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La decisión popular


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LA DECISIÓN POPULAR

El detonante del golpe de Estado contra el gobierno de Ovando Candia, es encomendado a la vieja casta de militares rentistas. Los derrotados coroneles de la guerra del petróleo sostenida con el Paraguay en el territorio del Chaco Borreal, solicitan ahora a las Fuerzas Armadas el “relevo de Ovando... en atención a la disciplina militar y a los supremos intereses de la Nación” (1). Claro es el hecho de que los mismos “heroicos” combatientes de ayer, nulos en el arte de la estrategia bélica e inconscientes soldados de las empresas petroleras internacionales (Standard Oil en 1932, Gulf Oil Co., en 1970), se lanzan a la palestra política convencidos de la “influencia estamental que ejercen sobre sus camaradas en servicio activo”.


Los ex-mandatarios David Toro y Hugo Ballivián, seguidos de una treintena de militares en retiro, acusan al “desgobierno de Ovando Candia de ser autor de la nacionalización de las pertenencias de la Gulf Oil... y con este hecho negativo para el país, haber generado el caos, la división de los bolivianos, y traído el desprestigio internacional sobre uno de los países más democráticos del mundo”.
El documento de la oficialidad en retiro, propone la organización de una Junta Militar de Gobierno. En lo fundamental, ésta debería encargarse de devolver al pueblo el orden constitucional y democrático, una vez que el “Mandato de las Fuerzas Armadas”, no podía tener vigencia indefinida. Al cabo de dos semanas de la publicación del documento, se producen los acontecimientos políticos en el Gran Cuartel de Miraflores.
El general Miranda Valdivia, “Comandante de Ejército Levantado en Armas contra el Gobierno”, califica el golpe de Estado como “un movimiento militar generacional, institucionalista y constitucionalista”. Por otra parte, según sus declaraciones, no se trata de un golpe de Estado, sino simplemente de un relevo necesario y saludable como es norma en la Institución Armada.


  • Y si el general Ovando no renuncia, ¿qué hará usted? –preguntan los periodistas convocados a su despacho.

  • Ya veremos –responde el general Miranda.

  • ¿Usted se hará responsable de los hechos de sangre en caso de producirse un enfrentamiento armado?

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(1) El documento se titula: “El Cuerpo de Generales, Jefes y Oficiales en retiro, a las Fuerzas Armadas de la Nación” y está firmado por David Toro, Hugo Ballivián, Dámaso Arenas, José E. Anze, Armando Sainz I., Manuel Marzana, Edmundo Nogales, entre los generales; los coroneles José M. Valdivia, José C. Dávila Infante, Carlos Zambrano, José Valdivieso, Ricardo Castañón, Abel Peña y Lillo; otros militares: René Pantoja Estensoro, Heliodoro Murillo, Roberto Cobarrubias, Eusebio Amusquibar, Humberto Moreno, Augusto Aramayo, Luis Arrien Gutiérrez, Anibal Reyes Villa, Luis Rodríguez Bidegain, Angel Valencia, Arturo Zaconeta, Juan A. Camacho, Alfredo Pacheco, y otros.



  • Nos hemos hecho responsables desde el momento que asumimos esta actitud. La Patria está por encima de todo.

  • ¿Y, los pasos a seguir?

  • Esperamos la respuesta del general Ovando. Esto no es un golpe de Estado, simplemente un pedido de dimisión.

  • ¿Quién gobernará la nación?

  • Los comandantes serán convocados para decidir.

  • ¿Unicamente los comandantes, general?

  • No hemos consultado a las fuerzas cívicas porque estamos en un movimiento institucional. Esto es asunto exclusivo de los militares.

Rogelio Miranda, que se hace llamar “Jefe Supremo de la Rebelión”, “Comandante de Ejército Responsable de la Actitud Patriótica”, “Jefe de Plaza” y “Presidente”, aparece como el portavoz de los oficiales jóvenes que, dirigidos por los mayores Cayoja, Echazú y una docena más, hacen conocer su planteamiento político justificativo del golpe. En efecto, la proclama de los “oficiales generacionales”, tiene mucho de común con el documento de los militares rentistas, pues acusan al general Ovando de llevar a cabo una política contraria a la unidad de las Fuerzas Armadas “debido a la demagogia y la falta de una definición política”.


El retorno del general Ovando Candia a la sede del Gobierno, luego de haber permanecido en Cochabamba y recibido el apoyo de esta guarnición, patentiza todavía más la situación beligerante que viven los cuarteles. Guerra de comunicados y apoyos políticos para uno y otro bando castrense, ultimátums, plazos de rendición y reuniones conciliatorias en la madrugada del día 5 de octubre que, imprevistamente, culminan con la renuncia de los generales oponentes. Por último, en el Cuartel de Miraflores, se lleva a cabo un plebiscito de los oficiales de la guarnición, por el que se resuelve encomendar el gobierno a una Junta de Comandantes.
En acefalía la presidencia de la república y comandancia de Ejército, se procede a la dictación del nuevo “Mandato Militar”, ordenando la posesión del gobierno tricípite. De esta manera, los generales Efraín Guachalla Ibáñez, Fernando Sattori Ribera y el Contralmirante Alberto Albarracín Crespo, se convierten, el día 6 de octubre, en los nuevos mandatarios de la nación, por voluntad y gracia de la Institución Armada. Como es de suponer, los ministros designados por la Junta, en su mayoría, corresponden el grupo de oficiales generacionales, autores del derrocamiento del general Ovando.
A la cabeza del gobierno tricípite se encuentra el general Efraín Guachalla, célebre debido a su actuación como Presidente del Tribunal Militar encargado de juzgar a Regis Debray y otros guerrilleros. Personaje anecdótico, pues presionado por los periodistas extranjeros a declarar sobre los encausados seguidores extranjeros a declarar sobre los encausados seguidores del “Che” Guevara, declaró no ser un homo sapiens para responderles. Ahora, como Presidente de la Junta, habla de la Patria y la necesidad de encausarla por los caminos de la democracia, anhelo y meta de todo patriota. Según declaración oficial del gobierno, la Junta se encargaría de constitucionalizar el régimen en el transcurso del año 1972, para lo cual se confeccionaría una plataforma adecuada a la realidad nacional.
Recapitulando los hechos del día seis de octubre, es necesario recordar la renuncia del general Ovando a la Presidencia de la República, fundada en el propósito de “evitar un enfrentamiento entre unidades militares” (2). Circunstancia propicia para el ascenso del general Rogelio Miranda a la primera magistratura de la Nación, quien califica al gobernante de “honesto y merecedor del respeto de la ciudadanía”, al tiempo que se ratifica en el cargo de “Comandante de Ejército en Ejercicio de la Presidencia”. Obligado a cumplir su promesa de renuncia formulada en la Nunciatura Apostólica la noche anterior, los 317 oficiales participantes en el plebiscito, entregan el “Mando Supremo de la Nación” a la Junta de Comandantes, constituida en aras de la salvación nacional.
De esta manera singular, los generales Miranda, Guachalla, Alcoreza y Sattori, por una parte, y Ovando y Torres, por otra, constituyen el muestrario político militar de uno de los días más convulsos de la historia política boliviana. En verdad, el día 6 de octubre de 1970, Bolivia cuenta con seis generales presidente.
Planteada así la dinámica política nacional, es sencillo comprender las aspiraciones de los grupos en pugna. Excluido Ovando Candia del gobierno, dos fuerzas antagónicas aparecen buscando el control político administrativo del Estado: los generales portavoces de la estrategia “contrainsurgente” subordinados al Pentágono y los defensores del nacionalismo, entendido como la toma de posiciones revolucionarias del Ejército nacional, derivado de los antagónicos intereses de las metrópolis con relación a los países dependiente, cual el caso de Bolivia.
Ingresando al desarrollo de los acontecimientos, Juan José Torres que se encuentra en la casa del general Ovando durante la mañana del día 6, al enterarse de la renuncia del gobernante, toma la decisión de disputar el ejercicio del poder a los golpistas. La Base Militar ubicada en “El Alto” de la ciudad de La Paz, a cargo de oficiales de aviación y del Grupo Aéreo de Combate, se convierte en el punto invulnerable de la resistencia. De inmediato, Torres convoca a sus colaboradores y amigos, arenga a los oficiales y clases de la Fuerza Aérea, habla con los dirigentes campesinos concentrados en torno a suyo, reiterando su propósito de liderizar la oposición bélica y política a los subvertores del Gran Cuartel. Estas circunstancias personales, así como la dilación de los oficiales del Cónclave para decidir acerca de la sucesión presidencial luego de la renuncia del general Ovando, favorecen a la causa nacionalista. Torres, al centro de un centenar de personas, es proclamado Presidente Provisorio de la República por los clases y Técnicos de la Fuerza Aérea.
Al promediar el medio día, la causa nacionalista y cuenta con el apoyo del Regimiento “Castrillo” de La Paz, Grupo Naval del Estrecho de Tiquina, Regimiento “Bolívar”, Regimiento “Andino” y la Escuela de Clases de Cochabamba. Por la tarde, efectivos del Centro de Instrucción de Tropas Especializadas (CITE) se trasladan a la sede del gobierno para engrosar el contingente bélico. También se suman al movimiento “torrista” los oficiales que retornan de la zona de Teoponte, con descenso obligado en la Base de “El Alto”, luego de cumplir una controvertida misión antiguerrillera.

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(2) “Consciente de que un enfrentamiento armado entre unidades militares, además de dividir a las Fuerzas Armadas puede ocasionar víctimas entre la población civil... hago dejación del cargo con que me honraron las Fuerzas Armadas...”Alfredo Ovando Candia.

Desde el momento de conocerse la proclama de “El Alto”, la clase trabajadora y los universitarios se pronuncian a favor del general Torres. Dejando de lado la neutralidad política mantenida durante el gobierno anterior, la Central Obrera Boliviana, luego de una amplia y democrática deliberación, se suma a la lucha “contra la derecha militar” declarando una huelga general. Según la declaración oficial de la COB, los trabajadores consideran “inaceptable para los bolivianos que la suerte del país y el destino de su gobierno sean resueltos por algunos generales totalmente ajenos a la clase obrera, sus intereses y los de la Nación en general”.


Clarificado el escenario político mediante la polarización de las fuerzas sociales, adhieren al documento de los trabajadores los partidos políticos de izquierda y populistas, a saber: el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda, dirigido por Hernán Siles Zuazo, el POR, PRIN de Juan Lechín Oquendo, Partido Demócrata Cristiano Revolucionario, FARO y el Grupo Espartaco. De otro lado, al mediar la tarde del día 6 y cuando la causa popular ya estaba ganada, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (fracción Paz, Humboldt, Bedregal) y la Democracia Cristiana de Benjamín Miguel, retiran de los medios informativos (prensa, radio) sus comunicados de solidaridad al golpe de Miranda.
El apoyo de la clase trabajadora y los universitarios a los militares nacionalistas, se explica por varias razones fundamentales. Desde “El Alto” a la vez que Torres hace conocer al pueblo su oposición a los golpistas del Gran Cuartel, delinea una política de participación popular en el gobierno a instaurarse, integrado por obreros, campesinos, universitarios, intelectuales y militares nacionalistas. Denuncia el peligro de un régimen fascista encabezado por Rogelio Miranda, al tiempo que la “utilización del Ejército al servicio de la más negra reacción y su conversión en una guardia pretoriana antinacional”. De hecho, se notifica al pueblo trabajador, que el ascenso de la Junta de Comandantes significaría la pérdida de las garantías ciudadanas y la cancelación de la apertura popular, lograda hasta ese momento.
La actitud intrépida de Juan José Torres y su audacia rayana en lo inverosímil por la desproporción en el potencial bélico de los bandos contendientes, no son resultado de una actitud irreflexiva. Torres es consciente del apoyo popular en torno a su persona, debido a logrado de madurez política de la clase obrera y la coyuntura social que se presenta. Gracias a su preocupación por conocer la problemática económica y social nacional, torres, en octubre de 1970, es ya un militar convencido de la necesidad del cambio, de romper con las tradicionales formas de dependencia, así como de optar por una posición política “nacional revolucionaria”.
En la palestra política, luego de suprimirse el cargo de Comandante en Jefe que desempeñaba, el controvertido militar desafía a sus camaradas “institucionalistas” defensores de una supuesta neutralidad política, a un enfrentamiento ideólogico sobre el interés nacional y el rol del Ejército en los países dependientes, advirtiendo a la ciudadanía que la “Revolución de Septiembre” enfrenta su disyuntiva histórica: pervivir o someterse al fascismo derechista.
En la ciudad de Cochabamba, donde interviene en el foro: “Los caminos de la revolución”, auspiciado por los universitarios de “San Simón”, Torres sostienen que “no se puede dejar de admitir que en el pensamiento de las revoluciones nacionales, tenga validez histórica aquella tesis de la sustitución temporal si se quiere, de las fuerzas armadas por los ejércitos revolucionarios” (3). Tesis cuestionada en el ámbito interno por los partidos de izquierda, pero que clarifica la posición política del Comandante en Jefe y su abierta discrepancia con la fracción militar derechista. El liderazgo político-militar de la tesis “torrista”, con las características de una apertura democrática de amplia base popular, vendría a ser una variante importante en la formulación teórica nacional, por sus posibilidades de lucha social y avance revolucionario. Desde este punto de vista, Torres se presenta ante el pueblo trabajador como el militar más permeable al cambio social.
Además de su intervención en la Universidad de Cochabamba, recinto en el cual pocas veces se encuentran los militares, Torres libra otra pelea importante en el seno del Ejército Pentagonal. En noviembre de 1969, siendo todavía Comandante en Jefe, ataca duramente el parcial y comprometido rol de la Junta Interamericana de Defensa. En la ciudad de La Paz, sede de la reunión castrense, Torres habla menos de una posible invasión armada de las potencias vecinas que de la penetración de los capitales foráneos, como el verdadero peligro de una prolongada dominación imperialista: “Ocupado un país por estas fuerzas (control del comercio exterior, estrangulamiento de la industria nacional, endeudamiento financiero, etc.) pierde su soberanía y ya no le importa al imperialismo que mantenga sus fronteras físicas, si la soberanía interior está en poder de la economía extranjera”.
Aquella vez, mientras los generales del Pentágono buscan reafirmar su posición intervensionista al estilo de la ocupación de Santo Domingo y de su subordinación efectiva de los ejércitos nacionales al mando hemisférico, Torres desahucia la estrategia de las fronteras ideológicas declarando la inexistencia de intereses comunes entre las potencias hegemónicas y los pueblos dependientes. Reconociendo otras prioridades bélicas, está convencido de que” el mayor enemigo de la democracia se encuentra encuevado dentro de nuestras fronteras y esparcido a lo largo y a lo ancho de una geografía de hambre, de desocupación y miseria a causa de la perturbación continental”. Como solución perentoria al desarrollo desigual (centro-periférico) existente en la formación social capitalista, propone romper “los abismos de diferenciación entre los países industrializados y los pueblos que todavía no tuvieron la oportunidad histórica de realizarse económica y culturalmente”.

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(3) “Los militares, por la apertura producida en el campo civil, han venido interviniendo con mayor solvencia en la política de los diferentes países, al extremo que prominentes escritores marxistas han admitido que en aquellos pueblos donde su clase trabajadora no está sólidamente constituída en el motor de la revolución, pudiera ocurrir una sustitución temporal por las fuerzas armadas revolucionarias en el rol de vanguardia del proceso de liberación... Los intereses del imperialismo, por medio de las minorías oligárquicas, impusieron dentro del ejército aquella noción de no intervenir en política para que se redujese a las clásicas normas de la defensa de las fronteras y el resguardo del orden público... Pero, en un país semicolonial como Bolivia ¿Cuáles son esas fronteras? Además de la frontera exterior geodésica o arciminia, existe una frontera interior que es invadida invisiblemente”. Fragmentos de la intervención de J.J Torres en el foro: “Los Caminos de la Revolución”.

En esta perspectiva, Torres pone en duda la justificación de la Junta Interamericana de Defensa en nuestras sociedades periféricas: “Una organización internacional a la que se quiere configurar como un instrumento hecho a la medida de la represión de las actividades subversivas de la extrema izquierda, puede caer, en el juicio público, como algo que se ocupa del efecto del fenómeno y no de la verdadera causa del mismo. De ahí que se nos califique como agentes de un sistema de simple negación... Una fuerza multinacional que actúa a nombre y representación de todos los países que integran el sistema, no puede, sino a título de perder prestigio y efectividad, aparecer como instrumento de unas solo corriente hegemónica, y no como resultado de lo que piensan y sienten cada uno de los pueblos del continente” (4).


Analizando el problema ideológico, es claro que Torres ha ido más lejos que el general Ovando Candia en sus planteamientos políticos, pues hasta el propio “Mandato de las Fuerzas Armadas” es inspiración suya, en su trajín permanente por los centros laborales de La Paz, el Comandante en Jefe capta amigos, muestra ante los trabajadores un perfil humano distinto al de los militares “restauradores”. En suma, procura adentrarse en el pueblo para borrar la nefasta imagen del “gorilismo”, que fue obstáculo para que el gobierno del general Ovando no cuente con apoyo popular.
Producida la proclama política de Torres en la mañana del día 6, el enfrentamiento de las fracciones militares parece inminente. Miranda Valdivia, atrincherado en la ciudadela militar de Miraflores, recién por la tarde recibe a una comisión mediadora enviada desde el Ministerio de Defensa. Los oficiales Jorge Cadima y Carlos Hurtado, celosos custodios de la unidad institucional, plantan la necesidad del diálogo entre los oponentes como una medida de conciliación y entendimiento. Sin embargo, no son escuchados. Según los golistas, esa noche saldría el regimiento “Ingavi” y arrasaría a los de la Base Militar de Aviación. Las palabras con categóricas: “Hemos dejado tres planes operativos y el tiempo apremia. Varias veces nos han engañado. No vamos a parlamentar, pues en nuestras manos se encuentra la razón y la fuerza”.
El tiempo y los acontecimientos, no obstante, corren contra los ensorberbecidos militares. A las 5 de la madrugada del 7 de octubre y cuando las fuerzas del “nacionalismo” se han impuesto sobre Miranda y los triunviros del Gran Cuartel, se produce el encuentro de los beligerantes Torres y Guachalla, acompañados de los coroneles Alcoreza, Gabule, Cadima y el mayor Sejas Tordoya, encargado de la seguridad. El diálogo es concluyente:


  • He venido a la entrevista con el propósito de evitar un derramamiento de sangre. Lamento de veras que no estén mis camaradas de la Junta, pero yo los represento plenamente. Eso no será un óbice para llegar a un entendimiento –expresa el general Efraín Guachalla.

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(4) “ la democracia del Siglo XX es una mera fórmula sin fuerza, dirección ni ideología. El comunismo, por largos años ha seguido el camino definido hacia una meta declarada en la historia mundial, avanzando triunfante ante un enemigo débil y malogrado que sólo preserva a ciertos grupos satisfechos de su suerte, mientras la inmensa mayoría marginada se resuelve a cambiar el status social vigente a costa de cualquier sacrificio... Fragmentos del discurso de J.J. Torres en la Conferencia Interamericana de Defensa. La Paz, noviembre, 1969.

  • Con el pueblo, he ganado la pelea. Sin embargo, estoy dispuesto a escucharlos – replica el general Torres.




  • La Junta Militar que presido y represento ha llegado a la conclusión de que en las actuales circunstancias caóticas, al borde de la guerra civil, la única persona que puede devolver la normalidad del país, eres tú, Juan... Tu presencia en el gobierno evitará una guerra fratricida de imprevisibles consecuencias. Por esta razón, si mi persona, como Presidente de la Junta Militar, ese un obstáculo para llegar a un acuerdo, estoy dispuesto a dispararme un tiro de revólver ahora mismo... Esto es cuestión de honor –dos sollozos vencen al general Guachalla mientras se enjuga las lágrimas.




  • Efraín, cálmate –habla Torres-. Todos estamos interesados en evitar el derramamiento de sangre hermana. Sobre todo soy un soldado de las Fuerzas Armadas. Por ello, mi gobierno contará con el cincuenta por ciento de representación militar. A ustedes, ofrezco las más absolutas garantías de que no se tomarán represalias personales.




  • Está bien, Juan, reconozco tu triunfo.




  • Quiero ser magnánimo con los miembros de la Institución.




  • Entonces, mi general, me retiro. Ahora mismo firmaremos la carta de dimisión.


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