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La gallina vestida


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LA GALLINA VESTIDA

En Guardavalle, el cielo y el mar se prestan los colores para pintar con inmaculada belleza el paisaje de montaña. El viento, artesano tenaz, talla las rocas, con resultados asombrosos… y los acantilados, son gigantes abruptos, que descansan en sus playas de arena asoleada, bañándose con el agua límpida del Mar Jónico. Las casas, pequeñas estructuras de piedra adusta, con historia y pasado, recorren las laderas y se confunden con la naturaleza. Me gusta imaginar a mi padre viviendo su infancia en aquel lugar, donde las calles son delgados pasajes que encuentran enfrentadas las casas vecinas, y la intimidad es tan efímera como innecesaria. Y es que en esos lugares, toda la gente es familia, toda la gente es parentela, siempre bienvenida… Puedo verlo ahí sentado, en el umbral de la puerta de madera con cincel herrumbroso, escuchando la música del telar de mi abuela Asunción.

Mi padre me contó una historia… Cuando aún la guerra, arrastraba el hambre y la miseria y ya casi no había que comer, en una Europa desvastada por el odio y la ambición, para él, tener 7 años había sido, demasiado triste…

En la casa de su tía María tenían unas pocas gallinas y aunque más de una vez hubieran querido devorárselas en un rico caldo o, mejor aún, en un guiso arrollador, era necesario conservarlas, porque esos plumíferos proveían de algo que a ellos les hacía falta. Comerse una escuálida gallina implicaba saciar el hambre por un rato, en cambio, si la conservaban, tenían una segura provisión de huevos que resultaba bastante más rendidora. De modo que las gallinas eran sagradas para la familia y las cuidaban mejor que a cualquier cristiano. Una tarde mi padre estaba abocado a su tarea de vigilante, observando como las aves picoteaban en el suelo, entre las piedras. Debía estar atento para que no se dispersaran demasiado pero ocurrió, lo que prometía ser una catástrofe. Un carro que venía bajando por el pasaje atropelló a una de ellas, dejándola tirada en el suelo inmóvil. Mi padre gritó espantado y su tía corrió para ver que había sucedido.

-Carmelino que cosa è successo?

- Zia, Zia, la gallina…

-Dove é la gallina? Dove?

- É morta!

-Ma come,che cosa stai dicendo? Impossibile!

- É morta! É vero!É morta… povero gallinetta… É dura, dura come una statua…

- Madona Santa!Vieni qui, porta súbito la gallina. Ma que desgracia!

La Tía María llevó la gallina a la casa colgando de las patas como trofeo inútil, entró a la cocina vociferando a los cuatro vientos en su dialecto calabrés, y comenzó a calentar agua.; según mi padre, él la observaba apenado, pero en el fondo, se le hacía agua la boca de solo pensar en el manjar de la cena, mientras todos se persignaban y se lamentaban por la terrible pérdida. Es que solo tenían tres gallinas. Solo tres. Cuando la olla estaba humeando, María tomó a la finada, la introdujo en el agua caliente y comenzó a desplumarla. Cuando ya estaba casi completamente limpia, para sorpresa de todos, la gallina comenzó a chillar y a sacudirse con vehemencia salpicando, en todas las direcciones. El grito de horror de mi padre retumbó en la cocina y de inmediato llegó mi abuela y mi tío Pepe para ver que había sucedido. ¡Él pensó que la difunta había resucitado! Me contó mi padre que todos comenzaron a reir a carcajadas y trataban de calmarlo convenciéndolo de que no era así, que en realidad la gallina solo había estado desmayada y había reaccionado con las maniobras de la Tía María.



Esa noche, la cena fue la de siempre: “legumi” Mi abuela Asunción confeccionó un vestido de lana verde y se lo colocaron a la desplumada gallina, todavía el invierno no terminaba y de otro modo, no sobreviviría a las bajas temperaturas.

Desde ese día la graciosa gallina vestida, se paseó por las callecitas de Guardavalle, con su vestido verde vida, enarbolando una bandera de esperanza.


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