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La fuerza incontenible de la tierra. Sagrario torres


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Natividad CEPEDA *:
LA FUERZA INCONTENIBLE DE LA TIERRA.

SAGRARIO TORRES
Se quebró su tallo un seis de marzo de la misma manera que se quiebra la flor de los frutales más tempranos. Corría el año del Señor de 2006, y sus ojos se cerraron después de haber librado sus batallas, a la manera quijotesca y audaz de las mujeres de la tierra. Aquí, en esta tierra castellana y manchega de Valdepeñas, vieron la luz sus ojos la primera vez que se asomó a la vida. Sagrario Torres Calderón tenía vehemencia en la mirada, y era deliberadamente anárquica, y hasta altiva, con aquellos que intentaban ignorarla. Junto a la sangre manchega de su madre, por los ríos de su cuerpo, corría la andaluza de su padre. Y como herencia de casta y de linaje, además del amor a la tierra, llevaba la de la trova y el verso de su abuelo Teodoro Torres de Torreperogil Jaén al que como muy bien relata en su libro de poemas autobiográfico Los ojos nunca crecen, no llegó a conocer.
Yo conocí a Sagrario en otro tiempo, eran tiempos de cambio y de esperanza. Creo que yo no rozaba la treintena, y ella, era hermosa, y todavía conservaba en su mirada la tempestad y el empuje de la mujer que se apasiona por la vida. La recuerdo majestuosamente enfurecida, sentada con aire distante, y muy femenina, fumando un cigarrillo rubio en la Casa de Cultura de mi pueblo. Se levantó al verme, y como siempre yo con mis eternos despistes, empecé a presentarme, a la vez que me disculpaba por mi retraso y su espera. Me miró con cierto aire burlón y me dijo: “Niña, eres demasiado alta para mí, no deberías haber crecido tanto, no sigas yo sé quien eres.” Y con cierta frialdad me preguntó a donde se podía comer algo. Desde entonces Sagrario Torres abrió su corazón de tierra y cielo para mí.
Es difícil hablar de quien se ha ido, cuando ya no es posible recobrar los momentos que debí dedicarle, y aunque intento remontar en mis recuerdos, una voz interior me dice que hice mal en no escucharla cuando en diferentes ocasiones, ella, me dijo, que quería que yo escribiera su biografía. Estamos en una nueva primavera, y regreso a otra, en la que ella llegó a mi casa con un libro de poemas, que era más bien un libro de protesta. Con aire de amargura y desencanto, me dijo que a nadie de la Mancha, le había interesado el libro. Me duele esa indiferencia y ese abandono, pero yo sé que es un buen libro y por eso ya está aquí. Y puso en mis manos Poemas de la Diana, que fue editado dentro de la Colección Álamo de Salamanca, y de la que era su director el poeta José Ledesma Criado, que también ha muerto este año. Las palabras y las personas son humo que se diluyen en el recuerdo para tener su puesto en el olvido. Siempre es demasiado tarde para hacer aquello que se quedó pendiente. Y al repasar la vida cuando se suman años, flotan esas deudas, obstinadamente en la memoria. Alguien puede pensar que a ¿quien le interesa la vida y obra de una poetisa de la Mancha? Una poetisa que no está en demasiadas Antologías; es normal, si Sagrario Torres hubiera nacido hombre hoy ocuparía un puesto más destacado dentro del panorama literario. Pero la injusticia es moneda en circulación y se desliza por la vida y por la muerte con un guión imperturbable de continuidad. A Sagrario Torres se le ha vetado dentro de su propia tierra. Esa tierra que ella amó y cantó sin trampa y sin ayudas. Sin lisonjas y sin prebendas. Pero aunque no figure en algunas colecciones provinciales, y que desde luego debería ser una autora editada para gloria de esas editoriales, su poesía está vigente y la muerte no borrará su verso.

Ahora que ya empieza a ser polvo y amor de ensoñación en los canales de la tierra, ahora que ha viajado, una vez más, solitaria, hacia esa otra orilla donde Caronte le habrá ofrecido su barca, se acordarán de ella y escribirán su nombre. Pero su verso queda y es el más firme y leal testamento de esta mujer a Natividad CEPEDA *:

tierra. Se durmió la bella dama rezando su oración que nos dejo en uno de sus libros...
Tú sabes, Dios del mundo,

Dios de toda conciencia. que en los ríos,

en el mar y en los pozos,

quise limpiar mi corazón más que mi casa.


Sagrario se ha marchado; ya no nos pertenece. Con ella se acabaron tanto dolor inexplicable.
Me duele tanto el corazón, tanto la espalda, que ya no sé ni como lo soporto.
Me decía estos últimos años cuando hablaba con ella por teléfono.
Me duele la falta de justicia, y a mi no me hará callar ningún juez, perderé pero no sin dar mi batalla y clamar por lo que me pertenece.
Peleó por la estafa de una factura falsa. Peleó y perdió. Todos los que la queríamos le aconsejamos que no gastara fuerzas en esa batalla. Pero a nadie escuchó. Sagrario era así rebelde y sin sombra de miedo o cobardía. Mujer trajinadora y brava, volvía desde Madrid sus ojos hasta los cardos bellísimos de su tierra. Ella los tenía a la entrada de su casa, para dar la bienvenida al visitante, y para recordarle de donde procedía, y hacía donde acabarían sus pasos. En su libro "Poemas de la Diana" le cantó a la tierra haciendo suya la defensa de Cabañeros. Para escribir se fue allí, y convivió con las personas de esos pueblos. Se quedó formando parte de la naturaleza que querían convertir en campo de tiro, y volvió a enamorarse de la tierra. De esa fuerza natural escribió y de las sencillas gentes que la habitaban. A su vuelta, cuando nos contaba su experiencia, esos ojos suyos, tan diáfanos, se llenaban de luz y de lágrimas, emocionándose al recordar aquél abril que le mostró la primavera en su exultante misterio de belleza y transformación, y donde ella fue una parte más del paisaje y del momento. De esa vivencia nos dejó el legado de un libro. De él son estos versos tan premonitorios ...
Dame tu pecho, tu calor, tu hondura.

Vuelve a mis huesos mineral rosado.

Hazlos punzones para tu bordado,

carretes en tu mimbre de costura.


Hazme raíz de cardo en la llanura.

Cuarzo. Cristal que rompa tu techado,

y pueda ser pulido y azogado

para verme sin ver mi sepultura.



Sagrario Torres amó desesperadamente a la vida, y a la Mancha, en ella duerme, en ella queda, que su palabra de mujer y de poeta sea el rumor de cada nueva primavera.

* Natividad CEPEDA, poetisa y ensayista manchega.







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