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La lanzadera volante


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LA LANZADERA VOLANTE

Lanzadera inventada últimamente para tejer mejor y con más precisión la tela, la sarga de gran anchura, la tela para velas, y en general todos los géneros anchos. Es mucho más ligera que la lanzadera empleada hasta ahora, lleva adaptadas cuatro ruedecitas. Pasa a través de los hilos de la trama siguiendo una tabla de unos nueve pies de largo, colocada debajo y fijada al castillo del telar. Dicha lanzadera se mueve por medio de dos raquetas de madera, colgadas del castillo del telar... y una cuerda mantenida por el tejedor. Este, sentándose en el centro, tira la lanzadera de un lado a otro con una facilidad y rapidez enormes, con una ligera sacudida dada a la cuerda.



Patente de John Kay (1733)
EL ALTO HORNO

Cuatro altos hornos de cuarenta y cinco pies de elevación devoran día y noche enormes masas de carbón y de mineral. Júzguese pues la cantidad de aire que es preciso para animar estos abismos ardientes que vomitan cada seis horas arroyos de hierro líquido. Por ello cada horno es alimentado por cuatro bombas de aire del mayor calibre, en las que el viento, comprimido en cilindros de hierro, y reuniéndose en un solo tubo, dirigido contra la llama produce un silbido agudo y una conmoción tan violenta, que un hombre al que de antemano no se hubiere prevenido apenas si podría evitar un sentimiento de terror. Estas máquinas de viento, estas especies de gigantescos fuelles se ponen en movimiento por la acción del agua. Tan gran masa de aire es imprescindiblemente necesaria para mantener en el más alto estado de incandescencia una columna de carbón de tierra y de mineral de cuarenta y cinco pies de altura. Esta corriente de aire es tan rapida y activa que eleva una llama viva y brillante a más de diez pies de altura por encima de la boca de los hornos.

FANJAS DE ST. FOND: Voyage en Anglaterre, en Ecosse et dans les iles Hébrides
LA MÁQUINA DE VAPOR

Mi método para reducir el consumo de vapor, y por tanto de combustible en las bombas de fuego, reposa sobre los siguientes principios: 1.0 la cámara en que la fuerza del vapor debe de emplearse para hacer funcionar la máquina, designada en las bombas de fuego ordinarias bajo el nombre de cilindro y que yo llamo cámara de vapor, debe, durante el funcionamiento de la máquina, ser mantenida constantemente a la misma temperatura que el vapor que viene a llenarla. Esto se obtendrá, primeramente, rodeándola con una envoltura de madera o cualquier otro cuerpo mal conductor del calor; seguidamente manteniéndola en contacto con una capa de vapor o de una sustancia cualquiera preparada a una temperatura elevada; finalmente teniendo cuidado de impedir que el agua, o cualesquiera otra sustancia más fría que el vapor, penetre allí o toque su pared. 2.0 En las máquinas que deben ser puestas en movimiento por la condensación del vapor, esta condensación se efectuará en recipientes cerrados, distintos de las cámaras de vapor, aunque en comunicación con ellas. Estos recipientes, a los que llamo condensadores, deben, cuando la máquina está en marcha, ser mantenidos, constantemente a una temperatura tan baja por lo menos como la del aire ambiente. Patente de Watt (1769).


LAS MÁQUINAS

Toda maquinaria desarrollada se compone de tres partes distintas: el motor, la transmisión y la máquina-herramienta o máquina de trabajo. La máquina de trabajo es un mecanismo que, previa la transmisión del movimiento, realiza con sus herramientas las mismas operaciones que el obrero realizaba antes manualmente valiéndose de herramientas análogas. En nada afecta a la naturaleza de la máquina el que la fuerza motriz proceda del hombre mismo o de otra máquina. Cuando la herramienta propiamente dicha, separándose de un hombre, se fija en un mecanismo, la máquina nace. Esta parte de la máquina, la máquina elaboradora, es la que ha causado la revolución industrial del siglo XVIII y la que marca el punto de partida de la transformación de la explotación fabril artesana o manufacturera en explotación maquinista.

C. MARX: El Capital (1867-94).
PROBLEMAS DEL MAQUINISMO

Los solicitantes, decían los peinadores, han sido considerados siempre como miembros útiles de la sociedad, que ganan su vida con el trabajo, sin recurrir a la asistencia parroquial más que cualquier otra categoría de obreros equivalente en número. Pero la invención de la máquina para peinar la lana y su empleo, que ha tenido por efecto el reducir la mano de obra del modo más alarmante, les inspira el serio y justificado temor de convertirse ellos y sus familias: en una pesada carga para el estado, pues comprueba que una sola maquina, vigilada por un adulto y servida por cuatro o cinco niños, hace tanta tarea como treinta hombres trabajando a mano según el método antiguo. Las razones invocadas a favor de otras máquinas empleadas en otras industrias, tales como la industria del algodón, la seda, el lienzo, etc., no se aplican a la industria de la lana; pues las unas pueden procurarse las materias primas en cantidad casi ilimitada, lo que les permite desarrollarse y emplear un número de personas igual o superior al que empleaban antes de la invención de las máquinas. Pero la otra no dispone más que de una cantidad determinada de materia prima, apenas bastante para ocupar a los obreros de esta industria, sin cambiar en nada los procedimientos antiguos. La introducción de dicha máquina tendrá como consecuencia casi inmediata el privar de los medios de existencia a la masa de artesanos. Todos los negocios serán acaparados por algunos emprendedores poderosos y ricos, y después de un corto período de lucha, el provecho adicional logrado por la supresión del trabajo manual pasará a los bolsillos de los consumidores extranjeros. Las máquinas cuyo uso los solicitantes deploran se multiplican rápidamente en todo el reino, y ya advierten cruelmente sus efectos. Gran número de ellos están sin trabajo y sin pan. Con el dolor y la angustia más profundos ven acercarse el tiempo de la miseria, en que 50.000 hombres con sus familias, desprovistos de todo recurso, víctimas del acaparamiento, lucrativo para algunos, de sus medios de existencia, se verán reducidos a implorar la caridad de las parroquias.



Journal of the House of Commons, XLIV, 21.


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