave es la personificación. Una justicia despersonificada es tan inútil como una compasión que ha llegado a ser sentimentalidad. La santidad eclesial requiere una nueva humanidad que se aúne concretamente con los pobres, al opuesto de estar solamente en favor de ellos. La santidad eclesial requiere la creación de una nueva realidad social, que en verdad practica en público el perdonarse unos a otros y el perdonar a los enemigos. La misión cristiana, hoy día, requiere un pueblo por el cual la misma personificación de la solidaridad con los que sufren, es, a la vez, la revelación de la justicia y la exposición de la injusticia. La personificación es la condición necesaria pero también suficiente para la misión.
La misión, por supuesto, no es más problemática en ninguna parte, hoy en día, que lo es para los de nosotros que nos hallamos en sociedades donde la cristiandad ha sido vinculada a los centros del poder político, económico y cultural, pero en donde el viejo modelo de la cristiandad se está despojando más y más. La iglesia que en un tiempo estaba en el centro de la civilización occidental, que podía presumirse una voz privilegiada en la cultura, y que podía conducir “misiones” a su gusto, ahora se encuentra deshilándose por el centro y al margen de la cultura. Pueda ser, sin embargo, que sea precisamente desde los márgenes que la iglesia logre mejor ser santa y también misional, vivir de tal manera ante el mundo que se tome en serio el reino de Dios, y se le considere una posibilidad genuina en el mundo. Pueda ser, por lo tanto, que sea desde la periferia del mundo que la iglesia logre mejor ser una iglesia para el mundo.
El esfuerzo de algunos de volver a tomar nuestro puesto como iglesia en el centro cultural, entonces, me parece fundamentalmente equivocado.Al contrario de las opiniones que rigen dentro de la literatura contemporánea sobre el evangelismo, yo no creo que nuestro desafío más desalentador como iglesia, sea, que no vayamos a alcanzar a la gente seglar que no tenga iglesia porque nuestra predicación aburrida y nuestra música pesada repele a los gustos, las expectativas y las preferencias de nuestra cultura.Nuestro desafío mayor es que al alcanzar a nuestro mundo, dejemos de embestir a su racismo, su individualismo, su violencia y su opulencia, habiendo en vez quedado enamorados de ellos.Nuestra iglesia, en ese caso, de ninguna manera trastornaría un orden injusto existente, sino, más bien lo imitaría y lo apoyaría. Así alcanzaríamos a más personas, pero el evangelio en el cual las alcanzaríamos se habrá vuelto una versión de la “Cristianidad Lite” la que sería un reflejo pálido de las preferencias del consumidor y una acomodación a necesidades generadas por el mercado. La naturaleza subversiva del evangelio entonces habrá sido subvertida y todo lo que es imprecindible y radical acerca del pueblo de Dios se habrá comprometido a favor de los índices de preferencia.
1. Yoder, John Howard, For the Nations: Essays Public and Evangelical, Eerdmans, Grand Rapids, 1997. 41.
2. Uno también podría hablar de la “santidad congregacional.” Hay, sin embargo, un peligro de reducir “iglesia” a “congregación.” Así por ejemplo, una comprensión verdaderamente Metodista de “iglesia” empieza con la conexión que excede mientras incluye “congregación.” Al mismo tiempo se echa a perder algo importante cuando abstraemos demasiado lejos del testigo vivo, visible y personificado del Reino de Dios que es la congregación local.
3. El campo de la ética cristiana está mayormente en la misma posición. La ética cristiana tanto la académica como la cuotidiana ha estado volteada , ( o, en algunos casos, reducida) o a la ética social o a la ética personal. Pero raramente, si acaso, se ha avanzado la idea de la ética congregacional, con un grado de seriedad, a pesar del hecho que es la comunidad de la fe cristiana, la cual, yo quisiera postular, es el cimiento logicamente previo para la ética social o para la ética personal.
4. Arendt, Hannah, On Revolution, Viking Press, Nueva York, 1967. 56.


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