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La hacienda en disputa. El proceso de construcción historiográfica del paradigma interpretativo que ha entendido al peonaje por endeudamiento como una forma de servidumbre en México”


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Simposio 25.

Estado Actual de la investigación sobre mundos y mercados de trabajo.

Titulo de la ponencia.

La hacienda en disputa. El proceso de construcción historiográfica del paradigma interpretativo que ha entendido al peonaje por endeudamiento como una forma de servidumbre en México”

por



Alfonso Camargo Caballero


Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa



ysqstpt@gmail.com

En esta ponencia me ocupo del proceso de construcción historiográfica del mundo agrario mexicano tomando como eje argumentativo las distintas explicaciones que ha tenido la hacienda y, en especial, el peonaje por endeudamiento. Comenzaré ocupándome del mundo agrario mexicano en general, después, de la hacienda en particular y, por último, del peonaje por endeudamiento atendiendo a algunas de sus interpretaciones más importantes.

Si el mundo agrario se está construyendo, es posible, entonces periodizar su construcción. Hay tres etapas o momentos fundamentales, según Alejandro Tortolero.1 “En el primero tendríamos que hablar de las aproximaciones de los contemporáneos, que escriben sobre la hacienda en el siglo xix. En el segundo, de los estudiosos que entre 1930 y 1960 reflexionan sobre estas explotaciones. Y en el tercero, de las aproximaciones actuales, practicadas por los historiadores de los últimos 20 años” (TORTOLERO, 1995, p. 604). Esta periodización se basa en un criterio cronológico-analítico, ya que responde al año de publicación de las obras pero también al tipo de análisis que se realizó en ellas. En la primera etapa, quienes construyeron el mundo agrario no eran historiadores profesionales sino polígrafos que fueron contemporáneos al fenómeno que estudiaron; en la segunda, los estudios generales carecen de especificidad así como de rigor empírico y están repletos de prejuicios histórico-políticos; en la tercera, han sido historiadores profesionales que trabajan en campos específicos de la historia agraria mexicana y abordan los temas desde muy diversas perspectivas. Todo esto, con la aspiración de poder integrar algún día sus hallazgos e interpretaciones en una explicación medianamente sintética del pasado mexicano.

De este modo, las tres etapas han tenido problemas que superar. Cada una de estas aproximaciones está enmarcada en un momento particular del devenir historiográfico y político del país, así como del desarrollo de los métodos, técnicas y teorías de la historia económica y, más específicamente, de la historia agraria mundial. Creo que los avances logrados hasta hoy día son muy importantes pero aún insuficientes. Durante mucho tiempo, las sociedades del pasado de México no se construyeron de la mejor manera, porque los estudios totalizadores de las primeras etapas de la investigación, eran empírica y metodológicamente deficientes, además de parciales debido a las posturas e intereses políticos que estaban detrás de ellos. Los estudios de los últimos treinta años, aunque repletos de erudición, son fragmentarios y, pese a los esfuerzos de vinculación, no se han logrado integrar de manera satisfactoria los objetos específicos de estudio ni los enfoques particulares de cada investigación en una explicación sintética y coherente del mundo agrario.


1) Los primeros estudios

En la primera mitad del siglo xx, los trabajos de Andrés Molina Enríquez, Wistano Luis Orozco, Luis Cabrera (contemporáneos del siglo xix), Frank Tannenbaum, McCutchen McBride y François Chevalier (los de la generación que escribió entre 1930 y 1960) abordaron el estudio de la hacienda de manera similar, a excepción quizá de Chevalier quien enfatizó la importancia de que las investigaciones debían ser realizadas a partir de un trabajo empírico mucho más serio del que por entonces se realizaba. Para estos autores, la hacienda decimonónica era feudal y la caracterizan como:


[…] vastas propiedades señoriales, a la escala del nuevo mundo, que empequeñecían a sus equivalentes en Europa, y que eran consideradas feudales porque se caracterizaban por sus métodos arcaicos, con un manejo autosuficiente y sistemas coercitivos de endeudamiento del peonaje […] se supone que tras la conquista se concedió a la clase terrateniente un monopolio sobre la tierra, y que tal clase, a su vez, redujo al campesinado indígena a la condición de peonaje endeudado, sujeto enteramente a la dominación del señor. Nunca se empleó un poco de tiempo para considerar la posibilidad de que la hacienda representase una adaptación orgánica a las condiciones mexicanas. era vista, simple y sencillamente, como una monstruosa imposición de origen extranjero (MILLER, 1999, p. 128).2
Es cierto que el ambiente político que había en el país influyó para que los estudios de temas agrarios fueran politizados. Después de la revolución de 1910, hicieron falta razones de tipo ideológico y social, no sólo político, para justificar un movimiento de tal envergadura. En ese contexto, la hacienda fue el chivo expiatorio por excelencia. Por esto, la imagen que debía ser difundida era la de una situación agraria nacional previa a la revolucióndesastrosa, ineficaz e injusta. La primera mitad del siglo xx consolidó la concepción maniqueísta del campo mexicano, en la cual, lo malo era la hacienda (la parte dominante, triunfadora) y lo bueno (la parte dominada, vencida, victima) eran las comunidades y los pueblos indígenas así como los pequeños propietarios.3 Fue en esa etapa de la historiografía mexicana cuando el quehacer histórico de tema agrario funcionó a partir de tres principios que se convirtieron, por decirlo así, en las reglas del método. suposición, prejuicios y generalización de arquetipos no demostrados ni criticados suficientemente. El uso político de las fuentes y una interpretación llena de prejuicios, eran las principales formas de historiar el campo mexicano. La base empírica era poco importante. De esta etapa resultó que los veredictos de los intelectuales y polígrafos de finales del siglo xix y de la primera mitad del siglo xx, se tuvieron como principios axiomáticos durante mucho tiempo.
2) Estudios a partir de las fuentes

Los primeros trabajos acerca del mundo agrario basados sistemáticamente en datos empíricos se publicaron en la segunda mitad del siglo xx. Para entonces, había una mayor exigencia de rigor documental en las investigaciones. Distintos métodos, escuelas y corrientes historiográficas realizaron estudios, pero todos retomaron el planteamiento de François Chevalier que enfatizaba la importancia de los datos para sustentar una investigación, “lo novedoso del momento estará marcado por la solidez documental de los estudios y la aplicación de nuevas técnicas y formas de pensar en estas explotaciones”(TORTOLERO, 1995b, p. 148).

En la década de 1970 surgieron “diversas aproximaciones al estudio de la hacienda. La mayor parte de las investigaciones se consagran al análisis monográfico. Aquí la aproximación al estudio de la hacienda es muy estrecha. En general se encaminan a responder los problemas de su formación y de algunos de sus cambios, pero sin profundizar en cuanto a su funcionamiento” (TORTOLERO, 1995b, p. 148). La hacienda era el objeto de estudio de esos trabajos, o bien, la base explicativa de sus hipótesis.

Surgió por entonces, una aportación que a la postre, ha resultado fundamental. la utilización de los archivos particulares de las explotaciones agrícolas. Los trabajos que utilizan archivos privados o particulares son estudios monográficos que son susceptibles de clasificación a partir de sus objetivos y su visión de la hacienda. Dicha clasificación, es la siguiente.



  1. Los estudios funcionalistas. “[…] aquellos que caracterizan a la hacienda según la función que ésta ocupa en el espacio. Aquí el sistema socioeconómico puede ser descompuesto en funciones simples pues existe una relación simple en cada una de las funciones y el espacio dónde se ejercitan” (TORTOLERO, 1995b, p. 149). Este enfoque tiene dos grandes ventajas según yo lo veo. La primera, es que permite hacer una valoración más cierta de la importancia y trascendencia de una hacienda en su región, debido a que el espacio comienza a ser apreciado por los académicos como un factor determinante en la vida de la hacienda. La segunda, es que la hacienda puede ser organizada y jerarquizada al interior, a partir de un criterio espacial.

  2. Los estudios marxistas. “Aquellos que analizan a la hacienda […] según su articulación con el desarrollo del capitalismo. Aquí las haciendas se organizan entonces en explotaciones tradicionales, explotaciones transicionales y explotaciones modernas, según sea el grado de integración al desarrollo capitalista” (TORTOLERO, 1995b, p. 149). Es una visión evolutiva progresista que hace hincapié en los cambios y transformaciones que experimenta la hacienda a lo largo del tiempo. En mi opinión, son tres los aportes principales de este tipo de estudios. a) la visión empresarial de la propiedad hacendaria debido a que su principal interés era de carácter comercial, b) la separación, para fines analíticos, entre producción social y producción inmediata y, c) el estudio sistemático y riguroso de las relaciones de producción al interior de la finca.

  3. Los estudios sociales. “Aquellos que toman la hacienda como el espacio donde los actores sociales viven y se recrean” (TORTOLERO, 1995b, p.150). Esta forma de abordar la hacienda, es fundamental porque amplía el concepto tradicionalmente económico que se tenía de ella. La vuelve una institución política y una organización social.

En las décadas de 1960 y 1970 la diversidad de trabajos se amplió, el número de enfoques se multiplicó, las especificidades regionales se instalaron y el rigor empírico se volvió regla fundamental.

A continuación, me ocupo brevemente de algunos trabajos que han sido fundamentales –indistintamente de si se ocupan del periodo colonial o del siglo xix– ya sea por la apertura de líneas de investigación, por la utilización de distintas metodologías, de nuevas fuentes o, incluso, por el nuevo uso de viejas fuentes.



  • Los precios y la articulación de un economía. El texto de Enrique Florescano Precios del maíz y crisis agrícolas en México (1708-1810) se publicó en la década de 1960 y significó una ruptura con las formas anteriores de estudio del tema agrario en nuestro país. El autor de ese texto se afanó por crear una explicación en conjunto, una “historia integral” de las estructuras agrarias del espacio que estudió. Sin embargo, es precisamente ese aspecto el que resultó ser su debilidad más importante. Ya que, en aras de una explicación global, incurrió en generalizaciones tanto regionales como funcionales y cometió la desatención de no ponderar algunos procesos o fenómenos del mundo que estudió como, por ejemplo, el autoconsumo que, hasta cierto punto estaba desligado del mercado y que no era afectado directamente por las variaciones de los precios. A pesar de todo, este texto fue un parte aguas, ya que, a partir de él, el análisis cuantitativo es un imperativo fundamental dentro de los estudios económicos del mundo agrario mexicano. Además, la creencia de que la economía estaba estructurada, es decir, que poseía cierta racionalidad, ha sido muy importante no sólo para los estudios acerca del periodo colonial, sino también para los de la vida independiente de México,

  • Los archivos privados y las enormes posibilidades. Las investigaciones de Jan Bazant, Marco Bellingeri, así como la de Juan Felipe Leal y Mario Huacuja4 significaron la consolidación en México de la utilización de archivos particulares. Estos, son algunos de los trabajos que consolidaron la tendencia de elaborar monografías a partir de archivos particulares de las haciendas. Esta tendencia había surgido en la década de 1970.5

Además de la innovación documental, un aporte significativo de estos trabajos monográficos, fue la concepción empresarial de la hacienda debido a la vinculación de la producción con el mercado. Otro aporte relevante fue el hecho de dividir en distintas etapas, la producción de una hacienda. Esto derivó en el postulado de que había una contradicción en la racionalidad económica de las haciendas del centro de México en el siglo xix, ya que, la producción inmediata de la hacienda es precapitalista por sus relaciones de producción, pero su vinculación a la producción social de México es capitalista por sus relaciones con el mercado. Estas investigaciones trataron de realizar una integración de la hacienda como un universo en el que no únicamente hay aspectos económicos, sino sociales, políticos y culturales. En casi todos estos trabajos se llama la atención sobre la necesidad de contar con mejores y más nutridos acervos documentales para la eventual construcción teórica de la hacienda. Sin embargo, y a pesar de estar conscientes de la falta de datos para emprender un esfuerzo teórico, algunos de estos autores realizaron esquemas, modelos y arquetipos de la hacienda, es decir, intentaron teorizarla.6

  • Las regiones. Los estudios regionales. Quizá los trabajos más célebres dentro de este rubro sean los de David Brading, Eric Van Young y William B. Taylor.7 Este enfoque ha tenido gran importancia porque recupera el espacio y lo dota de una especificidad que impide las generalizaciones que tanto daño causan. Además, es un tipo de estudio particularmente útil en la construcción del mundo agrario mexicano porque establece una funcionalidad del sistema económico en que la relación campo-ciudad queda establecida como fundamental. Es decir, la interacción entre el campo y la ciudad es anotada y en base a ella se construyen las explicaciones. La demografía y los circuitos comerciales son también importantes y todo esto, esta circunscrito en una región y en una época específica.

  • La legislación y las instituciones. Participación e integración. Los trabajos de Robert Knowlton, D.K. Pittman y Jan de Vos8 se inscriben en una historiografía bastante peculiar y no suficientemente explotada que estudia el tema agrario al tiempo que el institucional. Las relaciones que establecen los distintos sectores agrarios con el Estado y las que establecen entre ellos mismos; las consecuencias que las decisiones estatales tienen en los actores agrarios y las que los actores agrarios tienen en el Estado; los espacios de participación e integración política, económica y social en el ámbito agrario en distintas regiones del territorio y, en fin, la interacción entre el poder político estatal –en todos sus niveles–, las elites agrarias y los grupos populares, son el objeto de estudio de esta forma de historiar el mundo agrario.

Está claro entonces, que existe una vastedad impresionante de investigaciones que han logrado construir el mundo agrario mexicano en la segunda mitad del siglo xx. A pesar de esta vastedad, podemos señalar algunos rasgos que comparten la mayoría de esos estudios: a) estudian a la hacienda o a la comunidad indígena (pueblos) por considerarlas las unidades fundamentales del mundo agrario; b) vinculan a la hacienda, en diversos aspectos, con el resto de la sociedad que la rodea; c) comparten un rigor empírico muy alto, así como una importante diversidad de fuentes; y d) enfatizan el aspecto regional y diacrónico del estudio agrario.

Por todo lo anterior, es posible concluir que en los últimos treinta años, poco más o menos, la producción historiográfica de tema agrario ha sido enorme. Nuevos aspectos y nuevos enfoques han surgido en este periodo. la hacienda como institución política, social y cultural, además de económica, el hacendado-empresario, los circuitos mercantiles, las formas de financiamiento para la producción, las relaciones políticas de las elites, las formas de resistencia y negociación, etcétera. Debido a la gran cantidad de estudios y a la diversificación en las temáticas y en las metodologías, es que podemos hablar, quizá por primera vez, de la existencia de un mundo agrario mexicano. Su existencia supone una diversificación suficiente, que nos permite tener, hoy en día, una imagen mental medianamente completa y verdadera del pasado agrario en territorio mexicano.9



Sin embargo, esta imagen medianamente completa y verdadera no debe ser identificada con la idea de Leopold von Ranke de objetividad ya que, él consideraba al empirismo como única cúspide del quehacer histórico. “Sólo mostrar cómo algo verdaderamente fue”(RÜSEN, 2003, p. 478) era, y continúa siendo, la consigna de esa forma de historiar. Es precisamente por esto, que no debe ser aplicada al caso del mundo agrario mexicano, ya que, esta imagen medianamente completa y verdadera no se descubrió y fue mostrada, sino que más bien, se ha ido construyendo y sigue siendo reinterpretada. Esta imagen medianamente completa y verdadera que ahora poseemos es algo parecido a la idea de Droysen acerca de la interpretación en las fuentes. De acuerdo con él:
[…] podemos distinguir entre fuentes y residuos. Residuos son fragmentos de mundos pasados que se han conservado y que nos ayudan a reconstruir espiritualmente el mundo del cual son restos. Las fuentes, en cambio, constituyen la tradición lingüística y sirven, por ello, para entender un mundo interpretado lingüísticamente […] Las fuentes, dice Droysen, son apuntes recibidos de la tradición, con la finalidad de servir al recuerdo (GADAMER, 2001, p. 59).
De aquí se desprenden varias reflexiones. La primera es que, la finalidad del historiador al acercarse a las fuentes, no es conocer ni realizar un juicio de valor del mundo estudiado, sino comprenderlo a partir de la interpretación. Hoy día sabemos que el hecho lingüístico no es requisito sine qua non para que algo se constituya en fuente, a pesar de que nuestra interpretación siempre es lingüística. De tal suerte que, el conocimiento de sociedades ajenas en el tiempo y en el espacio (los espacios geográficos pueden continuar siendo los “mismos” debido a la lentitud con que se transforman. Pero los paisajes cambian constantemente y, entonces, el espacio es histórico también. Así, las sociedades del pasado nos son ajenas en el tiempo y en el espacio) es imposible. El historiador recibe del pasado una serie de pistas, de indicios de una realidad absolutamente inasible desde cualquier punto de vista, excepto desde la imaginación. Y entonces, es aquí donde es posible hacer algo. comprender; encontrar sentido a los mundos pasados a partir de lo que poseemos de ellos; explicarlos con el mayor apego posible a lo que nosotros creemos que es verdadero (las fuentes), pero nunca descubrir la verdad sobre ellos. La verdad en la Historia no se descubre, se construye y, el pasado, no se conoce, se comprende y se explica, es decir, se le da sentido a partir de la interpretación que se hace de las fuentes (los indicios que recibimos de él). Slicher Van Bath enfatiza de una manera casi poética, la importancia de la interpretación cuando escribe que:
[…] los hechos seleccionados han de ser objeto de una interpretación, si se quiere que la historia cobre determinada significación. Claro que se corre el riesgo de que la interpretación sea errónea e incompleta. Ahora bien, es mejor correr ese riesgo que no atreverse a solucionar los problemas o ni siquiera a plantearlos (VAN BATH, 1974, p. 13).
Esto no significa que la construcción de la verdad ni el entendimiento y explicación del pasado sean absolutamente subjetivos. Las fuentes, estos “apuntes recibidos de la tradición, con la finalidad de servir al recuerdo”, son el elemento objetivo en el proceso de interpretación lingüística que realiza el historiador. Carlo Ginzburg propone “encontrar pruebas y descubrimientos objetivos” (GINZBURG, 1992, p. 18) y, con esto, valida mi proposición. Las fuentes son objetivas y ya han sido concluidas para cuando el historiador las consulta. Debido a esto, la información que contienen es inmutable. Sin embargo, la interpretación, el sentido y, en general, todo lo que de ellas se obtiene está en permanente transformación. La búsqueda de pruebas objetivas que se conviertan en pistas para resolver una pregunta o completar satisfactoriamente un argumento, es parte de la tarea del historiador. La otra parte es construir esos argumentos o preguntas de manera hipotética, id est, a partir de las fuentes objetivas crear hipótesis que den sentido al mundo del cual provienen esas mismas fuentes. Estas dos tareas del historiador (la búsqueda de pruebas o descubrimientos objetivos –fuentes– y, la creación de hipótesis mediante la interpretación de esas fuentes) son imposibles la una sin la otra. Sin hipótesis, las fuentes son inútiles por ser desperdiciadas; y, sin fuentes, las hipótesis no tienen credibilidad ni sustento, por lo cual también resultan inútiles.

Con todo lo anterior podemos afirmar que si ahora tenemos un mundo agrario en la historia de México, no es porque haya sido descubierto, sino más bien porque se ha ido construyendo, porque se sigue construyendo.

En el siguiente apartado, haré algunos comentarios acerca de la caracterización del peonaje por endeudamiento como servidumbre, es decir, esencialmente coactivo, y de la hacienda como feudal.


  1. La hacienda en disputa

Las haciendas y las comunidades indígenas (los pueblos), han sido el binomio fundamental del mundo agrario mexicano. Estudiadas desde una perspectiva política, social, económica, cultural, intelectual, etcétera, ambas entidades históricas han sido las protagonistas en la construcción del mundo agrario. De tal suerte que, es posible afirmar que la hacienda es un fenómeno histórico prácticamente omnipresente en la historia de México,

Sin embargo, durante mucho tiempo su conocimiento fue construido en base al paradigma interpretativo que identifica el peonaje por endeudamiento con la servidumbre agraria. De esta identificación, se sigue que la feudalidad es una característica substancial de las haciendas mexicanas.

Ese paradigma interpretativo continúa siendo un idea muy extendida entre el público en general e incluso entre algunos historiadores. Pero, ¿por qué utilizar el término servidumbre [agraria] para muchas de las haciendas del mundo agrario mexicano? ¿qué significa que algo sea feudal?, ¿es correcto llamar a un fenómeno histórico concreto —como es el caso de las haciendas del mundo agrario mexicano— con un término que tiene su origen en el medioevo europeo occidental? Todas estas preguntas resultan del uso indiscriminado e indistinto que se ha hecho del término feudal. En realidad, se trata de una “verdadera confusión de conceptos, categorías y criterios que se manifiestan con referencia a circunstancias distintas que por el contrario han surgido del estudio de casos concretos y no son siempre los adecuados para más amplios usos”(GARCÍA DE LOS ARCOS, 1985, p. 17). Para salvar esta confusión, hay que distinguir entre dos tradiciones historiográficas que han trabajado a partir del término feudal. La primera, es de carácter económico y propone un uso extendido del término; la segunda, es de carácter jurídico-político y propone un uso restringido de él.

La tradición que propone un uso extendido del término, ha sido relacionada, principalmente, con los autores de posición marxista. Para esta tradición, el término servidumbre es una forma de trabajo que ha existido en distintas épocas y distintos territorios y feudal remite a un modo de producción y, por lo tanto, ambos términos son adjetivos. Debido a esto, distintas realidades pueden tener las características necesarias para ser nombradas con el adjetivo feudal. Según Charles Parain, uno de los historiadores europeos más importantes de la tradición teórica marxista, tales características son:


1. Las relaciones sociales de producción están forjadas esencialmente en torno a la tierra, porque reposan sobre una economía de predominio agrícola.

2. Los trabajadores tienen derechos de usufructo y de ocupación de la tierra, pero la propiedad de la misma pertenece a una jerarquía de señores que no poseen la disposición absoluta del suelo, pero que, en cambio, cada uno de ellos tiene derecho de recoger prestaciones, fijadas por la costumbre, sobre el producto o sobre la heredad de sus inferiores.

3. A esta base económica corresponde toda una red de vínculos personales. una parte de los trabajadores —la mayoría en las épocas de desarrollo típico— no goza de una completa libertad personal; no hay “esclavitud” (propiedad de la persona), sino “servidumbre” [vinculación del campesino con su amo (homo proprius), y más tarde con su explotación (adscribus glebae)]; pero, incluso entre los mismos señores, el sistema de propiedad está unido a un sistema de deberes (sobre todo militares) para con la persona del superior (PARAIN, 1992, pp. 25-26).
Los seguidores de esta posición historiográfica, proponen que a lo largo de la historia de la humanidad varias sociedades han tenido estas características y que, por eso, los términos servidumbre y feudal pueden ser utilizados de manera extensiva sin incurrir en defecto alguno.

En el otro extremo, están quienes siguen la tradición jurídico-política. El principal argumento de estos estudiosos es que el término feudal no es un adjetivo, sino que, únicamente debe ser utilizado para referirse a un tipo específico de sociedad en la que el feudo desempeña un papel fundamental y, en torno a él, se establecen relaciones feudo-vasalláticas.10 En esta tradición, el término feudal, cede su lugar al término feudalismo que únicamente ha existido en.


Europa de los siglos x al xiii en la plenitud del régimen y correspondiendo a formas que se desarrollaron en las unidades políticas nacidas de la disgregación del Imperio carolingio y en los países que sufrieron su influencia. La transición empezó con los cambios de finales del siglo xi, y el feudalismo acabaría con la aparición de los Estados centralizados a finales del siglo xv, bajo formas de monarquías absolutas. Otro caso similar de feudalismo se dio en Japón (GARCÍA DE LOS ARCOS, 1985, p. 22).
Así, en esta segunda tradición, los términos servidumbre y feudal (feudalismo), funcionan como sustantivos que remiten a un tipo de realidad específica y concreta y, por lo tanto, resultaría un error emplearlos para otras realidades.

La tradición historiográfica que califica como servidumbre al peonaje por endeudamiento y como feudales a una gran mayoría de las haciendas del mundo agrario mexicano, es la tradición económica-extensiva que utilizan los autores marxistas.11 Charles Parain no deja lugar a dudas, cuando escribe que.


[…] no puede haber inconveniente en llamar feudal, como hicieron los hombres del siglo xviii, a cualquier sistema en el cual el trabajador agrícola, que ya no es esclavo, se encuentra, sin embargo, sometido a todo tipo de trabas extraeconómicas que limitan su libertad y su propiedad personal, de tal forma que ni su fuerza de trabajo ni el producto de su trabajo se han convertido aún en simples objetos de intercambio libres, en auténticas mercancías (PARAIN, 1992, p. 28).
Si se lee con cuidado esta opinión, es posible darse cuenta de que, en realidad, la piedra angular para determinar si un sistema es feudal o no, es el régimen de trabajo que reproduce ese sistema; ni siquiera el tipo de propiedad es tan influyente para determinar si un sistema económico es feudal o no. Id est, para aquellos que defienden el uso económico y extensivo de servidumbre y feudal, el régimen de trabajo es la clave; y, es precisamente por esto que en las líneas siguientes comentaré brevemente los paradigmas interpretativos, que a mi juicio, han sido más importantes con relación al peonaje por endeudamiento, para poder tener una opinión respecto a la controversia acerca de si el peonaje por endeudamiento es una de tantas formas de servidumbre y si la feudalidad es una característica substancial de las haciendas del mundo agrario mexicano.
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