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La democracia venezolana: un joropo que no cesa


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La democracia venezolana:

un joropo que no cesa.

 

Rafael Arráiz Lucca.



 

 

Los primeros venezolanos que sueñan con una democracia dentro de los cánones de la democracia moderna, son los jóvenes de la generación de 1928. A lo largo del siglo XIX, ciertamente, hubo algunos espíritus que en etapas de sus vidas de caudillos, abrazaron el ethos democrático. Es el caso del general José Antonio Paéz, por sólo citar un ejemplo, pero, en verdad, la agenda de este siglo bolivariano-paecista-monagista-guzmancista estuvo signada por las luchas intestinas por el poder nacional, a partir de los bastiones regionales que autorizaban las pretensiones globales de estos jefes locales. De modo que la integración de la nación pasaba por la creación de un ejército nacional, distinto a la colcha de retazos de los ejércitos locales, y esto viene a materializarse en el siglo XX, como se sabe, bajo la égida del dictador Juan Vicente Gómez.



En el caso venezolano, levantar la bandera de la democracia fue, durante muchos años, encontrar en la acera de enfrente la bandera de los militares. La preeminencia de lo militar en la vida nacional encuentra muchas explicaciones, pero todas apuntan al siglo XIX, centuria en la que este pequeño país suramericano formó un ejército que desalojó a los ejércitos españoles aposentados en sus colonias americanas. El signo venezolano durante años no fue civil, por más que Bolívar intentará matizar su imagen con las luces republicanas, el signo fue guerrero. Los venezolanos comandaron ejércitos que liberaron a Colombia, Ecuador, Perú y a la propia Venezuela, y el líder de esa gesta se dio el lujo, único en el mundo, de fundar una república que aludía a su apellido, le redactó su Constitución a su real saber y entender, y dejó en estos países a su lugarteniente más querido: el Mariscal Sucre, artífice militar de muchas de las victorias del ejército libertador. Todo esto se dice fácil, en pocas líneas, pero constituye una epopeya asombrosa, que para bien o para mal ha venido influyendo de manera determinante en la psique del venezolano, y quién sabe si en su memoria atávica resplandecen todavía los metales de las espadas gloriosas de sus antepasados. Las huellas de la historia no hay manera de obviarlas, por dónde menos se espera salta la liebre.

 

No creo exagerar si afirmo que la primera generación venezolana que de manera mayoritaria asume los valores democráticos es la de 1928. Pero esta afirmación requiere de las matizaciones básicas. Los muchachos de el 28 protestaban contra la dictadura gomecista, pero al poco tiempo de iniciar su andadura las diferencias entre unos proyectos y otros surgieron. No tenían en mente el mismo país Gustavo Machado y Salvador de la Plaza que Rómulo Betancourt y Raúl Leoni. Si a los primeros los seducía el marxismo en sus versiones más ortodoxas, con el camarada Stalin a la cabeza, a los segundos los llamaba con mayor fuerza la versión socialdemócrata, probablemente de raigambre alemana, que sin separarse de la fuente marxista, matizaba el papel del Estado en los asuntos de la vida ciudadana.



 

El hecho suele pasarse por alto, pero no es baladí: quienes inician su vida política luchando contra la dictadura gomecista no lo hacen desde postulados liberales, sino desde la fuente del marxismo, y en cierto sentido esas dos familias ideológicas iniciales (la marxista y la socialdemócrata) van a permanecer en el tiempo, con sus naturales revisiones históricas, y contemplarán como se les enfrenta una tercera familia ideológica representada por los democratacristianos, reunidos inicialmente en torno a la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) y luego alrededor de Copei. Los futuros socialdemócratas, como se sabe, controlaban la Federación Nacional de Estudiantes (FEV). Tampoco creo exagerar afirmando que los marxistas tenían por buena la Dictadura del Proletariado de Stalin, mientras los socialdemócratas navegaban en el mar de las decisiones electorales del pueblo, en ejercicio de su soberanía, y a los socialcristianos iniciales se les vinculó, con razones, con cierto fascismo de procedencia ibérica. Para completar esta composición de lugar o esta fotografía, incluyo a las fuerzas gomecistas, naturalmente militaristas y para las que la democracia no pasaba de ser un ejercicio especulativo.

 

De modo que si la tradición histórica venezolana que venía del siglo XIX revelaba un universo signado por las bayonetas y los uniformes, bajo la inspiración de la gesta heroica de la independencia, sin olvidar los intentos civiles por civilizar la contienda, que también los hubo, el espíritu democrático que asoma en 1928 es sustancialmente de raíz marxista, y el que va a imponerse por la vía del Golpe de Estado el 18 de octubre de 1945 será, igualmente de raíz marxista, pero con la combinatoria histórica que ya resultaba del encuentro entre la democracia y el socialismo.



 

Cuando Betancourt y la Junta Revolucionaria de Gobierno toman el poder se proponen convocar a una Asamblea Constituyente y llamar a elecciones universales, directas y secretas, las primeras que tienen lugar en el país, en diciembre de 1947, ganadas de manera abrumadora por el escritor Rómulo Gallegos. Para refrendar la limpieza de sus intenciones democráticas, la Junta Revolucionaria proclama que ninguno de su integrantes podrá presentarse como candidato en las elecciones que se avecinan. Estas elecciones, conviene recordarlo, emanan del mandato de una Constitución Nacional de franco sesgo democrático, que se proponía crear una democracia de partidos, y estimulaba la creación de ellos, así como la consolidación de los movimientos sindicales. Aquel proyecto que se materializaba constitucionalmente tenía su fuente en el Plan de Barranquilla, que Betancourt y Leoni redactan en la ciudad homónima, y que de manera todavía informe se expresaba en las protestas de 1928 y en las del 14 de febrero de 1936, fecha en la que la población caraqueña tomó la calle y, según muchos historiadores, no la abandonó nunca más.

 

En eso que Carrera Damas ha llamado “el largo camino hacia la democracia”, las fechas de la Semana del Estudiante en febrero de 1928 y el 14 de febrero de 1936 son angulares. En la primera se manifestó por primera vez la generación política que iba a ser determinante en la modernización social y política del país, y significó la entrada triunfal de los estudiantes en la escena pública, escena que hasta ese momento estaba reservada para los caudillos regionales, y la segunda trajo consigo la participación popular. El pueblo supo que su voz y sus actos tenían peso, que habían dejado de ser telón de fondo de las epopeyas de los uniformados. Y en perfecta continuidad entre una fecha y otra, los que se ponen al frente de la manifestación espontánea por las calles de Caracas rumbo a Miraflores son los mismos que se revelaron como oradores y conductores en 1928: Betancourt y Villalba. La democracia de partidos de masas, que varios años después fue constituyéndose, ya contaba con sus líderes.



 

Aquel proyecto histórico que fue tejiendo la Generación del 28, y que coronaba uno de sus anhelos con la elección de Gallegos, va a rodar por el suelo, de nuevo, con el golpe de Estado perpetrado por los militares encabezados por Carlos Delgado Chalbaud en noviembre de 1948. A este golpe le sobrevienen diez años de dictadura que la historiografía ha resumido bajo la composición de los dos apellidos de su factor fundamental: Pérez Jiménez . Si las prácticas no democráticas de este período no fuesen suficientes, el dictador tuvo dos oportunidades para demostrar su irrespeto por la voluntad popular: las elecciones de 1952, evidentemente ganadas por Jóvito Villalba, y desconocidas por el gobierno, y el plebiscito también manipulado de diciembre de 1957, que fue la gota que rebasó el vaso y dio pie a la insurrección militar y popular del 1 y del 23 de enero de 1958.

 

Para las fuerzas políticas que lucharon a brazo partido contra la dictadura, Acción Democrática y el Partido Comunista Venezolano, fundamentalmente, estaba claro que cualquier proyecto político democrático en el país pasaba por la regulación de las fuerzas militares, que habían demostrado hasta la saciedad no abrazar los valores de la democracia. Sin embargo, si bien estaban de acuerdo con esto, a la hora de imaginar el país ideal las diferencias eran enormes. Nunca fue lo mismo el vocablo “democracia” para Acción Democrática que para el PCV, de hecho para el momento de firmar el Pacto de Punto Fijo, en octubre de 1958, los comunistas son excluidos, de manera natural, ya que estaba claro que la democracia de partidos que se buscaba establecer no comulgaba con los postulados de la Dictadura del Proletariado, que en su versión más ortodoxa de entonces, consideraba a las elecciones y al juego democrático como una expresión de la burguesía liberal que se proponían derrotar y erradicar, como todavía lo pretenden algunas fuerzas anacrónicas de la historia.



 

Aquel Pacto firmado por URD, Copei y AD contribuyó con que el gobierno de Betancourt no naufragara, asediado como estuvo por las fuerzas reaccionarias del perezjimenismo, que intentaron derrocarlo con golpes de Estado y mediante un atentado financiado por el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo; y por la declaración de guerra de las fuerzas de la izquierda que, al margen del Pacto de Punto Fijo, buscaron el poder por las armas, inspirados en la gesta de Fidel Castro en Cuba e, incluso, entrenados y financiados por su dictadura, con el visto bueno de la Unión Soviética. Si las fuerzas democráticas no se hubiesen consolidado en torno al Pacto, las fuerzas dictatoriales de derecha o de izquierda habrían acabado con el sueño de la democracia que recién recomenzaba, después del aborto de 1948.

 

Los primeros en abandonar el corsé del Pacto fueron los de URD, a raíz de la situación planteada por el canciller Ignacio Luis Arcaya y Cuba en el seno de la OEA. Betancourt siguió el viaje con la compañía de los copeyanos y concluyó su mandato. Pero su sucesor, Raúl Leoni, concretó una alianza con los seguidores de Uslar Pietri, con quienes le parecía más natural hacerla, que con los copeyanos, organización que para la formación bogotana de Leoni era similar a la de los conservadores del vecino país, y un anatema para un socialdemócrata de corte liberal. En rigor, el Pacto de Punto Fijo expiró antes de que lo hiciera el período de Betancourt, ya que Leoni formalizó un pacto de gobernabilidad con otras fuerzas, y el acuerdo se denominó de Ancha Base. A diferencia de Leoni, Betancourt siempre alimentó la alianza con los socialcristianos, acercándose cada vez más a un sistema bipartidista que, finalmente, se instituyó en Venezuela con el primer traspaso del poder entre un presidente electo por una tolda política y otro de tolda distinta: Leoni-Caldera.



 

Los años del bipartidismo en Venezuela comprenden el período que va desde 1968 hasta la segunda elección de Carlos Andrés Pérez, en 1989, fecha en la que el esquema naufragó. Durante estos veinte años, además, siguió acogiéndose una política económica llamada de Sustitución de Importaciones, inspirada en los planteamientos del economista argentino Raúl Prebisch de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) y que, como es evidente, creó un marco para el desarrollo económico de los países latinoamericanos. En el caso de Venezuela el marco fue todavía más claro y, si se quiere, el modelo habría tenido que funcionar a la perfección entre nosotros, dados nuestros altos ingresos petroleros. El modelo, por cierto, le daba respuesta a la consigna de Uslar Pietri en 1936, la relativa a la siembra del petróleo que, sin reconocerlo específicamente, fue lo que hizo Betancourt desde su primer gobierno y desde el segundo y, además, formó parte de las tesis programáticas de su partido. En pocas palabras, con los ingresos petroleros se pretendía desarrollar toda la otra actividad económica no petrolera, con el Estado a la cabeza de una enorme operación de estímulo de la empresa privada, a través de créditos y subsidios protectores, por vía impositiva y aduanal, de la actividad económica. En particular se buscó el desarrollo de un parque industrial variado, ya que el sueño se materializaría el día en que Venezuela produjese todo aquello que requiriese para su avance como nación.

 

Este modelo económico funcionó al alimón con otro: el bipartidismo que, a su vez, dependía de un régimen vertical en la organización interna de estos partidos, régimen nada democrático, por cierto, sino contradictoriamente caudillista, como quedó demostrado fehacientemente. En diciembre de 1989, con la aprobación de la Ley de elección directa de gobernadores y alcaldes, redactada por la Comisión para la reforma del Estado (COPRE), presidida por Ramón J Velásquez y Carlos Blanco, y acordada como pacto preelectoral por Carlos Andrés Pérez y Eduardo Fernández en 1988, el sistema organizacional de los partidos comenzó a hacer aguas por todos los flancos.



 

En paralelo a este cambio radical, que no todos advirtieron en su momento, los IESA Boys del gabinete de Pérez, con Miguel Rodríguez Fandeo a la cabeza, diseñaron una revolución económica, coincidente con la que ocurrió en casi todos los países de América Latina. El modelo pasó de ser protector y de subsidios a otro de fronteras abiertas, y de libre mercado. Este cataclismo económico trajo consecuencias severas, ya que las empresas venezolanas habían crecido bajo otro esquema, y estaban bastante lejos de haberse preparado para competir en mercados abiertos, ya que, como niños bajo el cuidado de sus preceptores, habían permanecido bajo las faldas del Estado, amamantadas por una economía absolutamente artificial, cuyo éxito no dependía de las destrezas gerenciales y la productividad de las empresas, sino de las conexiones con las esferas de poder.

 

El esquema de la CEPAL hacía fuerte al Estado, suerte de “locomotora del desarrollo”, como alguna vez lo llamó Betancourt, y en el caso venezolano esto vino a reforzarse todavía más con la Nacionalización del Petróleo en 1975, fecha que debe tenerse como fundamental para comprender lo que viene ocurriendo en la economía venezolana desde entonces. De modo que, para 1989 tenemos, un Estado macrocefálico, que ya ha inundado casi todas las áreas de la actividad económica, en ejercicio de las teorías intervensionistas típicas de la socialdemocracia, entonces radicalmente estatista. También tenemos un modelo bipartidista que ha ido perdiendo la confianza de la gente, ya que la corrupción y la ineficacia en la solución de los problemas han ido mimando el apoyo pasado, y estamos ante la victoria de un candidato de AD que va a implementar un programa económico contrario al que el partido, históricamente, venía desarrollando. Cambio en el sistema económico y cambio en las reglas de juego de los partidos tradicionales, a partir de una nueva legitimidad creada por la reforma de la COPRE, y conocida comúnmente como el proceso de Descentralización. Todavía los partidos no se recuperan de este cambio en las reglas del juego, cambio que ha fortalecido las fuerzas políticas regionales, que habría tenido que traer una reforma interna de los partidos y que, precisamente por no haberla adelantado, estos han atravesado una crisis aguda, que en varios casos ha supuesto la casi desaparición de estas organizaciones.



 

El segundo gobierno de Caldera (1994-1999) se entiende como un esfuerzo agónico por volver al esquema económico anterior, que fue el sistema en el que Caldera se desarrolló políticamente, y el gobierno de Chávez navega por las mismas aguas, sólo que le atribuye los errores del sistema anterior no a la inviabilidad que lo llevó a la crisis de 1989, sino a la falta de ortodoxia socialista, al entreguismo al neoliberalismo.

 

En verdad, puede hablarse de dos gobiernos durante el período de Caldera. Unos primeros dos años en los que el presidente se empeña en calzarse unos zapatos que le quedan pequeños, intentando desenvolverse en una realidad económica imposible, y una segunda etapa con Teodoro Petkoff a la cabeza de Cordiplan, en la que se retoma el espíritu de las reformas de 1989, con el nombre de Agenda Venezuela. Con Chávez se vive algo similar en materia económica: los primeros tres años el profesor Jorge Giordani intenta el modelo fracasado de la CEPAL, con algunas variaciones puntuales, y con el verbo de Chávez insuflando una catástrofe. Y después del 11 de abril de 2002 el gobierno le entrega su política económica a un ortodoxo neoliberal: Tobías Nóbrega, y todavía sus ejecutorias son tan recientes que no podemos auscultarlas con pertinencia.



 

En lo político, tanto Chávez como Caldera llegan al poder sobre la ola del antipartidismo o del desprestigio de los partidos. En el caso de Caldera se trata de una suerte de parricidio, ya que le tocó abrirse camino al margen del partido que fundó y le entregó la vida, lo que hace de su experiencia un drama de ribetes griegos. Con Chávez la historia es otra en este sentido, ya que su pasado no tiene importancia.

 

Hasta aquí el apretado recuento de nuestra circunstancia histórica. En él he señalado los elementos que nos pueden especular acerca de una reconstrucción de la democracia venezolana. Descartada la reedición de un sistema bipartidista e, incluso, descartada la recomposición de los partidos a través de un mecanismo central vertical, lo que se impone como horizonte deseable es el fortalecimiento de los partidos políticos a través de una federación de fuerzas regionales. Esta fuerza regional es autónoma para escoger sus líderes y administrarse en todos sentidos, y responderían a un esquema federal, que le daría un sentido de cuerpo y una unidad de propósitos a la filosofía política abrazada. En otras palabras, cualquier reconstrucción de la democracia en Venezuela pasa por el reconocimiento de una realidad ya incontrovertible: la descentralización política y administrativa que, dicho sea de paso, es una bandera y un proyecto que está lejos de haberse agotado. Por el contrario, bien puede ser la piedra angular de la reconstrucción de la democracia: cada vez más autonomía para las regiones. Conviene recordar que en los estudios que se hacen acerca de los países que han alcanzado rápidamente el desarrollo en todos figura un hecho: adoptaron un modelo de desarrollo político y económico descentralizado. Tan sólo cito un clásico de la literatura política, Democracia en América de Alexis de Tocqueville, en donde se esclarecen los motivos y se prefiguran los éxitos de una sociedad que entonces ya anunciaba su prosperidad: Estados Unidos de Norteamérica.



 

El otro camino, que será difícil también de recorrer para alcanzar un espíritu verdaderamente democrático, es el de la matización de la preeminencia del Estado por sobre todo los otros factores de la sociedad. Este es un punto neurálgico, que puede comenzar a trajinarse respondiéndose una pregunta: ¿Puede alcanzar el desarrollo una sociedad cuando las fuentes de riqueza decisivas están en manos del Estado y no de la Nación? Hasta la fecha, la historia nos enseña que en aquellos países donde el Estado es inmensamente rico sin el concurso impositivo de la Nación, pues se da una ecuación indeseable: un Estado rico, pero cuadrapléjico, y una Nación pobre, que no encuentra espacio para desarrollarse.

 

Esta calamidad comenzó a perfilarse hace muchos años, cuando los ingresos fiscales provenientes de la extracción petrolera llenaron las arcas del Estado, a partir del estallido del pozo de Los Barrosos en 1922, pero alcanzó su epifanía con la nacionalización del petróleo en 1975, cuando ya la preeminencia del Estado fue tal que pasamos a tener un Petroestado. La democracia, como se sabe, es un juego de equilibrios, y es arduo por no decir imposible jugar en buenos términos cuando uno de los actores detenta la fuente principal de riqueza, el monopolio de las armas y, sobre todo, una histórica preponderancia sobre los poderes judicial y legislativo. Para todos aquellos actores al margen del Estado sus poderes son o menores o dependientes, aunque las fortunas que puedan hacerse no son despreciables. No es gratuito que los medios de comunicación se hayan convertido, en períodos en que la voracidad estatal llega hasta acariciar los linderos de la dictadura, en la pieza fundamental de preservación del sistema. Junto a ellos, la CTV, la Iglesia Católica, y un sector empresarial reunido en Fedecámaras, que ha visto disminuir el largo de sus cañones desde 1975, vaya coincidencia, hasta nuestros días, intentan hacerle contrapeso a un Estado catoblepas que, en muchos sentidos, “ni lava ni presta la vatea.”



 

En suma, un proyecto de revitalización o salvamento de la democracia, depende de la óptica que se tome, pasa por la democratización del poder, y ello está lejos de lograrse si un Estado ineficiente confisca la voluntad de la mayoría con el argumento de representarla. El camino, además de la profundización del proceso de descentralización, no es otro que asumir con seriedad el juego de las democracias liberales del mundo occidental. Esto es: separación y verdadera autonomía de los poderes públicos, respeto de los equilibrios democráticos, respeto de la libertad de expresión y de los derechos humanos y, last but not least, asunción de la economía de mercado como el mecanismo más eficiente para la generación de riqueza, asistido por el Estado en su papel de juez, de guardián de la soberanía, de legislador y de propiciador del desarrollo de esas fuerzas productivas de la nación. Fuerzas, conviene recordarlo, que están en la gente, en los particulares, que requieren de un Estado que resguarde sus derechos individuales y que abra puertas, no que las cierre o las dificulte con sus alcabalas burocráticas, que bien sabemos que son la fuente de la corrupción.

 

Lamento no poder ofrecer fórmulas mágicas para el relanzamiento del proyecto democrático venezolano, es evidente que nos las hay. Las fórmulas mágicas están en la mente ingenua de los paródicos revolucionarios, en cierto imaginario popular, y en todos aquellos que ignoran los caminos que han conducido a la civilización occidental hasta los estadios de la actualidad. Estos estadios, sin ser expresión del paraíso terrenal, tampoco son el desastre que cierta izquierda miope y anacrónica que todavía sobrevive, sostiene que son.



 

Que Venezuela perdió el rumbo no me cabe la menor duda, y que penetró en un túnel oscuro y retórico, tampoco me cabe la menor duda, pero hay que preguntarse por qué perdió el rumbo, y quiénes estaban al mando del timón cuando ello ocurrió. De lo contrario, no vamos a entender las causas de la tormenta en la navegación democrática que emprendió el país a partir de 1928, y tampoco vamos a saber escoger a los nuevos capitanes de la nave. Mientras tanto, ojalá y tengamos suficientes reservas para aguantar el huracán, y ojalá sepamos asimilar la lección que nos deja.



 

Concluyo con una mención al título musical de este ensayo. El proyecto histórico venezolano que ha reunido en torno suyo la unanimidad es la democracia. Hasta los dictadores han gobernado en su nombre y elogio. Y me ha parecido exacto comparar la travesía en el tiempo de este proyecto nacional con una estructura musical y un baile. Ni la serenidad de un vals, ni la erótica laberíntica de un tango, ni la repetición obsesiva de un merengue, ni la cadencia de un son, ni la de un guaguancó, ni siquiera la suerte de coitus interruptus de un mambo, reflejan mejor que un joropo nuestro proceso histórico. Nervioso, en círculos, con voces atipladas, como en trance de juventud pero sin abandonar la adolescencia, con las manos enlazadas atrás y con las faldas batientes, agudo, trepidante, lejos, muy lejos del sosiego. Así el joropo, así nosotros.


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