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La doctrina india del fin último del hombre


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LA DOCTRINA INDIA DEL FIN

ÚLTIMO DEL HOMBRE



Por




ANANDA K. COOMARASWAMY



CONTENIDO

– La Alocución del Setenta Aniversario 3

– ¿De Qué Herencia y ante quiénes son Responsables

los Pueblos de Habla Inglesa? 5

– La Cultura India y la Civilización Inglesa .....................................22

– ¿Qué es Civilización? 34

– La Base Religiosa de las Formas de la Sociedad India 48

– El Budismo 75

– La Comprensión del Arte de la India 94

– Algunas Fuentes de la Iconografía Budista 112

– Gradación, Evolución y Reencarnación 122

– La Doctrina India del Fin Último del Hombre 127

– La Sabiduría Común del Mundo 133

– Arte, Hombre y Manufactura 138

– El Renacimiento de la Cultura India 164

– Bibliografía Selecta 167



LA ALOCUCIÓN DEL SETENTA ANIVERSARIO




Estoy más que honrado —en verdad, algo abrumado— por vuestra bondad al estar aquí esta noche, por los mensajes que se han leído, y por la presentación del libro  de Mr. Bharatha Iyer. Me gustaría recordar los nombres de cuatro hombres que podrían haber estado presentes si hubieran estado vivos: El Dr. Denman W. Ross, el Dr. John Lodge, el Dr. Lucien Scherman, y el Profesor James Woods, con todos los cuales estoy en deuda. La formación de las colecciones Indias en el Museo de Bellas Artes se debió casi enteramente a la iniciativa del Dr. Denman Ross; el Dr. Lodge, que escribió poco, será recordado por su obra en Boston y Washington, y también quizás por su aforismo, «Desde la Edad de Piedra hasta ahora,  »; todavía espero completar una obra sobre la reencarnación que me encargó el Dr. Scherman no mucho antes de su muerte; y el Profesor Woods era uno de esos maestros que nunca pueden ser reemplazados.

Más de la mitad de mi vida activa ha pasado en Boston. Quiero expresar mi gratitud en primer lugar a los directores y administradores del Museo de Bellas Artes, que siempre me han dejado enteramente libre para llevar a cabo la investigación no sólo en el campo del arte Indio sino, al mismo tiempo, en el campo más extenso de toda la teoría del arte tradicional y de la relación del hombre con su obra, y en los campos de la religión y de la metafísica comparadas a los que los problemas de la iconografía son una introducción natural. Estoy agradecido también a la American Oriental Society, cuyos editores, no obstante lo mucho que diferían de mí «por temperamento y educación», como el Profesor Norman Brown dijo una vez, siempre han sentido que yo tenía un «derecho a ser oído», y me han permitido ser oído. Y todo esto, a pesar del hecho de que estudios tales como los que yo he hecho, me llevaban necesariamente a una enunciación de doctrinas sociológicas relativamente impopulares. Pues, como estudioso de las manufacturas humanas, consciente de que todo hacer es  , yo no podía no ver que, como dijo Ruskin, «La industria sin arte es brutalidad», y que los hombres jamás pueden ser realmente felices a menos de que tengan una responsabilidad individual no sólo por lo que hacen sino por el tipo y la cualidad de lo que hacen. Yo no podía no ver que tal felicidad está negada siempre a la mayoría de los hombres bajo las condiciones de trabajo que se les imponen por lo que se llama eufemísticamente «la libre empresa», es decir, bajo la condición de la producción para el provecho más bien que para la utilidad; y que no está menos negada en esas formas de sociedad totalitaria en las que el pueblo está reducido, lo mismo que en un régimen capitalista, al nivel de un proletariado. Mirando las obras de arte que se consideran dignas de conservación en nuestros museos, y que fueron una vez los objetos comunes de la plaza del mercado, yo no podía no darme cuenta de que una sociedad sólo puede considerarse verdaderamente civilizada cuando a cada hombre le es posible ganar su sustento con el mismo trabajo que él querría estar haciendo más que ninguna otra cosa en el mundo —una condición que sólo se ha alcanzado en los órdenes sociales integrados sobre la base de la vocación, .

Al mismo tiempo, querría recalcar que nunca he construido una filosofía mía propia o deseado establecer una nueva escuela de pensamiento. Quizás la cosa más grande que he aprendido es a no pensar nunca por mí mismo; estoy plenamente de acuerdo con André Gide en que «todas las cosas ya están dichas», y lo que he buscado es comprender lo que se ha dicho, sin tener en cuenta a los «filósofos inferiores». Sosteniendo con Heráclito que la Palabra es común a todo, y que la Sabiduría es conocer la Voluntad por la que son gobernadas todas las cosas, estoy convencido con Jeremías de que las culturas humanas en toda su aparente diversidad son sólo los dialectos de una y la misma lengua del espíritu, de que hay un «universo de discurso común» que trasciende las diferencias de lenguas.

Este es mi setenta cumpleaños, y mi oportunidad para decir adiós. Pues es nuestro plan, de mi esposa y mío, retirarnos y volver a la India el año próximo; considerando esto como un  , «vuelta a casa»… Tenemos intención de quedarnos en la India, ahora un país libre, para el resto de nuestras vidas.



Yo no he permanecido insensible a las filosofías religiosas que he estudiado y a las que fui conducido por la vía de la historia del arte. ¡   En mi caso, al menos, comprender ha implicado creer; y ha llegado para mí el tiempo de cambiar el modo de vida activo por uno más contemplativo, en el que sería mí esperanza experimentar más inmediatamente, más plenamente, al menos una parte de la verdad de la que mi comprensión ha sido hasta aquí predominantemente lógica. Y así, aunque pueda estar aquí durante otro año, os pido también que digáis «adiós» —igualmente en el sentido etimológico de la palabra y en el del sánscrito , una salutación que expresa el deseo «Entres tú dentro de tu propio», es decir, conozca yo y devenga lo que yo soy, no ya este hombre Fulano, sino el Sí mismo que es también el Ser de todos los seres, mi Sí mismo y vuestro Sí mismo.
¿DE QUÉ HERENCIA Y ANTE QUIÉNES SON RESPONSABLES

LOS PUEBLOS DE HABLA INGLESA?*

Como el único orador presente que no habla «desde dentro de la tradición anglosajona», se me ha pedido que «participe como crítico de las ideas y actitudes occidentales», y tengo intención de hacer justamente eso. Pero pretendo también ser un representante de las dos culturas que he heredado, y espero que no se considere que la función crítica a la que voy a darme refleja sólo una actitud intransigente exclusiva mía; por otra parte, pienso que puede ser bueno para mí mismo y para otros aquí presentes, decir que de hecho tengo casi tanto de platonista y de medievalista como de orientalista, y que, al escribir sobre las relaciones culturales, mi propio trabajo se ha dirigido siempre hacia una exposición de la tradición metafísica común que sustenta a ambas culturas, a saber, la europea y la asiática, y a mostrar que sus diferencias, por muy grandes que sean, son accidentales más bien que esenciales, de origen comparativamente moderno, y no necesariamente tan insuperables como parecen; aunque estoy de acuerdo en que para llevar a cabo una comprensión mutua real se necesita mucha buena voluntad y aún más un buen trabajo, de un orden intelectual mucho más que moral.
Lo que tengo que decir se relaciona más con los problemas que plantean los contactos culturales y religiosos entre pueblos diferentes que con sus relaciones políticas, aunque debe reconocerse que, en el caso del sometimiento político de un país a otro, la  de los contactos culturales no puede no verse profundamente afectada, y siempre para peor. La mayor parte de lo que tengo que decir lo diré desde el punto de vista indio, pero será aplicable en principio a otras relaciones culturales, por ejemplo a las de los alemanes con los javaneses o a las de los americanos con los indios americanos o con los filipinos. La responsabilidad queda asumida tan pronto como uno resuelve aceptar un pago de otro por servicios, administrativos u otros, que han de rendírsele; por consiguiente, cada servidor civil inglés debe ser juzgado, y justificado o condenado, como un servidor de la India, y ningún indio verá nunca esta cuestión desde ninguna otra luz que no sea ésta. Los individuos pueden ser y han sido amados u odiados, pero hacia los oficiales como tales no puede plantearse ninguna cuestión de gratitud o de ingratitud, sino sólo de deber cumplido o no cumplido.
Está más allá de toda cuestión que Inglaterra ha asumido en la India responsabilidades no solo políticas, sino también culturales, y entre otras, las responsabilidades implicadas en el control de la educación, el patronato de las artes, y el intento directo o indirecto de hacer cristianos a los hindúes y muslimes. Para los ingleses estas responsabilidades, la primera de ellas asumida oficialmente y las otras oficiosamente, parecen relacionarse sólo accidentalmente, pero desde el punto de vista indio (que no hace divisiones entre las obligaciones legales del gobernante y sus obligaciones morales) estas responsabilidades son factores inseparables de una única política: esa política que fue enunciada en su forma más cruda por Lord Macaulay, por cuyo consejo se propuso en 1834 formar «una clase de personas que fueran indios de sangre y de color, pero ingleses en los gustos, en las opiniones, en las costumbres y en intelecto». Los americanos están intentando hacer lo mismo con los japoneses hoy. Sería para echarse a reír, si no fuera un asunto más bien para llorar.
Esta política tuvo su éxito: menos de cincuenta años después, sir George Birwood decía así de esta educación «Nuestra educación ha destruido el amor por su propia literatura… su reposo en su propia religión tradicional y nacional… Y hasta donde han llegado sus venenosas influencias, ha introducido el descontento dentro de cada familia». En otras palabras, en cincuenta años la educación inglesa (cuyos propósitos han cambiado muy poco en los setenta años siguientes) había socavado ya lo que Jonathan Duncan, uno de los primeros orientalistas ingleses, había llamado «la enseñanza y tradición general más antigua y valiosa que exista actualmente quizás en ninguna otra parte del globo».
Un erudito indio ha descrito el cambio del centro de gravedad en la educación «desde la elevada idea espiritual que impregna el hogar hindú… al mundo de los hechos groseros» como un descenso «tan grande como desde los Himalayas a las llanuras». Esto no quiere decir que este descenso no hubiera podido ser llevado a cabo en cualquier caso por una India políticamente libre e independiente: ¿pero cuál es la pugna de ustedes con el Japón, excepto que el Japón ha adoptado demasiado vehemente sus propias filosofías pragmáticas? Lo que hay que destacar aquí es que los educadores ingleses mismos asumieron efectivamente la responsabilidad de la inculcación de las filosofías materialistas y del «dejar hacer» en la India, y que éste es uno de los sentidos en que, como lo señalaba el   el año pasado, «el gobierno extranjero es una maldición terrible, y los beneficios menores que puede conferir no pueden compensar nunca la degradación espiritual que implica».
El Earl of Portsmouth ha dicho casi con las mismas palabras: menciona, ciertamente, los beneficios menores —cuya validez podría cuestionarse, sin duda— y prosigue, «al oriente, el impacto de nuestro mundo le ha llevado una usura, una miseria y una industria pesada inhumanas y mecanicistas. Espiritualmente, hemos sido iconoclastas, y hemos dejado vacíos los altares de los ídolos destruidos; y por eso, mucho más que por el hecho de que hemos aparecido como conquistadores, nunca se nos perdonará fácilmente». «Mucho más que por el hecho de que ustedes han aparecido como conquistadores» —sí, no tanto por el hecho como por la manera de la conquista; pues lo que en la tradición india se espera de un conquistador es «que se haga a sí mismo uno con la religión y el pueblo» a quien se propone gobernar. Un antiguo gobernador británico de Bengala admite que «por nuestra parte, nosotros nunca nos hemos tomado la molestia de preguntar si estamos acertados al intentar forzar a la India dentro del molde Británico».
Ciertamente, es perdón mucho más que gratitud lo que ustedes deben pedir y quizás esperar de la India. ¿Y qué puede hacerse para ganar el perdón por esta arrogancia, y estas manifestaciones de un complejo de superioridad? Pienso que la respuesta la hemos de encontrar nuevamente en las palabras del Earl de Portsmouth, a saber, que «nosotros (es decir, los pueblos de habla inglesa) tenemos mucho que aprender de oriente, desde su elevada agricultura a sus elevadas filosofías»; es decir, la necesidad humana, y que la primera necesidad, por ambas partes, es «unirse en la redención común de sí mismos y de unos a otros». Poniendo a un lado la fideística convicción de ustedes en un «progreso» automático, pregunto: «¿  alguien bien intencionado hacia la India (ya sea indio o europeo) iba a desear que la India sea ayudada a lo largo del camino que conduce a la degradación del trabajo, a la esclavización de la persona humana, a la erosión del suelo y a la bomba atómica?». (Walter Shewring). Consideren si ustedes pueden esperar «ayudar» a otros, pero «renovándose en conocimiento» primero a ustedes mismos.
Ciertamente, los pueblos de habla inglesa han trabajado bajo un gran obstáculo, a saber, el de su dominación por Rudyard Kipling, un experto cumplidor para la galería, es cierto, pero alguien cuya mentalidad irresponsable e ininstruida representaba todo lo que un inglés no debería haber sido nunca. Al dar libre expresión al resentimiento por su incapacidad de sintetizar el oriente y el occidente en su propia experiencia, este hombre ha hecho probablemente más que cualquier otro para retrasar no sólo el reconocimiento de su herencia finalmente común, sino incluso de su humanidad común; ha hecho más que cualquier otro inglés para hacer cierto que    al este de Suez «no hay ningunos Diez Mandamientos». No obstante, ustedes, pueblos de habla inglesa, le escucharon y le dieron un lugar en su panteón literario, desde donde, de hecho, él alentó a la adolescente mentalidad imperialista que llevó tan valerosamente la «carga del hombre blanco». La confianza de ustedes en él, como si tuviera algo que decir sobre un oriente del que sólo conocía las superficies más estéticas y románticas, explica la esterilidad de los contactos anglo-indios y la necedad de las maneras anglo-indias durante todos los años en los que, lo poco que se ha hecho, siempre ha sido demasiado poco y demasiado tarde. ¿Cómo podemos tenerles a ustedes como hombres adultos mientras ustedes juegan sólo con juguetes tales como los que les dio Kipling y andan perorando sólo de campos verdes —los campos de juego de Eton? Ya es hora de que la película sobre la India se olvide. ¿Acaso no había otros ingleses o inglesas de quienes ustedes hubieran podido aprender —James Tod, el coronel Meadows Taylor, Sir George Birwood, Sir George Grierson, Sir John Woodroffe, Sister Nivedita— o era indispensable para su paz de espíritu creer con B. H. Baden Powell que «en un país como éste, no debemos esperar encontrar nada que atraiga a nuestro espíritu o a nuestros sentimientos más profundos?».
Zetland, en    , se lamenta de que después de ciento cincuenta años de gobierno británico en la India, «llama la atención descubrir cuan poquísimo se ha sumado durante ese tiempo al legado de la India en el sentido (cultural) en el que esta palabra se emplea aquí». Mr. Garratt confiesa en el mismo volumen que estos años «se han probado como los más desolados, y en algunos sentidos los más estériles de la historia india». Nehru, nuestro ministro de exteriores, ha tenido que admitir que «yo soy una extraña mezcla de oriente y de occidente, fuera de lugar en todas partes, en casa en ninguna»; la suya ha sido una educación «anglo-india». La explicación de la «pobreza de esta cosecha» quizás se encuentre en el hecho de que el mundo moderno puede ser descrito, y ha sido descrito por algunos filósofos occidentales, como un mundo «de realidad empobrecida», desprovisto de significado, «inane y auto-destructivo», «interesado en la moda más que en la belleza, en las noticias más que en la verdad; y listo para todo tipo de catástrofes» (J. Hélion et al.). Como dijo el difunto físico John Scott Haldane: «La civilización occidental, con todas la ventajas superficiales que le confiere el provechoso estudio de la ciencia física, ha llegado a representar a los ojos de muchas gentes en los países orientales poco más que un materialismo. Pero el materialismo no forma ninguna base para la honestidad, ni para la caridad, ni para la consideración de la verdad, la lealtad, o el arte; y sin éstos, la civilización real no existe, y toda civilización sólo de apariencia es completamente inestable».
¿Qué tenía que ofrecer una cultura tan inestable y sin cimientos que hubiera podido sumarse a la herencia cultural de la India? ¿La alfabetización? Como he señalado a menudo en otras partes, el valor de la alfabetización depende de lo que se lee, si se lee algo. Lo que ustedes tienen que ofrecernos es una cultura de revistas y de periódicos; y desde este punto de vista el  americano puede llamarse culturalmente analfabeto; la alfabetización aquí, si tomamos la palabra en un sentido serio, es un  del erudito, y el uso del lenguaje mismo se ha deteriorado tanto que el hombre de la calle difícilmente puede comprender a un erudito que escriba con precisión, por muy simplemente que lo haga. Y ésta es sólo una de las muchas maneras en que las democracias están marcadas por las distinciones de clase, y en que difieren de las sociedades tradicionales en las que la misma literatura clásica, y notablemente épica, era igualmente accesible a los hombres de todos los rangos y de todas las edades. Esta alusión a la edad es un punto especialmente importante, pues si hay algo distintivo del bajísimo nivel de la cultura moderna, ello es el tipo de literatura que se escribe hoy día expresamente «para niños». La literatura —y la música— de un pueblo unánime, en la que el individuo participa y está en armonía con la cultura en la que vive, tiene significados válidos en muchos niveles de referencia sucesivos; y lo que se aprende de memoria en la infancia —«el mito no es mío propio, yo lo recibí de mi madre», como dijo Eurípides— no sólo no se olvidará nunca, sino que continuará revelando las profundidades de su significado hasta el momento de morir, con sólo que nosotros no nos hayamos abandonado al escepticismo y al cinismo que se han demostrado tan cautivadores y tan frustradores para los proletarios modernos, que ya no son un pueblo integrado que participa en un universo de discurso común.
De la misma manera, en las universidades se admite, no sin reluctancia, algo semejante a una incompatibilidad entre la educación liberal y la educación técnica, una incompatibilidad que corresponde al divorcio contemporáneo entre el arte «fino» y la industria y a otras esquizofrenias. Esto no es simplemente una cuestión derivada de las nuevas distinciones de clase; las humanidades mismas están empobrecidas por la falta de ese conocimiento íntimo de las artes prácticas cuya evidencia rezuma en cada página de los tratados medievales sobre filosofía; ya no queda ninguna relación orgánica entre los estudios encíclicos y los misterios mayores. En todos los sentidos de la palabra, la educación moderna, ya se imparta en su propio contexto o ya se exporte arrogantemente por las gentes de habla inglesa, es productora de aislamiento; la degeneración del lenguaje, la descuidada ignorancia de los científicos siempre que intentan tratar problemas de filosofía o de teología, el fácil positivismo de la gran mayoría de los profesores, todas estas cosas cortan en el estudiante la posibilidad de cualquier comprensión real incluso de su propio pasado.
Pero eso no es todo; las condiciones del mundo han cambiado; en términos comunicativos, todas sus partes están hoy en contacto casi inmediato unas con otras, y se habla de un «­único mundo» y de la necesidad de «comprenderse unos a otros». Pero apenas se ha hecho provisión alguna para que una tal comprensión tenga lugar. El licenciado de habla inglesa todavía espera que los «otros» le comprendan, y que «progresen» de la misma manera en que ha progresado el occidente, olvidando que el concepto de progreso mismo requiere investigación y definición, particularmente en lo que concierne a las preguntas, ¿progreso en qué? y ¿progreso hacia qué? Todavía es la regla, más bien que la excepción, que los eruditos compilen monografías y tratados sobre todo tipo de temas, ya sea historia del arte, o educación, o filosofía, y que traten estas disciplinas como si sólo hubieran existido y se hubieran desarrollado en Europa; y si consideramos esa forma de educación particular americana que pretende deliberadamente sentar los cimientos de la aculturación de sus estudiantes, encontraremos que de sus «cien mejores libros» ninguno, aparte de la Biblia, fue escrito al este de Suez. Bajo tales condiciones, ¿cómo puede haber contactos culturales fructíferos, o un reconocimiento común de los principios sobre los que se apoyan tales civilizaciones verdaderas? El resultado neto de todo esto es que está teniendo lugar una «fraternización» inevitable, pero sólo en los niveles de referencia más bajos y en detrimento de todas las culturas implicadas.
Más con respecto a la alfabetización; uno habría supuesto que es de primera importancia ser capaz de  bien la lengua propia de uno, y ser capaz de comprender bien lo que se dice en ella, y que es de importancia secundaria, por muy importante que sea, ser capaz de leerla. Pienso que nadie se atrevería a mantener que los primeros de estos resultados se hayan alcanzado en ninguna parte por la educación elemental obligatoria; por otra parte, muchos testigos competentes nos han asegurado que —por ejemplo, en Escocia, en Ceilán, y en las remotas islas del Pacífico— los analfabetos son generalmente maestros de su lenguaje, expertos que usan un vocabulario muy rico —no meramente «básico», tal como el que hubo de inventarse para el beneficio de los estudiantes de Harvard— con una competencia perfecta. A esto debe agregarse que en las culturas analfabetas de todas partes se encuentran sorprendentes facultades de memoria, y que los recitadores a menudo son capaces de repetir una literatura tradicional que habría requerido muchos volúmenes impresos; y no podemos pasar por alto que una confianza demasiado grande en los libros «de referencia», a menudo sólo significa que aunque uno sabe donde encontrar una cosa, uno no conoce la cosa misma, o que los pueblos alfabetizados sólo son capaces de entendérselas con sus «cien mejores libros» de esta manera, a saber, como libros de «referencia». Como señalaba Platón hace mucho tiempo, la alfabetización puede no significar nada mejor que un sustituto de la memoria en el caso de un hombre perezoso. Todo esto debería convencernos de que las estadísticas del analfabetismo no son de ningún valor real como pruebas de la profundidad de las culturas; y que imponer la alfabetización sobre la cultura, meramente por la alfabetización misma, puede ser, como ha sido a menudo, el medio de destruir la cultura mucho más que el medio de extenderla.
En cualquier caso, en un país como la India, donde la educación se ha basado sobre una concepción definida del significado y del propósito de la vida, y donde se ha dirigido más hacia la adquisición de la sabiduría que hacia la conquista de la naturaleza, una estimación de la cultura en los términos de la alfabetización sería singularmente inapropiada; pues en la India, en los círculos más cultivados, la instrucción oral se prefiere todavía mucho más que la enseñanza con libros, y —si se hace caso omiso de aquellos que se han hecho más o menos «ingleses en cuanto a los gustos, opiniones, costumbres e intelecto»— hay todavía un acuerdo pleno y general con Platón en que para la comunicación de materias realmente serias la escritura no es un medio adecuado, y que  es adecuada la relación vital que subsiste entre un maestro y un discípulo. Ciertamente, esta relación, en la que el discípulo nace de nuevo de su maestro más realmente que de sus padres, es básica para la totalidad del concepto indio de una educación espiritual; es una relación que ahora es casi imposible de concebir en occidente, donde la educación es una cosa que se puede comprar o vender y donde el discípulo no rinde ningún servicio personal a su maestro. Quizás no haya dogmas con los que un hindú estaría más concienzudamente de acuerdo que con los de Cicerón, a saber, que «todos los preceptos de la filosofía se refieren a la vida», y que «la sabiduría es el arte de vivir»; y sin duda, si surgiera la cuestión, se argumentaría que puesto que la filosofía ya no se enseña en las universidades occidentales como un tema serio, sino sólo como la historia de las opiniones, no puede hacerse ningún gran daño por lo que se ha llamado, más bien rudamente, «echar perlas falsas a cerdos reales», o más gentilmente en francés la «vulgarización»: todo concuerda en una civilización que se basa en un concepto de la «conquista de la naturaleza» que muchos describirían como un «pecar contra la naturaleza», y que se ha descrito como una «barbarie organizada». Como dice Van Straelen, «nosotros hemos devenido meros engranajes de las grandes máquinas… veo a esas masas agitadas… y las compadezco como a pobres esclavos… que no conocen otro reposo que ese tipo de entretenimiento “enlatado” puesto ante ellos por las gentes de inclinación aprovechada en ambientes polucionados e insalubres. Y es a esto a lo que nosotros llamamos progreso, desarrollo y civilización; y despreciamos a las áreas sin industrializar de la superficie de la tierra como si fueran países atrasados habitados por razas inferiores… estancadas y que no cambian» —como si debiera admirarse  cambio, sin que importe si es para mejor o para peor. Éste es el tipo de vida, ésta es la utopía que un vicepresidente de los Estados Unidos ratificó recientemente cuando habló de esta América como una nación que tendrá «el privilegio de ayudar a las naciones más jóvenes (!) a emprender el camino hacia el industrialismo». Cuantísimo más realistas eran las palabras del inglés que dijo que «por mucho que los individuos sufran, debe darse libre curso al progreso en línea con la empresa de la civilización industrial»: al menos, este hombre sabía que la «civilización» y la «felicidad de los individuos» pueden significar dos cosas muy diferentes.
Por otra parte, de las islas Canarias, donde las condiciones físicas hacen imposible la mecanización, Edwin Herrin comenta, «¡Ustedes tienen aquí lo que todo el mundo (moderno) anhela… el paraíso del hombre pequeño!». Y ese es el punto de vista del pasha de Marrakesh que «no quiere el increíble modo de vida americano», del mahatma Gandhi (que «ve en nosotros una sociedad que se ha esclavizado a la máquina, y que está en proceso de ser destruida por su propia creación») y de Bharatan Kumarappa (una suerte de Jean Giono indio), así como el de muchos otros indios, y el de muchos anglosajones, además de estos cuyas palabras he citado. ¿Por qué creen ustedes que, como dijo Rabindranath Tagore, «no hay ningún pueblo en toda Asia que no mire hacia Europa presa de temor y de sospecha»? ¿Acaso creen ustedes que nuestros temores y sospechas son sólo ante el ejercicio del dominio político y no ante el ejercicio del dominio económico y cultural, o incluso religioso? Una de las mayores tragedias de los últimos ciento cincuenta años ha sido la caída de «sombras blancas sobre los mares meridionales»: y ahora ustedes, que viven «sólo de pan», tienen el propósito de establecer nuevas colonias por todo el Pacífico —¡con el fin de salvaguardarse a ustedes mismos de aquellos de los asiáticos que han seguido más de cerca los caminos del «progreso» occidental! Consideren que para cada responsabilidad que ustedes asumen, sin que nadie se lo haya pedido, sigue siendo válido que «lo que hiciereis a uno de éstos, a Mí me lo hacéis». Dondequiera que ustedes vayan, jamás vayan considerándose como señores, y tampoco como maestros de escuela, sino como , y actúen en consecuencia: pidan hospitalidad, pero no pidan que «se les halague sinceramente».


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