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La emigración

MONOGRÁFICOS


La emigración

La migración humana denota cualquier movimiento de los seres humanos de un lugar a otro, a menudo a grandes distancias y en grandes grupos. Los seres humanos se sabe que han emigrado extensivamente a lo largo de la historia y la prehistoria.

La migración humana ha tenido lugar en todo momento y en la mayor variedad de circunstancias. Ha sido tribal, de clase, nacional e individual. Sus causas han sido climáticas, políticas, económicas, religiosas, la aventura e incluso el amor. Sus causas y los resultados son fundamentales para la economía, el estudio de la etnología, la historia política y social.

Hay factores que empujan y factores que atraen. Los factores que empujan se relacionan con el país de la persona que emigra. Un factor de atracción es algo que atrae a la gente a un lugar determinado. Factores de empuje y atracción son generalmente considerados como los polos norte y sur de un imán.

Tenemos como factores de empuje: la insuficiencia de puestos de trabajo, pocas oportunidades, miedo político, mala atención médica, no poder practicar la religión, pérdida de riqueza, desastres naturales… Son factores de atracción: la posibilidad de conseguir un trabajo, un mejor nivel de vida, la libertad política y religiosa, la educación, la atención médica, seguridad, contacto entre familiares...

Si bien el ritmo de la migración se ha acelerado desde el siglo XVIII (incluyendo la trata de esclavos), aumentó aún más en el siglo XIX. Se distinguen tres tipos principales de migraciones: la migración laboral, las migraciones de refugiados y, por último, la urbanización: millones de trabajadores agrícolas abandonaron el campo y se trasladaron a las ciudades causando niveles sin precedentes de urbanización. Este fenómeno comenzó en Gran Bretaña en el siglo XVIII y se extendió por todo el mundo continuando hasta nuestros días en muchas áreas.

La industrialización alentó la migración donde quiera que apareciera. El aumento de la globalización económica hace a su vez más global el mercado de trabajo. El comercio atlántico de esclavos disminuyó drásticamente después de 1820, lo que dio lugar a la libre migración. También la sobrepoblación, la apertura de las fronteras agrícolas y el aumento de centros industriales atrajo la migración voluntaria, coaccionada a veces. Por otra parte, la migración se ha visto facilitada de manera significativa por la mejora de las técnicas de transporte.

Durante este mismo periodo, de forma similar, un gran número de personas migran a grandes distancias dentro de Asia. El sureste de Asia recibió 50 millones de migrantes, principalmente de la India y el sur de China. El norte de Asia, Siberia, Asia Central y Japón juntos, recibieron otros 50 millones. Este movimiento comenzó en la década de 1890 con los inmigrantes procedentes de China, Rusia y Corea, y fue especialmente grande debido a la migración forzada de la Unión Soviética y Japón en la década de 1930. Menos se sabe sobre el número exacto de las migraciones desde y dentro de África en este periodo, pero África experimentó una pequeña inmigración entre 1850 y 1950, a partir de una variedad de orígenes.

La migración transnacional de trabajadores alcanzó un máximo de tres millones de migrantes por año en el siglo XX. Italia, Noruega, Irlanda y la región Quongdong de China fueron las regiones con tasas de emigración más elevadas, especialmente durante estos años. La migración transnacional de trabajadores se redujo desde 1930 a 1960 y se recuperó a continuación.

El siglo XX ha experimentado también un incremento en los flujos migratorios provocados por la guerra y la política. Los musulmanes se mudaron de los Balcanes a Turquía, mientras que los cristianos se trasladaron en otros sentidos, durante el colapso del Imperio Otomano. 400 000 judíos se trasladaron a Palestina en el siglo XX. La guerra civil rusa causó que unos 3 millones de rusos, polacos y alemanes emigraran fuera de la Unión Soviética. La Segunda Guerra Mundial y la descolonización también causaron migraciones importantes.



1. El enfoque económico de la emigración

De acuerdo con la teoría económica del capital humano, los trabajadores consideran la decisión de emigrar como cualquier otro tipo de inversión en capital humano. Para ello, calculan el valor de las oportunidades de empleo, disponibles en cada mercado de trabajo, netas de los costes que implican el traslado al país, y eligen aquella opción que maximiza el valor actual neto de la corriente futura de ganancias esperadas.

Los factores que influyen en la decisión de emigrar son:


  • Una mejora en las oportunidades de empleo y salario disponibles en el país de destino.

  • Una mejora de las ganancias esperadas en el país de origen.

  • Un aumento en los costes de traslado.

En último término, la decisión de emigrar se producirá cuando existan oportunidades de que el trabajador recupere su inversión.

La evidencia sugiere que la probabilidad de emigrar es muy sensible a la diferencia de rentas entre el país de origen y el de destino. También se ha encontrado una relación positiva entre las condiciones de empleo y la decisión de emigrar. Por último, se ha encontrado una relación negativa entre la probabilidad de emigrar y la distancia. Estos resultados son consistentes con la hipótesis de que los trabajadores se trasladan a las regiones o países en los que maximizan el valor presente de sus ganancias futuras.

Otros factores que influyen en la decisión de emigrar son las características personales de los trabajadores, tales como la edad y la educación. Destaquemos la autoselección del flujo de inmigrantes: los trabajadores que decidan emigrar tienen ciertas características personales que hacen que su probabilidad de emigrar sea distinta a la media de la población del país de origen. Así, una mayor edad implica una menor probabilidad a emigrar, ya que los trabajadores más mayores tienen un menor horizonte temporal para beneficiarse los rendimientos de su inversión. Existe también una relación positiva entre el nivel educación del trabajador y la probabilidad de emigrar, porque los trabajadores con mayor nivel educativo son más eficientes a la hora de descubrir las oportunidades de empleo.

Por otra parte, es muy probable que los trabajadores que han emigrado vuelvan en algún momento a su país de origen, o bien decidan emigrar posteriormente a otro país. Esta alta propensión de los emigrantes a trasladarse de nuevo no sería consistente con el modelo de maximización de la renta presentado anteriormente. La explicación debemos encontrarla por un lado en que los trabajadores se dan cuenta de que la decisión inicial de emigrar estaba equivocada (debido a la incertidumbre respecto a las condiciones económicas existentes en el país de destino) y, por otra parte, debido a que los trabajadores pueden tomar la decisión de emigrar por un corto periodo de tiempo (con la intención de adquirir en el país de destino una serie de cualificaciones que después aprovecharán en su país de origen).

Finalmente, muchas de las decisiones de emigrar se toman en el ámbito de la familia. Es decir, si la familia en su conjunto mejora, se tomará la decisión de emigrar. Supongamos, para simplificar, que una familia se compone de dos personas: la familia emigrará si la suma del diferencial de las rentas esperadas en el país de origen y en el de destino de ambas personas es positiva (podría ocurrir que la decisión óptima para la familia como unidad no coincida necesariamente con la decisión óptima para cada uno de sus miembros: es decir, que un cónyuge empeore con el cambio siempre que la ganancia del otro cónyuge compense dicha pérdida).

Existen numerosos estudios sobre el análisis del nivel de cualificación y de ganancias de la población inmigrante en el país de destino. En estos estudios se considera el comportamiento laboral de los inmigrantes como una medida de su contribución al crecimiento económico en el país de destino. Si dicha contribución se produce, los trabajadores nativos no tendrán que preocuparse de la posibilidad de que los inmigrantes se conviertan en una carga. De igual manera, si los inmigrantes carecen de las cualificaciones que los empleadores del país de destino demandan y encuentran difícil su adaptación a las condiciones del mercado de trabajo receptor, la inmigración podría incrementar significativamente los costes asociados a los programas de bienestar social.

La evidencia sugiere que las ganancias de los inmigrantes están por debajo de los de los nativos durante, aproximadamente, los quince primeros años de su actividad laboral. La explicación es que, inicialmente, los inmigrantes carecen de muchas de las habilidades que son necesarias y valoradas por los empleadores en el país de destino, tales como, por ejemplo, el idioma.

En segundo lugar, se observa que el perfil de ganancias de los inmigrantes presenta una mayor pendiente que el de los nativos, es decir, las ganancias de los inmigrantes crecen más rápido que las de los nativos. La explicación nos la ofrece la teoría del capital humano: a medida que los inmigrantes aprenden el idioma y las características del mercado de trabajo del país de destino, su stock de capital humano crece en relación con el de los nativos (las ganancias de los inmigrantes empiezan a converger hacia las de los nativos).

Lo que esta teoría no puede explicar es el hecho de que a partir de los 15 años en el país de destino, los inmigrantes empiezan a tener unas ganancias superiores a las de los nativos. La explicación proviene del argumento de la autoselección: los trabajadores que deciden emigrar son diferentes del resto. Únicamente las personas con habilidades excepcionales deciden abandonar su país de origen y emprender la ventura de emigrar. Así, son más productivos que los nativos una vez que adquieren las habilidades específicas necesarias para desarrollar su actividad laboral en el país de destino.

Podrían también existir los denominados efectos cohorte entre las diferentes olas de inmigrantes, consistentes en que los inmigrantes que acaban de llegar al país de destino sean intrínsecamente diferentes de aquellos que emigraron hace más de 20 años. Siendo este el caso, utilizar la experiencia de aquellos que emigraron hace más de 20 años para predecir el comportamiento laboral futuro de los emigrantes actuales puede conducir a conclusiones completamente erróneas. Si existen efectos de cohorte, el hecho de que los inmigrantes que llegaron hace más años ganen más que los que han llegado más recientemente no necesariamente indica que se produce un efecto asimilación a medida que los inmigrantes acumulan las habilidades específicas necesarias en el mercado de trabajo del país de destino (por ejemplo, en Estados Unidos existe un fuerte efecto cohorte debido al menor énfasis que las nuevas leyes inmigración en dicho país han puesto sobre la cualificación de los trabajadores como condición de admisión).

A la hora de evaluar el impacto de la inmigración sobre las oportunidades de empleo de los trabajadores nativos, los estudiosos se han encontrado con problemas conceptuales que no permiten obtener una evidencia empírica robusta.

En primer lugar, no se han encontrado evidencias sobre las implicaciones del modelo estándar de la oferta y demanda de trabajo. Según dicho modelo, un incremento en la oferta de trabajo como consecuencia de la inmigración debería reducir los salarios de los trabajadores nativos en mercados de trabajo flexibles (en los que los salarios relativos se ajustan ante factores de demanda y de oferta), o bien reducir la tasa del empleo de los trabajadores nativos donde las rigideces existentes limitan el ajuste de los salarios relativos.

En segundo lugar, la evidencia no es muy consistente ya que diferentes estudios obtienen estimaciones distintas.

En definitiva, la mayoría de los efectos estimados en la literatura no parecen confirmar la hipótesis de que las oportunidades de empleo o los salarios de los trabajadores nativos se vean afectados muy negativamente por la inmigración, incluso cuando el mercado recibe grandes flujos de inmigrantes.

Pero los inmigrantes también realizan importantes contribuciones en el país de destino. Así, por ejemplo, el excedente que produce la inmigración en el país de destino en caso de que el mercado de trabajo funcione competitivamente, y los inmigrantes y los trabajadores nativos sean sustitutivos perfectos en la producción. Dicho excedente de la inmigración, que es el incremento en la renta nacional que se produce como consecuencia de la inmigración, es positivo. No obstante, pese a que el país de destino obtiene un beneficio de la inmigración, se produce un problema distributivo entre trabajadores y empresarios nativos, ya que el excedente surge porque, aunque los trabajadores nativos pierden cuando los inmigrantes entran en el país, los empresarios nativos ganan incluso más. Éste hecho implica la posibilidad de indemnizar a los trabajadores nativos mediante un sistema impositivo adecuado que grave las rentas del capital, de manera que se mejore el bienestar de todos los nativos.

Asimismo, el efecto de la inmigración sobre el empleo y el salario de los nativos dependen del grado de complementariedad/sustitución entre las cualificaciones de aquellos y las de los inmigrantes. Ello implica que un criterio posible para determinar el tamaño óptimo de la inmigración sería maximizar las rentas salariales de los trabajadores nativos poco cualificados, por una parte, y de los cualificados, por otra.

Aunque los trabajadores inmigrantes generalmente llegan al país de destino en una situación de desventaja con respecto a los trabajadores nativos, sus oportunidades económicas crecen rápidamente con el tiempo.

Además, existe escasa evidencia que sugiera que la inmigración tiene un impacto negativo importante sobre las oportunidades de empleo de los trabajadores nativos.

El aumento de la población laboral ha comportado un incremento de la recaudación asociada a la imposición del trabajo (principalmente por la vía de las cotizaciones sociales), aunque no hay que olvidar que dicho colectivo se convierte también en beneficiario de las prestaciones (sanitarias, desempleo, asistenciales, etc.) reconocidas a la población general.

2. La emigración en España

En España, durante los dos últimos lustros la proporción de extranjeros se ha elevado hasta representar el 12,1 % de la población empadronada (más de 5,7 millones de personas), con lo que España se ha convertido en el segundo miembro de la Unión Europea (UE-27), detrás de Alemania, por número de residentes extranjeros.

La velocidad de este fenómeno migratorio debe sorprendernos más que la magnitud.

El ritmo de asentamiento extranjero se aceleró vertiginosamente en el periodo 2000-2005, en los que se alcanzó una intensidad anual de 16,8 extranjeros por cada 1 000 habitantes. A partir de 2005 el flujo migratorio continuó siendo superior a la media europea. España se situó entre los principales receptores mundiales de inmigración, al lado de Estados Unidos y Alemania.

La mayor parte de esta cifra se debe a la llegada masiva de inmigrantes durante este periodo. Se han alzado, también, opiniones que sostienen que la inmigración ha comportado distorsiones en el mercado laboral español. Así, aunque el PIB español ha crecido entre el 3 % y el 4 % entre los años 1997 y 2007, los salarios reales de la población española no solo no han aumentado, sino que han disminuido ligeramente. Señalándose que la llegada de trabajadores, presuntamente no cualificados, ha tirado a la baja de los salarios en diversos sectores de la economía española como por ejemplo la construcción, la hostelería e incluso el servicio doméstico.

Por otro lado, buena parte de los trabajos asumidos por los inmigrantes fueron creados al calor de la burbuja inmobiliaria: alrededor del 30 % de los trabajadores de la construcción eran extranjeros. Actualmente, al haber cambiado las condiciones laborales en nuestro país, las olas de emigración se dirigen también a otros países.

Así, lo que la inmigración habría permitido sería el abaratamiento del ciclo productivo en la economía tradicional española, al hacer innecesario acometer proyectos de modernización e I+D+i, debido a que la inversión no sería necesaria ya que se consigue mantener beneficios mediante la reducción de salarios. Las principales presunciones negativas asumen que:


  • El fenómeno podría haber perjudicado a los trabajadores peor pagados, debido a un aumento de la oferta de mano de obra infravalorada socialmente por su cualificación laboral.

  • El aumento de los beneficios económicos no se han invertido en mejorar el ciclo productivo dentro de las empresas tradicionales.

3. La protección social de los inmigrantes

La participación en el mercado de trabajo formal determina en buena medida los derechos sociales de los inmigrantes en España, a través de su afiliación a la Seguridad Social. La consideración de determinados ámbitos de bienestar como derechos de la persona, garantiza el acceso formal de todos los residentes en territorio español, independientemente de su estatus jurídico, a una serie de programas de protección. El sistema de Seguridad Social constituye el núcleo originario principal del Estado de Bienestar español. Financiado básicamente mediante las cotizaciones de trabajadores y empresarios, está compuesto por una serie de esquemas de seguro ante determinados riesgos sociales vinculados con carácter general al ámbito laboral (desempleo, accidentes laborales, invalidez, jubilación). La lógica contributiva en la que se basan dichos programas de aseguramiento social implica que el criterio básico de definición del derecho de acceso a la gran mayoría de los programas gestionados por el INSS o alguno de los organismos autónomos vinculados a él (Servicio Público de Empleo —SPE—, etc.) sea la afiliación a la Seguridad Social durante un periodo de tiempo determinado: para recibir una pensión de jubilación o la prestación por desempleo, el trabajador debe haber cotizado durante los plazos estipulados para cada uno de dichos esquemas de aseguramiento, y la pensión o subsidio que recibirá será proporcional a la duración y cuantía de su cotización. Los esquemas de seguro del INSS funcionan de acuerdo con la modalidad de reparto, y no de capitalización. Es decir, cada trabajador contribuye a una caja común, de la que se extraen los recursos necesarios para hacer frente al pago de las prestaciones y subsidios que se deben abonar en ese momento.

La principal excepción a la condición de cotización previa para acceder a las prestaciones de la Seguridad Social la constituyen los programas no contributivos de jubilación y de invalidez. Estos esquemas están condicionados a la comprobación de la no percepción de otras rentas, cubren tanto a españoles como a extranjeros residentes legales que no hayan cotizado durante los periodos legalmente estipulados y que cumplan todas las condiciones para solicitar dichas prestaciones (edad y grado de invalidez reconocida). La nacionalidad no tiene un papel importante en la fijación de los criterios de definición del derecho de acceso a las prestaciones del INSS, ya que tanto autóctonos como extranjeros con permiso de trabajo y un empleo en la economía formal acceden a dichos sistemas en igualdad de condiciones.

Opiniones sobre los efectos sobre el mercado de trabajo

Para Jorge Verstrynge (profesor de ciencias políticas en la Universidad Complutense de Madrid): «las tensiones entre inmigrantes y clases obreras y medias nacionales son inevitables y aumentarán a corto plazo, provienen, más que de una incorrecta política fiscal, de una errónea planificación económica, que ha hipotecado el presente y el futuro de España al centrar todos sus objetivos en el mantenimiento de la competitividad. Para continuar recuperando competitividad, se favorece la importación de mano de obra barata. El problema surge cuando llega la crisis porque, aunque tus productos sean competitivos, ya no te los compran fuera: cada cual intenta proteger sus industrias. Y mientras tanto, aquí tenemos una inmigración de 5 o 6 millones de personas, un paro real de 5 millones, y costes cada vez más elevados en sanidad, en educación, en justicia, etc., con enormes caídas en la calidad de tales prestaciones. Así, el coste de los inmigrantes se está disparando cuando lo que podrían aportar ya no sirve para nada». Añade Verstrynge: «la única manera de recuperar la economía es favorecer la demanda, recuperando poder adquisitivo en los salarios y reduciendo el paro. Y la única solución para alcanzar ese objetivo es favorecer el retorno de los inmigrantes, sobre todo de los extraeuropeos».

Un punto de vista distinto es sostenido por Ramón Mahía (experto de la Universidad Autónoma de Madrid): «Los inmigrantes vinieron a llenar un hueco en la demanda de trabajadores. Ocuparon puestos complementarios, por eso no hubo cambio en salarios, en desempleo... Lo que hicieron fue aliviar las tensiones que se habrían producido de no haber llegado ellos. España estaba decidida a crecer a gran velocidad; si hubiéramos optado por modelos altamente productivos, habría venido otra inmigración, indios matemáticos, por ejemplo. Nuestra situación no es producto de la política migratoria, sino de la política económica».

Con diferentes aproximaciones, otros analistas coinciden en ese diagnóstico: durante los años de expansión, españoles y extranjeros no competían por los mismos puestos de trabajo: los primeros ascendieron hacia la economía más cualificada, mientras que los segundos se concentraron en agricultura, empleo doméstico, dependencia y construcción. En este último sector sí ha habido convivencia entre nativos e inmigrantes, pero años atrás la demanda de mano de obra era tan elevada que impedía deteriorar la retribución.

En relación a la movilidad geográfica, en un país donde los trabajadores no suelen emigrar entre comunidades por trabajo (la temporalidad frena esos flujos), los extranjeros sí ofrecen «una mayor respuesta».

Por encima de todas las cifras, el verdadero factor de flexibilidad reside en la economía sumergida, difícil de estimar. La mejor aproximación deriva de un cruce periódico que realiza el INE entre la EPA y la Seguridad Social y que sitúa en más de medio millón de personas la brecha entre los extranjeros que declaran tener un trabajo y los que efectivamente cotizan. Aunque los expertos consultados no aventuran datos, se admite que la presencia de inmigrantes en la economía sumergida es muy elevada. Y esa zona gris inunda de flexibilidad —precariedad si se eliminan los eufemismos— el mercado laboral.



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