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La guerra por juarz


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LA GUERRA POR JUARZ

El sangriento corazón de la tragedia nacional.

PRÓLOGO




Domingo Aranda, la Nacha y el origen del cártel
4


El último manso JOSÉ PÉREZ ESPINO
7


Odas al contrabando JOSÉ PÉREZ ESPINO
10


Guerra sucia SANDRA RODRÍGUEZ NIETO
15


Juárez, donde colapsó la morgue MARCELA TURATI
18


El idioma de las cartulinas MIGUEL ÁNGEL CHÁVEZ DÍAZ DE LEÓN
21


Camarones en el desierto
IGNACIO ALVARADO ÁLVAREZ
26


La soberbia ENRIQUE LOMAS URISTA
28


De Sinaloa a Chihuahua, y de regreso
ALEJANDRO PÁEZ VARELA 30


Indicios de resistencia SANDRA RODRÍGUEZ NIETO
32


El niño con Abercrombie & Fitch
ALEJANDRO PÁEZ VARELA 35


Sin lugar para los adictos
MARCELA TURATI 38


El Malochito
IGNACIO ALVARADO ÁLVAREZ
40


El pozo ENRIQUE LOMAS URISTA
42


Mi ciudad, la más violenta del mundo
MIGUEL ÁNGEL CHÁVEZ DÍAZ DE LEÓN 48


El mecánico de la droga IGNACIO ALVARADO ÁLVAREZ
53


La ciudad de las tinieblas
IGNACIO ALVARADO ÁLVAREZ
55


El fin de las noches de Juárez
MIGUEL ÁNGEL CHÁVEZ DÍAZ DE LEÓN
57


Yo soy el Chapo Guzmán,
todo está pagado
ALEJANDRO PÁEZ VARELA
67


Ciudad Juárez, la firma de un sexenio
Cuando el gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa concluya, habrán muerto por lo menos treinta mil individuos en la guerra de las drogas. Y digo «por lo menos treinta mil», porque una proyección con los datos acumulados de la primera mitad del sexenio (2006-2009), periodo en el que se basa este libro, podría arrojarnos una cifra muchísimo mayor. De manera tendencial, a causa de esta tragedia inédita, los mexicanos nos matamos en mayores cantidades semana tras semana, año tras año. La guerra parece no tener fin, o peor:
tiende a complicarse, multiplicarse, extenderse y vol- verse más compleja.
Como sucede en México, el sexenio acabará, los ciudadanos nos tragaremos los errores de los políticos en turno y ellos se irán sin ninguna responsabilidad a sus negocios, a sus mansiones. Pero esta vez quedarán los muertos. El sexenio de Calderón estará marcado por la sangre y no por triunfo alguno, porque no hay analis13

ta, sociólogo o especialista que crea que esta guerra será ganada por el Estado; la evidencia tampoco parece sugerirlo. Los muertos seguirán acumulándose incluso después de este presidente. Y resulta que casi un cincuenta por ciento de estos muertos caerá en Chihuahua y, principalmente, en Ciudad Juárez.


Nunca hubo una matanza tan grotesca y tan sangrienta en este país. Nunca en el México moderno. Esta enorme cicatriz marcará a la nación en todas sus expresiones. Lo reflejarán en el futuro inmediato la sociedad, el periodismo, las artes y la literatura. Quedará para los libros de texto.
Y por primera vez un presidente perderá el derecho a ser recordado por las obras realizadas en su propio terruño. Recordemos que Agualeguas apareció en el mapa por Carlos Salinas de Gortari. Celaya y sus vecindades estuvieron en la escena pública por Martha Sahagún y su esposo, Vicente Fox. Lo mismo pasó con Colima durante el mandato de Miguel de la Madrid. Aunque Ernesto Zedillo creció en Mexicali y en Pueblo Nuevo, nació en el Distrito Federal —como José López Portillo—, que no necesita un empujón porque guarda de por sí la importancia de ser la sede de los poderes federales.
Esta vez se recordará al jefe del Ejecutivo por sus «logros» fuera de casa. Felipe Calderón Hinojosa pasará a la historia por Ciudad Juárez, ejemplo extremo del daño provocado por su estrategia fallida.
Escribí hace unos meses en El Universal:
Imaginemos que la estrategia de la lucha contra ios narcos fue la correcta. Que estamos equivocados ios

que insistimos en que llenar las calles de militares y empuñar las armas no era la respuesta, sino el trabajo de inteligencia contra los jefes de ios cárteles y la investigación que lleve al arresto de la élite que lava los miles de millones de dólares sucios en el sistema financiero. Asumamos que los que pedimos programas sociales para rescatar a consumidores y a vendedores menores, así como una cruzada contra las adicciones, estamos en el rumbo equivocado. Digamos que esta guerra fue razonada, y que los que afirmamos que fue un arrebato populista (pensado por políticos adictos a las encuestas) estamos en el error.


Así, por supuesto, cada muerto tendrá sentido. Esos agentes federales, esos «de a pie»; la tropa siempre tan sufrida; los civiles, los niños, los inocentes, la señora de la esquina, el señor que siempre fue honrado, ¡os que pasaban por allí, todos, todos habrán muerto porque la patria y el futuro de ésta bien merece grandes sacrificios.
Pero, ¿y si la estrategia de la guerra está equivocada? ¿Quién cargará con esos treinta mil muertos, producto de un error? ¿Se acaba el sexenio y todos a sus casas, así como así?
Y si a pesar de las advertencias la guerra continúa como va, con vehículos artillados y ametralladoras en cada esquina; con helicópteros y cateos sin órdenes de aprehensión; con crecientes quejas de violaciones a los derechos humanos. Si a pesar de las múltiples peticiones de que se revise la estrategia se le mantiene, aunque nunca se le gane al narco, ¿ quién dará la cara a las treinta mil familias y les dirá: «Esto pudo ser evitado. Disculpe usted.»
En este libro participa un grupo de periodistas con reconocimiento público por su valentía y honradez. Reporteros todos ellos —incluido quien escribe— de los garantizar la tranquilidad de esos no pocos mexicanos principales medios nacionales y regionales (El Univer- que gritan: «Basta!» a oídos que, por lo que se adviersal, Reforma, Día Siete, Proceso, El Diario de Juárez), te, dejaron de escuchar.
les unen varias particularidades, entre otras ser Juarenses
por adopción y chihuahuenses de origen, y el haber ALEJANDRO PÁEZ VARELA
cubierto durante años el fenómeno del narcotráfico. Octubre de 2009 Muchos de ellos han vencido el miedo y desafiado la
estadística: siguen escribiendo sobre el fenómeno desde
esa frontera.
Estas veinticuatro historias son quizá el inicio de un
documento más amplio que debemos heredar a futuras
generaciones. En Ciudad Juárez se ha llevado a cabo
una guerra de exterminio. A Ciudad Juárez, con la
llegada de fuerzas federales, coincidentemente, arribó
un nuevo grupo criminal —como si tuviera respaldo oficial—
y una era de oscurantismo. En Ciudad Juárez, por
la negligencia del gobierno, se ha arraigado el torbellino
de la bestialidad, la antítesis de las ideas del humanismo
y el progreso. Y todo ello debe ser contado.
Hemos abandonado a Ciudad Juárez y de esta manera
quebrantamos un pacto federal. El gobierno usa
como cortina de humo la crisis económica mundial para
esconder su incapacidad de reacción; se escuda en
que el combate a los cárteles es nacional para no verse
obligado a rendir cuentas frente al hundimiento de una
comunidad de un millón y medio de personas.
Sus habitantes sobrevivirán a la desgracia, seguro.
Pero tanta sangre y tanto dolor, tanto abandono no se
borrarán con facilidad. Por eso creo que la condena por
la negligencia es que Ciudad Juárez será la firma del
presente sexenio. Estamos frente a la mejor muestra de
un Estado que será irrefutablemente fallido si no puede
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