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La facultad de farmacia y bioquímica está celebrando sus 55 AÑos por Amalia Beatriz Dellamea


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FFyB. Mayo de 2012

LA FACULTAD DE FARMACIA Y BIOQUÍMICA ESTÁ CELEBRANDO SUS 55 AÑOS

Por Amalia Beatriz Dellamea

Centro de Divulgación Científica

Facultad de Farmacia y Bioquímica

Universidad de Buenos Aires




En mayo de 1770, seis años antes de crearse el virreinato del Río de la Plata, el Cabildo de Buenos Aires autorizó al milanés Agustín Pica y Milans para el ejercicio de la profesión farmacéutica, hecho que lo convirtió en el primer boticario laico de nuestros territorios. Mucha agua ha corrido desde entonces en la historia de la profesión y en la de los sucesivos ensayos para su enseñanza formal.

El texto que sigue propone un breve racconto, un rescate a grandes trazos de hitos en la rica y compleja historia de los antecedentes, el establecimiento y la creación de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, en ocasión de conmemorar sus 55 años de vida académica independiente.


El 25 de mayo se conmemora la creación de la Facultad de Farmacia y Bioquímica (FFyB) de la Universidad de Buenos Aires, instaurada por Decreto Ley 5.293 del 24 de mayo de 1957 del Poder Ejecutivo Nacional, con las firmas del por entonces presidente provisional Pedro Eugenio Aramburu, y del ministro de Educación y Justicia, Acdeel E. Salas.

La nueva unidad académica fue constituida sobre la preexistente Escuela de Farmacia y Bioquímica de la Facultad de Ciencias Médicas. Su creación significó “la consagración de más de 100 años de ciencia acumulada”, en opinión del doctor Alejandro Ceballos, quien se desempeñaba como rector interventor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) al momento de la fundación de la nueva Facultad.

En realidad, los precedentes del ejercicio de la profesión farmacéutica en los territorios de la actual República Argentina se remontan a los primeros médicos que arribaron en la época de la colonia, quienes preparaban los remedios que aconsejaban. El Cabildo intervenía en los trámites necesarios para validar títulos y antecedentes presentados por médicos, cirujanos y boticarios, hasta la constitución del Protomedicato.

El Protomedicato fue creado en carácter provisorio (es decir, hasta que se contara con autorización real), por el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo el 17 de agosto de 1780. Para esa fecha Vértiz remitió una circular a todas las ciudades, en que comunicaba la creación de este instituto responsable de ordenar la atención de la salud, como relatan Juan Carlos Veronelli y Magalí Veronelli Correch.

Ahora bien, los antecedentes de los estudios de Farmacia en el marco universitario rioplatense, estrictamente hablando, deben ser rastreados en las etapas iniciales de la vida nacional, una vez independizados los territorios de la corona española. Así, por ejemplo, en los planes originales del presbítero Antonio María Saénz para la creación de la Universidad de Buenos Aires, proyecto en el que venía trabajando con insistencia desde mediados de la década de 1810, se contemplaba que el Departamento de Medicina de la naciente Universidad debía incorporar dos cátedras: una de Clínica Quirúrgica y otra de Farmacia. Pero el anhelo de Sáenz no se concretó en la primera estructura que recibió la UBA en 1821.

Bernardino Rivadavia, quien motorizó desde el plano político la creación de la UBA, y se esmeró en contactar y contratar en Europa, durante su prolongada actividad diplomática, entre 1814 y 1820, a varios profesores de ciencias para el Río de la Plata, contrató en 1826 a Pedro Carta Molino (o Molina). Carta era un médico piamontés, nacido en Turín (Italia) en 1797, que había obtenido el diploma de médico en la Universidad de su ciudad natal en 1819, donde además había sido catedrático. Debió exiliarse por razones políticas en España, Francia, Suiza, Alemania, y finalmente en Inglaterra. Fue en Londres, justamente, donde conoció a Rivadavia.

“En agosto de 1827 Carta Molina inauguró la cátedra de Física Experimental y de Materia Médica y Farmacia de la Universidad de Buenos Aires. Si bien, habría dictado una sola vez el curso de Física Experimental, siguió impartiendo Materia Médica para los estudiantes de Farmacia hasta 1833”, señala el doctor en Medicina y en Historia de la Ciencia, Miguel de Assúa.

“La obra de Carta había sido importante, en especial por su prédica a favor del estudio de las ciencias naturales, posición que expresó en su obra de 1827, Dos lecciones de introducción al curso de Física Experimental. Había mejorado sensiblemente, además, el Gabinete de Física y el de Química”, se rescata en la biografía del médico piamontés publicada por el Programa de Divulgación Científica de la Facultad de Matemática, Astronomía y Física, de la Universidad Nacional de Córdoba.

Carta Molina había solicitado a Rivadavia, mediante una carta personal, que fuera contratado su coterráneo Carlos Ferraris, también nacido en Turín y que había egresado como farmacéutico en 1817. Ferraris había estado exiliado en España y Francia, hasta que se asentó en Bruselas (Bélgica), donde abrió una botica. Llegado a los territorios del Río de la Plata se desempeñó como encargado del Gabinete de Física y Química, y conservador de los objetos de la Sala de Historia Natural. Además estableció su propia farmacia, en la calle Defensa 179/185, frente al Convento de Santo Domingo, edificio donde por entonces funcionaba la UBA.

Es de desatacar el decreto dictado el 9 de abril de 1822, conocido como “Arreglo en la Medicina”, y que fue reputado como el primer intento de estructuración de un sistema de salud pública nacional. Los basamentos de la normativa habían sido aportados por los doctores Francisco Cosme Argerich y Juan Madera, que efectuaron una concienzuda revisión del estado y el nivel de los estudios médicos y la reglamentación del arte de curar. El artículo 22 de ese plexo normativo determinó que la Farmacia quedara incorporada a la Escuela de Medicina “formando sus profesores un solo cuerpo con los de Medicina, con la opción de los grados de licenciado y doctor”. Sin embargo, todavía no se especificaba con claridad qué tipo de estudios debían impartirse.

Luego de la caída de Rivadavia, que puso relativo fin a lo que el historiador de Asúa dio en llamar “la primavera científica del Río de la Plata”, se iban a vivir nuevamente épocas convulsas en la historia nacional. “En todo caso, un rasgo distintivo del período fue el aislamiento, debido no solo a que la enorme mayoría de la elite intelectual vivía en la emigración, sino también al bloqueo anglo-francés”, señala de Asúa en Una gloria silenciosa. Dos siglos de ciencia en la Argentina.

Un nuevo hito para el derrotero histórico de la enseñanza de la Farmacia puede emplazarse en el 5 de julio de 1852, cuando el farmacéutico Juan Ignacio Robles solicitó al gobierno provincial de Buenos Aires autorización para formar una cátedra de Farmacia en su laboratorio privado, dada la ausencia de profesores y cátedras de esa materia.

El gobernador Vicente Fidel López autorizó, tres días después, el curso propuesto por Robles y habilitó a quienes lo hubiesen realizado a ser examinados para la obtención del título de Farmacéutico en la Universidad de Buenos Aires. A su vez, la propia Facultad de Medicina facultó a Robles para que impartiese “uno o dos cursos” hasta que se constituyera la cátedra de Farmacia.

Pero, si de poner de relieve un año clave para la instauración de la enseñanza oficial de la Farmacia en la Argentina se tratase, ese fue 1854. “Por decreto del 24 de abril de 1854 el gobierno argentino autorizó a la Facultad de Medicina de Buenos Aires, a matricular alumnos de Farmacia. La primera matrícula fue concedida al alumno Esteban Massini, el 3 de mayo de 1854. Pronto se inscribieron 8 estudiantes más, en lo que constituyó la primera camada de estudiantes universitarios de Farmacia en la Argentina”, señalan los doctores Roberto García, Adriana Carlucci y Carlos Bregni, de la Cátedra de Farmacotecnia I de la FFyB, en un artículo de la revista Acta Farmacéutica Bonaerense.

En esta primera etapa de la formación oficial, “el programa de estudios constaba de dos años de duración. Durante el primer año se cursaba Física y Química, cátedras que dependían de la Universidad (…) mientras que en el segundo año debía cursarse Materia Médica, conjuntamente con los alumnos de Medicina”, detallan los expertos de la cátedra de Farmacotecnia I. Para obtener el título, los alumnos debían acreditar ejercicio previo de por lo menos 3 años en una farmacia, bajo la supervisión de un profesional farmacéutico.

En los tres decenios subsiguientes, la UBA, y sus dependencias académicas, de las que no queda excluida la enseñanza universitaria de la Farmacia, siguieron los desasosegados meandros del derrotero político y administrativo que la Nación fue experimentando.

El desenlace de la crisis política de 1880, con la consecuente federalización de la ciudad de Buenos Aires, por ley del Congreso del 20 de septiembre de ese año, vino a cerrar el prolongado capítulo de la integración nacional. Se “entregaba a la nación la tenazmente disputada cuidad de Buenos Aires, y la Universidad seguía el destino en que había crecido”, que demandó una compleja tarea de reestructuración de la UBA, como explica el doctor en Historia Tulio Halperín Donghi, en su obra señera Historia de la Universidad de Buenos Aires.

Finalmente, el 18 de enero de 1881, la Universidad era entregada al gobierno nacional. En este escenario reorganizativo que demandó varios años, la Facultad de Ciencias Médicas quedó constituida por tres escuelas: la Escuela de Medicina, la Escuela de Odontología y la Escuela de Farmacia.

Otro jalón de relevancia puede ser situado en 1916, cuando se aprobó “un nuevo plan de estudios propuesto por Miguel Puiggari, que establecía nuevamente el Doctorado en Farmacia, que había quedado interrumpido desde 1897 al crearse el Doctorado en Química; el plan comenzó a regir en 1917”, aportan los doctores García, Carlucci y Bregni. A lo que agregan: “El calor y entusiasmo con que fuera acogida la reimplantación del Doctorado en Farmacia se vio reflejada en los 80 farmacéuticos que se presentaron de inmediato para comenzar los estudios. Fue de vital importancia para la creación del Doctorado en Bioquímica y Farmacia por los doctores Sánchez y Loudet”.



El surgimiento de la profesión bioquímica

“Lo que hoy conocemos como “bioquímica” prácticamente no era ni siquiera nombrada en los inicios del siglo veinte, pues se considera que esta ciencia nació con el descubrimiento de la amilasa en 1893. De ahí la tremenda importancia que tuvo la creación del doctorado de Bioquímica y Farmacia en 1919, por la visión del profesor Juan Sánchez. Por ese año, Sánchez era profesor titular de la Cátedra de Química Analítica Aplicada a Medicamentos de la Escuela de Farmacia de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA. Elegido consejero por la Escuela de Farmacia, Sánchez, secundado por el joven médico Osvaldo Loudet, ideó y presentó el proyecto de creación del Doctorado en Bioquímica y Farmacia”, se relata en la página oficial de la Asociación Bioquímica Argentina (ABA).

“Lo verdaderamente novedoso de la propuesta de Sánchez fue la concepción de una carrera íntegramente cursada en la Facultad de Ciencias Médicas, que estableciera la estrecha correlación entre los estudios médicos, fisiológicos y químicos biológicos, y fuera más allá del curso de posgrado de Dr. en Farmacia, que no satisfacía las necesidades de la comunidad ni del avance científico de la medicina que ya exigía otra profesión”, explica el doctor Héctor M. Ávila, en un artículo escrito en homenaje a Juan Sánchez. “Es decir, que el profesional que hoy conocemos como Bioquímico, originariamente Farmacéutico, nació aquí, en la Argentina. Luego se integró rápidamente como profesional de la salud para coadyuvar en el diagnóstico y pronóstico de las enfermedades, sin minimizar la capacitación que brinda esta carrera para otras orientaciones como la bromatología, la toxicología, entre otras”, continúa Ávila. Pronto, otras universidades argentinas y del exterior, especialmente de los países de América Latina, propulsaron proyectos similares.

Hacia la creación de la Facultad de Farmacia y Bioquímica

Para mediados de la década de 1950, en el momento de su creación, la Facultad de Farmacia y Bioquímica contaba con una respetable tradición académica cimentada en el funcionamiento interrumpido desde 1854 de los estudios de Farmacia en el seno de la Facultad de Ciencias Médicas, se señala en la página oficial de la FFyB.

Un buen número de los profesores de la Escuela tuvieron gran prestigio nacional y entre ellos puede recordarse a Adolfo Mugica, ministro de Agricultura y Ganadería del presidente Roque Saenz Peña; a Angel L. Gallardo, canciller del presidente Marcelo Torcuato de Alvear; a Juan A. Sánchez, creador del Doctorado en Bioquímica y Farmacia; a Felipe Justo, profesor de Higiene y hermano del presidente Agustín P. Justo; y a Juan A. Domínguez, creador de la Farmacobotánica argentina y director del Instituto de Botánica y Farmacología. Estos distinguidos profesores contribuyeron a establecer la respetable tradición mencionada. La integración de algunas de las cátedras de la Escuela, como las de Química Biológica y de Fisicoquímica, en el período 1930-1943, al prestigioso Instituto de Fisiología de la Facultad de Ciencias Médicas, dirigido por el doctor Bernardo A. Houssay, también contribuyó a la tradición académica y al reconocimiento de la Escuela como un centro de conocimientos.

En el momento de su constitución, la nueva Facultad de Farmacia y Bioquímica recibió, de acuerdo con el Decreto de creación, el uso de “los espacios que actualmente ocupa” en el entonces nuevo y monumental edificio de la Facultad de Ciencias Médicas, que había sido erigido en base al art. 6º de la Ley 11.333 de 1937.

Esos espacios, los mismos que en la actualidad sigue ocupando la Facultad, eran en 1957 un marco edilicio espectacular y más que suficiente para los aproximadamente 30 profesores y 1.200 alumnos de la época.

La FFyB hoy

La Facultad de Farmacia y Bioquímica imparte cinco carreras universitarias: la de Farmacia, la de Bioquímica, la Licenciatura en Ciencia y Tecnología de los Alimentos (junto con la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales), la de Ópticos Técnicos y la de Técnicos para Bioterio.

Se dictan nueve Carreras de Especialización categorizadas por la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU). En Bioquímica Clínica, las correspondientes a las áreas de Bacteriología Clínica, Hematología, Química Clínica, Citología, Endocrinología; y en Farmacia, las de Desarrollo y Garantía de Calidad, Desarrollo Galénico y Producción Farmacéutica, Esterilización y Producción de Cosméticos. A ellas debe agregarse la Carrera de Especialización en Gestión de Calidad y Auditoría en Bioquímica Clínica.

En el marco de Convenios con el Ministerio de Salud y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se realiza la supervisión académica de residentes en Bioquímica Clínica, Toxicología y Farmacia Clínica.

Es de destacar el Doctorado que ofrece, que ha sido calificado con “A” por la CONEAU. Los profesionales doctorados en la FFyB superan largamente el millar. Se ofrece también un conjunto de maestrías. La oferta de cursos de actualización y perfeccionamiento, que además otorgan puntaje para el Doctorado, promedian unos 120 por año calendario.

Los docentes investigadores producen unos 400 trabajos científicos anualmente, que se publican en revistas internacionales y nacionales con referato. También se desarrolla una intensa actividad de transferencia de tecnología, que fue estimada en $17.000.000 en 2011.



La FFyB brinda servicios de fuerte inserción social, como Bioquímica Clínica, Huellas Digitales Genéticas y Toxicología y Química Legal.

Dos excepcionales pioneros de los estudios biomédicos obtuvieron el grado de farmacéuticos en esta Facultad: Juan A. Sánchez, propulsor del reconocimiento de la Bioquímica como profesión autónoma y creador del Doctorado en Bioquímica y Farmacia (desde 1961, el día de su nacimiento, el 15 de junio, se conmemora el Día del Bioquímico en la República Argentina); y Bernardo Houssay, ganador del premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1947, hecho que lo convirtió en el primer científico latinoamericano que obtuvo el galardón más preciado en la actividad científica.


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