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La amante cautiva primera parte


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CAPITULO XII

Nicole no se había equivocado al calcular que casi sería de noche cuando llegaran a la isla. Por consiguiente, no le causó sorpresa que la recibieran las primeras sombras del crepúsculo al arribar a su destino. Se despidió del guía y le entregó una moneda de oro, luego recogió la cesta y cruzó la playa a grandes zancadas. Una vez perdida de vista la piragua, se metió precipitadamente entre la maleza que bordeaba la isla y, oculta entre la broza, se sentó a meditar.

Había logrado escapar. Estaba armada y llevaba provisiones. El próximo paso era liberar a Allen. ¿Estaría aún en el barco? ¡Ojalá no! Le resultaría imposible planear su rescate de La Belle Garce. Ya habría corrido la voz acerca de su disfraz entre toda la tripulación, así que correría un riesgo gravísimo si llegaba a poner pie en cubierta.

Un largo suspiro brotó de su pecho. ¡Maldición! La vida no podía ser tan injusta. ¡Necesitaba a Allen, le necesitaba con urgencia!

Destapó la cesta distraídamente y al descubrir un pollo entero asado al horno, se puso a mordisquear un muslo absorta en sus pensamientos. Era probable que Allen no estuviera en el barco. Podría encontrarse ya camino de Nueva Orleans. No, tal vez no. Allen quizá permanecía todavía en La Belle Garce, a menos que Sable hubiese regresado a Grand Terre. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y deseó desesperadamente que Sable estuviera a más de veinte millas de distancia. Debió haber interrogado a los sirvientes acerca de su destino. A lo mejor se hallaba en Nueva Orleans o -tragó saliva nerviosamente- tal vez allí mismo en la isla.

Contrariada, arrojó el hueso de pollo al suelo y se puso de pie mientras se limpiaba las manos frotándolas en los pantalones como haría un muchacho. No le permitiría que la asustara. Si estaba en la isla, lo más seguro era que estuviera con Lafitte, y en tanto ella se mantuviese a buena distancia de la mansión, podría evitar encontrarse con él. Pero nada de eso resolvía el problema de Allen.

Desde su escondite, un montículo cubierto de arbustos, tenía una excelente vista de la isla y la bahía. Casi por casualidad su mirada cayó sobre el pequeño calabozo de ladrillos. Lo examinó a la débil luz del crepúsculo. Allen bien podría estar allí. Era una posibilidad bastante remota, pero valía la pena averiguarlo. Aun cuando descubriera que no era así, al menos reduciría los lugares en los que pudiera estar.

Ocultando la cesta de la comida debajo de un matorral, dejó su escondite y empezó a avanzar tímida y cautelosamente hacia el interior de la isla, yendo de un árbol a otro y de una casa a otra hasta llegar por fin a la prisión. Estaba nerviosa y le temblaban las piernas cuando se apoyó contra la pared trasera del edificio. Dos veces durante el trayecto había visto a miembros de la tripulación de La Belle Garce caminando borrachos y a tropezones de un burdel a otro, y cada vez ella había tenido que esconderse entre las sombras. Sin embargo, ello no hacía sino recordarle el grave peligro que corría. ¡Si llegaban a reconocerla, que Dios la ayudara! Sería mil veces peor que todo lo que pudiera idear Sable para mortificarla.

Después de recobrar el aliento y un poco de su valor, empezó a tratar de localizar a Allen deteniéndose debajo de cada ventana enrejada y llamándole por su nombre. El le respondió en la tercera y Nicole suspiró de alivio.

-¿Estás solo? -le preguntó en un susurro-. ¿Estás ileso?

- ¡Por amor de Dios, Nick! ¿Qué estás haciendo aquí? - Echando un vistazo nervioso al pasillo oscuro por donde había desaparecido Sable hacía sólo una hora, añadió-: Habla deprisa. Podría regresar Sable. ¿Te encuentras bien?

Nicole afirmó con la cabeza; entonces, al darse cuenta de que Allen no podía verla, respondió:

-Sí, pero no perdamos tiempo hablando. He venido a liberarte.

En la celda a oscuras Allen sonrió. ¡Bendita fuese! Con qué calma lo decía, como si fuese la cosa más sencilla del mundo.

- Nick, no quiero desanimarte, pero estoy encadenado al muro y la puerta de la celda tiene una cerradura muy sólida.

- ¡Bah! ¿A quién le importa? Estoy armada, llevo una pistola en el bolsillo. Ya pensaré en algo -dijo con más confianza de la que sentía.

No obstante, al mismo tiempo la cercanía de Allen le hacía abrigar la esperanza de que estaba cambiando su suerte. Apoyándose contra los ladrillos de la prisión y escudriñando la oscuridad en busca de algún indicio de haber sido descubierta, le habló una vez más-: ¿Quién tiene las llaves? ¿Hay algún guardia contigo?

- No. El único guardia es el viejo Manuel y se encuentra en el cuarto de delante. Él tiene las llaves de la celda, pero me temo que es Sable quien tiene la de los grilletes, Nick. - La voz sonó desolada y triste.

¡Maldito capitán! ¿Era acaso infalible? De pronto, el significado de las palabras de Allen se abrió paso en su mente. ¡Sable estaba allí! Se tensó todo su cuerpo. Pero después del primer sobresalto, se empeñó en no dejarse vencer por el pánico. Sable no era nada más que un hombre y no el mismísimo diablo como quería hacer creer. Cometía errores; el hecho de que ella estuviera allí era prueba de ello. Aun así, sus ojos taladraron la oscuridad con inquietud creciente. La idea de que Sable pudiera estar oculto en la noche, observándola, era amenazadora, pero la desechó resueltamente sacudiendo la cabeza. No era ninguna niña miedosa para asustarse de las sombras.

-¿Estás seguro, Allen? ¿No le habrá dejado las llaves al viejo?

Allen frunció el ceño.

-Podrías tener razón, Nick -dijo lentamente. Era verdad, se usó una llave aparte para cerrar las cadenas, pero no había motivo para creer que no se hubiese agregado a la enorme argolla que servía de llavero y que estaba colgada en el cuarto principal de la prisión. Él había dado por hecho que Sable se la había quedado. Sin embargo, la pregunta de Nick tenía sentido, ya que Sable no había contado con la huida de la joven. Sonrió con gesto sombrío. El capitán había subestimado al joven Nick.

Todavía sonriendo débilmente, dijo:

-Hay una forma de averiguarlo, Nick. Tendrás que conseguir que el viejo Manuel te entregue las llaves. ¿Puedes hacerlo?

Nicole levantó la barbilla, desafiante. ¡Conseguiría esas malditas llaves aunque le fuera la vida en ello! Con más optimismo ahora, susurró:

- No te preocupes, en el peor de los casos, cortaré las cadenas a tiros. Dame unos minutos, ya pensaré en algo. - Y lo hizo. Su arrojo y descaro le habían sido útiles para escapar de Sable, y si habían servido una vez, servirían otra.

En la isla la disciplina no era rígida y el empleo de Manuel como carcelero servía más bien para salvar las apariencias y darle algo que hacer. En las contadas ocasiones en que se usaba la cárcel, de ordinario los prisioneros recibían a sus compinches, que acudían a darles ánimos. Era costumbre inveterada del viejo Manuel en esas circunstancias entregarles las llaves a los visitantes para que entraran y salieran a su antojo. Nadie nunca se había aprovechado de esa negligencia, principalmente porque si bien los prisioneros podían gruñir y quejarse a voluntad, todos tenían un temor reverente por Lafitte. Jean era justo, pero sabían que era mejor no contrariarlo.

A partir de sus visitas a Grand Terre como miembro de la tripulación de Sable, Nicole sabía que la disciplina era inexistente. Caminó con serenidad hacia el frente de la prisión y entró. La inquietaba la idea de que hubiesen alertado al viejo español de su huida, pero desechó ese pensamiento cobarde y habló con osadía.

- He venido a visitar a Allen Ballard de La Belle Garce -dijo en tono tajante -. ¿Dónde está?

El viejo, amodorrado por el ron de todas las noches, señaló vagamente en dirección de las llaves.

- Tómalas tú mismo. Está en la última celda a la izquierda.

Nicole bajó las llaves con la sangre golpeándole las sienes mientras le temblaban los dedos de júbilo por el éxito que había tenido. Con la mayor indiferencia caminó a lo largo del corredor angosto y oscuro hasta la celda de Allen y buscó con torpeza la llave de la puerta. Le temblaban tanto las manos que perdió unos minutos preciosos antes de que la puerta se abriera de par en par. Con el corazón en la garganta, corrió al encuentro de Allen. Por un rato permanecieron mirándose el uno al otro, y luego, con un grito ahogado de agonía al ver su aspecto magullado y macilento, Nicole se arrojó sobre su pecho y lo abrazó con fuerza.

- ¡Allen, tu pobre cara! ¿Qué te ha hecho? ¿Fue muy duro?

Allen le sonrió con ternura y susurró contra su pelo suave con labios maltrechos-:

-No es nada, Nick. Y ahora que estás aquí, todo saldrá bien.

Nicole volvió a abrazarle mientras se llenaban de lágrimas sus ojos; con la misma naturalidad de una hermana besando a su hermano adorado, posó los labios sobre los de Allen. Desgraciadamente, el hombre alto y de barba negra que apareció de súbito en el umbral de la puerta abierta no pensó lo mismo. Para él tenía toda la apariencia de una reunión de amantes. Sus labios se fruncieron en un rictus de furia al tiempo que soltaba un gruñido, y sus ojos dorados brillaron como fuego amarillo.

- ¡Conmovedor! - masculló.

Nicole y Allen quedaron paralizados al unísono. Nicole se dio la vuelta, asiendo la pistola en la mano. Sable se alzaba como un gigante delante de la puerta con las piernas separadas y el rostro muy negro en la penumbra reinante.

Allen percibió la intención de Nicole y gritó:

-¡No, Nick! El ruido del disparo atraerá una multitud. No podrías escapar.

En tono sarcástico, Sable murmuró:

- ¿Estás seguro de que no quieres decir que no tendría tiempo de liberarte?

AIlen miró con furia al capitán, pero fue Nicole quien replicó:

-¡Cierra la boca, Sable, o te dispararé!

Él se inclinó burlonamente.

- Tus deseos, señora, por el momento, serán mis deseos más fervientes.

Observándolo con ira en los ojos, Nicole mantuvo la pistola en dirección al pecho del capitán y ordenó:

- Ve hacia allí, contra la pared.

Sable, con una mueca que podría haber sido de ira o, peor aún, de risa, obedeció la orden. Con expresión de hastío, preguntó:

-¿Te propones encadenarme como al bueno de Allen?

Por toda respuesta asintió brevemente con la cabeza, luego se acercó, con cautela. La aparente docilidad de Sable no la engañaba en absoluto. Apuntarle con la pistola con una mano y tratar de encadenarlo con la otra resultaría una tarea difícil. Miró ceñuda al capitán y luego alentadoramente a Allen. Sería prudente liberar primero a Allen: así los dos tendrían a Sable a su merced. Mas, para exasperación de Nicole, ninguna de las llaves que tenía en su poder encajaba en la cerradura de los grilletes.

-Si me lo hubieras preguntado, querida, podría haberte ahorrado el trabajo -comentó Sable-. La llave que buscas descansa en un cajón de la cómoda de la habitación que me ofreció Lafitte para pasar la noche. - Nicole fulminó con la mirada al hombre que descansaba cómodamente apoyado contra la pared, en apariencia tranquilo.

- ¡A callar! - musitó tensa mientras avanzaba hacia él.

Sólo le quedaba una solución. Encadenaría a Sable ella sola y luego rompería las cadenas a balazos. Después tendrían que correr deprisa para esquivar la multitud que seguramente se reuniría al oír los disparos. No era lo que habría deseado, pero parecía ser la única alternativa.

De pie delante de Sable, ordenó:

-Si haces un solo movimiento que me desagrade, dispararé a matar. ¿Me entiendes?

Observándola con atención, asintió despacio, con los ojos, duros y especulativos, clavados en el rostro pálido pero decidido de la joven.

-Coloca la muñeca en ese grillete de ahí -ordenó Nicole-. Hazlo con cuidado, Sable, y recuerda que me encantaría matarte.

Pero él se limitó a cruzar los brazos sobre el pecho y dijo:

- No tengo intención de hacer nada tan imbécil. Adelante, dispara si te atreves.

Tartamudeando de ira, gritó:

- ¡Maldito seas, Sable, haz lo que te ordeno!

- No - respondió con absoluta calma.

Viendo la expresión de Nicole, Allen la advirtió:

-Ten cuidado, Nick. Te está provocando deliberadamente.

La joven intentó tragarse la ira haciendo un gran esfuerzo. Pero fue inútil, las llamas que ardían en sus ojos traicionaban su temperamento ingobernable. El tener a su enemigo delante burlándose de ella hizo que perdiera toda cautela. Estallando de cólera se abalanzó sobre él y tiró furiosamente de sus brazos al tiempo que gritaba:

- ¡Harás lo que digo aunque tenga que obligarte yo misma!

Ignorando su muñeca herida, levantó la pistola y le propinó un golpe feroz en la mejilla.

Un gemido de dolor escapó de su garganta a causa de la muñeca lastimada, pero al instante se convirtió en un alarido de furia cuando Sable entró en acción. Envolviéndola con sus brazos de acero, la atrapó en un abrazo nada gentil. Allen luchaba inútilmente con las cadenas mientras ellos forcejeaban ante sus ojos. De pronto, Nicole sintió que la pistola le resbalaba de la mano. Estaba atrapada como una zorra en una trampa y lo sabía. Tenía el pecho apretado contra el de Sable y sus brazos la estrujaban hasta dejarla sin aliento. El amor propio le impedía suplicar y el sentido común le indicaba que era inútil desperdiciar sus fuerzas. Condenado mal genio, pensó, disgustada consigo misma. ¿Por qué habría permitido que la dominara de ese modo? Cerró los ojos, despreciando su propia estupidez, y se maldijo por ser tan impetuosa como era.

-¿Hacemos las paces, Nick? -preguntó él, con severidad.

Los ojos de Nicole se abrieron de golpe; odiándole y tratando de imitar su propio aplomo arrogante, dijo arrastrando las palabras:

- ¿Me lo estás pidiendo? ¡Qué extraño! Hasta ahora siempre has ordenado.

Sonriéndole, Sable se sorprendió al sentir algo semejante a la admiración por aquella jovencita intrépida.

-¡Qué revoltosa que eres! -dijo con ironía-. ¿Nunca te quedas donde te dejan?

Sin dignarse responder, Nicole miraba fijamente y en silencio la boca dura y cruel que estaba a la altura de sus ojos. No quería entablar un duelo verbal con semejante individuo.

- ¡Sable, escúchame! - exigió Allen desde el otro extremo de la celda -. No quisiste oírme antes, pero debes comprender que es justo que devuelvas a Nicole a su familia. Llévala a Nueva Orleans y déjala en el primer buque que salga para jamaica... de allí conseguirá pasaje para Inglaterra. Tengo el dinero para pagarlo, así como también lo suficiente para una dama de compañía. Las diferencias que existen entre tú y yo son entre tú y yo. Ella no tiene nada que ver en esto. ¡Te lo suplico, déjala partir!

El rostro de Sable adquirió una expresión glacial y sus ojos dorados miraron con aversión al hombre encadenado.

- ¡Dejarla partir! ¿Has perdido el seso? ¿Por qué había de hacerlo? ¿Qué ganaría con ello?

También el semblante de Allen estaba tenso mientras su cerebro trabajaba frenéticamente buscando algo que sedujera a aquel hombre. No tenía nada que ofrecer y apelar a la nobleza de sus sentimientos era por completo inútil. ¡Sable carecía de sentimientos y de nobleza!

Nicole puso término a la angustiosa situación.

- No supliques por mí, Allen - pidió suavemente -. Lo hecho, hecho está. No tienes la culpa de nada. - Echó la cabeza atrás, desafiante, y añadió-: Me forjaré mi propio futuro y no lo haré pactando con gente como Sable. - Lanzó una mirada feroz al hombre que la aprisionaba entre sus brazos con los ojos llenos de desprecio.

Sable sonrió con ironía.

-¿Tú crees? -Echando una ojeada retadora a Allen, estrechó más su abrazo e, inclinando la cabeza, atrapó los labios desprevenidos y confiados de Nicole con su boca. Como si fuera consciente de la rabia enfermiza que dominaba a Allen, besó profundamente a Nicole, buscando la dulzura de sus labios sensuales.

Nicole no intentó resistirse a aquella boca voraz, suponiendo que lo hacía para atormentar a Allen y recordarle a ella misma que le pertenecía por completo. El beso no le proporcionó ningún placer; lo soportó, y cuando hubo llegado a su fin, un estremecimiento de alivio sacudió su cuerpo.

Sable frunció el ceño por la reacción de Nicole, pero la soltó encogiéndose de hombros. Recogió la pistola del suelo y la aseguró debajo del ancho cinturón de cuero que ceñía su cintura. Volviendo la atención a Nicole, la examinó concienzudamente, acariciándole los pechos y muslos deliberadamente, sin ninguna reserva. Lágrimas de humillación brillaron en sus ojos por semejante vejación delante de Allen. Sin embargo, el comportamiento de Sable tenía un propósito bien definido. Le estaba haciendo ver claramente a Allen, de la manera más cruel posible, que Nicole le pertenecía por completo. La imagen de Nicole besando a Allen estaba grabada a fuego en su cerebro y al recordarlo sintió el impulso de tomarla allí mismo, sobre el piso mugriento de la celda y hacerle el amor delante del otro hombre. Como si poseyéndola ante él pudiera probar su título de propiedad, igual que un chico provocando a otro y diciendo: «¡Fíjate bien, es mía!». Mas al ver la expresión tensa de Nicole, el impulso se desvaneció, y por primera vez, casi a mitad de su vida, dejó de lado sus propios deseos y apetencias por respeto a otro ser humano. El rostro de Nicole, que reflejaba con tanta claridad las emociones que la embargaban, hizo que le resultara insoportable la idea de degradarla aún más.

Sin decir palabra guardó en los bolsillos el cuchillo, las monedas y las joyas que encontrara minutos antes. La guió luego hacia la puerta de la celda, rodeándole el brazo con la fornida mano para que no opusiera resistencia. A regañadientes, Nicole obedeció a la presión que ejercía sobre su brazo. La situación era tan similar a la escena de la mañana anterior en La Belle Garce, que no pudo contener el estallido de carcajadas histéricas que brotó de su pecho.

- No, no voy a deshacerme en llanto - dijo al ver la mirada severa de Sable -. Simplemente me resulta muy divertido ver que dos veces en tan pocos días te las has ingeniado para salir triunfante.

- Eres muy obstinada - murmuró él con un brillo burlón y divertido en los ojos-. Pareces tener la ridícula idea de que puedes manejarme a tu antojo por ser mejor estratega que yo. ¡Qué vergüenza, joven Nick, cómo se te ocurre!

Exasperada, estuvo a punto de abrir la boca para trabar batalla, pero recordando discusiones pasadas, volvió la cabeza al otro lado.

Sable, contemplando con ojos apreciativos los destellos de fuego en el pelo oscuro, sonrió. Después, al volver la vista hacia Allen, la sonrisa se desvaneció y le dijo:

- Deja de preocuparte por ella. Como bien puedes ver, todo lo que dije antes era verdad: tengo el futuro de Nick perfectamente controlado.

En silencio, pues no había nada más que decir, Allen observó con desconsuelo cómo Sable echaba la llave a la puerta de la celda y desaparecía de su vista llevándose a Nicole casi a la fuerza. Se desplomó contra el muro completamente abatido.

¡Pobre Nick! Jamás debió haberle hecho caso. ¡Si en el mismo instante en que descubrió su sexo la hubiese despedido con cajas destempladas! Ahora era demasiado tarde. Era su prisionera tanto como él y no podía hacer nada para ayudarla. Pero por todos los demonios, qué intrepidez la suya, pensó, admirado, al recordar con súbito afecto lo resuelta que estaba a liberarlo. Se daba cuenta de que habría sido mejor enviarla con un mensaje a sus superiores con la noticia de su captura. Pero ya era demasiado tarde. Al menos ella estaría libre y sus aliados se pondrían de inmediato en acción para liberarlo. Sable se las había ingeniado; dos veces para superarles en astucia y Allen se preguntó, más abatido que nunca, si siempre habría de ser igual.

Sabía que no había cometido errores. Fue cuidadoso en extremo y dudaba mucho que Nicole hubiese revelado algo. Además, ella no podía confesar nada, ya que nada sabía sobre sus planes.

De pronto otra idea surgió en su mente y le brillaron los ojos: no existía ninguna prueba de sus actividades, estaba plenamente seguro de ello. No obstante, se hallaba indefenso ante el capricho de Sable. Ni siquiera le había culpado de delito alguno. Pero ese hombre obraba por cuenta propia y pocos, si los había, se atrevían a cuestionar sus acciones. Sí, era bien sabido por todos que hasta el mismo Lafitte hacía la vista gorda a ciertas faltas de su capitán favorito. Y de ese modo siguieron torturándole sus desdichados pensamientos: preocupación por Nicole, pesar por no haber actuado antes y especulaciones sobre Sable.

La joven, al tener de carcelero a Sable una vez más, no se encontraba de muy buen humor precisamente. Le dolía mucho la muñeca y se preguntaba si esta vez no se la habría roto de verdad. No podía hacer nada por Allen en esos momentos. Se compadeció un segundo de él y luego dedicó todas sus energías a simular una actitud de absoluta confianza en sí misma, tanta como le fuera posible en esas circunstancias adversas. La llenó de satisfacción el aire de hastío y despreocupación que asumió al entrar en la casa de Lafitte del brazo de Sable. Por nada del mundo les habría revelado la inquietud que palpitaba en su garganta ni el nudo de ansiedad en la boca del estómago. Su espalda estaba tiesa como una tabla; la cabeza bien erguida y los ojos brillantes de desafío. No estaba vencida, sino que había sufrido un ligero revés, eso era todo.

Como sólo había servido como grumete, jamás había visitado el interior de la mansión de Lafitte, así que con mucha curiosidad observó todo lo que la rodeaba. Después de haber mirado con penetrante minuciosidad la profusión de magníficos espejos de marcos dorados que cubrían las paredes, las innumerables mesas con intrincadas incrustaciones de nácar y otras gemas y las lámparas colgantes de cristal, decidió que los gustos de Lafitte rayaban en la vulgaridad y frunció los labios con desdén.

Al ver su reacción, Sable sonrió levemente.

- ¿No es un poco excesivo? Jean cree que es lo que se espera de él. Pero además es una manera no demasiado sutil de asegurarles a sus clientes que es perfectamente capaz de satisfacer sus exigencias. Todo lo que nos rodea es una prueba fehaciente de ello.

Habiendo llegado a la conclusión que sería mejor si trataba a Sable como a alguien fastidioso a quien había que soportar, Nicole asumió una expresión de absoluto aburrimiento y se encogió de hombros, dando a entender que estaba por encima de esas frivolidades y que sólo la educación, algo que Sable desconocía por completo, la retenía a su lado. Las carcajadas del capitán no ayudaron a suavizar su irritación, así que le volvió la espalda.

No serviría de nada insultarlo y era necio pensar que otro ataque físico pudiera tener éxito. Como todo buen jugador, sabía cuándo la suerte estaba en su contra. Suspiró, pensando que la fortuna la había abandonado últimamente sin lugar a dudas. Todavía estaba demasiado ofendida en carne viva debido a las calamidades sufridas para poder pensar clara y serenamente. Y con Sable se necesitaba estar calmada y despierta. Por el momento su única defensa era la indiferencia. Donde había fracasado su mal genio, tal vez su reticencia glacial tendría éxito. Echó una mirada imprudente por encima del hombro y pilló a Sable con una sonrisa radiante en los labios. Echó chispas por los ojos y preguntó de mala manera:

-¿Algo te divierte?

Los espléndidos dientes blancos de Sable brillaron entre la espesa barba negra cuando respondió:

- ¡Sí, tú! Juro que no puedo recordar cuándo, fuera de la cama, por supuesto, una muchacha me ha brindado tanto deleite y diversión como tú.

El jadeo estrangulado de rabia de Nicole no llegó a oídos de Sable, pues en ese preciso instante Lafitte hizo su entrada en la sala con rostro sonriente.

- Ah, ya has regresado, mon ami. Partiste tan de repente al recibir ese mensaje de que alguien estaba merodeando por el calabozo que me preguntaba si ibas a regresar esta noche.

Al ver la figura alta y esbelta de Nicole, se detuvo al pasar el umbral de la puerta, mientras sus ojos negros observaban con detenimiento el rostro inexpresivo y tenso y la postura rígida de la joven, con franca apreciación. Durante un momento se vio sometida a un examen minucioso y de pronto Lafitte, volviéndose a Sable, murmuró:

- ¡Ya veo! Se comprende cómo lo logró. Es alta para ser mujer y con esas ropas holgadas sus formas quedaban ocultas. ¿Qué edad me dijiste que tenía?

Sin hacer caso del rostro iracundo de Nicole, Sable respondió:

- Dieciocho años y unos meses, creo. Y desde luego, el pelo echado hacia atrás tan tirante era otra forma de disimular su sexo. Suelto es harina de otro costal.

Para alguien tan grande, Sable se movió con gracia felina, y antes de que Nicole pudiera adivinar sus propósitos se acercó a ella de una sola zancada y con manos diestras y rudas le soltó el cabello.

Liberado de la trenza que lo sujetaba, cayó en suaves ondas de fuego caoba alrededor de los hombros y Lafitte entrecerró los ojos, admirado.

- Muy bonita - murmuró -. ¿Estarías interesado en venderla? Te daría un buen precio.

Los ojos de Nicole se dilataron de horror y volvió rápidamente la mirada a Sable. Inconsciente la expresión de súplica que reflejaban sus propios ojos, Nicole le clavó la mirada induciéndole a decir que no.

Él la observó con cierta ironía y volviéndose a Lafitte dijo blandamente:

-Tal vez más adelante. Todavía no me he acostumbrado a ella. Vuelve a preguntármelo dentro de una o dos semanas.

De ordinario, Nicole habría reaccionado furiosa ante esas palabras indiferentes, pero no le agradaba el brillo calculador de los ojos de Lafitte y de inmediato decidió que le gustaría aún menos compartir con él las intimidades que Sable la había obligado a aceptar. Le encantaría arrancarle el hígado a Sable y dárselo de alimento a los tiburones, pero, al mismo tiempo, era reacia a permitir que Lafitte advirtiera que las cosas no andaban bien entre ellos dos. Pudo notar la mirada curiosa que le echó Sable cuando permaneció muda a pesar de la pulla.

Después de esperar unos segundos, se encogió de hombros y recalcó para enfurecerla más:

- Ya ves, Jean, la mujer casi perfecta... ¡ella sí que sabe cuándo mantener la boca cerrada!

Los ojos de Nicole, ardiendo de indignación, volaron al rostro de Sable, pero prudentemente, por una vez, no dijo nada. Él le sonrió y la desafió a demostrarle que estaba equivocado.

Observando a la pareja, el gigante de barba negra y la esbelta muchacha insolente, Lafitte sonrió. Sable, sin duda alguna, estaba a punto de descubrir que todas las mujeres no eran iguales, que existían algunas pocas que podían resistirse a sus zalamerías y lisonjas. Pero eso no quería decir que el capitán se estuviera esforzando mucho por seducir a la esbelta joven; parecía complacerse en provocarla, algo que Lafitte jamás había visto antes en él. Todo ello resultaba muy interesante teniendo en cuenta la conversación de horas antes. ¿Habría caído por fin Sable en el lazo más viejo del mundo? ¿Habría esa jovencita sido capaz de abrir brecha en su parapeto? Si en realidad era así, resultaba más que evidente que ninguno de los dos protagonistas era consciente de ello.

Entre las preferencias de Lafitte, hacer dinero ocupaba el primer lugar e inmediatamente después estaba su afición hacia lo romántico, y la idea de su amigo de corazón de hielo atrapado en las garras de un amor no correspondido le hizo sonreír con aire bonachón.

- ¿Piensas retirarte temprano, mon ami? -le preguntó con un destello particular en los ojos-. Había pensado que podríamos jugar una o dos manos antes de ir a dormir. Por supuesto -dijo, más sonriente todavía-, comprenderé muy bien si ya no consideras esos planes de tu agrado.

Sable lo miró con tranquilidad y meneó la cabeza.

- Me parece bien. En cuanto instale a Nick me reuniré contigo en la biblioteca.

-¡Qué desconsiderado de mi parte! Desde luego, debemos ocupamos de su comodidad. Daré las órdenes pertinentes ahora mismo.

Sable desechó con un ademán el ofrecimiento de Lafitte de llamar a un sirviente y salió resueltamente de la habitación llevándose a Nick rumbo a la majestuosa escalera. Una vez en el piso alto, la condujo por el vasto vestíbulo alfombrado hasta la serie de cuartos que Lafitte había puesto a su disposición.

Cerrando con firmeza la puerta a sus espaldas, estudió el semblante furioso de la joven con desaprobación. Súbitamente se le ocurrió a Nicole que, a pesar del tono provocador y su modo natural de comportarse, Sable estaba colérico, dominado por una furia glacial, tanto más alarmante por su falta de fuego. Pero ella no se amilanaba fácilmente y lanzándole una mirada iracunda, dijo entre dientes:

- No te detengas por mí. Estoy segura de que Lafitte ansía tu compañía. - Le volvió la espalda desdeñosamente, pero una mano férrea la agarró del hombro y la hizo girar sobre sus talones hasta quedar cara a cara.

Su semblante ya no estaba sereno y sonriente: tenía la mandíbula tensa, la boca afinada en una línea dura y cruel y sus ojos brillaban como oro helado. Cuando habló, sus palabras fueron afiladas y tajantes como dagas:

- ¡Lafitte puede esperar! Antes tenemos que arreglar algo entre tú y yo. Si recuerdo bien, debías de permanecer en la plantación. Pienso que debiera record arte que no suelo dar órdenes sólo para oír el sonido de mi propia voz. Que te hayas convertido en mi amante no altera el hecho de que cuando te ordeno que hagas una cosa, espero que la cumplas. ¿Me entiendes? - La sacudió ligeramente al decir esto último.

- ¡Te entiendo, barriga de tiburón! - replicó airadamente. Clavándole un dedo en el pecho, estalló-: ¡El que no entiende eres tú! ¡Yo no soy un botín que has apresado, y por nada del mundo seré tu amante... ni ninguna otra cosa! -Se sacudió con furia tratando de liberarse de la mano que la retenía por el hombro, pero la apretó tanto que creyó que el hueso estallaría.

Controlando su mal genio con más paciencia de la que creía tener, Nicole exigió con frialdad:

- ¡Suéltame! Ya me rompiste la muñeca, ¿pretendes quebrarme también el hombro?

Las manos se aflojaron un poco, pero no la soltó del todo.

- ¡No me tientes, pequeña zorra! ¡Como me siento en este momento podría romperte fácilmente todos los huesos del cuerpo, y lo que es más, disfrutaría haciéndolo!

- Si sientes de ese modo, ¿por qué me tienes prisionera? - replicó acaloradamente.

Una sonrisa despiadada curvó sus labios y bruscamente la atrajo con rudeza contra su cuerpo nervudo. Pegada a él, Nicole pudo sentirle rígido de deseo y creyó que iba a tomarla otra vez ahí mismo y en ese momento. Protestando, Nicole intentó echarse hacia atrás, pero las manos de Sable se deslizaron por su espalda hasta cubrirle las nalgas, atrayéndola más contra la pelvis. La embistió repetidas veces para que tomara conciencia de que estaba excitado de deseo ardiente y dijo gruñendo:

-¡Ésa es la razón por la cual te retengo a mi lado!

Alterada, más de lo que podía recordar haber estado nunca, no pudo menos que echarse a llorar.

-¿No tienes piedad? ¿Ninguna conmiseración por otro ser humano? ¿Has olvidado toda noción de moralidad? - Era una necedad, lo sabía, pero las palabras habían salido precipitadamente desde lo más hondo de su ser desgarrado. La muchacha se lo quedó mirando con ojos oscuros y brillantes de lágrimas contenidas.

Él la contempló por un momento con ojos como líneas rasgadas y dijo en tono glacial:

-¡Carezco de toda noción de moralidad! Te deseo, Nicole, y nada ni nadie en la tierra me impedirá tomarte cuantas veces me plazca. No me hagas perder el tiempo con peticiones de gracia o lágrimas. Los ruegos me fastidian y las lágrimas me aburren. Si en el futuro recuerdas esta conversación, te ahorrará muchas amarguras y angustias. Confórmate con saber que cuando me harte de ti, cumpliré muy bien contigo.

Estúpidamente preguntó:

-¿Y si nunca te hartas de mí?

Súbitamente, los ojos dorados de Sable reflejaron una risa genuina. Con una carcajada, se burló:

- Eres muy presumida, Nick. No existe una sola mujer en el mundo que pueda satisfacerme durante mucho tiempo, y tú estás muy lejos de pertenecer al tipo de mujer que prefiero.

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