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La amante cautiva primera parte


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CAPÍTULO IX

La proposición estrafalaria de Nicole dejó estupefacto a Sable. Después de varios minutos de desconcierto, preguntó con curiosidad:

-¿Estás diciendo que te convertirías en mi amante si libero a Ballard?

-¡Exactamente! -contestó con más confianza de la que sentía.

Durante largo rato la mirada de Sable se paseó sin prisa por el cuerpo esbelto de la joven. Inconscientemente, ella se puso rígida de furia por la evidente apreciación que hacía de su cuerpo y, olvidando toda prudencia, alzó la barbilla, desafiante:

- Bien, ¿aceptas el pacto?

Con una leve sonrisa burlona curvándole los labios, Sable se alejó del escritorio y caminó con lentitud hacia ella. Cuando la encerró entre sus brazos, el cuerpo de Sable estaba caliente y duro. En ese momento Nicole sintió un temblor en las piernas que no tenía nada que ver con el miedo.

- ¿Por qué no? - inquirió él en un murmullo y luego sus labios le cubrieron la boca, sondeando y explorándola.

Nicole permaneció entre sus brazos, dócil e insegura, repitiéndose que lo hacía por Allen. Sus labios eran blandos, suaves e ignorantes bajo los de Sable y después de un momento él levantó la cabeza y bromeó:

- Tendrás que esmerarte más que eso, Nick.

Incurablemente sincera y ligeramente picada, Nicole replicó:

-¿Cómo podré hacerlo si no sé qué debo hacer?

Sable volvió a arquear una ceja, pero esta vez incrédulo e irónico.

- ¿Vas a continuar con esa absurda pretensión de virginidad? En tu lugar yo no lo haría. Te vi aquella tarde cuando te encontraste con Allen en la laguna y fui testigo del abrazo que os disteis. Jamás, mi querida Nick, intentes hacerme pasar por tonto.

- Estoy diciendo la verdad - afirmó ella, inflexible -. Además, sería muy necio por mi parte tratar de mentir sobre algo que puede verificarse con tanta facilidad.

Observó las facciones barbadas con suma atención y anheló que él no fuera tan diestro en ocultar sus emociones. ¿Qué había detrás de aquellos inescrutables ojos dorados? El semblante no lo traicionó y Nicole se agitó, inquieta, entre sus brazos de acero mientras los segundos pasaban y él continuaba callado. Finalmente, él comentó:

- Hay una sola forma de averiguarlo, ¿no es así?

Nicole asintió lentamente y el corazón le latió con furia en la garganta. Observándole el rostro fijamente, Sable la soltó y dijo con brusquedad:

- Lo dejaremos aquí. - Una sonrisa repentina iluminó su rostro y echándole una mirada maliciosa, añadió-: Preveo un respiro muy placentero para ambos.

Nicole no abrió la boca. Él había aceptado su ofrecimiento temerario y precipitado y ella estaba obligada a cumplirlo. Por lo menos tenía el consuelo de saber que Allen estaba a salvo. Inquieta, recordó que Sable no había aceptado exactamente, pero lo había dejado entender con claridad.

La mirada de preocupación de Nicole cayó en el cofre cuando él se lo echó al hombro. Al advertir el interés de Nicole, Sable sonrió con frialdad y aclaró sin piedad:

- No os habría servido de nada en absoluto, Nick. Esos libros de claves abandonaron el barco esta mañana cuando estabas en el pañol. Higgins ya debe de estar casi a mitad de camino de Nueva Orleans en estos momentos.

Nicole se puso blanca y casi tartamudeando de rabia exigió:

-¿Cómo es posible? Ni siquiera te acercaste a la caja fuerte esta mañana.

- No eres tan lista como crees, Nick. Fue muy sencillo sacarlos anoche y confiárselos al segundo oficial esta mañana. Un individuo muy leal ese Higgins -concluyó con ese tono cansino tan irritante que solía emplear.

Nicole se sintió culpable al oír hablar de lealtad, pero odiaba el tono irónico de la voz, así que con el cuerpo tan tieso e insensible como era posible, le permitió guiarla fuera del cuarto. La cubierta estaba desierta a excepción de unos cuantos tripulantes que paseaban ociosamente.

Nadie habló mientras se bajaba el bote al agua y se subían en él. Fue un silencioso trayecto hasta la costa; los únicos sonidos que rompían el pesado silencio que los envolvía eran el batir de los remos, el silbido de las olas al azotar el casco y el ocasional grito de una gaviota en el aire salobre.

Sable prestaba poca atención a Nicole y por un segundo, mientras se alejaban del bote, consideró la idea de echar a correr a toda velocidad por la playa y guarecerse en los edificios de techos de paja tras las primeras hileras de árboles.

- Yo no lo intentaría si estuviera en tu lugar, Nick. - La fría advertencia de Sable hizo que tropezara en la arena y, desechando la desalentadora idea de que debía haberle leído el pensamiento, preguntó con inocencia:

-¿A qué te refieres?

- ¡Sabes muy bien a qué me refiero! Basta ya de tratar de engañarme. -Luego, con toda deliberación, añadió-: Recuerda al pobre Allen.

Reconoció, dolida, que casi había olvidado a Allen y abandonó la idea de escapar.

Algunas horas más tarde, mientras se deslizaban hacia un pequeño desembarcadero, Nicole cayó en la cuenta de que había estado ensimismada en sus propios pensamientos mientras remontaban lentamente las negras aguas pantanosas del río. Clavó la mirada vacía en los inmensos cipreses en sus colgajos de musgo gris como velos espectrales. De pronto se sobresaltó al advertir que habían llegado a su destino y, como alguien que despierta de un sueño desagradable, reaccionó mentalmente y adoptó una máscara de serenidad para ocultar el torbellino interior.

Thibodaux House era una antigua plantación. Las tierras se habían arrebatado a la selva virgen cuando Nueva Orleans no era más que un manojo de chozas de madera apiñadas a lo largo de un recodo plagado de pantanos y alimañas del turbio río Mississippi. Donde alguna vez habían reinado las ciénagas y los espectrales bosques de cipreses y robles, se extendían ahora los campos de algodón y de caña de azúcar hasta las mismas márgenes de los malecones que retenían el río y los siempre cambiantes brazos pantanosos que de otro modo habrían rodeado y cubierto otra vez la tierra.

Hacía tiempo ya que se había destruido la casa original, y la había reemplazado otra mansión más moderna y elegante. La casa actual tenía menos de veinte años, si bien los robles imponentes que bordeaban la ancha avenida que llevaba a ella eran casi centenarios. Sus enormes ramas nudosas por poco se tocaban por encima del camino y de ellas colgaban las barbas de monte como una niebla sutil gris verdosa, formando una larga arcada sombría por donde ahora caminaban Sable y Nicole. La avenida terminaba abruptamente y ante ellos se erguía Thibodaux House, majestuosa bajo el sol invernal. Magnolias, pacanas y los siempre presentes robles se hallaban diseminados en estudiado descuido por las inmediaciones del edificio como el marco de un hermoso cuadro. Y la casa, sabedora de su extraordinaria belleza, emergía, orgullosa y magnífica, de ese parque natural de césped verde esmeralda que la circundaba. Galerías, anchas y frescas, rodeaban la casa por los cuatro costados. Una baranda de hierro trabajado en filigrana de color verde claro bordeaba el piso superior, mientras que las gráciles columnas de ladrillo enlucido que rodeaban la planta baja eran de un blanco increíble. Las persianas que adornaban las numerosas ventanas altas y angostas eran del mismo tono verde que la baranda superior, al igual que las dos escaleras a ambos lados de la casa.

Por unos momentos Nicole se permitió el placer de admirar la serena y casi arrogante belleza de aquella mansión. Pero poco después no pudo menos que preguntarse a qué se debía la presencia de Sable en el lugar. ¿Tenía amigos tan ricos y de tan buena disposición que podía visitarlos a voluntad? ¿O había obtenido esa casa por medios ilícitos? Y gracias a sus sospechas y recelos, pudo disimular toda la admiración que sentía.

Ni siquiera le arrancaron comentario alguno los pisos de mármol blanco y negro del inmenso vestíbulo principal cuyas baldosas estaban dispuestas en un encantador diseño de diamante. Con el cuerpo rígido y la cabeza alta permanecía al lado de Sable mientras él hablaba en voz queda con un negro alto y esbelto de austero traje negro y camisa blanca que acentuaba la negrura de su piel. Nicole no prestó atención a la charla mantenida en voz baja sino que dejó la mirada perderse en el espacioso vestíbulo, sin ver ni oír nada. Tan absorta estaba en sus esfuerzos por aparentar indiferencia que el leve roce de Sable sobre su brazo, al llevarle en dirección a la imponente puerta principal, le hizo dar un respingo.

Sonriendo, Sable comentó con frescura y aplomo:

-¿Nerviosa, querida? No temas. Te aseguro que no tengo ninguna intención de atacarte como un lobo hambriento.

Sus palabras mordaces no tranquilizaron a Nicole, pero sospechaba que no había sido ésa la intención. Recobrándose, le lanzó una mirada de odio. Sable se rió, y apretando la mano que le rodeaba el brazo, la empujó disimuladamente hacia la galería baja. Ignorando el evidente rechazo de la joven, continuó empujándola en dirección a una de las escaleras. En el primer escalón los recibió una negra joven y sonriente con la cabeza envuelta en un pañuelo grande de vivos colores. Sable saludó a la joven con amabilidad, y Nicole, viendo con amargura cómo se iluminaba de alegría la cara negra de la muchacha al oír sus palabras, se preguntó cómo era capaz de cautivar sin el menor esfuerzo a quien se propusiera y cuando lo deseaba. Al menos a ella no la estaba cautivando, pensó.

Sable bajó la vista y la observó. Como si adivinara sus pensamientos, afirmó:

- Estoy seguro de que pasarás por alto la efusiva alegría de los sirvientes a mi regreso, pero ellos por alguna extraña razón se complacen en trabajar para mí. No tienen, supongo, tu misma opinión desfavorable en cuanto a mi carácter.

- Mi querido señor, tu relación con los sirvientes no es de mi incumbencia en absoluto -dijo con displicente hastío-. En este momento lo único que me interesa es mi cama y mi baño.

- Entonces sin duda te complacerá mucho el servicio de Galena. Será tu doncella mientras permanezcas aquí. No dejes de pedirle todo lo que necesites - añadió en tono enérgico.

- No tengas ninguna duda de que lo haré - ronroneó dulcemente Nicole.

Sable sonrió; luego se alejó en dirección a la oficina del capataz, un edificio pequeño de ladrillo ubicado al otro lado de la cocina de la plantación.

Como era típico de las casas de Louisiana, la cocina era una construcción separada detrás de la casa principal; luego venía la oficina del capataz, detrás de ésta los palomares y un poco más allá las dos hileras de pequeñas cabañas de ladrillo que servían de alojamiento a los esclavos. A lo lejos, detrás de éstas, el capitán Sable pudo ver los campos verdes de caña de azúcar. Por un momento se compadeció de la familia que había perdido toda esa riqueza tan sólo en una partida de dados, pero los olvidó con rapidez al abrir de un empujón la puerta de la oficina de su capataz.

Nicole se paseó por el espacioso dormitorio elegantemente decorado en el que se encontraba, preguntándose cómo llegó Sable a rodearse de semejante lujo. Era un cuarto espléndido: suaves alfombras de lana cubrían la mayor parte del lustroso piso de madera; una enorme cama de caoba tallada con alegres colgaduras de seda amarilla estaba situada contra una pared; aquí y allá se veían mesitas adornadas con incrustaciones; unas cuantas sillas y sillones tapizados en damasco de excelente calidad se agrupaban cerca del hogar; y encima de la repisa de la chimenea un magnífico espejo dorado reflejaba toda la habitación.

Volviendo la espalda a la chimenea, caminó hasta una de las ventanas altas y angostas con cortinas de raso del mismo matiz amarillo que las colgaduras de la cama y se quedó con la mirada fija en la lejanía. La vida era realmente endemoniada, decidió con tristeza. Ayer a esa misma hora, Allen y ella tenían el mundo en las palmas de las manos y ahora el maldito capitán Sable lo había mandado todo al mismísimo infierno. Se quedó contemplando la gran extensión de césped a la mortecina luz del atardecer y trató de imaginar cómo se sentiría al día siguiente... ¡después de aquella noche!

En silencio observó la puesta del sol y deseó, al verlo desaparecer lentamente detrás de altísimos robles, que la noche hubiera pasado ya. Mas, a pesar de una cierta timidez, Nicole no era cobarde y había dado su palabra. Era verdad que le agradaría cambiar de opinión y mientras Galena se ajetreaba en la alcoba a sus espaldas y extendía sobre el lecho una bata de seda de color verde intenso y un camisón de un tono más claro, pero no menos transparente, sintió el deseo apremiante de salir corriendo de la habitación y suplicarle a Sable que olvidara ese necio pacto que había hecho en el barco. Sin embargo, al pensar en el destino de Allen comprendió que no podía hacerlo. Sabía que los planes de Sable con respecto a Allen se habían alterado por su intervención, y el capitán le haría cumplir lo prometido.

Sombríamente, como un gladiador preparándose para la arena, dejó que Galena le soltara y lavara el cabello, y con el mismo aire de resignación se sometió al baño de agua perfumada de jazmín. Cerrando los ojos, deseó que su cuerpo entumecido se relajara en el agua caliente y para su sorpresa así fue. Lamentó dejar el baño, pero permitió que la doncella la envolviera en una enorme toalla esponjosa y la guiara a la cama. Las manos suaves y diestras de Galena le dieron un masaje, relajándola poco a poco. Luego con un aceite ligeramente perfumado con una mezcla de jazmín y madreselva le frotó la piel hasta dejarla suave y elástica. Con docilidad, Nicole se puso el camisón y la bata que cubrieron su cuerpo desnudo con suaves pliegues hasta el suelo. De pronto, se preguntó adónde había ido a parar su voluntad de pelear, y recordó que no debía haber ninguna resistencia por su parte, que tenía que estar dispuesta y deseosa: ése había sido su propio pacto.

Su aturdimiento era tal que ni siquiera la aparición de Sable con una bata de seda dorada con brillantes dragones chinos en negro logró hacerla reaccionar.

Actuando como si recibir a caballeros en su alcoba fuera frecuente, permaneció impasible mientras Sanderson, el negro con quien había hablado Sable al llegar, ponía la mesa y procedía a servirles la cena. Era una comida digna de la realeza, pero por lo mucho que saboreó Nicole los suculentos camarones, el filet de boeuf aux champignons, y el arroz de la India con ostras, podría haber estado comiendo corteza negra de pan reseco. Con el segundo plato se sirvió un vino de borgoña rojo intenso y Nicole vaciaba su copa tan deprisa como la llenaban.

Sable, arrellanado en su sillón y saboreando un cigarro después de la cena, sonrió al verla vaciar otra copa de vino con aire desafiante. La joven miró a Sanderson, pero el criado, al ver el decidido gesto negativo de Sable, fingió no verla, e interpretando correctamente la mirada que le enviaba su amo, quitó la mesa con rapidez. Luego Sanderson salió de la habitación no sin antes dejar una botella de coñac para Sable.

Ella lo vio partir, consternada, y luego decidiendo precipitadamente que el ataque era la mejor defensa, respiró a fondo y dijo:

-¿Y ahora?

Sable le sonrió con cierta indolencia, pero después de apagar el cigarro a medio fumar aplastándolo en el cenicero, se desvaneció su sonrisa.

- Y ahora, mi pequeña arpía... ¡averiguaremos cuánto de verdad hay en todo lo que me has estado diciendo!



CAPÍTULO X

Las palabras la sacudieron como una ráfaga de viento helado.

Petrificada, lo observó con ojos oscurecidos por la emoción cuando él se puso lentamente de pie y comenzó a acercarse. Sable se quedó junto a ella por un momento y le estudió el rostro de facciones levemente turbadas, ojos casi negros por el torbellino de emociones que la embargaban y boca generosa e incitante. La cabellera oscura de reflejos rojizos le caía sobre los hombros y le enmarcaba la cara dándole la apariencia de alguna extraña criatura de los bosques; una criatura salvaje jamás rozada por los hombres. Sus ojos se demoraron por un momento sobre la boca entreabierta y después se deslizaron hasta las suaves curvas de los pechos, contemplándolos como hechizado al verlos subir; y bajar cada vez más aprisa bajo el velo verde de su camisón.

Nicole jamás se había sentido tan consciente de su propio cuerpo, pero por otra parte nunca había llevado una prenda tan transparente en su vida, ni, lo más importante de todo, nunca había sido el objeto del interés sensual de Sable.

Percibió una rara sensación de indiferencia a todo lo que la rodeaba, casi como si aquello le estuviera pasando a otra persona. La sensación continuó incluso mientras él la envolvía con sus brazos. No era a ella a quien estaba besando con labios apasionados; los brazos que la estrechaban contra aquel cuerpo delgado y alto, sostenían, en realidad, a otra chica, mientras ella, Nicole, era simplemente una espectadora.

Sable percibió su falta de atención y tuvo conciencia de su indiferencia, así que apartó los labios de la boca de Nicole. Podía sentirlo en el cuerpo grácil que apretaba entre sus brazos y en la blandura de los labios que había cubierto con su boca. La observó con los ojos más ambarinos que nunca, ocultos por las espesas pestañas negras. Tal vez era virgen como afirmaba, pero tenía sus dudas. Y como la creía más proclive al engaño que a la lealtad, perdió poco tiempo en preliminares. De un ligero manotazo le arrancó el camisón agarrándolo del escote y tirando hacia abajo.

Nicole quedó desnuda e inmóvil ante él y la luz de las velas bañó el cuerpo esbelto y marmóreo. Al contemplar la belleza de ese cuerpo de pechos erguidos con pezones de coral intenso, el estrecho tronco sobre una cintura pequeña y cimbreante, el estómago tenso y plano y el adorable triángulo oscuro entre las largas piernas, Sable se quedó sin respiración y el deseo hizo erupción en él como un volcán ardiente. Levantándola en sus brazos la llevó a la cama.

Sable se acostó al lado de Nicole que permanecía inmóvil sobre las sábanas perfumadas, con la larga cabellera cayendo como un manto de fuego alrededor de los hombros. Tendido de costado cerca de ella, tocándola apenas, inclinó la cabeza y la besó despacio a pesar del deseo apremiante de su cuerpo, pero sin obtener respuesta una vez más. Disgustado, se incorporó apoyándose en un brazo y la miró a la cara.

Con el semblante serio y esa sensación de total indiferencia desvanecida levemente, Nicole clavó la mirada en el duro rostro barbudo. De él emanaba un deseo animal que perturbó aún más su calma exterior.

- Mírame, Nick -le ordenó suavemente, y tomándole el mentón la obligó a contemplarlo de frente. Con voz que traicionaba su ira contenida y creciente, refunfuñó-: Cuando te beso, maldita sea, quiero sentir que estoy besando a una mujer de verdad y no a una solterona de labios resecos.

Le estrujó la boca con un beso violento obligándola a entreabrir los labios. Exploró y saqueó su boca sosteniéndole firmemente la barbilla en la mano sin permitirle ni un respiro durante el asalto. Sacudida por la cruda impaciencia de la boca de Sable, Nicole se sintió impotente contra el súbito flujo de deseo que emergía en todo su cuerpo. Incapaz de resistirse, sus labios se tornaron suaves y complacientes debajo de los de él. Cuando percibió que Nicole se le entregaba sin resistencia, le soltó la barbilla y sus dedos comenzaron a acariciarle la barbilla y el cuello antes de que su mano se deslizara a los hombros y descendiera por la espalda, dejando una estela de fuego a su paso. Nicole se sintió como una posesa, como si otra criatura, un animal sensual y ardiente, hubiera entrado en su cuerpo. Sus brazos se extendieron por voluntad propia para abrazar a Sable. Sus manos, siguiendo los dictados de su propio deseo, acariciaron la cabeza oscura de Sable y luego, osadamente, se deslizaron hacia abajo para explorar su cuerpo largo y esbelto, la espalda ancha surcada de ásperas cicatrices y los brazos de músculos suaves y tensos como el hierro. Las manos de Sable eran como tenazas de fuego deslizándose con delicadeza sobre el cuerpo de la joven; su boca ya no saqueaba, pero seguía hambrienta y exigen- te mientras intentaba despertar y agitar el deseo en ella. Nicole se estaba hundiendo en un mar de nuevas sensaciones sin poder pensar con cordura ni por un segundo, devorada por una pasión que ardía con más intensidad con cada nueva caricia. El cuerpo duro y caliente de Sable parecía arrastrarla hacia las profundidades de esa pasión devoradora: el suave roce del vello del pecho sobre sus senos, la fortaleza de aquellas piernas contra las suyas, y el símbolo de su misma masculinidad entre ellas, caliente y vibrante.

Cuando el deseo borró todo pensamiento coherente de su entendimiento, Sable ya no pudo dominar más sus emociones. Ya no pudo tocar y explorar con igual delicadeza la carne sedosa de la muchacha. Olvidando su posible virginidad, ciegamente, su mano buscó la satinada suavidad entre las piernas y sus dedos se introdujeron en ella sin previo aviso.

Al sentir esa primera caricia violenta entre los muslos, todo el cuerpo de Nicole se tensó. Invadieron su mente los recuerdos de Sable con otras mujeres y supo que no podría seguir adelante. Los pensamientos mataron la pasión que había nublado su entendimiento y separando la boca de la de Sable, se apartó temerosa ingeniándoselas para eludir sus manos. Mitad sobre el lecho y mitad de rodillas sobre el suelo, le clavó la mirada mientras él fruncía el ceño y seguía con los ojos vidriosos por la pasión. Tratando de explicarle sinceramente los motivos que la llevaban a su rechazo, tartamudeó:

-¡Yo... yo no puedo! ¡Por favor, entiéndelo!

Las palabras parecieron dejar pasmado a Sable y por más de un minuto se quedó mirándola fijamente, incapaz de entender lo que le decía. Pero después recordó su posible virginidad y cambió toda su actitud: sus ojos se volvieron cálidos e insinuantes al posarse sobre el rostro tenso de Nicole.

-Silencio, cariño. Ven a mí y déjame enseñarte. No te lastimaré... lo prometo. Por Dios, Nicole, déjame amarte -dijo con voz ronca, y desarmándola con su gentileza, tomó entre sus brazos su cuerpo dócil hasta acostarlo junto a él.

Permanecieron así, juntos, durante varios segundos y Nicole tomó conciencia de los cuerpos desnudos rozándose; cuando él la besó moviendo los labios en suave ritmo sensual, se hundió nuevamente en un embriagador mar de deseo. Las manos viriles exploraron las esbeltas curvas y hondonadas, lentamente esta vez, enloquecedoramente, acariciándola, tocándola con dulzura. Mareada, trató de liberarse de la tela de araña que Sable estaba tejiendo alrededor de ella, pero su cuerpo ya estaba atrapado en el deseo ardiente que él había despertado con tanta pericia. Un débil gemido escapó de su garganta cuando los labios de Sable dejaron su boca, magullada por los besos ardientes, para deslizarse lentamente hasta los pezones endurecidos. No estaba preparada para el placer que le proporcionaron sus dientes al mordisquearle con ternura la carne tibia enviando un escalofrío de puro deseo animal por su espalda. Sus manos se movían sobre la piel con energía sensual, acariciándole lentamente la parte posterior del cuello, descendiendo por la columna hasta las caderas, excitándola más allá de toda razón. La atrajo hacia él y ambos quedaron de costado, con los senos rozando el rudo vello del pecho viril. Entonces Sable le hizo sentir que estaba pleno y listo para ella. Rápidamente le tomó una mano y la guió a él ignorando la sorpresa de la muchacha.

Instintivamente Nicole supo lo que deseaba y experimentó una súbita oleada de ternura cuando le oyó contener el aliento y ponerse tenso mientras sus manos inexpertas exploraban su esencia. Un gemido ahogado surgió de él cuando ella continuó acariciándolo y Sable sintió crecer su necesidad de ella, hasta que supo que debía poseerla cuanto antes.

Despacio, la depositó sobre la cama mientras le exploraba la boca con apremio creciente. Nicole estaba tan turbada por todas aquellas sensaciones nuevas para ella que por su mente no pasó ni un solo pensamiento coherente. Cuando la mano de Sable tanteó suavemente entre los muslos, Nicole se sobresaltó, mitad de miedo, mitad de impaciencia, pero él la tranquilizó hablando contra su boca.

- No te muevas, amor... no te resistas, cariño. Será maravilloso... lo prometo.

Con un estremecimiento Nicole se apretó contra él y Sable cambió levemente de posición mientras sus dedos, gentiles y expertos, facilitaban el camino para la posesión. Se puso entre sus muslos, le separó las piernas con las rodillas y liberando la boca por un segundo, musitó:

- Déjame, amor, déjame llenarte y perderme en ti.

Aturdida y presa de un exacerbado frenesí de deseo, Nicole apenas le oyó. Sintió que se alzaban sus caderas y luego experimentó la primera presión de su entrada. Él la poseyó dulcemente, tan dulcemente que apenas si hubo un instante de dolor, y luego se deslizó dentro de la suavidad tibia y húmeda de sus muslos. Asaltada por un cúmulo de emociones y sensaciones, Nicole pudo sentir que su cuerpo se expandía para tomarlo, para amoldarse a aquella invasión. Besándola, él le susurró tiernamente:

-Sí, mi pequeña, eras virgen después de todo. - Pero luego el tono ligeramente cariñoso se perdió y su voz adquirió un tono ronco-: Dios, no sé si podré contenerme... te deseo con tanta desesperación.

Su boca tomó posesión de los labios entreabiertos de Nicole y su cuerpo, a pesar de sus palabras atento a la inexperiencia de la joven, empezó a mecerse contra ella hasta que no pudo aguantarlo más, y embistió violenta y casi dolorosamente dentro de ella. Aunque trató de no lastimarla, Nicole no estaba preparada para los movimientos súbitos y violentos del cuerpo viril y dejó escapar un grito de dolor. Al oírlo, Sable se obligó a aminorar la fuerza de sus movimientos, pero el cuerpo suave de Nicole le impulsaba a llenarla, a tomarla como jamás tomara a ninguna otra mujer. Llevado de un impulso incomprensible, deseó marcarla con su posesión, tomarla con tal intensidad y potencia que fuera por siempre suya. Y Nicole, ajena a todo menos al cuerpo sólido y compacto que estaba unido al suyo, súbitamente, con un arrebato febril se emparejó con él, alzando su cuerpo al encuentro de su embestida mientras sus manos le asían atrayéndolo contra ella como si no pudiera saciarse de él. Y cuando al fin hubo agotado la última emoción increíble convirtiéndose en una ráfaga salvaje de exquisito placer, Sable acunó el cuerpo tembloroso de Nicole entre sus brazos. Ella estaba exhausta por la tormenta que él había desatado y confundida por la facilitad con que había sucumbido a su pasión. Ni una sola vez había pensado en Allen y ahora recordaba con sentimientos de culpabilidad que se suponía que se había entregado a Sable por Allen.

Quedó allí entre sus brazos, consciente de cierta incomodidad entre las piernas y de pronto se llenó de tristeza su corazón. Sable había sido gentil y tierno, no podía negarlo, pero aun así no se borraba la sensación de que lo sucedido aquella noche era algo de lo que nunca se podría sentir orgullosa. Se dijo que lo había hecho por Allen y no se lo echaba en cara: le debía la vida y había pagado un precio muy bajo por ello. Y con todo, aún había una pregunta que le corroía el alma... ¿fue sólo por Allen que se había entregado a Sable? No podía responderla y no quería enfrentarse a la verdad. Intranquila, se apartó un poco del cuerpo relajado de Sable y después de unos minutos empezó a dormitar a ratos, pero no pudo conciliar un sueño profundo. Pasados unos veinte minutos más o menos, con las lágrimas no derramadas atenazándole la garganta, se sentó en la cama ignorando a Sable que yacía junto a ella con la mano sobre la almohada donde había estado jugueteando con su cabello.

-¿Adónde vas? - No sé. Has tenido lo que deseabas. Ya no puedes sacar más de mí.

Sable se limitó a sonreír y sus ojos se volvieron aún más dorados y cálidos al contemplar sus bellas y delicadas facciones.

-Oh, no. A ti, te desearé una y otra vez durante algún tiempo. Ya estoy hambriento de ti otra vez, ¿lo sabías?

Nicole le miró y luego rápidamente desvió la vista de la prueba creciente de lo que decía. Acostada junto a él, con la mente confusa, tomó una decisión. Allen odiaría el pacto que hizo por él y ahora ella sabía que no podría continuar con ello. Ya le había entregado su inocencia a aquel hombre. No podía dar más y no quería dar más, temerosa de lo que podría revelarle de sí misma.

Ajeno por completo a su agitación y desconcierto, Sable le estaba acariciando la espalda con la punta de los dedos mientras su boca se deslizaba sobre el hombro.

- Ven de nuevo a mí, Nick -pidió con voz ronca por la pasión.

- ¡No, jamás! - replicó Nicole súbitamente asqueada por la sordidez de todo aquello. Se alejó de él de un salto con los ojos oscurecidos por la vergüenza -. Hice un pacto estúpido. No puedo convertirme en tu amante. Creí que podría, pero ahora descubro que, ni siquiera por salvar a Allen, puedo convertirme en una vulgar prostituta... y mucho menos en una de las tuyas.

Sable endureció el gesto y sintió la furia subir a su garganta al ver que ella pudiera pensar que todo terminaría tan fácilmente.

- ¡Puedes estar bien tranquila por lo que hace a tu pacto! - gruñó él-. No tengo ninguna intención de soltar a Allen Ballard y nada que puedas hacer cambiará mi decisión. - Ante la mirada incrédula de Nicole, se rió suavemente-: Nunca dije que lo soltaría con esas mismas palabras, tienes que reconocerlo.

- Pero tú... tú - Nicole se quedó sin palabras mientras trataba desesperadamente de recordar sus palabras exactas.

- Yo dije «¿por qué no?». Debo reconocer que podría estar implícito. Pero debías haberte asegurado antes de dar por sentado que estaba de acuerdo.

Su furia se aminoró un tanto al ver la expresión turbada de Nicole y casi cariñosamente añadió:

- No se encuentra en manos de los norteamericanos en Nueva Orleans por el momento, así que podrías decir que he cumplido con el pacto. Pero, óyeme bien, Nicole, no soltaré a Allen... al menos no inmediatamente. Cuando decida que no va a causar más problemas, lo consideraré.

-¡Pero lo prometiste! -protestó Nicole acaloradamente, sin comprender muy bien lo que estaba diciendo Sable.

- ¡También tú! - replicó él-. Prometiste ser mi amante todo el tiempo que yo lo deseara... pero ibas a echarte atrás, no lo niegues.

-¡Eso es diferente! -argumentó a la defensiva. - Me temo que no puedo ver la diferencia. Y aunque los acontecimientos no estén dando los resultados que habías planeado, yo he cumplido mi parte. Allen todavía está vivo y hasta ahora no está en el calabozo de Nueva Orleans - resopló Sable.

-¡Eres un canalla traidor! ¡Una bestia monstruosa! ¡Me engañaste deliberadamente! - gritó Nicole, furiosa, despidiendo rayos por los ojos color topacio-. ¡Sabías que yo creía que lo liberarías después de esta noche!

- Y tú te habrías ido por la mañana, ¿no es verdad? - gruñó él-. Te habrías ido a reunir con tu cómplice después de engañar astutamente al capitán.

A Nicole la dejó pasmada que él pudiera considerarla capaz de semejante perfidia.

- Por favor, ¿podríamos olvidamos por un momento de Allen y del pacto? - preguntó en tono humilde -. ¿Podríamos hacer ver que he cambiado de opinión? No quiero ser tu amante, Sable... y Allen no tiene nada que ver con esto.

- Pero faltarías a tu palabra. Me la diste, no lo niegues -estalló, tajante.

- También tú la diste... y tampoco la has cumplido. Sabías que creía que dejarías libre a Allen mañana. ¡Así que estás faltando a tu palabra también!

-¡No exactamente! -respondió sonriendo-. Yo nunca te di mi palabra. ¡Tú sí y ahora no quieres cumplir lo prometido! Bien, déjame decirte, muchacha, que no me agrada que no me paguen las deudas. ¡Olvidaremos tu pacto, de acuerdo! Lo olvidaremos y te trataré como debí hacerlo cuando descubrí tu traición.

Lleno de rencor, alargó los brazos para atraparla. Y en ese instante, antes de saltar fuera de la cama, pensó que todas las mujeres eran iguales... mentirosas, tramposas y traidoras, y que ni siquiera Nicole era distinta de la primera mujer que había hecho que lo desterraran y vendieran a la armada. ¡Prostitutas... todas ellas, hasta la última!

Nicole había visto la determinación en la mirada de Sable un momento antes de que se moviera y se ocultó detrás de la mesa donde habían cenado. Al verlo avanzar sintió un escalofrío por la espalda. Percibió que lo impulsaba una emoción extraña, una emoción en la cual ella sólo había influido en parte y con temor creciente observó su avance.

Tenía el cabello negro revuelto y la luz vacilante de las velas proyectaba sombras siniestras sobre su rostro barbado y su cuerpo alto y esbelto. Sus ojos tenían una mirada helada y penetrante y el rictus malvado de su boca le hizo comprender que sólo matándolo podría salvarse. Giraron lentamente alrededor de la mesa, cazador y presa, y buscando frenéticamente una vía de escape o alguna forma de detenerlo, los ojos de Nicole dieron con la copa que él había usado durante la cena. Sin pensarlo dos veces, la agarró y de un golpe contra el canto de la mesa le rompió la parte superior; empuñándola por la base se aprestó a usar los afilados bordes como arma.

Relumbraron los ojos dorados y él se rió suavemente.

- ¿Crees que eso me detendrá?

Nicole asintió vigorosamente abriendo muy grandes los ojos y decidida a todo.

- No me detendrá, lo sabes - respondió él con frialdad -. ¡Me propongo tenerte y nada, nada, me detendrá!

Arremetió contra la mesa y Nicole tuvo que abandonar su protección. Ahora no había nada entre sus cuerpos desnudos, salvo el borde afilado y brillante de la copa. La sostuvo como si fuera un cuchillo y cautelosamente empezó a retroceder alejándose de él. El corazón golpeaba furiosamente en su pecho y se sintió un tanto mareada. Debía de haber estado loca para haber sugerido un pacto tan monstruoso y más loca aún para haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Y mientras Nicole seguía retrocediendo, se endureció la expresión de Sable y apareció un brillo glacial en su mirada antes de atacar. Nicole, sorprendida por su movimiento brusco e inesperado, tropezó con un sillón y no pudo recobrar el equilibrio ni protegerse. Sable asió la mano que sostenía la copa y le torció el brazo detrás de la espalda. La empujó por toda la habitación y le hundió la cara en la cama.

El dolor del brazo era inaguantable y, por un momento, con la cara hundida en el colchón de plumas, creyó que iba a asfixiarla. Entonces la mano se aflojó y su brazo quedó libre; antes de que pudiera tomar aire, las manos viriles de Sable le agarraron las caderas y le levantaron la mitad del cuerpo fuera de la cama. Luchó y se retorció para liberarse, pero él le había rodeado la cintura con el brazo y la sostenía firmemente y, llena de incredulidad y un extraño cosquilleo de impaciencia, sintió la otra mano deslizarse entre sus muslos. Supo instintivamente qué pensaba hacer y luchó con mayor denuedo y fiereza, reacia a ceder al deseo que se agitaba en su interior, pero su forcejeo excitó aún más a Sable. El brazo soltó la cintura y con ambas manos en sus caderas la penetró por detrás.

Incapaz de liberarse, ni siquiera segura de desear estar libre, Nicole sólo tenía conciencia de ese cuerpo potente que estaba penetrándola y, con horror, experimentó un repugnante estallido de placer cuando él continuó embistiéndola hasta lo más profundo. Y entonces esa posesión mitad salvaje, mitad excitante, llegó a su fin cuando Sable soltó un gruñido gutural de pura satisfacción camal y se separó de ella. El cuerpo violado se desplomó sobre la cama. Sentía dolor entre los muslos y en su cerebro ardía un fuego colérico que nubló su razón. Vagamente oyó a Sable decir sin emoción en la voz:

- Lo siento, no merecías eso y no debía haber perdido la paciencia... pero, Nick, me temo que te lo buscaste. - La disculpa indiferente inflamó sus turbulentos sentimientos y soltando un gruñido salvaje se incorporó de espaldas y se dio la vuelta en dirección suya con el brazo extendido y la copa rota en la mano.

Aunque Sable se movió con la velocidad del rayo, no pudo escapar ileso. El tajo dio de lleno en el pecho de Sable, bajó en diagonal sobre las costillas de izquierda a derecha y descendió por el estómago y la ingle hasta terminar en el muslo. Sable se apartó de un salto, pero Nicole, empuñando el arma improvisada, siguió acechándole como un animal enfurecido, resuelta a destruir esa parte de él que le había quitado la virginidad hacía tan poco.

Sable la observaba con cautela. Era evidente que estaba resuelta a castrarlo y más evidente aún que gozaría al hacerlo. Retrocedió cautamente, manteniéndose a distancia de aquel trozo de cristal afilado como una navaja. Ni por un segundo apartó la mirada de los ojos de Nicole mientras se movían por la habitación con los papeles invertidos: ella la cazadora y él la presa ansiada.

Pero Sable tenía la mente ágil. Le permitiría acercarse; luego, en el último segundo, con habilidad la esquivaría apartándose bruscamente del arma. Una y otra vez escapó fuera de su alcance llevándola con habilidad hacia donde él quería.

Más enfurecida aún por esos saltos de bailarín que ejecutaba Sable, Nicole blandía la copa cada vez más frenéticamente. De repente, cuando la misma furia la volvió descuidada, apartó la mirada de los ojos de Sable... y en ese preciso instante él agarró su pesada bata de seda. Usándola como haría un matador con su capa, la hizo girar en el aire y la envolvió alrededor del brazo de Nicole cubriendo la copa, que quedó inutilizada. De inmediato se abalanzó sobre ella y la aprisionó entre sus brazos mientras con una mano asía la que aún empuñaba el arma.

-¡Suéltala, Nick! -ordenó, pero Nicole la apretó con más fuerza. Sable la sujetó firmemente mientras le apretaba la mano a Nicole cada vez con más intensidad y causándole más dolor.

- ¡No lo haré! -jadeó ella retorciendo la delgada muñeca para liberarla del abrazo de hierro-. ¡Jamás!

El puño de Sable se cerró con más fuerza y Nicole se dio cuenta de que le rompería la muñeca si no soltaba la copa. La presión era casi inaguantable y luego, de repente, desapareció. Los dos oyeron el desagradable sonido del hueso al quebrarse y ella cayó sobre él mientras la copa se desprendía de sus dedos entumecidos. Sable dejó escapar un gran suspiro de alivio al sentir que ella se relajaba y casi con ternura levantó el cuerpo de la derrotada Nicole entre sus brazos y la depositó en la cama. El dolor de la muñeca era como un sordo latido, y mientras yacía en la cama sintió brotar estúpidas lágrimas femeninas detrás de los párpados. «¡No voy a llorar!», pensó más furiosa aún. Su humillación era lo bastante grande sin necesidad de deshacerse en lágrimas. Yacía de costado, ignorando a Sable por completo, con el cuerpo acurrucado y dolorido. Sable se quedó contemplándola con rostro inexpresivo, presa de una multitud de emociones concentradas. Confusamente descubrió que la deseaba. ¡Otra vez, ahora! Con el deseo se mezclaba una momentánea ternura y un agudo remordimiento por el trato que le había dado. Y por increíble que fuera, admitió que sentía una extraña satisfacción por haber comprobado que no le había mentido acerca de su virginidad. Agitado por estos pensamientos contradictorios, se alejó de ella con impaciencia. En la habitación reinaba la confusión y el desorden debido a la lucha que habían mantenido. En dos zancadas estuvo junto a la cuerda de campana y llamó al sirviente. Luego volvió a la cama, se puso la bata y cubrió el cuerpo de Nicole con la manta. Cuando Sanderson acudió a su llamada, Sable le pidió varias cosas y le mandó que pusiera orden en la habitación. Las facciones de Sanderson no traicionaron lo que pensaba acerca de tal petición a esas horas de la noche ni del estado de la habitación. Callada y eficientemente enderezó las sillas y sillones volcados, puso las mesitas de caoba en sus lugares correspondientes y recogió los trozos de cristal del suelo. Regresó poco después trayendo el coñac y las demás cosas que Sable había pedido en una gran bandeja de plata. Después de depositarla sobre una mesa, preguntó:

-¿Es eso todo, señor?

Sable lo despidió con un leve movimiento de cabeza, se sirvió una copa de coñac y encendió un cigarro. Durante largo rato permaneció de pie mirando fijamente el cuerpo inmóvil de Nicole.

Ésta, por su lado, estaba del todo exhausta. En esos momentos deseaba estar muerta. No, reflexionó súbitamente, deseaba que Sable estuviera muerto. Rodó penosa y dolorosamente sobre el otro costado. Era mejor, se dijo, tener al enemigo siempre a la vista.

Con semblante impenetrable él le devolvió la mirada, aunque arqueó una ceja como cuestionándole la imprudencia de mostrar tan a las claras lo que sentía. Sin ninguna prisa, cogió la jarra de agua caliente y la palangana, así como los paños que había pedido, y fue hacia ella. Al mirarla desde lo alto le recordó una zorra que había visto una vez con la pata casi cercenada por sus propios dientes en sus desesperados esfuerzos por escapar de la trampa. La criatura había mirado al cazador furtivo que se acercaba de la misma manera: temerosa, y no obstante lista para luchar por su vida. Conmovido por la mirada de Nicole, vaciló.

-No tengo el propósito de lastimarte otra vez -dijo al fin. Después, anulando toda la compasión que podrían haber transmitido sus palabras, agregó con brusquedad -: A menos que me fuerces a ello.

Nicole se encogió de hombros, apretó los labios en gesto de rebeldía y lo maldijo con sus ojos topacio.

Indiferente a su hostilidad, dobló las mantas destapándola otra vez y dejó el cuerpo desnudo ante su vista. Nicole se dominó para permanecer inmóvil mientras la mano de Sable le acariciaba el muslo y la cadera. Mas, con un suspiro de pesar, reprimió su deseo y tomó delicadamente la mano herida de la joven. Nicole se encogió de dolor a pesar de la suavidad del roce y Sable sonrió compasivamente.

- Lo siento. No te habría lastimado a propósito, pero no tenía ningún deseo de pasar el resto de mi vida hablando con una vocecita chillona y aniñada.

En cualquier otra circunstancia, Nicole se habría echado a reír ante sus palabras, pero aquella vez no estaba de humor. Sin embargo, por más que trataba de negarlo, ese hombre la atraía irresistiblemente. Lo observó con la mirada opaca y resentida y se preguntó, desconsolada, por qué todavía podía mirarlo y encontrarlo atractivo. Pero es que era tan llamativo, pensó enojada, con esas facciones crueles y sardónicas, los ojos amarillos oro brillando en el rostro barbado y el cabello tan negro que tenía reflejos azulados.

Las manos de Sable la tocaban con suma delicadeza. Estaba seguro de que la muñeca no estaba rota pues sabía exactamente cuánta presión había ejercido, pero estaba hinchada y debía dolerle muchísimo. Se la vendó casi como un profesional, usando las tablillas y las tiras de hilo que había pedido antes. No le haría ningún daño tener la mano en reposo uno o dos días y tenía un poco de láudano para calmarle el dolor. Sirvió un poco de coñac en una copa, le agregó unas gotas de láudano y se la ofreció.

- ¿Piensas drogarme ahora? - preguntó con desprecio.

- Precisamente, mi pequeña zorra. Para tu propio bien. Sé una buena niña y bébetelo todo -dijo sonriendo débilmente.

Con una mueca de resignación tomó la copa que le ofrecía y bebió todo el contenido de un solo trago. Recostándose en las almohadas levantó la mirada hacia él, curiosa acerca de cuál sería su próximo paso. Se iba desvaneciendo el miedo que había sentido antes. Con la muñeca vendada, el calor agradable del coñac corriendo por sus venas y lo peor ya pasado, descubrió que podía mirar el porvenir con más ánimo del que había creído posible hacía unos minutos.

Sable dejó la copa vacía sobre la mesa al lado de la cama. Y luego, para sorpresa de Nicole, procedió a lavarle todo el cuerpo con el resto del agua tibia. No había rastro de deseo en el rostro barbado al inclinarse sobre ella y frotarla con la esponja para borrar todo vestigio de la virginidad perdida y de su propia pasión brutal. Qué extraño era que después de aquellos acontecimientos llenos de violencia pudiera ahora comportarse como el amante más tierno y considerado. Su inesperada bondad y ternura la dejaron perpleja. El láudano estaba surtiendo efecto, amodorrándola, y deseó que se fuera y la dejara en paz. Había tomado lo que quería, ¿no era así? Se agitó, nerviosa y resentida, bajo sus manos, contenta cuando él por fin arrojó la esponja y el paño dentro de la palangana.

Pero parecía que Sable no había terminado con ella. Nicole lo observó con ojos dilatados de asombro cuando comenzó a quitarse la bata y se acostó a su lado. El láudano entorpecía sus reflejos, pero levantó los puños para golpearle el pecho. Sable soltó una carcajada y le agarró las dos manos, con cuidado para no causarle dolor en la muñeca herida. Le sujetó firmemente los brazos y cuando se inclinó sobre ella, misterioso y determinado, Nicole exclamó con rabia:

- ¡Otra vez no! ¡Ni siquiera tú podrías ser semejante bestia!

Una sonrisa burlona curvó la boca de Sable. Luego bajando el peso cálido de su cuerpo sobre el de ella, separándole las piernas con las rodillas para poder penetrarla, le susurró contra los labios:

- Ya descubrirás que puedo ser muchísimas cosas.

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