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La fuga del pensar


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LA FUGA DEL PENSAR

MARTÍN HEIDEGGER

No nos engañemos. Todos nosotros, incluidos aquellos que pensamos por pura exigencia profesional, somos a menudo pobres en pensamien­to; todos, con harta facilidad, estamos faltos de pensamientos. Esta carencia de pensamiento es un inquietante huésped que, en el mundo actual, está llegando y marchándose de continuo; pues hoy día, por la vía más veloz y barata, toma uno conocimiento de todas y cada una de las cosas para olvidarlas en el mismo momento con idéntica rapidez. Así se encadenan, sin tregua, los actos públicos. Las fiestas conme­morativas (Gedenkíeienf), resultan cada vez más pobres, en pensa­mientos (en Gedanken). (...).

Pero, aun cuando estemos faltos de pensamientos, no renunciamos a nuestra capacidad de pensar. La necesitamos incluso, ineludiblemente, aunque, en verdad, de una especial manera: haciendo que en la caren­cia de pensamientos quede en barbecho nuestra capacidad de pensar. Ahora bien, en barbecho sólo puede estar lo que en sí constituye una base para el crecimiento, como por ejemplo un campo de cultivo. Una autopista, en la que nada crece, no podrá ser nunca barbecho. Al igual que podemos quedamos sordos sólo porque oímos, al igual que llega­mos a viejos sólo porque fuimos jóvenes, lo mismo podemos volvemos pobres en pensamiento, o hasta faltos de pensamientos, por razón de que el hombre, en el fondo de su ser, posee la capacidad de pensar, "espíritu y entendimiento", y porque está destinado a pensar. Sólo aque­llo que, sabiéndolo o no, poseemos, podemos perderlo o, como se dice, quedamos sin ello.

La creciente falta de pensamiento reside, por ello, en un proceso que corroe el más íntimo meollo del hombre actual. El hombre actual está en fuga del pensar. Esta huida al pensamiento es la causa de !a falta de pensamiento. Pera a esta fuga corresponde también el hecho de que el hombre no quiere verla ni confesarla. El hombre de hoy llegará a negar rotundamente esa fuga al pensamiento. Y afirmará lo contrario. Dirá -y esto con entera razón- que en ningún tiempo se ha planeado con tanta amplitud ni se ha investigado tanto, ni se ha explorado tan apasionada­mente como en nuestros días. Es cierto. Esta movilización de agudeza y reflexiones es de gran utilidad. Semejante pensamiento es imprescin­dible. Pero..., hay que tenerlo en cuenta, ese pensamiento es de índole especial.

Su peculiaridad consiste en que cuando planeamos, investigamos o montamos una empresa, contamos siempre con determinadas circunstancias. Esas circunstancias las tomamos en cuenta partiendo de la calculada intención hacia determinados fines. Operamos anticipada­mente con determinados éxitos. Este contar, calcular, caracteriza todo el pensamiento planeador e investigativo. Tal pensamiento sigue siendo un calculo aun cuando no opere con números y no eche a andar la máquina contadora, ni ninguna gran instalación de cálculo automáti­co. El pensamiento que cuenta, calcula. Calcula con posibilidades con­tinuamente nuevas, con posibilidades cada vez más prometedoras y, al propio tiempo, más baratas. El pensamiento calculador no se detiene nunca, no se para a reflexionar, no es un pensamiento que medite so­bre el sentido que impera en todo cuanto existe.


Hay, pues, dos clases de pensamiento, y las dos, cada cual a su modo se justifican y son necesarias: el pensamiento calculador y la medita­ción reflexiva (das rechninde Denken y das besinnliche Nachdenken).
A esta meditación es a la que nos referimos al decir que el hombre actual esta en fuga del pensamiento. Sólo que, así se arguye, la mera meditación se encuentra flotando sobre la realidad cuando menos lo espera. Pierde tierra. No sirve para salir adelante en los negocios ordi­narios. No aporta nada a la práctica cotidiana.
Y se dice, en fin, que la mera meditación, la constante reflexión, es demasiado 'elevada' para el entendimiento normal. En esta excusa sólo una cosa es cierta: que el pensamiento reflexivo está tan lejos de resultar por si mismo como lo está el pensamiento calculador. El pen­samiento reflexivo reclama a veces mayor esfuerzo. Exige un adiestra­miento más prolongado. Precisa de un cuidado todavía más fino que el de toda otra auténtica obra de artesanía. Pero además debe saber es­perar, lo mismo que el labrador, a que la siembra brote y a que llegue a madurez.
Por otra parte, cualquiera puede seguir a su manera y dentro de sus límites los caminos de la meditación. ¿Por qué? Porque el hombre es el ser pensante, o sea reflexivo. Por ello, tampoco en la meditación necesitamos en modo alguno propender a lo más alto y singular. Basta con que nos demoremos en lo próximo y reflexionemos en lo más próximo, en lo que a nosotros, a cada cual, aquí y ahora nos atañe. Aquí, en esta mancha de tierra patria; ahora, en el presente instante universal.
Nos ponemos meditativos y preguntamos: ¿A cada crecer de una obra auténtica no le corresponde el enraizamiento en el suelo de una patria? Johann Peter Hebel escribe en una ocasión: "Somos plantas, queramos o no confesarlo de buena gana, que debemos salir de la tierra para florece en e[ éter y poder dar frutos.' (Obras, edición Altwegg, -III, 314).
El poeta quiere decir: Donde ha de crecer una obra humana verdadera­mente gustosa y bienhechora, el hombre tiene que alzarse desde la profundidad del suelo patrio hasta el éter. Eter significa aquí el aire libre del alto cielo, la abierta región del espíritu.

Nos ponemos más meditativos y preguntarnos: ¿Qué pasa hoy en rela­ción con lo que dice Johann Peter Fiebel? ¿Existe aún ese plácido habitar del hombre entre tierra y cielo? ¿Reina aun sobro el campo el reflexivo espíritu? ¿Hoy todavía patria de raíces fuertes en cuyo suelo (Boden} el hombre resida permanentemente, esto es, se asiente con fijeza, sea allí autóctono (bodenstándig)?


Muchas personas (...) perdieron su patria, tuvieron que abandonar sus aldeas y ciudades, fueron expulsadas del suelo patrio. Un sinnú­mero de otros que conservaron su patria, peregrinan lo mismo que aque­llos, van a parar al ajetreo de las grandes urbes, tienen que establecerse en el desierto de las zonas industriales. Se han enajenado de la vieja patria. ¿Y los que permanecieron en ella? En gran parte son más apátridas que los expulsados de su tierra. Durante horas y a diario son exilados a la radio y a la televisión. Semanalmente el cine se los lleva a descomunales -a menudo sólo comunes- provincias de ideas, fingidoras de un mundo que no es mundo alguno.
En todas partes se halla a mano la "revista ilustrada". Todo esto, con que los modernos instrumentos de la técnica noticiosa seducen, asaltan, agitan al hombre..., todo esto es hoy ya más cercano al Hombre que el terruño propio en torno a la hacienda, más cercano que el cielo que cubre el campo, más cercano que el andar de las horas en el día y la noche, más cercano que los usos y costumbres de la aldea, más cercano que la tradición del mundo patrio.
Nos ponernos aún más pensativos y preguntamos: ¿pasa a los expul­sados algo diferente que a los que permanecen en su tierra? Respues­ta: la autoctonía del hombre actual está amenazada en los más ínti­mos. Más aún, la pérdida de la autoctonía no está causada sólo por circunstancias y destinos externos, ni se debe únicamente al abandono y al modo superficial de la vida de los hombres. La pérdida de la autoctonía viene de! espíritu de la época en que nos ha tocado nacer


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