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La amante cautiva primera parte


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CAPÍTULO XI

Sable, como de costumbre, abrió los ojos en cuanto las primeras luces del alba se filtraron en la habitación. Nick era una verdadera fierecilla, pensó con ternura. Si llegara a despertarla ahora, ya no descansaría tan confiada junto a él, sino que se aprestaría inmediatamente para la lucha lanzando rayos desafiantes por los ojos, maldiciéndole y odiándole a cada palabra que dijera.

Era una lástima, pensó amodorrado. Si quisiera aceptar lo que había sucedido como algo natural, no sufriría tanto. Tenía que pasarle tarde o temprano, si no con él con algún otro hombre.

Era algo tan simple. Él siempre había tratado bien a sus amantes, como Nicole sabía de sobra. Sonriendo, recordó la expresión de asombro de su rostro cuando le dio, como regalo de despedida a cierta dama muy especial, un carruaje y dos parejas de bayos. Seguramente, era consciente de que no haría menos por ella, más en realidad, si tomaba en consideración su virginidad. ¿Por qué no podía ser razonable? Ella le brindaba una mercancía que él estaba dispuesto a pagar; era algo de lo más sencillo.

La proximidad de Nicole turbó sus divagaciones y con un apetito que no conocía la saciedad sintió que su cuerpo se endurecía de deseo. Rozó apenas el brazo extendido de la joven y perezosamente frotó la nariz contra su oreja. Pero incluso dormida le rechazó, girando la cabeza.

La dejó tranquila muy a pesar suyo. Tal vez fue la muñeca vendada, tan indefensa, o podría haber sido la dulce suavidad de su semblante lo que le detuvo. Fuera lo que fuera, en modo alguno enfriaba la pasión que se había despertado en él; sin embargo, reprimió sus deseos naturales y la dejó dormir en paz.

Una hora más tarde, después de vestirse y desayunar, estaba de camino a Grand Terre. Tenía que ocuparse de ciertos asuntos allí. Y el más importante de todos era el destino de Allen. Lo discutiría con Lafitte, decidió pensativamente. Juntos estudiarían el medio más provechoso de desembarazarse de su antiguo lugarteniente. ¿Pedir un rescate, quizás... o vendérselo a los funcionarios norteamericanos? A Nick no le haría ninguna gracia, pero Sable se encogió de hombros. Eso no le importaba en absoluto.

Algunas horas más tarde Grand Terre estaba ya a la vista; Sable, tras dejar el bote, cruzó la playa. Detrás de la hilera de árboles que bordeaba la isla se habían construido cabañas de techumbre de paja que albergaban a muchos de los piratas y contrabandistas con sus mujeres. Burdeles, casas de juego, cafés y otros establecimientos que proporcionaban abundante bebida y diversión a aquellos hombres, siempre ansiosos de nuevos placeres, se apiñaban cerca del centro de la isla. En el extremo sur se encontraba el barracón para los esclavos y no muy lejos de allí los amplios y sólidos almacenes. Como un lirio brotado de una montaña de basura, en el mismo centro de la isla, se elevaba la mansión de ladrillo y piedra de Lafitte.

Estaba suntuosamente amueblada: alfombras finas cubrían los pisos de todas las habitaciones, cuadros realizados por los principales artistas de la época y pesados espejos barrocos de marcos dorados adornaban las paredes, y lámparas colgantes de cristal centelleaban y resplandecían en los techos. Hombres de negocios, tenderos, dueños de plantaciones y traficantes de esclavos, todos sin excepción acudían a Lafitte en busca de la mejor mercancía. En Louisiana del sur difícilmente se hallaba una rama del comercio que no se abasteciera, al menos en parte, de las mercancías de Jean Lafitte. En sus almacenes se vendía tan sólo la mejor calidad en sedas, encajes, coñacs, vinos, tabaco, especias y muchos otros artículos costosos y de gran demanda.

Como se había prohibido la importación de esclavos hacía algunos años, tan sólo en Gran Terre el dueño de una plantación podía comprar, a un precio razonable, mano de obra adicional. Sólo con el tráfico de esclavos tenía ya un negocio floreciente. Y las suyas no eran operaciones secretas ni mal vistas, pues hombres respetables y prominentes acudían abierta- mente a comerciar con él. En Nueva Orleans tanto el gobernador Claiborn como los funcionarios norteamericanos hacían rechinar sus dientes de rabia e impotencia, ya que les resultaba imposible poner coto a ese comercio en extremo lucrativo y del todo ilegal.

Claiborn se había extralimitado hasta el punto de mandar hacer circular carteles en que se ofrecía una recompensa de quinientos dólares para la persona que le llevara al notorio pirata lean Lafitte. Este, riendo, hizo una contraoferta de inmediato: él pagaría mil quinientos dólares a cualquier persona que le llevara al gobernador a Grand Terre.

Mientras recordaba ese incidente no tan lejano, Sable sonreía y seguía al sirviente que lo conducía a la oficina de Lafitte.

- ¡Mon ami, qué gusto volver a verte! Te he estado esperando hora tras hora desde que recibí la noticia de la llegada de La Belle Garce al puerto. ¿Cómo es que te has retrasado tanto?

Sonriendo, Sable tomó uno de los excelentes cigarros que reposaban en una caja de cristal sobre el escritorio de Lafitte.

-Tenía un asunto que requería mi atención -respondió mientras lo encendía.

- Ah, sí, el asunto del jovencito que no es tal jovencito y a quien descubrieron abrazándose con el capitán en su camarote - murmuró Lafitte con socarronería.

-¡Que el demonio me lleve! -rezongó Sable con fastidio, pero encogiéndose de hombros eligió una de las sillas de terciopelo rojo del amplio salón y se sentó cruzando las piernas.

Lafitte, todavía sonriendo, volvió a tomar asiento detrás de su escritorio. Era evidente por la profusión de papeles que había allí que Sable le había interrumpido mientras estaba trabajando, pero eso sucedía a menudo y Lafitte siempre se complacía en ver a uno de sus mejores capitanes.

Los dos eran hombres de gran estatura; quizá por muy poco, Sable era el más alto. Lafitte, unos años mayor, era un hombre muy guapo. Su tez oscura y sus vivaces ojos negros delataban su ascendencia francesa. Su cabello era oscuro, tan negro como el de Sable, y su porte y modales tenían un no sé qué de elegancia y refinamiento que lo hacían aún más atractivo. Ciertamente nadie lo habría tomado jamás por un contrabandista.

El pasado de Lafitte estaba envuelto en el misterio y más allá del hecho de que con su hermano Pierre había abierto una herrería en Nueva Orleans algunos años atrás, se conocía muy poco de su vida anterior. Ya en aquella época los hermanos se ocupaban de vez en cuando en traficar con mercancías de contrabando. De la humilde herrería pasaron a una agradable casita de campo cerca de las calles St. Philip y Bourbon, y finalmente expandieron sus negocios hasta tener que utilizar un almacén en los muelles. Descontento con los descuidados métodos de los proveedores piratas, Lafitte, juntamente con su hermano, había tenido la osadía de viajar a Grand Terre y ponerse al frente de toda la desorganizada estructura de las bandas; uniéndolas a las de los corsarios formó una de las redes más grandes en la historia del contrabando. Hombres como Dominique You, de quien se rumoreaba que pertenecía en realidad a la familia Lafitte; los notorios piratas Gambi y Chighizola, más conocido como Nez Coupé por su nariz cortada; y el experimentado hombre de mar, contrabandista y artillero Renato Beluche, a quien Lafitte llamaba oncle como si fuera su tío, todos ellos reconocían a lean Lafitte como su jefe, el Boss. Y el capitán Sable era uno de sus lugartenientes de mayor confianza.

Los dos hombres charlaron de cosas intrascendentes durante unos minutos hasta que Sable hizo mención del tema que más le interesaba: Allen Ballard.

Lafitte frunció el entrecejo.

-¿Cómo deseas disponer de él? Al fin y al cabo es tu prisionero y en tanto no esté en condiciones de pasar más información, no me preocupa demasiado cuál sea su suerte. Podemos entregarle a los norteamericanos, con lo cual nos ganaríamos su benevolencia... o podríamos devolverlo a los británicos previo pago de una bonita suma. Lo mismo da; nos beneficiamos de ambos modos. -Desarrugó el ceño y mostrando una sonrisa particularmente seductora, murmuró-: Una situación agradable, ¿no?

-Creo que me gustaría retenerle prisionero por ahora y sacarle un poco más de información -dijo Sable lentamente-. Por otra parte, podemos desembarazamos de él en cualquier momento... pero quizá llegue a necesitarle mientras tanto. ¿Te molestaría mucho si hago que le trasladen del barco a tu calabozo aquí en la isla?

Lafitte dio su consentimiento de inmediato y a petición de Sable llamó a un sirviente para que llevase a La Belle Garce la orden del traslado de Allen. Cuando el criado hubo partido, Sable preguntó:

- ¿Deseas estar presente cuando le interrogue?

Los ojos negros de Lafitte brillaron con un destello de sorna al contestar:

- En modo alguno, y a ti tampoco te gustaría que lo hiciera. No me dejo engañar por tu actitud indiferente, mon ami. Quieres a este hombre para tus propios fines y por razones personales deseas que esté en mi calabozo. Si no fuera por eso, jamás me habrías mencionado su existencia.

Sable sonrió irónicamente sin que lo desconcertara en lo más mínimo la correcta interpretación hecha por Lafitte.

- Bueno, se me ocurrió que quizás uno o dos miembros de mi tripulación podrían estar en desacuerdo con mi decisión - reconoció-. Ballard era muy popular entre mis hombres.

- ¡Desde luego! Un espía siempre lo es -replicó Lafitte, tajante-. Pero, hablando de espías -continuó-, me llegó la información al poco tiempo de haberte embarcado por última vez de que se hacen preguntas indiscretas sobre ti en Grand Terre.

Obviamente sorprendido, Sable preguntó:

- ¿Qué clase de preguntas?

- Mm, algunas como: ¿Cuál es el verdadero nombre del capitán Sable? ¿De dónde vino? ¿Cuándo?

Perplejo, Sable miró fijamente a Lafitte.

- ¿Por qué se interesaría alguien de ese modo por mí? ¿Sabes quién es?

- Eso no lo sé. Los rumores corren como un reguero de pólvora en Grand Terre, pero no se sabe nunca de dónde nacen. Puede que no sea nada, pero creí conveniente advertírtelo. Tal vez alguien te quiere mal. ¿Algún marido celoso? ¿O alguien que se beneficiaría si llegaras a sufrir un desastre? ¿Quién sabe?

Por un segundo Sable pensó en Robert Saxon, en Inglaterra, pero desechó la idea por absurda. Ni su brazo podía ser tan largo.

Sin alarmarse demasiado por la noticia que le había dado Lafitte, Sable obvió el tema encogiéndose de hombros y hábilmente cambió de conversación. Contemplando por la ventana la bahía distante más allá de las ralas copas de los árboles, preguntó:

- ¿Cuánto me darías por La Belle Garce?

- ¿Cómo has dicho? - La voz de Lafitte reflejó su estupefacción-. Debo haber entendido mal... creí que acababas de preguntarme si compraría tu barco.

-Hmm, eso hice. He decidido venderlo. Tengo ganas de llevar una vida respetable.

Si Sable hubiese declarado la intención de convertirse en monja de la Orden de las Ursulinas de Nueva Orleans, Lafitte no podría haberse horrorizado más. Con voz casi inaudible, repitió:

-¡Vender La Belle Garce y convertirse en un caballero respetable! - Escupió la última palabra con manifiesto desagrado. Clavando la mirada en el rostro barbado de Sable con consternación, gritó-: ¡Debes de estar completamente loco! ¿Por qué?

Por el momento Lafitte no podía encontrar palabras para expresar sus sentimientos. Era simplemente incomprensible y Sable, compadeciéndose de él, aclaró con amabilidad:

- He disfrutado mucho de nuestra sociedad, he sacado provecho de ella, pero ya no soy el joven impetuoso de hace diez años. Estoy hastiado de jugar al pirata, aunque me disfrace bajo el nombre más aceptable de corsario. Hablando francamente, no necesito más La Belle Garce. He conseguido una fortuna considerable que me permite dejar mi papel de corsario, o si prefieres que lo diga en términos más directos, de pirata.

Recobrándose un poco, Lafitte suspiró.

- Así que abandonarás a tus amigos y serás como esos caballeros dignos y respetables de Nueva Orleans. Sable se echó a reír.

-Jamás le volvería la espalda a un amigo y dudo que pueda convertirme en un modelo de decoro.

Lafitte permitió que una sonrisa apenas esbozada distendiera sus hermosas facciones por un segundo.

-Estoy de acuerdo. -Luego, más serio, preguntó-: ¿Estás seguro de que eso es lo que te propones hacer? ¿No cambiarás de opinión, digamos dentro de seis meses, más o menos?

La risa se desvaneció por completo de los ojos dorados de Sable mientras estudiaba el cigarro encendido con cierta melancolía.

-Sí, estoy seguro y te daré un pequeño consejo... si no lo tomas a mal.

Lafitte levantó una ceja con expresión divertida. ..

- ¿Le vas a enseñar a mamar a tu propia nodriza?

El joven capitán sonrió fugazmente, pero luego dijo con deliberación:

- Yo de ti, seguiría mi ejemplo y me alejaría de Grand Terre y de todo lo que significa.

Lafitte se puso rígido, y consciente de ello, Sable sostuvo su mirada de enojo. Suavemente, añadió:

- Jean, préstame atención. Los días turbulentos casi han acabado. Estamos en una época de decadencia, y si interpretaras todas las señales correctamente, lo verías tan claro como yo. Los norteamericanos no van a aguantarte mucho tiempo más a sus puertas, y lo que es peor, están convenciendo a los blancos reaccionarios de ascendencia francesa de que somos una verdadera amenaza que debería erradicarse del país. Es sólo cuestión de tiempo que tomen medidas drásticas. - Deliberadamente, añadió-: Esa pequeña rebelión de esclavos de la Parroquia de San Juan Bautista unos años atrás te hizo bastante daño.

Lafitte asintió con un gruñido. Todo lo que decía Sable hasta ahora era verdad. Se había producido una rebelión instigada por el baño de sangre que había asolado Haití varios años antes. Y cuando se descubrió que los cabecillas eran esclavos traídos de contrabando de África por Lafitte, la gente más respetable de la comunidad se indignó y atemorizó. Pero a diferencia de Sable, Lafitte no veía el comienzo del fin en esos pequeños contratiempos. Había indignado a muchos otros antes; no era nada nuevo.

- ¿Eres una rata que abandona el barco antes de que se hunda, mon ami? -preguntó sin animosidad.

Sable apretó los labios y asió con fuerza la copa que tenía en la mano.

- No. Si lo fuera, esperaría seis meses o un año antes de alejarme. -Luego en tono inexpresivo, dijo-: Deslígate, Jean, antes de que lo pierdas todo.

- ¡Bah, eres un fastidio! Sintiendo como sientes, creo que es mucho mejor que dejes de pertenecer a la organización. No quiero hombres que duden de mí.

Sable se puso de pie, dejó la copa de vino y se inclinó muy, pero que muy correctamente. Giró sobre sus propios talones dispuesto a marcharse, pero Lafitte musitó:

-¡Aguarda!

Mostrando sólo una curiosidad cortés en sus facciones, Sable se dio la vuelta. Lafitte, levantándose de detrás de su escritorio, dijo:

- Lo siento. Somos amigos, ¿no es así? Como tales deberíamos ser capaces de hablar francamente sin que el otro se ofenda. Debo admitir que estoy contrariado, y mucho, pero no deseo que nos separemos como enemigos.

La boca de Sable se extendió en una sonrisa lenta y perezosa mientras le chispeaban los ojos.

- Tú estabas enojado, yo no. Simplemente consideré apropiado permitir que se te pasara el malhumor antes de volver a verte.

- ¡Malhumor! - Lafitte se sintió insultado de que se usara semejante palabra para referirse a él, pero luego comprendió que Sable tenía razón, se sonrió y le tendió la mano. Mientras se las estrechaban, dijo-: Te daré un buen precio por tu goleta, mon ami. ¿Cuándo quieres que se ultimen todos los detalles?

- No me corre mucha prisa, pero ahora que me he decidido, preferiría terminar con todo lo antes posible. ¿Digamos antes de que acabe la semana, el primero de diciembre? Ya habré decidido qué hacer con el bueno de Allen para esa fecha.

- Muy bien. Lamento mucho perder a uno de mis capitanes, pero espero retenerte en el futuro como un asiduo y buen cliente. Pasarás aquí la noche, por supuesto, y espero tenerte a mi mesa a la hora de cenar. ¿De acuerdo?

Sable asintió riendo.

-Siempre el hombre de negocios ante todo.

- Por supuesto, mon ami. ¿Qué otra cosa podría ser?

Unos minutos después se separaba de Lafitte y emprendía camino hacia el calabozo. Se alegró de la protección que le brindaba el grueso abrigo contra las ráfagas cortantes del viento helado que soplaba desde la bahía mientras avanzaba hacia el sólido edificio de ladrillo en que se encontraba el calabozo. Le resultaba extraño pensar que llegaba a su fin esta etapa de su vida, pero había servido para sus propósitos y ahora estaba resuelto a tomar un nuevo rumbo.

Al entrar en la prisión inexpugnable que Lafitte y sus piratas llamaban calabozo, descubrió con mucha satisfacción que Allen había llegado hacía sólo unos minutos y ya estaba encadenado en una de las celdas al fondo del edificio. El famoso calabozo no era demasiado grande, constaba de una pequeña habitación principal y cuatro celdas diminutas, si bien no se presentaban muchas ocasiones para emplearlas en Grand Terre. La mayoría de las disputas se resolvían a puñetazos o a cuchilladas y el calabozo era tan sólo un símbolo de la ley y el orden impuestos por Lafitte. Pero eso no quería decir en modo alguno que no fuera absolutamente sólido.

Allen se hallaba en la última celda y Sable frunció la nariz de asco mientras caminaba por el pasillo angosto y oscuro hasta su destino. El olor rancio de cuerpos que jamás veían el agua y otros tufos aún más desagradables viciaban el aire; se preguntó burlonamente si su nuevo alojamiento sería del agrado de Allen. A juzgar por su aspecto macilento era evidente que no, pensó Sable, mientras observaba, impasible, al hombre con las muñecas encadenadas al muro. Tenía la ropa rasgada y ensangrentada; algunos cardenales le manchaban el rostro. Al ver una magulladura reciente, Sable preguntó, interesado:

- ¿Intentaste escapar mientras te traían a tierra? No recuerdo que estuvieras tan desmejorado la última vez que nos vimos.

Allen levantó la cabeza al oírlo y dio un tirón instintivo de las cadenas.

-¡Bastardo! -gruñó echando fuego por los ojos-. ¿Qué has hecho con Nick?

- ¿No querrás decir Nicole?

Allen contuvo la respiración.

- ¿Te lo dijo? - gritó con voz ronca sin poder creer lo que oía.

- Digamos que pude descubrirlo por mí mismo. Al igual que tú, ella no se mostró muy amigable.

Allen estudió al hombre que tenía enfrente. Como oficial asumía su propio peligro y lo daba por descontado, ya que siempre había sido consciente del riesgo que corría. Nicole era harina de otro costal.

- ¿Dónde se encuentra ahora? - preguntó, inflexible. Sable arqueó las cejas y lo miró con desdeñosa reprobación. -Su destino es cosa mía.

-¡Sable, escúchame! -comenzó con la mayor seriedad, y olvidando toda cautela, habló sin tino contándole toda la historia, mucho más de lo que Nicole le había dicho. No le había dado más que su edad y su nombre de pila. Pero Allen, impulsado por su preocupación por Nicole, no se detuvo ante nada y se lo contó todo a Sable: su nombre completo, sus antecedentes familiares, ¡todo! Sólo al vacilar por un momento cayó en la cuenta de la curiosa inmovilidad del otro hombre y de la sonrisa burlona de sus labios. Era una sonrisa melancólica y si Allen hubiese podido leer sus pensamientos se habría quedado perplejo y consternado.

Sable conocía muy bien el apellido Ashford, lo había maldecido durante años. Estaba marcado para siempre con fuego en su mente, asociado con ignominia, deshonra, mentiras y traición. No pudo sino maravillarse de la ironía de la situación, de que la huérfana Nicole Ashford cayera en sus manos.

- ¿No lo entiendes? - preguntó Allen interrumpiendo sus pensamientos-. Nicole Ashford proviene de una buena familia. Debe ser devuelta a su hogar antes de que se meta en problemas más graves.

Recobrándose un poco y con una expresión de franco escepticismo, Sable preguntó:

- ¿Por qué no dijiste algo antes? ¡Ahora es un poco tarde para lamentaciones!

Allen se mordió los labios, reacio a confesar que había tenido sus razones o que sus motivos estaban lejos de ser altruistas. Sable aguardó en silencio, imperturbable, pero al ver que Allen no ofrecía ninguna respuesta, empezó a impacientarse. Cuando el silencio se volvió embarazoso, Allen le preguntó:

-¿Qué te propones hacer con ella?

Sable, estudiando descuidadamente las uñas de su mano elegante y bien formada, dijo con frialdad:

-¿Hacer? Me propongo no hacer nada. De ese modo me resultará más entretenido. Es probable que me divierta observándola mientras se esfuerza por ocultarme los verdaderos hechos... esos hechos que tú, su mejor amigo, te has mostrado tan ansioso de comunicarme.

-Sable, ¿no has entendido ni una palabra de lo que te he dicho? ¿Eres acaso un hombre tan falto de escrúpulos que arruinarías el futuro de una chica tan joven e inocente?

Sus ojos dorados brillaron burlones cuando Sable le miró por un instante antes de decir de manera contundente:

- ¡Sí, por supuesto que lo soy!

Un rictus de ira impotente desfiguró la boca de Allen, pero Sable se limitó a reír y se dirigió a la puerta. Antes de cruzarla, se volvió y miró una vez más al prisionero.

-No te preocupes más por el futuro del joven Nick -se burló-. De ahora en adelante pienso tomarla bajo mi protección. -Con los ojos súbitamente velados e inescrutables, añadió-: Supongo que sabes bien a qué me refiero.

Allen se debatió en sus cadenas.

-Sable, ¡maldita sea! ¡Escúchame! - Pero sus palabras cayeron en oídos sordos, ya que Sable, con una burlona inclinación de cabeza, lo saludó y partió.

Una vez a solas, los pensamientos de Allen volvieron irresistiblemente a Nicole. Lo horrorizaba la idea de que la joven se convirtiera en la amante de Sable. ¿Y qué pensar de su propio destino? ¿Cuánto tiempo más lo retendría prisionero ese hombre y cuáles serían sus planes para deshacerse de él? Intentó ver con objetividad los acontecimientos que habían tenido lugar últimamente, pero sus pensamientos eran erráticos. De algún modo, Sable debía haberse enterado de su complot. ¿Por qué si no envió a aquellos dos marineros a apresarlo? Lo supo desde el mismo instante en que entraron a su camarote el día anterior, estuvo seguro de que algo había salido mal, y como un necio intentó escapar. Esa sola acción destruyó cualquier esperanza de poder aclarar su situación mintiendo. ¡Maldito Sable! ¿Cómo demonios se enteró de cuándo debía atacar? Una media hora más y Nick y él hubieran estado lejos de su alcance. ¿Y qué iba a ocurrirle a Nick? ¿La habría violado ya? Y lo más importante de todo... ¿Dónde estaba ella en estos momentos?
En ese preciso instante Nicole iba camino de Grand Terre. Se había despertado alrededor de la hora en que Sable partió para la isla. Permaneció acostada, quieta y sin hacer ruido durante unos minutos, todavía un poco atontada por efecto del láudano, hasta ir gradualmente tomando conciencia de todo lo que la rodeaba. El lecho era blando y su primer impulso fue arrellanarse aún más en su acogedora calidez. Pero un movimiento imprudente de su muñeca lastimada la despabiló súbita y dolorosamente y todos los acontecimientos desagradables de la no- che anterior acudieron en tropel a su memoria.

Con suma cautela miró en derredor y exhaló un suspiro cobarde de alivio cuando descubrió que Sable se había marchado y el cuarto estaba vacío. Se incorporó y con movimientos torpes debido a la muñeca dolorida, acomodó dos almohadas debajo de la espalda y estudió la situación.

Lo peor ya había pasado. Se había descubierto su engaño, Allen estaba encadenado y ella misma era prisionera de Sable. Había sido convertida en mujer a manos del experimentado corsario y en el proceso se había lastimado una muñeca. Sentía el cuerpo rígido y magullado y le dolía un poco entre los muslos. Gracias a Dios todo había acabado. Estaba viva, si bien un poco maltrecha, pero con todo alerta.

El ruido de una puerta al abrirse distrajo sus pensamientos y, enderezando los hombros, vio que se abría del todo. Al aparecer la cara redonda de Galena soltó una risa de alivio.

- ¿Deseas un poco de café o chocolate tal vez? - preguntó la doncella alegremente.

Nicole le sonrió, decidida a actuar con la mayor naturalidad posible.

-Café, por favor. -Titubeó un segundo y luego preguntó-: ¿Dónde está Sable?

Galena la miró extrañada.

-¿Sable? ¡Oh, debes referirte al amo! Se fue por asuntos de negocios y no regresará hasta mañana o pasado. Mientras tanto, dejó órdenes para que estuvieras lo más cómoda posible y tuvieras todo lo que desees.

Nicole observó a Galena con aire pensativo. ¿Cuánto le habría dicho Sable a sus sirvientes? ¿Conocerían la verdadera situación? ¿Y hasta qué punto la obedecerían? A menos que Sable hubiese dejado órdenes en contra, nada le impedía desaparecer mientras él estaba ausente. Bueno, sólo había una manera de averiguarlo.

-Me gustaría darme un baño -dijo ella de pronto-, y tráeme vestimenta y algo para comer. Por favor, ¿podrías encargarte de todo eso?

Galena desapareció y regresó minutos después con varios vestidos colgando del brazo.

- El amo no estaba seguro de que hubiera algo aquí que te viniera bien -aclaró con expresión de incertidumbre-. Me temo que estos vestidos sean muy cortos.

Nicole se quedó rígida al darse cuenta del significado implícito en esas palabras y reprimió su mal genio a duras penas. En cambio, sonrió débilmente.

- Prefiero andar desnuda antes que cubrirme con las ropas de alguna de sus amantes. Me pondré las mías.

Galena se escandalizó.

- ¡Pero no puedes! Las damas no usan pantalones.

- ¡Dudo mucho que tu amo haya tenido una dama de verdad en esta casa antes! -replicó, furiosa, Nicole-. Trae mis ropas o consígueme otras prendas. Seguramente habrá una camisa limpia y pantalones de alguno de los sirvientes que pueda tomar prestados. Por el momento no puedo ser muy exigente.

Los ojos de Galena se dilataron de espanto, pero se fue de la habitación y echó a correr por el pasillo. Una dama vistiendo ropas de sirvientes, y para colmo de hombre. Meneando la cabeza por las cosas extrañas que estaban pasando, Galena comunicó la petición a Sanderson. El mayordomo se extrañó, pero le entregó una camisa blanca y pantalones de algodón gris.

Después de un baño y vestida con ropa de hombre, Nicole exploró la casa de Sable. En realidad estaba buscando ciertos artículos, y se le iluminaron los ojos cuando descubrió la sala de armas al fondo de la casa en la planta alta.

Era una habitación muy masculina. Sobre una pared se veían unas pocas cabezas de animales disecados - un zorro, un puma y un ciervo- colocadas artísticamente, y en otra algunos grabados con escenas de caza en marcados en madera. Los muebles eran grandes, cómodos y parecían usados. Había un armario bien surtido de licores contra una pared, pero lo que más interesó a Nicole fue el armero.

Después de abrir el estuche de roble, se puso a examinar las diversas armas hasta que encontró lo que quería: un afiladísimo cuchillo de caza, una pequeña pistola de dos cañones, algunos proyectiles y pólvora. Después de mucho cavilar, resolvió esconderlo todo en el cajón de una mesita de caoba larga y angosta. A continuación abandonó la sala.

Desayunó con mucho apetito descubriendo que, a pesar de lo ocurrido anoche, estaba hambrienta. La vida seguía su curso sin importar lo que sucedía, pensó con tristeza. Pero recobraba el ánimo a cada minuto que pasaba y después de terminar la comida, pidió prestada una vieja chaqueta de caza que a todas luces pertenecía a Sable y salió a dar un paseo.

El tibio sol de finales de noviembre no brindaba mucho calor y soplaba un viento frío. Contenta por el abrigo que le brindaba la cazadora de Sable, deambuló por la ancha avenida de robles que llevaba al río. Deteniéndose al borde de un largo muelle de madera que se internaba en las aguas turbias y cenagosas del Mississippi, planeó su próximo paso.

Era obvio que Sable no había informado a nadie de la verdadera situación que existía entre ellos. Los sirvientes actuaban como si fuera una invitada, un poco loca, pero invitada al fin. Pero ¿obedecerían sus peticiones hasta el punto de darle un guía que la llevara a Grand Terre?

Nicole sabía bien que terminaría perdida o dando vueltas en círculos por los pantanos si intentaba el viaje sin ayuda. Distraída, dio un puntapié a un terrón de tierra que cayó en el río; su mente estaba ocupada con el problema que tenía entre manos. No esperaría sumisamente el retorno de Sable; debía huir de inmediato.

Volvió la espalda al río con determinación y emprendió el regreso a la casa con paso vivo. Al encontrarse con Sanderson en el vestíbulo principal, dijo con indiferencia:

- He decidido no esperar el regreso de tu amo. Partiré dentro de una hora. Por favor, ordena que preparen una cesta con comida para el viaje y encuentra a alguien que me conduzca a Grand Terre. Lamento esta decisión intempestiva, pero si quiero llegar a la isla antes del anochecer, debo partir de inmediato.

Ignorando la expresión de censura de la cara del mayordomo, se dirigió con resolución a la sala de armas y metió las que había elegido antes en los espaciosos bolsillos de la cazadora. Salió de la sala y poco después se dirigió a la alcoba que había compartido con Sable. Empujó la puerta y entró, contenta al verla vacía. Sin desperdiciar ni una mirada en el lecho donde la noche anterior Sable le había hecho el amor tan apasionadamente, se dirigió a la puerta que comunicaba con la habitación contigua. Estaba sin llave y después de revisarla para cerciorarse de que también estaba vacía, entró y cerró la puerta a sus espaldas.

Evidentemente ésa era la alcoba de Sable. Muebles sólidos y pesados de madera oscura y una cama enorme con colgaduras de terciopelo color vino tinto. Pero a Nicole no le interesaban las preferencias de Sable en asuntos de mobiliario y decoración, así que cruzó la habitación y sin vacilar revolvió su estuche de joyas, que estaba abierto sobre una enorme cómoda de varios cajones. Sacó uno de los pañuelos de hilo de Sable y envolvió en él un alfiler de corbata de diamantes, una esmeralda, un anillo de perlas, otro alfiler de corbata -de rubíes esta vez- y otras alhajas valiosas. Cerca del estuche de joyas había unas cuantas monedas de oro y sin ningún escrúpulo también se apoderó de ellas. Allen y ella necesitarían cuanto objeto de valor cayera en sus manos.

Llena de confianza, esperó con impaciencia en su cuarto por unos minutos. Cuando decidió que había pasado suficiente tiempo, recorrió el pasillo y bajó la escalera fingiendo hastío.

- ¿Está todo listo? - preguntó a Sanderson sin mucho interés-. Me gustaría partir lo más rápido posible.

Antes de que pudiera responderle, un negrito con una cesta de mimbre casi tan grande como él entró a tropezones en el vestíbulo. Mirando al chico, Sanderson respondió con renuencia:

- Así lo creo. Aquí está la comida que pidió y Jonah, que será su guía, está aguardándola en el muelle. - Hizo una pausa, indeciso, pero Nicole encaró su mirada con altivez al tiempo que arqueaba una ceja como en señal de reto.

-¿Es eso todo, señora? -dijo finalmente-. Samuel la escoltará hasta el muelle.

Nicole inclinó la cabeza cortésmente y siguió al niño que cargaba la cesta. Tuvo que reprimirse para no arrancársela de las manos y echar a correr como un animal salvaje en dirección al río. El corazón golpeaba con ruido sordo contra sus costillas, pero una sonrisa de satisfacción le curvaba los labios. Después de acomodarse en la piragua y ver cómo se ensanchaba la distancia entre ella y el muelle, no pudo controlar la risa que escapó de su garganta. El joven negro que conducía la embarcación la miró con extrañeza, pero a ella no le importó. ¡Tenía provisiones, una pistola, dinero y libertad!


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