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La locura en la Argentina José Ingenieros


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La locura
en la Argentina

José Ingenieros



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Indice
Advertencia

Locura y brujería en la sociedad colonial.

II. Los Antiguos "Loqueros" de Buenos Aires

III. Los alienados durante la Revolución

IV. Los alienados en la Época de Rosas

V. Los estudios psiquiátricos en la Argentina

VI. Los modernos asilos para alienados

VII. Censo aproximativo de alienados

Notas

Advertencia

A poco de iniciar estudios de medicina dos libros decidieron mi vocación por la patología mental: el Elogio de la Locura, de Erasmo, y el Quijote, de Cervantes. Algunas obras de Charcot, de Maudsley y de Lombroso, me entreabrieron sus secretos; pero fue decisiva para mi educación psiquiátrica la magnífica Semiología de las Enfermedades Mentales del ilustre maestro Enrique Morselli, a quien rindo gustoso el homenaje de esta declaración. Antes de terminar mi carrera me honraron con su amistad los profesores José M. Ramos Mejía y Francisco Veyga, que después fueron para mí un padre y un hermano, respectivamente.
Han pasado veinte años. Desde entonces he reunido cuantos datos y publicaciones llegaron a mis manos acerca de locos, alienistas y asilos de la Argentina; constituyen una verdadera historia de la psiquiatría en el país. Pensando que con mi muerte se perderían, sin la seguridad de que otro pueda reunirlos por segunda vez, me he decidido a ordenarlos en esta monografía, capítulo para la historia de la Ciencia Nacional.
De lo que podrá interesar a algún alienista del porvenir, poco falta; con seguridad, nada esencial. Sólo he omitido lo que se refiere a mi persona y a mis obras, laguna voluntaria que no advertirán mis contemporáneos.

Buenos Aires, Diciembre de 1919.



I. Locura y brujería en la sociedad colonial.

I. La superstición medieval y la locura.- II. Locos y brujos en las razas indígenas.- III. Locos y brujas en la raza negra.- IV. Primitiva asistencia de los alienados.- V. Locura y responsabilidad penal.

I. La superstición medieval y la locura

Los que hemos estudiado patología mental en los comienzos del siglo XX, auxiliados por la histología para comprender los procesos fisiopatológicos y por la bioquímica para analizar los elementos causales, difícilmente comprendemos el concepto que hasta hace un siglo se tenía de la locura y los procedimientos terapéuticos que se usaban con la intención de curarla. Las intoxicaciones internas y externas, las aplasias y degeneraciones de tejidos cerebrales, las lesiones anatomopatológicas, las astenias y disociaciones funcionales, en nada se parecen a los castigos divinos, posesiones diabólicas, hechizos, encantamientos, brujerías y otros maleficios que se tenían por causas suficientes de la alienación mental. Ni hay parentesco alguno entre la clinoterapia, la desintoxicación, el trabajo o la psicoterapia, usadas actualmente, y las cárceles, desencantamientos, palizas o sangrías, que eran preferidas en épocas no muy lejanas, y que son todavía practicadas por los pueblos e individuos de cultura inferior.


La evolución de la psiquiatría ha pasado, en general, por las mismas etapas que la historia de la medicina. Primitivamente, el hombre relacionaba las enfermedades con influencias sobrenaturales, no vacilando en atribuirlas a la maldad de seres invisibles o a castigos de dioses vengativos; estas explicaciones ilegítimas, lo mismo que las demás creencias supersticiosas, persistieron en las clases ignorantes mucho después de iniciarse una medicina menos absurda, pues el concepto que el vulgo tenía de la enfermedad no podía emanciparse de los errores que aceptaba respecto de la vida misma.
En vano los hombres de más vasta experiencia intentan acercarse a explicaciones naturales; las viejas quimeras de lo misterioso y lo sobrenatural persisten en las múltiples formas de la intuición vulgar. Cuando los hombres menos ignorantes se desprenden de la inicial mentalidad mística, observan, experimentan, oponen la crítica al dogma, el juicio propio a la rutina, las ciencias se van formando como resultado rectificables y perfectibles; pero este cambio radical de la mentalidad sólo se observa como variación de una minoría ilustrada, persistiendo en las masas como herencia las creencias ancestrales, alimentadas por hábiles sofistas que viven de mantenerlas en la ignorancia y la superstición.
En la ciencia antigua el concepto de la locura alcanzó a salir del período místico y teúrgico, desde Hipócrates, Dioclides y Asclepiades hasta Celso, Galeno, Areteo de Capadocia y Celio Aureliano; durante el desenvolvimiento de la medicina naturalista se había alcanzado la noción clarísima de que las enfermedades mentales tenían por causa alteraciones del organismo y podían curarse obrando sobre el cuerpo. Las escuelas médicas del mundo greco-latino habían renunciado a la psiquiatría mitológica descrita en los cantos homéricos, repetida en los trágicos griegos e imitada por muchos poetas latinos.

El renacimiento místico que acompañó a la extensión del cristianismo detuvo por muchos siglos el progreso de la sabiduría griega, que era, a la vez, ciencia y filosofía. A medida que el primitivo cristianismo se organizó en iglesia dogmática, fue apagándose el espíritu de libre investigación, hasta que la teología se constituyó como único sistema de creencias permitido en el mundo católico, con variantes que no afectaron lo esencial de los dogmas.


Uno de éstos, indispensables para el sistema, fue el dogma de la existencia de un alma racional, inmaterial e inmortal, ajena al cuerpo que la hospedaba y encargada de presidir todas las funciones mentales, reunidas bajo el vago nombre de espíritu. Fue lógico, pues, que las enfermedades mentales se interpretasen como afecciones del espíritu; la locura, como en la mitología homérica, volvió a ser la obra de entes sobrenaturales -dioses o demonios- que se introducían en el cuerpo del hombre para perturbar el alma racional.
En la medicina entera se operó esa regresión del naturalismo al misticismo, aunque menos acentuada que en la patología mental. Poco importaba, en efecto, para las creencias dogmáticas, la noción que se tuviera de la pulmonía o del linfatismo; eran, en cambio, peligrosas, y por consiguiente heréticas, las opiniones que se refirieran a la naturaleza de las funciones del espíritu.
La medicina quedó comprendida en el monopolio de todos los conocimientos, realizado por la Iglesia; los monjes fueron los únicos que pudieron estudiarla y con el tiempo se constituyeron órdenes religiosas especializadas en el ejercicio del arte de curar. Fue ello singularmente nocivo para la asistencia de los alienados: desde que el alma racional era el soplo divino con que Dios había animado el barro en que plasmara el primer hombre, era legítimo que los monjes alienistas miraran las pérdidas de la razón como castigos sobrenaturales y que las especulaciones teológicas primasen sobre el buen sentido naturalista.
En la sociedad feudal los alienados pasaron por víctimas del diablo, poseídos, hechizados, endemoniados o embrujados, con excepción de aquellos cuya locura se ajustaba al ambiente místico y a los dogmas imperantes, en cuyo caso corrían el envidiable albur de ser beatificados, canonizados o santificados. Los demás, reos de herejías, sufrieron penas cada vez más severas.
Cuanto mayor era la superstición, más tentadora tornábase la herejía para los desequilibrados, histéricos y locos; y cuando Lutero puso en peligro la política de la Iglesia Romana, lanzando el grito de la Reforma, recrudeció la intolerancia, aumentaron los herejes y endemoniados, y millares de locos ardían en las hogueras ( 1 ) junto con los cristianos que preferían el Evangelio a la Iglesia, la enseñanza moral de Cristo a la autoridad temporal del Papa.
El Renacimiento -estimulado en las bellas artes y tolerado en las letras- fue una constante batalla en las ciencias y en las filosofías; la persecución dogmática, severa para las ciencias físiconaturales, fue despiadada para las disciplinas psicológicas, por ser éstas las más peligrosas para las supercherías reinantes. La patología mental no tuvo renacimiento hasta la Revolución Francesa; a través de Locke y Condillac se llegó a la psicología naturalista de los Ideólogos, de cuya escuela formaron parte Pinel y Esquirol, revolucionarios de la patología mental.
En este largo paréntesis que interrumpió el progreso de las ciencias médicas, la psiquiatría fue más dañada que las otras. Con relación al concepto y al tratamiento de la locura, el renacimiento místico de la Edad Media representó una regresión atávica a las brujerías de los pueblos primitivos, con sus creencias absurdas y sus mismas prácticas disparatadas. La Europa entera, obsesionada por el terror religioso, vivió en una atmósfera de hechicería y demonofobia, doblemente usufructuaria en lo alto por los frailes y en lo bajo por los brujos, sin que la docta ignorancia de los primeros tuviera más valor psiquiátrico que la ingenua superstición de los segundos.
En España, durante los siglos de la conquista y del coloniaje americano, reinaban oficialmente las ideas medievales sobre la locura y su represión; es justo recordar -el genio es siempre excepcional- que Cervantes tuvo un concepto naturalista de la locura y que en repetidas ocasiones explica la de Don Quijote por habérsele a éste enfermado el cerebro. Mas no era el admirable manco el encargado de curar a los que perdían la razón, sino los religiosos y los curanderos, aquéllos entre la gente de pro y éstos en las masas incultas, además de los barberos y herradores, incipientes clínicos que aplicaban sanguijuelas, sangraban o ponían lavativas, y de los componedores de huesos, incipientes cirujanos. Algunos, más pretenciosos, se llamaban algebristas, sugiriendo que no eran legos en matemáticas, tal como los reputados físicos de las escuelas árabes.
A medida que se establecieron estudios serios de medicina para laicos, quitando el monopolio a las Ordenes religiosas, muchos pobres inteligentes se dedicaron a esta profesión, ya que el arte de curar era mal mirado por los caballeros, como todo lo que significaba trabajar para vivir; el escrúpulo era más explicable en España, pues allí la medicina había sido cultivada con empeño por árabes y judíos, sobresalientes en este arte.
Cuando hubo físicos profesionales, autorizados para curar después de estudios metódicos, no varió la situación de los alienados. Estos médicos no sabían ni querían entender de locura y de locos, pues como físicos no gustaban de entrometerse en afecciones del espíritu, fronterizas de la herejía y reservarlas a la competencia de los frailes.
Tales eran las ideas corrientes en España acerca de los alienados y del arte de curarlos, durante los tres siglos del coloniaje americano, Y no puede sorprender que en las colonias menos incultas -Méjico, Perú, Nueva Granada- la situación fuera la misma que en la metrópoli.

No basta comprender las costumbres y las creencias reinantes en España acerca de la locura para formar juicio de la situación en que estuvieron los alienados en las colonias americanas; limitándonos, en particular, al territorio que constituye actualmente la República Argentina, forzoso es considerar otros elementos étnicos cuya importancia es apenas concebible en nuestros días.


En la formación de las sociedades coloniales pre-argentinas se mezclaron tres tipos raciales heterogéneos, resultando de ello la paulatina organización de dos sociedades distintas; la Tucumana y la Rioplatense. En la primera formaban los indígenas la casi totalidad de la población, hallándose los blancos europeos en proporción centesimal; en la segunda fue más escaso el elemento indígena y muy abundante la proporción de negros africanos, a punto de que a fines del siglo XVIII los blancos y criollos constituían un tercio de la población avecindado en pueblos, contándose por dos tercios los negros y mulatos. En Córdoba, límite natural de ambas sociedades, la mestización africana predominaba en la ciudad y la indígena en la campaña adyacente.

II. Locos y brujos en las razas indígenas

En el territorio que constituye hoy la República Argentina, vivían antes de la inmigración española tres grandes grupos de razas indígenas; el del Nordeste (guaranítico), el del Noroeste (quechua) y del Sudoeste (araucanos). Los estudios de folklore comparado tienden a demostrar cierta analogía en sus ideas médicas, comunes a casi todos los pueblos primitivos; lo que más variaba en los indígenas americanos era la farmacopea, de acuerdo con la heterogeneidad de la flora y de la fauna. En cuanto a la locura y su tratamiento, a la analogía entre quichuas, guaraníticos y araucanos, fue muy acentuada; en los tres grupos era atribuida a causas sobrenaturales y curada mediante prácticas de hechicería.


Por ser más importante, además de existir copiosa información, conviene detenerse en particular sobre el grupo quechua, que formó casi totalmente la sociedad tucumana. ¿Cuál era el concepto de la locura y de su tratamiento entre los indígenas del Noroeste argentino? Los datos que poseemos se deben a cronistas coloniales del Perú, ampliados y corregidos por modernos alienistas limeños; el grupo indígena quicio-argentino era, en efecto, una variedad de las razas peruanas. El vocabulario quechua posee numerosos términos que denominan las diversas formas de locura, distinguiendo perfectamente la susceptible de la expansiva, la melancólica de la furiosa, la espantadiza de la impulsiva, la embriaguez alcohólica, el desmayo, el delirio, la disparataría. Con palabras especiales se designan al demente, al bebo, al estúpido, al mentecato, al necio, al tonto, al torpe, al trastornado y al bonzo. En el Ollanta, drama pseudo-incásico, el protagonista da muestras de delirio o locura, que un siervo suyo interpreta como hechizamiento del demonio; análoga explicación de la locura ofrecen muchas supersticiones y leyendas, bastante parecidas a las de los pueblos guaraníticos, así como la letra de muchos yaravís y algunas piezas de cerámica. ( 2 )
En todos los pueblos del grupo quechua persisten hasta nuestros días las supersticiones relativas a las yaguas o enfermedades congénitas atribuidas a influjos de la madre sobre el feto, reveladas por semejanzas licantrópicas y curadas mediante sortilegios. El uso de la chicha producía entre los indios las diversas formas de locura alcohólica. No eran desconocidas la histeria y la epilepsia, relacionadas generalmente con las prácticas de adivinación y brujería. Las afecciones mentales solían curarse bailando al enfermo, ceremonia colectiva en que el paciente tomaba parte cuando su estado lo permitía; esta práctica era común en la Europa medieval y la conocieron también los indígenas guaraníticos y araucanos, lo mismo que los negros importados de África. Muchas veces estas ceremonias producían epidemias coreográficas o saltatorias, en cuyo tratamiento intervenían los indios brujos con variadísimas hechicerías de carácter netamente religioso. Eran conocidos los delirios febriles, cuya asistencia compartían los brujos con los simples curanderos, siendo característico que estos últimos, casi siempre herbolarios, no usaran las artes sobrenaturales, reservadas a los primeros. La coca, la belladona y el chamico, muy usados, producían con frecuencia trastornos mentales de origen tóxico. No eran desconocidas las consecuencias de la avariosis ni las psicopatías sexuales.
Los hechiceros tenían un carácter marcadamente sacerdotal, correspondiente al concepto que de la religión se forman los pueblos primitivos. En todo grupo de indios existía algún brujo, mezcla de adivino y santón, una de cuyas funciones principales consistía en curar los padecimientos psíquicos, causados por sortilegios o por fuerzas sobrenaturales. Entre los pueblos de origen quechua formaban una casta o gremio especial: las facultades se transmitían de padres a hijos, pero solían admitirse al misterioso ministerio ciertos indios nacidos en circunstancias extraordinarias. Entre éstos eran preferidos los hijos del trueno, ya fuese que sus madres hubiesen sido fecundadas por el trueno mismo o que el alumbramiento se efectuara en momentos de fuerte tronar. Para entrar en éxtasis durante las ceremonias usaban la belladona y el chamico (u otra Datura), junto con otras yerbas que hacían soñar agradablemente o delirar. ( 3 ) En estas costumbres se encuentra la explicación psicológica de ciertas leyendas que hasta nuestros días persisten en poblaciones indígenas del Noroeste argentino.
Muchos mentecatos eran conducidos a la corte de los Incas, donde servían de bufones. Los locos furiosos eran fuertemente amarrados y se les sometía a copiosas sudaciones, para expulsar los malos humores, al mismo tiempo que con bailes, exorcismos y conjuros se expulsaban los malos espíritus. Para algunos delirios febriles se usaban baños, entendiéndose que el agua ayudaba a las oraciones. Había talismanes de piedra y de metal, pájaros con virtudes sobrenaturales y plantas preferidas para los altares de los hechiceros; ese arsenal servía a los brujos para el tratamiento de los que se creían víctimas de daños o maleficios. Los retardados mentales eran abandonados, si no servían para el servicio doméstico; en ciertas regiones abundaban. ( 4 )
Merece especial mención la frecuencia y la analogía de los delirios licantrópicos en los pueblos indígenas que habitaron esta parte de América (Uturuncos, Capiangos, Yagaureté-abá, formas todas del de indio-tigre); están reflejados abundantemente en las leyendas quichuas, guaraníticas y araucanas. ( 5 )
El contacto con los españoles no suprimió la brujería entre los indígenas. En vano lucharon contra ella los obispos y gobernadores, muchas veces con severidad sobrada; ( 6 ) lo único que ocurrió fue la desfiguración de las supersticiones indígenas por la nomenclatura del santoral católico, llegando con frecuencia a contagiarse de ella no pocos españoles.
Justo es advertir que en los últimos restos de las razas indígenas, progresivamente desplazadas por la sociedad euro-argentina, persisten leyendas y supersticiones que fueron corrientes en las campañas, durante la época colonial.
Los calchaquíes atribuyen las más de las enfermedades a movimientos del padrejón (en el hombre) y de la madre (en la mujer); uno y otra son órganos que creen llevar suspendidos en el interior del cuerpo, entre el pecho y el vientre. Todas las perturbaciones mentales las atribuyen a que el padrejón o la madre se han subido a la cabeza.
Su natural desconfiado los aparta de tomar medicinas; prefieren llamar a sus brujas curanderas, que llaman médicas. La superstición más curiosa es la que se refiere a las causas y tratamientos de la locura.
Cuando un indio se halla en estado de agitación, de confusión mental, o de coma, a causa de abusos alcohólicos, la médica diagnostica que al enfermo se le ha ido el Esperito (espíritu) suposición que suele generalizarse a todo síntoma psicopático.
Creen en la existencia de un espíritu o alma, que en circunstancias especiales tiene la facultad de desprenderse del cuerpo. Suponen que esa facultad está más desarrollada en los niños, lo que origina prácticas singularísimas. Muchas madres, para evitar que los niños pierdan el espíritu, los fumigan quemando las basuras que recogen en los cuatro ángulos de su habitación, rezando antes un Credo; otras, más previsoras, hacen recorrer todas las tardes por otras chinas, los lugares por donde han pasado sus hijos, con el objeto de llamar a gritos los respectivos espíritus, por el nombre de sus dueños, con lo que creen posible reconducir al redil algún espíritu andariego o rezagado. Las personas de cierta edad, cuando duermen sin soñar, suelen creer que se les ha alejado el espíritu.
Cuando un enfermo presenta perturbaciones mentales, se encarga a una médica el cuidado de encontrar el espíritu que se le ha extraviado.
La ceremonia, muy interesante, ha de efectuarse de noche o al oscurecer; empieza la médica por averiguar el lugar por donde el enfermo ha andado, que ha de ser, sin duda, un cerro, pues en éste debe hallarse lo que le ha asustado (la visión de la Pacha Mama, por ejemplo).
En seguida, y antes de dirigirse al punto indicado, pone una vela encendida debajo de un virque o tinajón de barro, en la puerta de la habitación del enfermo, y lleva, si éste es hombre, su faja, y si es mujer, un rebozo. Luego, y acompañada de dos hombres, contratados para el caso, que por sus mismas funciones tienen el nombre de gritadores y llevan hachones encendidos o tizones ardiendo, marcha la médica hacia el lugar donde presume encontrar el espíritu calavera.
A él llegado, liba en honor de la Pacha Mama y entierra chicha, comida y coca y llicta, pronunciando una oración indio-cristina para pedir a la Pacha Mama que libre el espíritu retenido por ella.
Después, revoleando sus tizones en el aire, los gritadores llaman al espíritu, pronunciando a grandes voces el nombre del enfermo, al mismo tiempo que, dándose vuelta todos, acompañan, sin mirar hacia atrás, a la médica que arrastra por el suelo la faja o el rebozo hasta llegar a la casa del enfermo en cuya habitación penetran. Retira la médica la vela del tinajón y con ella en la mano, después de haber colocado debajo de la cama del enfermo la prenda arrastrada, da vueltas alrededor de aquél, rezando un número conveniente de Credos. Coloca asimismo debajo de la almohada la vela apagada y se retiran los presentes de la habitación dejando solo al paciente hasta el día siguiente, para que pueda, sin ser molestado, retornar el espíritu a su cuerpo.
En tal superstición los calchaquíes no identifican el espíritu con el alma, puesto que puede alejarse continuando vivo el individuo; para su modo de pensar es una segunda alma, un doble. ( 7 )
Entre las leyendas que aún persisten en la región guaranítica, merece mencionarse la del fabuloso Curupí, ser fálico que suele producir la locura en las mujeres que lo miran.
"El Curupí es un personaje de cara overa, fortacho y para algunos petiso. Anda por el monte, casi siempre a la hora de la siesta; según otros, camina en cuatro pies y se caracteriza por el exagerado desarrollo de su órgano viril que le permite enlazar con él a las personas que quiere llevar consigo; cortándole el miembro el Curupí se vuelve inofensivo y se salva la persona enlazada. Persigue generalmente a las mujeres que a esas horas van al monte a buscar leña, y que a su sola vista se vuelven locas". ( 8 )
Una de las más difundidas supersticiones gauchas se refiere al Basilisco, causante de maleficios, daños y pérdida de la razón, atribuidas a ese animal, que suponen nacido de huevos hueros, puestos por gallinas viejas.
Le atribuyen la forma de una pequeña víbora, con un solo ojo en la frente, cuya mirada produce encantamiento de las personas; creen que al salir del huevo trata de penetrar en los ranchos, para ocultarse en las paredes o en el techo, ejerciendo desde allí su misteriosa fascinación.
"Al basilisco se le inculpa la producción del daño; esta enfermedad, bastante común en las mujeres, no es sino una forma de histeria, a veces complicada con epilepsia".
El procedimiento curativo del daño causado por el famoso basilisco, es el siguiente:
"La enferma, ya diagnosticada la dolencia por alguna comadre o médica rural, manda comprobar, si, (cosa imposible en una mujer), no tiene un espejo, con el cual se coloca de espaldas a la nidada, presunta cuna del basilisco y se queda durante un par de horas diarias mirándola por el espejo. Tratamiento que se continúa por el espacio de los días necesarios para la curación. La razón de mirar la nidada, es la de romper la presión de la mirada del basilisco, que es posible que aún esté allí.
"He dicho antes que hasta se curan, y ello ocurre en muchos casos, porque las dos horas diarias de sesión proporcionan a la paciente, sin que la aperciba, un tratamiento auto-hipnótico que, unido a la fe en el remedio, da una suma importante de factores de curación". ( 9 )
Testimonio de esa promiscuación indo-católica de supersticiones, nos ofrece un proceso por brujería, sustanciado en la ciudad de Tucumán, en el siglo XVII lleno de curiosas particularidades sobre encantamientos y desencantamientos. ( 10 ) En 1688, la nueva Tucumán comenzaba a formarse; aunque habían transcurrido cuatro años de su traslado, la vieja población no había desaparecido. Celoso el Cabildo de realizar algunas obras de utilidad común, compelió por auto a los vecinos del pueblo viejo, para que ayudaran a los del nuevo; entre aquéllos se contaba el encomendero capitán don Diego Bazán, quien no pudo continuar sus trabajos por padecer una extraña enfermedad, atribuida a encantamiento, que, entre otros síntomas, se manifestaba por hinchazón del muslo izquierdo. Viose precisado don Diego a regresar a su encomienda y allí quedó postrado casi dos años, observándose que los remedios sólo contribuían a agravar su enfermedad; pronto en la ciudad vieja comenzó a formarse opinión de que el capitán no padecía enfermedad natural, sino hechizamiento, señalándose como autora del encanto a Luisa González, india, que tenía fama de bruja.
Al fin, acordaron los españoles enviar emisarios al pueblo de Aconquija, morada de un indio Pablo, adivino famoso en toda la región, quien vino a confirmar las sospechas. Con esta autorizada prueba la población entró en gran alboroto. La india bruja fue presa y amenazada; el doctor Pedro Martínez de la Serna, Provisor y Vicario General del Obispado, personaje de campanillas para el lugar, fue suplicado para que deshiciera el hechizo, consintiendo de inmediato a efectuarlo, exorcizando al enfermo.
Por ignorarse la naturaleza del encanto no tuvieron resultado alguno los exorcismos del supersticioso clérigo; y como se prolongase la enfermedad, la madre de la víctima se decidió a querellarse criminalmente contra la india bruja, a fin de que se descubriera y desatase el encanto que en tan mal punto tenía el capitán. Expresaba que la india "con poco temor de Dios y de su santa ley -como bárbara y maldita... ha hechizado a mi hijo... por ser famosa en el arte de hechizar, que esta Voz es común y notoria en todos estos distritos"; agregaba que el mal era "un prodigio tan grande, y todos concuerdan en que es cosa de naturaleza maleficiosa", pidiendo el condigno castigo contra la bruja, "que de esa manera declarará la fuerza del encanto y con que se puede desatar, para que quede libre de tan peligroso trance como el de la muerte de un hijo".
El juez eclesiástico practicó las urgentes diligencias del caso, disponiendo presentase testigos la querellante, pero al mismo tiempo decretó que el indio Pablo no saliese del lugar, bajo pena de cien azotes, entregándolo a la custodia del sargento mayor Francisco de la Rocha, a quien responsabilizó bajo pena de excomunión mayor y multa de cien pesos.
El testigo Pedro de la Rocha declaró que habiendo llegado al pueblo de Escaba, con el franciscano Tomás de Lizondo, el día en que se festejaba a Santa Rosa, llamaron al citado Padre, del pueblo de Eldete, porque estaba muy enferma una india, cuyo nombre no recuerda; "y queriendo el padre, le contó la enferma, que Luisa González la avía hechizado con un poco de vino que le avía dado en una tasa, y que dentro del vino avía un torrelito de hilo; y que queriéndolo sacar la india, le dixo Luisa González que no lo sacase, y volviéndolo la india empezó a desatinar, dando voces", etc.; además, estando el declarante con el franciscano, llegó el vecino Pedro de Canda, "y le mostró al padre unas iervas, las que le dijo Pedro de Canda, le avía dado a vever a la India y con ellas avía echado un sapo"...
El testimonio pareció probante. El juez eclesiástico expidió de inmediato un auto al sargento mayor Nicolás Marcial de Olea, para que prendiera a la bruja y la asegurase en la cárcel pública, bajo pena de excomunión mayor; el sargento mayor cumplió lo ordenado e hizo poner un par de grillos a la india, dejándola en casa del capitán Urquiola, por ser insegura la cárcel y correr gran riesgo de que fugase.
El Provisor del Obispado hizo comparecer al adivino Pablo, cuyo dictamen auténtico se esperaba con ansiedad. El brujo -que en este caso servía de "contrabrujo"- hizo algunas declaraciones interesantes. "Respondió que es adivino, y que suele saver de las cosas ocultas, y que las cosas que se pierden o hurtan las suele saver hallar con su saver, y que suele conocer cuando alguna persona está hechizada". Preguntado sobre el origen de su arte: "Respondió que ninguna persona le a enseñado y que desde muy niño ha tenido esta siensia, y que entiende que nació desde el vientre de su madre con esta gracia, y que oió decir a los suios, que antes de nacer habló en el vientre de su madre; y por esto le decían que era adivino, y que en su pueblo y nación (siendo muchacho este declarante), le preguntaban sus caciques por los hechiceros que avía, y este claramente los conocía y declaraba, y que los caciques ajusticiaban a los hechiceros, y que esto es público entre los suios". Preguntado en qué indicios o señas conocía a los hechiceros o hechizados, contestó "que en el tacto de las manos, y que reconoce el intento de ellos, y no supo contestar formalmente los indicios o señas en que conoce la sobre dicho". Agregó que aun sin verles las manos, conocía desde lejos a los hechiceros ausentes; que en su pueblo todos conocían sus aptitudes "y que saben que no hubo otro en su nación que reviviese esta siensia"; que teme a los hechiceros, pues en una ocasión fue hechizado, curándose a sí mismo; que cura con raíces y otras cosas, que con instinto reconoce que son provechosas para los hechizos. Y, para terminar, afirmó saber que Luisa González había muerto a varios con sus hechizos y que era la autora del hechizamiento de don Diego Bazán, agregando que le bastaría ir a casa de la india para conocer y descubrir el hechizo y encanto de que era víctima el capitán.
El mismo Previsor, atento a las últimas declaraciones, se dispuso a participar en el descubrimiento. Salió una comitiva para Aconquija y "llegados a un arrollo, el adivino mandó al primero que se adelantase y echase toda la gente que avía en el rancho de la hechicera Luisa González; que llegando los demás el adivino entró en el rancho y comenzó a buscar el encanto, dando golpes con una caña a la tierra, y "que dentro del espacio de un credo, poco más o menos, sonó güeco", debajo de la cama de la india, y entonces dijo el adivino: "aquí está; busquen un trapo con que cogerlo", y que "en presencia y a vista de los declarantes, clavó la tierra y dentro de ella sacó un sapo, que estaba atado en el muzlo, y lo metió dentro de una guaica o bolsa, que hallaron en la puerta del rancho, la cual cogió Antonio Godoy y la trajo a este sitio viejo, hasta que se descubrió y sacó el sapo en presencia de su merced el señor Provisor". Trasladada la causa al pueblo nuevo, el indio adivino Pablo, después de referir lo ocurrido, "en presencia de mucha gente, así españoles como indios, desató la talega y echó en tierra el sapo atado, y que aviéndole preguntado el señor Provisor que se haría con aquel sapo para desencantar a don Diego Bazán y que no peligrase, respondió que se desatase el sapo i se quemasen los hilos con que estaba atado, y que en la corriente del río echasen el sapo, y que con eso mejoraría el doliente, y que el señor Provisor le mandó desatar a este declarante el sapo, para lo cual pidió unas tijeras y con trabajo le cortó las liaduras y se ejecutó en la forma referida. Y desde entonces reconoció mejoría el doliente, y que esto se prueba con berlo, que está sano y bueno, sin otro medicamento, como es público i notorio".
Ante semejantes sucesos, la causa quedó en estado de sustanciar y fallar. El alcalde mandó traer la bruja a la nueva ciudad, con las mayores precauciones, sujeta con grillos y pesadas cadenas. Al cogérsele confesión, la acusada expresó que el adivino Pablo le había levantado falso testimonio. Le preguntaron "si alguna bes a hablado con el diablo", y respondió que no, pues "continuamente a serbido al Santo San Juan". Explicó la repentina curación de don Diego, porque "Dios le habrá dado salud por los ruegos que a la virgen santísima a hecho en el tiempo que a estado presa"; y en cuanto al descubrimiento del sapo por el adivino, "dijo que el indio Pablo dio a entender que lo sacaba de su casa, y que lo llevaría consigo en la guayaca, para hacer la apariencia de que se halláse culpada".
Tan justas y cristianas explicaciones no aplacaron el afán de castigo, aumentado en la querellante por la circunstancia de que don Diego, repentinamente, se halló "sano, robusto y colorado", como no se consiguiera en dos años de variadas medicinas. Se le acusó de ser "hechicera y por arte diabólica matadora de gentes", recordando que cuando dio vino a la india de Eldete, ésta "empezó a rabiar y a aserce pedazos las carnes a mordiscones", y que don Diego curó a raíz de haberse arrojado en la corriente el sapo que le tenía encantado; luego se halló libre de los dolores y en particular del muslo donde estaba atado el sapo y en el mismo lado del doliente, causa suficiente porque debe ser castigada según derecho, condenándola a muerte y fuego, como persona que tiene pacto con el demonio".
Su defensor de oficio, el capitán Salas, arguyó que "es constante no aver adivino, ni se deve creer tal cosa", y que en cuanto a la mejoría de don Diego: "es constante que aprensión causa efecto, que al mal que le es debido el agua sirve de medicina; pudo aver mejorado por aber hecho aprensión de que estaba encantado y al ver aquella demostración que el indio tenido por adivino hizo con el sapo, quitándole las liaduras". Con estas y otras razones parecía el Alcalde dispuesto a absolver a la hechicera y ordenó que ella se ratificase en su confesión. Pero los padecimientos sufridos habían hecho flaquear su fe en la verdad, sugiriéndole la idea de mentir de acuerdo con la superstición reinante; dijo, en efecto, que otro indio había efectuado los encantamientos y había colocado los hechizos en su casa, por venganza.
Ante este embrollo inesperado el alcalde se decidió a darle "los tormentos que el derecho dispone", para saber la verdad. La hizo comparecer y "puesto el burro en que se le han de dar los tormentos", la conminó a que confesara el delito, "y que no permita ser desconyuntada en el potro". La mujer negó. Le dijo el Alcalde que "corriese por su cuenta cualquier quebradura de guesos o otro cualquier daño que le sobrevenga". Nueva negativa. "E visto por mi el Alcalde su rebeldía la mandé desnudar y tender en el potro, y aviendo templado los cordeles la bolví a requerir que confesase la verdad, y dijo que no sabía nada". Mandó dar la primera vuelta al potro y repitió la intimación; negativa. Mandó dar la segunda vuelta; y la tercera; la cuarta. Negativa. "Y en este estado, por aver reconocido estar los cordeles podridos y no hacer efecto, mandé suspender las demás vueltas por dárseles el día y ora que convenga y que reservo en mí". Un recurso del defensor obtuvo esa suspensión del procedimiento, que se renovó algunos días después, esperando que confesase. Se dio al potro la quinta vuelta, sin resultado; "mandele dar otra vuelta y abiéndole preguntado lo antecedente por su intérprete, dijo que todo lo que han acumulado es mentira y que si muere en los tormentos morirá inocente. Mandele dar otra vuelta le pregunté cómo avía hechizado a Diego Bazán y a la india María, y por qué causa; dijo que no era hechicera ni había encantado a nadie, y que su casa la había dejado limpia. Y visto por mi el Alcalde su confesión, la mandé soltar del potro".
Difícil es comprender quiénes eran más supersticiosos, si los indios o los españoles.
Lo que pasaba en Tucumán con los quichuas, repetíase en las Misiones con los guaraníes y en las Pampas con los araucanos, habiendo persistido hasta hace poco tiempo las mismas leyendas y supersticiones.
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