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La caída de constantinopla colección austral nº 1525 STEVEN RUNCIMAN la caída de constantinopla


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LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA



COLECCIÓN AUSTRAL

Nº 1525



STEVEN RUNCIMAN

LA CAÍDA DE

CONSTANTINOPLA

ESPASA-CALPE, S. A.

MADRID

Edición especialmente autorizada para la



COLECCIÓN AUSTRAL

Título original: The Fall of Constantinople 1453

Traducción del inglés por Victorio Peral Domínguez

Obra original: © Cambridge University Press, 1965

Versión española: © Espasa-Calpe, S. A., 1973

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Depósito legal: M. 10.809—1973

ISBN 84—239—1525—5

Impreso en España

Printed in Spain

Acabado de imprimir el día 4 de mayo de 1973

Talleres tipográficos de la Editorial Espasa-Calpe, S. A.

Carretera de Irún, km. 12,200. Madrid-34

ÍNDICE


ÍNDICE 5

PREFACIO 7

Capítulo I: OCASO DE UN IMPERIO 10

Capítulo II: AUGE DEL SULTANATO 24

Capítulo III: EL EMPERADOR Y EL SULTÁN 41

Capítulo IV: EL PRECIO DE LA AYUDA OCCIDENTAL 48

Capítulo V: PREPARATIVOS DEL ASEDIO 56

Capítulo VI: COMIENZA EL ASEDIO 65

Capítulo VII: PÉRDIDA DEL CUERNO DE ORO 75

Capítulo VIII: LAS ESPERANZAS SE DESVANECEN 83

Capítulo IX: ÚLTIMOS DÍAS DE BIZANCIO 90

Capítulo X: CAÍDA DE CONSTANTINOPLA 97

Capítulo XI: DESTINO DE LOS VENCIDOS 105

Capítulo XII: EUROPA Y EL CONQUISTADOR 115

Capítulo XIII: LOS SUPERVIVIENTES 129

Apéndice I: PRINCIPALES FUENTES PARA UNA HISTORIA DE LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA 136

Apéndice II: LAS IGLESIAS DE CONSTANTINOPLA TRAS LA CONQUISTA 141

BIBLIOGRAFÍA 145



A mi hermano

PREFACIO


En otras épocas, en que los historiadores tenían una visión simplista de la Historia, se pudo sostener que la caída de Constantinopla en 1453, significase el final de la Edad Media, pero hoy sabemos perfectamente que el torrente de la Historia fluye de modo inexorable y no hay dique que lo detenga. Tampoco existen motivos para afirmar que el mundo medieval se transformase en el mundo moderno. Mucho antes de 1453 ya estaba en marcha, en Italia y en el mundo mediterráneo, el movimiento llamado Renacimiento. Mucho después de 1453 persistieron las ideas medievales en el Norte. Ya anteriormente a 1453, se descubrieron las primeras rutas oceánicas que trastornaron toda la economía mundial, aunque transcurriesen varias décadas, después de 1453, antes de explorar dichas rutas marítimas y de que sus efectos se dejaran sentir en Europa. El ocaso y caída de Bizancio y el triunfo de los turcos otomanos ejercieron su influencia en estas transformaciones; empero, el resultado no fue obra de un año. Sin duda, la sabiduría bizantina desempeñó un papel en el Renacimiento, pero durante casi medio siglo, antes de 1453, los estudiantes bizantinos cambiaron la pobreza e inseguridad de su país natal por las pingües cátedras de Italia y, los griegos, que los siguieron después de 1453, llegaron, en su mayoría, no como refugiados de un dominio infiel, sino como estudiantes de islas cuyo control mantenía todavía Venecia. Durante bastantes años el auge del Poder otomano causó algunas dificultades a las ciudades comerciales de Italia, si bien no yuguló su comercio excepto cuando bloqueó el acceso al mar Negro. La conquista otomana de Egipto fue menos desastrosa para Venecia que la conquista de Constantinopla, y si Génova sufrió un duro golpe por el dominio de los Estrechos por parte del sultán, lo que provocó su ruina no fue la pérdida del comercio exterior, sino su precaria situación en Italia.

Incluso en el terreno más amplio de la política, la caída de Constantinopla supuso muy pocos cambios. Los turcos acababan de llegar a las orillas del Danubio y amenazaban la Europa Central, y cualquiera pudo percatarse de que Constantinopla estaba perdida, de que un imperio consistente poco más que en una ciudad decadente no podía resistir a un imperio cuyo territorio se extendía por la mayor parte de la península balcánica y Asia Menor; un imperio con un gobierno fuerte y que disponía del mejor dispositivo militar de la época. Es cierto que la Cristiandad sufrió una profunda conmoción ante la caída de Constantinopla. Al no serles posible —como a nosotros— lanzar una penetrante mirada retrospectiva, las potencias occidentales vieron necesariamente en la conquista turca algo inevitable. Con todo, la tragedia no cambió en absoluto su política o, mejor dicho, su falta de política frente al problema oriental. Únicamente el Papado se sintió verdaderamente convulsionado y planeó un auténtico enfrentamiento, aunque eran más urgentes los problemas domésticos.

Por lo cual tal vez parezca que la historia de 1453 apenas si merece otro libro. Mas de hecho, los acontecimientos de ese año tuvieron una importancia vital para ambos pueblos. A los turcos, la conquista de la antigua ciudad imperial, no sólo les proporcionó una nueva capital imperial, sino que les aseguró la persistencia de su imperio en Europa. Hasta que la ciudad, situada como estaba en el centro de sus dominios, en el paso entre Asia y Europa, no estuviese en sus manos, no se sentirían seguros. No sólo tenían motivos para temer a los griegos, sino que una gran alianza cristiana, que operase sobre esta base, tal vez los derrocara. Constantinopla en su poder, estaban seguros. Hoy, tras todas las vicisitudes de su historia, los turcos siguen en posesión de Tracia y todavía se mantienen firmes en Europa.

Para los griegos, la caída de la ciudad fue, incluso, más transcendental, pues para éstos se trataba, en realidad, de la conclusión de un capítulo. La espléndida civilización bizantina ya había representado su papel civilizando al mundo y ahora agonizaba con la ciudad agonizante. Pero aún no había muerto. El decadente pueblo de Constantinopla, a punto de sucumbir, incluía las más penetrantes inteligencias de la época, hombres imbuidos de la más alta tradición cultural, que se remontaba a Grecia y Roma. Y mientras un emperador, virrey de Dios, viviese en el Bósforo, todo griego, aunque pudiese estar esclavizado, podía también sentirse orgulloso de que seguía perteneciendo a la verdadera y ortodoxa comunidad cristiana. El emperador no podía hacer casi nada por ayudarle en este mundo, pero seguía siendo centro y símbolo del Poder divino. Una vez caídos el emperador y su ciudad, comenzaba el reino del Anticristo. Grecia caminaba hacia el abismo y luchaba como podía por la supervivencia. A la inextinguible vitalidad y coraje del espíritu griego debemos el que no pereciera por completo el helenismo.

En esta historia el pueblo griego es el héroe trágico, y he procurado hablar de él teniendo muy presente lo dicho. Ya se ha reiterado con frecuencia antes. Esto casi impresionó a Gibbon, aunque no del todo, pero sí lo suficiente para hacerle olvidar su desdén por Bizancio. Sir Edwin Pears, últimamente, habló de ello con profusión en una obra inglesa publicada hace sesenta años, y que todavía merece leerse. Su exposición de las auténticas operaciones del asedio, basada en un estudio a fondo de las fuentes y en su conocimiento personal del terreno, sigue siendo plenamente válida, si bien en otras partes los progresos en la investigación moderna han dejado la obra un tanto anticuada. Tengo una gran deuda con esta obra, la mejor exposición de los acontecimientos de 1453 en todas las lenguas. Desde su publicación, muchos estudiosos incrementaron su acervo cultural. Especialmente, en el año 1953 fui testigo de la publicación de múltiples artículos y ensayos para celebrar su quinto centenario. Con todo, si exceptuamos la obra de Gustavo Schlumberger, publicada en 1914 y basada casi toda en la de Pears, no se ha publicado ningún relato exhaustivo del asedio, en los últimos cincuenta años, en ninguna lengua de Occidente.

Con el fin de colmar esta laguna, me he servido —y expreso mi reconocimiento— de varias obras de eruditos modernos, que todavía viven o murieron. Expreso mi gratitud en las notas. Entre los eruditos griegos, que viven todavía, me complazco en mencionar al profesor Zakytinos y al profesor Zoras. Todos —tratándose de la historia otomana— debemos estar reconocidos al profesor Babinger, aun cuando su gran obra sobre el Sultán Conquistador nos prive del apoyo de las referencias a sus fuentes. Para comprender la primitiva historia de los turcos, nunca estimaremos en su justo valor las obras del profesor Wittek; y, entre los jóvenes eruditos turcos, hemos de consignar al profesor Inalcik. La transcendental obra del padre Gilí sobre el concilio de Florencia y sus secuelas me fue de valiosa ayuda.

Hago una síntesis crítica de las principales fuentes de la presente historia en un apéndice. No ha sido empresa fácil conseguirlas todas. El extinto profesor Dethier ha recogido en sendos volúmenes —XXI y XXII, 1ª y 2ª parte— las fuentes cristianas de los Monumenta Hungariae Historica, ya hace unos ocho años, pero si bien ya estaban impresos los volúmenes, no habían sido publicados aún, aparentemente a causa de las erratas que contenían. En cuanto a las fuentes musulmanas, algunas no me fueron asequibles inmediatamente, en especial para el que —como yo— no puede leer a los autores otomanos más que con lentitud y dificultad. Sin embargo, confío en que haya podido extractar de ellos lo esencial.

Tampoco hubiera podido escribir este libro sin la cooperación de la Biblioteca Londinense, y me es grato expresar mi agradecimiento al personal de la Sala de Lectura del Museo Británico por su paciente ayuda. Quiero asimismo agradecer al señor S. J. Papastavrou su colaboración en revisar las pruebas, y a los síndicos y personal de la Cambridge University Press por su inagotable paciencia y gentileza.

En cuanto a la transcripción de los nombres del griego o del turco, no pretendo que sean exactos. Con relación a los griegos, he empleado la forma que me ha parecido más familiar y natural. Respecto a los turcos me he servido, sencillamente, de la ortografía fonética, excepto cuando he utilizado palabras del turco moderno, que he transcrito con la ortografía del turco moderno. He designado al Sultán Conquistador con el nombre turco de Mehmed y no de Mahomet o Mohamed*. Espero que mis amigos turcos me perdonarán por haber denominado a la ciudad, de que trata mi obra, Constantinopla y no Estambul. Hubiera sido pedante obrar de otra manera.

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