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La desregulación de la economía española juan velarde fuertes


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La desregulación

de la economía española
JUAN VELARDE FUERTES*


La “Historia de Chinki”. El impulso de la revolución liberal era ya muy fuerte a finales del siglo XVIII. Se había publicado La riqueza de las Naciones de Adam Smith en 1776. La toma de la Bastilla había tenido lugar en 1789. El triunfo de la revolución independentista norteamericana tuvo lugar con el Tratado de Versalles de 1783. Esta última fecha es también la que Cipolla nos ofrece para el inicio de la Revolución Industrial. Angus Maddison preferirá, una vez concluidas las Guerras napoleónicas, la fecha de 1820. El neoclasicismo se bate en retirada frente al romanticismo en todos los terrenos del arte y, simultáneamente, salta al de la política, con todas sus consecuencias. La revolución científica, iniciada en el siglo XVII y consolidada en la física con Newton, en la química con Proust, pronto en la biología con el salto de Linneo y Buffon a Darwin y Mendel, en las matemáticas con un alud de genios que van de Bernuuilli a Gauss, de Euler a Laplace, de Abel a Cauchy, proporciona puntos de apoyo esenciales para los progresos tecnológicos. Al mismo tiempo, es imposible que se desarrolle un fenómeno Leonardo da Vinci, esto es, de posibles aplicaciones de la ciencia a la tecnología que no se traducen en nada concreto, porque al revés que en el Renacimiento, como Keynes puso de relieve en Madrid el 9 de junio de 1930, el tesoro español de América, transferido a Europa, bien a causa de depredaciones de corsarios, bien como resultado de la contrapartida de saldos negativos ya del Sector Público, ya de la balanza por cuenta corriente de España, pudo financiarlo todo al ser puesto a interés compuesto, sobre todo en el mercado financiero de Londres. Así es como logró impulsarse este alud tecnológico creado por la ciencia que entonces existía.
Pero todo esto, que tiene mucho de sinfonía grandiosa de esfuerzos, no encontró ante sí precisamente un camino de rosas. Todos y cada uno de estos procesos supieron de oposiciones rudísimas, porque herían ya intereses materiales considerables, ya convicciones íntimas muy arraigadas. De ahí que, para eliminar esas resistencias, apareciesen documentos que procuraban que la opinión pública se movilizase a favor de este ambiente revolucionario. Dentro de esta literatura, creo que merece la pena destacar el librito de Tomás Genet Viance y Trevi, Chinki. Historia conchinchinesa(1). Destaca en él la influencia indudable de Jovellanos con su Informe sobre la Ley Agraria, publicado un año después. Tiene incluso la historia de Chinki, como cita previa, la misma exactamente que el Informe sobre la Ley Agraria: “Aequè pauperibus prodest, locupletibus aequè”. Con esta expresión de Horacio, se indica que este tema de la libertad de la economía, al impulsar, por sí misma, la actividad económica, importa igual a todos, ricos y pobres. No existe ante la puesta en acción de la libertad ninguna situación de suma cero; esto es, no tienen por qué no ganar todos. La raíz de ello es que se amplían automáticamente los mercados, con la libertad y en virtud del teorema de la mano invisible de Adam Smith, que señala que “el individuo busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos [...] Al perseguir (el individuo) su propio interés, frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”, y que debe ponerse en relación con el aserto de Smith, derivado de su aportación sobre el incremento de la productividad a causa de la división del trabajo de que “al abrir un mercado más amplio para cualquier parte del producto de su trabajo [...] lo estimula a mejorar sus capacidades productivas y a expandir su producto anual al máximo, y de esta manera a incrementar el ingreso y la riqueza reales de la sociedad”(2). Tras Waterlóo, esto se afianzará más aun, porque el Banco de Inglaterra pone en marcha el patrón oro y el comercio internacional se ve impulsado por la difusión de la teoría de los costes comparativos de David Ricardo —en gran medida Cobden fue muy importante como divulgador de la misma—, mientras se consolida la globalización del tráfico internacional al incorporarse a él, tras independizarse, el conjunto de las economías iberoamericanas, y ampliarse progresivamente el papel de las economías asiáticas, africanas y de Oceanía.
A pesar de los intentos de algunas cortes, que incluso organizan, apoyadas por el Congreso de Viena, expediciones para mantener el Antiguo Régimen acá y acullá, recordemos a los Cien mil Hijos de San Luis, la opción liberalizadora parece triunfar por doquier. El Antiguo Régimen se desploma, o se bate en franca retirada. La libertad política parece sumarse a la libertad económica. La Iglesia Católica se opondrá, por diversos motivos, no todos achacables a ella, al progreso del liberalismo. Incluso dará la impresión de que patrocina lemas como el título del ensayo famoso de Felix Sardá i Salvany, El liberalismo es pecado.
En España el Informe de la Ley Agraria se declara sin ambajes a favor de la libertad económica, sobre todo cuando sostiene: “No hay alguno que no exija de V.A. nuevas leyes para mejorar la agricultura, sin reflexionar que las causas de su atraso están por la mayor parte en las leyes mismas y que, por consiguiente, no se debía tratar de multiplicarlas, sino de disminuirlas: no tanto al establecer leyes nuevas, como de derogar las antiguas”. Por eso el eco en Chinki, al año siguiente, es también muy claro: “El extranjero [...], por gozar de esta libertad tan apetecida (no disfrutada aún en España), nos trae (los) géneros más exquisitos y baratos, después de hacer un largo transporte, y pagar infinidad de gabelas”. Y más adelante destacará: “La libertad es el principio más activo del comercio”.
Daría la impresión de que las banderas de la libertad económica y de la libertad política se izan por las mismas manos. Por lo tanto, cuando se estabiliza el liberalismo, tras derrotar al carlismo que parece estar liquidado con el Abrazo de Vergara (1839), parece que había llegado el momento de presentar un avance de la libertad económica. El firme apoyo de los grandes economistas clásicos, ingleses y franceses, parece que va a facilitar tal victoria. El derrumbamiento en lo económico de situaciones estamentales, corporativistas, intervencionistas, parecía perfectamente explicable.

El alba del intervencionismo. Sin embargo, nada de eso sucede en España. Dentro de un proceso singular del mundo del liberalismo, éste parece que comienza a vacilar a poco de esa victoria sobre el absolutismo carlista. En 1848, surgen por doquier señales de que todo puede cambiar y que la creencia del teorema de la mano invisible puede declinar. Tres fueron las reacciones a favor de la regulación económica.
La primera, como consecuencia de las revueltas de 1848, fue la Ley de Beneficencia de 1849. El Manifiesto Comunista había puesto de relieve que, efectivamente, “un fantasma se cernía sobre Europa: el espectro del comunismo [...] El comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas”. Era preciso que los pobres no llegasen a situaciones de desesperación cuando estuviesen enfermos, cuando llegasen a una ancianidad extrema, cuando alguien fuese un niño abandonado. Antes, en España, de eso se ocupaba la Iglesia. Pero tras las Desamortizaciones, y aunque comenzaron pronto a proliferar instituciones caritativas en su seno —especialmente importantes fueron las Conferencias de San Vicente Paul—, no eran capaces de atender, carentes de la riqueza anterior, al conjunto de necesitados que proliferaba en las zonas urbanas en expansión, unidas al avance entre nosotros de la Revolución Industrial. Entre estas gentes angustiadas, comenzaban a arraigar mitos, como el del reparto, y del campo venían mensajes auténticamente espartaquistas. Ciertas frases circulaban y ponían espanto entre los burgueses, que con los bolsillos bien repletos de fincas desamortizadas y que veían además avanzar la negociación del que sería el Concordato de 1851 que liquidaría el contencioso, escuchaban aquello de Proudhon de “que la propiedad es un robo”. Las revueltas de 1848 indicaron que el riesgo existía. Las masas no sólo pedían ya la supresión de los odiados impuestos de consumo, sino que se repartiese la riqueza. Así es como, con esa Ley de Beneficencia, se inició lo que después sería uno de los elementos básicos del auge del intervencionismo: el Estado del Bienestar.
Éste fue un paso minúsculo, pero mucho mayor fue el derivado del pánico de Narváez ante la crisis del Banco de Isabel II. La reacción fue doble. Por un lado la aparición de la figura de Gobernador del banco fundado para salvar lo que interesaba del naufragio del de Isabel II —el Nuevo Banco Español de San Fernando—, para que alguien, nombrado por la Administración, avisase de lo que sucedía y, de acuerdo con el Gobierno, fuese capaz de poner coto a desaguisados posibles. Ramón Santillán, el hacendista, fue el designado para ese puesto del que pronto se convertiría ya oficialmente en Banco de España, en esa serie que hoy por hoy concluye en Caruana, y que desde 1931 fue una pieza importante en un largo proceso estatificador que culminaría en 1962. Por otro lado, se pusieron tal cantidad de trabas intervencionistas en el mundo del crédito que éste se escapó del mundo tradicional de la Banca y, como nos demostró el profesor García López, dio lugar a la aparición del fenómeno de los comerciantes banqueros que, en el bienio progresista, optarían más de una vez, al liberalizarse un tanto la situación, por ser exclusivamente banqueros.
En suma, vemos que los liberales del partido moderado, incluso aquellos que, como Alejandro Mon, habían estado al lado del alzamiento de Riego, puestos en un dilema que subrayó Perpiñá, el del contraste de saber si, de verdad, eran liberales en la economía o no, que era el de contraponer seguridad propia y libertad, prefirieron con claridad la seguridad, con todo su aparato coercitivo de leyes. Cuestión ésta que contemplamos aun más claramente con la tercera rectificación que frente al liberalismo económico se hace por los moderados: la apuesta a favor del proteccionismo.
Espartero, a la cabeza de los progresistas, pareció proclive a insertar a España dentro de un régimen de libertad del comercio internacional. Pero Espartero había dado paso a Narváez, y éste era el que gobernaba en España en 1846 cuando el conservador Lord Palmerston llega al Gobierno británico y, como consecuencia, su embajador en Madrid, Sir Henry Lytton Bulwer, pasa a conspirar con los progresistas, entre otras cosas, para apartar a España del proteccionismo. Se expulsa a Lytton Bulwer de Madrid y se corre el riesgo de que Palmerston bien decidiese como represalia ocupar La Habana, ampliar la posesión de Gibraltar o apoderarse de Mallorca. Lo primero no lo permitió Estados Unidos; lo segundo y tercero, Francia. De este modo, el proteccionismo comenzó a triunfar en España. Recuérdese que en 1846 llegará Cobden a España y que en 1847 Narváez había declarado que estaba resuelto a proteger la industria nacional “hasta la exageración”. El Arancel de 1849, de Mon-Bravo Murillo, señala cómo en torno a 1848 todo pareció girar en contra de la libertad económica. Por supuesto, también aquí el ethos de la seguridad triunfaba sobre el de la libertad. De paso, con el economista norteamericano Carey comenzó a surgir una tesis xenófoba vinculada con la polémica proteccionismo-librecambio. Carey lanzó un argumento, en medio de la polémica entre los proteccionistas norteamericanos, que en la Guerra Civil se iban a agrupar en la Unión, mientras que los librecambistas lo hacían en la Confederación, para ayudar al bando proteccionista que acabaría por triunfar con Lincoln. Este texto de este economista norteamericano causó mucha impresión: “Inglaterra y Francia procuran a porfía impedir el desarrollo de manufacturas en España, creyendo sin duda que su propio acrecentamiento en poderío y riqueza depende del mayor grado de pobreza y debilidad a que reduzcan las demás naciones del globo [...] Los economistas (británicos) hacen hincapié en la ventaja enorme que reporta Inglaterra de sus relaciones actuales con Portugal, por la facilidad que le proporciona de llenar a España de tejidos de lana y algodón de contrabando [...] No puede imaginarse política más mezquina que la de estas dos naciones respecto a España. Empobreciéndola, destruyen su poder productivo, privándola hasta de adquirir la suficiente aptitud para comprarles sus [...] productos”.
Es el momento en que germina la idea de la conjura, los progresistas, y nada digamos de los miembros, algo después del partido demócrata al ser librecambistas, forman una coalición antiespañola con los ingleses. Pero he aquí que en ambos grupos —progresistas y demócratas— abundaban los anticlericales y los miembros de sociedades secretas: masones, carbonarios, comuneros. Cuando Leo Taxil lanza su famosa superchería, que fue sintetizada con el título de una obra de examen de sus granujerías, la de Weber, con el título de Satán francmasón, todo parece encajar. Leamos el relato de Taxil Los adoradores de la Luna, en el que vemos que Gibraltar, a través de las perforaciones hechas en la Roca por los ingleses, era el mecanismo por el cual los demonios subían y bajaban al Infierno. Añádase el citado libro de Felix Sardá i Salvany, El liberalismo es pecado, y tendremos en acción a buena parte de los elementos de la acción proteccionista e intervencionista. Todo esto, como una especie de légamo subyacente, sí está debajo de las posturas intervencionistas y proteccionistas de las fuerzas de la derecha española. No todo se redujo en ellas a defender intereses concretos. El proceso fue, pues, muy complejo. El que Gibraltar fuese un formidable punto de apoyo del contrabando por un lado, y del bandolerismo andaluz por otro, contribuyó con fuerza a que ciertas doctrinas de libertad económica fuesen repudiadas por la población. Más adelante, pero aún en el siglo XIX, las reticencias frente al liberalismo político y el económico de los Papas, también contribuyeron a afianzar estos puntos de vista.
Simultáneamente surgió la admiración por Alemania. Cuando comenzó la carrera de la Revolución Industrial, según Angus Maddison, en 1820, Alemania tenía un Producto Interior Bruto por habitante de 1.112 dólares Geary-Khamis de 1990, o sea el 95’6% del español. En 1900, Alemania había multiplicado por 2’82 su PIB por habitante; España lo había multiplicado sólo por 1’92, con lo que el PIB por habitante de nuestro país habría pasado a ser sólo el 65’09 del alemán. Todo ello mientras los alemanes consolidaban su unión nacional, se convertían en una importante potencia colonial, entraban en el Olimpo de los países que gobernaban el mundo y, tras derrotar a Francia en Sedán, en 1870, ofrecían ante la opinión mundial una especie de Atenas de las ciencias, las artes y la técnica.
Al escrudriñar cómo lo habían hecho los alemanes y, sobre todo, cuando el examen se hacía por personas poco duchas en economía, surgía el sofisma de post hoc, ergo propter hoc. Había desarrollo fuerte, envidiado, y previamente se observaba que, en el terreno de la teoría económica, el historicismo económico germano atacaba, en la famosa Methodenstreit, con enorme fuerza además, a los clásicos y neoclásicos y marginalistas británicos, franceses, suizos y austríacos . Era el método inductivo y no el deductivo de todos éstos, que en buena parte se personificaban en la Escuela de Viena, el que estaba equivocado. Si se erraba en el método, era evidente que todo lo demás era, científicamente, un adefesio y, por supuesto, el teorema de la mano invisible y la teoría de los costes comparativos no tenían especial sentido. De ahí en adelante, todo el panorama de la economía ortodoxa se consideraba un conjunto de disparates. Bien es cierto, se decía, que Inglaterra se había beneficiado con ello, pero no los demás. ¿No significarían estas doctrinas ortodoxas una especie de mensaje que favorecía el Reino Unido, pero no a sus eventuales consumidores?
Dígase lo mismo de la Verein für Sozialpolitik, de la que procede el socialismo de cátedra, que albergaba, tras las leyes sociales de Bismarck, una feroz actitud ante el partido socialista y las doctrinas en general derivadas del socialismo científico. Pero estas leyes sociales, con las que se pretendía, como dijo Bismarck, que “los socialistas tocasen en vano el caramillo, en cuanto los obreros observasen las ventajas que se derivaban de los príncipes que los gobernaban”, exigía un fuerte intervencionismo, ligado, por otro lado, a los postulados hacendistas de Wagner, quien presidía la Verein: la política fiscal no tiene como objetivo fundamental el proveer de fondos a la Administración para su desarrollo, sino el de distribuir la renta y financiar un gasto público que ha de crecer más que el PIB, con lo que —ley de Wagner— el presupuesto, con objeto de impulsar a la economía, ha de significar un porcentaje creciente en el tiempo del citado PIB.
Simultáneamente, el mercado nacional alemán quedaba bien trabado por el sistema ferroviario y la aparición de esa Unión Arancelaria o Zollverein, tan bien situada en el entorno de Los Buddenbrook por Thomas Mann, reforzado todo por el proteccionismo defendido por Federico List. Ese triunfo tenía, además, salvo el caso germano, traducción universal. El Norte proteccionista había triunfado sobre el Sur librecambista en Estados Unidos; la III República, desde Thiers, es proteccionista; Italia lo es, entre otras cosas, para asentar el Risorgimento. También lo era Rusia en grado sumo. ¿Era posible que no lo fuéramos nosotros? Cánovas del Castillo, adalid de esta etapa germanófila y proteccionista, comprende que la perfección del sistema que defiende, si quiere seguir el modelo alemán, exige agregar decisiones claramente intervencionistas.
Porque, además de lo dicho, en Alemania había aparecido el fenómeno de la carterlización. Nada de fuertes competencias entre los grandes de la industria, necesarios porque era preciso aprovecharse de las economías de escala que los mismos poseían, cosa que nada tenían que ver con lo que se conoce como libre competencia. Era preciso evitar las gigantescas pérdidas de activos básicos que de tal competencia se derivase. Lo mejor acabó buscándose en forma de reparto del mercado, pero con presencia y autorizaciones del Estado. Pronto se imitó en España. En 1896 las empresas productoras de explosivos y fertilizantes, que trabajaban en buena medida con patentes, inversiones y direcciones extranjeras, se reunieron por veinte años en la Unión Española de Explosivos. Afectaban a tres sectores muy sensibles de nuestra vida en aquellos momentos: al Estado, embarcado en la Tercera Guerra de Cuba; a una fundamental actividad industrial relacionada con las exportaciones, la minería; finalmente, a la agricultura, que en aquellos momentos se expansionaba con fuerza, basada en una población creciente, que aumentaba su renta además, y que gozaba, amparada por Cánovas del Castillo, de un proteccionismo creciente.

Los protagonistas del intervencionismo. La articulación de nuestro intervencionismo se va a efectuar, pues, apoyando nuestra política económica en los mensajes de cuatro grandes protagonistas de nuestra vida económica en cuatro marcos diferentes y sucesivos.
El primero, en la Restauración de Alfonso XII y la Regenta María Cristina de Habsburgo, es el de Cánovas del Castillo. Después, en la Restauración de Alfonso XIII, el segundo será el de Maura. El tercero, tras la conmoción originada en Europa por la I Guerra Mundial, que, naturalmente, afectó con fuerza a España, será el de Cambó, y sin el que no se explica el despliegue intervencionista de la Dictadura de Primo de Rivera y el de la II República. El cuarto, en la primera parte de la era de Franco, y que cierra este capítulo de nuestra historia con el Plan de Estabilización de 1959, fue el de Suanzes. Adelanto que, por lo poco trabajado, y por ser el inicio del intervencionismo, voy a hacer hincapié en Maura. El resto, por ser más conocido, será ofrecido esquemáticamente.
Los elementos que explican la actitud de Cánovas del Castillo han sido, en buena parte, ya expuestos, pero debe subrayarse aquí su admiración por Alemania e, incluso, su amistad personal con Bismarck. Su decisión básica será poner en marcha, con el Arancel de Guerra de 1891, una máquina poderosa que no se va a detener hasta 1959. Creo que he probado de qué modo no tuvo interés por la política que se podía desprender, entonces ya, de los neoclásicos ingleses y, en cambio, tiene inequívocas influencias del neohistoricismo germano(3).
El mensaje directo de Cánovas del Castillo es el que late, por supuesto, en el que podríamos denominar viejo partido conservador. No entendemos del todo la política de Raimundo Fernández-Villaverde y su estabilización respaldada por Francisco Silvela, o la política social desplegada por Dato de 1900 a 1920, o el planteamiento doctrinal de Antonio García Alix en El presupuesto de la construcción(4), con derivaciones incluso hacia la política educativa(5), si prescindimos de esa escuela canovista que, progresivamente, irá siendo alterada por los Jóvenes turcos que pasan a controlar al partido conservador, bajo la dirección o, al menos, con una fuerte inspiración de Maura(6).
Muy sintéticamente, de Maura, en el sentido que ahora nos ocupa, se desprenden cuatro potentes direcciones para nuestro intervencionismo. La primera es la de un intervencionismo como sustituto directo de los ajustes de mercado, en tanto en cuanto se reaccionaba así frente a la crisis azucarera que había aparecido, con fuerza, en 1907. Pero lo del azúcar, con la Ley Osma de Azúcares y Alcoholes de 1907, fue el primer paso para crear una situación que se consideró ya asfixiante en 1929, cuando ese año, en el Dictamen de la Comisión del Patrón oro, Flores de Lemus escribe que el espíritu empresarial “se encoge y cohíbe si ha de someter sus iniciativas a instancias burocráticas o semiburocráticas”, y añade: “Mientras la economía de la industria y del comercio se halle en régimen de expediente, como en los tiempos de decadencia del viejo mercantilismo, no se puede pensar que anime a los empresarios el espíritu que nació justamente de la abolición de aquel régimen”. Por desgracia las cosas no se detuvieron ahí. Desde 1907 a 1959 se encuentra algo más de medio siglo en el que crecen los agobios derivados de la existencia de un régimen que prefiere, a creer en el teorema de la mano invisible que nace en el mercado, hacerlo en la confianza en el puño de hierro del Estado.
También en el año de 1907, con un planteamiento que en lo ideológico tenía bases en los cuerpos sociales del Antiguo Régimen —en parte, tesis mantenida por la doctrina de la Iglesia Católica—, pero también en el krausismo y, por supuesto, como herederos de éste, en los regeneracionistas, comienza a existir corporativismo, o sea, que a parte de estos conjuntos de la sociedad se les permite que no sólo orienten, sino que en la práctica dicten la política económica en la que están directamente implicados. En Maura, por supuesto que trasciende de lo económico y tiene muchísima importancia en sus orientaciones de política municipal, en la que se basaba en su lucha contra el caciquismo(7). Pero es evidente que no resulta extravagante suponer que existió una transferencia del tema del voto corporativo en las corporaciones locales. Ruiz del Castillo indica en ese sentido que “el voto corporativo no hacía más que reflejar el principio dual de la representación, que es, al fin y al cabo, lo que da vida a la doble Cámara en la organización legislativa del Estado”. Esta convicción organicista de la vida local, que se funde con este corporativismo incipiente, es defendido así por Maura, en 1908, en el Congreso de los Diputados: “Yo creo que os equivocáis, que exageráis, como exageraría yo si dijera que tiene la vida corporativa un florecimiento, una consistencia, una tradicional y educativa aptitud como yo lo deseo; pero advertid que data de pocos años [...] ese movimiento social en España, y, sin embargo, pululan por todas partes las Asociaciones [...] Todo el movimiento obrero en España, ¿no se ha realizado por la Asociación? [...] Pues los Sindicatos agrícolas, pues las Asociaciones agrarias, pues la labor que se está preparando con los Pósitos, pues todas las leyes que se han dictado en los últimos veinte años , ¿de qué vienen impregnadas sino de ese espíritu?”.
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