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La ciudad latinoamericana s. A. (O el asalto al espacio publico)


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LA CIUDAD LATINOAMERICANA S.A. (O EL ASALTO AL ESPACIO PUBLICO)

por Gustavo Remedi *



En el último cuarto de siglo venimos presenciando una paulatina transformación de las ciudades y de los espacios de nuestra cotidianeidad como resultado de una serie de fenómenos sociales, culturales y tecnológicos nuevos. Si tenemos en cuenta la relación entre la modernidad, la cultura urbana, el surgimiento de la esfera pública (Habermas 1989) y el ejercicio de la ciudadanía, está claro que tales transformaciones sientan las bases de una nueva forma de organización social, de un nuevo modelo cultural, que unos llaman la postmodernidad, otros la globalización y otros, simplemente, la cultura tardo-capitalista o neoliberal (Jameson 1991).

De entre todas estas transformaciones quizás la más notable, dramática y emblemática sea la modificación sustancial del espacio social a causa de la apropiación del espacio público a manos privadas, y que aquí intento evocar mediante la imagen del "asalto al espacio público". ¿En qué consiste dicho "asalto"? ¿Qué nuevos espacios han venido a ocupar el lugar del espacio público? ¿Cuáles son las nuevas agencias y fuerzas sociales (tanto nacionales como extranjeras) que han pasado a gobernar el espacio social y cultural? ¿Cómo ha afectado esto la vida cotidiana, las relaciones sociales, la cultura, la política, las tecnologías del cuerpo, el imaginario social?

Reflexionar sobre el espacio público obliga a pensar el espacio como recurso, como producto y como práctica (sensual, social, política, simbólica). La apropiación y utilización particular del espacio (tanto a nivel material como simbólico [Harvey 1985]) así como la transformación de los espacios existentes y la producción de espacialidades inéditas (Lefebvre 1974), en correspondencia con distintos proyectos culturales "emergentes" y en pugna (Williams 1977, 1981).

Para pensar el espacio público los arquitectos suelen representar la ciudad como un fondo negro (espacios llenos) con figuras blancas sobre fondo negro (espacios públicos excavados en la trama urbana). Aumentando el grado de detalle, luego descubrimos que en los espacios "llenos" también hay algunos "vacíos" (vestíbulos, corredores, patios) en los que tienen lugar contactos y encuentros sociales; y que en los espacios abiertos también hay objetos o figuras negras (cafés al aire libre, quioscos, monumentos).

Pensado en esos términos, el asalto al espacio público supone una alteración fundamental de las proporciones y la relación entre figura y fondo, llenos y vacíos, en sus usos y significados, en sus texturas y equipamientos, con el consiguiente surgimiento de una espacialidad invertida, deshumanizada, parcialmente descorporeizada, compleja, engañosa, y por cierto, irreducible a una representación geométrica simple.

En efecto, cuanto más lo pensamos descubrimos que hay espacios "vacíos" (estacionamientos, lugares públicos abandonados, grandes espacios abiertos, avenidas) que en realidad son inservibles como espacios públicos (Augé 1995); espacios "llenos" que en realidad son públicos y albergan relaciones sociales (bibliotecas, teatros públicos, salas de exposiciones); y otros en apariencia públicos (cines, ómnibus, templos religiosos, centros de enseñanza privada, shoppings), donde se congrega o se forma el público, pero que en realidad no son verdaderamente públicos.

Una conceptualización más precisa todavía, capaz de captar el tipo de transformaciones sutiles que están ocurriendo hoy en día, debería, así mismo, dar cuenta de una serie de espacios "mixtos", "intermedios", "de contacto" y "de paso" (la ventana, el club, la escuela, el ómnibus, la parada del ómnibus, el walkman, el computador, el televisor en medio del living) cuyo análisis formal y de los modos reales de uso resultan vitales a la hora de sacar conclusiones.

Un caso singularmente peculiar y problemático es "la casa", que a pesar de ser una esfera eminentemente privada, primero, la sociedad la atraviesa de muchas maneras; segundo, es escenario de un conjunto de eventos sociales; y tercero, por otros medios (el periódico, la radio, la televisión, el casetero, la computadora), surge en su interior otra especie de espacio público.

En este sentido quizás haya que preguntarse ¿cuáles son las implicaciones de este traslado de lo público a lo privado? ¿qué nuevos agentes intervienen y regulan las relaciones sociales trasladadas al terreno "privado"? Porque, en definitiva, lo más preocupante respecto al "asalto a lo público" no es tanto la apropiación personal de lo público (lo cual sería una forma de democratización) sino el vaciamiento y deterioro del espacio social, la desaparición de un conjunto de formas que favorecían el relacionamiento social y la vida democrática, y su contracara, el modo en que un conjunto de grandes corporaciones transnacionales ha ido apropiándose de los espacios sociales y culturales, y ha pasado a hegemonizar práctica y simbólicamente la formación del público y de la opinión pública.

Ahora bien, uno de los riesgos de todo análisis formal es el reduccionismo y el determinismo formal (suponer que una forma por sí sola, automáticamente, impide o conduce a determinados usos y significaciones) a expensas de un análisis del uso del espacio, de las prácticas espaciales concretas y de la producción de sentido a partir de experiencias particulares (Foucault 1980; de Certeau 1984); una forma apropiada es necesaria pero no es suficiente. Un fenómeno político, social, económico o cultural puede perfectamente sobredeterminar todo tipo de condicionante formal. Sin embargo, el riesgo de signo opuesto es pensar que cualquier forma sirve a cualquier función. Es difícil imaginar ciertas prácticas (cotidianas, sociales, productivas, recreativas) independientemente de determinadas formas, más apropiadas que otras, para hacer posibles ciertos usos y significaciones.

En este sentido, "el asalto del espacio público" se traduce en el desplazamiento de espacios y prácticas espaciales que favorecen las relaciones sociales y el crecimiento de una esfera pública sana (libre, sofisticada, inclusiva) y el aumento de espacios inservibles y formas hostiles, que distorsionan, inhiben y obstaculizan su desarrollo.

Los procesos y componentes fundamentales del nuevo modelo cultural emergente lo constituyen: (i) el agravamiento de la desigualdad, la marginalidad y la polarización espacial, (ii) el impacto de la marginalidad sobre la ciudad, (iii) la tendencia a la fractura urbana, (iv) la militarización del espacio público o "intersticial", (v) la inyección de "intervenciones supermodernas" sobre la ciudad, (vi) la suburbanización como forma de escape y como otra forma de "modernización disfrazada", (vii) el impacto del auto y las "vías de circulación rápida", (viii) la consolidación del "barrio-mundo" y de la "casa-mundo", reforzados, respectivamente, por una concepción clasista e individualista del mundo, (ix) el vaciamiento, abandono y deterioro de la infraestructura y los espacios públicos tradicionales, (x) la emergencia de "seudo-espacios públicos" en detrimento de espacios públicos reales (supermercados, templos religiosos, shoppings, etc.), (xi) la concentración de un conjunto de actividades sociales y culturales en locales especializados y "purificados", (xii) la formación de nuevas zonas especializadas (de residencia, producción, consumo, recreación), (xiii) el impacto de los medios masivos de comunicación y los espacios sociales virtuales, (xiv) el desplazamiento de las relaciones sociales y personales "cara a cara" por relaciones virtuales y representaciones opacas, ocultando todavía más que antes las relaciones de producción y dando pie a la emergencia de una nueva serie de actores e instituciones mediadoras, (xv) la tendencia a la concentración de la propiedad y control de los flujos y espacios virtuales principales (televisión, computadora), (xvi) el papel que han venido asumiendo un puñado de grandes grupos económicos en la industria cultural en general (en la educación, en la industria del libro o del disco, en el deporte, en la financiación del arte, en el turismo, en el transporte), (xvii) en suma, la apropiación de la esfera pública por parte de poderosas corporaciones, tanto nacionales como transnacionales, (xviii) la reorganización real y simbólica de los espacios de la ciudad, como resultado de una manera diferente de vivirla, de relacionarse, y de pensarla, (xix) la emergencia de una nueva estética (o forma de relacionarse con el mundo), y de hecho, de una nueva tecnología del cuerpo.

En un estudio comparado acerca de los distintos rumbos que han ido adoptando las ciudades en América Latina y el Caribe, Alejandro Portes (Portes 1989, 1994) destaca –y no para celebrarlo, precisamente– el modelo de Santiago. Este consiste en una evolución y salto cualitativo respecto a la ciudad típicamente fragmentada, organizada en anillos concéntricos jerárquicamente dispuestos, y estratificada por clases que siempre existió en América Latina (Hardoy 1975, 1992). Pensemos, por ejemplo, en la ciudad de La Paz tal cual es retratada en el film Chuquiago (1977) de Antonio Eguino. Sin embargo, Santiago sufrió una profunda reestructuración a lo largo de los setenta y ochenta (Brunner 1981; Lechner 1984). Como consecuencia, a partir de esos años el "nuevo" Santiago se ha ido pareciendo cada vez más a "la ciudad radial" de Durban (experimento urbano del apartheid), y de hecho, a muchas ciudades de los Estados Unidos, severamente fracturadas en términos raciales, étnicos, de clase y culturales, y donde la ciudad ha sido dividida a efectos de recaudación e inversiones en obras públicas, generando una espacialidad francamente perversa, donde barrios del tercer y cuarto mundo crecen a pocas cuadras de barrios del primer mundo, como si unos no tuvieran nada que ver con los otros.

La primera "novedad", entonces, es la fractura espacial en forma radial, dando lugar al surgimiento de varios Santiagos "autónomos" y aparentemente desarticulados (aunque unidos, obviamente, por relaciones capitalistas de producción) que crecen y se despliegan en direcciones opuestas. La segunda novedad es que "la modernización" no contribuye ni a resolver ni a disminuir el problema de la segregación y el encasillamiento espacial de las distintas clases sociales, sino que contribuye a agravarlo. La tercera novedad es la fortificación de las zonas de contacto y de paso entre sectores. La cuarta novedad es la implementación de prácticas (formales e informales, oficiales o privadas) de "limpieza y purificación" de barrios.

En 1989, Portes observaba que tanto Montevideo como Bogotá evolucionaban de otra manera. A pesar de la existencia de marcadas diferencias de clase y del agrupamiento de ciertas clases en determinados barrios, Portes observaba, primero, un empobrecimiento general de la ciudad, y segundo, pese a todo, una mayor cercanía, permeabilidad, contacto, mezcla y fluidez entre los distintos barrios y clases: todavía no había "muros" infranqueables, ni barrios prohibidos, ni "poblaciones encerradas" o dejadas a la deriva, ni playas privatizadas, ni zonas de exclusión, ni gated communities, ni operaciones de "limpieza" y "purificación" (Ellin 1997). Quizás la pregunta que tengamos que hacernos hoy sea ¿cuánto nos hemos acercado a Santiago? El reciente informe del PNUD de diciembre de 1999 no resulta muy auspicioso a este respecto.

Aunque Portes coloca a Bogotá, junto a Montevideo, en las antípodas del caso de Santiago, el film Rodrigo D: No Future (1990) de VÌctor Gaviria acerca de la segunda ciudad colombiana (MedellÌn), documenta una realidad muy diferente. Si a ello le sumamos la militarización de la sociedad, en la medida que los sectores "integrados" (Sunkel 1972) buscan neutralizar y eliminar a los sectores "desintegrados" (lo mismo que a la guerrilla) por medio de la policía, el ejército, los grupos paramilitares o los asesinos a sueldo, así como el auge de las superbandas y las mafias (de la droga, del tráfico de armas, del lavado de dinero), el resultado es la casi completa desactivación del espacio público: nadie se anima a salir, a circular, a preguntar o a hablar libremente por temor a ser secuestrado o ejecutado en el acto.

Una reacción "natural" en respuesta a la amenaza que presenta el espacio público (elevado a cifra del terror y el miedo) es no salir, no exponerse, encerrarse, refugiarse en lugares privados: auto bien cerrado, casa bien enrejada, barrio cerrado y vigilado, suburbio bien alejado (Tuan 1979, Jackson 1987, Davis 1992, Ellin 1997). Si a esto le agregamos el bajo costo de los terrenos, la utopía de una vida al aire libre, casas y terrenos más espaciosos, la posibilidad de romper con la rutina, es fácil ver porqué tantas personas escapan a las zonas suburbanas, como en el caso de la "ciudad de la costa". Sin embargo, si en el pasado tanto "las ciudades jardín" como los satélites suburbanos perseguían un "reencuentro con la naturaleza" y un "retorno a una vida simple", hoy el avance de los suburbios se ha convertido en una fuerza arrolladora y depredadora, con un sinnúmero de complicaciones y nuevos problemas. La dependencia de las autopistas y de los autos, los costos e insuficiencias de una infraestructura extendida, la pérdida de tiempo, nuevas formas de aglomeración, contaminación y hacinamiento, hoy hacen de la planta urbana un espacio relativamente más apto para llevar una vida "simple" que los propios suburbios.

La suburbanización contribuye de muchas maneras a una erosión del espacio público. Por definición, la suburbanización es "un escape colectivo al espacio privado" (Mumford 1963). Esto ocasiona, primero, el vaciamiento de la ciudad –de sus espacios sociales y públicos–, así como un desfinanciamiento de dichos espacios (la recaudación ocurre en otra parte). Segundo, supone un crecimiento en la importancia de los espacios/tiempos "a solas" (auto, casa, televisor, computadora). Tercero, resulta prácticamente imposible volver a reequipar las zonas suburbanas (proceso que en las cascos urbanos llevó décadas y varios períodos de riqueza) debido al aumento en la extensión espacial, la disminución de la densidad poblacional, el poco tiempo que queda para "la cosa pública". Surge, en cambio, un nuevo tipo de zoning, donde las diversas actividades cotidianas son desagregadas y relocalizadas en zonas especializadas: de trabajo, desplazamiento, residencia, consumo-paseo. La marginación, el multi-empleo, el aumento de la jornada laboral, la tercerización productiva (la transformación del trabajador en micro-empresario independiente que trabaja en su casa), a veces combinado con la suburbanización, también ha contribuido a vaciar el espacio público. En este sentido la suburbanización no es tanto una "alternativa" a la ciudad moderna, como se suele pensar, sino más bien otra forma de modernización disfrazada.

Por modernización me refiero, específicamente, al fenómeno observado por James Holston (Holston 1989) a propósito de Brasilia (paradigma de la ciudad moderna ideal) donde mediante una serie de operaciones espaciales "simples" se ha contribuido al desmantelamiento casi completo de la esfera pública.

La operación básica es la inversión formal de la ciudad antigua: la inversión de la relación fondo-figura-fondo. En la red urbana antigua (medieval, renacentista, decimonónica) sobre un fondo negro formalmente predominante (lo lleno) se destacan las figuras (la escena pública): los patios, las calles, las plazas, sobre cuya cuidada articulación se organiza la vida pública. A su vez, los monumentos y edificios públicos se destacan como un segundo tipo de figuras negras sobre el fondo blanco de los espacios reservados para lo público (a la manera de la Acrópolis), y manteniendo una relación proporcional y armónica entre edificio y espacio vacío (a la manera de la plaza medieval y renacentista).

Brasilia, a la inversa, consiste en un infinito fondo blanco, una gran extensión "vacía" (desproporcionada, relativamente destexturizada y en suma, "deshumanizada") en la que flotan grandes bloques o figuras negras (edificios de apartamentos y oficinas), igualmente destexturizados, dispuestos geométricamente, ampliamente distanciados entre sí y conectados visualmente, electrónicamente y por medio de avenidas y autopistas. La elevación de "la unidad de habitación" y de los edificios de los grandes grupos económicos al mismo plano de los monumentos y los edificios públicos, sumado a una alteración fundamental (o brutal "salto de escala") de las medidas, las proporciones, las texturas y los equipamientos de "la calle", "la vereda", "la esquina", "el pequeño comercio", "la plaza" (lugares de lo social por excelencia [Max-Neef 1992]) tiene como resultado la modificación fundamental del espacio urbano.

La mayoría de los nuevos conjuntos habitacionales, torres de oficinas y complejos comerciales que se construyen hoy en día, lo mismo que el diseño, textura y (falta de) equipamiento de muchos espacios abiertos tienden a producir de manera germinal una espacialidad moderna que favorece/obstaculiza ciertas prácticas y formas de relacionamiento, y que conlleva determinados efectos sensuales, emocionales, sociales y políticos, los cuales han puesto en evidencia nuevas formas de alienación (Harvey 2000) conectadas, entre otras cosas, al empobrecimiento de la vida social y los espacios públicos.

Por esto, aunque en sus orígenes los suburbios fueron una reacción frente a "la alienación de la ciudad moderna" (al hacinamiento, la falta de luz, de higiene, la pérdida de contacto con la naturaleza, el deterioro de la calidad de la vida cotidiana y de la vida en general), la espacialidad suburbana es "otra especie de ciudad moderna" (Fishman 1987) que responde a la misma lógica que Brasilia. Baste pensar en Los Angeles, paradigma de "la metrópolis suburbana" o en Las Vegas paradigma de una suburbanización lineal organizada alrededor de un eje turístico-comercial. Pese a su apariencia de ciudad tradicional (que sólo es verdad en parte) incluso Nueva York contiene muchos de los elementos y cualidades (negativas) propias y definitorias de una ciudad moderna.

La "modernización" ha dado lugar a cuatro fenómenos espaciales nuevos: la emergencia de "zonas" y "locales" especializados para el paseo y el consumo, "la casa-mundo" (pensada como capaz de proveer todo lo necesario para la producción, la reproducción, la recreación y el consumo), "el barrio-mundo" (pensado como refugio de clase) y el aumento de la importancia de los "espacios públicos virtuales" (teléfono, radio, televisión, video, computadora).

Tanto la "casa-mundo" –también llamada "casa-isla", en tanto inversión formal de "la casa-patio" integrada al tejido urbano–, como el "barrio-mundo", así como sus complementos, la autopista y el autómovil, son simultáneamente resultado y causa de una nueva manera de organizar el espacio, de una nueva manera de vivir y de pensar, anclada en una concepción clasista e individualista del mundo.

Se basan en la suposición de que "todo lo que puede contener una casa" (un barrio, un auto) alcanza para hacer posible una vida feliz. De aquí que las personas, en la medida de sus posibilidades, traten de adquirir y poner en su casa (o en su auto) la mayor cantidad de artefactos y espacios tendientes a satisfacer una serie de necesidades que antes solían satisfacerse en la ciudad: la televisión y el casetero en lugar del cine, el teatro o el concierto; la computadora y el teléfono en lugar de la visita o la reunión con amigos; el jardín o el "terreno parquizado" en sustitución del parque o la plaza; el paseo en auto en vez del clásico paseo a pie; la piscina en vez de la playa; los aparatos para hacer ejercicios en vez del club.

Además de erróneo, puesto que para satisfacer sus necesidades las personas necesitan muchas cosas que sólo una sociedad y una ciudad pueden proveer (trabajos, escuelas, hospitales, luz, agua, carreteras, teléfonos, sin entrar en el terreno espiritual, sicológico o emocional), la idea y la práctica de la vida reducida al "barrio-mundo" y a la "casa-mundo" da lugar a una nueva estética (o forma de relacionarse con el mundo [Eagleton 1992]).

Esta nueva estética "desmaterializada", "descorporeizada" y "desterritorializada" tiene, por lo menos, tres componentes novedosos. El primero es el cambio en el modo en que utilizamos el cuerpo para relacionarnos con la realidad, la consecuente transformación de la realidad material de la que nos rodeamos y del propio cuerpo como resultado de esa praxis (Harvey 2000, Graham 1997, Sennett 1994, Grosz 1992), y la consiguiente degradación o reducción de la experiencia social-sensual (ir al estadio no es lo mismo que ver un partido en la televisión; o ir a un museo no es lo mismo que ver una imagen digital en una pantalla).

Segundo, a las mediaciones que ya de por sí existen en toda experiencia sensual y social (tecnologías del cuerpo [Mauss 1973, Foucault 1980], lenguaje, aparatos conceptuales) se suma ahora toda una segunda serie de obstáculos, mediaciones, "realidades simuladas" (las simcities y scamscapes de Soja [1997]) y agencias intermediarias que se interponen entre nosotros y la realidad, dando lugar a maneras equívocas e inapropiadas de pensar, sentir y actuar en relación a determinadas situaciones: el romance, la sexualidad, la guerra, el crimen, el futuro, el pasado, otros países, el propio, la imagen de uno, la imagen del otro, en fin, "la imaginación del mundo" (Appadurai 1996).

Tercero, pese a que la televisión o la computadora hacen posible acceder a realidades e informaciones antes vedadas (escuchar la Deutsche Welle en tiempo real, "visitar" la muralla china o el museo del Louvre, ver la final de la Copa UEFA, consultar la Enciclopedia Británica o la Playboy desde el dormitorio, escribirse con Pedrito en Praga o Juanita en Alaska) no es oro todo lo que reluce. También se produce una pérdida de libertad y de poder. Primero, porque la mayoría de las personas no tienen acceso a la tecnología y a los conocimientos necesarios para poder realmente participar de este espacio de actividad socio-cultural. Segundo, porque cedemos una gran cuota de poder a un conjunto de agencias culturales intermediarias que administran esta esfera de oferta y actividad cultural. Al fin y al cabo, no somos nosotros los que decidimos la oferta cultural –las televisaciones deportivas o la oferta de programas para niños siendo un perfecto ejemplo de lo que quiero decir. Tercero, porque aun cuando existiese la mejor voluntad y no hubiese ningún interés económico o político detrás, tampoco se podría replicar no ya la calidad de la experiencia, sino la variedad de la oferta y la infinita complejidad existente en "el mundo real". Creo que esto es lo que alguna vez quiso explicar Borges respecto a las ciudades y los mapas.

Por lo demás, el grueso de las noticias, películas, programas de televisión, videos, libros, discos, imágenes fotográficas, ideas, movimientos artísticos que circulan por el mundo proviene de unos pocos centros de producción cultural global. Una veintena de corporaciones (en su mayoría estadounidenses) se reparten la parte del león de la cultura de masas global: Disney, Time-Warner-Turner-AOL, Viacom, TCI, ATT, Westinghouse, General Electric, DreamWorks, IBM, Microsoft, News Corporation (Australia), Sony y Matsushita (Japón), Bertelsmann (Alemania), Pearson (Gran Bretaña), Philips (Holanda), Seagram-MCA-Universal (Canadá), Televisa (México), TV Globo (Brasil). Unos pocos gerentes generales –Michael Eisner, Sumner Redstone, John Malone, Laurence Tisch, Ted Turner, Michael Jordan, Gerald Levin, Robert Wright, Steven Spielberg, Bill Gates, Rupert Murdoch– inciden en forma desproporcionada en cómo la población mundial piensa, siente, imagina, sueña y participa de la civilización actual, desvirtuando con ello toda idea de una esfera pública democrática global.

Al vaciamiento de la esfera pública en favor de la casa mundo, y a la pérdida de control sobre el espacio cultural doméstico –invadido por las corporaciones de la industria cultural global– se suma la pérdida del espacio cultural público, y la emergencia, en su lugar, de plazas, calles, escuelas, museos "privatizados".

El rol protagónico en esta película de comienzos de siglo lo ocupan, por supuesto, los shoppings, y más recientemente "las librerías-disquerías-con-cafetería-climatizadas", nuevos lugares de paseo y de reunión que compiten y desplazan a los espacios públicos clásicos. Sin embargo, pese a la ilusión de equivalencia que posan los shopping o estas nuevas falsas bibliotecas climatizadas, haciéndose pasar por espacios culturales, plazas y calles más "modernas, seguras, limpias, lindas, ascépticas y tranquilas" –en contraste con el espacio público "viejo, sucio, feo, contaminado y peligroso"– lo cierto es que "allí" la ciudadanía deja de ser ciudadanía (Schiller 1989), deja de ser público, pasa a ser un visitante-consumidor. Los derechos del ciudadano quedan, en el mejor de los casos, recortados al entrar en territorios privados, regidos por los propietarios, los gerentes, sus técnicos y consejeros, sus administradores, superintendentes y policías propios. En el caso de las nuevas "falsas bibliotecas" es claro que la lectura y el café no son otra cosa que un gancho para atraer y vender, y que lo que la "biblioteca" contiene no es otra cosa que lo que unos señores (los zares de la industria del libro) quieren vender.

El consumidor –en caso de que pueda entrar– allí es apenas un visitante temporal sometido a los designios del propietario. Aun si dentro de ciertos límites legales, es éste y no aquél quien fija el orden de esta "micro-ciudad-estado", sus leyes, su clima, su paisaje, sus horarios, su población, lo que está permitido hacer y lo que no, lo que se puede decir y lo que no, cómo ha de vestirse, cómo ha de comportarse, qué se puede vender y qué no se puede vender, a qué hora se entra y a qué hora se sale. Hasta la vigilancia y la policía responden al dueño y no al Estado o al ciudadano.

Lo que se presenta en apariencia como un espacio civil, abierto y democrático o un espectáculo de masas donde "el pueblo es el protagonista", no es sino un gran supermercado, privado, cerrado y gobernado por intereses privados, cuyo principio rector es el del beneficio económico, la rentabilidad, por sobre toda consideración estética, ética o de otra índole. Pese a lo anterior, shoppings, suburbanizaciones y privatizaciones en el ámbito de la educación, el arte y la cultura suelen venir acompañadas por intentos de homogeneización y filtración social, racial, estética o cultural, una veces apoyadas en "justificaciones" económicas y "de seguridad", y otras veces, sin más justificación que el carácter "privado" del recinto.

El mega-shopping o "shopping-mundo" es la última generación de shoppings. En un solo lugar (pongamos por caso el Mall de las Américas, situado en Bloomington, Minnesota), por lo general situado en un punto ‘x’ de una determinada región, se reunen todos los tipos de espacios sociales posibles: tiendas, cine, museo, hotel, casino, "plaza de comidas", parque de diversión (Huxtable 1997). Lo anterior, causa obviamente, todo tipo de vaciamientos, distorsiones y rupturas en la delicada trama de actividades, relaciones y servicios, "ecosistemas" y "micro-climas" de los que se nutre la calidad de la vida cotidiana, y que, de la misma manera que ocurre con los ecosistemas y microclimas naturales, también se empiezan a deteriorar y van tendiendo a desaparecer.



* * *

Para finalizar, no se trata de demonizar la utopía de la casa propia, de la privacidad o el deseo por una vida más simple y más en contacto con la naturaleza; ni de forzar soluciones o proponer alternativas fáciles al problema de la vivienda y a los diversos problemas que presenta el casco urbano o el crecimiento suburbano. Tampoco se trata de olvidar las contribuciones de las nuevas tecnologías comunicacionales a la buena salud de la esfera pública, y que, en la medida que no reemplacen ni destruyan "el espacio social real" (Dewey 1997, Greimacher 1997), pueden complementarlo y hasta, enriquecerlo y potenciarlo (Graham 1997). De momento se trata apenas de apuntar el modo en que un conjunto de transformaciones fundamentales del espacio, de la forma de vivir y de pensar han ido afectando la vida cotidiana y la esfera pública, que son los soportes de la vida democrática, y más aún, de una vida social sana, ¿de la especie humana? Se trata quizás de observar ciertos principios y reglas generales de escala, de textura, de costo; de reforzar y apuntalar las prácticas espaciales deseables, de optimizar las formas que ya funcionan, de crear los espacios que faltan. Se trata, sobre todo, de evitar que el uso del espacio y el tiempo empobrezcan la calidad de la vida cotidiana, el desarrollo de la persona y de la vida en general. De cuidar que cada intervención respete esos principios básicos, así como de diseñar estrategias y proyectos de intervención pensados para reforzar y hasta de reinventar el tipo de ciudad que queremos.

Para lograr esto, sin embargo, resulta imperativo tener en cuenta las diversas fuerzas estructurales, agencias y proyectos culturales (económicos, globales, funcionalistas) que hoy pesan sobre la ciudad que hacen al desarrollo y consolidación de "una espacialidad tardo-capitalista", "postmoderna" o "neoliberal", y que tienden a llevarse por delante cualquier tipo de frenos y tímidas respuestas que se le quieran oponer en su camino. Ese proceso arrollador es impulsado tanto por formas y estructuras estructurantes (modos de producción, nuevos sistemas espaciales, necesidades funcionales, planes de ordenamiento territorial, intervenciones operadas "desde arriba" [Soja 1997]), así como desde "desde abajo", es decir, por las prácticas espaciales, sensibilidades y mentalidades, que son igualmente "estructurantes", y que actúan de manera combinada y complementaria en la generación y (re)producción social de las ciudades (Giddens 1984, 1987; Bourdieu 1990). Esto significa que para contrarrestar estos procesos y tendencias culturales se hacen necesarios enfoques estratégicos, respuestas de fondo e intervenciones en varios planos y frentes, a fin de no ser arrastrados por la lógica simbólica, formal y funcional de esta nueva espacialidad "dominante" –es decir, para no ser instrumentos en su concreción–, o a fin de no quedar reducidos a construir una espacialidad residual o testimonial, ni a jugar a un papel ornamental, es decir, a "decorar" la post-urbanidad.

 

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* Gustavo Remedi es doctor en Literatura Hispánica (University of Minnesota, 1993). Se desempeña como Profesor Titular en el Trinity College, Hartford, Connecticut, EEUU y es responsable del Spanish & Latin American Film Festival. Premio del MEC (1997) por su libro Teatro del Carnaval: Crítica de la cultura nacional desde la cultura popular. Este artículo es una versión reducida de un trabajo académico inédito. Las citas han sido excluidas para agilizar su lectura.

 

 

 



 

 

 



 

 

 



 


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