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La jorca de oro o volverse loco por amor


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LA JORCA DE ORO O VOLVERSE LOCO POR AMOR

Cuenta la leyenda que María Antúnez y Pedro Alfonso de Orellana eran dos enamorados toledanos. Ella era hermosa, su hermosura era sobrenatural, aunque diabólica. Dentro de sí llevaba la extravagancia y el capricho, así como la despreocupación de los sentimientos ajenos. Él era un joven valiente, decidido arrogante y supersticioso.
Los dos se amaban locamente pero su amor era distinto entre sí, mientras ella se quería más a sí misma y estaba dispuesta a alcanzar sus propios caprichos y satisfacer su egoísmo y vanidad, él era mas desprendido y solo miraba por ella; Sería capaz de todo por su amada.



Cierto día Pedro Alfonso la encontró triste y pensativa. Unas lágrimas corrían por sus bellas mejillas y le preguntó por su desconsuelo. María se hizo de rogar sin querer decir aparentemente a su amado el motivo de su pesadumbre. Por fin y tras muchas suplicas, le confesó que con motivo de las fiestas de la Virgen del Sagrario había ido a la iglesia, y mientras estaba rezando levantó los ojos hacia la imagen quedándose fijos sus ojos en una ajorca que esta prendía de su brazo. Según su confesión, intento apartar los ojos y su pensamiento de aquella preciada joya, pero le superaban las fuerzas unos deseos enormes de poseerla. Salió del templo y continuó su obsesión. La idea de conseguirla iba en aumento y anulando todos sus otros pensamientos, ni siquiera podía dormir, pues hasta en sueños los diamantes de la alhaja, con sus millares chispas de luz, la cegaban los ojos como espíritus malignos que, dando vueltas alrededor la incitaban irremediablemente

. En estos sueños veía una mujer morena y hermosa que se paseaba de manera altiva llevando y enseñando la ajorca a la vez que la miraba y se mofaba como diciéndole: -Esta joya nunca...; jamás la poseerás, jamás, jamás...
Ante esta declaración, Pedro quedó como paralizado; pero reaccionó prontamente como poseído, la preguntó que Virgen era la que tenía la presea y ella, tras un momento de silencio, como con miedo a decírselo, le contestó que la del Sagrario.
¡La Virgen del Sagrario! Expresó Pedro con cara de estupor ¡La patrona de Toledo! Repitió este, Pedro estaba dispuesto a robar cualquier cosa por María pero no a la Virgen del Sagrario esa no.

Mas la pasión del ser humano y la influencia sobre las personas, hizo que a pesar de las supersticiones y el miedo de Pedro a solo pensarlo, hiciera que llevara a cabo la acción.


Aprovechando los actos litúrgicos de la octava en honor a la Virgen, correspondientes a la fiesta del 15 de agosto, el joven entró en la Catedral y se escondió, esperando que todos se marcharan y que le dejaran solo.

Las luces se apagaron y las puertas se cerraron quedando el templo vació. Después de una larga espera en la que el joven no se atrevía ni a moverse, su sombra se empezó a deslizar por las columnas de la Catedral cruzándolas todas hasta llegar hasta el altar mayor, donde se hallaba la Virgen colocada para las celebraciones. Miró a todas partes por temor grande que tenía y al no ver nada empezó a deslizarse acercándose hasta donde estaba la imagen, las piernas le temblaban casi no podía ponerse en pie, pero siguió acercándose donde andaba la imagen, detrás de él fue sintiendo como toda la Catedral cobraba vida, como si tenues susurros sollozos, roces de telas y pisadas se oyeran por todos los lados; los muros parecían venírsele encima. Más se rehizo pensando que todo eran visiones y aprehensiones suyas. Realizó un gran esfuerzo, empezó a subir las gradas de la capilla mayor y siguió acercándose a la Virgen. Las tumbas de los reyes y del cardenal Mendoza la guardaban, así como las estatuas de santos, profetas, evangelistas, monarcas y Ángeles del triforio.

Hizo otro esfuerzo, en cuyo momento le parecía que las pequeñas luces de las pequeñas lámparas se agitaban en sus pedestales, que las figuras yacentes de los sepulcros se removían y que las imágenes de altar se conmovían. También sintió como si una mano le sujetara y no le dejara avanzar.

Tras un momento de fuerte excitación se rehizo y se estiró para alcanzar la joya y sin querer mirar a los ojos a la figura se hizo con ella.

Cuando creía haber logrado el propósito al darse la vuelta mas tranquilo para empezar la huida, se encontró con el espectáculo. Todos los Santos, ángeles, profetas, evangelistas, monjes, guerreros, arzobispos, reyes, damas... habían dejado sus hornacinas, peanas, cornisas y alturas; las figuras yacentes se habían levantado de sus mausoleos y le miraban le rodeaban amenazadoramente y todo el suelo, paredes y bóvedas se habían llenado de monstruos, reptiles y animales quiméricos, que habían abandonado los brazos y pasamanos de las sillerías.

Pedro no pudo resistirlo y las venas le latieron con una violencia espantosa y arrojando un grito sobrehumano cayó desvanecido sobre el ara quedando petrificado con la ajorca en las manos, el capricho de su amante le había llevado a la muerte instantánea.



LA CUEVA DE HÉRCULES Y EL PALACIO ENCANTADO



Dicen las leyendas que el héroe griego Hércules, cuando llegó a Toledo, construyó un palacio descrito por unos y por otros como un edificio maravilloso que daba gloria a la ciudad y en el que se supone que guardó un gran tesoro. Más tarde cerró sus puertas dejando a diez guardianes, a los que entregó la llave del candado. Dando orden expresa a estos que cuando muriera alguno fuera remplazado por otro.
Así pasó el tiempo y se cogió la costumbre que los reyes posteriores pusieran cada uno un nuevo candado en la puerta de este palacio, como reconocimiento de la disposición de su creador, cuyo objetivo era que nadie entrara en él para evitar posibles males.
Llegaban los candados a número de veinticuatro en el tiempo que empezó a reinar el último monarca visigodo, don Rodrigo, al que los jueces y clérigos de la ciudad le insistieron a que pusiera su candado como tradicionalmente habían hecho sus antepasados. Este rey no sólo se negó a ello sino que quiso entrar en el recinto, intrigado enormemente por lo que había dentro del recinto pudiera encontrar. Por todo el mundo fue advertido que no lo hiciera, y que si lo que buscaba eran tesoros ellos se lo conseguirían para él, pero don Rodrigo hizo caso omiso de las súplicas, pidiendo las llaves de los candados que ya estaban colocados. Al notar la tardanza pensó que era desobedecido y uno por uno fue arrancando los candados de las puertas hasta que penetró en las puertas del palacio. Lo que por fuera parecía tener forma cilíndrica en su interior era cuadrado, formado por cuatro estancias. Una de ellas era blanca como la nieve; otra negra como la pez; otra verde como la esmeralda y la cuarta roja como la sangre. Al llegar a la tercera sala se encontró un arca finamente labrada, con un candado que al final también violentó, con gran deseo de descubrir el gran secreto que contenía. Cara de asombro tanto en el monarca como en los que le acompañaban al descubrir que en su interior una tela blanca que tenía pintados hombres con arcos, flechas, lanzas y pendones, montados sobre caballos y todos ellos vestidos a la usanza árabe. Tenía también una inscripción o leyenda que rezaba así: <>.
Al rey le preocupo bastante lo allí visto, y arrepentido dejó todo como estaba antes de entrar, ordenando a los que allí se encontraban que no comentaran nada de lo sucedido.

Cuenta la leyenda que al poco un águila gigante bajó con un tizón encendido en el pico y lo depositó en el palacio y que aleteando fuertemente sobre él produjo tal incendio que al poco dicho palacio se hallaba reducido a cenizas y que éstas fueron tomadas por otras aves, que con sus alas las esparcieron por toda la península.


En el año 711 Toledo era conquistado por los musulmanes tal como predijo la tela blanca.

EL CRISTO DE LAS AGUAS




Allá por la segunda mitad del S XVI, en un día normal en el que los pescadores a las orillas del Tajo, trabajaban llenando sus redes, para de esa forma luego poder venderlos en la ciudad. Estando pescando junto a la presa que existía cerca del puente de Alcántara y que encauzaba la corriente hacia los molinos del artilugio de Juanelo, vieron que se deslizaba por encima del agua flotando una gran caja de madera de tosca apariencia. La gran curiosidad que los inundó en poco tiempo y las ganas de encontrar algún tipo de objeto de valor los llevó a querer atraer hacia ellos la caja, pero sorprendiendo a






todos comprobaron que la caja cuando ellos se acercaban, esta se alejaba mas haciendo vanos sus intentos de sacarla del agua, como si estuviera dirigida por alguien, la caja cuando se acercaban a ella se pasaba inmediatamente a la otra orilla.

Pronto corrió la voz por la ciudad del extraño suceso, ya que algunos de los azacanes que buscaban agua en el rió, se encargaron de ir contando el extraño suceso a todo el mundo con los que se cruzaban. De esta forma tanto como para comprobar la veracidad de lo contado, otros para burlarse de los que creían medio locos y todos por curiosidad bajaron al rió juntándose en dicho punto una multitud de toledanos.


Cuando las noticias llegaron a las autoridades para disuadir el tumulto se acercaron con los alguaciles, corroborando el milagroso hecho. De esta forma se mando avisar a las autoridades religiosas, quienes rápidamente acudieron al margen del rió precedidas de una cruz con todas las cofradías y hermandades de Toledo detrás, cada una con sus insignias, pendones y estandartes.

Como era costumbre en nombre de Dios procedieron a interrogar a la caja, preguntándole “que quería y a que venía”. Cada congregación fue haciendo la pregunta, pero ninguna obtenía respuesta hasta que llegó el turno a la cofradía de la Vera Cruz , que cuando realizó la pregunta por el Hermano Mayor, la caja se acercó a la orilla donde estaba situado este, en ese momento varios alguaciles entraron al agua para sacarla y se volvió a alejar, en cuanto se alejaron la caja se situó de nuevo en la orilla del Tajo, de esta forma dos cofrades de Vera Cruz sacaron la misteriosa caja del agua, dos padres Carmelitas la abrieron y encontraron en su interior un crucifijo con un rotulo, alzo el crucifijo para que todos lo vieran mientras que leía el rotulo “ Voy destinado para la Santa Vera Cruz de Toledo”.


 A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO

(CRISTO DE LA VEGA

Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Estos dos se amaban locamente, pero un día llegó una mala noticia para los dos, Diego tenía que partir hacia Flandes y esto sembró el miedo y el terror ante los dos, ya que este viaje les separaría y  solo Dios sabe por cuanto tiempo. Llegó la hora de la despedida y esta se produjo en la capilla del Cristo de la Vega en la cual los dos se juraron amor eterno y Diego tocando los pies de Cristo prometió desposarla en cuanto regresara.




Mientras Inés se marchitaba de tanto llorar, ahogándose en su desesperanza y desconsuelo, desesperado sin acabar de esperar, aguardando en vano la vuelta del galán. Todos los días rezaba ante el Cristo testigo de su juramento, pidiendo la vuelta la Diego, pues en nadie mas encontraba apoyo y consuelo.

 


Dos años pasaron y las guerras de Flandes acabaron, pero Diego no regresaba, pero Inés nunca desesperó y todos los días acudía al miradero en espera de ver aparecer a su amado. Un día vio aparecer un tropel de hombres a lo lejos que se acercaban a la muralla de la ciudad, y se encaminaban a la plaza del Cambrón, esta fue corriendo hacia allí a ver quienes eran como había hecho muchas otras veces, cuando allí llegó el corazón le palpito con fuerza, al frente del pelotón de hombre en cabeza iba Diego. ¡Por fin! Tanto tiempo esperando dio fruto, Inés dando gritos de alegría agradecía al cielo el haberle traído sano y salvo, pero Diego al verla le hizo caso omiso como si no la conociera y dando espuelas al caballo se adentro en las callejuelas de Toledo.

¿Qué había hecho cambiar a Diego Martínez? Posiblemente fuera su encubrimiento, pues de simple soldado fue ascendido a capitán y a su vuelta el rey le nombró caballero y lo tomó a su servicio. El orgullo le había trasformado y le había hecho olvidar su juramento de amor; negando en todas partes que él prometiera casamiento a esa mujer.

Inés no cesaba de acudir ante Diego, unas veces con ruegos, otras con amenazas y muchas mas con llanto; pero el corazón del joven capitán de lanceros era una dura piedra y continuamente le rechazaba.

En su desesperación solo vio un camino para salir de la dura situación en que se encontraba, ya que en todas partes de la ciudad murmuraban sobre el caso de Diego e Inés, y fue acudir al gobernador de Toledo que en esta caso era Don Pedro Ruiz de Alarcón y le pidió justicia. Don Pedro hizo acudir ante él en el tribunal a Don Diego Martínez y a Inés y primero escucho a uno contar lo acontecido para mas tarde escuchar a Diego negar haber jurado casamiento a Inés. Ella porfiaba y él negaba. No había testigos y nada podía hacer el gobernador. Era la palabra de uno contra la del otro.

En el momento en el que Diego iba a marcharse con gesto altanero, después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quien era ese testigo  todos se quedaron paralizados por el asombro, tras un silencio aterrador y una breve consulta de don Pedro  con los jueces que le acompañaban decidieron ir al Cristo de la Vega a tomarle declaración.

Todos se acercaron a la ermita, un tropel de gente acompañaba el cortejo, pues la noticia del suceso se había extendido como la pólvora. Entraron todos en el claustro, encendieron ante el Cristo cuatro cirios y se postraron de hinojos a rezar en voz baja. a continuación un notario se adelantó hacia la imagen y teniendo a los jóvenes uno a cada lado y después de leer la acusación en voz alta, demandó a Jesucristo como testigo:

-¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?

Tras unos momentos de expectación y tensión el Cristo bajo su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos abrió los labios y exclamo:

- Sí Juro.

Ante este hecho los ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y entraron en sendos conventos.






Un gran alboroto se apoderó de todos los presentes, quienes improvisaron una solemne procesión con todas las cofradías y sus símbolos delante y la última la de Vera Cruz con su nueva imagen seguidas de las autoridades civiles, mientras todos entonaban cánticos de honor a Dios y a su Hijo representado en aquella imagen sacada de las aguas de Tajo, dirigiéndose a la iglesia del Convento del Carmen calzado donde se colocó el crucifijo en un altar. Llamándolo por los toledanos



“EL CRISTO DE LAS AGUAS”

 CRISTO DE LA LUZ

Allá por la mitad del siglo VI, reinaba en España Antanagildo, había en Toledo un grupo de fanáticos judíos, los cuales sentían un gran aborrecimiento y odio por las imágenes de Cristo crucificado. Tenía una especial animadversión por un pequeño Cristo que era muy venerado por los cristianos toledanos y que se hallaba en una reducida iglesia visigoda junto a la puerta de la Conquista.



Su odio llegó a tal extremo que idearon un plan diabólico. Untar con un potentísimo veneno los pies del Cristo, y como era costumbre de los cristianos rezarle, pedirle un favor y después besarle los pies para alcanzar la concesión de la súplica, creyeron que con su acción lograrían matar a un número indeterminado de Cristianos y que estos llegaran a aborrecer al hasta ahora venerada imagen, haciendo mella en su fe. Así se aprovechando la soledad de la iglesia y la oscuridad de una noche de luna nueva, pusieron en ejecución su malvado designio.
A la mañana siguiente cuando la primera devota llego a rezar ante el Cristo y al ir a besar los pies de este como cada mañana algo la dejó

perpleja, el Cristo retiró el pie desclavándolo de la cruz no permitiendo que la mujer llegara a rozar sus labios con el potente veneno. La sorpresa se extendió cuando este mismo hecho se repitió a lo largo de la mañana y con diferentes devotos.
Se conocía el milagro pero no se sabía el motivo el sacerdote se acercó a los pies del Cristo y observo una mancha amarillenta sobre el pie, delatando así el veneno. En contra de las pretensiones de los judíos no murió ningún cristiano y la fama del Cristo aumento por toda la ciudadano. Uno de los mas malvados fanáticos e intolerantes de aquellos pérfidos judíos era Abisaín, el cual vivía en la plaza de Valdecaleros, fue el quien llevó a cabo el proyecto que le propuso su amigo Sacao, y fue el mismo amigo quien le llevo la noticia del milagro acontecido aquella mañana, lo que le lleno de irá y de deseos de venganza.
Aquella noche Abisaín no pudo dormir, y cuando el cansancio le hizo cerrar los ojos, fue para verse atormentado por visiones aterradoras en las cuales estaba siempre presente el Cristo persiguiendo a Abisaín con los brazos abiertos intentando estrecharle sobre su pecho. El desasosiego le duró durante el día y para relajarse fue a dar un paseo por la ciudad.
Una tormenta se avecinaba, el cielo se oscurecía, los relámpagos iluminaban la atmósfera y los truenos retumbaban cada vez más cercanos. Volvió rápidamente el judío de su paseo con mayor malestar en su cuerpo del que salió de su casa. Sin darse cuenta entró en la ciudad por la puerta Agilana. La pequeña iglesia se hallaba solitaria y oscura; solo una débil lamparilla lucia al lado de la imagen del Cristo crucificado. Abisaín penetró en el recinto sagrado a pesar del odio que le tenía al Cristo. Observó con estupor y rabia como tenia un pie desclavado y separado del madero, a tal grado llegó su cólera que tomó un puñalillo que llevaba en su cinturón y se lo clavó en el pecho, la imagen cayó al suelo y un grito de dolor llenó el aire, pensó en huir por miedo pero el odio del judío le pudo y recogió la imagen del suelo, y la escondió en sus ropas y corrió hacia su casa, al llegar a ella antes de entrar comprobó que nadie le seguía, entró y arrojó al Cristo al corral a un estercolero, pensando en quemarlo al día siguiente.
Al amanecer un rumor de gente en la puerta de su casa le delataban de haber robado al Cristo, ¿Cómo podía ser? Nadie le había seguido. Al levantarse y mirar sus ropas se dio cuenta que estaban ensangrentadas chorreando de sangre y un reguero de sangre les habían conducido a los cristianos hasta su casa a pesar de la lluvia.
El Cristo fue rescatado y repuesto en el altar de su pequeña ermita y el judío apresado tras un juicio fue condenado por el delito y apedreado públicamente

LA MANO HORADADA

ALFONSO VI

 


 

Alfonso VI huyendo de su hermano Sancho II, después de escaparse de su prisión en el monasterio de Sahagún disfrazado de monje, vino a refugiarse con el rey moro de Toledo, Al-Mamun, el cual le acogió de corazón y le ofreció para su residencia el palacio de Galiana, a la orilla del Tajo. Entre ambos hubo un acuerdo, el moro le trataría fielmente y le proporcionaría todo lo necesario para que no le faltara de anda en su estancia en Toledo, el cristiano juro ser leal y ayudarle en lo que necesitase y claro esta no salir de los límites de la ciudad sin su licencia.



   La vida de Alfonso era muy desahogada y tranquila, sus principales diversiones eran la caza, paseos por los bellos parajes de Toledo, charlar con los hombres más cultos del reino de Al-Mamun y por su puesto los torneos.

            Al-Mamun acudió un día al palacio de Galiana invitado por Alfonso a un ágape, con el rey musulmán acudieron también consejeros y hombres de confianza. Después de la comida la conversación entre estos discurrió hacia la ciudad de Toledo, se afirmaba su gran fortaleza e inexpugnabilidad. Estaban platicando sobre el tema cuando Al-Mamun con rostro preocupado se levanto y salió al jardín, inmediatamente detrás de él salieron sus hombres de confianza y consejeros.  Como era la hora de la siesta y hacía calor se sentaron debajo de unos árboles sobre la jugosa y fresca hierba. De esta forma tras sentarse empezaron a hablar sobre los puntos débiles de Toledo, y ahí fue cuando se suscito una conversación, unos decían que Toledo jamás podía ser tomado por la fuerza mientras otros afirmaban que si quitasen el abastecimiento durante 7 años seguidos tomando los campos viñedos y arboledas, todos asintieron pero legaron a la conclusión de que necesitarían gran gasto de soldados y dinero para poder durante siete años realizarlo. Mientras esto discutían Alfonso desde lejos les oía discutir pero el tono de estos era muy bajo decidió acercarse a unos matorrales que estaban cerca y tumbarse para escuchar lo que decían y así lo hizo.

         





La discusión fue acallada por el Gran Al-Mamun todos le escuchaban atentos cuando decía que Toledo tenía un gran punto débil, la fachada que daba al este, no tenia río, seria muy fácil entrar por ese lado mientras todos le escuchaban empezaron a caminar para desperezarse, en ese momento fue cuando vieron a Alfonso tumbado sobre la hierba dormido. Todos se sobresaltaron pero Al-Mamun para comprobar si verdaderamente estaba dormido se le ocurrió una treta. 

 

          En voz baja para no despertarle pero suficientemente alta para que lo oyera si se hacía el dormido pidió que le trajeran plomo fundido, al instante trajeron la marmita y el fuego y lo derritieron allí mismo. Alfonso tenia una mano extendida y una vez derretido pensaban acercárselo a la mano, de esta manera si estuviera despierto la quitaría y le descubrirían, poco a poco le fueron acercando el plomo ardiendo a la mano este no solo no la quito que ni siquiera se inmuto. Fue cuando el plomo ardiendo toco su mano cuando este chilló de dolor como un lobo, Al-Mamun tras lo visto respiro tranquilo y supuso que estaba dormido. 

         Si estaba dormido eso nunca lo sabremos, lo que si sabemos  es que tiempo después cuando Al-Mamun no reinaba Toledo Alfonso entro en Toledo por la puerta del este, desde entonces esa puerta recibe el nombre de la Puerta de Alfonso VI( el de la mano Horadada).  


 LA PEÑA DEL REY MORO

Dice la tradición toledana que en las noches de luna clara y luminosa, se vislumbra una sombra flotando sobre ella y sus alrededores. Es el espíritu del príncipe Abul-Walid que sale de su tumba para contemplar las siluetas de las viviendas, jardines miradores donde cada noche paseaba con su amada reflejados en el resplandor lunar.

                    Corría el año 1083 y reinaba en Toledo Yahia Alkadir, nieto de Al Mamun. Alfonso VI cercaba la ciudad, arrasando las campiñas obligando a que el hambre hiciera rendirse a los musulmanes. Yahia recurrió a la amistad que le unía a Alfonso con su abuelo Al-Mamun ofreciéndole tributos, pero nada de ello hizo ablandar el corazón de Alfonso, que estaba ansioso por recuperar la ciudad que tanto bienestar le había ofrecido.

                  Yahia viendo que la ciudad en poco sería tomada y él no podría hacer nada, intento que los Taifas de Badajoz y Zaragoza le ayudaran pero estos esfuerzos no dieron frutos ya que el rey de Zaragoza murió antes de llevar a cabo su proyecto de ayuda y el de Badajoz murió tras ser derrotado por las tropas de Alfonso VI. Su única solución fue enviar mensajeros al otro lado del estrecho, al norte de África. Los reyes africanos escucharon la petición y antes de mandar ayuda decidieron enviar un mensajero para evaluar la situación y las necesidades reales, así les seria más fácil a la hora de saber que cantidad de ayuda mandar. La elección recayó sobre el joven guerrero Abul-Walid. Cuando el joven príncipe llegó a Toledo, este fue tratado como un héroe, ya que realmente sería su única salvación. Es por ello   que desde que Abul llegó no pararon de rendirle en su honor fiestas, torneos y grandes alabanzas, pero lo que realmente llamaba la atención del joven no eran las fiestas en su honor si no la joven y bella hermana de Yahia que día tras día ambos iban fijando mas minutos sus miradas en el otro. Así de esa forma los dos jóvenes se fueron conociendo y poco a poco enamorando, todos los días salina por la bella ciudad de Toledo recorriendo sus parajes, jardines, oliendo sus flores, la bella Sobeyha le enseñaba cada rincón de Toledo a cuál más bello, y más bello aún lo hacia tener a Sobeyha al lado.


Los dos jóvenes se enamoraron y cada día que pasaban juntos jamás lo olvidarían ninguno de los dos, Abul aunque enamorado no había olvidado lo que le llevo allí, tendría que volver a África para informar de lo que pasaba en Toledo y lo iba posponiendo hasta que un Día decidió que no podía posponerlo más.

            La última noche antes de su partida los dos jóvenes se juraron amor eterno, ella le juró que le esperaría hasta que viniera y él le juró que regresaría y esta vez sería para no marcharse mas de su lado.

           Mientras Abul se hallaba en África reclutando gente y preparando todo lo necesario para volver a Toledo  en ayuda de su amigo Yahia y con él mas intimo deseo de volver a ver a su amada, Alfonso VI se apoderó de la ciudad, que no pudo resistir por mas tiempo, Yahia tuvo que abandonar la ciudad pero no pudo llevarse a su hermana que había enfermado y al ver la tardanza de su amado, murió de pena. Pero antes de su muerte a un esclavo que desde pequeña le había atendido le dejo un último legado, que le dijera que había muerto pensando en él, pero que no intentara tomar la ciudad que se olvidara de ella y regresara a África.

        No había pasado mucho tiempo cuando apareció ante Toledo un numeroso y espectacular ejercito Sarraceno, sin saber que la ciudad se hallaba en manos de los Cristianos, era Abul-Walid que después de resolver graves asuntos y de salir de una grave enfermedad se había repuesto para volver a estar junto a su amada.

         





Al llegar junto a Toledo las malas noticias llegaron a él, la ciudad había sido tomada por los cristianos,  y la peor de las noticias en Esclavo de Sobeyha le trascribía las palabras que había pronunciado su amada antes de morir, Abul se quedo muy triste y lejos de hacer caso a su amada acampo en los alrededores de Toledo, con intención de recuperar aquella ciudad que tantos buenos momentos le habían dado y que daba sepultura a su amada.

 

Los ejércitos de Abul ocuparon los alrededores de Toledo, al otro lado del río, junto  a los ahora llamados cigarrales y Academia de Infantería, y junto a sus generales empezó a estudiar las posibles ofensivas, esto llevo varios días, por las noches  en la peña más alta donde estaban acampados los musulmanes dicen que noche tras noche se veía la figura de Abul, mirando cada calle de Toledo por donde había paseado con su amada. Rápidamente los cristianos empezaron a temer la entrada de Abul ya que los comentarios eran diarios entre los ciudadanos, algunos decían que medía  dos metros, otros que era mas fuerte que un oso y día tras día eran mas los temerosos a los Árabes.



Por esto Ruiz Díaz de Vivar (El Cid)   que se encontraba en Toledo ideo un plan, y así se llevó a cabo. Una noche a favor de la oscuridad y sin que nadie lo esperase, se adelantó a las intenciones enemigas y salió de las murallas de Toledo con un numeroso ejercito, con mucho sigilo ataco a los musulmanes sin que nadie lo esperara, las sombras fueron sus mas firmes aliadas pues los moros llegaron a pelearse entre sí.

        A la mañana siguiente, los musulmanes se dieron cuenta de su desastre y lo peor es que encontraron a su rey muerto, su cuerpo estaba cubierto de heridas y una flecha había travesado su corazón. Los árabes se rindieron ante el Cid y este los dejo volver a África, antes de irse a su rey lo enterraron en aquellas peñas, concediéndole el deseo de permanecer eternamente en ese lugar para poder contemplar aunque fuera de lejos la ciudad que acogió a su amada.

        Pero la historia no acaba ahí, dicen los Toledanos que las noches de luna, al mirar a las piedras desde Toledo se ve el cuerpo del rey moro subida en la peña observando las calles y torreones de Toledo, por donde paseaba con su amada.




Luz Imperecedera

La tradición cuenta que el rey Alfonso entró en la ciudad por la puerta antigua de Bisagra, que en la actualidad lleva su nombre, acompañado de un gran séquito de importantes personajes. Cogió el camino natural y mas directo, aunque mas difícil por su tremendo desnivel: la cuesta del Cristo de la luz. Atravesó la puerta de Valmardón y cuando su caballo pasaba frente a la mezquita, se arrodilló negándose a avanzar. El caso se tuvo por insólito y ante la persistencia del equino en su actitud se pensó que era una viso del cielo.



Buscando la explicación de este sorprendente hecho, se penetra en el templo y se observa que desde uno de los muros sale un potente resplandor que ilumina el recinto. Se ordenó excavar en el lugar y se encontró oculto tras el muro el crucifijo que, a pesar de casi cuatro siglos transcurridos en su encierro, mantenía viva la llama de una lamparilla, gran contento produjo entre los conquistadores, quienes tomaron al Cristo y, encabezados por el, llegaron hasta Zocodover.
El crucifijo se colocó en la antigua mezquita cuando ésta fue consagrada y dispuesta para el culto cristiano, tomando desde ese momento el nombre de la ermita del Cristo de la Luz.




EL PUENTE DE SAN MARTÍN

A consecuencia de las guerras entre Don Pedro I y Don Enrique de Trastámara, unos de los puentes mas importantes de la ciudad quedó malparado, ya que los atacantes utilizaron minas, haciendo volar las defensas para poder entrar en Toledo y los defensores lo cortaron para impedir la entrada de sus enemigos. Con todo eso se causaron muchos destrozos en el viaducto. Varios siglos después hacia el 1390, el arzobispo don Pedro Tenorio, deseoso de fortificar Toledo en previsión a posibles necesidades defensivas futuras, ordenó reconstruir dicho puente. Para ello encomendó la misión a una afamada arquitecto, con el fin de afirmarle y hacerle seguro. Convinieron en el precio y el arquitecto empezó su obra con mucha ilusión. Según iba pasando el tiempo el alarife se le iba viendo cada vez más triste, callado, sombrío y huraño. Todos los atardeceres, a la vuelta de su trabajo, su mujer que le conocía muy bien, se sentía decaído y fuera de sí. Nada podía cambiarle su estado de ánimo nadie de la gente que le conocía, acertaba en los posibles motivos que le hubieran llevado a tan repentino cambio de carácter.



La obra avanzaba con rapidez, y nada parecía cambiar ese estado de ánimo. Su mujer que soportaba su mal humor día tras día, busco con inteligencia lo que a su esposo le provocaba ese mal humor continuo, hasta que un día el alarife abatido le contó lo que le quitaba el sueño y día tras día le abatía. Le confesó que se había equivocado en los cálculos de cimentación del puente, y que cuando al darse cuenta había intentado subsanar el error cometido, era demasiado tarde. Cuando se quitase la cimbra del arco central todo se vendría abajo y que él además de deshonrado y arruinado sería castigado por su negligencia.

Le comentó a la mujer que había pasado muchas horas buscando una posible solución al problema, muchísimos cálculos matemáticos y no hallaba solución alguna, el mal no tenía remedios. Su esposa trató de tranquilizarle, le prodigó sus más cariñosos consuelos y se dispuso a discurrir una posible solución para sacar a su marido de ese fatídico trance en el que se hallaba. Por fin, después de poco dormir por el mucho pensar se le iluminó la mente y se dispuso a llevar a cabo la acción que tenia en mente, creyendo ser la única solución al grave problema de su marido. Así una noche muy oscura se acercó sigilosa al puente llevando consigo unas teas cubiertas de estopa y embreadas y una yesca. Se situó bajo el arco central y embreando la parte inferior de los andamios y la cimbra sobre la que descansaba el arco, prendió las teas, que posteriormente acercó a la madera y con suma rapidez se alejó del lugar confundiéndose con las sombras de la casa, hasta llegar a la suya, que se hallaba en el callejón del Alarife, estrecha calleja sin salida que se abre al principio de la calle Santo Tomé.
Mientras tanto, las llamas fueron extendiéndose por las maderas que formaban el andamiaje. Cuando los vecinos quisieron darse cuenta del incendio ya era demasiado tarde. El fuego consumió la cimbra y tras un crujido se vino abajo, arrastrando el arco.
Al día siguiente la noticia del accidente se fue extendiendo por toda la ciudad acechando la catástrofe a la casualidad.
El Arzobispo al enterarse del hecho llamó al arquitecto y le ordenó que de inmediato se pusiera manos a la obra con la reconstrucción del puente, este corrigió los errores y poco tiempo después el nuevo y flamante puente se hallaba terminado y en disposición de prestar todos los servicios que se le requerían.
Al poco tiempo de inaugurado la esposa pidió audiencia al arzobispo se tiró a sus pies y le contó todo lo que había pasado pidiendo, este la escuchó y la levanto del suelo comprendiendo el gran amor que le habían llevado a hacer tan reprobable acción, pero lógica para salvar el honor de su esposo. Para perpetuar la memoria de este hecho y que sirviera de ejemplo de abnegación, sacrifico en ingenio a las generaciones futuras, mandó poner en piedra en un nicho sobre la clave central del puente, la imagen de la protagonista de esta bonita historia de amor, y aun hoy en día mirando desde los laterales del puente se puede ver la imagen de la mujer del alarife.





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