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La doctrina de emmanuel mounier sobre el personalismo y las bases generales de la persona y la sociedad en la constitucion politica del estado peruano autor: Ivan Guevara


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LA DOCTRINA DE EMMANUEL MOUNIER SOBRE EL PERSONALISMO Y LAS BASES GENERALES DE LA PERSONA Y LA SOCIEDAD EN LA CONSTITUCION POLITICA DEL ESTADO PERUANO
Autor:

Ivan Guevara

malito:iguevarav1@hotmail.com
INDICE
I. INTRODUCCION
II. LA SINTESIS DEL MANIFIESTO

1. Una luz en la oscuridad

2. Los principios de la nueva humanidad

3. De lo personal a lo comunitario

III. PERSONALISMO O SOCIETARISMO EN LA CONSTITUCION POLITICA DEL ESTADO

1. El artículo fundamental



2. Los derechos constitucionales de la persona humana
IV. LA REALIDAD DE LAS COSAS EN LA SOCIEDAD
V. CONCLUSIONES
VI. NOTAS
VII. BIBLIOGRAFIA

I. INTRODUCCION

El nombre de Emmanuel Mounier puede no ser tan conocido para las nuevas generaciones de seres humanos inmersos en la vorágine de la lucha por el poder terrenal, en el contexto de un mundo globalizado a partir de referentes económicos y tecnológicos. Su destino, que linda con la frontera del olvido, se parece al del gran filósofo Giordano Bruno, trágicamente muerto por los asesinos de la inquisición católica de la Edad Media. La injusticia del olvido de los mencionados hombres de reflexión está siendo remediada y subsanada a través de la obra de profesores de filosofía contemporáneos, conocidos mayormente en el ámbito de sus centros de labores. En esa medida, el rescate del legado de Bruno, y también en esa medida el rescate de la doctrina personalista de Mounier.

La doctrina elaborada por este filósofo francés se localiza históricamente en el tiempo entre los años de 1930 a 1950; esto es, con una comprensión del mundo que tenía todavía fresca o reciente la experiencia de dos devastadoras guerras mundiales. La Primera Guerra Mundial posibilitó que la obra de Mounier “Manifiesto al Servicio del Personalismo” contara con un material de posguerra muy rico para el debate y la crítica profunda. El “Manifiesto” personalista fue escrito cuando el autor francés contaba con treintaiún (31) años de edad. La fecha exacta del prefacio de su obra en mención tiene como fecha 1936; es decir, cuando en el mundo primaban las ideologías sistémicas que en lo político se consolidaban como bandos contrarios e irreconciliables a la luz de sus principios, aunque flexibles a la hora de las transas o coaliciones por conveniencia táctica y circunstancial.

En ese sentido, Mounier dirige su “Manifiesto” contra la ideología sociopolítica de su tiempo, formulando puntualmente una propia doctrina de índole personalista, porque pone énfasis en la persona humana dentro del desenvolvimiento de las sociedades organizadas. Por tanto, no tarda en chocar, en un acto de defensa de principios intelectuales, con el liberalismo capitalista y el marxismo socializante de la época, además del fascismo por cierto. En lugar de alinearse con cualquiera de las ideologías sistemáticas del momento, con los consecuentes réditos políticos, el autor francés prefiere la soledad del creador; esto es, la inicial incomprensión, acompañada por las previsibles consecuencias y ataques “desde todos los frentes”. Tal fue el precio del lanzamiento de su “Manifiesto”, aunque también, en términos actuales, la total indiferencia es una forma de aniquilar al creador. Después de todo, las sociedades en donde reina la exclusión social, no hacen mucho esfuerzo para aplicar su arma preferida: la indiferencia como nota característica de la no inclusión social.

Sin tratar de emular al estilo del manifiesto comunista de Engels y Marx, la obra de Mounier, escrita en 1936, no puede evitar caer en la tentación de la emisión de la declaración de principios, de corte personalista, pero también de carácter provisional, como el mismo autor lo señala en su prefacio, seguramente más como muestra de sencillez y humildad de pensamiento que como inestabilidad en su construcción doctrinaria. Es de señalar que el prefacio de “Manifiesto al Servicio del Personalismo” está inmediatamente acompañado por un escrito que rotula “Medida de nuestra acción”, en el cual desde el inicio define específicamente al personalismo, en términos que se refieren a la doctrina personalista como propia de toda civilización que afirma el primado de la persona humana sobre las necesidades materiales y sobre los mecanismos colectivos que sostienen su desarrollo.

La pretensión de Mounier es clara: ir más allá del fascismo, del comunismo y del “mundo burgués decadente”. Este ir más allá por cierto que no significa un radicalismo de los mismos, sino, por el contrario, su desconsideración y superación heroica en cuanto su propósito central viene a ser nada menos que el primado de la persona humana. Pero en el camino de su misión particular, el filósofo francés hace una necesaria precisión cuando advierte que el personalismo no es más que un santo y seña significativo, una cómoda designación colectiva para doctrinas distintas, pero que, en la perspectiva de la situación histórica concreta, pueden ponerse de acuerdo en las condiciones elementales, físicas y metafísicas, de una nueva civilización. En palabras textuales del autor, el personalismo no anuncia, pues, la creación de una escuela, la apertura de una capilla, la invención de un sistema cerrado. Testimonia una convergencia de voluntades, y se pone a su servicio, sin afectar su diversidad, para buscar los medios de pesar eficazmente sobre la historia. Hecha esa aclaración, la doctrina de Mounier, además de personalista introduce elementos de un destacable realismo, pues admite, desde ya, la existencia válida de varios personalismos. Y esto es un acto propio de un buen autor, de un buen filósofo y de una buena persona.

Mounier busca, con la construcción de una doctrina flexible sobre el personalismo, una civilización dedicada a la persona. Es así que su finalidad inmediata es el definir el conjunto de primeras aquiescencias que pueden dar fundamento a tal tipo de civilización. Este realismo del filósofo francés lo previene de futuros sectarismos y fosilizaciones teóricas, pues admite expresamente que hay la posibilidad, dentro de las visiones personalistas de la sociedad, de visiones distintas de los fines superiores de toda civilización. Resulta claro que Mounier no quiere la imposición de una ideología común, no la busca ni la anhela, pues lo indicado es el aceptar un acuerdo mínimo sobre “verdades de base”. Debemos entender por estas últimas a las certezas extraídas en el propio devenir de la existencia humana, que hacen posible la misma convivencia en sociedad sin caer en el caos o la anarquía. En tiempos de Mounier tales verdades tenían fresco el recuerdo de la Primera Guerra Mundial; esto es, la inserción histórica traía consigo nuevas experiencias, traducidas como nuevos datos. En esa medida, el personalismo de Mounier rebasa todo síntoma de individualismo, erigiéndose, al decir del autor, en “señal de unión”, cual faro de esperanza para el cumplimiento de una misión.

Al margen de las motivaciones de Emmanuel Mounier para dirigir sus energías y esfuerzos intelectuales a la creación de una corriente de pensamiento que ayude o haga posible una mejor civilización humana en el planeta, lo cierto es que uno de sus primeros objetivos es aislar y anular a los esquemas estrechos de concepción, tan comunes tanto en ciencia como en filosofía. Precisamente esta “estrechez de concepción” históricamente tuvo en enorme demérito de ocasionar la paralización y hasta el retroceso civilizatorio (1). En este sentido, se advierte a sí mismo contra toda forma de doctrinarismo, e incluso de moralismo, cuando precisa la peligrosidad del acto de concebir reglas y exigencias morales tomadas en su más amplia generalidad; esto es, en fraseología de Mounier, por ser los moralistas, como los doctrinarios, extraños a la realidad viva de la historia. Aquí el autor critica al moralismo por ineficaz precisamente por caer en la generalidad, y no sobre concretos procesos históricos, que para el caso de las sociedades humanas admiten una fuerte estructura espiritual. El filósofo francés admite acertadamente que la civilización tiene un carácter de suma complejidad cuando señala que toma a la misma en toda su profundidad, al mencionar los referentes válidos constituidos por los valores espirituales, afirmando la primacía de los mismos, teniendo a la vez conciencia en que tal reconocimiento no implica caer en el error “doctrinario o moralista”.

Mounier tiene tanta consideración a la civilización que la lleva a los niveles de una respuesta metafísica frente a una “llamada metafísica”, pero no elude la obligación intelectual de precisar la definición. Y en tal sentido, para el filósofo francés la civilización viene a ser el progreso coherente de la adaptación biológica y social del hombre a su cuerpo y a su medio; la cultura es concebida como la ampliación de su conciencia, la soltura que adquiere en el ejercicio del espíritu, su participación en cierta forma de reaccionar y pensar, particular de una época y de un grupo, tendente a lo universal; y la espiritualidad es definida como el descubrimiento de la vida profunda del ser humano. Esos tres conceptos vienen a constituirse como las tres mesetas ascendentes de un humanismo total. En esta perspectiva de totalidad, el autor despliega una visión revolucionaria que lo aproxima con el marxismo –él mismo lo reconoce- en cuanto que una espiritualidad encarnada, cuando es amenazada en su carne, tiene como primer deber liberarse y liberar a los hombres de una civilización opresiva. Pero a su vez se distancia del marxismo cuando afirma los referentes metafísicos de su doctrina, concretamente respecto a la civilización y a la cultura humanas. En este orden de ideas concibe un “plus” acerca del trabajo, de la ciencia, del arte y de la vida personal; esto es, lo laboral debe referirse a linderos que van más allá de la mera producción, la ciencia debe trascender la utilidad, así como el arte debe trascender el simple pasatiempo, y la vida personal ha de descubrir lo universal que se anida en cada particularidad humana. Con esto último Mounier se descubre como un excelente metafísico y filósofo, detentador de un realismo pocas veces visto en tal condición. En un contexto de cuestionamiento práctico a las sociedades de religión cristiana, Mounier se erige como una voz que clama en el desierto frente a una humanidad diezmada. Empujado por una fuerza espiritual, desconocida por gran parte de sus contemporáneos, el filósofo francés se dirige contra el mundo burgués y sus ídolos paganos (el dinero y el confort), así como contra los colectivismos (marxismo, fascismo) para desde el campo de la metafísica y la filosofía dejar una concreta esperanza como legado para las futuras humanidades por venir.

Lo que a simple vista parece ser extraído del museo de la historia sin embargo asume aparentemente cierta actualidad cuando los preceptos constitucionales declaran que la persona humana (o la defensa de la misma) es el fin supremo de la sociedad y del Estado (artículo 1 de la Constitución Política del Estado). En esa medida, estaríamos ante una Constitución personalista, por lo que cabe plantearnos la siguiente interrogante:

¿ Resulta ser o no de índole personalista la Constitución Política del Estado vigente a la luz de lo preceptuado en su primer artículo ?

II. LA SINTESIS DEL MANIFIESTO

1. Una luz en la oscuridad.- Después de precisar la existencia de un mundo contemporáneo adverso a la persona, Mounier sueña con una civilización personalista como aquella cuyas estructuras y espíritu están orientados a la realización como persona de cada uno de los individuos que la integran. Pero, tras distinguir dos planos distintos entre individuo y persona, se ve obligado a dar una definición, en estricto, de esta última. Es así que concibe a la persona como un ser espiritual constituido por una forma de subsistencia y de independencia en su ser. La subsistencia necesita de una adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptada, con lo cual el libre albedrío resulta fundamental en la doctrina personalista.

1.1 La doctrina personalista.- La filosofía personalista constituye para algunos el síntoma y para otros la respuesta a esa situación de nihilismo, cuando ni la soledad, ni la muerte permiten responder a la pregunta por el sentido, y la “persona” se divisa en el horizonte conceptual como alternativa la crisis de la modernidad. Frente a los vacíos existenciales de la humanidad de posguerra, el individuo es ignorado como solución a las crisis de las sociedades humanas. Según el creador del movimiento personalista, Emmanuel Mounier, el “personalismo” fue usado en primer lugar como concepto por el poeta norteamericano Walt Witman en su libro “Democratic vistas” de 1867, y entró en filosofía de la mano de Renouvier que definió con esta palabra su sistema filosófico en 1903. Sin embargo, en su uso moderno, el “personalismo" es una escuela filosófica muy concreta, que se origina en la obra de Mounier y en la revista “Esprit” a partir de la fundación del movimiento en la localidad pirenaica de Font-Romeu en el mes de Agosto del año de 1932. La filosofía personalista es la expresión del existencialismo cristiano o, si se prefiere, del “inconformismo religioso” que se desarrolló principalmente entre católicos en Francia, pero también, y simultáneamente, en pequeños núcleos judíos y protestantes de Alemania, en las décadas de 1930 a 1950. Las raíces del “personalismo” habría que buscarlas en la ética fenomenológica de Jaspers y de Max Scheler, autor de “Naturaleza y formas de la simpatía”, “El sentido del sufrimiento”, “El genio, el héroe, el santo”, “La idea del hombre y la historia”, etc; así como en la filosofía de Alain, un profesor que consiguió una singular audiencia en ambientes cristianos de la época.

El “personalismo” no propugnaría una filosofía de la historia, ni una antropología, ni una teoría política, sino que se tiene a sí mismo por un movimiento de acción social de tipo cristiano que une fuertes elementos comunitarios con la reflexión conceptual de raíz metafísica (para algunos teológica) sobre el sentido trascendente de la vida. En ese sentido se puede decir que los personalistas no se consideran como militantes de un sistema o de una ideología sistémica, sino que asumen el personalismo como una “orientación” de la vida en sentido comunitario. Así el “personalismo” consiste, más que en una teoría cerrada, en una “matriz filosófica” cristiana, o una tendencia de pensamiento dentro de la cual son posibles matices muy diversos pero que tiene en común asumir la perspectiva creyente y la condición dialógica de la persona, es decir, la apuesta por el diálogo comunitario, como condición que hace posible la filosofía. Para comprender su propuesta es necesario asumir, casi como un axioma, o como una regla de vida, que “persona” significa mucho más que “hombre”, e incluso llega a simbolizar precisamente lo contrario de “individuo”.

Entre los principales autores personalistas tenemos:

- Emmanuel Mounier (“Manifiesto al servicio del personalismo”; “El Personalismo” y especialmente la revista “Esprit”, órgano del movimiento);

- Gabriel Marcel (“Ser y tener”, “Diario metafísico”, “Los hombres contra lo humano”);

·- Jean Wahl (“Estudios kierkegaardianos”);

- Jean Lacroix (“Persona y amor”, “El personalismo como antiideología”);

- Paul-Ludwig Landsberg (“Experiencia de la muerte”). Este último autor, judío de origen alemán, fue ayudante de cátedra de Scheler y, tras las leyes antisemitas de Hitler se trasladó primero a París, donde participó en el “Colegio de Sociología” y, posteriormente, a Barcelona, llamado por Joaquín Xirau para formar parte del profesorado de la Universidad Autónoma; de manera que ambos pueden ser considerados los iniciadores del personalismo filosófico en España. Landsberg terminaría sus días suicidándose con una dosis de cianuro, en un campo de concentración nazi. El personalismo, por su esencia democrática, se desplegó de una forma muy significativa, tanto antes como después de la guerra civil española de 1936-1939. Por esa época floreció un importante movimiento religioso y cultural cuyo autor más significativo fue el abogado y escritor Maurici Serrahima, amigo personal de Mounier y colaborador de la revista “Esprit”. La viuda de Mounier, Paulette, fue incluso detenida en Barcelona bajo el franquismo, el 29 de enero de 1969, durante el estado de excepción al reunirse con jesuitas e intelectuales antifranquistas. El personalismo español en lengua castellana fue, sin embargo marcadamente minoritario antes de la guerra, limitándose a la revista “Cruz y Raya” de José Bergamín y a las colaboraciones en “Esprit” de José María de Semprún y Gurrea, padre del escritor antifascista Jorge Semprún.

Fuera del círculo intelectual español, muchos intelectuales católicos han tenido relación con el movimiento personalista. Así puede considerarse también “personalista” alguna obra de Jacques Maritain (especialmente “Humanismo integral”). Junto a la filosofía, el personalismo ha tenido un importante componente literario. Así, por ejemplo, se ha llegado a considerar que la obra de Mounier resulta difícil de comprender sin la literatura de Charles Péguy.

El personalismo, aunque ha contado con autores judíos, como Buber, Landsberg o Levinas, y protestantes como Ellul, vendría a ser según los críticos un existencialismo básicamente católico, teniendo, todo lo indica, un papel fundamental en la renovación del pensamiento eclesiástico previo al Concilio Vaticano II que, asumiendo gran parte de sus tesis sobre la relación entre Iglesia y mundo seglar, lo dejó casi sin objeto. De hecho, la revista “Esprit” se ha movido políticamente desde hace más de medio siglo en la órbita del socialismo democrático intelectualizado. Por eso se afirma que en tanto existencialismo leído en clave creyente, el movimiento personalista sustituye el nihilismo desesperado por la esperanza trascendente y por la experiencia comunitaria. En esa medida, el hombre es “persona” en la medida en que no se esconde en la masa, ni se deja negar por la tecnología, ni cae en abstracciones conceptuales individualistas.



a) La Persona.- El personalismo se constituye a su vez como lo contrario al colectivismo, donde el sujeto se convierte en número, y como lo contrario al individualismo, que nos vuelve incapaces de comunicarnos entre nosotros mismos como entidades inexorablemente relacionadas entre sí.

En palabras de Mounier, el individividuo es la dispersión de la persona en la materia, dispersión y avaricia. Mounier, en el contexto de su doctrina, afirma que la persona no crece más que purificándose del individuo que hay en ella. Contra el individualismo, propio de una sociedad despersonalizada, se reivindica a la “Persona” como ser concreto (no subjetivo) y por ello relacional y comunicativo, es decir, “comunitario”. En plena posesión de una dialéctica existencial, el personalismo, luego de desechar gramaticalmente el término “individuo” para referirse al ser humano en solitario, aislado como unidad teniendo en cuenta la humanidad como referencia máxima con la cual cotejar, centra sus esperanzas en el término lingüístico “persona” (2).



Textualmente, Mounier afirma sobre la persona: “Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una manera de subsistencia e independencia de su ser; mantiene esta subsistencia por su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una conversión constante: unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla, por añadidura, a impulsos de actos creadores la singularidad de su vocación”.

Al margen de las dificultades inherentes a toda traducción idiomática, en Mounier las cosas están claras en lo referente a la importancia que tiene el término gramatical “persona”.

b) La comunidad.- Una vez precisados el lugar y la importancia de la “persona” en la estructura de la doctrina personalista de Mounier, es en la comunidad, en la relación concreta de comunicación con los demás, donde realmente se constituye la persona. Para el personalismo, los dos conceptos básicos que darían unidad al pensamiento son “persona” y “amor”. Ambos conceptos se han encontrado también en el pensamiento liberal y en el romanticismo pero con otra significación radicalmente distinta. Según el movimiento personalista el significado que de ellos se ha dado, incluso en el ámbito creyente, ha sido puramente instrumental y alienante. Así, por ejemplo, el socialismo marxista tiene razón en denunciar el idealismo y la superficialidad de ambos conceptos porque se ha tendido a pensarlos como puras abstracciones, “descarnadas”. En consecuencia, cumple con cambiar el punto de vista desde el que se ha reflexionado sobre ellos. En esa medida, la persona debe ser comprendida desde un punto de vista relacional, puesto que se realiza en medio de una coexistencia. El hecho de que esta relación sea profunda, íntima, está en absoluta contradicción con el cosmpolitismo burgués, heredado del Renacimiento y de las Luces. En tal sentido, Mounier era taxativo. En el contexto de su doctrina llegó a afirmar que quizás solamente quien ha penetrado profundamente en Dios, es capaz de amar a todos los hombres. Sin embargo él mismo advirtió que no amaba a la humanidad, que no trabajaba por la humanidad, sino que amaba a algunos hombres, habiéndole resultado la experiencia tan fértil que por ella se sentía ligado a cada prójimo que atravesaba por su camino. En tal virtud, “persona” y “amor” deberían ser considerados no desde el punto de vista simbólico, o como abstracciones conceptuales, sino como transcendentales y como expresión de la sacralidad de la vida. Por eso mismo el personalismo tiene una profunda vocación pedagógica: se trata no sólo de amar, sino de educar para el amor y la trascendencia a una nueva humanidad. Así educar no consiste en hacer “mejores personas”, sino en “despertar” a la persona, pues para Mounier una persona se suscita por una llamada, no se fabrica por “domesticación”.

c) La visión intrasistemática.- Sin caer en confusión, en cuanto que la doctrina personalista no obedece a esquemas cerrados de concepción, la concepción personalista del mundo es claramente contraria a la versión que sobre el hombre ofrece la ciencia positiva, en la medida que para esta filosofía lo humano es, por definición “cualitativo” y, por tanto, ajeno al modelo descriptivo, cuantificable y analítico de las ciencias, que se daba por supuesto en el mundo académico francés desde la fundación de la “Sociedad de Biología” (1848) y de la “Sociedad Médico-Biológica” (1855).

La ciencia positivista, según el personalismo, describe al hombre “desde fuera” pero lo ignora interiormente o lo considera, como Freud, sólo como pulsión de placer. Pero el hombre tiene aspiraciones morales, estéticas y religiosas que la ciencia no recoge, ni comprende. El hombre es “persona”, es decir, conciencia interior más allá de la burda materia. Y esa conciencia es, además, relacional, es decir, está abierta a lo religioso, en cuanto que religa o reúne, y a lo comunitario. En otras palabras, en cuanto “persona” el hombre no es sólo cuerpo sino también alma. Y esa alma necesita de amor. En línea secuencial de la doctrina de Mounier, sólo por el amor se accede a la persona. De ahí la importancia del “testimonio” que se da mediante la propia vida por encima incluso de la acción política. Por eso se ha llegado a afirmar que el personalismo se ve a sí mismo como una teoría de la esperanza. En el contexto de su doctrina, Mounier señaló que el nihilismo, del que se desprende el espíritu de catástrofe, es una reacción masiva de tipo infantil, pues, en sus palabras, sólo los seres débiles, los niños, los enfermos y los nerviosos se desalientan. En ese sentido, para este filósofo personalista, la angustia de una catástrofe colectiva del mundo moderno es, ante todo, en nuestros contemporáneos una reacción infantil de viajeros incompetentes y “alocados”.

Mucho entusiasmo o no en el porvenir de la humanidad, lo cierto es que una sociedad personalista sería, pues, la consecuencia de una actitud comunitaria, que sitúa la comunicación, la “fraternidad”, entendida como virtud cristiana y no como imperativo republicano, en el centro de la acción política.

2. Los principios de una nueva humanidad.-

a) Un recetario.- En el contexto de su doctrina, se puede decir que Mounier esbozó cinco puntos, a manera de recetario, que se hacen necesarios para que pueda llegar a desarrollarse una sociedad personalista y comunitaria:

1.- Salir de sí mismo; esto es, luchar contra el “amor propio”, que hoy denominamos egocentrismo, narcisismo, individualismo;

2.- Comprender: Situarse en el punto de vista del otro, cual empatía; no buscar en el otro a uno mismo, ni verlo como algo genérico, sino acoger al otro en su diferencia;

3.- Tomar sobre sí mismo, asumir, en el sentido de no sólo compadecer, sino de sufrir con el dolor, el destino, la pena, la alegría y la labor de los otros;

4.- Dar, sin reivindicarse como en el individualismo pequeño burgués y sin lucha a muerte con el destino, como los existencialistas. Una sociedad personalista se basa, por el contrario, en la donación y el desinterés. De ahí el valor liberador del perdón;

5.- Ser fiel, considerando la vida como una aventura creadora, que exige fidelidad a la propia persona.

El recetario es dado por Mounier, con la previa aclaración que el asumir al individuo como «persona» no significa perderse en un espiritualismo más o menos platónico, o sublimar un “doble” imaginario de los humanos concretos, sino aceptar que el sujeto humano es carne espiritualizada, transcendida en cuanto que el amor (imagen de un amor divino) se vive en lo concreto, y en lo material -por eso mismo se dice que el movimiento personalista, tras un breve instante de vacilación con el colaboracionismo de Vichy, en la segunda guerra mundial, se alineó con los comunistas en la resistencia antinazi-. Utilizando las mismas palabras de Mounier, la persona es “existencia encarnada”, y olvidar eso conduce a despersonalizar a los humanos. Y para este filósofo francés la despersonalización se traduce inevitablemente como deshumanización.

El personalismo quiere fundar un nuevo humanismo cuyo sentido último se halla en la idea de la persona como expresión del amor divino. Por eso el personalismo es radicalmente antiliberal en la medida en que no acepta la idea de los humanos como meros “átomos sociales”; a la idea de libertad irrestricta le opone la de comunidad, por lo que ese es el único ámbito en que la libertad resulta pensable. La sociedad es, ante todo, una comunidad de almas, es decir, una totalidad construida como suma de esfuerzos conjuntados en que lo material, no sería más que “símbolo”. El liberalismo conduciría a lo que Mounier llamará “existencia dramática” es decir, a la que ve el tiempo y el ser no como plenitud, sino como vacío, que se expresa filosóficamente en el existencialismo sartriano. Aquí es de anotar que el enfrentamiento con Sastre -a quien Mounier pretendió ningunear, situándolo en la rama izquierda del “árbol existencialista” cuyo tronco vendría a ser Kierkegaard y en cuya base está Pascal para hundir sus raíces en San Agustín- no tiene tanto que ver con el ateísmo cuanto con lo que Mounier denomina “el ala mundana”, la moda burguesa del decadentismo. Sin embargo, más allá de las particulares disputas entre uno y otro autor, el ser, y específicamente, el ser humano, es un misterio profundo y, como tal, transciende toda solución. En la medida en que lo humano es incapaz de perdurar, cualquier “yo” pierde sentido ante el misterio que, en cambio, permanece siempre. Fidelidad, amor y admiración serían los valores que nos constituyen, en tanto que seres humanos, ante el misterio. Asumiendo que el hombre, en tanto que persona, corresponde a la categoría de “misterio”, Mounier dará un paso más considerando que su filosofía no es un estudio sobre el hombre, sino un “combate por el hombre”.

 

b) Los temas básicos.- Emmanuel Mounier fue un líder del movimiento personalista, sin duda su principal ideólogo, en cuanto asume el sentido de un “Manifiesto”, y ha corrido el peligro de convertirse en un autor olvidado, sólo apto para uso en contextos clericales o de escolástica pedagógica. Es de recordar que el filósofo francés murió a los 45 años de edad, y gran parte de su obra es estrictamente de “combate”, pero aunque su retórica tiene algo de crispado y su vocabulario suena hoy a los “años 30”, su obra no debiera interesar sólo en el mundo eclesiástico, pues su revista “Sprit” sirvió como medio de expresión para escritores no precisamente católicos ni personalistas en estricto sentido.

Mounier pretendió pensar una filosofía cristiana conscientemente contemporánea en un momento en que cristianismo y modernidad se habían dado, aparentemente en forma definitiva, la espalda. Por eso mismo su obra no puede entenderse sin advertir que se trata de la respuesta creyente a la filosofía de la sospecha, representada por Marx, Nietzsche o Freud. Sin embargo, paradójicamente, Mounier anuncia sin saberlo la postmodernidad al proponer el ”Rehacer o reconstruir el Renacimiento” como objetivo de un pensamiento católico que no puede estar frontalmente contra la modernidad sino que debe mostrar la insuficiencia del modelo humanista individualista heredado del renacimiento y de la ilustración.

“Rehacer el Renacimiento” significa optar por explicar el mensaje de Jesús a través del camino de Erasmo de Rotterdam en vez de hacerlo por el de Lutero o Descartes. En tal sentido, podríamos decir que se trata de un pensamiento “moralista” que, “toma conciencia del desorden”, como alternativa a un pensamiento mecanicista que conduce a la degradación del hombre, a la insignificancia de lo humano ante la máquina y el dinero.

Para Mounier, la respuesta al ateísmo se encuentra en el necesario “humanismo concreto”; esto es, no hay seres en abstracto y desarraigados sino “personas” miembros de una comunidad, de una cultura espiritual en cuyo seno se realizan. En palabras de Mounier, “la desesperación no es una idea, es sobretodo un corrosivo”. Por eso para el personalismo el ser humano no es un individuo errático, sino un proyecto de comunicación y una íntima participación en la vida. En consecuencia, el principal error del existencialismo “ateo” sería el de definir al hombre como proyecto pero sin prestar atención a las condiciones por medio de las cuales dicho proyecto tiene sentido: el amor, la familia, la comunidad. Son precisamente esas instancias comunitarias las que evitan caer en la desesperación, en el desarraigo, y nos permiten abrirnos al sentido en un mundo cada vez más cosificado. “Sentido” y “transcendencia” se descubren como remedios contra la “angustia” y la “desesperación” existencial.

La revolución del siglo XX no sería, para Mounier, el socialismo que considera a los individuos como números y miembros de una masa, sino el redescubrimiento de una comunidad donde el hombre logre ser “persona” y no simple número. Ello exige, por lo demás, superar la perspectiva tecnológica e instrumental del humanismo renacentista, para recuperar la trascendencia.



En el personalismo del autor francés podemos apreciar cierta primacía de lo espiritual sobre lo material, la de los valores de la cultura sobre los valores vitales, y la de estos valores accesibles a todo el mundo en la alegría, en el sufrimiento, en el amor de cada día, traducidos como valores de amor, de bondad, de caridad. Por otro lado, Mounier, que nunca redactó su tesis doctoral en filosofía y sentía un indisimulado menosprecio por la Academia, fue, más que un pensador de sistema, un considerable “constructor de metáforas”, cuya vigencia sigue siendo central en el pensamiento crítico, incluso a extramuros del ámbito cristiano.

Señalemos algunas que están marcadas por el intento de reivindicar el cristianismo reapropiándose de temáticas surgidas alrededor de Marx y Nietzsche:



Desorden establecido: Situación de la sociedad en que el orden social se fundamenta exclusivamente en lo económico y cuya vigencia degrada a la persona. Ya no hay más que un dios sonriente y horriblemente simpático: el Burgués. El hombre ha perdido el sentido del Ser, que no se mueve más que entre cosas, cosas utilizables, privadas de su misterio, dice en “Manifiesto al servicio del Personalismo”. El desorden establecido puede definirse también como trivialización de la vida, el reino de la banalidad y lo superficial.

Rehacer el Renacimiento: Alternativa al desorden establecido, que no podrá llevarse a cabo mientras no se separe lo espiritual de lo político y de lo económico para recuperar la espiritualidad ocultada por el pensamiento técnico. El primer Renacimiento malogró el Renacimiento personalista y desatendió el comunitario -dice Mounier-. Contra el individualismo se ha de reemprender el primero, pero sólo se conseguirá con el auxilio del segundo.

Cristiandad difunta: Como la que ha muerto por connivencia con el poder del mundo, por olvidar la profecía, por desatender el sentido de la parábola del buen samaritano. Para Mounier es esencial comprender que no hay dos historias, una “sagrada” y “profana” la otra, sino que la Iglesia debe optar por lo que denomina “sobrenaturalismo histórico”.

Tercera fuerza: Espacio político definido por la doctrina social de la iglesia, entre el comunismo (ateo) y el liberalismo (explotador, utilitarista). Durante algún tiempo esta posible salida fue explorada por el personalismo como síntesis y superación dialéctica de las contradicciones. Mounier, sin embargo, se desdijo muy pronto de este intento porque le parecía poco espiritual. Además era contrario a moverse en el ámbito confesional, poco profético. La pretensión del personalismo es clara: Restituir a la política su bello sentido lleno del aprendizaje total del hombre hacia las cosas de la comunidad. Posteriormente el concepto fue usado por la socialdemocracia y por el político inglés Tony Blair, a finales del siglo 20, como “Tercera vía”.

Revolución personalista: Mounier llegó a proclamar que la revolución será moral o no será. También la definió como “una técnica de los medios espirituales”. En otras palabras, se trata de asumir que la sensibilidad y la personalidad de la persona representan una fuerza transformadora; esto es, sin una “conversión” de la persona, la revolución sería sólo un cambio de gobierno, o un cambio en las condiciones de la opresión pero no la finalización de esta última.

Humanismo concreto: El que se opone a convertir a los hombres en símbolos y los asume como personas desde su diferencia pero también desde su espiritualidad. Viene a ser el humanismo que surge de la revolución personalista.

En cualquier caso, el personalismo es una teoría democrática en el sentido profundo de la democracia; es decir, más allá del puro planteamiento estadístico, el personalismo vincula la democracia con el valor, cualitativo, de la persona y de la comunidad. Por ello mismo, en momentos de degradación de los valores, como en la misma postmodernidad, el personalismo reaparece como un síntoma. Como diría el propio Mounier, se trata a la vez de:

- Una perspectiva que ve al hombre como un ser material pero a la vez interior y transcendente;

- Un método para analizar la historia y la acción humana desde la perspectiva de la persona;

- Una exigencia “de compromiso total y condicional a la vez”. Total porque no se limita a la simple crítica de lo que ocurre, y condicional, pues la persona a la que se aspira, no es la que vive en el “aturdimiento colectivo” o en la “evasión”.

Resulta un tanto difícil valorar hoy la actualidad del personalismo por muchas razones. En cualquier caso está claro que la filosofía personalista, como también el existencialismo, quedó al margen de la corriente de pensamiento central en el siglo XX, es decir, fuera del análisis lingüístico; muchas de sus metáforas aguantarían mal un análisis de este tipo. Es significativo que los actuales pensadores “comunitaristas”, muchos de ellos católicos, prácticamente nunca reconocen su deuda con el movimiento personalista pese a que éste se basaba muy especialmente en la reivindicación de la “comunidad”. Y la explicación puede ser sencilla: el comunitarismo actual es de tipo liberal, mientras que Mounier abominaba del liberalismo que consideraba anticristiano por poner al hombre bajo el dinero.

Para Mounier no será posible establecer jamás una comunidad si no se asume que lo gratuito, lo simbólico y en general el ámbito de “la comunicación” han de mantenerse al margen del dinero, que por su propia esencia lleva a romper la cohesión social. Al individualismo que denunciaba, se añade hoy un cosmopolitismo en las comunicaciones, y una interculturalidad que puede comprenderse difícilmente desde una ética de máximos. Sin embargo, no es casualidad que algunas críticas personalistas a la sociedad burguesa hayan reaparecido donde menos se les podía esperar; es decir, en el análisis sociológico de la postmodernidad. Puede entenderse fácilmente que sea precisamente el postmodernismo de Lyotard y Vattimo el que beba de fuentes personalistas porque es precisamente la crítica de Jaspers, Scheler y Mounier la primera que se dirigió simultáneamente y en profundidad a la herencia “progresista” de la Ilustración y contra el totalitarismo pesimista de Marx, Nietzsche y Freud.

c) Más allá del individualismo.- Mounier construye su doctrina personalista sobre las cenizas del individualismo burgués derrotado por la evasión y el hedonismo monetario. En ese orden de ideas, “Persona” es una entidad superior, más avanzada, respecto al “individuo”. Sin embargo, la civilización burguesa e individualista, dueña hace pocos años de todo el mundo occidental, aún se halla en él firmemente instalada. Las mismas sociedades que la han proscrito oficialmente siguen todas impregnadas de ella. Adherida a los cimientos de una cristiandad a la que contribuye a dislocar, mezclada con los vestigios de la época feudal y militar, con las primeras cristalizaciones socialistas, produce, con los unos y las otras, unas amalgamas más o menos homogéneas, el estudio de cuyas variedades sería demasiado extenso hacer. Nos contentaremos con examinar su último estado histórico y destacar sus líneas dominantes, sin perjuicio de las temperanzas más o menos felices que le aportan aquí y allá el azar de las mescolanzas o el ingenio de las personas vivas. Cierta forma de caricaturizar a cualquier burguesía, igual que determinados tópicos de la pluma y del dibujo, familiares a la prensa de izquierdas, descienden muy a menudo a una mayor vulgaridad que sus modelos. Tampoco se desconoce las virtudes y, sobre todo, las virtudes privadas que impregnan aún algunos hogares privilegiados de la sociedad burguesa. Ni mucho menos ignoramos el sentido vivo de la libertad y de la dignidad humana que anima a ciertas apologías a favor del individualismo más profundamente que los errores cuyas fórmulas propagan. Pero, lo rescatable de la civilización burguesa se desdibujaría poco a poco cuando el individuo convierte a la libertad en el libertinaje propio de “dioses bárbaros”: el dinero y el confort, con olvido del destino de los demás. La concepción burguesa es la culminación de un período de civilización que se desarrolla desde el Renacimiento. Procede de una rebelión del individuo contra una estructura social que se hizo demasiado pesada y contra una estructura espiritual cristalizada. Esta rebelión no era en su totalidad desordenada y anárquica, pues en la misma latían unas exigencias legítimas de la persona. Pero pronto se desvió hacia una concepción tan estrecha del individuo que llevaba en sí desde el comienzo su principio de decadencia -he aquí los esquemas estrechos de concepción-. Hemos de aclarar que la atención orientada hacia el hombre singular no es, como a veces parece creerse, disolvente en sí misma de las comunidades sociales; pero la experiencia ha mostrado que toda descomposición de estas comunidades se establece sobre un hundimiento del ideal personal propuesto a cada uno de sus miembros. En tal virtud, el individualismo viene a ser una decadencia del individuo antes de ser un aislamiento del individuo, pues habría aislado a los hombres en la medida en que los ha envilecido.

Razones no le faltan a Mounier para criticar duramente al individualismo burgués, pero este mismo autor francés reconoce a plenitud que, por ejemplo, la era individualista ha partido de una fase heroica, pues su primer ideal humano, el héroe, es el hombre que combate solitario contra potencias masivas, y en su combate singular hace estallar los límites del hombre.

En un destacable análisis que hace Mounier sobre el capitalismo, manifiesta que durante un tiempo los jefes de empresa, o incluso ciertos aventureros de las finanzas, han continuado mediante operaciones una tradición de “altos vuelos”, pues mientras lucharon con cosas y con hombres, es decir, con una materia resistente y viva, templaron de ese modo una virtud innegable, hecha de astucia y a menudo de ascetismo. Al extender a los cinco continentes el campo de sus conquistas, el capitalismo industrial les dio unas posibilidades provisionales de aventura; pero, cuando inventó la fecundidad automática del dinero, el capitalismo financiero les abrió al mismo tiempo un mundo de facilidades donde toda tensión vital iba a desaparecer. Las cosas con su ritmo, las resistencias, el paso del tiempo, se disuelven bajo el poder infinitamente multiplicado que confiere, no ya un trabajo a la medida de las fuerzas naturales, sino un juego especulativo, el de la ganancia obtenida sin prestar ningún servicio, tipo al que tiende a asimilarse toda ganancia capitalista. A las pasiones de la aventura se sustituyen entonces progresivamente, los blandos goces del confort; a la conquista, el bien mecánico, impersonal, distribuidor automático de un placer sin exceso ni peligro, regular, perpetuo: el que distribuyen la máquina y la renta. Una vez que se ha internado por los caminos de esa facilidad inhumana, una civilización no crea ya para suscitar nuevas creaciones, sino que sus mismas creaciones fabrican una inercia cada vez más tranquila. De esa manera, razona Mounier, la sustitución de la ganancia industrial por el beneficio de especulación, y de los valores de creación por los valores de la comodidad, han usurpado poco a poco el ideal individualista, y abierto el camino en las clases dirigentes primero, y después, por descensos sucesivos, hasta en las clases populares, a este espíritu que llamamos burgués a causa de sus orígenes y que se nos presenta como el más exacto antípoda de toda espiritualidad.

En consecuencia, la sociedad individualista no tiene realmente valores espirituales. Al decir de Mounier, por un gesto de orgullo viril, ha conservado el gusto por el poder, pero por un poder fácil, ante el cual el dinero disipa el obstáculo y ahorra una conquista de frente; un poder, además, garantizado contra todo riesgo, una seguridad. Tal es la victoria mediocre soñada por el rico de la Edad Moderna; la especulación y la mecánica la han puesto al alcance del primer recién llegado. No es ya el dominio del señor feudal, unido a sus bienes y a sus vasallos, ni sería incluso la opresión de un hombre sobre otros hombres. Y es que el dinero separa a los hombres al comercializar toda relación, al falsear las palabras y las conductas, al aislar en sí mismo -lejos de los vivos reproches de la miseria- en sus barrios, en sus escuelas, en sus vestidos, en sus vagones, en sus hoteles, en sus relaciones, en sus misas, al que no sabe ya soportar más que el espectáculo cien veces reflejado de su propia seguridad.

En esa medida, el héroe ya no existe en la sociedad individualista. El rico de la vieja época, incluso está en vías de desaparecer. No hay ya sobre el altar de esa triste iglesia más que un dios sonriente y horriblemente simpático: el burgués. El hombre que ha perdido el sentido del Ser, que no se mueve más que entre cosas, cosas utilizables, despojadas de su misterio. El hombre que ha perdido el amor; cristiano sin inquietud, incrédulo sin pasión, hace tambalear el universo de las virtudes, en su loca carrera hacia el infinito, alrededor de un pequeño sistema de tranquilidad psicológica y social: dicha, salud, sentido común, equilibrio, placer de vivir, confort. El confort es, en el mundo burgués, lo que el heroísmo era en el Renacimiento y la santidad en la Cristiandad medieval: el valor último, móvil de la acción. El confort pone a su disposición a la consideración y a la reivindicación. La consideración es la suprema aspiración social del espíritu burgués; cuando ya no encuentra gozo en su confort, encuentra al menos una vanidad en la reputación que posee con él. La reivindicación es su actividad fundamental. Del derecho, que es una organización de la justicia, el mundo burgués ha hecho la fortaleza de sus injusticias, de ahí su radical juridicismo. Por otro lado,


entre este espíritu burgués, satisfecho de su seguridad, y el espíritu pequeño burgués, inquieto por alcanzarla, no existe diferencia alguna de naturaleza, sino únicamente de grado y de medios. Los valores del pequeño burgués son los del rico, deformados por la indigencia y la envidia.

En su relato sobre el individualismo burgués, que al final se reduce a un individualismo absoluto, Mounier despliega una excelente capacidad de análisis que concluye señalando que el supremo valor del individualismo es la economía, pero la economía a costa de la alegría, la fantasía, la bondad: la lamentable avaricia de su vida miserable y vacía.



3 De lo personal a lo comunitario.- En orden a establecer la importancia de la persona y de la comunidad en el edificio teórico del personalismo, es de citarse el hecho que Mounier, como Sartre, tenía cierta aversión a la filosofía sistemática. Mounier le agrega una capa de subjetividad, acorde con el ámbito de discrecionalidad que necesita su doctrina, a la epistemología del personalismo, en la espera de tomar en cuenta las varias experiencias que son únicas a cada ser humano. De acuerdo con su fe en la libertad creativa de la persona humana, Mounier se niega a aceptar jerarquías sistemáticas, sobreregimentadas e impersonales. Y es que la complejidad de la actividad humana es meramente una reflexión de la complejidad del ser humano. Para el personalismo, el hombre es “todo cuerpo”, pero también, es “todo espíritu”. Esta última noción restauraría la dignidad inherente al ser humano, mientras combate la convicción de Marx, de que el hombre es únicamente cuerpo. Mounier utiliza la expresión de "existencia encarnada" para connotar la unidad entre cuerpo y espíritu. Es el espíritu el que nutre el pensamiento, y el cuerpo quien lleva el pensamiento a la expresión. La existencia objetiva del cuerpo, combinada con las experiencias subjetivas del espíritu, actualizarían a la persona.

a) La sociedad.- Como medio en donde se desenvuelve la persona, lo societario adquiere una especial importancia.
La terminología de Mounier es crítica para entender sus ideas acerca de la sociedad. Para el personalismo, el individuo es aquel cuyo ego y libertad indirecta e ilimitada disminuye su sentido de vocación moral, específicamente hacia otros. Esta es la "libertad" expuesta por los existencialistas, especialmente Sartre, pero esta es una fuerza aislante, que restringe al hombre a trabajar para sí mismo para darle sentido a su aparentemente innecesaria existencia. Mounier, sin embargo, argumenta que el aislamiento del hombre permanecerá penetrante hasta que renueve su sentido de vocación moral, algo es posible solamente en una comunidad. Así amar a otros involucra las relaciones interpersonales y la interacción comunitaria, cuyo resultado es "reconciliar al hombre a sí mismo, exaltarle y transfigurarle." Esto deja al hombre abierto a experiencias y a la trascendencia, experiencias que no están disponibles al individuo aislado. En fraseología de Mounier, si la primera condición del individualismo es la centralización del individuo en sí mismo, la primera condición del personalismo viene a ser su descentralización, para poder colocarle en las perspectivas abiertas de la vida personal.

El énfasis de Mounier en la comunidad y su habilidad para ayudar al individuo en la trascendencia de sí mismo podría indicar tendencias marxistas. A pesar de que Mounier reconoció que el personalismo tiene algún compañerismo con la filosofía de Marx, las diferencias, según él mismo, son significativas, puesto que el personalismo iluminaría más el campo de la interioridad y la trascendencia que la mayoría del marxismo. Al enfatizar la "interioridad" cambia radicalmente el lugar de la persona humana en el entendimiento marxista de la economía. Cuando una persona existe solamente como una tuerca en una máquina productora de riqueza, sólo en su aspecto físico, o aquello que fabrica los medios para la prosperidad, pierde su valor. Para prevenir que la persona se convierta en el medio para un fin económico impersonal, Mounier respondió al fracaso marxista al reconocer plenamente la dimensión espiritual del hombre. Y es que sin tener en cuenta la naturaleza dual del hombre, el trabajo, por ejemplo, se puede convertir en una actividad degradante y deshumanizante.

Mounier también tenía poca simpatía por un gobierno intrometido en las vidas de las personas. El argumenta que la inevitabilidad del Estado no necesariamente le otorga autoridad. En cambio, su autoridad deviene de personas libres que dependen de ella para preservar sus libertades dirigidas. Para Mounier, el hombre libre es aquel a quién el mundo le plantea cuestiones y las resuelve adecuadamente; es el hombre responsable, siendo la libertad de este tipo una fuerza que une, no que divide, y lejos de tender a la anarquía, es, en el sentido original de la palabra, “religiosa” y “devota”. Aquí el cristianismo católico de Mounier se deja apreciar con cierta nitidez, sin embargo, yendo al origen de la palabra “religión” (religar, reunir, volver a unir) podemos admitir que, en esencia, cuando la libertad existe como un fin en sí misma, removida de su aplicación religiosa, "centraliza" al hombre en sí mismo, causando división en las comunidades. Cuando esto ocurre, los individuos, no las personas según la doctrina de Mounier, ven hacia el Estado para que les provea aquello que la comunidad puede proveer. En ese sentido, una sociedad de individuos no puede prevenir por mucho tiempo el advenimiento del estatismo.

b) El Estado.- Como organización administrativa que representa a la nación, Mounier reflexiona sobre el lugar adecuado del Estado para la humanidad. El Estado, para la doctrina personalista, no es la nación, ni siquiera es una condición que debe ser cumplida antes de que la nación pueda llegar a existir. Al decir de Mounier, sólo los fascistas proclaman abiertamente que su meta es el bien del Estado. Pero desde una visión humana de la historia, el Estado es aquello que le da objetividad, fuerza y concentración, a los derechos humanos; emergiendo espontáneamente de la vida de los grupos organizados, y en este respecto, viene a ser la garantía institucional de la persona.

En palabras de síntesis, el Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado, así como la economía está destinada para servir al hombre, y no el hombre al servicio de la economía. En términos del personalismo de Mounier, el Estado no es una comunidad espiritual, o una persona colectiva en el sentido propio de la palabra. No está por encima de la patria ni de la nación, ni mucho menos respecto a las personas. En ese sentido, viene a ser un instrumento al servicio de las sociedades, y, a través de ellas, al servicio de las personas, teniendo el carácter de artificial y subordinado, pero al fin necesario. Debido a la naturaleza dual del ser humano, en cuanto tiende tanto al bien como al mal, las personas y las sociedades sucumbirían a la anarquía sin la presencia del Estado.

El Estado se constituye como el “último recurso” para arbitrar los conflictos de los seres humanos entre sí. He ahí a la jurisdicción del Estado. Pero, en cuanto relación de medio a fin, se puede detectar ya que, según la doctrina personalista, el Estado viene a ser el medio, y la persona el fin. El Estado existe para que las personas encuentren su realización, desde un primer plano de aseguramiento de una coexistencia superadora del más absoluto caos social. El Estado sólo existe en beneficio de la persona realizada en sociedad.

c) La nación.- En terminología de Mounier, la nación viene a ser el “abrazo” que reúne a la abundancia de sociedades diversas alrededor de las personas (sociedades económicas, culturales, espirituales), bajo la unidad viva de una tradición histórica y de una cultura particularizada en su expresión, con poder de cierta universalidad. Para el filósofo francés la nación es una realidad mixta y no cristalizada. Por un lado, la nación sería receptáculo de una multiplicidad de sociedades a las que tiene que mantener con vigor; y, por otro lado, si no comunidad en sentido estricto, sí sería al menos una entidad comunitaria, vínculo flexible y vivo entre la universalidad que únicamente cada persona como tal puede alcanzar y llevar, y las “sociedades carnales” que rodean y retienen al individuo. Sin embargo, el personalismo de Mounier coloca por encima de la nación a la comunidad espiritual personalista, que se realiza más frecuentemente a pequeña escala entre personas, permaneciendo como el “modelo lejano” del desarrollo social.

La nación así se constituiría como el punto intermedio entre sociedad y Estado, alcanzando su plena realización en una comunidad personalizada. Al fin de cuentas, Mounier habla de una comunidad internacional, y del derrumbamiento del Estado nación.



d) Plataforma de combate por un régimen personalista.- En su “Manifiesto al servicio del Personalismo” Emmanuel Mounier se atreve a esbozar, a modo de plataforma de combate, las estructuras fundamentales de un régimen personalista, que comienzan con los principios de una educación personalista, traducidos como las siguientes declaraciones de doctrina:

- La educación no tiene por finalidad el modelar el niño al conformismo de un medio social o de una doctrina de Estado;

- La actividad de la persona es libertad y conversión a la unidad de un fin y de una fe. Una educación fundada sobre la persona no puede ser totalitaria;

- El niño debe ser educado como una persona por las vías de la prueba personal y el aprendizaje del libre compromiso.

Luego de ello, Mounier no duda en precisar al máximo los enunciados programáticos para lograr una “ciudad personalista”, dentro de una sociedad humana personalizada. Su personalismo trascendental hace que valore el papel de la mujer en la sociedad de su tiempo, dirigida por hombres, mucho antes que se le reconozca, entre otros derechos, el derecho al voto, por ejemplo. Habla incluso del paso de la familia celular a la familia comunitaria, y, al querer abarcar la amplia gama de asuntos que conciernen a la sociedad organizada, menciona que una economía personalista se traduce como una economía pluralista, como síntesis del liberalismo y del colectivismo.

Esto es de comentarse porque la ciudad y la sociedad personalista que Mounier anhela tienen que considerar el factor económico como parte del desarrollo de los pueblos. Según sus palabras, el personalismo conserva la colectivización y salvaguarda la libertad apoyándola en una economía autónoma y flexible en lugar de adosarla al estatismo. La economía personalista admite, pues, en estricta correspondencia con lo enunciado, dos sectores: un sector planificado, destinado a la producción del mínimo vital, y un sector libre, donde actúan, sin amenazar el mínimo vital de las personas, la libre creación y la libre emulación. En este sentido, podemos decir que la economía personalista pensada por Mounier se aproxima al concepto constitucional que subyace en la denominación “economía social de mercado”.

Mounier bien pudo haber dejado que la posteridad se encargue de enunciar unos ciertos principios de un “mundo mejor”, pero se tomó la molestia de “soñar” en concreto su sociedad personalista, y para ello estableció expresamente los principios de un régimen personalista. Soñador o no, lo cierto es que Mounier por su doctrina personalista ha dejado un legado difícil de ignorar en la civilización occidental de cultura judeocristiana. Y pensar que hasta hace poco corría el riesgo de ser totalmente olvidado, pero por algo la corta vida de Emmanuel Mounier tuvo un profundo impacto en el panorama filosófico de la Europa moderna. Al decir de muchos, su preocupación no era el formular un nuevo sistema de economía o el diseñar un estado utópico fuera de la tierra de desecho social de la Europa de postguerra, sino el buscar preservar la dignidad humana que la Primera Guerra Mundial había desestabilizado. Y es que Mounier buscó no sólo los principios de la fe cristiana para apoyar sus argumentos, sino también a un tipo de filosofía humanística, las cuales le ayudaron en su ataque a la desesperación y existencialismo “ateo”. Su trabajo serviría más adelante de inspiración para muchos, incluyendo al Papa Juan Pablo II, y otras connotadas figuras de religión institucionalizada.

Entre las principales obras de Emmanuel Mounier tenemos:



  • Manifiesto al Servicio del Personalismo (1938);

  • Personalismo (1952);

  • No Temáis: Estudios de Sociología Personalista (1951);

  • El Despojo de los Violentos (1955);

  • El Carácter del Hombre (1956);

  • Oeuvres, 4 vols. (1961-63).

Algunas de sus obras son de edición póstuma, pero tal bagaje constituye la herencia intelectual de Emmanuel Mounier para los tiempos venideros.

III. PERSONALISMO O SOCIETARISMO EN LA CONSTITUCION POLITICA DEL ESTADO
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