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La Misa Vigilia del domingo 16 de tiempo ordinario Clausura de la conferencia de


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La Misa Vigilia del domingo 16 de tiempo ordinario

Clausura de la conferencia de Humanae Vitae

El 21 de julio, 2001
La Iglesia de la Santa Cruz

680 W. Peachtree Street, NW.

Atlanta, Georgia 30308-1984
Queridos amigos en Cristo,
Hace treinta y tres años, en este mes, el nacimiento de la Humanae Vitae, la encíclica definitiva del Papa Paulo VI sobre la transmisión de la vida, no se realizó sin angustia y sufrimiento. Yo recuerdo bien las dificultades que atravesó nuestra Madre la Iglesia, mientras esta hija de la sabiduría se abría camino en un mundo ya predispuesto a tomar un curso de rechazo y oposición contra ella.

En ese tiempo, fui canciller de la Arquidiócesis de Washington, y mientras los acontecimientos se desarrollaban en unos pocos días, me di cuenta que la Iglesia, tanto el clero como los fieles, y yo mismo, seríamos cambiados para siempre por causa de la publicación de este trascendente y decisivo documento.


Porque no fué una sorpresa, pero sí una gran decepción cuando a menos de un día de la publicación de la Humanae Vitae, más de sesenta sacerdotes de la Archidiócesis de Washington, anunciaron, por medio de un aviso en el Washington Post, su oposición a las enseñanzas del Santo Pontífice, a la Iglesia, al Magisterio, y deberemos creer, al Espíritu Santo.
El Arzobispo Cardenal de Washington, Patrick O’Boyle, con ninguna felicidad, me llamó a su oficina y dijo, “No podemos dejar esto pasar. Llama a todos los sacerdotes nombrados en la protesta. Diles que estoy terminando sus derechos de celebrar los sacramentos, y déjales saber que estoy listo y ansioso de hablar con cada uno de ellos individualmente.”
Sin duda, fue uno de los momentos más duros que el jamás había enfrentado, y el asistirle en este momento difícil, fue también un momento en el tiempo que me cambió – porque me dejó con las cicatrices de batalla, cicatrices que debemos tener y obtendremos, si nos ocupamos de defender a la Iglesia contra sus oponentes, y si nos esforzamos en ganar de vuelta a aquellas personas que se han puestos contra la Iglesia y contra sus enseñanzas dadas por Dios.

La Iglesia lucha todavía con las dificultades de poner la Humanae Vitae en la práctica, y una razón por la que estamos aquí, es orar por el consejo del Espíritu Santo, mientras tratamos en nuestra época de hacer esta enseñanza una parte vital y más aceptada dentro de la vida y misión de la Iglesia.


Pero, tal vez aún el Papa Paulo VI, en su sabiduría profética no vio todas las corrientes, todos los movimientos, todas las perversidades individuales que se levantarían contra la santidad de la vida en los años desde que él habló con tanta fuerza contra el pecado de la anticoncepción artificial, el cual es comparativamente más sencillo.
El desarrollo del desprecio a la concepción y generación de la vida, ha sido, en gran parte, responsable por los hechos aún más escandalosos contra la vida en las otras fases de su existencia. El aborto y la eutanasia, la puerta de frente y la puerta de atrás de la casa de la cultura de la muerte, ahora se han abierto para revelar cuartos de maldad más insidiosos, logrados entre estas dos brechas del infierno. La eugenesia, la ingeniería genética, la clonación, las investigaciones sobre las células estaminales de embriones - éstos son la progenie inevitable de la arrogante adjudicación del hombre en la administración de la vida, la cual comenzó con los movimientos pro-anticonceptivos.

A dónde se va de aquí – sólo nos podemos preguntar, y reconocemos como apropiado la vieja oración, la cual describe la “maldad y las trampas del diablo” y admitimos que el genio del hombre, cuando está dirigido al mal, es en verdad sorprendente, y fiel a la naturaleza del pecado original, diabólico también.

Pero para la Iglesia, para los Católicos, para todas las parejas que viven en la familia de la Iglesia y que desean estar en paz con su conciencia, la Humanae Vitae es mucho más que una profecía y un recuento de lo que podría ir mal y lo que salió mal. De hecho, la Humane Vitae, es el mapa a la santidad y la estabilidad del matrimonio – y más – es el mapa que finalmente nos llevará a un mundo mejor, por lo menos para aquellos que siguen sus luces guiadoras.
En el Evangelio de este domingo, escuchamos de un momento decisivo en las vidas de los discípulos del Señor – no un momento de conflicto limitado a Martha y María – no solo la solución del Señor al enojo de Martha y tal vez la satisfacción de María - sino un momento de decisión para todos los cristianos. ¿Cuál será el centro más importante de su vida – vivir una vida al servicio del bien ó vivir una vida al servicio del Señor? Las dos parecen iguales, y en algunos casos parecen ser la misma cosa. Pero no lo son. Las personas éticas son personas buenas – y nos llevamos bien con ellas, las respetamos y vivimos con ellas en paz. Pero los cristianos son éticos porque son del Señor. La bondad que lleva a la salvación viene de la devoción al Señor. La bondad de por sí no salva a nadie. Cristo no dijo “Hagan el bien, y eso anulará sus pecados.” Cristo dijo, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas … y amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Es claro que el amor de Dios debe llegar primero, y después llegará el resto.

Tal momento de decisión está reflexionado en las enseñanzas de la Humanae Vitae. Numerosos esposos, aparentemente responsables, deciden por sí mismos, que para mantener el bien de todos los involucrados, ellos deben limitar el número de las vidas que concebirán, y que la manera más fácil y más práctica para hacerlo es por medio de la anticoncepción artificial – la interrupción antinatural del acto de la concepción. Hacer esto es cometer la falla de Martha – poner la conveniencia, poner las consideraciones materiales, poner la comodidad por encima de la primera obligación del matrimonio, la cual es amar y servir a Dios haciendo su voluntad. Y su voluntad, como está expresada por la Iglesia, bajo la inspiración del Espíritu Santo, es no interferir de modo antinatural con la generación de la vida. La Humanae Vitae es el plano para incorporar la voluntad de Dios dentro de la vida del matrimonio cristiano. Y los frutos de tal obediencia son hermosamente explicados por el Papa Paulo VI cuando escribe:

…Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la
atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles.

Queridos amigos, estos son promesas hermosas, pero son promesas basadas en la verdad de Dios. Por lo tanto, se pueden cumplir y se cumplen, no sin dificultad, como el Papa Paulo nos recuerda, no “sin la ayuda de Dios, quien apoya y fortalece la buena voluntad de los hombres.”


Que ésta conferencia, que los esfuerzos de todos los que se han unido en planearla y en asistir a ella, que el ejemplo que ustedes, esposos y esposas católicos, ponen por el modo de vivir sus propios matrimonios, y sobre todo, que la ayuda de Dios al cual siempre imploramos, rejuvenezcan en nuestra Iglesia local una conciencia y aprecio del gran don de la Humanae Vitae, el esfuerzo más grande y duradero del Papa Paulo VI para el bien del pueblo de Dios, la Santa Iglesia Católica.
Y que los frutos de tranquilidad y paz, cosechados en sus corazones y en sus hogares, al someterse a la afilada dulzura de la ley de Dios, brinden nueva vida, nueva compasión y nueva sabiduría al mundo alrededor de nosotros.
Por esto oramos, en el nombre del Señor. Amén.
Monseñor John F. Donoghue

Arzobispo de Atlanta, GA



EE.UU.


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