Página principal

La espada de eloy alfaro


Descargar 44.13 Kb.
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño44.13 Kb.
LA ESPADA DE ELOY ALFARO

Montecristi, 25 de marzo de 2011

Queridas compañeras, queridos compañeros:

¡Qué emocionado que me siento el día de hoy! Emoción de estar en este lugar que es leyenda, que marca un hito histórico en nuestro país. Aquí se redactó entre todos, con todos, sin propietarios, sin dueños, la Constitución de Montecristi; esa Constitución que acabó con la larga y triste noche neoliberal y que, por todos lados, huele a don Eloy Alfaro, a la Revolución Liberal, a las Montoneras, a tanto que nos dejó “El Viejo Luchador”. Emocionado de recibir esta espada victoriosa de Gatazo, de ponerla en este sitio para que, por fin, podamos honrar como se debe la memoria de don Eloy Alfaro.

Viendo esos símbolos de poder como: su bastón de mando; el ferrocarril que le diera el empresario Harman, después de haber culminado esa extraordinaria, impresionante obra de ingeniería; su traje de Masón; y ahora también esta espada vencedora en Gatazo, que fue la batalla que abrió el camino hacia la victoria definitiva.

¡Qué emoción ver este recinto lleno de gente sencilla, gente trabajadora, de representantes de la Asociación de Personas con Capacidades Especiales de Manabí, de representantes de los artesanos, de representantes de nuestras comunas de Bajos de Montecristi, Manantial, Río Bravo, Picoazá! Simbolizando muchas cosas: que esta Constitución que se redactó en este lugar construido por la Revolución Ciudadana no tiene dueños, no tiene propietarios, es de todas y de todos, sobre todo de ese pueblo sencillo que se encuentra hoy presente, y que ¡no hay un pueblo para la Constitución, sino la Constitución para el pueblo!; y si hay que reformarla y enmendarla, así lo haremos.

Miren esa frase: “Si en lugar de afrontar el peligro hubiera yo cometido la vileza de pasarme al enemigo, habríamos tenido paz, mucha paz, la paz del coloniaje”.

Si en lugar de afrontar el enemigo hubiera yo cometido la vileza de quedarme sentado en el sillón presidencial, cómodamente en mi oficina en Quito, sin correr más riesgos, sin reformar la justicia, sin sancionar la corrupción, sin solicitar al pueblo ecuatoriano su aprobación para modificar la Constitución en aquello que debe ser modificado, hubiéramos tenido paz, hubiéramos tenido los aplausos de la oligarquía, de la prensa corrupta; pero, hubiera sido la paz del coloniaje.

Estamos aquí, compañeros, para cambiar este país. Preguntémonos ¿qué hubiera hecho don Eloy en este momento histórico? ¿Estar con los que le dicen NO a todo? ¿Con los que nos quieren inmovilizar? Que caen en el fetichismo de decir “la Constitución no se toca porque la hicimos nosotros, somos sus propietarios”; o estar con la Revolución Ciudadana que dice SÍ al cambio, SÍ a la Patria nueva, SÍ a la Patria de todas y de todos.

Creo que la historia, inmerecidamente, nos ha deparado sanos orgullos, hermosas coincidencias; después de un siglo de esa Revolución Liberal, se realiza la Revolución Ciudadana. Por supuesto, a la cabeza de esa Revolución Liberal estaba el inmenso Eloy Alfaro ¡Cómo quisiéramos tener un Alfaro en nuestros días!

Pero, a esta revolución le ha tocado rescatar muchos símbolos de la Revolución Liberal, que fueron destruidos, opacados, destrozados por la desidia, la indolencia, la antipatria, por la larga y triste noche neoliberal; por ejemplo: el Registro Civil, creación de don Eloy Alfaro, que lo convirtieron en la antología de todos los males del sector público (corrupción, ineficiencia, indolencia, maltrato) hoy, se convierte en una de las mejores instituciones del país. De igual manera, esa obra de ingeniería extraordinaria: el tren, que lo dejaron morir en la larga y triste noche neoliberal, lo desguazaron, se lo repartieron como botín entre piratas, se robaron hasta los rieles, y el próximo año ya será nuevamente una realidad, escuchando su silbato, viendo su humareda por los rincones del recorrido de Guayaquil a Quito, como lo hiciera hace un siglo el Viejo Luchador.

Y tal vez por todo eso, nos honra también tener los mismos enemigos, ¿verdad? ¡Prohibido olvidar! Quiénes fueron los enemigos de la Revolución Liberal, quiénes fueron los enemigos de Alfaro, quiénes fueron los cómplices –incluso autores- de ese magnicidio, de la Hoguera Bárbara, del cruel, del cobarde asesinato: fue una prensa corrupta que escribía editoriales malintencionados, manipuladores, incitadores a la violencia; fueron los sectores más retardatarios de la iglesia, que hoy también - ni siquiera frontalmente-, sino con maniobras dignas de politiqueros, mandan mensajes subliminales para que el pueblo se pronuncie NO en la consulta.

Nos honra también -y nos confirma en el camino- que la Revolución Ciudadana tenga los mismos enemigos que tuvo la Revolución Liberal.

Llegó el “Viejo Luchador” a Guayaquil el 18 de junio de 1895, tenía 53 años pero estaba más joven que nunca; llegó en el vapor Pentaur; venía de Nicaragua el “Cóndor de América”, en donde le habían nombrado General de División, el 12 de febrero de 1895, por haber contribuido en la lucha por la libertad de conciencia, por el laicismo y por la integración de la Patria Grande.

Fue recibido con júbilo, vítores, música y unas coronas de «pepas de chaquira» de muchos colores. El 19 de junio, a la noche, le ciñeron la banda presidencial en nombre del pueblo guayaquileño. Ese monumento de hombre que era el general, no vino a sentarse a descansar, vino a dar pelea, a terminar con siglos de explotación, de injusticia, de inequidad; su vida entera estuvo al servicio de los grandes ideales, de la dignidad y de la soberanía de la Patria. Vino a dar batalla, a poner el pecho; vino a afrontar el combate final en contra de un sistema oligárquico, excluyente, oprobioso.

Estuvo durante varias semanas velando armas, organizando a las tropas, organizando la conciencia, el arsenal, la pólvora y el canto; iba repartiendo ideas y armas, que para una batalla por la libertad, vienen a dar igual. “En la demora está el peligro”, decía, mientras iba repartiendo la esperanza.

En la demora está el peligro, y algunos que parece que no tienen urgencia, que este país para que cambie puede esperar dos siglos más… ¡En la demora está el peligro!

El combate se perfilaba de inmediato, era urgente, absolutamente necesario. El ejército de indios, de negros, de mestizos, de montoneros pobres, de angustiados sin tierra, sin educación, estaba librando una dura lucha por la vida, por el trabajo, por la educación laica, por la participación de las mujeres; este ejército de revoltosos estaba cambiando la historia; estaba, a fuerza de sueños, abriendo las puertas del futuro, inaugurando el siglo XX, porque como llegó a decir Eloy Alfaro: “los patriotas hemos perdido toda esperanza de reconquistar los derechos de la Patria por medios pacíficos, obligándonos, por lo tanto, a apelar a la violencia y a buscar en las armas el sostenimiento de la causa justa”. Ese ejército que inauguraba el nuevo día, tuvo en el general una antorcha, el guía necesario.

La batalla de Gatazo, se libró el 14 de agosto de 1895 y fue decisiva para el triunfo de la Revolución Liberal. Ese día, llegó la aurora, el nuevo amanecer para la Patria. Reconoció en el grado de coroneles a los indios Alejo Sáes y Manuel Guamán, que fueron los dirigentes que entraron con él a Gatazo, junto a los indios de Guamote y Cajabamba.

Contó entre sus filas con la presencia de mujeres altivas… como hoy contamos en la Mesa Directiva también con la presencia de mujeres altivas, esa también es la Revolución Ciudadana, que debe tener rostro de mujer.

Fíjense en la Mesa Directiva: ocho personas (siete mujeres y el alcalde de Montecristi, nuestro anfitrión, un abrazo al señor alcalde). Valiosas Ministras de Estado, que antes no había, y si habían era para las cosas más intrascendentes (siempre la Ministra de Estado debía ser para Ambiente, “pero ¿para obras públicas una Ministra de Estado? No, eso solo es para varones”… pero aquí tenemos a Érica Silva, ministra de cultura; a María Fernanda Espinoza, nuestra ministra de patrimonio; Tatiana Hidrovo, manabita, directora de Ciudad Alfaro; nuestra querida Susana, gobernadora de Manabí; Doris Soliz, ministra coordinadora de la política (una mujer manejando la política de la Revolución Ciudadana); María de los Ángeles Duarte, ministra de transporte y obras públicas; nos honra con su presencia también la tataranieta del Viejo Luchador, a la cual (y a toda su familia) le agradecemos profundamente la generosidad de poner objetos tan valiosos de nuestro querido don Eloy para disfrute, para recuperar su memoria, para remembranza de todo el pueblo ecuatoriano que lleno de gratitud mantiene en su alma, en su cabeza, en su corazón al Viejo Luchador.

Contó entre sus filas con la presencia de mujeres altivas, guerreras libertarias a quienes reconoció también como sus coronelas, la riosense María Gamarra, la manabita Filomena Chávez; las coronelas guarandeñas Joaquina Galarza y Feliza Egüez, que pusieron la vida en el esfuerzo para que las mujeres sean reconocidas en sus verdaderas potencialidades, para que no fueran solamente parte de la vida doméstica, de encierro, de falta de oportunidades, para que pudieran abrir de una vez y para siempre las puertas de los colegios y de las universidades, para labrar los conocimientos, la reflexión, el pensamiento.

El 4 de septiembre, Alfaro entra triunfalmente a Quito, en donde fue recibido entre aclamaciones y expresiones de gran júbilo. Poco tiempo después, vino desde Panamá doña Ana Paredes (cuánto sufrió la pobre Ana por todas las aventuras de don Eloy, arriesgaba la vida a cada instante), la oligarquía despectivamente le llamaba el “General de las derrotas” (más de treinta años luchando y treinta años perdiendo), tal vez el mayor legado que nos da don Eloy (como don Simón) es su constancia, es haber persistido en sus ideales independientemente del resultado de la suerte.

Vino desde Panamá doña Ana Paredes, la esposa, el gran amor del “General de las derrotas”; y, a sus manos llegó esta espada que acabamos de depositar en ese salón tan bello, con un mensaje que nos acaba de transmitir la tataranieta del “Viejo Luchador”; ese mensaje decía: “Señora, pongo a sus pies la espada vencedora de Gatazo”. Nuestro agradecimiento sincero a la familia, a los descendientes del general Eloy Alfaro Delgado por entregarnos este símbolo de lucha, de coraje, de valentía y heroísmo, que pertenece a todo el pueblo del Ecuador, que pertenece a la historia del Ecuador. Nosotros, tengan la seguridad, no la envainaremos sin honor. Ahora que la espada de Simón Bolívar camina por América Latina; ahora que el amor armado de Manuelita Sáenz nos cobija y nos alienta, esta espada libertaria se queda desenvainada en las manos de nuestro pueblo, como garantía de que a esta revolución nada ni nadie la puede detener; porque vamos hacia la construcción de un Estado democrático, de Derechos, de equidad y justicia como quería nuestro Eloy; vamos a la realización de los cambios profundos, rápidos y en paz; vamos a levantar la Patria Altiva y soberana, alfarista, bolivariana, con todas, con todos.

El pensamiento de Simón Bolívar, los sueños, los anhelos de integración, de construcción de la Patria Grande, flameaban en esta espada revolucionaria que desenvainó Don Eloy tantas veces, buscando la libertad; la libertad nacida de una razón deliberante; una libertad radical, honesta, que privilegiaba la ética, la soberanía de la conciencia humana; una libertad con justicia, que buscaba oportunidades de vida para el campesino, el indio, el negro, el trabajador; libertad de una clase popular postergada y oprimida desde la Colonia y a lo largo y ancho de nuestra vida republicana.

A Don Eloy le correspondió enfrentar una larga y terrible noche post colonial en ese momento, tuvo que presentar batallas en contra de enormes intereses de la burguesía comercial y bancaria (como lo estamos enfrentando ahora también, ¿verdad?) y de los conservadores latifundistas de la sierra, que solo buscaban sus prebendas, sus ganancias: los viejos godos. Cabalgaba en la oscuridad de esas épocas, buscando auroras de dignidad y de progreso para las inmensas mayorías: “la hora más oscura, es la más cercana al amanecer”, decía.

Era digno hijo de su tiempo, de su pueblo, de su gente, jamás rehuyó batalla alguna si se trataba de romper cadenas de injusticia, de segregación racial ó de marginación sexista; por ello, su ejemplo se ha convertido en un símbolo de consecuencia y valentía; es la viva imagen del conductor de un pueblo hacia los cambios sociales, hacia los cambios profundos en la historia.

Internacionalista, solidario, entendió que la libertad de los pueblos latinoamericanos constituye un deber insoslayable de los revolucionarios. Eloy Alfaro Delgado, más que liberal era radical; los liberales de ese tiempo buscaban propiciar cambios, los radicales buscaban la revolución; y, más que una revolución radical, podemos hablar de “una revolución alfarista”, porque fue mucho más que un simple liberalismo y por eso se empeñó en defender las libertades públicas, en proteger el mercado interno y en promover el desarrollo nacional; en ese entonces significaba llevar al Ecuador al siglo XX; ahora nuestra Revolución Ciudadana intenta llevar a este Ecuador al siglo XXI, y les insisto, con honrosa coincidencia enfrentamos los mismos enemigos que enfrentó el viejo luchador.

Probablemente los sectores más retardatarios de la jerarquía eclesiástica se van a considerar un Hidalgo, un Morelos, cuando en verdad están jugando el rol del obispo Schumacher de Portoviejo que organizaba hasta ejércitos para luchar contra el enviado de Satán, es decir, Eloy Alfaro. Probablemente los periodistas que día a día tratan de denigrar al Presidente, tratan de denigrar a nuestra Revolución, se consideran Montalvos y me consideran a mí un García Moreno; pues aquí no está García Moreno y ni de lejos existe un Montalvo; muy probablemente existe un César Borja, el “Metacarpo”, aquel sicario de tinta que tanto daño le hizo al Viejo Luchador.

Con “El viejo de Montecristi”, como también lo llamaban, vienen en estampida a la memoria los “montoneros” de Manabí, del Oro, de Los Ríos, del Guayas, de todas partes de la Patria, sudorosos, en marchas forzadas, por el llano y las montañas; por las pocas victorias y las muchas derrotas, viviendo y muriendo: Marcos Alfaro, Luis Vargas Torres, Zenón Zabando, Pedro Montero; la lucidez ideológica y libertaria de José Peralta; el tropel de los caballos, el brillo de los machetes montoneros, tomándose por asalto las luces de la libertad.

Aquí, querido Alcalde, aquí en Montecristi… Usted debe estar muy orgulloso de ser alcalde de esta ciudad tan emblemática, tan importante en la historia del país, historia de hace un siglo, historia reciente. Aquí se escribió la nueva Constitución, que marcó el inicio de una nueva era y la sepultura definitiva de la larga y triste noche neoliberal.

Aquí, en Montecristi, cuna de Eloy Alfaro, cuna de nuestra nueva Constitución; aquí, renovamos nuestro compromiso de jamás fallarle al pueblo que nos eligió, no para administrar un sistema caduco y corrupto sino para transformar las estructuras de este Sistema, para realizar una verdadera revolución en lo político, en lo económico, en lo social; vamos a concretar los ideales de la revolución liberal y de la revolución ciudadana. Estamos velando armas. Jamás abatiremos las banderas de la dignidad, aquí nadie se vende ni retrocede nunca, nadie da un paso atrás, no hay forma de que nos puedan detener. No hemos venido a envainar la espada, mucho menos a guardarla, peor a regresarla a su vaina, sin haber cumplido con el deber de realizar los cambios necesarios.

Hasta que exista un niño sin escuela, un niño con hambre; mientras que los trabajadores sean explotados y se sigan burlando sus derechos; mientras los campesinos sigan si tierras, nuestra obligación de luchar sigue pendiente.

Como decía el Viejo Luchador: “Si en lugar de afrontar el peligro hubiera yo cometido la vileza de pasarme al enemigo habríamos tenido paz, mucha paz, la paz del coloniaje”. Facilito lograr esa paz que en realidad es pacificación: pisotear derechos, pisotear libertades, mantener la desigualdad de siempre, someternos a los poderes fácticos y que nos aplaudan los medios de comunicación, los banqueros, las cámaras de la producción; pero, al igual que el Viejo Luchador, no hemos nacido para eso. Hemos nacido para jugarnos la vida y cumplir con nuestro pueblo.

Los símbolos de combate de quien decía que en pleno “siglo de las luces”, estábamos a oscuras; de ese gran conductor de la Patria que trabajó incansablemente para que tengamos educación pública laica y gratuita, no se pierden ni se perderán mientras nos quede aliento.

Los seguidores de quienes asesinaron al mejor ecuatoriano de todos los tiempos, los representantes del pasado, los mismos que siguen defendiendo los intereses que incendiaron en el parque de El Ejido, en esa “hoguera bárbara” la esperanza de todo un pueblo, siguen ejerciendo su influencia nefasta desde las sombras, siguen tramando sus asaltos al poder; siguen arrastrando su infamia, negándole a la Patria sus derechos de avanzar, de perfeccionar sus mecanismos democráticos; y, al igual que en la época de don Eloy, dicen que estamos dividiendo al pueblo ecuatoriano; o sea, para no dividirnos no hay que hacer absolutamente nada; e insisto, seguir con esa paz, la paz de los sepulcros, la paz más parecida a la pacificación, la paz no basada en la justicia, sino esa paz basada en la opresión.

Ayer tuve un encuentro maravilloso con los afroecuatorianos del país para inaugurar por segunda vez el concurso Nelson Estupiñán Bass, en nombre de ese gran escritor esmeraldeño, y Silvio estaba presente y reparé que le había llamado a su hijo Lincoln y con toda razón, Lincoln, presidente Abraham Lincoln, presidente norteamericano que dio la libertad a los esclavos, pero frecuentemente olvidamos que a ese Presidente se lo acusaba de divisionista, produjo la guerra de secesión, casi destroza, destruye a su país, casi desaparece los Estados Unidos como lo conocemos hoy en día; y esa era la gran acusación: haber dividido a nuestro país, porque !qué bien que estábamos con los esclavos! ¿Para qué hacer olas? ¿Para qué alterar el orden constituido? ¿Para qué romper la paz? Estábamos en paz con los esclavos, y eso nos da un mensaje muy potente ¿verdad?

Alcanzar la justicia a cualquier costo, a cualquier riesgo, sino esa paz es lo más parecido, insisto, a la pacificación basada en la opresión. Es importante recordar esto, porque son ejemplos muy relevantes en momentos actuales. Para nosotros lo más fácil es quedarnos callados, quedarnos sentados, no hacer olas, más del setenta por ciento de aprobación popular pasará a la historia con un Presidente muy popular sin haber cambiado lo necesario; y yo no nací para ser traidor, compatriotas. Aquí, insisto, nos vamos a jugar la vida como ese Eloy Alfaro, como ese Lincoln, para alcanzar a cualquier costo la justicia, la dignidad, la equidad en nuestra Patria.

Cuando estaba Eloy Alfaro en el gobierno, tuvo que enfrentar los intereses de los grupos de poder, a los conservadores, a los viejos Godos, que no se quedaron en paz, que trabajaron intensamente en su contra, como ahora lo están haciendo ciertos obispos, que dizque llaman a reflexionar al pueblo ecuatoriano porque están en peligro “las libertades”, utilizando el lenguaje que utiliza la oposición para asustar a nuestra gente.

¿Hasta cuándo? Ojalá, como católico deseo fervientemente que pronto cambie la relación de fuerzas en esa Conferencia Episcopal, para nuevamente tener una iglesia progresista, que se preocupe de la promoción humana, preocupada de la cuestión social, comprometida con su gente, y no ciertos obispos que cada vez están más lejos de su pueblo y más cerca tan solo del billete y del poder económico.

La prensa de ese tiempo (y no olvidar, para no cometer los mismos errores), no muy diferente a la que existe hoy en día, convocaba… Y no olvidar manabitas, ecuatorianos, ¡no olvidar! El problema que enfrentamos ahora ni siquiera es reciente, ha sido histórico: una prensa corrupta, que es el mejor cancerbero de los intereses vigentes de los modelos de opresión, de los privilegios de siempre, cito “…Y no hade ser pues, esta nueva traición a la Patria la que dé prestigio ni en el pueblo ni en el ejército a un hombre despreciable y aborrecible. Será, por el contrario, un poderoso estímulo para acabar, de una vez para siempre, con todos estos elementos nocivos para la República.” Esta cita, es parte del editorial publicado en el Diario El Comercio de Quito, el 11 de Enero de 1912, apenas diecisiete días antes del magnicidio, ya lo estaban preparando, refiriéndose a la rebelión alfarista empezada por el general Montero en Guayaquil, en contra del Gobierno de Carlos Freire Zaldumbide. “… Y ese traidor, ese hombre despreciable y aborrecible, ese elemento nocivo para la República…”, era nada más y nada menos que Don Eloy Alfaro Delgado, el mejor ecuatoriano de la historia, el más ferviente servidor de la Patria.

Si eso dijeron de Alfaro, ¿qué nos pueden decir a nosotros? Y eso que en ese entonces no existía todavía diario El Universo, La Hora, El Hoy, Teleamazonas, etcétera… El mismo día, en el Diario “La Prensa”, con el título “La Víbora en Casa” refiriéndose al regreso de Alfaro desde Panamá -se levanta el general Montero en Guayaquil contra el gobierno de Carlos Freire Zaldumbide y llama al líder liberal, el Viejo Luchador que estaba en Panamá-. Entonces, cuando regresa, ¿qué escribe Diario La Prensa?: “Esta es la víbora que tenemos entre nosotros, oh! Ecuatorianos, y a esta víbora es preciso triturarla”. Así se preparaba el escenario para la Hoguera Bárbara, que ocurriría antes de que acabara el mes.

Prohibido olvidar. Si así trató esta prensa corrupta al mejor ecuatoriano de todos los tiempos ¿qué podemos esperar nosotros, compatriotas?

¡Por supuesto, ni un paso atrás! Y venceremos nuevamente, compañeros.

Aquel 28 de Enero de 1912, el brutal asesinato del Cóndor de América, no fue algo fortuito, no fue una explosión popular espontánea. Todos sabemos que el pueblo de Quito y del Ecuador es un pueblo bueno, no tiene naturaleza criminal. El cobarde asesinato de Eloy Alfaro fue una vileza premeditada, inducida, azuzada por las hordas más retardatarias de la República: sectores de la iglesia como el obispo Schumacher de Portoviejo, prensa corrupta, poderes económicos, poderes políticos derrotados en cuanto a aceptación popular; entre ellas, y como siempre, esos medios de comunicación que, desde la elocuencia de insensatos editoriales, como los que he reproducido, atacaba y ataca toda opción encaminada a sustituir sus oprobiosos modelos. Hoy, después de cien años de la gesta de los montoneros revolucionarios, nuestro país vive un proceso de cambios profundos.

No olvidar lo que hizo la prensa con la Revolución Alfarista; lo que hicieron los poderes económicos; lo que hizo cierto sector de la iglesia; lo que hicieron ciertos obispos, como el obispo Schumacher (alemán). Obispo de Portoviejo que organizaba ejércitos diciéndoles que si pierden la vida en la batalla ganarán inmediatamente el reino de los cielos, porque estarán peleando contra “el Hijo de Satán”, y el hijo de Satán era nada más ni nada menos que el general Eloy Alfaro Delgado. Prohibido olvidar, compatriotas.

Con la decisión, con la voluntad de todo un pueblo, construimos una verdadera transformación en las relaciones de poder; aquí, se verificó ese cambio en las relaciones de poder, la Constitución fue el inicio de la nueva era, de la nueva época; hay que seguirla perfeccionando, concretando, complementando con leyes, con políticas públicas, con acciones concretas; pero se marcó el hito. Esto ya es leyenda. La nueva Constitución, para pasar del Estado Burgués al Estado Popular; para pasar de ese país de unos cuantos a un país de todos; para pasar de ese modelo neoliberal a un modelo socialista, de justicia, de dignidad.

Construimos una verdadera transformación en las relaciones de poder, en función de las grandes mayorías, algo inédito desde la Revolución Liberal; y, aunque no gozamos ni de lejos de un Alfaro, -¡cómo quisiéramos tenerlo entre nosotros!-, recibimos los mismos odios de aquellos que quieren mantener a toda costa sus prebendas, sus privilegios, sus espacios de poder. En 1896, estos grupos, estos intereses, desarrollaron una intensa actividad, intentaron levantar en su contra al país, organizaron la contra-revolución conservadora, que se levantó para enfrentar a los “sanguinarios liberales” –así les llamaban-, con una ferocidad inusitada.

¡Vaya, qué coincidencias!, ahora también nos quieren levantar los grupos más retardatarios en contra del autoritarismo, la dictadura; “dictadura” que cada vez quiere ir a las urnas a consultarle al pueblo ecuatoriano; y son ellos los que se oponen y nosotros somos la dictadura. Imagínense.

Don Eloy, personalmente, dirigió muchos de aquellos enfrentamientos, de los que salió victorioso, más que él mismo, el país. Por eso, nosotros no vamos a envainar la espada, nosotros no vamos a guardar la espada del “indio Alfaro”, del “indio alzado”, del “montubio respondón”, solo la dejamos encargada en este mausoleo, para resguardar su patrimonio, para tenerla a buen recaudo; pero su espíritu está, hoy más que nunca, vivo y combatiendo a diario en cada militante positivo, que trabaja por la Patria renacida.

Nosotros vamos a mantener encendida la antorcha de quien instituyó la libertad de pensamiento, la enseñanza pública, laica y obligatoria; celebramos en cada uno de nuestros actos, en cada uno de nuestros pensamientos la memoria del “Viejo Luchador”, que nació a la historia para orgullo y gloria de los ecuatorianos, que se ha convertido en ejemplo de lucha por la dignidad, por el laicismo, por la vida, por el pueblo, por la libertad.

Porque no se trata de repasar la historia, se trata de repensar nuestras responsabilidades. Alfaro cabalga de nuevo, sus montoneras están por todas partes, la Patria nos llama.

Estamos comprometidos con los hombres y las mujeres libres, que construyen el futuro de dignidad para el Ecuador.

Las voces de batalla que vuelven a retumbar en el Ecuador, siguen el ejemplo inmortal del guerrero que trabajó incansablemente por la paz y el desarrollo; sin embargo esas batallas ya no se realizan con balas, como en aquellos tiempos, sino con votos. No estamos a la sombra de Eloy Alfaro, estamos a plena luz de su ejemplo de dignidad que nos alumbra. No se trata de un saludo vacío al pasado, se trata de establecer nuestros compromisos libertarios con el presente y con el futuro.

Vamos, con todos los hombres y mujeres honestos, laboriosos y revolucionarios de la Patria a vencer con el Sí en la Consulta Popular, que busca perfeccionar nuestros instrumentos democráticos, nuestros compromisos de lealtad con los postulados de paz y desarrollo, en un esfuerzo plural de las ecuatorianas y de los ecuatorianos, en un canto coral de dignidad, con una estrategia conjunta, con una canción de amor y de combate, con un pacto de unidad.

Diremos, parafraseando a José Martí, que el trabajo libertario de Simón Bolívar, de Eloy Alfaro, está todavía por hacerse. Aquí está la espada, aquí está el ejemplo y la memoria combativa.

Querido General, querido don Eloy, no vamos a fallarte; General, esta es una batalla más por la dignidad de la que saldremos airosos, victoriosos, más llenos de esperanza que nunca. Vamos a decirle ¡Sí a la Patria! ¡Sí al futuro! ¡Sí a la paz! Vamos a lograr una nueva victoria popular. ¡Vamos a lograr la victoria siempre!



Muchas gracias, compañeros.

Rafael Correa Delgado

PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR



La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje