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del Puerto Boca, Luis


LA INMIGRACION EN EL SUR SANTAFESINO



ASOCIACION AMIGOS DEL ARCHIVO GENERAL DE LA PROVINCIA

ESPERANZA - SANTA FE – REPUBLICA ARGENTINA
2005

CONGRESO ARGENTINO DE INMIGRACION

LA INMIGRACION EN EL SUR SANTAFESINO

Introducción:
1. LA COMARCA
El departamento General López, es el talón de la bota santafesina, en cuyo extremo sudeste se encuentra WHEELWRIGHT, sobre el límite con el Dpto. Constitución y la provincia de Buenos Aires.

Esta localidad se encuentra ubicada a 33º 47 minutos de latitud sur y 61º 12 minutos longitud oeste. La altura sobre el nivel del mar en la estación del ferrocarril alcanza los 94 metros.

La ruta nacional Nº 8, atraviesa este distrito. La misma une Buenos Aires con Mendoza y Chile, tiene su acceso al pueblo a la altura del Km. 295. Su trazado en general sigue aproximadamente un antiguo camino real –línea de fortines-, que partiendo de la ciudad de Buenos Aires, continuaba por Luján, San Antonio de Areco, Capitán Sarmiento, Arrecifes, Pergamino (Fortín la Posta del Pergamino), Colón (Fortín de las Mercedes), Melincué (Fortín San Juan Bautista), fortines El Hinojo y El Zapallar (zona de Venado Tuerto, Maggiolo y Arias (Cba.), denominada también rastrillada de “Las Tunas”, prosiguiendo luego hacia Río Cuarto, San Luis y Mendoza.-

Otro medio de transporte es el ferrocarril Nuevo Central Argentino, que posee dos líneas: la principal une a Buenos Aires con Venado Tuerto, la otra Santa Isabel con Rosario. Fue hasta los años 70 el medio de transporte más importante, tanto de carga como de pasajeros, pero en la actualidad sólo circulan trenes de carga.

Esta región es una dilatada llanura enclavada en el corazón de la pampa húmeda, dentro de la zona conocida como el “triángulo de oro” por su fertilidad, cuyos vértices son Rosario, Venado Tuerto y Pergamino –provincia de Bs. Aires-, por lo tanto sus tierras son las más codiciadas y cotizadas .

Existen importantes lagunas como las de Melincué y la Picasa, y a su suelo se lo denomina “área de modelado eólico pospampeano”.

La cuenca lacustre es de singular importancia y alberga una nutrida variedad de especies destacándose hermosos

y esbeltos flamencos, cisnes, garzas, teros, perdices, liebres y una rica gama de patos.

Las lagunas El Chañar –zona de Teodelina-, Los Cisnes, La Pantanosa, El Trajín y la nombrada Picasa, forman la cuenca que da nacimiento al río Salado, que cruza la provincia de Buenos Aires, de oeste a este, desembocando en la ensenada de Samborombón, al río de la Plata. Este río ha ocasionado en los últimos años, graves inundaciones cuyas aguas han cubierto miles de hectáreas, antes dedicadas a la agricultura y ganadería, originando serios conflictos no sólo entre los afectados sino incluso a los gobiernos provinciales.

Además la laguna La Picasa se ha desbordado, ha cubierto la ruta nacional Nº 7 que une Bs.As. con Mendoza y también las vías del ferrocarril San Martín en las proximidades de la ciudad de Rufino. Dichos medios de comunicación están interrumpidos en esa zona desde hace varios años por esta causa.

En el siglo XIX el río Salado constituía la frontera entre cristianos e indios.

Esta zona al igual que el resto de la región pampeana, estuvo poblada por los indios pampas, de allí su nombre, posteriormente durante el siglo XVII fueron invadidos y conquistados por los araucanos que se mestizaron con ellos.

Es probable que el ganado cimarrón tanto vacuno como caballar, abandonados por Pedro de Mendoza, luego de la fallida fundación de Buenos Aires, pudo haber sido la causa que haya tentado a los mapuches, a ocupar estas tierras para apropiarse de este ganado. Años más tarde llegaría a constituir la base de la ganadería Argentina propiciando el asentamiento de las primeras estancias, precisamente para explotar esta riqueza.

La abundancia de pastos y la falta de enemigos naturales, sin duda propició su extraordinario crecimiento.

En esta amplia llanura, donde en su inmensidad reinaba el pajonal, los pastos duros y rastreros, el cardo, etc. estaba desprovista de árboles existían tan sólo algunos pocos talas o espinillos.

En el distrito de Wheelwright propiamente dicho, no hay espejos de agua de importancia, ya que las lagunas antes mencionadas están en zonas vecinas, los animales menores como liebres, peludos, etc. no eran muy abundantes, motivo por el cual no fue un lugar propicio para los asentamientos, sino más bien de tránsito hacia otros lugares.

Se desconoce que haya existido algún afincamiento indígena y hasta la fecha no se ha descubierto nada que así lo haga suponer, no se han encontrado elementos de arqueología, antropología o artesanías ni de antes ni después de la conquista, por lo que se presume que los primeros pobladores estables llegaron con la colonización de estas tierras, o sea los gauchos que hacían las tareas ganaderas.
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Los asentamientos nativos más cercanos se encontraban en las proximidades de Melincué, cuyo fortín creado en 1776, para defender la frontera, supo estar cercano a la orilla de la laguna del mismo nombre. Hoy sobrevive una réplica del mangrullo utilizado para el avistaje de los indios.

Otro similar era el denominado India Muerta, que se encontraba en un lugar entre Alcorta y Bigand –pero hasta el presente no se ha podido determinar con exactitud su ubicación.

Los fortines de Melincué, India Muerta, lagunas de las Encadenadas –zona de Villa Cañás y Teodelina- y el fortín de las Mercedes (hoy Colón Bs. As.), constituían los límites –no muy bien determinados- del antiguo distrito llamado “De las Encadenadas y Barriles”, el cual años más tarde, se dividiría formando numerosos pueblos, entre ellos el nuestro.

Algunos hechos de armas contra los indígenas en la zona fueron: el protagonizado por el Gral. Estanislao López el 17 de mayo de 1823 en las proximidades de Melincué, donde casi pierde la vida al ser boleado su caballo. Otros enfrentamientos fueron la batalla de Chañaritos en 1844 y la de la cañada del Bagual en 1875, pero no hay mayores precisiones sobre la magnitud de los mismos.

En setiembre de 1877 un malón azotó la zona de “Los Barriles”, llevándose más de 5.000 caballos, tomaron varios cautivos, luego saquearon las incipientes poblaciones de Teodelina y Villa Cañás, cuyos distritos limitan con Wheelwright.

Posteriores acciones militares llevadas a cabo bajo el mando del comandante Acevedo, lograron rescatar varios prisioneros y casi la totalidad de la hacienda saqueada.

Los hechos descriptos sólo comprenden a nuestro distrito y sus alrededores.



2.- LA COLONIZACION

Esta zona del departamento General López, no tenía sus límites debidamente establecidos. Fue una zona de litigio entre Santa Fe y la provincia de Buenos Aires, que solamente concluyó con un fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que en 1881 los determinó tal como se encuentran actualmente.

El arroyo del Medio, que constituye una separación natural entre ambas provincias, tiene sus fuentes en los

cañadones existentes al sur de Juncal –Dpto. Constitución-, es decir a unos 10 kms de Wheelwright hacia el este.

A mediados del siglo XIX la tierra en esta zona tenía poco valor, siendo necesario invertir considerables sumas de dinero para mejorarla.

No había caminos, ni población, sólo una enorme extensión de pastos duros, apenas apto para el ganado de baja calidad. Los beneficiarios de estas tierras no tenían capital suficiente, tampoco mucho interés en radicarse en estas soledades. Procuraban vender sus derechos a quien tuviera dinero y especulara con una probable valoración de las tierras.

Cuando un campo estaba mucho tiempo en manos de un especulador de tierras el “canon” o alquiler que debía pagarse comenzaba a hacerse gravoso. Era común presentarse ante las autoridades solicitando una rebaja o ser eximido del mismo (el que lo pedía se llamaba enfiteuta), ya que las tierras eran entregadas por enfiteusis, es decir la cesión a largo plazo del dominio útil del inmueble.

Los argumentos eran que los ataques de los indios no permitían hacer producir los campos, cosa que la mayoría de las veces no era cierto.

Por ese entonces no había mucho para atraer a los malones, poco ganado vacuno y casi nada más.

El ganado original que vagaba por la pampa era de mala calidad, su carne muy dura, que como animal salvaje sólo la comían los esclavos brasileños.

Fue después con la llegada de los colonos que comenzaron a sembrar pasturas de mejor rendimiento, se introdujeron razas ganaderas desde Inglaterra, lo que mejoró sensiblemente la calidad del ganado, pero esto ocurriría recién a principios del siglo XX.

No obstante la provincia había comenzado a vender tierras con la finalidad de colonizar y de esta manera afianzar el dominio sobre este territorio.

En este sentido es que en 1856 Nicolás Sotomayor compra 2.500 hectáreas a la provincia, entre ellas el lugar donde años más tarde se fundaría el pueblo y pasaría el ferrocarril; éste a su vez en 1865 las transfiere a José María Ortiz el que 7 meses más tarde lo vende al Gral. Justo José de Urquiza, a su fallecimiento lo hereda su sobrino Diógenes Urquiza, quien el 29 de octubre de 1866 se las vende a doña Francisca Magallanes de Duffy, esposa de Miguel Duffy, que años más tarde fundaría el pueblo de Wheelwright.

En 1868 Diego de Alvear, le compra a la provincia 108 leguas en la parte sudoeste de la provincia en $ 32.000, (algo así como 270.000 hectáreas…a $ 0,12 cada una), con el compromiso de introducir 150 habitantes en toda esa enorme superficie, donde caben cómodamente 10 pueblos.

Más adelante vendería parte de sus tierras a estancieros como Sierra, Hearne, Alvarez Astudillo, Dasso, etc., los que a su vez comenzarían a traer colonos para el laboreo de la tierra.

Por su parte el gobierno nacional venía extendiendo la línea de fortines hacia el oeste, lo que daba origen a incipientes poblaciones, pero con escaso número de habitantes.



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3- LA INMIGRACION:
Uno de los primeros empresarios que decidieron fomentar la agricultura fue Aarón Castellanos. Éste había suscripto el 8 de setiembre de 1856, un convenio con nuestra provincia, cuyo gobernador era por entonces Domingo Crespo. Es precisamente el 8 de setiembre de cada año cuando los agricultores celebran su día.

Con los inmigrantes que arribaron en 1856 fundó la Colonia Esperanza. Otras incipientes colonias se establecieron algunos años después , fueron las de San Jerónimo y San Carlos.

Estos eran emprendimientos aislados y si bien es cierto que fueron verdaderos pioneros, pero eran pocos como para producir modificaciones significativas, aunque indudablemente fueron abriendo el camino a iniciativas similares.

Las cosas habían comenzado a cambiar, el país se estaba organizando, las provincias lograron ponerse de acuerdo, aprobando la Constitución de 1853, que con algunas modificaciones todavía nos rige.

Para ese entonces la inmigración en la ciudad de Buenos Aires ya era muy considerable: 35.000 de sus escasos 100.000 habitantes eran extranjeros.

Tampoco eran todas rosas puesto que la provincia de Buenos Aires se había segregado, no integraba la Confederación Argentina, cuya capital era la ciudad de Paraná, pero esto fue un avance muy importante.

Es precisamente la ley fundamental la que en su artículo 25 establece:” El gobierno federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar, ni gravar con impuesto alguno, la entrada en el territorio argentino, de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las artes y las ciencias”.

El país estaba muy poco poblado, allá por 1870 apenas eran aproximadamente unos 2.000.000 de habitantes, lo que significa escasamente un habitante por kilómetro cuadrado.

Nuestros más preclaros gobernantes e intelectuales de entonces: Sarmiento, Mitre, Avellaneda, Alberdi, etc. habían destacado claramente la necesidad de poblar las vastas regiones del interior deshabitadas.

Fue precisamente Bartolomé Mitre quien en 1870 en un discurso en el Senado Nacional, ponderaba a los agricultores italianos, en especial a los provenientes de Lombardía, del Piamonte o de Nápoles, como los más hábiles y laboriosos de Europa. Estos ya habían comenzado a sembrar cereales y hortalizas en la inculta pampa, logrando muy buena producción, y en una célebre frase afirmaba ”Sin ellos no tendríamos legumbres ni conoceríamos las cebollas y las papas, puesto que en materia de agricultura estaríamos igual que los pueblos más atrasados de la tierra…”

Esto fue nuevamente ponderado por el Dr. Antonio Margariti, en un comentario realizado hace un poco tiempo en su programa televisivo del canal 3 de Rosario, donde volvía a señalar que el extraordinario incremento de la producción agropecuaria de los últimos años se debía en gran medida al aporte de los descendientes de aquellos lombardos y piamonteses, que rápidamente asimilaron los progresos técnicos, nuevas y mejores semillas, agroquímicos, etc. que lo hicieron posible.

Pero retomando la historia, todavía debían pasar tres presidencias antes que el 19 de octubre de 1876 Nicolás Avellaneda, con su ministro Simón de Iriondo, refrendaran y promulgaran la Ley Nacional Nº 817, conocida también como “ley Avellaneda”. Precisamente Avellaneda, había sido el ministro de educación durante la presidencia de Sarmiento.

La influencia de esta ley se comenzó notar de inmediato: en los siguientes 20 años a su vigencia ingresaron al país 1.400.000 inmigrantes de los cuales 850.000 eran italianos, 250.000 españoles, 120.000 franceses, 25.000 austríacos, 20.000 alemanes, 20.000 ingleses, el resto suizos, belgas, irlandeses, rusos, holandeses, portugueses, dinamarqueses, suecos, etc. También ingresaron en forma significativa árabes provenientes principalmente de Siria y del Líbano, a los que se llamaba “turcos” porque este país dominaba sus territorios en aquel entonces, era quien otorgaba los pasaportes.

¿Por qué se produjo esta masiva llegada de inmigrantes?

Además de una legislación sumamente favorable al extranjero de origen europeo, la promoción que se llevó a cabo fue muy efectiva, sobre todo en Italia, lugar del cual procedía más de la mitad de todos los inmigrantes. No resulta exagerado afirmar que la mitad de la población del país, tiene por lo menos un abuelo de ese origen.

Asimismo cuando se alude a nuestro origen netamente inmigratorio, peyorativamente se dice que descendemos de los barcos.

O como dijera el inmortal Jorge Luis Borges : ¿ Y fue por este río de sueñera y de barro que las proas vinieron a fundarme la patria?. Es como si el viaje fundador de los españoles hubiera indicado que las raíces nacionales habría que buscarlas de ahora en más en tierras lejanas, ya que casi todos los argentinos tenemos ancestros que vinieron del otro lado del mundo.

¿Qué se les ofrecía? para los agricultores y ganaderos: clima templado y sano, tierras fértiles a bajo precio, fáciles de cultivar, vastas llanuras con suficientes lluvias, buenas comunicaciones por ferrocarril del interior hacia Buenos Aires.

Este aluvión inmigratorio fue el que permitió la colonización de vastas extensiones de nuestro dilatado territorio y muy especialmente de la pampa húmeda, ya que una parte significativa de estos extranjeros habían sido labriegos en Europa.

Este arribo continuó hasta las interrupciones obligadas por las guerras de 1914 a 1918 y luego por la segunda desde 1939 a 1945. 3

Posteriormente a 1950 fueron pocos los inmigrantes de este origen que llegaron a nuestro país.

Se calcula que unos 6.000.000 de inmigrantes del viejo continente llegaron a esta tierra, siendo casi la mitad italianos, un 30% españoles, y un porcentaje no determinado regresó posteriormente a sus lugares de origen, quizás debido a lo que se le ofrecía no era lo esperado.

Por efecto de la ley de inmigración, que le dio jerarquía de interés nacional, a partir de 1870 todas las actividades que se relacionaran con ella dependían del estado. En 1896 se proyecta un complejo para la inmigración, que incluía un desembarcadero, registro de inmigrantes, oficina de empleos, traducciones, hospital y alojamiento.

A partir de 1911, cuando se habilita el Hotel de los Inmigrantes, que se encontraba en la zona del puerto en la Capital Federal, se completan las instalaciones. . Funcionó hasta el año 1953 y fue el primer hogar de casi todos los arribaron a nuestro país. Tenía capacidad para 5.000 personas, los dormitorios eran grandes salones donde podían pernoctar 250 personas en cada uno. El edificio fue obra del arquitecto húngaro Krofuss.

La mayoría echó raíces, esa enorme masa humana hizo una obra de transformación, tomando y aprovechando lo que el país le daba en bienes materiales, en completa libertad de trabajo, ayudando al cambio, al establecimiento y ejercicio de las grandes instituciones que los argentinos han dado a su nación con sus talentos y sellado con su sangre.

Su esfuerzo se notó en poco tiempo. Los dineros invertidos por el estado nacional y en menor medida por las provincias en promocionar la inmigración, permitieron cambiar los hábitos alimentarios, puesto que a mediados del siglo XIX el pan o la galleta eran casi desconocidos en la campaña ganadera.

En 1880 se habían sembrado en la provincia 130.000 hectáreas con trigo, 6.000 con lino y 30.000 de maíz.

Para 1897 las cifras habían crecido vertiginosamente: 1.000.000 hectáreas de trigo, 300.000 de lino, 120.000 de maíz, y con otros cultivos entre ellos la alfalfa 140.000, lo que hacía un total de 1.560.000 hectáreas sembradas, contra sólo 166.000 de 1880.

En 1890 el cultivo de los cereales significaba la segunda fuente de ingresos del país, siendo todavía la más importante lo que producía la actividad ganadera.

La población indígena era poco numerosa, fue disminuyendo sensiblemente además mestizándose con el inmigrante, sobre todo las mujeres, puesto que la mayoría de los nuevos pobladores eran varones y menores de 30 años.

Esta situación no era nueva, esto había sucedido anteriormente con los primeros colonizadores españoles que arribaron a estas tierras, siendo principalmente los nativos criollos, hijos de españoles e indias quienes en su mayoría contribuyeron en las fundaciones de las ciudades de Santa Fe y Buenos Aires realizadas por Juan de Garay.

Partiendo de la base de una llegada de 6.000.000 de personas, es de suponer que existen otras tantas historias de vida o motivos.

Algunos historiadores opinan que la superpoblación del viejo continente, motivada por el mejoramiento de la medicina y condiciones de vida elevó significativamente su población, pero sin aumentar en la misma proporción la producción de alimentos lo que llevó a la miseria a muchas familias proletarias, que en definitiva es probable que haya impulsado este enorme desplazamiento inmigratorio.

Recordemos la teoría de Malthus que predecía que si la población crecía en forma geométrica, los medios de subsistencia en progresión aritmética, éstos resultarían insuficientes y el equilibrio tendría que restablecerse por medios represivos como la guerra, el hambre o la peste.

Desde Europa salieron de 1870 a 1920 más de 50.000.000 de personas, de éstas 30.000.000 se radicaron en los Estados Unidos (60%), y como se señalara anteriormente 6.000.000 a nuestro país, algo así como el 12%.


4.- LA VIDA DEL INMIGRANTE EN LA ZONA

Cuando se inaugura el ramal del ferrocarril –desde Pergamino a Melincué,- el 1 de enero de 1898, esta zona estaba escasamente habitada. Los pobladores vivían en las estancias. Algunas de ellas habían comenzado a arrendar parcelas a los inmigrantes con la obligación de cultivarlas, mientras que los peones –gauchos criollos-, eran los que se dedicaban a las actividades ganaderas.

La llegada del ferrocarril posibilitó que en pocos años importantes extensiones de estos campos se trabajaran por el sistema de arrendamiento.

Este medio de transporte rápido y confiable, hizo factible luego la fundación del pueblo, la radicación de nuevos habitantes.

La obra ferroviaria todavía hoy nos asombra: fueron 80 kms. de vías construidos en apenas 8 meses (de abril a diciembre de 1897), que incluían los edificios de cinco estaciones y sus dependencias, sus playas de maniobras, tanques de agua para las locomotoras a vapor, terraplenes, puentes, etc., tan bien hechos que un siglo más tarde todavía están en muy buen estado, funcionando correctamente. Esto fue el trabajo de unos 400 obreros en su mayoría provenientes de la Europa oriental –polacos, rusos, húngaros, etc.-bajo la dirección de los ingenieros y técnicos ingleses.

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Además de la calidad de la construcción es de destacar que el recorrido de la línea nunca fue inhabilitado por desbordes, inundaciones, etc., lo que habla de la idoneidad de los profesionales que lo realizaron.

El pueblo fue fundado por Miguel Duffy el 18 de octubre de 1900, pero desde algunos años antes, ya había inmigrantes arrendatarios en la zona rural y alrededor de un centenar de pobladores en lo que luego sería la zona urbana del nuevo pueblo, que se habían establecido principalmente junto al avance del ferrocarril.

Había tres hornos de ladrillos –presumiblemente establecidos para abastecer su construcción-, panadería, almacenes, carnicería, bares, fondas, y hasta un pozo balde, persona encargada de distribuir agua a los pobladores que no tendrían pozo propio.

La gran mayoría era de origen italiano, aunque también los había españoles, yugoeslavos, franceses, etc. en menor medida. Tal diversidad de nacionalidades y de personas obviamente hizo que existieran variedad de oficios y profesiones, aunque predominaban los agricultores.

Todos eran necesarios para el funcionamiento de la incipiente población y su zona de influencia.

Pero por el lugar donde nos situamos – es decir el corazón de la zona agrícola por excelencia -y también por lo que ha significado para ésta y para el país, he de referirme brevemente a como era la vida en el campo, en las primeras décadas del siglo pasado.

El terrateniente le arrendaba al inmigrante, generalmente de origen italiano, unas 50 ó más hectáreas de campo virgen, por un plazo a lo sumo de 3 a 4 años, cuya renovación quedaba al arbitrio del propietario. Si no se ponían de acuerdo debía entregar el campo.

El convenio era para que lo explotara con agricultura, ya que el alquiler se fijaba en un porcentaje sobre los quintales cosechados.

En este sistema los colonos no tenían ninguna seguridad de poder vivir varios años en el mismo lugar, frecuentemente debían trasladarse a otro lote y comenzar todo de nuevo.

El agricultor debía laborar toda esa superficie con un arado mancera de una sola reja que era tirado por bueyes o caballos. El campo no había sido jamás trabajado, lo cual sin duda habrá demandado muchísimo esfuerzo.

Vivía en su modesta vivienda: un rancho con paredes de “chorizo” (barro mezclado con paja por lo general de lino, algunos palos y alambres para darle mayor resistencia), el techo de chapa algunas veces clavados, otras sostenido por alambres, el piso de tierra, la puerta hecha con tablas de cajones de embalaje, al igual que la pequeña ventana.

Como sombra o con el fin de atemperar la furia de los vientos, plantaba algunas ramas de sauce o paraísos, que pocos años más tarde, si continuaba en el lugar, se convertirían en un pequeño bosquecillo.

Para disminuir los rigores del frío o del calor, al techo se lo cubría con paja de lino o cañas, según el material que hubiera disponible.

Este tipo de construcción era rápida, económica, se adaptaba a las modalidades del arrendatario, pues debía desarmarlo al desocupar el campo.

Pasados algunos años, cuando la tierra ya había sido convenientemente laborada, el propietario generalmente le proponía trasladarse a otra parte del campo, y así volvía a empezar nuevamente...

Cuando las cosas no habían andado bien, muchas veces se iban al amparo de la noche, en carros o chatas tiradas por caballos o bueyes, cargados con sus escasos enseres, hacia otros lugares, para comenzar de nuevo.

El MAÍZ
El principal cultivo de entonces era el maíz, que se sembraba entre agosto y setiembre, pero con bastante antelación debía comenzarse el laboreo de la tierra, dejándola apta para ella. Es que con los pequeños arados disponibles a principios del siglo pasado, según la cantidad de hectáreas que se pretendiera cultivar, estas tareas

podían significar uno o dos meses de arduo trabajo, hasta que estuviera en condiciones de recibir a la semilla, que por aquel entonces el agricultor por lo general obtenía seleccionando cuidadosamente entre las mejores espigas cosechadas el año anterior, las desgranaba manualmente, las embolsaba y guardada en un galpón, para usarlas en el momento que considerara el más adecuado..

Además debía observar que las condiciones climáticas fueran las óptimas al igual que el período de en que la misma se efectuaba, tratando de prever que heladas tardías pudiesen dañar el sembrado pues con ello se perdería una buena parte del esfuerzo realizado y siendo la única cosecha que podía recoger en esa superficie, de su resultado dependía el futuro de la familia.

Una vez que nacía, había que escardillarlo, arrimarle tierra, y rogar para que la sequía, el granizo o la temible langosta, no se llevara el fruto de tanto esfuerzo.

Superados todos estos inconvenientes, a mediados de marzo o abril, según como había sido el año, con el comienzo del otoño se iniciaba la recolección que era una de las tareas más extenuantes que existían en el campo, donde colaboraba toda la familia –incluso mujeres aún embarazadas-y los niños. Como era el cultivo más importante, por lo tanto de allí provenían los mayores ingresos para el agricultor.

A veces cuando la mano de obra familiar resultaba insuficiente se contrataban a otros grupos de parientes o amigos que vivían en las zonas urbanas a los que ubicaba en algún galpón si lo había u otra construcción precaria levantada al efecto.

En aquellos trabajos el juntador foráneo cobraba por bolsa llena entregada en el rastrojo. 5

El día de trabajo comenzaba bien temprano, desde los fríos amaneceres, cuando el lucero comenzaba a elevarse en el este, cargando las bolsas vacías que pensaba utilizar sobre sus hombros desde la casa hasta el lugar del sembrado donde estaba cosechando, a veces distante cientos de metros.

Si bien es cierto que las tareas eran simples, el trabajo estaba bien organizado y funcionó perfectamente hasta la sustitución del hombre por la máquina, lo que ocurriría a partir de la década del 60.

Por eso cada juntador o grupo familiar sabía lo que debía hacer una vez llegado al maizal. Si éste era un hombre solo, marcaba su “lucha”, que era la cantidad de surcos que estimaba juntar en el día, por lo general 24. Si eran grupos familiares estos podían ser 48 ó más. La paridad se debía a que el juntador se ubicaba a horcajadas sobre la maleta que arrastraba con la cincha, casi como un animal, entre dos surcos, de los cuales a diestra y siniestra iba arrancando las espigas al deschalarlas.

La jornada concluía cuando llegaba el ocaso con sus primeras sombras, era el clásico trabajo de sol a sol.

A veces se originaban disputas por la elección del lugar, ya que según la calidad o altura de la tierra, los rindes eran distintos, y obviamente los lugares más bajos, a veces con agua entre los surcos, nadie los quería.

La maleta era una especie de manga de lona de unos 50 centímetros de ancho por dos metros de largo aproximadamente, la parte inferior era de un rústico cuero vacuno o de yeguarizo, que algunas veces todavía conservaban su pelo. Para arrastrarla, cada uno fabricaba con una arpillera de yute, una especie de cincha similar a la de algunos recados, de unos veinte centímetros de ancho, con sus ganchos hechos de alambre. Cuando ésta se llenaba la vaciaba en las bolsas “maiceras”, que se colocaban en la mitad de la lucha, desde donde eran recogidas por una chata que las llevaba hasta la troje o “troja” como vulgarmente se la llamaba.

Otra herramienta importante para el trabajo era la aguja de deschalar, que en los primeros tiempos también la fabricaba el juntador con un clavo de unos 12 cms. de largo, el cual se lo recubría con pequeños trozos de cuero curtido, dejando unos dos cms. de la punta sin cubrir. Se lo calzaba en la diestra por medio de una pequeña correa insertada entre el clavo y los cueritos. Con la izquierda se toma la espiga y simultáneamente se clava la aguja en la chala que la recubre, de un rápido tirón deja descubierto la mitad de la espiga, la toma con la derecha para quebrarle el tronco y terminar de limpiarla, arrojándola a la boca abierta de la maleta, al tiempo que la izquierda ya tomó la siguiente espiga. Así el ciclo continuaba por horas y horas.

De su velocidad dependía el rendimiento del trabajador o de su familia. Un eficiente recolector podía llegar a cosechar de 15 a 20 ó más bolsas por día.

Así de esta forma, increíblemente todas, absolutamente todas las espigas de las cosechas de maíz, no importa de los millones de toneladas que se alcanzaban, tenían que ser deschaladas indefectiblemente una por una por las manos del hombre, la mujer, el adolescente y el niño.

Esta rutina sólo se interrumpía cuando una lluvia impedía el trabajo.

Tampoco faltaban las malezas: el abrojo con su molesta semilla, el chamico con sus espinas ponzoñosas o la quinoa de altas y coposas plantas que al pasar por debajo caía sobre la espalda el agua acumulada durante la noche.

La maleta cuando se humedecía y estaba llena llegaba a pesar de 30 a 40 kilos.

La cosecha comenzaba en marzo, se prolongaba hasta fines de julio o agosto. Esto hacía que los niños que juntaban maíz no pudieran concurrir a la escuela, o lo hicieran sólo la mitad del tiempo, obviamente casi ninguno de ellos concluía la enseñanza básica.

Al maíz se lo almacenaba en prolijas trojas, especies de silos cilíndricos confeccionados con palos, alambres y la chala del maíz. En el centro tenía un alto poste del que descendía un alambre por el que subía y bajaba una vagoneta tirada por un caballo que al llegar a su parte más elevada se le quitaba la traba, cayendo las espigas en la troja.

Este cereal, para comercializarlo había que desgranarlo, embolsarlo y luego trasladarlo hasta la estación.

El marlo, subproducto de la desgranada del maíz, era un excelente combustible que se usaba para cocinar. Se lo almacenaba en un precario “tinglado” armado con alambres, chalas y techado con chapas. Reemplazaba eficazmente a la leña, o al carbón, elementos escasos en la campaña de aquellos tiempos, ya que recordemos nuestra zona era una vasta llanura desprovista de árboles…


LA COSECHA DEL TRIGO
El trigo se sembraba en julio y se lo cosechaba a fines de diciembre y principios de enero. Era la cosecha fina.

Para ello se utilizaba la segadora-atadora, la más importante entre las herramientas de labranza de esos tiempos, era de alto costo y no todos los chacareros podían contar con una. Como segadora se la utilizó al principio, con el sistema de emparvar el trigo suelto o espigado, después apareció la máquina que también ataba las gavillas. Luego se lo trasladaba en una chata rastrojera y se emparvaba. Posteriormente con la máquina desgranadora se separaba el fruto de la paja y se lo embolsaba.

Todos los cereales y oleaginosas en esa época se envasaban en bolsas de arpillera de yute, que luego se estibaban y almacenaban en los galpones ubicados en las estaciones ferroviarias, que todavía más de un siglo después se encuentran en perfecto estado y se los sigue utilizando.

Desde allí, a través de una planchada, se los cargaba en los vagones rumbo a los puertos de Rosario o Buenos Aires.


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