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La batalla de tarapaca


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GUERRA DEL PACÍFICO



LA BATALLA DE TARAPACA

(27 de Noviembre de 1879)



REMINISCENCIAS HISTÓRICAS

SOBRE LA VERDAD DE LO OCURRIDO EN ESTA MEMORABLE


ACCIÓN DE GUERRA
TRABAJO DEDICADO

AL EX – CORONEL DE EJÉRCITO


DON JORJE WOOD ARELLANO
POR


FERNANDO IBARRA

ANGOL


IMPRENTA DE “EL COLONO”

CALLE DE IMPERIAL, Nº. 22A

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AL SEÑOR DON JORJE WOOD ABELLANO,

EX-CORONEL DEL EJÉRCITO DE CHILE

Ya que nos hemos impuesto la tarea de hacer completa luz sobre uno de los más terribles episodios de la guerra del Pacífico, nos haremos un deber en dedicar el presente opúsculo al benemérito Jefe que, en tan dolorosa jornada, tanto trabajó por la gloria de nuestras armas.



EL AUTOR.

INTRODUCCIÓN

Han trascurrido ya dieciséis años desde que se inició la fratricida contienda entre tres naciones hermanas, denominada la guerra del Pacífico, lucha prolongada en que, ventilándose los derechos al resplandor de las armas, pagaron los pueblos con largueza los errores de sus gobiernos.

La obstinación con que se llevó á efecto durante varios años, especialmente entre Chile y el Perú, las cuantiosas riquezas perdidas y el lago de sangre derramada, hicieron que esta guerra se atrajese la admiración universal.

Fué, no obstante, un motivo de orgullo para las demás naciones sud-americanas la virilidad de que dos países hermanos, por tradición y por origen, dieron muestras en los campos de batalla y en la tenaz resistencia á las fuerzas invasoras.

Hoy día, cuando ya se han enfriado los rencores de pueblos y gobiernos, marchando todos unidos por el sendero de la concordia, donde fructifica el progreso, va acercándose el momento de la justicia histórica, del fallo inapelable que deslinda las responsabilidades y prepara las enseñanzas de la posteridad.

Se han acallado las pasiones momentáneas, se han enfriado las cenizas de los héroes y todo augura una era de paz no interrumpida.

Los manes de los denodados combatientes reciben el tributo del acendrado cariño de sus conciudadanos, y su recuerdo existe grabado en el corazón de todos los chilenos como en el panteón épico de la inmortalidad.

Por una inconcebible fatalidad, la existencia de los ilustres guerreros que han escrito las páginas más gloriosas de la historia militar de nuestro país, ha sido corta, tan corta que gran número de ellos han bajado á la tumba poco después de la victoria, á causa generalmente de las fatigas y penalidades de la vida de campaña.

Fruto de esta deplorable circunstancia, que priva á la patria de sus más esclarecidos veteranos, es el acercamiento más pronunciado de la justicia póstuma.

El grande historiador que ha de asombrar á las generaciones venideras con la narración verídica é imparcial de los grandes hechos militares de la guerra comenzada en 1879, no ha nacido todavía.

Existen á la fecha obras y recopilaciones más ó ménos completas, confeccionadas por eruditos escritores, pero cuyo valor solo podrá ser apreciado en el porvenir como fuente de informaciones preciosas para los historiadores futuros; en la actualidad esos trabajos se resienten de algunas deficiencias, á cansa de la época contemporánea en que se dieron á luz, de la falta de datos precisos, de la oscuridad de detalles importantes que influencias de familia ó de círculo tratan en lo posible de conservar en la penumbra, y de la parcialidad bien intencionada é inevitable en que incurre el escritor que ha presenciado los sucesos que relata, ó que ha tomado en ellos parte más ó menos activa.

En virtud, pues, de las reflexiones precedentes, todo aquello que tienda á hacer imposibles las controversias del porvenir sobre puntos de historia nacional, constituirá un verdadero servicio, puesto que ahora, cuando relativamente está fresca la memoria de los acontecimientos, es oportunidad de dejar el mayor número de luces é informes.

Entre los sucesos más culminantes del drama del Pacífico, ninguno como la batalla de Tarapacá se ha prestado á más críticas, dudas y variadas impresiones; por eso, urge rectificar muchos incidentes que ahora yacen disfrazados, y hacer públicos otros que están rodeados de la más profunda oscuridad, á fin de que pueda aducirse una opinión imparcial sobre la exactitud del boletín oficial de dicha batalla.

Esta es la tarea que nos hemos impuesto, para lo cual contamos con informaciones del todo desconocidas, proporcionadas por varios distinguidos y valientes jefes del ejército, que fueron actores en aquella jornada, y que hasta ahora no habían entregado al dominio público por imprescindibles consideraciones de subordinación militar.

Deseamos que este trabajo despierte el interés general, sobre todo cuando todavía existen muchos sobrevivientes del combate de Tarapacá, que podrán confirmar los nuevos detalles, á fin que se disipen las sombras que por largos años han envuelto, una de las operaciones bélicas más desatinadas que registran los anales militares del país.



Capítulo I

Preliminares de la batalla.- Falta de concentración de la división espedicionaria. Impericia de su jefe.

Después de la gran batalla de Dolores, ocurrida el 19 de Noviembre de 1879, y en que fué batido el ejército peruano, las tropas espedicionarias de la provincia de Tarapacá se detuvieron por algunos días en la aguada de aquel nombre, al mando del general en jefe don Erasmo Escala.

Esta inacción, que tan funesta podía ser para nuestras armas, fué interrumpida por la noticia de la rendición discrecional de Iquique tres días después de la batalla.

Pero después de este combate, ocurriósele al siempre emprendedor comandante don José Francisco Vergara, la desgraciada idea de espedicionar sobre el pueblo de Tarapacá, para encerrar allí al enemigo, que iba en retirada después de su descalabro de Dolores. Comunicada esta idea al coronel don Luis Arteaga en Santa Catalina, fué inmediatamente acogida con manifiesta alegría y atolondramiento, tanto por este jefe como por todos los demás que de él dependían en la división que recientemente se le había confiado. Quizás creyeron obtener un fácil triunfo que, junto con aniquilar los últimos restos del enemigo, les cubriese de gloria y les facilitase el camino de los ascensos.

El comandante Vergara había enviado con aquel propósito á su ayudante el capitán don Emilio Gana que debía, en seguida, adelantarse hasta el cuartel general de Dolores á solicitar la venia del general en jefe.

A este punto llegó en el desempeño de su misión el capitán Gana el día 25, y si ligeros fueron los de Santa Catalina para acoger el proyecto de la famosa encerrona, no lo fué ménos el siempre complaciente general Escala, quien, sin estudiarlo ni poco ni mucho, dió sin vacilar su asentimiento, al mismo tiempo que esclamaba : “¡ A qué se van á meter allá donde el diablo perdió el poncho ¡”

Estas palabras del general Escala se prestan á una doble congetura: en primer lugar se colige de ellas que no se le escapaba el peligro que iban á arrostrar algunos de sus tercios; y, en seguida, se desprende que olvidaba lamentablemente las responsabilidades de su alto puesto. Esto último conviene que se tenga presente, para que se cargue á su cuenta la parte no despreciable de culpa que le corresponde en la liquidación de las consecuencias de esa inconsulta operación de guerra.

No obstante, parece que después meditaría el caso maduramente, ó tomaría más á lo serio aquello del poncho del diablo, porque resolvió engrosar la partida, avanzada ya, del comandante Vergara, con toda la demás fuerza disponible de la división del coronel Arteaga, y así lo dispuso por telégrafo, encargando el mando de toda la fuerza espedicionaria á este último jefe.

En el momento de despachar á Gana, el general Escala llamó á uno de sus mejores ayudantes de campo, el mayor don Jorje Wood, y le ordenó acompañara á la espedición en el mismo carácter ante el comandante Vergara, á quien lo enviaba como un auxiliar de toda su confianza. De esta manera, fué como á uno de los jefes más meritorios se le destinó á figurar en la división, encontrándose hasta el fin de la campaña, donde se distinguió por su heróico comportamiento.

Las fuerzas espedicionarias estaban compuestas de los siguientes cuerpos:

Zapadores, al mando del comandante don Ricardo Santa Cruz.

Chacabuco, de don Domingo Toro Herrera.

2.º de línea, de don Eleuterio Ramirez.

Artillería, de don Exequiel Fuentes.

Caballería, de don José Francisco Vergara.

Figuraban en ellas oficiales de nombradía por su valor, como los siguientes:

Tenientes coroneles, señores Bartolomé Vivar y Maximiano Benavides; sarjento mayor, señor Jorje Wood; capitanes, señores Abel Garretón, Santiago Faz, Rodolfo Villagrán, Emilio Gana y Miguel Moscoso, y otros muchos que sería largo enumerar.

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Bien sabido es ya lo que aconteció en aquella penosísima travesía por el desierto, desde Santa Catalina al campo de batalla de Tarapacá, y cómo, después de vagar á ciegas por la estensa y áspera llanura del Tamarugal, la diminuta y maltratada división chilena se arrastró jadeante por la altiplanicie que domina la profunda quebrada para ir á descender ésta por tres puntos apartados, según se había acordado en el campamento de Isluga, en la noche del 26.

Se celebró este consejo de jefes con mucho sigilo, en una choza subterránea, como lo son por lo regular las que en aquellos parajes improvisan los moradores para precaverse contra los efectos del sol, del frio y de las movibles arenas del desierto.

En la madrugada del 27 se notaba un completo desconcierto en las tres secciones en que la división se había fraccionado, al emprender el avance envuelta en densísima camanchaca. Diezmadas las tropas por la sed, el hambre y las fatigas de una marcha tan difícil, iban dejando tras de sí largos surcos de rezagados y moribundos, al paso que los jefes respectivos se dirijían á su destino con manifiesta perplejidad, ignorantes de la posición del enemigo, de su fuerza y de la topografia del campo de operaciones.

El comandante Santa Cruz, que debió apartarse desfilando por la diagonal desde el punto de partida de la división para caer perpendicularmente sobre el caserío de Quillahuaza, por la senda de Caranga, siguió su marcha en órden paralelo con la división del centro, que se dirijía rectamente en demanda del sendero de San Lorenzo para caer sobre el pueblo de Tarapacá.

El mayor Wood, que notó esta falsa dirección de Santa Cruz, corrió á prevenírselo, con lo que este jefe tomó el rumbo verdadero; pero era ya tarde, por desgracia, porque para caer sobre Quillahuaza, érale forzoso girar bruscamente sobre su izquierda y seguir en esa nueva dirección paralelamente y casi bordeando la quebrada de Tarapacá.

Esta primera falta de Santa Cruz es inescusable como lo son las demás en que ese día incurrió, y fué una de las causales de nuestra completa derrota en la última hora, porque dió lugar a que el enemigo se apercibiera de la aproximación de las fuerzas chilenas, y pudiera disponerse para asestarles el golpe de sorpresa que esperimentó entónces ese jefe, y que luego se hizo tan trascedental para toda la división.

Por el mismo estilo, más ó menos cegadas, marchaban las otras secciones.

Dada tan crítica situación, al jefe ménos esperimentado en tácticas militar debió ocurrírsele el arbitrio de reconcentrar aquellas subdivisiones desparramadas en el desierto y veladas entre sí por densa camanchaca, miéntras podía obtenersé noticia exactas de la situación, fuerza y composición del enemigo, mediante un formal reconocimiento. Habían incurrido, además, en el estraño olvido de no enviar una partida en descubierto al emprender el avance, inesplicable omisión que sólo puede compararse á aquella de no establecer una fuerza de reserva al entrar en acción, como sucedió aquel mismo día.

La concentración, aconsejada por el más vulgar sentido común en aquellos momentos de duda, debió imponerse imperiosamente más tarde, cuando, creciendo el desconcierto y la fatiga entre los nuestros, se tuvo también conocimiento fidedigno de la abrumadora superioridad numérica de los peruanos, y de sus ventajosas condiciones en otros sentidos; pero no sucedió así, por desgracia, y las consecuencias no tardaron en dejarse sentir.

Miéntras por la altiplanicie de Minta avanzaban las fatigadas divisiones en penosísimo desfile, una partida de cazadores á caballo había descendido al valle por la cuesta de La Visagra, la que, divisando entre los arbolados algunos infelices labriegos de la comarca, que procuraban huir, después de mucho perseguirlos y de algunos disparos de carabina, capturó al fin á uno de ellos.

Luego fué éste conducido á la cima de la cuesta, é interrogado que fué por el Comandante en jefe, con los apremios del caso, declaró con evidente ingenuidad que el general Buendía, se hallaba con su cuartel general en el pueblo de Tarapacá, al frente de unos ocho mil hombres de los dispersos de la batalla de Dolores y los procedentes de la guarnición de Iquique, y que esta fuerza se engrosaba diariamente con los grupos que acudían á plegársele. Los ocho mil hombres estaban escalonados entre Tarapacá y Pachica, en un intermedio de dos leguas, Habiendo partido para este último punto unos tres mil hombres; por lo tanto, quedaban en Tarapacá cinco mil. No había ni caballería ni artillería. Concluyó protestando constarle todo esto de sus propias observaciones, y porque lo oía repetir de contínuo á jefes y oficiales que en su casa tenía hospedados.

Terminada la declaración, fué el prisionero asegurado con estrecha vigilancia, porque debía responder con su cabeza de la verdad de todas sus aseveraciones, según anticipadamente se le había prevenido.

Difícilmente pudieran ser de mayor gravedad aquellas revelaciones en las circunstancias especiales en que eran hechas.

Ocho mil hombres era una cifra que alarmaba con razón. Porque si, bien después de la batalla se supo que era muy abultada, pues solo se presentaron en combate cinco mil, el desequilibrio numérico era el mismo, teniendo presente que por nuestra parte ya no teníamos los dos mil trescientos hombres que sacó de Santa Catalina el coronel Arteaga. De este número hay que descontar los rezagados y muertos que no alcanzaron á tomar el campo. En rigurosa verdad, no presentaríamos nosotros más de mil ochocientos hombres, fatigados y en desórden, contra los CINCO MIL, reposados, bien prevenidos y mejor dirigidos del enemigo.

¿Que hizo el coronel Arteaga en tan críticas circunstancias? Nada! absolutamente nada!

Escuchó con pasmosa impasibilidad la alarmante declaración del prisionero. Y mientras tanto, en esos mismos momentos seguían avanzando por la abrasada llanura, completamente cegadas, las secciones del centro y de la izquierda, ó sean las del coronel Arteaga y la de Santa Cruz, al paso que la de la derecha, comandada por don Eleuterio Ramirez, de gloriosa memoria, desfilaba en descenso hácia el profundo valle por La Visagra.

Se nos refiere que el mayor Wood, notando con verdadero asombro la apatía de su jefe, que desperdiciaba un tiempo precioso, aventuró sacarlo de su adormecimiento y le dijo con viveza:

“Ya vé Ud., señor coronel, vamos á batirnos hoy con unos ocho mil hombres”.

“¿Cómo así? Replicó”.

“El cautivo acaba de decirlo muy claramente. Tenemos, desde luego, en Tarapacá unos cinco mil hombres, para principiar, y si ya no están avisado y en marcha, que es muy posible lo esten, al primer estampido del cañon acudirán los tres mil restantes a tomar parte en la acción”.

“¿Y qué quiere Ud. que se haga?”

“Nada más natural, señor: debe contenerse inmediatamente el avance de las divisiones, concentrarlas y ocupar posiciones, defensivas en la altura, mientras se obtiene un refuerzo del cuartel general y puede reponerse de su fatiga toda la fuerza”.

Pero era muy poca cosa el señor Wood para dar consejo á todo un coronel, antiguo alumno de las aulas de Metz, quién, desdeñando tan salvadora advertencia, dejó seguir las cosas á su fatal y lógico desenlace.

El descalabro de Tarapacá, por mucho empeño que haya en bautizarlo de retirada triunfar, debióse, pues, á la terquedad del coronel Arteaga y nó, como se ha insinuado, á un acto de desobediencia del comandante Vergara para que regresara á plegársele, cuando se habia adelantado la víspera de la batalla, por que toda la división se halló reunida en el campamento de Isluga la noche del 26. A nadie le consta, además, que el coronel le hubiera significado á otra persona la idea de detenerse, ni que adoptara medida alguna para organizar convenientemente su división, antes ni después de llegar á ese punto.

A mayor abundamiento, hallándose prevenido desde muy temprano de que el enemigo contaba con una regular reserva de sus mejores tropas en Pachica, quizás ya en marcha, y que lógicamente debía presumirse se presentasen en el campo de batalla, á más de no adoptar por sí mismo determinación alguna, desoyó las sabias advertencias que se le hicieron para que hubiese podido empeñar la acción bajo condiciones de éxito.

Anteriormente se ha pretendido quitar al mayor Wood el mérito de su iniciativa en la concentración propuesta, que á él corresponde únicamente, y atribuirlo al comandante Vergara, cohonestándose su inejecución; inexactitud que debe rechazarse perentoriamente.

En los momentos de interrogarse al prisionero de Huaraciña, no se encontraba el comandante Vergara entre los que presenciaban el acto, y mal pudo, por tanto, imponerse de sus declaraciones, para que hubiera podido, en virtud de ellas, emitir su opinión sobre la concentración de las tropas.

Tampoco se cambió una palabra entre los dos jefes sobre el asunto, cuando algo más tarde llegó Vergara acompañado de su ayudante el capitán Gana.

No ha sido, por lo mismo, bien informarlo el señor Vicuña Mackenna cuando, refiriéndose á aquel incidente, y aludiendo en particular á la declaración del prisionero, dice: “Palidecieron mirándose recíprocamente los dos jefes de la temeraria cruzada del desierto, delante de aquellas revelaciones que descorrían la tela de sus ilusiones y no les dejaban más camino para salvar sus nombres ante el país, el ejército y la historia, que el de ir á hacerse matar juntos con los que habían traido á morir, y, preciso es comprender, uno y otro, el coronel Arteaga y el comandante Vergara, mantuviéronse dentro de la lógica terrible de la terrible situación que ellos se crearon”. (Historia de la campaña de Tarapacá. T. II. páj. 1098.)

Esto es inexacto. Es cierto que á poco de presentarse el comandante Vergara en el paraje en que el coronel permanecia impasible viendo desfilar la sección de Ramirez, sorprendidos entonces y no antes, por las descargas de artilleria del imprevisto choque de Santa Cruz con las fuerzas que diestramente vino á oponerle el coronel peruano Cáceres, manifestáronse muy turbados los dos jefes citados, porque la aterradoras elocuencia del cañon les avisaba que los papeles se habían trocado por completo, siendo nosotros sorprendidos en fatal desconcierto por el enemigo que tan confiadamente íbamos á sorprender. Este es el hecho. Todo lo demás obedece al plan de defensa anticipada del cúmulo increible de errores de aquel día, para cuyo plan ha servido sin duda alguna una carta y un interrogatorio, en que nos ocuparemos más adelante, enviados por el señor Wood al coronel Arteaga en el campamento de Santa Catalina.

Sigue así el señor Vicuña Mackenna: “Vínose, sin embargo, á la mente del primero (Vergara) que, aunque bisoño en cosas de guerra muéstrase casi siempre alerta, una idea salvadora pero que debió preceder una hora á la batalla (sic.), la idea de la concentración. Y clavando espuelas á su caballo, partió á galope por la pampa acompañado del ayudante don Emilio Gana, para ir á contener á Santa Cruz en su marcha hácia Quillahuaza.”

Analicemos este punto. De lo espuesto, y según ha sido informado el señor Vicuña Mackenna, parece, pues, hubiera sido en el momento de escucharse la declaración del prisionero de Huaraciña, cuando el comandante Vergara concibió la idea (que se le atribuye) de la concentración, por lo cual se fué al alcance de Santa Cruz para contenerlo.

Hemos desmentido el hecho, pues Vergara no presenció el incidente con el cautivo, y afirmado también que fué en el momento de oír el cañoneo de Quillahuaza cuando el comandante Vergara se desprendió del costado del coronel Arteaga. Sobre estas bases pasemos á discurrir.

Empeñado á la sazón Santa Cruz en un recio combate, ¿ era oportuno ir á contenerle ? Nó, por cierto, y antes, debió reforzársele sin pérdida de tiempo; y ésto, por si sólo, está evidenciando el hecho de que no se procedía obedeciendo á un plan de concentración acordado de manera alguna.

Pero suponiendo, por vía de argumento, que el comandante Vergara hubiera concebido la idea de la concentración, con la oportunidad que la propuso realmente el mayor Wood, ¿cómo se esplica que antes de ir á ponerla en obra no comunicara tal idea al comandante en jefe de las fuerzas, allí presente, y que era naturalmente el único llamado á ordenarla?

Si se marchó al alcance de Santa Cruz para sujetarlo, ¿ cómo se esplica que mientras tanto el coronel Arteaga no contuviera á su vez á Ramirez, que en esos precisos instantes descendía al valle al alcance de su voz? Por qué abandonó su propia sección, la del centro, dejándola que á su vista y paciencia fuese también á estrellarse ciegamente contra un enemigo desconocido? Y en todo caso, cómo disculpar al coronel, por las consecuencias tan dolorosas de desdeñar tan saludable advertencia, no ya de uno, sino de dos jefes á quienes debió atender, al comandante Vergara, á quien se le atribuye falsamente y al mayor Wood que la representó de hecho ?

Es lo cierto que no hay constancia en los partes oficiales ni en ningún otro lugar de que el comandante Vergara insinuara siquiera tal idea á nadie. Pero, suponiendo nuevamente que la hubiera concebido, y que sin decírselo á nadie se fuese á contener á Santa Cruz al oirse el cañoneo de Quillahuaza, su propósito, por inconsulto y tardío, pecaba también de absurdo, porque en aquel instante era necesario acordar con el comandante en jefe contener y concentrar todas las divisiones en marcha, si era posible, ó no contener ninguna, y ménos, de seguro, aquella precisamente que el enemigo se había encargado de atajar por su propia cuenta, y que por lo mismo era necesario protejer sin perdida de tiempo, antes de ser destrozada, como lo fué. Ya no cabía vacilación: el daño estaba hecho y la batalla empeñada.

No sin razón salta el coronel como sobre ascuas en su parte oficial, estos incidentes de tan capital importancia y funesta trascendencia, dejando á otros el encargo de disculparlos á su manera y por interpósitos conductos.

Pero, después de todo, acertadísimo anda el señor Vicuña Mackenna cuando sobre este mismo particular hace las siguientes reflexiones: “Pero si aquella idea (la de la concentración) había sido como otras tardía y aventurada respecto de nuestra ala izquierda, ¿ por qué al mismo tiempo no se puso por obra respecto de la columna de la derecha que el comandante Ramirez llevaba sin vacilar á la obediencia y á la matanza? ¿No estaba esa división á la vista del coronel Arteaga? ¿No marchaba por el bajo al alcance de su voz? ¿No se hallaba por ventura rodeado, el último, de oficiales tan resueltos como el mayor don Jorje Wood, Emilio Gana, Volívar Valdes, Julian Zilleruelo y Salvador Smith para ir á hacer cumplir sus órdenes?

Esta série de interrogaciones, cuya gravedad no puede desconocerse, deben pesar sobre la conciencia del coronel Arteaga por su actitud pasiva y negligente, según queda demostrado.

De todas las reflexiones que hemos espuesto se desprende lógicamente que el coronel Arteaga es el único responsable del desastre, por no haber seguido el consejo de concentrar las secciones de la división, inmediatamente que se supo la cantidad de fuerzas con que contaba el enemigo; medida que su ayudante Wood le propuso en momento oportuno, es decir, una hora antes de entrar en combate. Tuvo tiempo sobrado el coronel para impartir en aquel instante sus órdenes en todas direcciones, y aun contener con la simple voz el avance del infortunado comandante Ramirez, que marchaba á su pérdida segura. Cuatro ayudantes de campo, Wood, Valdés, Zilleruelo y Smith aguardaban á su lado con febril impaciencia órdenes que no se les trasmitieron, sin duda porque el comandante en jefe no supo darse cuenta de la gravedad de la situación.

En vista de estos preliminares, la suerte de la división chilena estaba muy comprometida, según se verá en la descripción de los tres combates que siguieron, de los cuales pasamos á ocuparnos.


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