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La Argentina de cara al Bicentenario: crecimiento y reglas de juego


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La Argentina de cara al Bicentenario: crecimiento y reglas de juego

De ser el rincón más pobre y despoblado del Virreinato y hasta la segunda mitad del siglo XIX, la Argentina se convirtió en la 8ª economía del mundo para la conmemoración de su Centenario. Hoy, a pasos del Bicentenario, a duras penas queda entre los primeros cien países. Para el historiador José Ignacio García Hamilton, la clave de esas marchas y contramarchas está en el plano de las reglas de juego. Sobre esto disertó en el CEIDA de la SRA, horas después del espaldarazo del Congreso al proyecto de retenciones móviles del Poder Ejecutivo, resistido por casi cuatro meses por productores agropecuarios


Todos los países exitosos, desde la Grecia clásica, el pueblo judío, la Roma republicana, hasta Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia, han crecido “cuando tuvieron gobiernos limitados, que respetaron la vida, los derechos y las propiedades de sus habitantes, y fomentaron el avance de los conocimientos y el espíritu innovador”, aseveró el abogado, historiador y diputado José Ignacio García Hamilton en un encuentro organizado por el CEIDA el pasado 17 de julio. Incluso la Argentina, que de ser el prácticamente el cuartito trasero del Virreinato del Río de la Plata y permanecer en la pobreza durante toda la primera mitad del siglo XIX, logró convertirse, en la 8ª economía mundial para 1913, la única de Hispanoamérica que logró entrar en los primeros diez puestos del ranking global.

En la República Argentina del Centenario, había una bonanza originada en una situación del comercio internacional muy favorable que el país había sabido aprovechar, gracias a las reglas de juego profundamente innovadoras que creó, a la caída de Rosas, la Constitución de 1853: asentada sobre las Bases de Juan Bautista Alberdi, se trató de un cambio cultural radical que rompió las reglas de juego de la etapa colonial.

“Las reglas de juego en la etapa colonial eran la cultura patrimonialista, inaugurada con Alejandro Magno, cuando el monarca pasa a centralizar el poder, que va a tener mucha importancia en el mundo islámico, en Rusia y en España”, señaló el historiador. Esa cultura se trasladó a Hispanoamérica de la mano de Cristóbal Colón y sus sucesores, “y enraizó sobre teocracias indígenas, también patrimonialistas”.
Ultracolonialismo

El resultado fue un patrimonialismo más profundo, pues en América, a diferencia de España, no hubo señores feudales ni Cortes que limitaran el absolutismo político, ni el estatismo económico (las tierras, los minerales, la mano de obra y el comercio los monopolizaba la Corona). Por otra parte, en América se agregó el incumplimiento de la ley (en parte producto de normas irracionales) y una sociedad jerárquica, estamental. “En esos rasgos coloniales se produce la Independencia, luego de que España perdió el control de los mares en la batalla de Trafalgar, y ya no pudo mantener las colonias”.

Pese a que los independentistas triunfaron, no lograron su objetivo de incorporarse al comercio mundial complementándose con los países de vanguardia como Inglaterra, Holanda y Alemania, ni el de crear una sociedad más igualitaria. “La guerra de la independencia nos aleja del Alto Perú y, así, de la principal exportación –los metales–. El Virreinato se fragmenta (entre la Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile), el comercio declina, y la pobreza y el autoritarismo imperan”, señaló García Hamilton.
Cambio de paradigma

En ese contexto, Urquiza ejecuta el pensamiento de Alberdi. Al absolutismo político, la Constitución le opone la división de poderes y la no reelección presidencial; al estatismo económico, la defensa de la propiedad privada (“no un Estado rico con súbditos pobres, sino un Estado pobre con ciudadanos ricos”); al incumplimiento de la ley y la sociedad estamental, la regla de la ley, que rige para todos, sin privilegios.

Por otro lado, la Constitución cambia otro principio –heredado de Roma-, el de que lo público se impone sobre lo privado, y postula la vigencia de la autonomía individual. Así, “el individuo está antes que la Patria y que cualquier colectividad religiosa, política o económica”. Y fomenta la inmigración europea. Este es, para García Hamilton, el principio “más revolucionario de la época”, pues en los tres siglos de colonia se había desarrollado una cultura de odio al extranjero, y no podían venir ni protestantes, ni judíos ni de otras religiones. “Alberdi dice que hay que traer gente que sepa trabajar (con ‘hábitos de industria’), porque acá había trabajo forzoso, que provoca rechazo al trabajo en el súbdito y ociosidad en el amo. Y que hay que incorporar la libertad de cultos, para que esos inmigrantes pudieran casarse con las criollas”.
Ganancias extraordinarias

Como resultado de esas nuevas reglas de juego planteadas por la Constitución, la Argentina, que tenía 800.000 habitantes cuando Alberdi escribió las Bases, alcanzó 8 millones 60 años después. De exportar sólo tasajo y ni un grano de trigo hasta 1878, pasó en 1913 a ser el principal exportador de granos y carnes del mundo. La alfabetización pasó del 10% al 69%, por la ley 1420 de 1884, que impuso la educación laica, gratuita y obligatoria. Y el Producto Bruto per cápita era de 470 dólares, contra 400 de Francia y 90 de Japón, reseñó el legislador.

Si bien había una gran brecha entre ricos y pobres, “lo mismo ocurría en Inglaterra, Francia y los demás países: el desarrollo comercial no había traído todavía igualdad”, dijo García Hamilton, para quien esto explica el Manifiesto Comunista, el socialismo, el anarquismo y todos los movimientos sociales que también tuvieron presencia en la Argentina del Centenario. “Sin embargo, el nivel de salarios en el país en 1914 era 80% más alto que el de Marsella, 25% mayor que el de París, e igual al de Estados Unidos”, destacó. En este sentido, como dato de color, recordó que el Banco de Boston tuvo en Buenos Aires su primera sucursal, y que Ford abrió su cuarta filial mundial en 1913, en la Argentina.
Sin dogmas

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Con su dignificación del trabajo, su jerarquización de las actividades lucrativas y su responsabilización de las personas sobre sus conductas, el protestantismo permitió la creación del capitalismo y fue más apto para la democracia”

ara García Hamilton, aunque ni Alberdi ni Sarmiento eran protestantes, “compartían en gran parte esos valores”. Tras recordarle al auditorio del CEIDA que “Lutero cambió la idea de que el mejor cristiano era el que se dedicaba a la vida contemplativa, y dijo que se podía salvar el alma trabajando”.

De hecho, fue en los países que incorporaron el protestantismo, como Holanda, los países escandinavos y, particularmente, Inglaterra, donde nació el capitalismo.

Asimismo, según el historiador, estos países fueron más aptos para la democracia, puesto que, en el protestantismo, tanto las normas de conducta, como la sanción en caso de transgredirlas, son elaboradas por el individuo mismo, lo que lo vuelve más serio y responsable de sus actos. En cambio, en el catolicismo, norma y penalización vienen del exterior. Por último, como los protestantes, Alberdi y Sarmiento jerarquizan la ganancia, le quitan la connotación negativa.
Mitos perniciosos

Preguntado acerca del porqué del declive que sufrió la Argentina, García Hamilton aventuró, en sus propios términos, una serie de causas culturales, relacionadas con arquetipos nocivos que se inician con la campaña de educación patriótica de Figueroa Alcorta de 1908: el militar que muere pobre, ilustrado por la figura de Belgrano; el gaucho pobre que se hace violento, ejemplificado en el Martín Fierro; la cultura de la víctima, ayudada por los escritores nacionalistas, que contribuyen a desarrollar la idea de que había una conspiración internacional en contra de la Argentina, y, posteriormente, la dama buena que regala con dinero ajeno, encarnada en Eva Perón. Todo ello, según García Hamilton, fue a contramano de un clima apto para el trabajo, el desarrollo, el ahorro y la inversión, que es lo que explica el crecimiento de los países.


Impuestos revolucionarios

Por último, García Hamilton llamó la atención sobre el apoyo popular que obtuvo la reacción de los productores agropecuarios al aumento de las retenciones a los granos, y recordó que la intervención de Perón con la creación del IAPI (Instituto Argentino para la Promoción Industrial) en 1946 generó, tres años después, que la producción agropecuaria del país cayera a la mitad y se equiparara a la de 1920, lo que obligó a su gobierno a una rápida contramarcha.



Asimismo, rememoró otros impuestos célebres de consecuencias inesperadas, como el impuesto a la exportación de lana que motivó una guerra civil y llevó a la revolución en Inglaterra en 1649; el impuesto al té de 1773, que generó la revolución en Estados Unidos; el aumento del 4% al 6% del impuesto de alcabala –un gravamen sobre las ventas-, que generó la rebelión del comerciante de mulas Tupac Amaru en 1780.

Julio 2008


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