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La criminalidad en el méxico de los años treinta por: Ezequiel Maldonado


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LA CRIMINALIDAD EN EL MÉXICO DE LOS AÑOS TREINTA
Por: Ezequiel Maldonado [1] y
Concepción Álvarez [2]



 

 

Criminalizar: trasladar, pasar un asunto
de un tribunal a otro criminal./ 2. Dar un
aspecto de criminalidad a lo que parecía
una falta ligera.

 

Martín Alonso [3]




 

De las acepciones de criminalidad que menciona el epígrafe, la segunda se adecua a nuestros propósitos: criminalizar lo superficial o anecdótico, bajo el amparo de la ley o la legalidad, para escarmentar/escandalizar a la sociedad: dar un ejemplo. Escrito en forma impersonal, expresa la capacidad de convertir en criminal a un delincuente menor, a un rebelde, a un indio, a una mujer, a un homosexual, a una lesbiana. Dar un aspecto, aparentar que existe un orden establecido y su quebrantamiento menor recibirá todo el peso de esta ley.

La lectura entre líneas sugiere la relación del poder que interfiere para transformar una cosa en otra. La criminalidad, sus posibles causas, consecuentes castigos, implica en su problematización la red total del poder social: el predominio de la violencia en manos del Estado. La concepción del poder en su dimensión foucaulniana, representa una herramienta fundamental en el análisis de la criminalidad, lo criminal, la criminalización. La complejidad de este fenómeno requiere una perspectiva multidisciplinaria: histórica y antropológica, psicológica y ética, estética y artística.

Abordamos con una visión crítica diversos textos que se acercan al problema de la criminalidad desde una visión de clase, racista y sexista por lo que proponemos una relectura de la criminalidad. Ofrecemos un breve panorama sobre la literatura y el cine de la época: dos miradas, dos enfoques, con el predomino del cine, ya un fenómeno masivo en la década, con una carga moralina y la reproducción de la cotidianeidad de la época. Asimismo, revisamos casos concretos de crímenes que rescatan la memoria en la década de los treinta: con la mirada en esa época y, también, desde el presente.

La literatura es fuente de reflexión sobre los grandes conflictos humanos, en su carácter de arte rebasa el momento histórico en el que se produce. Por ejemplo, volver a Dostoyevski nos replantea problemas esenciales respecto a la criminalidad. La reflexión como capacidad humana que nos separa del mundo natural, en forma contradictoria puede ser fuente de criminalidad. Frente al crimen se dice: es inhumano, es irracional; es, por el contrario humano, parte de esa condición que como problema exige explicaciones.

Dar muerte al otro es matarse a sí mismo, en cada crimen mueren dos seres humanos. La defensa de la vida física y espiritual es inherente al ser humano ¿cómo explicar su negación? Pensar la criminalidad y ubicarla en el contexto histórico de los años treinta rebasa este ensayo. En él abrimos una perspectiva crítica desde la visión de diversas ideologías dejamos abiertas múltiples preguntas.





 

 

Criminalidad y vida cotidiana




 




La década de los treinta es rica en acontecimientos que se eslabonan en la perspectiva de consolidar el llamado México moderno. Etapa de transición y profunda inestabilidad. A manera de contexto señalamos algunos hechos trascendentes que permitan ubicar posteriormente la nota roja en la que intentamos reconocer elementos del imaginario, las mentalidades y valores de la época.

El conflicto religioso, la guerra cristera (1926-1929) imprime sus secuelas en el inicio de los treinta. Las causas del conflicto entre estado e iglesia no desaparecen sólo se atenúan. Los llamados “Acuerdos” dan punto final a la rebelión armada pero ello no decide la clausura del conflicto. Al inicio de la década, la iglesia se encuentra dividida entre quienes no esperan ninguna reconciliación y aquellos que consideran tácticamente necesaria la tregua. La jerarquía católica será momentáneamente la institución más debilitada durante esta tregua: enfrenta al gobierno de Calles quien siempre la consideró cual enemiga de guerra y un obstáculo para la modernización de México. Esta contradicción no cesó, permanece como telón de fondo sobre todo en la primera etapa de esta década.

Otro fenómeno cuyas consecuencias se dejan sentir en esta fase es el Vasconcelismo. La campaña de Vasconcelos por la presidencia estuvo signada por la violencia del poder contra él, sus colaboradores y simpatizantes. Un naciente terrorismo de estado se ejerció en su contra: se utilizó a bandas armadas, la policía y el ejército para aplacarlo y se practicó el crimen a niveles indescriptibles [4]. Vasconcelos dejó constancia de la barbarie estatal, relata detalladamente la continua agresión y el fraude final [5]. El nuevo PNR no acepta oposición alguna.

El país, después de la revolución, busca caminos estables vía la institucionalidad política y el aparato del PNR. Plutarco Elías Calles es el representante principal de ese férreo control. Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez son fieles continuadores de dicha política estatal. Durante el periodo de 1926 a 1932 se percibe el impacto de la crisis económica: las inversiones decrecen notablemente, la industria padece desequilibrios, las empresas reducen su producción, despiden trabajadores y sufren pérdidas. Es posible hablar del desplome de la economía; sin embargo, después de que la crisis tocó fondo hacia 1932 la industria se empieza a desarrollar:

Varios fueron los factores que permitieron esta rápida recuperación, el primero tuvo que ver con la estructura social y económica, ya que gran parte de la población vivía en pequeñas comunidades y producía para subsistencia (…) Otro factor fue que los precios de los bienes que México comerciaba en el mercado internacional (petróleo y plata) comenzaron a subir a mediados de los treinta. (…) Por último los cambios en las políticas gubernamentales, (monetaria y fiscal)[6].
El cardenismo representa un hito en la vida del México de los treinta, se propuso destruir el maximato y terminar con el latifundio. Creó el ejido colectivo y otorgó préstamos a los campesinos, llevó escuelas al campo e intensificó el proceso de organización de los sindicatos y, éstos, al lado de las centrales campesinas, desempeñaron un papel político fundamental, por supuesto bajo control del Estado. El 18 de marzo de 1938 se realiza bajo el gobierno de Cárdenas la expropiación petrolera: diez y seis empresas extranjeras explotaban el petróleo y la fuerza de trabajo. Un espíritu nacionalista acompañó a esta acción que tiene total apoyo popular.
En esta etapa, la llamada cuestión nacional define la vida cultural. El problema de la mexicanidad interesó al poder tanto como a la academia. Durante 1920 y 1940 el nacionalismo mexicano, al lado de intereses políticos y económicos, creó modelos que intentan englobar la esencia de lo típicamente mexicano. El charro y la china poblana, estereotipos de lo mestizo y de la clase hacendada, se proyectan como símbolos nacionales y subsumen a la población indígena:

Como representación de lo mexicano, (los estereotipos) aparecieron en la iconografía – grabados, cine, fotografía- y en la literatura. En parte se identificaron a través del lenguaje y la música, tanto en el vestir como en el comer, en las actividades productivas y sobre todo en las recreativas, fueron adquiriendo sus especificidades, concentrando un “ser” o “deber ser” que se conformó mediante la interacción de costumbres, tradiciones, historias, espacios geográficos, en fin: referencias compartidas y valoradas. [7]

Estamos frente a la conformación de la identidad nacional: integra una serie de estereotipos con una finalidad hegemónica. Pérez Montfort destaca la forma cómo el nacionalismo fue tanto discurso de las elites como tema abordado en los espacios populares: el teatro de revista y las tandas, el cine, las historietas ilustradas, con un actor principal: el pueblo mexicano. Veamos cómo perciben la literatura y el cine a los mexicanos de esta época.

El campo literario no responde inmediatamente a los acontecimientos histórico-sociales. Requiere una prudente distancia, en espacio y tiempo, para documentar, testimoniar o ficcionalizar estos hechos. La literatura de los años treinta no es la excepción. Han transcurrido casi veinte años del inicio revolucionario y apenas entre 1928 y 1940 la literatura testimonia este terremoto social. En el México de esta década prolifera una narrativa vinculada a la pobreza y la mayoría de las grandes novelas y cuentos hacen el recuento de los daños de una gesta revolucionaria sumamente violenta que produce pobres y desheredados al por mayor: en promiscuidades urbana y en el campo, con prostitutas y hampones, en la cárcel y el hospital: universo de los humillados, ofendidos y atropellados. Estamos en la frontera de las llamadas novelas revolucionaria e indigenista: con actores que no fueron favorecidos en una revolución que protagonizaron: despojos que la narrativa ubica en barrios urbanos pobres y un desolado campo.

Mariano Azuela en primer sitio y luego Gregorio López y Fuentes y Mauricio Magdaleno recrean este complejo universo de ofendidos. En La luciérnaga (1932) Azuela describe un barrio donde impera la tristeza y un paisaje desolador: “Concierto de notas broncas, tejados podridos y montones de basura alternando con cuarterones de leguminosas y cerros desmoronables de cereales... El lamento secular de la india renca y parda, chicuilotiiiii... tos... fritos...” En otra novela, Nueva burguesía (1939), poco ha cambiado el panorama y, al paisaje opresor ahora se fusiona con la muerte de desarrapados y hambrientos que pululan en la gran ciudad: “con muchos ramos de azahar, en la mesa de trabajo de Bartolo, desocupada de los útiles de oficio, yacía el difuntito tras la sucia cortina de manta, en un cono de sombra... La muerte suele ser inoportuna. Los clientes y vecinos de Bartolo se obstinaron en ignorar la pena que lo afligía...”

Mauricio Magdaleno en El resplandor (1937) describe la promiscuidad en que viven los indígenas después de la Revolución y el desengaño ante la reforma agraria. También narra sobre el despojo que sufren a manos de los revolucionarios: “¿Qué quieren aquí indios carajos? Les echó encima la bestia, y un chiquillo se soltó llorando, aplastado por el choque. Puerta adentro, resoplaba el camión, cargado hasta su máxima capacidad. Voces de lo más espeso de las turbas gimieron: -¡El maicito se lo llevan a Pachuca! ¡Nuestras cosechas! ¡Lo que nos prometieron para dar de comer a nuestros hijos!”

Gregorio López y Fuentes también describe en Arrieros (1935) no sólo el despojo sino la humillación que sufren los indios a manos de representantes de la ley: “En sentido contrario, un policía, sin más insignia de autoridad que un garrote, llevaba arrastrándolo casi, a un indígena que se había emborrachado. Lo conducía a la cárcel, a pesar de que su embriaguez era pacífica, para que al día siguiente, en unión de los demás borrachos que cayeran, barriera la plaza”. El atropello y la ofensa en El camarada Pantoja de Azuela (1937) son leit motiv en una urbe con un servidor popular o diputado que es testigo de un hecho criminal: “De la comisaría regresa ya en su flamante automóvil; pero con el corazón oprimido. Tres o cuatro transeúntes fueron recogidos por la Cruz Roja y un pequeño vendedor de billetes de lotería pescó una bala en el corazón. ¡Un niño del pueblo”. Las clases populares también son recreadas y vinculadas al hampa metropolitana en Nueva burguesía: “Emita se espumaba de los bajos fondos de la hamponería metropolitana, huroneante en el barrio de Atlampa. Podía ufanarse de haber conocido madre; pero ésta, con lealtad y valentía, le confesó que nunca supo cómo fue ello ni donde. A los cinco años se quedó huérfana al cuidado de una tía sucia y greñuda, especie de bruja de cocina, que a temprana edad quiso dedicarla a actividades poco honestas”.

A diferencia de la literatura que requiere un mayor reposo y distanciarse del hecho histórico, el cine responde a una coyuntura específica y a un público ávido de ver en la pantalla el asesinato de ayer o el drama pasional del domingo. En la década de los treinta ya la industria cinematográfica mexicana se percibe dependiente ante el impacto del cine norteamericano, al grado de emitirse un bando de Lázaro Cárdenas para que se exhiban un determinado número de cintas nacionales en nuestra cartelera. Sin embargo, aún era capaz de incentivar y producir cintas que respondieran a sus propios espacios político-sociales, y de ahí también su enorme influencia en América Latina.

En 1931 se estrena la legendaria Santa, ya sonorizada, del novelista F. Gamboa, con Lupita Tovar, y es el banderazo que inicia el género “pecadoras mexicanas”. En 1933 se estrena El tigre de Yautepec y en 1934 Una mujer en venta, Mujeres sin alma, Chucho el roto, versión tercermundista de Robin Hood, ¿Quién mató a Eva? y Suprema Ley: historia de lances de honor al viejo estilo del cine mexicano con un suicida ante los devaneos de su mujer [8]

En el año de 1936 hay una diversificación de géneros, comedia, drama, melodrama; y los temas sobre cabarets y ficheras cubren el mayor espacio en carteleras y son ejemplos: Malditas sean las mujeres e Irma la mala. Esta última, melodrama sobre líos amorosos de una actriz frívola. Hay un crimen y juicio, al estilo yanqui, al final de la cinta. El tema sobre drogas hace su aparición con toda su carga moralina en Mariguana (El monstruo verde). El género campirano, con líos y enredos entre hacendados, e indios escenográficos, se presenta en Cielito lindo. Mujeres de hoy publicita en carteleras la contradicción campo/ciudad en ámbitos morales con una metrópoli símbolo de la maldad contemporánea: “Cuanto más moderna es la mujer, más mala, y cuanto más se aleja de la provincia, más expuesta está a descubrir su maldad” [9]



La mancha de sangre del pintor A Best Maugard se estrena en 1937: curiosa cinta de bajos fondos con problemas ante la censura de la época. Historia cabaretera con una pecadora víctima de su explotador, un padrote celoso y cínico. En el año de 1938 hay estrenos importantes: Los bandidos de Río Frío y El indio, cintas basadas en novelas homónimas de Manuel Payno y de Gregorio López y Fuentes. El caso de la película El indio ejemplifica la inmediatez cinematográfica: publicada y premiada apenas en 1934: es representativa del indigenismo literario con el aval del recién ungido presidente Lázaro cárdenas.

Otra interesante cinta Mientras México duerme (1938) de Alejandro Galindo recrea ambientes gansteriles, al estilo hollywoodense. A. de Córdoba interpreta a un jefe de narcotraficantes en la etapa que desea regenerarse por amor a una secretaria. Hay una curiosa reconstrucción del ambiente arrabalero capitalino. Galindo se inspiró en una crónica roja: el asesinato del boticario Nava en la farmacia Bucareli [10]. José Bohr dirige Herencia Macabra (1939). La cinta futuriza la moda plástica contemporánea pero con ribetes dramáticos: un cirujano plástico se venga de su mujer infiel y del amante: a ella le desfigura el rostro y al amante le hace tomar un virus mortal.






 

 

Juristas e inspectores de policía delinean el perfil criminal del mexicano




 




Desde finales del siglo XIX, en pleno porfiriato, y en las décadas de los treinta y cuarenta en México se agudizó una contradicción respecto de quienes se concebían como ciudadanos y quienes no, en otras palabras: unos, ciudadanos/otros, criminales. Esta contradicción develó un aspecto de la ideología de las clases en el poder, clase dominante u hegemónica según Gramsci, que consideraba como criminales y delincuentes a todos aquellos(as) que alteraban el orden establecido, contradecían los preceptos divinos, el matrimonio o la fidelidad, o no cumplían con las normas y leyes de una nación: lengua, idioma, costumbres. Es posible plantear que en esa época se consolidó plenamente un paradigma criminológico. En palabras de Buffington [11]:

En México las interpretaciones de las elites sobre el crimen irrumpieron en controvertidas áreas del terreno social, puntos en los que las nociones generalizadas de criminalidad trascendieron el acto delictivo individual para cruzarse con los temas, más amplios, de clase, raza, género y sexualidad. La sociedad mexicana desnuda su alma en esa confluencia. Las actitudes frente al mestizaje y los indios, los estilos de vida de las clases bajas y los léperos, las mujeres y la divergencia sexual influyeron en las percepciones de la criminalidad.

Científicos de diversas disciplinas como Julio Guerrero (jurista y sociólogo) y Carlos Roumagnac (inspector de policía y periodista) así como criminólogos y antropólogos de la época, genuinos voceros de las ideas dominantes de principios de siglo, no ocultan su condición de clase pequeño burguesa: disertan sobre la cultura del crimen, diseñan filiaciones sobre mujeres criminales y adolescentes que incurren en prácticas homosexuales; miden cráneos, dibujan cabezas y opinan respecto de la severa decadencia biológica de indígenas. Todo ello bajo el amparo y estilo de sus profesores: Cesare Beccaria y Cesare Lombroso. [12]

Julio Guerrero en su célebre texto La génesis del crimen en México (1901) analiza los factores criminales de finales del siglo XIX a la luz de una heterodoxa mezcla que combina elementos atmosféricos y geográficos, cientificismo positivista y rasgos históricos, prehispánicos y contemporáneos. Desde su peculiar visión de mundo describe a los distintos sectores sociales de esa época. Destaca en su análisis a léperos e indios y los ubica viviendo en calles y dormitorios públicos: mendigos, recogedores de basura, “hilacheras y fregonas”. Hombres y mujeres viven en promiscuidad sexual, se embriagan cotidianamente y “de su seno se reclutan los rateros y son encubridores oficiosos de crímenes muy importantes. Insensibles al sufrimiento moral, el físico les lastima poco, y poco gozan con el placer… Sus ideas son nociones rudimentarias de las noticias callejeras, los comentarios populacheros de los acontecimientos públicos, la fuga de un criminal, el veredicto de otro, la deportación de sus compañeros o la cogida de un diestro[13] . Esta radiografía de la pobreza cotidiana será fundamental en las décadas siguientes a la hora de criminalizar lo que parecieran faltas ligeras.

Respecto de los indios, distingue entre los que habitan en zonas como Mixcoac, Tlalpan, Coyoacán: son trabajadores, sanos, robustos, honrados en sus compromisos; los que viven en parajes más lejanos como Jalostoc, Chalco, barrios de Xochimilco, Tacuba: “son feos, raquíticos, sucios, vagan harapientos por los campos, viven en jacales con medios techos de tejamanil y duermen en un petate, en la más inmunda promiscuidad de hermanos, hermanas, padres, hijos, tíos y sobrinos sin conciencia de su abyección ni remordimientos por sus placeres” [14] . En ambos casos, léperos e indios, y en situaciones extremas de guerra civil, bandidaje o latrocinio actuarán éstos con extrema ferocidad e instintos sanguinarios bajo el sino de los atavismos indígenas: “El sentimiento de ferocidad sanguinario, la piromanía, las danzas fúnebres… constituyeron los elementos psíquicos del regocijo popular en la siniestra civilización de los nahuas y zapotecas… Sufren una cerebración atávica e inconsciente de sangre y exterminio; y ésa es la que ha pervertido y dispara sus voluntades cuando los episodios políticos les han dado un papel activo y espontáneo en la gran tragedia mexicana” [15]. Al amparo de este discurso y otros similares la naciente criminología mexicana dispondrá de un basto arsenal para ubicar a los ciudadanos frente a los criminales.

El sociólogo Julio Guerrero se enfrenta al dilema de clasificar a las clases sociales de finales de siglo y desecha la “distinción vulgar” de pueblo, clase media y aristocracia. Plantea una caracterización basada en la vida privada de los habitantes de la ciudad de México. Sin embargo, en sus descripciones pervive la distinción vulgar de nombrar pueblo a las masas y aristocracia a las “clases directivas”. Son éstas, abogados y médicos, ingenieros y artistas, profesores y militares, empleados superiores de gobierno:

Moralmente se caracterizan por la honestidad en el lenguaje y los hábitos privados… Las mujeres son fieles, y están unidas a sus maridos por lazos civiles y religiosos que no rompen por divorcios, ni por separaciones ilícitas, aunque los maridos por lo general tengan deslices de amor más o menos trascendentales. Pero lo que sobre todo las caracteriza es un altruismo inagotable, y una delicadeza de sentimientos… son criaturas genuinamente aristocráticas; es decir organismos exquisitos (…) [16]

En 1904 Carlos Roumagnac publica Los Criminales en México [17], obra que alcanza notoriedad e influye en diversas instancias de la Academia y en organizaciones de profesionistas aún en los años treinta. Roumagnac pertenece al grupo de los científicos, aplica la metodología positivista para adecuar teorías y tipologías de criminólogos europeos a México. Desarrolla, a partir de la propuesta de Enrico Ferri, una tipología para clasificar a los criminales en tres grupos: quienes lo son por herencia, influencia de la raza; los que cometen crímenes por impacto del ambiente, influencia del medio, y aquellos que actúan por circunstancias, influencia del momento.

Roumagnac reúne facetas diversas que lo convierten en un autor atractivo: posee un público ávido, es criminólogo, inspector de policía y periodista. Esta particular relación entre diversas disciplinas le permite vincular múltiples enfoques. Ubica al sujeto criminal en la historia, y ésta la divide en: familiar, personal, del delito, en la vida en prisión y en relación a los planes futuros. Para ello, utiliza la entrevista que logra desdoblar en relatos científicos con lenguaje novelesco y aún sensacionalista.

Continuando una perspectiva moral de su época, sanciona con especial rigor a las mujeres: las delincuentes traicionan la imagen que la sociedad les asigna. Las mujeres se encuentran expuestas a condiciones biológicas y ambientales similares, considera este autor, y todas las de clases subalternas urbanas son potencialmente temibles e indignas de confianza. Uno de los casos que Roumagnac aborda y alcanza difusión masiva es el de Maria Villa, quien asesina a otra mujer. Su sentencia conlleva un rigor extremo, veinte años de prisión, en una época en que a los varones asesinos de mujeres son perdonados por una justicia selectiva. María Villa simboliza la ruptura de la moral femenina de estos años.

Establece una especial relación entre moral y “ciencia”. Destaca que la carencia de instrucción genera criminalidad. La falta de educación moral inhibe el adecuado desarrollo del cerebro lo que origina desequilibrio en el sistema nervioso central y a su vez vuelve imposible contener los impulsos criminales, que en cerebros sanos era posible rechazar. Intenta probar, a partir de los casos que analiza, que la degeneración es inherente a las clases subalternas y, por lo tanto, son mestizos e indígenas los criminales: la portación del rostro, su tez morena, su forma de vestir los convierte en sospechosos. Es decir: peligrosos. Paradigma hoy en boga con la Tolerancia cero.

En el terreno académico aparece en 1934 el célebre texto El Perfil del Hombre y la Cultura en México, de Samuel Ramos. Se trata de una obra de enorme trascendencia tanto por el impacto de su aparición en México y en América Latina como por la influencia permanente durante varias décadas en diversos autores nacionales que intentan explicar el ser del mexicano. En esta obra, el autor se propone realizar la caracterización del mexicano con la intención de interpretar su conducta individual y colectiva. Su punto de partida son las ideas del psicólogo austriaco Alfred Adler, y la aplicación audaz en los mexicanos [18]. Revisa especialmente la teoría del sentimiento de inferioridad. Ramos asigna gran importancia a este complejo: la visión del mexicano, de su propia cultura en relación con la europea. Esta última plenamente desarrollada y frente a la cual el mexicano se siente empequeñecido.

Samuel Ramos se propone conocer cómo es la cultura mexicana y a partir de este contexto explicar la personalidad del mexicano construyendo caracterizaciones un tanto esquemáticas, verdaderos estereotipos. Al presentar el método que lo aproxima a este problema, señala: “Sabemos que una cultura está condicionada por cierta estructura mental del hombre y los accidentes de su historia. Averigüemos estos datos y entonces la cuestión puede plantearse de la siguiente manera: dada una específica mentalidad humana y determinados accidentes en su historia ¿qué tipo de cultura puede tener?” [19]

Esta perspectiva metodológica que el autor califica de científica, nos muestra una visión idealista: permite pensar a la cultura condicionada por la estructura mental y los accidentes de la historia. La cultura, entendida como construcción humana que abarca aspectos materiales y simbólicos, posee una base material concreta: la historia, no como un conjunto de accidentes, sino producto de condiciones concretas, determina la dimensión ideológica y no al revés, como el autor lo propone. A partir de esta interpretación y del desconocimiento total de la cultura que intenta caracterizar construye una serie de hipótesis. En ellas destaca el reconocimiento de diversos complejos de un mexicano que experimenta el sentimiento de inferioridad cual guía hacia acciones y conductas determinadas cuya finalidad es ocultar tal enfermedad.

De entre las caracterizaciones que este autor construye destacamos especialmente la del pelado, en nuestro trabajo resulta central. Considera que en este personaje se encuentran exacerbadas todas sus acciones: el mejor ejemplar para estudio es el pelado mexicano pues constituye la expresión más elemental y bien dibujada del carácter nacional. [20] Se trata, dice, de un individuo que lleva el alma al descubierto, sin esconder nada. De manera cínica hace ostentación de ciertos impulsos elementales que otros hombres intentan ocultar. Pertenece a una categoría ínfima, es un sujeto urbano que representa el deshecho humano. Se ubica en lo económico por debajo del proletario y en el ámbito intelectual es un primitivo. Como la vida lo ha tratado mal es un resentido con el mundo, de ahí deviene una naturaleza explosiva que lo convierte en un ser potencialmente peligroso. La agresividad que posee la expresa de diversas maneras: en forma verbal, utilizando un lenguaje grosero y agresivo, lleno de alusiones sexuales que son expresión de una virilidad mal entendida en la que cifra su aparente valentía.

“Es un animal que se entrega a pantomimas de ferocidad para asustar a los demás, haciéndoles creer que es más fuerte y decidido (…) en realidad es un cero a la izquierda. Todo lo que le recuerde su inferioridad tendrá respuesta violenta. (…) Una constante irritabilidad le hace reñir con los demás por el motivo más insignificante. El pelado busca la riña como un excitante para elevar el tono de su yo deprimido” [21]

Samuel Ramos subraya la noción de virilidad en el carácter del pelado: en ella, encuentra un sitio para asirse en su impotencia y pequeñez; posee una obsesión fálica, pero no es ni valiente ni fuerte, sólo es una apariencia, ya que mientras más valentía expresa, más debilidad esconde. Vive rodeado de desconfianza hacia todos quienes le rodean, más aún, desconfía de sí mismo. Teme que descubran en su doble personalidad su deficiencia. Ramos encuentra un estrecho vínculo entre la noción de hombría que ostenta el pelado y su noción de nacionalidad, traslada así la idea de valentía al ser mexicano. El exceso de manifestaciones patrióticas prueba, según el autor, que en realidad está inseguro del valor de su nacionalidad.

El pelado es el receptáculo de todos los vicios y antivalores que en la sociedad mexicana se puedan expresar, da lugar a estereotipos que cobran vida en las historietas, el cine y el teatro de la época. Ramos afirma que el burgués conforma el grupo más inteligente y cultivado de mexicanos. Sólo la sangre blanca es susceptible de civilizarse, de ahí que los indígenas se les muestre incapaces de ascenso social.

La influencia de Ramos se presenta en múltiples autores por ejemplo en Santiago Ramírez en su obra El mexicano, psicología de sus motivaciones, en Jorge Carrión, particularmente en su ensayo Mito y magia del mexicano, y hasta el Nóbel O. Paz en El laberinto de la soledad abreva planteamientos de este autor. Así, las ideas de Ramos impactan a la antropología, la psiquiatría, la medicina de la época. También influyó en diversos sectores tanto de la Academia como de instituciones públicas y privadas, particularmente entre médicos.

En este contexto, en 1931 se funda la Sociedad Eugenésica Mexicana para el mejoramiento de la Raza que postulaba la necesidad de impulsar la eugenesia negativa y positiva a fin de frenar el proceso de degeneración de la raza mexicana, por medio del emblanquecimiento y desindianización de la población para alcanzar el progreso social. [22] Al lado de ideas que se expresan en la medicina y la psiquiatría en particular, la jurisprudencia las integra a su corpus, para desarrollar en la década estudiada una concepción sobre la delincuencia y la integración de los sistemas penitenciarios. El fundamento base para detectar a los criminales continúa siendo el de la “antropometría criminal”, establecida por Broca en el siglo XIX. Consiste en determinar rasgos físicos de delincuentes, vivos y muertos, y la clasificación de cráneos de criminales que morían en prisión.

En 1933 se fundó la Academia Mexicana de Ciencias Penales, AMCP, que mantuvo estrecha relación con las sociedades médicas. En este año se publica la revista Criminalia órgano de la mencionada academia, convoca a juristas, médicos y antropólogos quienes desarrollan tesis del tipo “delincuente nato”, bajo la influencia de Lombroso. Igualmente, comparten la idea de que la psiquiatría podía explicar cualquier problema social.

Gran parte de las instituciones de profesionistas fundadas en México durante los treinta tuvieron influencia en la aplicación de políticas educativas y programas de salud pública. La ideología que predomina disfraza el racismo de búsqueda de progreso y mejoramiento de la nación. Consideran urgente mejorar las cualidades de la raza mexicana tanto desde el punto de vista biológico, como mental y moral. Son preocupaciones centrales: detener la propagación de caracteres “socialmente indeseables”, la necesidad de promover la higiene racial: consideran que las causas de degeneración son hereditarias.

En este punto retomamos la perspectiva heredada de Samuel Ramos quien visualiza el factor racial vinculado a la capacidad mental y a conductas morales. La caracterización del pelado como sujeto esencialmente agresivo, resentido social y potencial delincuente está presente en la ideología de la época. Recordemos la forma como este autor contrasta el desarrollo científico y la civilización como cualidades exclusivas de la raza blanca.

El esencialismo y biologicismo sentaron sus reales en la ideología dominante que, como lo señalamos, disfraza el racismo y clasismo que la caracteriza. “La pretensión de lograr una sociedad mejor, por parte de diversos juristas y médicos- especialmente psiquiatras y neurólogos- eliminando a los individuos portadores de caracteres indeseables, desde el punto de vista moral y mental, condujo a utilizar los argumentos del darwinismo social, las tesis de la degeneración, del atavismo y de la eugenesia para impulsar dicha empresa” [23]

Estas ideas, sin duda legado del positivismo, muestran el poder del “saber científico” para definir la situación de sujetos socialmente marginados: genuinos portadores de conductas anormales producto de la herencia y mediante atavismos que se vinculan con la criminalidad, el pauperismo, el mal vivir, la debilidad mental, la locura, la homosexualidad y la prostitución. Para resolver esta situación se tomaron medidas radicales: la eliminación, mutilación, esterilización, y el encierro en manicomios.

La bióloga Laura Suárez señala que la tipología lombrosiana, la frenología, la tesis del atavismo, la biotipología, la prueba de coeficiente intelectual, se emplearon como marco de “cientificidad” para apoyar la ideología que sustenta el vínculo entre debilidad mental y conducta criminal , con la locura , con la pobreza y consecuencias como la prostitución. No obstante los cambios en los enfoque posteriores, la autora sostiene que las ideologías que sostienen el biologicismo y el racismo aún perduran.

Si bien la autora devela el racismo y su investigación nos permite comprender el proceso de institucionalización del mismo. No es suficientemente claro el hecho de que el interés por la nación y la patria constituya una defensa de intereses de clase, y no de un verdadero patriotismo y sentido de nación. Un aspecto relevante es el vínculo entre la ideología racista, clasista, sexista y el poder. En la parte final de este ensayo describimos algunos casos que intentan ser representativos de lo hasta aquí expuesto.

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