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La educación sexual de nuestros hijos


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La educación sexual de nuestros hijos
En la sociedad de hoy está de moda reclamar el derecho a disponer a capricho del propio cuerpo – aborto incluido – a exaltar la libertad de conducta – el adulterio o traición al cónyuge, por ejemplo, ya no es delito – pero se olvida u obstaculiza al máximo un derecho verdaderamente fundamental del ser humano, en especial de los niños, como es el de recibir la adecuada educación sexual, ética, intelectual y religiosa.

No resulta fácil ni recomendable separar por completo esas cuatro facetas de la formación básica. Nuestros hijos deben adoptar globalmente, de forma integrada, sus propias actitudes vitales frente al entorno. Para ello habrá que explicarles: ¿Qué es el hombre? ¿Para qué estamos en el mundo? ¿Cuál es nuestro último destino? ¿Qué derechos y qué deberes tenemos frente a la sociedad? ¿Qué normas deben regir nuestra conducta u orientar nuestro libre albedrío?


Planteamientos
Todos nacemos en el seno de una familia. Los padres, al engendrar a los hijos, adquieren el deber y el derecho inalienables de educarlos según su propia conciencia. La Biología demuestra y exige que el instinto – insuficiente para conducir al hombre a su plena madurez – se complemente con el pertinente aprendizaje. Algunos aspectos de la educación – por carencia de tiempo, de conocimientos propios o de idoneidad – podrán los padres delegarlos a estructuras especializadas (colegios, institutos) pero ni la Sociedad ni el Estado tienen derecho alguno a suplantar a los padres, en contra de la voluntad de éstos, en el recto oficio de educar a sus hijos.
Contenido
¿Cómo debe ser la educación sexual? En cuanto a su contenido puede matizarse: verdadera, adaptada, anticipada y personalizada.
Verdadera. Los educadores no debemos mentir jamás. Sobre nuestro origen biológico, no es conveniente recurrir a las fábulas poéticas de París, ni de las cigüeñas, porque cuando reciban las burlas crueles de sus amigotes más “instruidos”, los hijos dejarán con razón de confiar en sus padres.
Adaptada a su desarrollo mental y físico. Los más pequeños quieren saber dónde se forman los niños, después por dónde salen al exterior; más adelante por qué las mujeres solteras no suelen tener hijos y cuál es la misión del padre; etc.,.. En la adolescencia qué trampas y aberraciones se cometen con el sexo; qué es un homosexual o una lesbiana; qué los diferencia de las personas corrientes; y así sucesivamente.
Anticipada. Hay que procurar que los “amigotes” no lleguen antes que los padres y esta es una tarea difícil. Aquellos pueden darles una visión zafia, pecaminosa, brutal o falsa de la función del sexo en la vida, ignorando y desconectándolo de su fin último y verdadero: crear, en colaboración con Dios, nuevas vidas humanas en el ambiente más propicio. Ahí está la diferencia entre la procreación de seres humanos y la generación – natural o artificial – de descendientes de forma improvisada, imprevista, atolondrada o deshumanizada.
Personalizada. Las explicaciones deben realizarse a los hijos de uno en uno – jamás en grupo – con delicadeza y exactitud, sin quedarse en teorías etéreas e incomprensibles o con matizaciones groseras e innecesarias. Las sesiones colectivas se prestan luego a guasas y burlas porque resultan insuficientes y mojigatas para los “listillos” y escandalosas, por excesivas o escabrosas, para los más cándidos.
Enfoque
Respecto al enfoque la educación debe ser integrada, es decir, debe incluir los planos biológico, sociocultural y religioso.
Plano biológico. El hombre necesita, más que otros seres vivos, de unos padres encuadrados en una familia estable, bien avenida y duradera. El amor de los padres entre sí y hacia el hijo debe presidir el ambiente del hogar. No es biológicamente aceptable el divorcio ni el aborto del niño engendrado pero no esperado o deseado. Este necesita también de los hermanitos. No voy a detenerme en razonar todas estas características tan evidentes.

Las analogías con otros seres vivos, para explicar su propia generación, es mejor hacerlas con la fecundación en las plantas (polen y flores) que con la de los perros (tan impúdicos y callejeros). Estos últimos actúan de modo similar a lo que se ve en las escenas de cama de las películas porno. Muchos procesos biológicos, que pueden ser buenos y sanos en sí mismos, no se pueden exteriorizar sin producir escándalo o incomodidad.


Plano sociocultural. Las familias suelen agruparse y delegar en centros especializados – colegios, institutos – gran parte de la educación de sus hijos. ¡Pero los maestros o profesores no son autónomos en su labor! Deben enseñar, con justicia, lo que los padres creen más conveniente para su prole. El profesor jamás deberá aprovechar sus clases de Filosofía, Historia, Literatura u otras materias para inocular ideas marxistas, ateas, libidinosas, ácratas o laicistas en las mentes inmaduras, acríticas y confiadas de sus pupilos. Los padres y la sociedad actual no exigen hoy, con el rigor debido, el respeto a ese derecho inalienable.

¡Cuántos Profesores, Inspectores y Autoridades de Educación prefieren retirar a sus propios hijos de los centros públicos e inscribirlos en otros privados, con ideario cristiano, antes de exigir a aquellos centros el respeto debido a los hijos! Este alegato no significa que todos los profesores abusen de sus alumnos. ¡Ni mucho menos! Pero basta que unos pocos lo hagan para que el daño infringido pueda resultar irreparable. Podríamos compararlo con una comida constituida por manjares sanos, exquisitos y deliciosos en la que se ha añadido el hongo Amanita phalloides: los comensales que la ingieran, morirán.



En un posible conflicto entre los derechos humanos del niño o del joven y la “libertad de cátedra” del profesor, aquellos derechos tienen todas las prioridades de acuerdo con la ley natural. ¡Ay del que escandalizare a uno de esos pequeñuelos!
Plano religioso. La forma de orientar el trato y el amor hacia Dios de los hijos lo deben encauzar sus padres. Al hacerse mayores los jóvenes podrán matizar, elegir o modificar sus preferencias religiosas. La fe cristiana, por ejemplo, es un don sagrado que nadie tiene derecho a socavar o erosionar. Las otras religiones, mientras se ajusten a la ley natural, merecen, por supuesto, todo el respeto de la sociedad. Los derechos del alma tienen prioridad sobre los del cuerpo. Estos derechos pueden concretarse en considerar aberraciones a la masturbación, las relaciones prematrimoniales, el adulterio, las conductas homosexuales y otros vicios que pueden ser tolerados o incluso aceptados por la sociedad (algunos son biológicamente menos graves) pero éticamente resultan inadmisibles. Cuando una sociedad desprecia o escarnece el sentido religioso de sus ciudadanos se precipita en el abismo de la propia decadencia o desintegración.
José María Macarulla

(josemaria.macarulla@gmail.com)


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